viernes, 29 de julio de 2022

Érase una vez en una noche de verano...

Estoy conforme con el calor del verano. Lo acepto y lo aguanto. ¡No va a hacer frío en julio, joer! Calor y tábarros como puños, se dice en mi pueblo. Y también prefiero llamar a las cosas por sus nombres: nada de olas de calor; calor de verano, como siempre lo hemos conocido, al menos aquí, en Andalucía. 

No. No creáis que hoy voy a enrollarme con lo del calentamiento global. Aunque, de paso, diga que entiendo tal calentamiento como resultado lógico y predecible de la actividad y crecimiento sin límite de un mundo en expansión constante, no estoy preparado para tal asunto. Simplemente, quiero relataros mi última experiencia con el calor, la caló en sevillano.

Sí, porque Sevilla tuvo que ser. 

Mi amigo Agustín cumplía setenta añazos muy bien trabajados, y fuimos, la Peque y yo, a su fiesta. El domingo pasado, 24 de los presentes. El día más caluroso que todos podamos recordar. Ni regando el maíz en plena siesta ni encima de la primera cosechadora de La Capilla, a mis diecisiete años, he pasado tanta caló como esta noche de marras. Y no estábamos en Sevilla capital, sino en el Aljarafe, sitio más liviano. Ni por ésas. Era la una de la madrugada, en el albor casi del día de Santiago, y el termómetro del patio emparrado donde departíamos marcaba 38 grados. Y todavía quedaba la presa a la parrilla. Pa morirse.

Mi cuñada Miki, de vacaciones en la playa, nos dejó su casa, apenas a tres kilómetros. Ducha templada nada más llegar, y a la piltra.

-Peque, pon el aire a tope, que nos asamos.

Y resultó que el aparato se encendía, pero no abría sus compuertas y no echaba na. ¡Vaya por Dios!!! El ventilador, a velocidad de crucero, lanzaba bocanadas infernales de aire calentón. Imposible dormir.

Nos bajamos al salón en busca del otro aparato. ¡¡¡Funcionaba!!! Cada uno en un sofá. Las tres de la mañana. La Peque, más menuda, se enroscó como un perrito y se quedó frita al poco. Yo no encontraba la postura. La cabeza, demasiado alta; los pinreles, saltando por encima del brazo del sofá; la espalda, pegada al trapo... Fresquito al fin, pero muy incómodo. Me quedé dormido pensando en lo mucho peor que se echaban las siestas a la sombra de un olivo y con  un sombrero en la cara para guarecerse de las moscas, y en cómo puñetas nos las apañábamos antes en noches como ésta: sentados al fresco, abanicos en ristre, hasta las tantas; colchones al suelo pegados a las ventanas abiertas; o al patio primero, al relente. En el cortijo, he visto a gente sacar sus camastros a la era y dormir allí haciendo como que guardaban la parva. Noches ardientes de verano en las que muchachos más rijosos escalaban hasta las ventanas para ver a las mocitas durmientes en combinación. Noches de rebuznos en el ruedo, y ladridos en las cuadras. Noches de obligado ayuno de concupiscencia hasta para los más golosos, "Echa pallá, hombre, con la calor que jase"... Noches, en fin, de insomnio. Noches de verano, como ésta del otro día. 

Y me despertó, a las seis, un enfriamiento en la espalda, del chorro de aire frío que me atacaba. ¡Otra vez parriba!! A esa hora, sólo con el ventilador, la cosa se volvió más soportable. Y pude coger de nuevo un poquito de sueño.

Y al alba, corriendo pal pueblo. Pa na, aquí hacía la misma calor.


¡Cuando llegue septiembre todo será maravilloso! cantaba una canción.



 


miércoles, 13 de julio de 2022

Sorprendido de mí mismo

Vosotros, amigos lectores que me conocéis, vais a sorprenderos. Pero sabed que el primer sorprendido soy yo mismo.

Si hace sólo cinco años me hubiesen diagnosticado lo de ahora estaría de los nervios, cagándome patas abajo y amargando las vidas de mis más cercanos. Y, sin embargo...

No me lo acabo de explicar. Me refiero a lo de mi tranquilidad. Que no es ficticia, que no se alimenta -aunque puede que un poquito sí- del deseo de no inquietar a mi familia, que es real y palpable. No soy experto en disimulos, soy demasiado transparente, se me notaría enseguida si estuviese agobiado. La Peque, que ve más allá de lo traspuesto, no se dejaría engañar. Y, sin embargo... 

Sigo haciendo lo mismo: me despierto canturreando; le pellizco el culo a mi mujer para escuchar su hipido de protesta; repaso los wassapts de la madrugada; preparo y me zampo un desayuno arzobispal y luego me voy a mi campo de golf. A las doce me vuelvo al pueblo, derecho a la piscina; nadando en cuclillas, departo con los habituales bañistas de todos los días, y arreglamos parte del mundo. Almuerzo con la Peque; siesta corta y profunda, con su poquito de baba en la almohada, si no, no es siesta, es descabezao; lectura y escribanía hasta que se apacigua la calor; paseo por el pueblo con mi perrita; nada de merienda ni de cena, soy un apóstol del ayuno intermitente; película nocturna de Netflix... Y a la piltra. Y tan pancho.

El cáncer de próstata tiene algo muy particular que no comparten los demás cánceres: que te deja convivir con él tranquilamente. Muchos cánceres de próstata (no todos) son "inofensivos", en el sentido de que no avanzan, no crecen o acaso muy lentamente, no invaden órganos distantes hasta muy avanzada la edad, si es que lo hacen. Todos conocemos a ancianos muy añosos que han muerto de viejos -mi padre mismo- siendo portadores de un cáncer de próstata "inocente". Mi caso debe ser de ésos. Tanto, que mi urólogo me recomienda no tratarme por el momento, sino esperar un tiempo a ver si biopsias sucesivas demuestran una progresión del cáncer. "Hombre -le digo-, estoy tranquilo, pero no sé si mi ánimo aguantaría mucho tiempo sabedor de estar alimentando un cáncer por la cara". Y le he expresado mi voluntad de ser tratado. Y en eso estamos, a la espera de la cita para la radioterapia. Sereno, activo, tranquilo. ¿Quién lo diría?

Estoy contento de saberme capaz de aceptar con gallardía esta contrariedad. Será la edad. Siempre he sabido que en un futuro muy lejano llegarían los temidos "achaques". Y resulta que ese futuro tan lejano es hoy, es mañana, es el presente. No es cierto que el futuro no exista: el futuro ha llegado. Creo que lo mío de ahora no es resignación, es aceptación razonada de una realidad que se impone. Y me reconforta meditar sobre ello. De siempre he gozado de una habilidad portentosa para magnetizar a mis pacientes con mi optimismo. Incluso en situaciones límite, en circunstancias dramáticas. A Matilde, Jerónimo, Sergio, Yolanda..., pacientes míos malogrados pese a mi obstinada dedicación, se les iluminaban sus caras cuando yo entraba en sus habitaciones canturreándoles o bromeándoles, sabía transmitirles no sólo ilusión y alegría, también esperanza. Y lo hacía de puta madre. Sin embargo, hasta ahora he sido incapaz de impregnarme a mí mismo de ese espíritu de superación, de actitud positiva. He sido un cagado conmigo mismo. Hasta ahora.

De manera que ya lo sabéis: entro tranquilo y sereno -y positivo- en el club de personas mayores  cancerosas, pero también deseosas de abandonarlo. La verdad por delante.

jueves, 30 de junio de 2022

Excelencia y protocolos

-Pero, señorita -protesto suavemente-, si mi intervención va a ser a última hora ¿por qué me citáis tan temprano?

-A mí no me lo pregunte, caballero -me responde la secretaria del servicio de admisión-. Es cosa del protocolo.

A las 9,30 horas de la mañana estaba en el hospital. Me van a realizar una biopsia de próstata. Es un procedimiento sencillo que se hace normalmente en la misma consulta de Urología, con anestesia local. Algunos de mis amigos ya han pasado por ahí y me han dado ánimos estos últimos días. Pero, claro, ellos no son yo. La carne de médico es mucho más delicada. Cuando hace un mes le comenté a mi urólogo mi propensión a los desmayos, rápidamente me derivó al anestesista para hacerme la biopsia en el quirófano bajo sedación.  No fuera a ser que le montara un cirio en su consulta. Y hoy ha sido el día.

No tengo más que palabras de agradecimiento, pero también de orgullo, por el magnífico desempeño que he podido comprobar en el hospital por parte de todo el mundo, desde las limpiadoras hasta mi propio urólogo, hombre humilde, atento y meticuloso en todo detalle tanto en lo profesional como en lo personal.  Me ha resultado admirable la tierna atención y mimo con que las auxiliares y las enfermeras del hospital de día quirúrgico se han volcado con los enfermos más viejitos y vulnerables. Este anciano, de Cuevas de san Marcos, operado de cataratas; éste otro, de Fuentepiedra, operado de una hernia umbilical; esta mujer, de Archidona, con un glaucoma... De risa, las fatigas de mi enfermera, linda y cercana, para explicarle a un anciano inglés de Mollina, en inglés macarrónico, la manera de dosificar unas gotas oculares... ¡Qué encomiable paciencia!! Celadores jóvenes que me han transportado en camilla de un lado para otro, transpirando optimismo y cuidando al detalle la preservación de mi intimidad por los pasillos...Y un personal de quirófano que te trata como si fueras tú el único paciente de la mañana, estando al dar las dos de la tarde...Puedo decir que he experimentado en el ambiente laboral del hospital el aire desenfadado y proactivo que he vivido y predicado en mis años de Valme. Una enorme alegría poder transmitir al mundo que nuestro personal sanitario ha resistido y superado todos los estragos de la maldita pandemia, sin recordar -o eso parece- las muchas penalidades y sacrificios sufridos por mor de ella. Mi primera experiencia hospitalaria post pandemia no ha podido ser más esperanzadora.

Si me obligáis a poner algún pero, sólo mencionaré que me cuesta aceptar la rigidez de los protocolos. Cuando uno se encuentra enfermo de verdad acepta de buen grado cualquier orden médica o administrativa con tal de sanar lo antes posible, pero cuando uno está bien -y éste era mi caso- lo que quiere es salir cuanto antes del hospital. Y entonces es cuando topo con los dichosos protocolos. Una vez fuera del quirófano, con todo en orden, lúcido y asintomático, debo permanecer encamado en el hospital de día cuatro larguísimas horas porque "es el protocolo". Al cabo de dos horas le pido a mi noble y atenta enfermera que, por favor, me retire los sueros -que no preciso- y que me deje el catéter heparinizado por si acaso surgiese alguna incidencia que nos hiciera precisar el suero. Sin la pejiguera del suero, podré salirme de la cama, vestirme con mi ropa de calle, permanecer sentado en el sillón y abandonar así el ridículo papel de "enfermo" con mi bata vergonzante que me deja tol culo al aire. "No me pida esas cosas, no puedo hacerlo".

-Señorita, por favor, soy médico, mi mujer es enfermera, sabemos vigilar y actuar ante una muy improbable incidencia que pudiese ocurrir...

-¡Ya decía yo -sonríe la enfermera-, que sabía usted demasiado.

Y, por fin, esta linda enfermera, aunque abducida por el protocolo, se bajó del burro y me adelantó la salida. Eso, sí, no sin antes cerciorarse de que mi orina era clara y de que me hubiese zampado la merienda en dos bocados.

De siempre, he sido un pelín contestatario al protocolo en el ámbito de la salud. Miento, me refiero al protocolo duro, rígido, inamovible. Protocolo nos suena ligado al formalismo obligatorio que rige en los actos y ceremonias diplomáticos y oficiales. En la actualidad, el término se ha generalizado para definir el conjunto de normas y acuerdos que se deben cumplir en cualquier procedimiento diseñado y controlado para un fin determinado. En los cuidados de salud, los protocolos son una herramienta útil y muy necesaria, en cuanto que están basados en las guías clínicas y propician el normal funcionamiento de las muchas actividades en un ámbito tan complejo como es el sanitario. Lo que critico  piadosamente, en instituciones tan queridas para mí como son los hospitales, es la rigidez de su aplicación, la falta de flexibilidad en función de las necesidades y también de los deseos legítimos y razonados de los pacientes. El protocolo médico ofrece ayuda al personal sanitario, incluso le cubre las espaldas, pero no debe esclavizarlo ni someterlo. El protocolo bien aplicado debe dejar un razonable y juicioso margen de decisión en el propio paciente. Siempre he defendido esa postura, y por ello me siento legitimado para exigirla para mí mismo. Un protocolo personalizado, en mi caso concreto de hoy,  hubiese permitido reducir significativamente mi tiempo de permanencia en el hospital de día, atendiendo a mi estado clínico y a mis deseos por encima del "protocolo" rígido y frío.

Todo lo cual no puede ni debe empañar mi satisfacción por la salud psicológica y social del personal sanitario del que disfrutamos los andaluces. Dicen que sufrimos una escasez alarmante de personal. Es un mal endémico de nuestra sanidad. Ya en mis tiempos existía. "Semos pocos, pero bien avenidos" podríamos decir de esta gente extraordinaria, rayana en la excelencia. Sanidad pública, universal y de calidad sostenida por el cuello vigoroso de unos atlantes prodigiosos. No podemos ni debemos perder tanto logro conseguido. Y no lo vamos a hacer.

Mi más sincera enhorabuena.


 


martes, 14 de junio de 2022

Un hombre admirable

En cuanto pudo, devorado el desayuno, esta gente fue cogiendo puerta. Hoy toca visitar Olaho y su mercado, cosa de mucho predicamento, según dicen. Han aprovechado que yo estaba platicando con el móvil para dejarme aquí tirado, a la espera de Cristobao, el fontanero.

-Le mando a un fontanero-electricista, un manitas decís los españoles ¿no? Estará ahí en una media hora. Su nombre es Cristobao -me contaba Tatiana, la encargada de la casa.

Sin comerlo ni beberlo, por regalón y despacioso con mis dulces, me ha tocado quedarme para no dejarlo solo, al hombre. El lavavajillas produce un cortocircuito y nos deja sin luz cada dos por tres, y alguna cisterna de los wáteres no funciona como debiera. Cosas de las casas rurales. 

Me he acomodado en el porche trasero, el que da a la cocina, al resguardo del sol de levante, que ya viene picando. No me decido a remojarme en la piscina, no sea que el hombre me pille en bolas, que es como me gusta bañarme cuando estoy solo. Sentado al frescor del césped recién regado, leo distraídamente el mismo capítulo que ayer de un libro de filosofía. Me ha dado por ahí. Y tan metido estoy en la teoría ética de Hume que no me apercibo de la presencia de Cristobao, que acaba de entrar.

-Bom día -me sorprende.

-¡Ah, perdón, buenos días! -me levanto a modo de saludo.

Es un hombre fornido y mal hecho, y con la cabeza rapada. Al pronto, me recuerda a un Comandante Lara que no fuera chistoso, sino más bien circunspecto. Sus gafas de ver son de estas modernas de color rojo. Las patillas apretadas le marcan un surco profundo por detrás de las orejas. Me pregunto si no le molestará. En la cocina, al lado nuestro, le señalo el lavavajillas que cortocircuita. A continuación, escaleras arriba, me sigue de cerca mientras le voy mostrando los distintos desperfectos en la planta primera: tres cisternas averiadas, una cortina descolgada y un somier al que le faltan tablas.

-¿Nada mais? -pregunta con sorna. Le sonrío y pienso en el típico fontanero español que ante tal tesitura ya se hubiese cagado en la madre que parió a panetes. Siguiendo las estrictas instrucciones de la Peque, tan desconfiada, no me despego de él en ningún momento. No vaya a ser que se ponga a husmear por nuestras habitaciones con las camas sin hacer y las maletas abiertas en el suelo.

El hombre empieza la faena por las cisternas. Cada una tiene un mecanismo distinto. Las tres presentan rotura en los enganches con el tirador. Cuando he tenido en mi casa una avería parecida cualquier fontanero corta por lo sano y compra un sistema nuevo. En cambio este hombre, calmoso y virtuoso, desenrosca las distintas piezas, cisterna por cisterna, las recoge todas, se va al jardín y se sienta en una silla a intentar recomponerlas. Mientras, yo, sentado a una prudente distancia, sigo con Hume. Una hora de paciente trabajo de hormiguita hacendosa. Con el material ensamblado, sube a los cuartos de baño afectados y coloca los sistemas. Yo, confiado ya en la formalidad de Cristobao, me quedo en el jardín ensayando "aproach" con mi hierro del 7 y mis bolitas de golf. Presumo de maestría: ni un solo descalabro, ni una bola perdida.

Arreglados los daños de arriba, el hombre entra en la cocina y se dispone a acometer la tarea cumbre: arreglar el lavavajillas. Eso no pienso perdérmelo. Con una maniobra simple de enchufar el aparato en un enchufe distinto y ver que así funciona sin provocar cortocircuito, averigua que el fallo no está en el aparato, sino en el enchufe que lo alimenta. Cuerpo a tierra, el móvil en modo linterna en una mano y un destornillador en la boca, se arrastra a codazos entre gofifas y botes de detergentes por los bajos oscuros que ocultan las puertas de abajo de los muebles de cualquier cocina. Cada vez que intenta girarse para embocar el enchufe se da un coscorrón en su cabeza rapada. Pocas cosas hay en la vida que me cabreen más que trabajar con estrechuras. Hasta ansias me entran de ver a este hombre en tan incómoda postura.

-¡Mae que me!... -es lo único que suelta su boca apretada. Desde atrás, yo solo le veo los calzones, ya colgones, que dejan al aire parte de los calzoncillos y el inicio de una hucha lampiña. No como las de nuestros albañiles y fontaneros, tan peludas. Encontrada la posición, dispone el móvil-linterna enfocando el enchufe y se afana en desmontar el objetivo con el destornillador. Preocupado yo porque le pudiera dar la corriente, le pregunto si apago el interruptor general.

-Nao precisa, aos portugués nao da choque (no hace falta, a los portugueses no nos da calambre) -se pone el tío. Pero no era verdad: por lo menos le dieron  tres calambrazos. Oye, y qué hombre, este Cristobao, tan admirable: ni un solo voto soez, ni un copón divino, ni siquiera un cagarse en Dios, exabruptos básicos de primero de blasfemiología entre nuestros egregios operarios cuando algo se les tuerce. Yo, alucinado. Al tercer chisporretazo que vi, corté el interruptor. Dime tú que le da a este hombre un patatús, y me pilla aquí solo... 

Consiguió al fin su propósito: cambió el enchufe roto por otro nuevo, y yo respiré tranquilo. No sólo tranquilo, sino reconfortado con nuestra especie. Con hombres como Cristobao aún nos queda esperanza. Tres horas de trabajo por su parte, y otras tantas de supervisión atenta por la mía. La una del mediodía, las dos en España, y esta gente sin venir. No, si al final tendré que ponerme con el almuerzo...



 


miércoles, 1 de junio de 2022

De paraísos terrenales


El domingo pasado, algunos afortunados nos dimos un baño en el paraíso...

Malogrado por la pérfida curiosidad femenina nuestro bucólico Paraíso Terrenal, un mix de huerto, jardín y zoo, mi catequista, Socorro Ramírez, nos presentaba a los niños el nuevo modelo de paraíso de una manera muy chunga. Y mucho más luego para las expectativas de un adolescente calentón como era servidor. Al parecer, todo iba a consistir en la contemplación eterna de las figuras vivientes de la Santísima Trinidad. Uno se imaginaba, en el tropel de criaturas celestes, vestido con una túnica blanca e inmaculada y sentado en las gradas de un grandioso anfiteatro, en cuyo centro Padre, Hijo y Espíritu Santo posarían y pasearían de aquí para allá cual modelos divinos. Y así, toda la Eternidad. ¡Menudo aburrimiento! No era de extrañar, pues, que ya desde entonces cundieran chistes entre los chaveas prefiriendo los excesos y pecados en un infierno ardiente, pero compartido con gente divertida y de mal vivir, antes que el tedio insufrible de un cielo puro,  casto y tan contemplativo.

Por eso, los muchachos -y supongo que también las personas mayores- nos pusimos a imaginar otros paraísos alternativos que ofrecieran opciones más llevaderas, más humanizadas, más de nuestro gusto. Sobre todo teniendo en cuenta que la cosa no era para un finde o un mes de vacaciones, que la cosa era para ¡¡¡SIEMPRE!!!  

Pero el pasado domingo, unos pocos agraciados nos fuimos de perol cordobés a un paraíso muy particular...

El primer paraíso imaginario del que tengo memoria es el cuerpo de casa de la casa de Blas, en la calle Sol, donde, sentada muy modosita en un sillón de estilo clásico, posa para la posteridad mi prima Josefina vestida de primera comunión. Yo rondaría los tres años y pico. Pero me acuerdo. En ese tiempo mágico, mi familia -mis padres, mi hermana Josefa y yo- vivíamos de prestado cuatro casas más abajo, por encima de la de mi amigo Agundo. La casa de Salvadora, recuerdo que le decían. Entrar en aquel salón de la casa del primo Blas y de la prima Marigrasia, tan arreglado para la ocasión, adornado con la figura celestial de mi prima Josefina, misal de pastas de nácar y rosario de perlas blancas enredado entre los guantes, fue lo más parecido al cielo de mi catequesis. "Yo aquí me quedaría pa siempre", supongo que pensaría.

Ha habido, luego, otros paraísos imaginarios, claro. Vivencias tan intensas y emotivas de las que uno nunca hubiese querido desprenderse.  Pronto, perdida la inocencia, mi ideal de cielo estuvo ligado al tipo de vida sencilla de mi adolescencia y juventud: las noches al raso con mi padre y mi abuelo en la era de La Capilla o más tarde con mis hermanos en la choza de los melones; las tardes en el río con mis amigos; los meses de mayo en los Ángeles, tan bonitos, tan familiares y alegres; los partidos de fútbol, eternos, en las tardes lluviosas y embarradas del campo de san Eulogio; el curso entero de Preu en el Séneca, tan formativo en lo personal y lo académico, "yo estudiaría Preu toda la vida", recuerdo haber dicho alguna vez... Luego, ya en la madurez, asimilaba el Paraíso con los parajes y paisajes naturales y salvajes que admiraba en Los Pirineos, Los Alpes, Los Picos de Europa o La Sierra de Cazorla en los viajes con mis hermanos o con mis amigos. Y ahora, en el sosegado y apacible jubileo, me conformaría con un Cielo donde pudiera corretear con mis nietos en un campo de verde infinito, higueras de brevas blancas y chorreras de agua parecido al campo de golf de Antequera.

Y el caso es que hace sólo cinco días, un elenco de gentes de Palenciana nos pusimos pujos de arroz y de pasteles en un bellísimo paraíso serrano...

Nuestros años de Sevilla, muy felices en el chalet del Aljarafe, pero en un ambiente periurbano, incluso nuestra acomodada vida actual en Antequera, no han conseguido, sin embargo, apartar de nuestro ánimo un ideal de casa en plena sierra, que con toda seguridad hubiésemos disfrutado la Peque y yo de haber seguido trabajando en Córdoba. Otros, con menos edad, han obtenido ese premio. Y siento sana envidia de tal éxito. 

El pasado domingo, un nutrido grupo de senderistas del pueblo fuimos graciosamente agasajados por Josefina y Carmelo en su casa de campo de Córdoba, como anfitriones, y por Fraski, como maestro arrocero. Y, ahora, a una edad imposible, va y descubro mi paraíso perdido tantas veces deseado. No, aquello no es una casa lujosa ni impresionante como tantas otras en el Brillante. Aquello es un refugio paradisíaco en el corazón de una Sierra Morena exuberante, fresca y olorosa. Aquello es lo que anhelaría para sí cualquier criatura amante de lo natural, lo auténtico, lo genuinamente humano. Aquel paraje onírico, envolvente, acogedor y salvajemente domesticado, rodeado de encinas, madroños y pinos, me ha devuelto a mis siete años, la primera vez que visité La Capilla con mi padre; a mis once años, cuando quedé impresionado por los montes y ríos de Hornachuelos; a mis veinte años, tonteando con la Peque en la orilla de un Genil juguetón y alcahuete; a mis cuarenta años, cuando mi amigo Jaime y yo soñábamos despiertos con una primitiva que nos permitiera comprar a medias una dehesa extremeña..; a todas aquellas edades y situaciones de mi vida en las que yo he creído tocar el Paraíso con mis manos. 

Sólo eché en falta ese día de domingo la presencia de mi Peque, comprometida en otros menesteres; claro que lo entendí como algo natural, ya que ella no cree en el Paraíso.


   

jueves, 26 de mayo de 2022

El regreso de antiguas emociones

Ayer, de manera inesperada (que es como mejor sientan las vivencias agradables), recibí dos subidones de oxitocina. A mi edad provecta, esta hormona y otras parecidas -transmisoras del sosiego- son mucho más convenientes que la adrenalina, tan del gusto de los jóvenes. Incluso más que la testosterona, tan caliente y arrolladora. Fueron dos experiencias sencillas, nada del otro jueves, pero ya se sabe que en ocasiones las cosas sencillas son las más importantes.

Por la mañana, invitado por mi hija, di una clase informal a sus alumnos de Biología que, en principio, tenía como objetivo alentar a los bachilleres hacia las bondades de la Medicina. Se trata de un ejercicio por el que siento un interés muy particular, el de ponderar muy al alza la excelencia del oficio médico, el más sublime del mundo. Sigo siendo un apasionado de mi profesión, y mucho más ahora, visto lo visto de abnegación y entrega por parte de todo el personal sanitario en la pandemia, sacrificio de vidas incluido. Conocedores de mi escasa destreza en lo relativo a la informática, no os extrañaréis de que me llevase a la clase el pendrive que no era, con lo que propició la ocasión para una charla improvisada, mucho más divertida y participativa. Como es lo habitual hoy, muchas chicas y menos chicos en la clase. Casi todas las preguntas provenían de ellas, bien fuera por  más decididas, bien por verse ya estudiantes de medicina in péctore. Hubo preguntas muy directas e íntimas. Y  respuestas muy claras y emotivas por mi parte. Se habló allí de valores, de talentos, de buscar cada uno en su interior la mejor decisión atendiendo a factores internos y no tanto a los externos; del sentimiento de misión por cumplir, de realización personal, cada cual en aquello para lo que se sienta realmente atraído. Incluso alguien sacó a debate la vocación, término tan anacrónico, al parecer. Salieron a la palestra temas tan espinosos como el de la eutanasia, el aborto, la objeción de conciencia... Afloraron anécdotas, historias, sentimientos y vivencias pasadas que se hicieron tan presentes en mi conciencia que despertaron sin remedio emociones muy reconfortantes. No eché en falta mis diapositivas del pen. Las preguntas y dudas de los alumnos fueron mucho más edificantes para mi propósito que mis esquemas y fotografías tan repetidamente repasadas. Todo mucho más fresco, en consonancia con la frescura vital que aquel ámbito tan juvenil respiraba. Y mi hija, alucinando. "Papi, cuéntales lo de la muerta que se movía en el ataúd..."

Por la tarde, una llamada al móvil me saca del tedio de mis páginas lentas de un libro de ética. Casi lo agradecí, porque leer filosofía recién levantado de la siesta es un peñazo. Hasta mi perrita se da cuenta del aburrimiento y me rasca en mi brazo para que salgamos de paseo. "Doctor Rivera -oigo al otro lado del hilo, bueno... ya no hay hilo, al otro lado de las ondas-, soy Carmen, de Montellano...". Desde que me jubilé no había tenido noticias de ella. Algunos de mis pacientes más allegados me escriben wassapts, me consultan dudas o me felicitan por Navidad. Y es raro que Carmen no lo hubiese hecho hasta ahora. "Es por no molestar, doctor Rivera, no crea que es por falta de ganas". Total, que una vez que se ha decidido, ya puestos, me relata toda la retahíla de enfermedades nuevas que le han acometido "desde que usted se fue". "La verdad, tengo muy buenos médicos, el doctor Sergio, la doctora Medina, Lola se llama ¿verdad? Pero a mí siempre me ha gustado que usted me de el visto bueno a todo, porque es una cosa como de confianza ¿a que sí, doctor". Y, naturalmente, llovía sobre mojado. La larga charla con Carmen de Montellano, la  mujer que me regalaba dulces y carne de membrillo caseros, me devuelve, otra vez en el mismo día, a mis tiempos de Valme. Otro subidón. Esta mujer me hizo sonrojar en el pasillo de la consulta abarrotado de gente el día que se enteró de que me iba a jubilar. "Usted, doctor Rivera, no se jubila por enfermedad ni por edad, se jubila porque se toma nuestras cosas demasiado a pecho". Quizás el mejor piropo que nunca nadie me haya tirado.

Oxitocina, dopamina, serotonina a chorros.



jueves, 19 de mayo de 2022

Sarna con gusto...

Si alguna cosa pudiera resultar gratificante en la subida de esta pendiente jadeante, yo diría que es la contemplación más minuciosa de algunos elementos singulares del paisaje serrano, que de otra manera pasarían desapercibidos. En cada parada para recuperar el resuello me entretengo en observar tales curiosidades. Esta mañana, por ejemplo, he visto una higuera joven brotando desde el interior de un tronco hueco de olivo. Tal pareciera que hubiese sido injertada en él. Una maravilla. El campo está que se sale, ya lo sabemos. Pero aún más cuando estás solo en medio de la sierra acosado por un sol aplastante, acompañado del trinar de los pájaros y envuelto en la fragancia pegajosa de cientos y miles de retamas amarillas.

Este campo de golf de Antequera está amañado para atletas, tío. Enclavado en el monte, todo son cuestas. Los hoyos más suaves, los del centro, son los primeros que se reservan, y es donde más se detiene el juego por exceso de personal. Si a un servidor le gusta más ir por libre, sin estorbos, no le queda más remedio que alejarse a los hoyos más puñeteros. Podría alquilar un cochecito -un bugy, se llama- que es lo que hacen los ingleses barrigones, pero es que yo, tan enviciado, voy todos los días, y no es cosa de tal despilfarro. La subida desde el hoyo 15 hasta el 18 empujándole al carrito es criminal. Con la calor, todo el mundo le huye. Menos yo. Tendríais que verme. Sobrevivo al tabardillo gracias a las sombras piadosas que me salen al encuentro, a la fuente de agua fresquita que hay en la salida del 13, donde me aprovisiono, y a los muchos nísperos, dulcísimos, que jalonan la subida. Resulta curioso que se mantenga el fruto limpio, sin mordiscos de los pájaros, y es porque, según creo, ni siquiera los mirlos, los más golosos, se atreven a merodear por estos parajes.

Esta mañana, coronando el green del hoyo 17, derrotado, he tenido que echar mano de la exigua dosis que me ha tocado en el reparto de la furia española. Y en el minuto de respiro para resoplar se me ha venido al pensamiento una imagen de mi madre en La Capilla. "¿Estaré delirando por la calor? -pensé-. Mientras estés sudando, tranquilo. En los golpes de calor, la víctima ya es incapaz de sudar. Y tu vas empapado. No estás delirando". Mi madre me regañaba cuando en pleno estío, con el sol en toda la mollera, me veía disfrutar jugando al fútbol en el patio de los cocherones. "Si tu padre te lo mandara por obligación seguro que protestabas, pero por tu gusto serías capaz de estar jugando hasta la noche, so visioso". Y remataba siempre con lo mismo: "Gracias a Dios que no te ha dado por el vino...". Si me viera mi madre en esta tesitura... 

Justo es reconocer que yo era un muchacho muy negado para el trabajo del campo. "Menos mal que sirves para los libros" decía mi madre. Mi padre ya no sabía dónde ponerme. No aguantaba el polvillo de la cosechadora, me daba vómitos; no soportaba el olor de los nardos en los trigales, me mareaba; los garbanzos me ensangrentaban las manos al arrancarlos; la siega de la matalauva me emborrachaba; me partía la cintura el cargar el camión de la remolacha... Solamente pude adaptarme al trabajo en los melones y en el riego por aspersión con los periquitos. Ahora, cuando intento presumir de haber sido un estudiante ejemplar por mi desempeño académico durante el curso y mi colaboración con la familia trabajando en vacaciones, mis hermanos me vacilan: "¿Tú, trabajando en el cortijo?... ¡Te quieres ir por ahí!!!..." Mi hermano Juan, el más crítico, apostilla: "Tú nos dabas a los más chicuelos del cortijo una horita de clase de Lengua y de Historia Sagrada por las mañanas; luego, te sentabas en los bancos del pasillo del molino a charlar con don Bernardo y con el abuelo, y por las tardes, con el pretexto de ir a misa, te ibas al pueblo a ligar, a lo primero con la Grego, y después con la Antoñita". ¡Desagradecidos!!! ¡Con todo lo que uno ha hecho por ellos!!... 

Y ahora, sin que nadie me lo mande, paso las de Caín en estos cerros inclementes, aunque preciosos. Ya se sabe: sarna con gusto no pica.