jueves, 8 de enero de 2026

Un breve ataque de nostalgia

Con las pastelerías me ocurre algo parecido a lo que les sucede a algunas mujeres con las tiendas de ropas: que entrar en ellas me alivia los sinsabores de la vida. Ver los dulses tan bien dispuestos en las bandejas y disiparse la angustia es todo uno. Mucho más rápido y efectivo que cualquier lorazepám de medio pelo.

Rumiando mis males presentes (prostatitis y cólicos nefríticos) que tanto me están agobiando, he decidido alargarme hasta el vecino pueblo de Alameda, a la pastelería Nievas, un obrador familiar donde me surto de mis pasteles favoritos. Por cambiar mi dinámica tan negativa. En el camino de ida todo ha sido un bombardeo de males a mi cerebro. Y mira que me lo tienen prohibido la Peque y mis amigas Paqui y Mercedes, mis psicólogas de cabecera: que no le envíe mensajes negativos a mi mente, que luego me los devuelve hipertrofiados. Y procuro, entonces, pensar en cosas alegres y divertidas. Llegado al sitio y habiendo hecho acopio de mis manjares ansiolíticos, la cosa empieza a cambiar. 

No sé a cuento de qué, el caso es que en el camino de vuelta me sorprendo canturreando una canción. Es algo científicamente demostrado: si canto conduciendo es que estoy bueno. ¡Ole ahí mis cojones!, pienso. Y tampoco tengo explicación del porqué de la canción que estaba cantando: "¡Qué tiempo tan feliz, que nunca olvidaré, y aquel cantar alegre del ayer. Con nuestra juventud muy llenos de inquietud, tuvimos fe y anhelos de vencer...!" Y me imagino a Gigliola Cinquetti cantando esa canción en cualquier día de 1968 en la televisión de la sala de juegos del seminario de Hornachuelos.

Permitidme ahora un ejercicio efímero de nostalgia. ¡Qué gran verdad! ¡Qué tiempo, el nuestro, tan feliz! ¡Qué afortunados, nosotros, los baby boomers, los nacidos en los años 50 y 60, antes de que el mundo se pasara a lo moderno...! En lo que a mí respecta, he venido en el coche repasando a cámara ultrarrápida todo lo bueno que la vida me ha proporcionado. Y llega uno a emocionarse, incluso a reprocharle al destino por qué tuvo que pasar todo tan rápido; por qué no duró toda la madrugada aquel baile en el patio de "Cucharilla"; por qué no se alargó en diez minutos el Madrid-Manchester del 68 y hubiésemos pasado la eliminatoria; por qué se acababan tan pronto los días de Navidad con sus borrachuelos y flores fritas; por qué tanta fugacidad en el cruce de miradas enamoradas... Aquellos años setenta tenían que haberse reverberado en el tiempo como las ondas de agua en los estanques al recibir una pedrada, habernos regodeado en la repetición de guateques caseros con tocadiscos, bailes agarrados y besos clandestinos, partidos de fútbol lloviendo a cántaros, veranos eternos de ferias y fiestas y baños en el río, e inviernos duros, de aceitunas para unos y exámenes trimestrales para otros, días mucho más estirados en San Pelagio y en San Telmo, días y meses eternos de Facultad de Medicina, con don Ricardo, don Alfonso Velasco o don Pedro Montilla; muchísimas más cartas de amoríos a nuestras amiguitas del pueblo... Cada uno de nosotros esconde en algún vericueto de su corazón un instante, un momento, un día tan especial, que hubiésemos deseado eterno. El 25 de julio del 72, día de Santiago, fue ese día para mí. Que alguien hubiese detenido el tiempo, como si al tren de nuestra vida le hubiesen robado los cables de cobre y hubiésemos sido secuestrados años y años sin que contaran en el calendario, en el mismo sitio, en la misma estación, con los mismos amigos, las mismas novias y vivencias repetidas, como en el día de la marmota... 

Pero luego, uno recapacita y piensa que no tenemos derecho alguno a quejarnos. Después de aquellos años irrepetibles hemos seguido siendo afortunados. Nuestras vidas respectivas en lo familiar y en lo profesional han sido, por lo general, muy satisfactorias. Hemos educado a nuestros hijos en la creencia (tal vez equivocada) de ponérselo todo lo más fácil posible, cuando sabíamos que el esfuerzo y el afán producen más frutos que las facilidades, pero ¡qué cojones!, eran nuestros hijos. Y ahora babeamos con nuestros nietos, regalo tierno para nuestros corazones añosos.

Y llego al pueblo y me digo que nada de nostalgia. Nada de mirar atrás. Fuimos felices en nuestra juventud y somos felices ahora. Venga lo que venga, que nos quiten lo bailao. Y aquí estamos, disfrutando el hoy, que mañana será otro día. 

7 comentarios:

  1. De nuevo mucha ternura en tu relato. Es cierto que yo también he sido afortunado, y no envidio quedarme en algún tiempo anterior. Feliz año nuevo y un abrazo.

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  2. El nuevo comentarista soy Pedro Calle.
    Tu relato sugiere reflexión y madurez.
    Es opinión consensuada por aquestos lares que el tiempo está pasando más rápido que antaño. Yo no cuento por días sino por semanas o meses.
    Vengo recomendando infatigablemente el libro de Sogyal Rimpoché "El libro tibetano de la vida y la muerte". Incluso le he regalado un ejemplar a mi hermana Maribel por su cumpleaños.
    Una de sus enseñanzas primordiales consiste en abandonar lo más posible el "ruido" de la mente ordinaria y refugiarnos o descansar en la mente esencial, accesible en la meditación ("traer la mente a casa") y la compasión hacia todos los seres que existen con nosotros universalmente.
    La nostalgia, que yo también padezco a poco que me descuide, es un aferramiento más del ego que sólo sirve para bloquear el avance de nuestra conciencia espiritual y estorbar el paso (bardo) a un renacimiento más libre y elevado en nuestra muerte.
    El relato es interesante e incluso intimista. Me ha gustado bastante.
    La educación laxa de los hijos puede generar personalidades algo irresponsables o/y dependientes y la educación rígida personas resentidas, exigentes o desconfiadas. Amor y empatía para guiar a los hijos a ser honestos, responsables e independientes no me parece un mal programa.
    Feliz año, Fili, y cuidémonos ahora, antes de hacernos mayores.

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    1. Muchas gracias, Pedro. Y te puedo decir que esas reflexiones que haces son de mucha consideración, desde luego, por mi parte, pero también para todas las personas. Muchas gracias.

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  3. Un relato que suscribo y comparto en los recuerdos. En mi caso, no se por qué, se me vienen siempre a la cabeza las cortas tardes de Navidas, la cocinilla de Pepe Batalla, con la chimenea encendida, los mantecados, el aguardiente y los guateques con tocadiscos cascado y los santos de la pared con la vuelta dada. Manolo Pedrosa.

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  4. No era de la Chinqueti, era una cantante inglesa

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