sábado, 17 de enero de 2026

Adiós a la Pegui

Anteayer, a las cinco de la tarde, mi hija, la Peque y yo, mandamos a la Pegui al cielo de los perros. Tuvo una muerte muy placentera a manos de su veterinario de cabecera. Genio y figura, a la primera inyección reaccionó queriendo comerse la mano del ejecutor si la hubiera alcanzado. Una fiera. No me quiero ni imaginar la que le habrá liado de ladridos al san Pedro perruno en la puerta del cielo ni las refriegas y peleíllas con otros perros machos cuando intenten olisquearle sus bajos, ¡ella!, siempre virgen, siempre lesbiana.

Estaba ya en las últimas, muy viejita, ciega, sorda, desorientada y quejosa, no hacía otra cosa que no fuera dormir, hacerse encima sus necesidades y levantarse para dar vueltas sobre sí misma en un bucle interminable. Algo parecido a un Alzheimer muy avanzado, que en los perros se le llama Síndrome de Disfunción Cognitiva canina.

En las semanas previas hemos tenido que ir preparando mentalmente a mi Lucas para este momento. Es un jovencito de 11 años muy sensible. La Pegui y él se han criado juntos. Como hermanitos pequeños. Cuando Lucas nació, la perrita tenía cuatro años. Han comido juntos, jugado juntos, dormido juntos, baboseado juntos... Ambos han correteado por las estrechas calles de Triana y juntos han perseguido a las cotorras parlanchinas en el parque de María Luisa. Juntos se han bañado en la piscina del piso de Benalmádena y tirado por los toboganes del parque de La Paloma. Hemos procurado todos hacerle comprender al chaval que su perrita ha disfrutado de una familia perrera, de una vida regalada de cariño y mimos...  Y que la muerte es algo inevitable, algo que nos llega a todos, incluso a nuestros seres más queridos, "incluso a mí, Lucas, que soy médico y todo". Y para arrancarle una sonrisa le decía: "mira, Lucas, cuando ya me veas muy mayor, que no me gusten los dulses y empiece a dar vueltas sobre mí mismo, llévame también al veterinario".


Mi hija ha sabido disimular muy bien su pena de puertas adentro para transmitir normalidad a Lucas. Pero anteayer tarde, en la sala de operaciones, se derrumbó un poco y se aferró a besos y lágrimas con su perrita, un regalo que su madre y yo le hicimos hace 15 años, cuando ella sacó su plaza de profesora. Mi hija es una mujer fría de apariencia, pero su bichona ha sida la niña que nunca ha tenido. Y debió ser muy duro para ella ver a su Pegui, otrora valiente, intrépida y temeraria, yaciendo inánime en la mesa metálica, con sus ojitos abiertos sin perderle la vista a su ama.

Mi otro nieto, Daniel, ha convivido menos tiempo y con mucha menos entrega con la perrita, amén de poseer un carácter fuerte, de superviviente, nada sensiblero. "A mí me da pena por Lucas", dice el tío con toda la franqueza de un niño inocente. Esa tarde, a la vuelta del deceso, mi hija y Lucas, en casa, se abrazaron llorosos durante largo rato. Incluso mi yerno Pepe, menos pringado con la perrita, se unió al duelo. Y entonces salta el genio de Daniel: "¡Joer, que me vais hacer llorar a mí también...!"   

Y el caso es que para la Peque y para mí esta escena nos parece tristemente el anticipo de lo que más pronto que tarde tendremos que volver a vivir con nuestra perrita, nuestra Pelu, todavía alegre y pizpireta.

2 comentarios:

  1. Lo siento, familia. Una pérdida que se lleva un trozo del alma y deja un nido de buenos recuerdos. Hacerles felices es nuestro regalo y sentirnos queridos el suyo. Que la eternidad la acoja. Un fuerte abrazo.

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