miércoles, 26 de marzo de 2025

¿Qué hace un internista?

 

A lo largo de mi vida médica he escuchado en muchas ocasiones a algunos de mis compañeros que intentan definir al internista como una especie de director de orquesta: el que decide cuándo entra en acción este especialista o éste otro; el que indica tal o cual intervención; el que conduce el debate… No me gusta el símil. Sobre todo, porque, en mi opinión, no se ajusta a la realidad actual. Me resulta más atractivo pensar en el internista como aquel mecánico de taller antiguo que te arreglaba el coche sin más tecnología diagnóstica que atender tu relato, abrir el capó y escuchar el ruido del motor.

Todo eso, sin embargo, es filosofía. Por lo que sé, los internistas nos esforzamos, sin mucho éxito, en explicar al público qué es lo que somos. Y parece claro que esas explicaciones no llegan a la gente que sigue en las mismas, esto es, sin conocer nuestro quehacer. Creo que en ese sentido hemos equivocado la pregunta. En vez de qué es un internista, deberíamos responder a esta otra, puesto que somos aquello que hacemos: ¿a qué se dedica en la práctica diaria un internista en nuestros hospitales? 

Esta pregunta me la hizo anteayer mientras almorzábamos mi amigo Pepe Esquinas, un luchador incansable en la enseñanza de la necesaria comunión hermanada entre el hombre y la Naturaleza. El delicioso postre de Bienmesabe de mango me abrió las entendederas. Veamos ejemplos prácticos.

Existen muchas enfermedades que no son de un solo órgano, sino que afectan a muchos órganos y sistemas. Se les llama enfermedades sistémicas. El Lupus, la Sarcoidosis, la Amiloidosis, Hemocromatosis, Porfirias, las septicemias, las enfermedades inflamatorias crónicas, las temibles vasculitis, los síndromes autoinflamatorios, las fiebres prolongadas, los síndromes consuntivos, la enfermedad hipertensiva, las trombosis, las antiguas enfermedades psicosomáticas… Son procesos que escapan a la competencia de cualquier especialista “de órgano” y deben ser manejados por el internista, el especialista global.

Algunas enfermedades que terminan siendo de “órgano” (corazón, intestino, cerebro…) comienzan con síntomas muy inespecíficos, difíciles de asignar a ningún órgano concreto en sus inicios. El internista es el médico más adecuado para descubrir la sospecha y orientar al paciente al especialista más adecuado.

Hay bastantes pacientes que hacen acopio de más de dos o tres enfermedades, sobre todo los ancianos. En estos casos, resulta mucho más útil, cómodo y eficiente el manejo por un internista que por cinco especialistas. En general, las distintas patologías que se presentan en la ancianidad tienen unas connotaciones diferenciales muy significativas con respecto a esas mismas patologías en edades más tempranas. Y eso, los internistas lo sabemos de carrerilla.

Los enfermos ingresados en las unidades quirúrgicas no tienen ningún recato a la hora de complicarse cualquiera de sus otras enfermedades previas en el postoperatorio inmediato o tardío. Los cirujanos y los traumatólogos saben latín a la hora de operar, son la repera en el diseño, fontanería y costuras de nuestro cuerpo, pero no les pidas mucho más. No es nada infrecuente que estas unidades dispongan de un internista consultor para atender contingencias esperables o inesperadas.

La pandemia del Covid ha puesto de manifiesto la disponibilidad y versatilidad de los internistas ante cualquier situación catastrófica que pueda presentarse. Somos médicos para todo.

La gran mayoría de las unidades de cuidados paliativos hospitalarias está constituida por internistas. Cualquier enfermedad en sus estadios terminales se convierte en una enfermedad sistémica que no sólo afecta al cuerpo en su totalidad, sino sobre todo al ánimo, al afecto, al sentimiento. Y genera mucho sufrimiento. El sufrimiento no es medible ni abordable con ninguna de nuestras modernas tecnologías. Y allí donde no alcanza la técnica se alza la palabra, el gesto cariñoso, la medicina de los cuidados: nosotros, los internistas.

Y de la misma manera, como internista se comporta cualquier médico, no importa su especialidad, que asista a un paciente desde esa perspectiva abierta e integral, que se interese no solo por el órgano enfermo, sino por la persona enferma, que ponga los medios a su alcance para una asistencia de calidad y que no permita que el uso de la alta tecnología aplicada al enfermo despersonalice su actuación médica

¡Qué bien me ha sentado el postre, oye!!

 

 

                   

 

jueves, 6 de marzo de 2025

Monotonía de lluvia...

-Manolo, ¿Mañana saldremos al campo? -le preguntaban los aceituneros a mi abuelo.

-El tiempo, en el tajo. Pero esta vez me atrevo a decir que vamos a tener por lo menos diez días sin poder salir del cortijo.

Mi abuelo Manolo era el oráculo de La Capilla. La gente se fiaba mucho más de sus pronósticos que de los de Mariano Medina en la tele.

Y estos días de lluvia pertinaz me devuelven a aquellos otros de mi niñez y juventud en los que durante semanas enteras, por mor de la lluvia que no cesaba, los aceituneros tenían que dejar sus varas en reposo y entretener el tiempo poniendo trampas para los pichirubios o perchas para los zorzales y las aceituneras del pío pío, sin fanegas que coger, dedicarse a dar bajeros en las casas, lavar y lavar ropa y ponerla a secar delante de la gran chimenea de la cocina.

Esta mañana, de camino a mi golf, el barbecho que hay antes de llegar a San Benito se veía surcado por grandes arroyones de agua presurosa que casi llega a rebosar por la carretera. Parte de la vega antequerana está inundada por lagunas aquí y allá, y en mi campo de golf, las ranas se divierten saltando de charco en charco como si no hubiese un mañana. Y sigue lloviendo, ahora algo más fuerte, luego, lloviznando, más tarde, nublado, para volver a empezar. Los diez días de mi abuelo. La historia que se repite.

Pero ¡qué alegría de lluvia! Las ranas y los sapos son marcadores biológicos de una buena salud medioambiental. Los niños de antes, sin móviles ni tablets, jugábamos a coger "cabezones" (bebés de ranas, renacuajos) en la laguna que se formaba antes de llegar a la viña de mi abuela. Días pasados, desde Casabermeja a Málaga, me cayó un manto de agua solemne. Sin sustos ni danas. Lluvia plácida y constante con esa nieblecilla húmeda y translúcida que, sin ocultar el monte embravecido, lo transforma en un paisaje mágico donde destaca la nata de los almendros sobre el verdor insultante de las laderas. 

¡Qué bonito es ver llover! ¡Qué agradable el tintineo de las gotas sobre los coches antes de quedarte traspuesto en la siesta fugaz de estas tardes sombrías!

¡Que llueva, que llueva, la Virgen de la cueva...!

¡Que llueva hasta ocho duros!, como decía el chacho José.