A
mediados de diciembre, cuando María Jesús revisó la lista de las guardias para las
navidades, creyó ser víctima de una inocentada: aparte del 22 y el 25 le había
tocado también la guardia del 28, día de Inocentes.
Y,
qué casualidad, el 28 de diciembre del año del Señor de 2025, último domingo
del año y día de Inocentes, por más señas, me vi en la necesidad perentoria de
acudir de urgencias a mi hospital de referencia. Al hospital donde trabaja
María Jesús, una R1 de familia.
A
las once de una mañana de llovizna, la sala de espera estaba medio llena.
Amplia, con sillones cómodos y luminosos ventanales hacia la sierra, inspira
tranquilidad y esperanza. Varios gatos en manada acechan a los gorriones a los
pies de los pinos. Incluso desde un hospital es bonito ver llover. A las doce,
un celador me nombró y nos condujo a la consulta.
María Jesús es una chica de unos veintipocos años, sobra decirlo, pero lo diré: guapa y de
una exquisita amabilidad. Se la ve fresca todavía y con ganas. Los domingos se
dan los relevos de la guardia a las diez, así que sólo lleva dos horas de
trabajo. Le conté mi historia y mis miedos. “Casi todo lo que me dice lo tengo
recogido aquí en el ordenador, pero me gusta oírselo a usted. Veo que es usted
un internista jubilado ¿verdad? ¡Qué vergüenza, atenderlo cuando usted sabe de
esto mucho más que yo!”
—Olvídate
de todo eso y trátame como a un paciente más.
Me
interroga, se interesa, escribe y luego me hace tumbarme en la camilla para
tocarme el abdomen y la pelvis y para hacerme… ¡Un tacto rectal! Los hombres
bromeamos entre nosotros sobre la putada de que un urólogo basto te meta el
dedo por el culo. Pero el dedo enguantado de esta joven es suave y delicado. “¿Te
ha molestado mucho?”, me pregunta. “Nada de nada”, le respondo mientras me
ataco el hato pensando en que todos los médicos deberían ser mujeres.
En
esos momentos, y pese a la corrosión que mis miedos engendran en mi ánimo, me sentí
reconfortado. Sí, reconfortado al comprobar que ni la enorme sequía de medios
ni el pertinaz maltrato de la administración sanitaria han podido agostar la
simiente médica, que sigue brotando en terreno yermo, como crecen los jaramagos
en los tejados abandonados: por voluntad inquebrantable. Por vocación, si
queréis.
A
la una del mediodía me llevan al TAC. Nada, diez minutos. Y volví a la amplia
sala de espera con la Peque. El ámbito ya es otro, ahora la sala está petada de
gente. Toda llena. Y ambulancias que llegan y ambulancias que salen. Mucho
movimiento para celadores que entran y salen pregonando nombres; mucha
mascarilla por doquier; toses, estornudos, gente que dormita en sus sillones;
gente que almuerza un sándwich vomitado por la máquina expendedora a 3,50 euros;
gente que bebe agua en espera de la ecografía; gente que pasea aburrida de
tanto esperar… Un anciano solitario, tumbado en su camilla, se saca la churra y
se orina encima. Y en uno de los rincones una anciana demente, desde su
incómoda camilla, nos canta villancicos antiguos, “en el portal de Belén han
entrado los ladrones y al probe de san José le han robado los calzones”. Y
yo me distraigo mirando al monte húmedo y tupido. Los gatos se han aburrido y
han bajado a la calle, que los gorriones se han cobijado en los altos pimpollos.
A
las cuatro y cuarenta minutos de la tarde nos llaman a consulta. A escuchar el
veredicto de boca de una chica encantadora. “Nada serio, podéis estar
tranquilos, gracias a Dios. Dos calculitos en los uréteres. Nada más. El recto
y el sigma, sin problemas”. La Peque y yo suspiramos. “Y os pido disculpas por
tanta espera, pero estamos hasta los topes”.
Con
la tranquilidad del resultado del TAC, me atreví a indagar cómo le iba el día.
“No
he podido ni bajar a almorzar. Entre paciente y paciente, muerdo este bocadillo
de tortilla y me llevo un trago de agua a la boca. Y seguramente tampoco podré
cenar. Llevo media hora meándome, perdonad la expresión, y aguanto y aguanto.
Tal como veo la cosa, hoy hasta las doce de la noche no podré mover el culo del
asiento”.
Y
me contó que solamente estaban tres médicos para atender las urgencias
generales, dos R2 de familia y ella, una R1. El único médico adjunto (de
plantilla) estaba en función de consultor.
¿Cómo
es posible que tres residentes imberbes atiendan de Urgencias hospitalarias a
una población cercana a los 200.000 ciudadanos? ¿Cómo un médico, en este caso
una médica, puede permanecer 14 horas seguidas sentada frente al ordenador,
dale que te pego, paciente tras paciente sin tiempo siquiera para comer o hacer
sus necesidades? ¿Cómo se puede entender esto en un mundo de tantos derechos
laborales? ¿Acaso seguimos en tiempos de negreros y esclavos? Tal como yo viví
la situación en este día, las urgencias del hospital hubiesen necesitado, como
mínimo cuatro consultas con un médico adjunto en cada una. Nunca las consultas
de urgencias deberían recaer en manos de residentes primerizos.
Esto
no es algo anecdótico, esto acontece cada día en cualquiera de nuestros
hospitales públicos, principalmente en los hospitales comarcales. Y sucede así
porque el sistema organizativo hospitalario coloca a los residentes como el
principal soporte de las urgencias. Sin ellos, el sistema colapsaría. Lo cual
es una auténtica barbaridad, sobre todo si hablamos de residentes bisoños, por
cuanto vulnera el principio de supervisión y de responsabilidad progresiva, desvirtúa el carácter formativo de la residencia, expone
al residente a una sobrecarga desproporcionada a su competencia y pone en riesgo
la salud laboral del médico y la seguridad de sus pacientes. Estas
circunstancias explican perfectamente el porqué de la huida de los médicos
hacia otros sitios más amigables, más legales y más leales.
Los
residentes de primer y segundo año más que aprender, sufren en las urgencias.
Sufren nervios, angustia, insomnio, culpa, hambre e indignidad y sensación de
haberse equivocado. Algunos de ellos, tal vez los más débiles de espíritu,
abandonan. Los demás aguantan con la esperanza de que estos dos años de
penurias son el precio para poder, al fin, salir de la esclavitud y comprar la
libertad. No hay derecho.
Y viendo el percal de las urgencias ese día tan especial, se me antojó estar rodeado de Santos Inocentes. Unos, esos residentes tan desamparados que han de cargar con fardos demasiado pesados para sus espaldas; otros, nosotros, los sufridos pacientes que aguantamos horas y horas interminables en salas abarrotadas, cansados de mirarnos los unos a los otros y de buscar gatos cazadores de gorriones por entre la fronda del monte.
¿Cuándo
despertará la ciudadanía para exigir una atención sanitaria de calidad? ¿Para cuándo los servicios de urgencias hospitalarias con dotación médica propia y completa?