lunes, 12 de agosto de 2019

Amor en agosto

Deseamos todos creer que el amor prevalece sobre la muerte. Y debe ser así. A fin de cuentas, la muerte no es tan fiera como la pintan, toda vez que nunca consigue quitarnos de en medio del todo porque los genes nos sobreviven en nuestra descendencia. Y en este proceso de supervivencia casi siempre anda rondando el amor en alguna de sus muchas maneras.

Me he vuelto de repente tan filosófico porque cada agosto supone para mí una reflexión serena acerca de la exaltación del amor como motor de la vida, por una parte, y de la resignación de la muerte como culmen de nuestra existencia, por otra. Me explico: un doce de agosto de 1973 -tal día como hoy- me declaré a mi Peque a la sombra de unos tarajes en la orilla del Genil, ambos en bañador y emborrizados en arena, mirad qué escena más romántica; y un dieciséis de agosto de 1995 moría mi madre, con la satisfacción de haber visto al más pequeño de sus varones Hermano Mayor de la Virgen del Carmen. 
Pero, así como el amor mutuo de la Peque y el mío persiste, y persistirá in seculorum sécula, mi madre tampoco se ha ido del todo: los hijos nos hemos quedado con su napia; mi hermana pequeña, además, con su cara; mi Manolo, con su barriga; y yo con su cadera y sus andares; su nieta Carmelilla, con su bondad, pero también con su firmeza de carácter; y su bisnieta Natalia, con su expresión dulce y su fina inteligencia de Cívico.

En mis años jóvenes, agosto ha sido el catar  melones tempranillos, la calor asfixiante en las calles de piedras quemantes, siestas tórridas en el río, tomar el fresco en la gradilla de la puerta, columpios de barquillas en las Eras Altas, y la procesión nocturna de la Virgen. Ahora, en el otoño dorado de mi vida, agosto es el disfrute agotador de mis nietos, la piscina de mi pueblo, los melones de Ponferrá, los tejeringos de la Feria... el recuerdo imperecedero de mi madre y el embeleso renovado por mi Peque. Ea.


martes, 6 de agosto de 2019

Darle a la sin hueso

En agosto mi pueblo adquiere otra vidilla. Me gusta. Parte de su estival atractivo consiste en el regreso, para la Feria, de tantos paisanos que en su día se catalanizaron por perentoria necesidad. Me alegra ver gente distinta por la calle; adivinar, por sus trazas y andares, si fulanito es de "Los Miguelillos", o si perenganito es de "Los Romualdos o de "Los Mediauvas". A mi primo Paco "Porrera" la gente de Palenciana lo confunde con el mismísimo Puigdemont, de tanto como se le parece. También disfruto de hacer la compra de melones, sandías y tomates a pie de obra, en el campo abierto, en el melonar de Frasquito Ponferrá. Me recuerda, mutatis mutandis, mis años jóvenes de melonero en La Capilla. Pero, sobre todo, es para mí un auténtico gustazo, disponer a mis anchas del lujo de piscina municipal que tenemos: hora y media de deleite acuático cada día. Desde Antequera, la Peque me manda a revisar la obra de nuestra casa, y yo aprovecho para lo mío antes de volver para la hora de comer. Y todos contentos.

En la piscina, por la mañana, aparte de cuatro chaveas, siempre los mismos: la Bárbara, Manolo el de Carmencita, Antonio Arjona (Gallino, por mal nombre), El Yondy, la tita Ani, el mellizo de Gloria, La  Conchi, una hija catalana de La Guilina y un servidor. Como las chicas van a lucirse y no se bañan -salvo la Ani-, toda la piscina para nosotros. ¡Qué gozada!

Una de estas últimas mañanas -se va notando ya la llegada escalonada de catalinos- habían concurrido unas cuantas mujeres más. Y, cosa común entre el gineceo, se han sentado todas enfiladas, una al lado de otra, a lo largo de uno de los bordes de la piscina, por donde más cubre: posaderas aplastadas contra el borde rasposo, y los pies pataleando en el agua. Todas en fila, con el sol del medio día afligiendo inclemente sus molleras. Como una bandada de golondrinas que se posa sobre los cables de la luz. Y, naturalmente, charloteando de sus cosas. En esto que llego yo buceando desde la profundidad y, a falta de mejor agarradera, me sujeto a conciencia de las piernas de la tita Ani. Ella, acostumbrada a mis bromas, ni se inmuta. Y me encaro con todas:

-Oye, ¿vosotras a qué venís aquí, a bañarse o a pillar un tabardillo?
-A ponernos morenas pa la feria -salta una.
-A lucir figura y modelito -se pone otra.
-Estas solo vienen aquí a darle a la sin hueso -se suma Manolo al convite.
-¡Vaya que sí! -responden casi al unísono.
-¿Y cuántas sin hueso tenéis? -se me ocurre preguntar con toda la intención.
-Pues una, ¿cuántas quieres que tengamos? -me contesta Carmen Navarro.
Y entonces, se entabla una lucha entretenida entre mi ángel de la guarda y el pequeño demonio que todos llevamos dentro. Mi ángel, que no conteste, que no diga nada, que lo deje estar; mi demonio, que qué tontería, que conteste, que estamos aquí para pasárnoslo bien, para reírnos, que no haga caso al quisquilloso y aburrido de mi ángel... Total, que gana el demonio, claro.
-Pues yo, desde hace unos años para acá... -hago una pausa intencionada para atraerlas a mi discurso-. Yo tengo dos sin hueso.

Las más atrevidas dan un gritito ahogado de sorpresa y se ríen tapándose la boca con sus manos, y algunas, más lentas, se quedan dubitativas, hasta que las otras les cuchichean el secreto inconfesable de algunos hombres añosos que, de tanto uso, sustituimos el hueso por ternilla esponjosa en la parte más innoble y gustosa que tenemos, en esa cabecita calvorota de un solo ojo donde concentramos -los hombres mu calientes, me refiero- la mayor parte de nuestras neuronas pensantes.

Y así, unos días con otros, vamos echando el verano.