martes, 30 de julio de 2019

Momentos confesables de una madre

Debería estar contenta, radiante, feliz. Y es de verdad que lo estoy. ¿Entonces?... Pues esa es la cosa: que me hallo contenta por fuera, pero me gustaría sentir mi alegría a borbotones, no sé, como más auténtica. Y no sé si es así del todo. En fin, hecha un lío es lo que estoy. Ni yo misma me entiendo. Las que sois madres me comprenderéis mejor. Creo yo, vaya. 

Mi marido -los hombres llevan estas cosas de otra forma- se ha multiplicado por cuatro estos días últimos, más que nada en los preparativos para atender de manera exquisita a la gente que nos ha llegado de fuera entre amigos y familia, ya sabéis. Lo otro, toda la parafernalia con que hoy en día se adorna y complementa la esencia de una boda, ha estado a cargo de los novios, sus amigos y mi Paula, como se lleva ahora. "Papá, mamá: vosotros solo tenéis que encargaros de nuestra familia de Córdoba. Nada más". Y él, él solito, él, que es un santo, una suerte del destino, un regalo del cielo, un... qué sé yo... Él, mi Manolo de mi alma, se ha partido la suya en esta tarea. Su familia es sagrada.

En mi descargo, quizá, sería piadoso considerar que una no está ya para muchos cohetes. Mi naturaleza física me está maltratando de manera cruel desde hace ya demasiados años. Apenas piso la calle. Hasta para hablar necesito llevar enganchados a mi nariz los cables del oxígeno. Desde hace mucho forman parte de mi atuendo facial. Ni siquiera pude anoche asistir, como hubiera sido mi deseo, al ágape de bienvenida que mi Manolo ofreció a los invitados de fuera y a los amigos de los novios. No valgo un real, es la pura verdad.

Ha sido muy emotivo, pero también muy duro, alcanzar el altar de la mano de mi hijo como madrina comiéndome el aire ante el silencio emocionado de toda la parroquia. Muy duro. Se agradece, desde luego, escuchar algún gritito apagado de "Madrina... ¡guapa!". Claro que sí. 

Pero ha podido más mi orgullo de madre. He aguantado toda la ceremonia con altiva dignidad luciendo tipo, sayal y tocado como la más moderna de las madrinas, sí señor. Y luego, en la suntuosa carpa del restaurante he señoreado con encantador disimulo mi cansado cuerpo riojano, mesa por mesa, saludando y departiendo con todo el mundo, como si tal cosa. Arropada en todo momento por mi hermana mayor, he estado pendiente de mi madre, ya tan anciana y desmemoriada; he llorado de emoción viendo los detalles tan elaborados y festivos de los amigos para con los novios; he tenido un profundo sentimiento de nostalgia y de pena cuando alguien ha mentado a los abuelos cordobeses de mis hijos; he aplaudido a rabiar el cante flamenco y el baile por sevillanas de los espontáneos del sur; me he reído a carcajadas, hasta la tos, con los vítores de los comensales hacia el Tío Manolo, un primo hermano de mi marido, animador infatigable de la fiesta.  Y, desde luego, no he sido ajena  a ciertas miradas babosas de algunos viejos verdes a los escotes de las mocitas... y de las casadas. Bailar, no. No me pidáis lo imposible. Pero he resistido todo el tirón hasta las dos de la madrugada, hasta que se cerró el chiringuito de los más jóvenes. ¡Toma ya! A ver luego cuántos días voy a necesitar para recomponer mi desguace...

Nada de ello, sin embargo, afecta tanto a mi espíritu como la sensación angustiosa de pérdida. Se me va mi Alejandro, Alex, le nombran sus amigos. Para mí siempre será mi Alejandro. Y mirad que se lo lleva Eva, la chica más despabilada, simpática y cariñosa de toda la Rioja. Sin exagerar. No nos vamos a engañar: las jóvenes de por aquí no tienen la gracia, la frescura, ni siquiera la belleza de la gente del sur, las cosas como son. Pero Eva es la excepción. Eva, sí. Tantos años llevan juntos que para nosotros, para Manolo y para mí, es ya una hija más, la hermana mayor de nuestra Paula. Alejandro y Paula son sureños, no hay más que verlos. Se conoce que la herencia andalusí es más poderosa que la vascona. Todo en ellos evoca a Córdoba. Paula es un retrato de la morena de Julio Romero, con los ojos azabache y profundos, alegres y vivos, los mismos de su abuela Josefa. Y Alejandro es todito su padre: en lo bueno, en lo cariñoso, en lo guapo, en lo..., en fin, en todo. Es normal que Manolo esté más encariñado con Paula, y que yo esté embelesada con mi Alejandro. Los que sois padres y madres lo veréis como yo. No se trata de complejos raros de Edipo ni de Electra. No. Es una realidad diaria y doméstica. Y cuando Paula se case, seguramente Manolo padecerá su ausencia más que yo. Así es la vida.

Y esta es, y no otra, mi angustia de hoy. Me importan un rábano mis pulmones. Ahora mismo solo pienso en que mi hijo vuela hacia Vietnam, fijaros qué pedazo de viaje de novios, igualito que el nuestro que no pasamos de Madrid, y que en adelante no lo tendré para mí como hasta ahora, aunque solo sea un ratito por las tardes. Tengo miedo de no saber sobrellevar bien su ausencia. Aunque, bien pensado, no debería quejarme: Paula vive y trabaja fuera, en Burgos, pero me llama cuarenta veces al día, una cansina es lo que es, de lo que se desvive por mí, y viene cada fin de semana. Y Alejandro llena mi casa a diario con solo media hora, con cinco minutos... Ya sé que es un sentimiento egoísta. Me da igual. Una madre es una madre, y tiene derecho a desahogarse gritando para sus adentros que no quiere separarse de sus hijos nunca jamás, aunque luego comprenda y acepte la realidad de la vida.

Mi madre, en una residencia; mi Paula, en Burgos; y, ahora, mi Alejandro, en su casa. Sin embargo, os aseguro que nuestro nido no ha de quedar vacío: mi Manolo, mi tesoro, ya se encargará de colmarlo con su entrega, su cariño y su dedicación. Como ha hecho siempre. Y ya estoy suspirando por mis futuros nietos, la penúltima ilusión de cualquier madre de mi edad.

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Querida Almudena: ahora yo me invisto del cura que pude haber sido, y que nunca fui, y te digo con solemnidad: Ego te absolvo a pecatis tuis in nómine patris... Tu egoísmo de madre te es perdonado. Amén. 



domingo, 21 de julio de 2019

Atilano, de paisano

Estoy atrapado. Ahora resulta que mi Atilano Mejías, nuestro recién estrenado fraile carmelita, ha sido párroco en la iglesia del Carmen, de Córdoba, durante cinco años. Hoy, en nuestro baño matinal, ha salido el tema de pura casualidad. Pero es más: conoce perfectamente a muchos curas cordobeses que yo le he ido mentando. Me ha dado norte y detalle de don Gaspar, don Moisés (q.e.p.d.), Manolo Vida, Luis Briones... ¡Coño, hasta de nuestro querido Pedro Soldado! "Pero, hombre, Atilano, todos esos son mi gente. Me he criado con ellos".

No sé si vale la pena seguir usando este pseudónimo de Atilano Mejías con el que lo he bautizado para preservar el anonimato, o nombrarle ya decididamente con su nombre de cuna, porque al final, mis amigos de Córdoba lo van a acabar identificando. Pero creo que seguiré con Atilano. Me mola. Me recuerda esa costumbre de nombres exóticos que tanto gustaba a García Márquez: Florentino Ariza, Fermina Daza, José Arcadio Buendía, Arístides, Escolástica, Juvenal Urbino...

Sabiéndome médico, me ha mostrado un rasguño y un gran hematoma en el dorso de su muñeca derecha que se produjo ayer tarde al tropezar con una pared de su celda. "Es que la mente va más aprisa que las piernas" -me dice. Le he recomendado que se junte un antiséptico tipo Betadine, y que se proteja la herida con una gasita. Y ahora viene lo bueno: "No sé adónde habrá ido a parar un guante de esos de las gasolineras que he usado para cubrirme toda la mano, y que al llegar aquí, a la piscina, lo guardé dentro de la bragueta -se pone el tío a toquetearse por dentro del bañador-. Y es que no me lo encuentro". Y yo me meo de risa. "Mira, Atilano -le digo riéndome-, como salga el guante flotando por aquí le voy a gritar al personal: Mirad, el condón del fraile". Y se parte, el buen hombre. Al final, resultó que se le había escurrido para atrás, y lo tenía alojado en la rajalculo.

Cuando se sale para irse, aguanto en el agua unos quince minutos más para no coincidir con él en las duchas. No sé, me da vergüenza. Como es tan lento vistiéndose, luego me da tiempo a adelantarlo en los vestuarios. Hoy lo he invitado a llevarlo en mi coche hasta el convento. "¿Una cervecita?" -me suelta en el camino. "No, no, Atilano. No puedo" -le digo apurado. "¿Eres abstemio?" -me mira extrañado. "No, hombre; es que me espera mi mujer para ir al pueblo, que estamos de obra en mi casa, y ya llego tarde". "¡Amigo! -se sonríe-. ¡Palabras mayores!".

Como me puede el vicio, hago intentos por sonsacarle cosas del lado oscuro: "Pues nosotros, amigos muy cercanos de un cura joven de Córdoba, lo provocamos mucho malmetiendo que aprovecha sus vacaciones en lugares recónditos para limpiar el sable. Y él se cabrea un montón". Y Atilano se ríe de mis ocurrencias. Pero también se abre: "Normalmente, Dios nos da fuerzas para resistir la llamada de la carne, en ocasiones, llamadas brutales" -empieza a confesarse. "Pues, Atilano -le azuzo-, yo creo que es bueno aliviarse de vez en cuando, es algo natural y sano, no solo para el cuerpo sino también para el espíritu. Y sinceramente, no creo que sea pecado". Y me contesta, crítico: "No lo será para tu moral particular". Pensé explicarle -pero me contuve- lo que dice un amigo muy querido: que cuando pasa más de una semana sin matrimoniar le sale la leche aterroná. "Un día, en una parroquia de La Paz, en Bolivia -se lanza el fraile-, una mujer me pide confesión pero en mi despacho, en privado. Y sin mediar más que cuatro frases se me ofrece para echar un polvo, así, sobre la marcha, aquí te pillo, aquí te mato. Ten presente, José María, que por entonces yo andaría por los treinta años, te puedes imaginar"... "¡Qué chollo, macho!" -le digo. "¡Qué apuro más grande, querrás decir! -me contesta-. No sé de dónde saqué fuerzas, pero la despedí al instante". Y continúa: "Si metes la pata una vez"... "Te refieres a la pata de en medio, ¿no?" -me pongo guasón. "Sí, sí, a esa me refiero". 

Creo que esta gente de la Iglesia de a pie está hecha de otra pasta. Yo, de cura, no hubiera podido salir airoso de tentaciones tan carnosas. Mi sacerdocio no le salía a cuenta, y Dios me ayudó a abandonar el seminario. Menos mal. Lo mío hubiese sido un escándalo. Por lo caliente, me refiero.




¡Ofú, qué caló!, decía mi hija cuando vivíamos en Sevilla. Pues eso. Ayer empezó el verano de verdad.


miércoles, 17 de julio de 2019

Perro viejo

A veces, trapicheando por el hospital de Antequera, me sorprendo a mí mismo creyéndome, como solía en el Valme, el rey del mambo. Y tengo que pararme: "Oye, chaval -me digo-, que tú aquí tienes menos papeles que el borrico un gitano". Pero, al final, echándole un poco de jeta, consigo mis propósitos. 

Uno de mis albañiles ha debido de ingresar de urgencias en el hospital por mor de una úlcera duodenal. Abusador de Ibuprofeno, la droga de los pobres. Afortunadamente, la cosa es leve, y su médico pretende darle el alta mañana mismo. El problema es que le ha solicitado una ecografía abdominal, y, claro... para mañana va a ser imposible que esté, con todo lo saturada que anda la lista de espera.

-Miguel -le pido al médico-, tú que tienes aquí más mano insiste en rayos, hombre, que este paciente está de paso, no es de aquí.Ya sabes...
-Sí, sí. Pero no creas que va a ser fácil. La gente de rayos está hasta el moño con tanta petición.

A fin de asegurarme una respuesta más clara, me presento a otro médico, amigo de mi amigo Diego Millán, dando por sentado aquello de que los amigos de mis amigos son mis amigos. El hombre me recibe la mar de cordial y amistoso.

-Sí, José María, lo intentaré, pero no te prometo nada. La gente de rayos está que trina. Fíjate, ayer mismo les solicité una eco para una paciente mía, una jovencita con un plastrón abdominal sospechoso de Chron, fíjate, eh. Y lo más que conseguí fue que la citaran para el próximo viernes. No sé, no sé...

Antes de rendirme, perro viejo en estas lides, consideré ir yo directamente a rayos. Son las 13,30 horas, y allí no veo un alma. Bueno... estarán tomándose un refrigerio. Tienen derecho a un descanso, joer. No lo digo por ellos, eh, pero es un lugar común entre nosotros, los médicos, quejarnos de saturación, y, sin embargo, a las dos de la tarde no encuentras a nadie en su sitio. No desespero por ello. Se me viene a la memoria que en Valme, ante situaciones parecidas, Inma, la secretaria de rayos, me solucionaba los problemas.

A la entrada de la secretaría de rayos reza escrito en el suelo un aviso: ESPERE AQUÍ SU TURNO. Y ahí me tenéis, más tieso que un junco, esperando la vez. Tengo que hacerme notar para que la secretaria se fije en mí, aunque sea de soslayo, como un hombre formal, serio y educado. Tampoco es que tenga que impostar mucho porque mi pronto natural es así ¿verdad? Le cedo mi turno a una mujer muy mayor, me intereso por ella preguntándole de dónde viene y qué papel de los diez que trae arrugados entre las manos es el que tiene que entregar... Y, bueno... ya me toca.
-Buenas tardes -me dirijo a la joven sonriendo.
-Muy buenas, usted dirá -me responde más secamente de lo que yo hubiera deseado.
-¡Vaya peinado más gracioso que se ha hecho usted hoy! -me lanzo a ver qué tal cuela el requiebro. La mujer, entonces, se me queda mirando un ratito, así, como con cara displicente, como pensando: "¿Qué pretenderá este pringao?".
-Déjese de cumplidos, y dígame qué se le ofrece, que hay cola -pero ya se le escapa un amago de sonrisa por el rabillo de sus labios.
Y le explico mi caso. Y ella se disculpa asegurándome que es imposible, que las listas para ecografía de hoy y de mañana ya están completas y cerradas. Punto.
-Ya lo imaginaba, señorita -le respondo con toda la humildad que puedo-. Yo solo le pido que si por casualidad se produce alguna renuncia y queda un hueco libre... que lo tenga usted en cuenta. Nada más.
Y ya me disponía a irme. En esto que, para mi sorpresa, la mujer ahora sí se ríe abiertamente y me zampa:
-¿Es usted adivino?
-¿Yo? -respondo extrañado-. No, pero ¿por qué? 
-Porque apenas hace cinco minutos han llamado de una planta anulando una ecografía de mañana.
-Pero bueno... -me río con ella-. Esto parece de cámara oculta, ¡verdad?
-No -me dice ya más seria. A esto se le llama llegar y besar el santo.

Y yo pensando para mí: "No. Esto es ser un perro viejo". 

sábado, 13 de julio de 2019

De vida monástica


¡Lástima que mi padre no esté ya entre nosotros! Le hubiese invitado a venir conmigo. Él, más aún que yo, se hubiese conmovido ante la virtud de estos monjes tan ancianos como él, y adherido de manera incondicional a la normativa monástica de oración y silencio. No como nosotros, Joaquín, Diego y yo, que, medio a hurtadillas y con la complicidad solapada del padre Alfonso, hemos alterado más de la cuenta la armonía y quietud de este fabuloso monasterio.



Tenía ganas y sentía curiosidad por vivir unos días entre muros, oraciones y refectorio. Joaquín es un asiduo de este sagrado lugar, a donde acude al menos dos veces al año. Él nos lleva animando a Diego y a mí desde tiempo atrás, y ya, por fin, nos hemos decidido. A Joaquín los monjes le quieren como a uno más, le dan de abrazos nada más verlo entrar, "Te esperamos como agua de mayo", le dice el padre Alfonso, nuestro hospedero. Y es que nos tenían reservado la limpieza a fondo de la enorme biblioteca, cosa que solo se hace cuando se hospeda Joaquín. ¡Qué convenidos!


Y os digo que merece la pena. No es cosa de una hospedería al uso de hotel modesto. No. Se trata de vivir unos días de retiro espiritual compartiendo clausura con los monjes, haciendo vida monástica, contemplativa, en este caso. Naturalmente, a mí en concreto, me ha reverdecido muchos recuerdos soterrados del seminario: el toque de campanas llamando a cualquier actividad, los madrugones, la frugalidad alimentaria -ni un frito, nada de carne, ni un dulce, pechada de calabacines, se conoce que estamos en época-, la disciplina, los ratos largos de meditación... Pero sin fútbol. Y sin pajillas vergonzantes. Y a las diez de la noche, en la cama: de las cosas que más me han gustado.

El lugar es una gozada. El monasterio de Jerónimos de santa María del Parral admira Segovia desde la orilla derecha del río Eresma, incrustado en un bosque de ribera de cuento, y salpicado, literalmente, por varios manantiales inagotables de un agua fresquita y santificada que brotan por doquier, alimentados por una corriente freática milenaria que se deja oír en los paseos silenciosos por cualquiera de sus claustros. Se diría que se aposenta sobre una plataforma acuífera. De ello da testimonio la fertilidad de sus varias huertas kilométricas, arrendadas a medias por los monjes a tres hortelanos lugareños, ancianos locuaces y simpáticos que prefieren envejecer con la azada en sus manos mejor que con el mando a distancia. Posee, además, una riqueza patrimonial fuera de parangón, cuyo principal exponente es el impresionante retablo plateresco de su iglesia principal, de un estilo gótico flamígero con muchos toques de isabelino. De verdad, una pasada.

Pero a estas alturas de nuestro conocimiento y, en muchos casos, amistad con vosotros, mis queridos lectores, no vamos a engañarnos: el día a día del cenobio es aburrido. Las cosas como son. Laudes, Ángelus, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas. Cada dos horas, quince minutos de una liturgia cansina, repetitiva y anacrónica. A la una del mediodía, misa. Y a las siete de la tarde, rosario. Todo es voluntario para los huéspedes invitados, pero casi todo nos lo hemos tragado, menos la hora Sexta, a las cuatro de la tarde. Mi siesta es más sagrada que los salmos salomónicos. Lo bueno de no ir uno solo sino acompañado de colegas es que puedes escabullirte de tanto silencio y de tantas preces cuchicheando con los amigos.

Nos hemos divertido, es verdad. Sobre todo durante las dos horas de trabajo en la biblioteca. Hemos hecho chistes de lo humano y de lo divino; nos hemos reído a carcajadas ahogadas de las ocurrencias de Diego, que se atrevió a ir a una misa en calzón corto, o que comparó el silencio y la quietud del refectorio con la bulla y el desorden del comedor en los hoteles del Imserso; o de nuestra incapacidad, de Diego y mía, de dar con la página adecuada del breviario para seguir los cánticos del padre Mauro al piano, al final optamos por abrir el libro al azar y hacer el paripé de que cantamos; o de mi rebeldía a desayunar en seis minutos, tiempo que tardan los monjes en hacerlo, una vez que ellos se levantan, todo el mundo fuera. ¡Con lo que yo disfruto pausando mi desayuno!... O con las críticas impías hacia otros huéspedes porque todos nos parecían gente rara, de otro mundo, gente desnortada, personas con vocación cenobítica pero que las circunstancias de la vida los han llevado por otros caminos, y ahora pretenden ser más monjes que los de verdad: rezan más fuerte, cantan más alto, se persignan con aspavientos, se arrodillan hasta dar de bruces en el suelo... Como modernos judíos conversos que quieren ser más cristianos que los de sangre.


Pero también hemos leído y hemos meditado. Nos hemos empachado de la vida y obra de san Jerónimo, uno de los santos Padres de la Iglesia, amigo y contertulio de san Agustín, ambos golosos del sexo en sus años jóvenes, y luego arrepentidos de tantos excesos. Conozco yo a otro Agustín, de ahora, que no llegará a santo porque no acaba de arrepentirse sino que persiste contumaz en el vicio. No tanto del sexo cuanto de la glotonería. Hemos debatido con seriedad, en las apacibles tardes de la huerta, el sentido que pueda tener esta vida contemplativa en nuestro mundo moderno. A nosotros, gente del siglo, pero moderada, nos cuesta entenderlo. También a Joaquín, un rojillo rancio de los que todavía se amarra el pantalón con un hiscal de esparto, pero hombre creyente con una espiritualidad y una búsqueda de respuestas fuera de lo común. El padre Antonio, monje de noventa años que vive en el monasterio desde los dieciocho, nos dice que esto solo puede entenderlo quien recibe "la llamada". 


En otro tiempo, nos cuenta Joaquín, estos monjes, jóvenes aún, sin menoscabo de sus vidas contemplativas, eran gente muy activa y productiva para la sociedad: producían y comerciaban con los productos de la huerta, y tenían un taller de madera donde fabricaban bancos para las iglesias. Y de eso vivían. Ahora no es posible. Solo son seis monjes. Tres de ellos, Antonio, Farrulla y José, rondan los noventa. Produce admiración verlos concelebrar la eucaristía con tanta voluntad como merma de sus fuerzas: una mano dirigida a la sagrada forma, y la otra agarrada al altar para no tambalearse. Y en la plática se quedan frititos en sus asientos. El padre Andrés, el prior, frisará los setenta, pero se encuentra muy limitado por fracturas vertebrales y una cadera protésica. Con todo, aguanta el tipo orondo y soberbio apoyado siempre en su bastón. El padre Alfonso tiene sesenta y seis años, y es de Olivares, casi paisano mío. Y se le nota lo sevillano: es el alma de aquéllo. Hospedero, cocinero, ecónomo, cuidador de los viejos y hombre para todo. Con Joaquín tiene una empatía especial. Se les nota a ambos. Y luego, el padre Mauro, el más joven, no llegará a los cincuenta. Pero me pareció el más desganado. Lo que son las cosas. Y eso que acaricia el piano de maravilla y posee una voz melodiosa y engolada, pintiparada para entonar las salmodias.

Y, en fin, todos sabemos que esto ha tocado fondo; esto se acaba. No hay futuro para este tipo de vida monástica. Este del Parral es el último monasterio jerónimo masculino en actividad. Y dentro de cinco años se habrá convertido en un Parador Nacional o algo parecido. No hay relevo, no hay vocaciones. No puede haberlas. La juventud de hoy precisa de otro tipo de atractivos. No le vale rezar y rezar, y perpetuar in seculorum sécula ritos y salmos de hace dos milenios. Habría que reinventarse, reconducirse, transformar el cenobio en un centro de intelectualidad religiosa donde, por ejemplo, se intentara una nueva exégesis de las Escrituras adaptada a los tiempos, donde se produjera literatura, arte y ciencia en torno a la ética, a la espiritualidad, a la esperanza... ¡Demasiado tarde!

"Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta".

Y yo, sintiendo mucho contravenir a santa Teresa, creo que hoy en día solo Dios no basta. A la vista está.

¡Sed buenos!