jueves, 30 de junio de 2022

Excelencia y protocolos

-Pero, señorita -protesto suavemente-, si mi intervención va a ser a última hora ¿por qué me citáis tan temprano?

-A mí no me lo pregunte, caballero -me responde la secretaria del servicio de admisión-. Es cosa del protocolo.

A las 9,30 horas de la mañana estaba en el hospital. Me van a realizar una biopsia de próstata. Es un procedimiento sencillo que se hace normalmente en la misma consulta de Urología, con anestesia local. Algunos de mis amigos ya han pasado por ahí y me han dado ánimos estos últimos días. Pero, claro, ellos no son yo. La carne de médico es mucho más delicada. Cuando hace un mes le comenté a mi urólogo mi propensión a los desmayos, rápidamente me derivó al anestesista para hacerme la biopsia en el quirófano bajo sedación.  No fuera a ser que le montara un cirio en su consulta. Y hoy ha sido el día.

No tengo más que palabras de agradecimiento, pero también de orgullo, por el magnífico desempeño que he podido comprobar en el hospital por parte de todo el mundo, desde las limpiadoras hasta mi propio urólogo, hombre humilde, atento y meticuloso en todo detalle tanto en lo profesional como en lo personal.  Me ha resultado admirable la tierna atención y mimo con que las auxiliares y las enfermeras del hospital de día quirúrgico se han volcado con los enfermos más viejitos y vulnerables. Este anciano, de Cuevas de san Marcos, operado de cataratas; éste otro, de Fuentepiedra, operado de una hernia umbilical; esta mujer, de Archidona, con un glaucoma... De risa, las fatigas de mi enfermera, linda y cercana, para explicarle a un anciano inglés de Mollina, en inglés macarrónico, la manera de dosificar unas gotas oculares... ¡Qué encomiable paciencia!! Celadores jóvenes que me han transportado en camilla de un lado para otro, transpirando optimismo y cuidando al detalle la preservación de mi intimidad por los pasillos...Y un personal de quirófano que te trata como si fueras tú el único paciente de la mañana, estando al dar las dos de la tarde...Puedo decir que he experimentado en el ambiente laboral del hospital el aire desenfadado y proactivo que he vivido y predicado en mis años de Valme. Una enorme alegría poder transmitir al mundo que nuestro personal sanitario ha resistido y superado todos los estragos de la maldita pandemia, sin recordar -o eso parece- las muchas penalidades y sacrificios sufridos por mor de ella. Mi primera experiencia hospitalaria post pandemia no ha podido ser más esperanzadora.

Si me obligáis a poner algún pero, sólo mencionaré que me cuesta aceptar la rigidez de los protocolos. Cuando uno se encuentra enfermo de verdad acepta de buen grado cualquier orden médica o administrativa con tal de sanar lo antes posible, pero cuando uno está bien -y éste era mi caso- lo que quiere es salir cuanto antes del hospital. Y entonces es cuando topo con los dichosos protocolos. Una vez fuera del quirófano, con todo en orden, lúcido y asintomático, debo permanecer encamado en el hospital de día cuatro larguísimas horas porque "es el protocolo". Al cabo de dos horas le pido a mi noble y atenta enfermera que, por favor, me retire los sueros -que no preciso- y que me deje el catéter heparinizado por si acaso surgiese alguna incidencia que nos hiciera precisar el suero. Sin la pejiguera del suero, podré salirme de la cama, vestirme con mi ropa de calle, permanecer sentado en el sillón y abandonar así el ridículo papel de "enfermo" con mi bata vergonzante que me deja tol culo al aire. "No me pida esas cosas, no puedo hacerlo".

-Señorita, por favor, soy médico, mi mujer es enfermera, sabemos vigilar y actuar ante una muy improbable incidencia que pudiese ocurrir...

-¡Ya decía yo -sonríe la enfermera-, que sabía usted demasiado.

Y, por fin, esta linda enfermera, aunque abducida por el protocolo, se bajó del burro y me adelantó la salida. Eso, sí, no sin antes cerciorarse de que mi orina era clara y de que me hubiese zampado la merienda en dos bocados.

De siempre, he sido un pelín contestatario al protocolo en el ámbito de la salud. Miento, me refiero al protocolo duro, rígido, inamovible. Protocolo nos suena ligado al formalismo obligatorio que rige en los actos y ceremonias diplomáticos y oficiales. En la actualidad, el término se ha generalizado para definir el conjunto de normas y acuerdos que se deben cumplir en cualquier procedimiento diseñado y controlado para un fin determinado. En los cuidados de salud, los protocolos son una herramienta útil y muy necesaria, en cuanto que están basados en las guías clínicas y propician el normal funcionamiento de las muchas actividades en un ámbito tan complejo como es el sanitario. Lo que critico  piadosamente, en instituciones tan queridas para mí como son los hospitales, es la rigidez de su aplicación, la falta de flexibilidad en función de las necesidades y también de los deseos legítimos y razonados de los pacientes. El protocolo médico ofrece ayuda al personal sanitario, incluso le cubre las espaldas, pero no debe esclavizarlo ni someterlo. El protocolo bien aplicado debe dejar un razonable y juicioso margen de decisión en el propio paciente. Siempre he defendido esa postura, y por ello me siento legitimado para exigirla para mí mismo. Un protocolo personalizado, en mi caso concreto de hoy,  hubiese permitido reducir significativamente mi tiempo de permanencia en el hospital de día, atendiendo a mi estado clínico y a mis deseos por encima del "protocolo" rígido y frío.

Todo lo cual no puede ni debe empañar mi satisfacción por la salud psicológica y social del personal sanitario del que disfrutamos los andaluces. Dicen que sufrimos una escasez alarmante de personal. Es un mal endémico de nuestra sanidad. Ya en mis tiempos existía. "Semos pocos, pero bien avenidos" podríamos decir de esta gente extraordinaria, rayana en la excelencia. Sanidad pública, universal y de calidad sostenida por el cuello vigoroso de unos atlantes prodigiosos. No podemos ni debemos perder tanto logro conseguido. Y no lo vamos a hacer.

Mi más sincera enhorabuena.


 


martes, 14 de junio de 2022

Un hombre admirable

En cuanto pudo, devorado el desayuno, esta gente fue cogiendo puerta. Hoy toca visitar Olaho y su mercado, cosa de mucho predicamento, según dicen. Han aprovechado que yo estaba platicando con el móvil para dejarme aquí tirado, a la espera de Cristobao, el fontanero.

-Le mando a un fontanero-electricista, un manitas decís los españoles ¿no? Estará ahí en una media hora. Su nombre es Cristobao -me contaba Tatiana, la encargada de la casa.

Sin comerlo ni beberlo, por regalón y despacioso con mis dulces, me ha tocado quedarme para no dejarlo solo, al hombre. El lavavajillas produce un cortocircuito y nos deja sin luz cada dos por tres, y alguna cisterna de los wáteres no funciona como debiera. Cosas de las casas rurales. 

Me he acomodado en el porche trasero, el que da a la cocina, al resguardo del sol de levante, que ya viene picando. No me decido a remojarme en la piscina, no sea que el hombre me pille en bolas, que es como me gusta bañarme cuando estoy solo. Sentado al frescor del césped recién regado, leo distraídamente el mismo capítulo que ayer de un libro de filosofía. Me ha dado por ahí. Y tan metido estoy en la teoría ética de Hume que no me apercibo de la presencia de Cristobao, que acaba de entrar.

-Bom día -me sorprende.

-¡Ah, perdón, buenos días! -me levanto a modo de saludo.

Es un hombre fornido y mal hecho, y con la cabeza rapada. Al pronto, me recuerda a un Comandante Lara que no fuera chistoso, sino más bien circunspecto. Sus gafas de ver son de estas modernas de color rojo. Las patillas apretadas le marcan un surco profundo por detrás de las orejas. Me pregunto si no le molestará. En la cocina, al lado nuestro, le señalo el lavavajillas que cortocircuita. A continuación, escaleras arriba, me sigue de cerca mientras le voy mostrando los distintos desperfectos en la planta primera: tres cisternas averiadas, una cortina descolgada y un somier al que le faltan tablas.

-¿Nada mais? -pregunta con sorna. Le sonrío y pienso en el típico fontanero español que ante tal tesitura ya se hubiese cagado en la madre que parió a panetes. Siguiendo las estrictas instrucciones de la Peque, tan desconfiada, no me despego de él en ningún momento. No vaya a ser que se ponga a husmear por nuestras habitaciones con las camas sin hacer y las maletas abiertas en el suelo.

El hombre empieza la faena por las cisternas. Cada una tiene un mecanismo distinto. Las tres presentan rotura en los enganches con el tirador. Cuando he tenido en mi casa una avería parecida cualquier fontanero corta por lo sano y compra un sistema nuevo. En cambio este hombre, calmoso y virtuoso, desenrosca las distintas piezas, cisterna por cisterna, las recoge todas, se va al jardín y se sienta en una silla a intentar recomponerlas. Mientras, yo, sentado a una prudente distancia, sigo con Hume. Una hora de paciente trabajo de hormiguita hacendosa. Con el material ensamblado, sube a los cuartos de baño afectados y coloca los sistemas. Yo, confiado ya en la formalidad de Cristobao, me quedo en el jardín ensayando "aproach" con mi hierro del 7 y mis bolitas de golf. Presumo de maestría: ni un solo descalabro, ni una bola perdida.

Arreglados los daños de arriba, el hombre entra en la cocina y se dispone a acometer la tarea cumbre: arreglar el lavavajillas. Eso no pienso perdérmelo. Con una maniobra simple de enchufar el aparato en un enchufe distinto y ver que así funciona sin provocar cortocircuito, averigua que el fallo no está en el aparato, sino en el enchufe que lo alimenta. Cuerpo a tierra, el móvil en modo linterna en una mano y un destornillador en la boca, se arrastra a codazos entre gofifas y botes de detergentes por los bajos oscuros que ocultan las puertas de abajo de los muebles de cualquier cocina. Cada vez que intenta girarse para embocar el enchufe se da un coscorrón en su cabeza rapada. Pocas cosas hay en la vida que me cabreen más que trabajar con estrechuras. Hasta ansias me entran de ver a este hombre en tan incómoda postura.

-¡Mae que me!... -es lo único que suelta su boca apretada. Desde atrás, yo solo le veo los calzones, ya colgones, que dejan al aire parte de los calzoncillos y el inicio de una hucha lampiña. No como las de nuestros albañiles y fontaneros, tan peludas. Encontrada la posición, dispone el móvil-linterna enfocando el enchufe y se afana en desmontar el objetivo con el destornillador. Preocupado yo porque le pudiera dar la corriente, le pregunto si apago el interruptor general.

-Nao precisa, aos portugués nao da choque (no hace falta, a los portugueses no nos da calambre) -se pone el tío. Pero no era verdad: por lo menos le dieron  tres calambrazos. Oye, y qué hombre, este Cristobao, tan admirable: ni un solo voto soez, ni un copón divino, ni siquiera un cagarse en Dios, exabruptos básicos de primero de blasfemiología entre nuestros egregios operarios cuando algo se les tuerce. Yo, alucinado. Al tercer chisporretazo que vi, corté el interruptor. Dime tú que le da a este hombre un patatús, y me pilla aquí solo... 

Consiguió al fin su propósito: cambió el enchufe roto por otro nuevo, y yo respiré tranquilo. No sólo tranquilo, sino reconfortado con nuestra especie. Con hombres como Cristobao aún nos queda esperanza. Tres horas de trabajo por su parte, y otras tantas de supervisión atenta por la mía. La una del mediodía, las dos en España, y esta gente sin venir. No, si al final tendré que ponerme con el almuerzo...



 


miércoles, 1 de junio de 2022

De paraísos terrenales


El domingo pasado, algunos afortunados nos dimos un baño en el paraíso...

Malogrado por la pérfida curiosidad femenina nuestro bucólico Paraíso Terrenal, un mix de huerto, jardín y zoo, mi catequista, Socorro Ramírez, nos presentaba a los niños el nuevo modelo de paraíso de una manera muy chunga. Y mucho más luego para las expectativas de un adolescente calentón como era servidor. Al parecer, todo iba a consistir en la contemplación eterna de las figuras vivientes de la Santísima Trinidad. Uno se imaginaba, en el tropel de criaturas celestes, vestido con una túnica blanca e inmaculada y sentado en las gradas de un grandioso anfiteatro, en cuyo centro Padre, Hijo y Espíritu Santo posarían y pasearían de aquí para allá cual modelos divinos. Y así, toda la Eternidad. ¡Menudo aburrimiento! No era de extrañar, pues, que ya desde entonces cundieran chistes entre los chaveas prefiriendo los excesos y pecados en un infierno ardiente, pero compartido con gente divertida y de mal vivir, antes que el tedio insufrible de un cielo puro,  casto y tan contemplativo.

Por eso, los muchachos -y supongo que también las personas mayores- nos pusimos a imaginar otros paraísos alternativos que ofrecieran opciones más llevaderas, más humanizadas, más de nuestro gusto. Sobre todo teniendo en cuenta que la cosa no era para un finde o un mes de vacaciones, que la cosa era para ¡¡¡SIEMPRE!!!  

Pero el pasado domingo, unos pocos agraciados nos fuimos de perol cordobés a un paraíso muy particular...

El primer paraíso imaginario del que tengo memoria es el cuerpo de casa de la casa de Blas, en la calle Sol, donde, sentada muy modosita en un sillón de estilo clásico, posa para la posteridad mi prima Josefina vestida de primera comunión. Yo rondaría los tres años y pico. Pero me acuerdo. En ese tiempo mágico, mi familia -mis padres, mi hermana Josefa y yo- vivíamos de prestado cuatro casas más abajo, por encima de la de mi amigo Agundo. La casa de Salvadora, recuerdo que le decían. Entrar en aquel salón de la casa del primo Blas y de la prima Marigrasia, tan arreglado para la ocasión, adornado con la figura celestial de mi prima Josefina, misal de pastas de nácar y rosario de perlas blancas enredado entre los guantes, fue lo más parecido al cielo de mi catequesis. "Yo aquí me quedaría pa siempre", supongo que pensaría.

Ha habido, luego, otros paraísos imaginarios, claro. Vivencias tan intensas y emotivas de las que uno nunca hubiese querido desprenderse.  Pronto, perdida la inocencia, mi ideal de cielo estuvo ligado al tipo de vida sencilla de mi adolescencia y juventud: las noches al raso con mi padre y mi abuelo en la era de La Capilla o más tarde con mis hermanos en la choza de los melones; las tardes en el río con mis amigos; los meses de mayo en los Ángeles, tan bonitos, tan familiares y alegres; los partidos de fútbol, eternos, en las tardes lluviosas y embarradas del campo de san Eulogio; el curso entero de Preu en el Séneca, tan formativo en lo personal y lo académico, "yo estudiaría Preu toda la vida", recuerdo haber dicho alguna vez... Luego, ya en la madurez, asimilaba el Paraíso con los parajes y paisajes naturales y salvajes que admiraba en Los Pirineos, Los Alpes, Los Picos de Europa o La Sierra de Cazorla en los viajes con mis hermanos o con mis amigos. Y ahora, en el sosegado y apacible jubileo, me conformaría con un Cielo donde pudiera corretear con mis nietos en un campo de verde infinito, higueras de brevas blancas y chorreras de agua parecido al campo de golf de Antequera.

Y el caso es que hace sólo cinco días, un elenco de gentes de Palenciana nos pusimos pujos de arroz y de pasteles en un bellísimo paraíso serrano...

Nuestros años de Sevilla, muy felices en el chalet del Aljarafe, pero en un ambiente periurbano, incluso nuestra acomodada vida actual en Antequera, no han conseguido, sin embargo, apartar de nuestro ánimo un ideal de casa en plena sierra, que con toda seguridad hubiésemos disfrutado la Peque y yo de haber seguido trabajando en Córdoba. Otros, con menos edad, han obtenido ese premio. Y siento sana envidia de tal éxito. 

El pasado domingo, un nutrido grupo de senderistas del pueblo fuimos graciosamente agasajados por Josefina y Carmelo en su casa de campo de Córdoba, como anfitriones, y por Fraski, como maestro arrocero. Y, ahora, a una edad imposible, va y descubro mi paraíso perdido tantas veces deseado. No, aquello no es una casa lujosa ni impresionante como tantas otras en el Brillante. Aquello es un refugio paradisíaco en el corazón de una Sierra Morena exuberante, fresca y olorosa. Aquello es lo que anhelaría para sí cualquier criatura amante de lo natural, lo auténtico, lo genuinamente humano. Aquel paraje onírico, envolvente, acogedor y salvajemente domesticado, rodeado de encinas, madroños y pinos, me ha devuelto a mis siete años, la primera vez que visité La Capilla con mi padre; a mis once años, cuando quedé impresionado por los montes y ríos de Hornachuelos; a mis veinte años, tonteando con la Peque en la orilla de un Genil juguetón y alcahuete; a mis cuarenta años, cuando mi amigo Jaime y yo soñábamos despiertos con una primitiva que nos permitiera comprar a medias una dehesa extremeña..; a todas aquellas edades y situaciones de mi vida en las que yo he creído tocar el Paraíso con mis manos. 

Sólo eché en falta ese día de domingo la presencia de mi Peque, comprometida en otros menesteres; claro que lo entendí como algo natural, ya que ella no cree en el Paraíso.