martes, 7 de enero de 2020

Cuento de Epifanía

Hace ya tantos años que casi ni me acuerdo, vivía en un pueblito humilde de los nuestros una niña inquieta, algo díscola e independiente, pero también muy dichosa. La mayor de sus otras dos hermanitas, desatendía más de la cuenta los cuidados encomendados por su madre para con ellas, y se abandonaba a los juegos de la calle con sus amiguitas. Era una niña pobre, pero a ella eso le daba lo mismo, ni siquiera lo notaba porque en el pueblo, salvo dos o tres familias adineradas, todo el mundo era igual. Una niña pobre y feliz como era lo normal en aquellos remotos años. Le cabía la satisfacción de ser la primera, como mayor, en estrenar la ropita y los juguetes que, luego, heredarían de segunda puesta sus hermanas pequeñas. Cuando el tiempo igualó sus respectivas tallas, sin embargo, la cosa se torció para ella, y ya las hermanas escarmentadas le disputaban hasta la largura en la onza del chocolate.

En los primeros años que ella recuerda, los Reyes Magos se habían abonado a los mismos regalos: zambombitas y guitarritas de caramelo, algunos mantecados despachurrados y una cuerda para saltar la comba. Pero una cuerda muy costeada y resistente, con sus mangos de plástico duro y graciosamente coloreada, de aquéllas que al rozarse con el suelo desprendían un zumbido fuerte y varonil, zás, zás, zás... Y se convirtió en una verdadera artista de la comba, la más saltarina de sus amigas, ahora para adelante, luego para atrás, a pie cojito, sola o en tandem... Hasta el punto de salir a la calle a hacer los mandados saltando la cuerda. Aunque le cueste reconocerlo -porque es muy suya-, miraba con cierta envidia la muñeca de pelo natural de su prima Inma o el juego de palillé de su primo Juanma, un niño al que ella admiraba por su manera tan ordenada de mantener sus juguetes: el trompo, la tolda, los paquetes de "santos", el aro y su gancho... No como ella, que todo lo perdía. O lo regalaba. "Mardesía -le reprochaba su abuela Cándida-, te cortaba las manos, nada te dura, lo das todo, so puñetera". Tuvo que esperar a que su madre pusiese una tienda de comida para recibir como regalo de Reyes sus primeras muñecas que venían como premio oculto en una de las tabletas de chocolate, y que la buena de Antonia, su madre, se las arreglaba para averiguar la premiada y apartarla para las niñas.

Ya de medio mozuela nació el niño, el único hermano, y los tiempos eran otros: las pistolitas de mixtos, los tambores y las bicicletas fueron para el niño, claro está. Para las niñas, ropa. Pasión por los trapos, oye.

La cosa es que esa niña se hace mujer, y aun habiendo gozado de una vida desahogada ha sabido mantener un prudente equilibrio entre necesidades y gustos, con sentido del gasto, sin llegar, desde luego, a la racanería de su marido, ni a extravagancias fuera de lugar, salvo en lo tocante a trapitos y zapatos, que la superan. Y ha seguido también con su política de manos desprendidas que todo lo dan o todo lo pierden.

Y ahora, en su otoño dorado y esperanzado, con todo el cariño y ternura acrisolados durante sus luengos años, debe de tolerar con mucha resignación los reproches más que "razonables" de su única hija que no alcanza a comprender -porque aun no le ha llegado la hora- el corazón abierto de esta abuela para con sus nietos, para quienes todo le parece poco, para los que a todas horas está dispuesta a comprarles algo antes, incluso, de que ellos lo pidan. Y entiende en su fuero interno que eso no puede ser; que debe aguantar las ganas y contenerse como lo hizo cuando le tocó ser madre y Reina Maga; que los niños de hoy no disfrutan de sus juguetes como lo hacía ella con su cuerda saltarina porque están sobresaturados; que en las casas ya no cabe un alfiler más; que es necesario huir del gasto superfluo; que hay que educar en moderación y responsabilidad... Pero, a pesar de todo eso, el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y más que ningún otro, el corazón de la abuela. De cualquier abuela.


Feliz año 2020 para todos.