miércoles, 21 de septiembre de 2022

No es lugar para jóvenes

Le echo trece años. Ni uno más ni uno menos. Empezando a hormonar. Esa edad basturrona en que los adolescentes se comportan como brutos entre ellos y como avergonzados entre los adultos. En su barbilla/ bebiendo sin mascarilla/ dos granos despachurrados/ le delatan como pajillero consumado. Me gusta versar con ripios. Se han sentado, su madre y él, enfrente de mí. El muchacho, tímido, no aparta su mirada del móvil por cuya pantallita sus dedos saltan ágiles como sábalos de río. Calzones cortos, a media pierna, y una camiseta del Barsa componen su juvenil indumentaria. Es su primer día. Resulta chocante un muchacho entre tanto vejestorio. Si está aquí, en espera de radioterapia, está claro que sufre un cáncer. Puede ser un linfoma de Hodgkin, un tumor renal (nefroblastoma, nada raro en jóvenes) o un sarcoma de Ewing... Una putada en cualquier caso. Estoy por meterme con él y su camiseta, pero alguien se me adelanta.

Nos conocemos todos en la sala de espera, somos siempre los mismos a la misma hora: un guiri alto y calvo y serio, que se pasa todo el rato leyendo; dos mujeres ya entradas en edad, con sus respectivos pañuelos en la cabeza a lo bandolero, y de un aspecto estupendo; una mujer guapa y hermosa, jaquetona ella, caballo grande; dos ancianos algo desmejorados con sus vestimentas camperas; un hombre grueso y quejica, de esos que protestan por todo, hasta de tener un puñado de tábarros en el culo; otro hombre de mi edad, más o menos, que viene en ambulancia desde Teba, y que es la alegría de la casa. Y yo, que poco a poco voy entrando en escena.

El hombre simpático, el de Teba, se levanta y se acerca al muchacho.

-Hola, chaval, ¿puedo tocarte la camiseta? -le pregunta con toda la guasa. El muchacho lo mira como si tuviera delante a un enajenado. Ante la risa de los demás, accede.

-Vale, como usted quiera - responde serio.

-¿Es del Barsa, verdad? 

Y acto seguido, pasa su mano por la espalda del muchacho rozando apenas la camiseta. En un momento determinado, y ante la general sorpresa, retira su mano de manera brusca y rápida.

-Macho, macho -se dirige a la concurrencia-, ¡¡pos no que me ha dao un calambraso, la mu cabrona!!!...

Ahora, el muchacho no puede aguantar la risa y se suma al coro de guasa de toda la sala.

Me gustan las personas que tienen esa habilidad natural de romper el hielo; que poseen el don de la oportunidad; que conocen los secretos del hacer reír sin molestar; que han sido tocadas con la varita de la sensibilidad y la empatía. Siempre he procurado caminar por ese sendero de optimismo aun a costa de bastantes imprudencias.

Y me disgusta mucho, me entristece, la enfermedad en la gente joven. No pega. No pega ese muchacho en esta sala. Ni pega una sala entera ocupada por muchachos. No. Viendo la energía y la salud que derrochan mis nietos siente uno cargo de conciencia por estos jovencitos y niños que tan chicos ya tienen que cargar con el pesado fardo de la enfermedad. No hay derecho. Para eso estamos los viejos, para aguantar lo que nos venga. Hemos vivido lo nuestro y sabemos lo que ahora nos toca. Y lo aceptamos con desigual gallardía, unos más, otros menos. Pero los muchachos en flor... No y mil veces no. La Naturaleza, Dios de Espinoza, se ha equivocado en este asunto concreto. Si, por ahora, es ley de vida el enfermar y el morir, debería dejarnos vivir sanos y salvos hasta... qué digo yo, pongamos los setenta. Y de ahí en adelante que nos eche a los leones. Ojalá termine pronto y con éxito el calvario de este jovencito y el de su familia. Manque sean del Barsa.

-Perdona, chaval -sigue el de Teba-, es que en mi pueblo semos tos del Madrid.

 


sábado, 17 de septiembre de 2022

Tarde poética

Tenía cierto resquemor por cómo iban a salir las cosas la tarde de autos. Presentar un libro de poemas en mi pueblo, a las siete y media de la tarde... En fin, que me temía muy poca afluencia. Hombre, y me daba fatiga por el autor, un palencianero de pro con quien me une un gran afecto. Durante la mañana, en mi paseo por los mandados, me había ocupado de hacerme el encontradizo con personas de la edad de Pepe para recordarles el evento de la tarde. Bueno, aunque fuesen sólo por hacer bulto.

El espacio habilitado por el Ayuntamiento para la ocasión no pudo ser más acertado: la biblioteca municipal. Ni muy grande ni demasiado pequeño. Lo justo para que se viese lleno de gente. Sirvió, además, para dejar constancia de la valía de la misma: una gran biblioteca para el pueblo. Y resultó que mis miedos eran infundados. Una treintena de criaturas para un pueblo tan pequeño no está nada mal. Aparte de la asistencia, más numerosa de lo que yo esperaba, lo sustancioso vino después. 

Tras las presentaciones de rigor, discretamente disertadas por el alcalde y por un servidor, Pepe "El de la Chatilla", contraviniendo mi alocución previa, se dejó caer con que todos nacemos poetas. Porque -añadió- todos somos capaces de sentir la belleza. Yo acababa de proclamar el privilegio exclusivo del don de la poesía sólo para unas pocas personas con sensibilidad y talento muy especiales. Pues nada, todos poetas. ¡¡Hombre, por Dios!! Continuó diciendo que cualquier persona siente felicidad cuando en una tarde de bochorno un soplo de brisa repentina le refresca la espalda. Y pensé para mí -pero no abrí el pico- que un poeta como él escribiría esa escena más o menos así: "Y de repente, se deslizan por mi ventana/ ósculos de frescor/ que acarician mi espalda". Y yo, que no soy poeta, a lo más que llegaría sería a esto: "Y de pronto, un aire del norte/ entra por mi ventana/ para aliviar mi espalda y mi cogote". Concedo, no obstante, que todos podemos ser poetas, pero unos más y otros menos. Aludió después con cierta vehemencia al poder de la palabra como herramienta potente para hacer el mal o el bien. Y exhortó a los presentes a usar siempre la palabra como vehículo de bondad. Porque Pepe, aparte de poeta, es un hombre esencialmente bueno. Seminarista de joven, emigró por necesidad con su familia a Córdoba, convirtiéndose así en un nostálgico de su pueblo. Se prodiga poco en visitas, es verdad. Antes, por su dedicación tan absorbente a su oficio de profesor de filosofía y de ética, y a los muchos males que él mismo y su familia han padecido. Y ahora, porque desea llevar la vida tranquila de un jubilado sin otras aspiraciones que escribir, disfrutar de la familia y pasear junto al mar con su amada. 

Luego, leyó con contenida emoción unos cuantos poemas seleccionados entre las distintas páginas. Salieron a relucir sus adentros, claro está: el mar, el ocaso de la vida, el silencio, la infancia, los sueños, su padre, sus hijos... Pidió silencio. En balde, porque después de cada lectura la sala aplaudía entre emocionada y sorprendida por algo tan bello y bien dictado. Algo que nunca antes se había visto en el pueblo: recitar poesía para el público. En el turno de preguntas, Pepe explicó su posición con respecto a sus creencias y a su evolución en el terreno de la filosofía, partiendo de la Grecia clásica hacia Spinoza para acabar en el budismo como la filosofía que mejor se ha adaptado a su forma de ser y pensar. Hubo lugar para el esparcimiento contando anécdotas de su infancia y otras relacionadas con sus padres, con su abuela Frasquita y con otras personas ya fallecidas que tuvieron alguna influencia en su vida de niño.

Y acabó su alegato ofreciéndose gustoso a impartir de forma gratuita un taller de poesía para la gente del pueblo que pudiera estar interesada. Lanzó un pañuelo que el ayuntamiento o la asociación Elislón deben de recoger. En ello estamos. 

Mil gracias, Pepe. Por tu vida tan comprometida con la enseñanza como vehículo de transformación; por tu lucha infatigable contra el mal físico y anímico que nos ataca a las personas; por tu templanza; por tus años de seminario, modelo espiritual para quienes veníamos por detrás. Gracias, Pepe. Por tu bondad.

Te esperamos.

  

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Hospital público, hospital de personas

Muchos lectores, por abierto o por privado, me han mostrado sus claras preferencias por el hospital público, pero, eso sí, lanzándole algunos tiritos más que merecidos.

Voy a hacer con vosotros, hoy, un simulacro. Vamos a imaginar el caso de nuestra mujer anciana de 94 años con su problema de deglución en un escenario de hospital público. Para ello, recurriré, ¿cómo no?, al hospital de Valme, mi hospital. Me inventaré una historia ficticia que sitúe a esta mujer en Sevilla.

Un sábado, a las doce, las urgencias empiezan a calentarse. Pocos huecos libres en la sala de espera, amplia y desangelada. Muy poco acogedora. Pacientes en sillas de ruedas ocupan el perímetro en derredor, dejando los espacios del centro para las camillas. Ya hay alguna con algún ocupante quejumbroso. Nuestra anciana ha pasado por el filtro del "triaje", que realiza una enfermera en una miniconsulta. Ingrata y desagradable labor, porque de la valoración de prioridad que ella haga, en base a un protocolo, va a depender el tiempo de espera de los pacientes. No se pasa al médico por orden de llegada, sino por orden de prioridad. El nivel 0 es una emergencia vital que no admite la más mínima demora, y el nivel 5 es algo trivial, sin importancia aparente. A nuestra mujer le han dado un 3. La gente, pícara, ya se conoce la norma y exagera los síntomas para ver si cuela antes.

Una hora corta ha habido que esperar. Ha tenido suerte, los residentes de primer año que están de guardia no dan abasto, y le ha tocado un médico adjunto experimentado que se presta a echarles a aquéllos una mano, claro. La hija de nuestra paciente, médica geriatra, le explica la historia que ya sabemos: que la mujer se engollipa de vez en cuando, que se resuelve el tema en unas horas, pero que esta vez está tardando más de la cuenta. Deciden ambos, el médico y mi amiga, que lo más adecuado será ingresar a la mujer durante unas horas en la sala de Observación Menor para ver la evolución. En Valme, la Observación está dividida en dos grandes secciones: la Mayor es para pacientes con procesos potencialmente graves que necesitan tratamiento y vigilancia estrecha hasta conseguir su estabilización. El destino final de estos pacientes será la hospitalización en planta o en la UCI. La Menor, también llamada, sala de "Pendientes", se ocupa con pacientes estables clínicamente, con menor necesidad de vigilancia, y cuyo destino será el alta o, eventualmente, el ingreso en diferido.

Ya tenemos a nuestra mujer en la sala de "Pendientes". Sola. No se permiten acompañantes. En la Observación menor, los distintos cubículos, separados por cortinas correderas anchas y livianas, están dotados la mitad con camillas estrechas y bastante incómodas, y la otra mitad, con camas normales. A quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga. Y un solo cuarto de baño. ¡Para treinta pacientes!!! Vamos a seguir con suerte: le ha tocado cama. Una auxiliar de clínica, solícita y amable, ayuda a la mujer a desvestirse y ponerse la bata de enferma. La cortina, cosa corriente, se ha quedado a medio correr, o quizá entera descorrida, y la mujer queda expuesta a la vista de los pacientes vecinos. Al contrario que en el hospital privado, todo silencio y aburrimiento, aquí todo es bullicio. Hay treinta cubículos disponibles, muchos de ellos, ya ocupados. Personal que viene y va por el pasillo; ayes y quejas de los pacientes: "Señoritaaaaa, ¡la cuña!!!" "Señorita, ¡¡aguaaa!!!" "Señorita, ¡el suero, que sacabao!!!... Lo más fácil sería desorientarse para una persona mayor no acostumbrada a estar sin su hija en estos ambientes. Pero esta mujer es de otra casta: fuerte y valiente. Y muy optimista. Todo le parece bien. Menos mal. Lejos de lo que pudiera parecernos, la mujer se interesa por lo que ocurre a su alrededor, ha sido siempre una mujer inquieta y curiosa. Y aprovechando el día de cortinas descorridas, hace migas con una vecina de al lado. Mientras los demás comen el almuerzo, ellas charlan. Que resulta que es de Lebrija. "Pues, mire, yo soy de Córdoba capital" -se pone nuestra mujer en plan cordobita. "¿Y qué hace aquí, tan lejísimos?" "Pues que, por no dejarme sola, mi hija y mi yerno me han traído con ellos a casa de unos amigos que viven por aquí, a pasar el fin de semana. Y mire usted qué mala suerte: ha sido llegar y pasarme esto del tragar..."

La cháchara con la vecina ha resultado milagrosa. Nuestra anciana nota que ya puede tragar la saliva. Son las tres de la tarde. Ni ella ni su nueva amiga han probado bocado. Ella, por estar a dieta absoluta; la vecina, porque en cualquier momento se la llevarán a quirófano para operarla de una hernia umbilical que se la "encarcelado" desde hace dos días. Su amiga lebrijana, más mañosa en hospitales, le hace saber a la auxiliar la buena nueva. Al poco, acude el médico de observación y prescribe probar tolerancia con un yogurt de fresa. ¡Bingo!! Se lo traga sin problemas. Y le dan algo más consistente: galletas con leche. Padentro. Avisan por megafonía a los familiares. Sale el médico a hablar con la hija. Todo resuelto: a casa. Y que en lo sucesivo vean de hacerle a la paciente algún estudio digestivo, si ella misma, la hija, lo cree procedente.

-¡¡Que me voy de alta, vecina!!!

-¡¡Qué bien!!! Mucha suerte.

-A todo esto, me voy y ni sabemos nuestros nombres. Yo me llamo María Victoria Amo.

-Y yo, Pepa. Pepa Falcón, para servirla.

La dulcificación del episodio con un relato ficticio y bien intencionado no debe, sin embargo, ocultar algunas de las flaquezas de nuestras urgencias hospitalarias: los tiempos de espera, eternos; la poca capacidad y menor comodidad de las salas de espera; la excesiva responsabilidad puesta en las espaldas de los R1; la falta de plantillas médicas estables y completas; la escasa intimidad y confortabilidad... La población, la gente, también tiene su parte en hacer un uso sui generis de las urgencias. Pero de eso hablaremos otro día.

-¿Qué tal, mamá? ¿Cómo te ha ido ahí dentro, sola?

-Divinamente, hija. Se me ha pasado el tiempo volando. Hasta he hecho una nueva amiga.


Y como decían Tip Y Coll, mañana hablaremos del gobierno. 


   

domingo, 11 de septiembre de 2022

Hospital privado, hospital fantasma

Ciudad costera andaluza. 10 de septiembre de 2022. Un hospital de compañía privada.

Una pareja de amigos míos, ambos médicos, llevan al hospital a la madre de ella, una joven anciana de 94 años, porque no puede tragar. Ni palante ni patrás. Engollipada. Le ha ocurrido en otras ocasiones y lo soluciona ella sola con pequeños buchitos de agua. Seguramente, se trate de un trastorno de la normal peristalsis esofágica asociado a la mucha edad y conocido con el nombre de presbiesófago. En esta ocasión no ha habido manera de solucionarlo con medidas caseras. Al hospital. Es sábado. Doce del mediodía. Están de suerte, apenas cuatro pacientes por delante en las Urgencias. Historia sucinta, análisis, EKG y Rx de tórax de rigor, y padentro. El tratamiento en la planta consistirá en dieta absoluta, sueros, omeprazol y cama. Hasta el lunes. 

Habitación individual muy confortable, con baño privado, dos sofás y una cama para un acompañante. Comparado con cualquier hospital público, un lujo. Sin incidencias durante la tarde y la noche del sábado. Pero sin un alma en los pasillos. Como en un hotel. Enfermeras y auxiliares, a cubierto en su centro de operaciones por si hay que acudir. Silencio. Te asomas y esperas cruzarte con alguien. Nada. Silencio. Quizás hasta angustioso, tanto silencio. Al silencio le ocurre un poco como a la soledad, que cuando es buscado es un alivio, pero cuando es obligado deriva en incertidumbre, en aislamiento, en tristeza.

Nunca he trabajado en hospitales privados. Lo poco que conozco de ellos es por las visitas a algún amigo operado. Aunque mi experiencia como "acompañante" no ha sido precisamente muy favorable, no debería yo emitir ningún juicio de valor acerca del funcionamiento interno de estos hospitales, más que nada por no seguir el habitual comportamiento de la gente sabelotodo que todo lo critica. Y, sin embargo, lo voy a hacer. Porque yo no soy uno de ésos, yo conozco bastante bien el paño del hospital público. Y puedo comparar.

Y creo que en situaciones de ansiedad y hasta de miedo como las que se viven en los hospitales, el solo hecho de ver los pasillos animados de gente de bata blanca que va y viene, te proporciona una sensación de seguridad, de protección, de saber que hay personas cualificadas muy cerca de ti, que te pueden atender en un momento determinado de urgencia en vivo y en directo, sin tener que esperar media hora, llegado el caso, a que se persone un médico de urgencia localizado en su casa. Un hospital no puede ser un hotel fantasma.

En la mañana de hoy, domingo, nuestra anciana se ha despertado animada y con ganas de comer. Su hija le da un traguito de leche. Deglute sin problemas. Estupendo. Contenta, va a comunicárselo a la enfermera, "que mi mamá ya traga, a ver si puede usted avisar al médico de guardia para que la vea y decida si nos vamos". ¡Menudo papelón para la enfermera!!! En cualquier hospital público se haría sin problema alguno. No sólo eso, sino que se celebraría con cierto gozo: una cama que se nos queda libre. Porque en los hospitales públicos las guardias de la mayoría de los especialistas son presenciales, los médicos están allí. La enfermera responde a mi amiga que es domingo y que en el hospital no hay más médicos que los de la UCI y los de las Urgencias, y que no puede llamar al internista de guardia a su casa para algo que no es urgente. "¿Y entonces? -pregunta la hija. "Pues que hasta mañana, lunes". Mi amiga -como la Peque- no sabe discutir sin enfadarse, de manera que hubo de mediar su marido, hombre prudente y conciliador donde los haya, que convenció a la enfermera con su plática templada y empática. Con todo, no acudió el internista desde su casa, ¡por Dios, do not disturb!, sino que se presentó uno de los intensivistas de guardia, que accedió a darles el informe de alta.

Y ya está la abuela feliz en su casa. Que es donde tiene que estar.

Hospital privado? No, gracias. 


 

miércoles, 7 de septiembre de 2022

De Sevilla a San Sebastián. Y viceversa

Normalmente, nuestras estancias veraniegas en San Sebastián transcurren entre las sociedades de los amigos, alguna visita a los pueblos costeros y las juergas gastro-folclóricas en el caserío de Jesús y Begoña, nuestros anfitriones. Miguel con su guitarra y su cante es el alma de las veladas, sin menoscabo del duende de la Peque al baile y del arranque explosivo de espontáneos, que siempre los hay. Jesús y Paco son andaluces afincados en San Sebastián de por vida. Conocen el País Vasco mejor que la propia Andalucía, y me comentan que "estos vascongados" nos ven a los andaluces como gente exótica, tocada por la magia del arte. Y, la verdad, puede que sea así, pero precisamente Paco y Jesús no dan para esa talla. Paco, ameno conversador, atesora una vasta cultura, es un intelectual intimista; y Jesús tiene tan poco de andaluz que no tolera el sol, fíjate tú, y sólo está conforme leyendo, jugando al ajedrez o al mus, o haciendo de cocinilla. Aunque justo es concederles a ambos el buen gusto por la charla, el vino y el flamenco.

Nada que ver con las visitas de ellos, los vascongados, a nuestra Andalucía: no tienen asiento; no paran. Constreñidos en una tierra exigua entre mar y montañas, se encandilan con nuestros campos infinitos; aburridos de tanto bosque espeso e impracticable, alucinan con la inmensidad abierta de nuestros olivares; acostumbrados a las distancias cortas, se echan a nuestras carreteras sin rumbo fijo. De Córdoba a Sevilla, a Málaga, Écija, Antequera o Jerez, no les queda ya rincón andaluz por recorrer. Al no poder con su ritmo, los amigos de aquí les dejamos a su bola. Y tan felices.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que para la mayoría de los españoles resultaba impensable visitar Las Vascongadas. Afortunadamente, ese tiempo ya es historia. Historia negra, ciertamente. Historia cruel y maldita. Pero historia. Con un ambiente social aún incierto, hace quince años me propusieron desde mi hospital trasladarme durante dos meses a San Sebastián para aprender un método novedoso de manejo clínico llamado "medicina basada en la evidencia", cuyo máximo exponente en España era un médico internista excelente, las cosas por su nombre. De un trato exquisito hacia los pacientes, y muy crítico con los privilegios médicos en el hospital -la bata blanca, decía-, la única mácula que yo le encontraba era su mal disimulada querencia con la cuerda abertzale. Me tocó el tiempo en que, entre mis enfermos, se encontraba ingresado el etarra De Juana Chaos, en huelga de hambre. Le vi la cara en muchas ocasiones, claro, pero a ninguno de los médicos nos estaba permitido tratarlo, salvo al jefe médico. Tiempos de zozobra y angustia en que cualquier español rechazaría de plano el más mínimo contacto con gente de aquel jaez, podría yo sin ni siquiera haber deshecho la maleta haber regresado a Sevilla. Pero aguanté el tirón. ¿Valentía? ¿Vergüenza torera?...No sabría decirlo. Ahora, echando la vista atrás, me alegro de mi decisión, pero en aquellos primeros días dudosos las pasé canutas. En el hospital procuré -y lo conseguí- intimar con otros internistas nada sospechosos. Y fuera, fui abducido por la sincera amistad de un puñado grande de vascos. Ellos y ellas han sido los responsables de mi devoción donostiarra. Y en eso estamos.    

De aquellos mimbres, estos cestos. Disfruto de mis amigos vascos. Y me complace comprobar que aquella tierra tan privilegiada en su orografía, clima y gastronomía vuelve a ser patrimonio de todos. Quizá sean estas gentes las más parecidas a nosotros, los andaluces, en lo que respecta, sobre todo, al gusto por el buen vivir, la buena comida, la alegría en las calles, la jovial camaradería en las pandillas -cuadrillas las llaman allí. Les encanta lo andaluz, nuestro sol, nuestras playas y nuestro jamón de brillito. Prefieren, no obstante, su bonito del norte por encima de nuestro atún de Barbate, pero se pirran por nuestra manzanilla y nuestras ferias. Y por los toros, ¡maldita sea! "Qué bonita está Sevilla/ en sus tardes estelares./ En la barra, manzanilla;/ en la arena, Manzanares", escribe mi amigo Félix, el más veterano de la cuadrilla, en su libro de poemas

Por ello me resultó chocante, en la tarde de calabobos intermitente en el caserío, en el debate improvisado acerca del sentido de la vida -la sidra nos pone trascendentes-, que alguien se pronunciara de una manera tan negativa. "Si me ofrecieran elegir, yo no volvería a nacer", dijo. Y añadió que el mundo que estamos dejando a la posteridad quizá no valga la pena padecerlo. La vida es lo mejor que tenemos, dije yo. Incluso en condiciones pésimas, la gente quiere seguir viviendo. Quizás nos aferremos a una esperanza de que todo puede cambiar para mejor, no lo sé, pero el caso es que muy poca gente desea morirse así como así. Huyo del catastrofismo, no soy persona apocalíptica, sino positiva. Nuestros bisnietos vivirán en un mundo mejor que el nuestro, así lo visualizo, así lo espero. Mil veces que me lo propusiesen, mil veces aceptaría volver a nacer y ser la misma persona que soy. Y me volvería a enamorar y a casar con la Peque. Que se fastidie. Tendría  una nueva réplica de mi hija y de mis nietos. Y otra vez y mil veces más, me haría seminarista para tener los mismos amigos, y luego, médico para llevar esperanza y sosiego a la gente necesitada. Y subiría a San Sebastián con la misma frecuencia con la que Ramiro y María José bajan a Córdoba o Sevilla. Con ciertas mejoras, repetiría mi vida actual por mil veces más. Ea. Para eso soy un hombre rutinario.

No todo en nuestros encuentros se resume en panem et circenses, no sólo de pan vive el hombre, sino también de la charla sosegada en confortable compañía.     

viernes, 2 de septiembre de 2022

Lorenzo, el de los juncos

Incauto de mí, luego de un arzobispal desayuno, me adentré en solitario en la espesura del bosque vascuence en busca de un sendero que -me aseguraron mis amigos- haría cumbre en una cima de vistas increíbles hacia el mar y donde habitan familias de caballos libres. Y fue un verdadero espectáculo. Un disfrute de una naturaleza semisalvaje con "La Concha" en lontananza.

Lo malo vino después. En la bajada, me sorprendió un apretón de los míos. No un apretón cualquiera. De los míos. De los que no aguardan la ocasión. Me orillé a un lado del camino y pisoteando la greñura me fabriqué un lecho herboso donde poder estercolar sin el cosquilleo fastidioso de las ortigas en el salva sea la parte. 

Concluido el canutazo con éxito y luego de la natural higiene con productos del terreno, se me vino al pensamiento una aventura singular de mi amigo Lorenzo. Lorenzo sin más señas para preservar su honorabilidad. 

En una ocasión similar y en circunstancias parecidas, Lorenzo se acomodó para aliviar el apretón inoportuno en un gran matorral de juncos, mal aplastados por mor de la premura. Finiquitada la faena, al levantarse y adelantar unos pasos, los juncos ofendidos y cargados de fecal substancia se levantaron contra él y le salpicaron toda la espalda. 

Moraleja: si malo es escupir al cielo peor es maltratar un juncal.