domingo, 16 de febrero de 2025

Médico sin sus avíos

En una siesta cualquiera, a eso de las tres de la tarde, me suena el móvil en la mesita de noche. Error garrafal que no siempre me acuerdo de corregir: el móvil, lejos de mi cama, ¡hombre ya!

Una prima mía, que si puedo por favor llegarme a su casa, que su madre se ha puesto mu malita y no sabe qué hacer. Que sabe que estoy en mi siesta sagrada, pero que está muy angustiada.

Me alargo, naturalmente. Mis siestas son de veinte minutos, ya casi estaba para levantarme. Últimamente, sin embargo, me recreo en la post siesta, esto es, ya despierto y todo, no me levanto, sino que me regodeo durante unos minutos más en pensamientos y reflexiones muy interesantes: os lo recomiendo. Lejos del ruido ambiente, en el silencio oscuro de mi dormitorio, me siento más lúcido, las ideas fluyen como más transparentes y limpias. No sé, será cosa de la edad.

A lo que vamos: en cinco minutos estaba en la casa de mi tía. Al principio, y conociéndola de siempre, creí que se trataba de una crisis de pánico, ella se pone muy nerviosa cuando le duelen "las cervicales". En la casa tenían Valium 5 y le di a beber dos pastillas. Pero aquello no sólo no mejoraba, sino que claramente iba a peor. Empezó a asfixiarse de verdad, tenía necesidad de respirar sentada y erguida, no soportaba reclinarse para atrás en su cómoda butaca y se le escuchaba desde fuera un gorgoreo en el pecho en cada espiración. Insistí mucho en si le dolía el pecho, y me decía que no. 

Entonces fue cuando empecé a mosquearme de verdad. La mujer llevaba unas semanas muy poco activa, casi todo el rato en el sillón y en la cama por mor de sus molestias cervicales y sus mareos. Lo primero que pensé fue en una embolia pulmonar masiva y lo segundo, en un infarto extenso con fallo ventricular izquierdo. Fuese lo que fuese, la realidad que estaba viendo era lo que llamamos los médicos un edema agudo de pulmón.

Llamé al 061. Enseguida me atendieron. Les expliqué que soy médico y que la situación clínica de mi tía era extremadamente grave: un infarto con edema pulmonar, le dije a la señorita. "Enseguida le mando la ambulancia", me dijo.

La ambulancia, en estos casos, tarda lo indecible, cada minuto se te hacen diez. Eché de menos mi maletín de médico antiguo, con mi esfigmomanómetro, mis seguriles, mis digoxinas, las ampollas de morfina, los trangoreses... Nada, no tenía nada con que poder aliviar el ahogo de esta pobre mujer que, a todo meter, se nos estaba yendo. Llamé a la farmacia del pueblo, a ver si me podían servir morfina en ampollas. No tenían, eso es un medicamento de régimen hospitalario, me dijeron.

A sus 88 años muy bien llevados y sin avisos previos, mi tía, mi madrina de boda, se apagó lentamente apoyada en mi pecho ante el espanto de mi prima y de la mujer que la cuidaba, testigos incrédulos de que una persona que estaba bien pueda morirse en media hora. Cuando al fin llegaron los servicios médicos, mi tía ya había fallecido.

Una embolia pulmonar masiva o un infarto extenso con fallo ventricular izquierdo son condiciones mortales, incluso dentro de los hospitales. Así lo entendí en aquellos momentos tan críticos, tan inesperados, tan dramáticos. No se me pasó por la tela del pensamiento otra cosa que no fuera acariciarla y sostener su cabeza en mi pecho como ayuda piadosa a una muerte en casa, en familia, entre los suyos. Al final di por buena la tardanza de la ambulancia, de haber llegado antes, mi tía hubiese muerto en el traslado al hospital entre gente extraña y puñetazos en el pecho.

Nunca más esto de encontrarme sin mis avíos médicos en una situación crítica. Me haré con un maletín de los de antes. En mi pueblo viven muchas personas mayores que se echan a morir de un momento a otro y a quienes, ante la lógica tardanza de la ambulancia, atiendo con cierta frecuencia. Nada hubiese evitado la muerte de mi tía, pero por lo menos yo hubiese logrado una agonía más confortable para ella.

Nuestra misión como médicos es la de curar; si ello no fuese posible, aliviar; y si tampoco, consolar. No es poco eso de consolar, pero de haber tenido mis avíos hubiese podido también aliviar.

viernes, 7 de febrero de 2025

Los chochos antiguos

 Antenoche unos amigos del pueblo, la Peque y yo fuimos al monólogo de Manu Sánchez en el teatro Cervantes de Málaga. Ellos estuvieron de peoná, todo el día zanqueteando por tiendas y tabernas. Yo me sumé ya en la atardecida después de un almuerzo tranquilo en casa y de mi buena siesta.

Albergaba mis dudas sobre lo acertado de asistir al espectáculo, pero, amigos, valió la pena. ¡Digo si  valió!

Cuando mi padre, un disfrutón nato, veía algo extraordinario para él, qué digo yo, contemplar la inmensidad de París desde lo alto del arco del triunfo o el infinito mar de olivos entre Alcaudete y Martos, pongo por caso, me decía "niño, nadie debería morirse sin ver esto". Pues yo pensé lo mismo antenoche en la velada del Manu.

El tío cachondo tuvo la habilidad y la gracia de envolver en un relato desternillante, sin parar de reírnos durante dos horas largas, todas las penalidades sufridas en estos últimos años por mor de su cáncer de testículo, sus larguísimas estancias hospitalarias, sus largos y tediosos tratamientos quimioterápicos, sus muchas intervenciones quirúrgicas que le tienen el cuerpo como un Frankestein, sus dificultades emocionales para hacerles comprender a su hijos pequeños el asunto suyo del cáncer, sus muchas anécdotas con amigos, médicos y enfermeras; su relación tan especial y tierna con sus padres...

Alternó con tacto y un talento innato la emotividad, la ternura, la reflexión seria sobre el valor de nuestra Sanidad Pública y, sobre todo, el humor, el chiste, la carcajada, el teatro que se nos venía encima de tanto reír la gente.

Sin ánimo de estropear (hacer spoiler, se dice ahora) la trama, hubo un alegato que no puedo resistirme a contaros. Me puede la picardía. Dice el tío que una vez acabada la quimio le ha brotado una barba nueva, muy diferente a la de antes, le ha salido negra, poblada y rizada, "una barba de chocho antiguo". El teatro fue un clamor, la gente ya no podíamos reír más, nos dolía la barriga de tanto reír. Un chocho antiguo, qué barbaridad. No dijo un coño, ni siquiera esa otra forma edulcorada de shosho, no. Dijo chocho, con ese énfasis grosero sobre esas dos ches tan singulares y que tanto nos gusta a los salidos. Siguió el relato diciendo que hoy ya no se ven chochos como antes, que casi todos están afeitados: "Yo veo bien que esa flora mediterránea de ahí abajo se pueda podar un poco, se deba sulfatar para evitar fauna extraña, incluso, que se le hagan cortafuegos laterales, pero, hombre, que siga pareciendo un chocho, coño ya".

En fin, un espectáculo por todo lo alto que, encima, resultó terapéutico para todo el mundo, pero sobre todo para las personas que tienen cáncer, por el optimismo con que afronta tanto reto y tanta penalidad, y por su sentido vitalista y humano. Un canto esperanzado a la vida, un regate habilidoso a la muerte. Un acierto total.