No creo que exista un escenario "amigo" que suscite más inquietud e indefensión para cualquiera que verse tumbado en la camilla del quirófano. A expensas de lo que otros quieran hacer contigo. En las bastantes ocasiones en que me he visto en tal tesitura, he procurado poner en práctica la actitud que cuentan que adoptó José Saramago en la sala de cateterismo del Mount Sinaí, en Nueva York: abandonarse, evadirse, entregarse. Un acto de fe. Sí, tal vez sea lo mejor: confiarse.
Reconozcamos todos, sin embargo, que no es tarea sencilla, y mucho menos, para un médico tan cagueta como servidor. En esta ocasión va a ser una colonoscopia con sedación.
Por mi pie, y en pelota picada (salvo los calcetines hasta las rodillas, mire usted señorita que es que yo soy muy friolero), he llegado hasta la sala, cubierta mi delantera por una bata abierta por detrás, y mis espaldas por una sábana que gentilmente lleva extendida la auxiliar de clínica detrás de mí para preservar mi ajada intimidad trasera de la vista condescendiente del personal.
Tumbado boca arriba, sin querer, se me va la mirada hacia la pantalla del monitor: saturación de oxígeno y frecuencia cardiaca, perfectos. Pero observo con cierta zozobra una tensión arterial de 160/80. Son los nervios, respira hondo, intento tranquilizarme. Enseguida, otra vez siento hincharse en mi brazo el manguito de la tensión: 153/70. Bueno, vamos mejorando.
—¡No mire usted la pantalla y piense en cosas bonitas, hombre...! —me regaña, amable, la enfermera—. Los médicos sois los peores, ¡hay que ver...!
Se me viene entonces a la cabeza el día en que mis nietos me acompañaron a una partida de golf y lo que disfrutaron conduciendo el buggy, pero enseguida otro asunto mucho más sugerente reemplaza ese pensamiento. Médica y enfermera se disponen a prepararme y colocan todos sus arreos (rollo de esparadrapo, bolsa del suero, guantes, ampollas de Propofol... sobre mi bata. Bien podrían haber caído todos encima de mi pecho, digo yo. Pues no. Todos, justo encima de mi nido con su pajarito acurrucao en su lecho de castañas. Y al echar mano de lo que van necesitando, necesariamente molestan, una y otra vez, al animalito inocente. Años atrás, hubiera habido aquí un escándalo mayúsculo cuando el pájaro se hubiese desperezado con tanto manoseo y desparramado todo el material. Muchos años atrás. Ahora, ni se ha enterado. Bueno..., algo sí, porque me entregué a esa fantasía erótica y dejé de mirar la pantalla hasta que la vista se me nubló. "Ahora le va a entrar sueño, no se apure..."
—Ea, a despertarse tocan —escucho a la enfermera sonriendo junto a la camilla—. Todo ha ido muy bien.
Y la médica, a continuación, me explica que ha extirpado dos pólipos minúsculos sin ninguna importancia. Y que ya la próxima, en cinco años.
Y yo, medio achispado por los restos del Propofol:
—Con vosotras dos vengo encantado, so bonitas.
Bromas aparte, esta es la sanidad que nunca podemos permitirnos perder. Seguimos teniendo los mejores profesionales sanitarios, los más vocacionales y entregados. La médica y la enfermera que me han atendido realizarán esta tarde 14 endoscopias, desde las 15 horas hasta las 22 horas. Y cobrarán por ello unos 300 euros la doctora y 150 la enfermera, 21 euros por paciente para una y 11 euros para la otra, una miseria comparado con lo que podrían embolsarse haciendo lo mismo en la privada. Pero les gusta su hospital, sus compañeros, sus gentes y viven su oficio con una visión que trasciende lo puramente material. Y, como ellas, tantísimos otros profesionales de la salud, a punto ya de la quemazón. Os costará aceptarlo, pero yo os digo que esta gente existe y que ojalá perdure para siempre esa estirpe de personas, no por anónimas, menos necesarias.
Y es nuestro deber apoyarlos, aunque sólo sea por egoísmo, por nuestro propio interés, porque sin ellos, se nos acaba el chollo. Una colonoscopia cuesta una media de 500 euros en la sanidad privada. Para las personas mayores de 65 años, cualquier seguro privado cuesta 250 euros mensuales, pero pagando aparte una cuota por cada intervención o consulta. A ver quién puede costear eso.
Ahora, por fin, los médicos parecen unidos en una huelga justa y necesaria. Y no es por dinero, sino por defender mejoras imprescindibles en su trabajo, mejoras que alentarán su dedicación más aún, si es que ello fuera posible, y que redundarán en un mejor servicio a nosotros, sus conciudadanos.
¡Viva la Sanidad Pública!!
Todo lo que sea apoyar la sanidad pública, cuenta conmigo, Fili, ahora y siempre, per secula seculorum.
ResponderEliminarTodo esto para qué. Es una novela de Ismail Shirer.
ResponderEliminarCreo e que ir debería ser lectura imprescindible para los que claman contra nuestra sanidad.
Yo también me puse la bata abierta por detrás. El diseñador se merece una temporada en el averno.
También fui tratado con delicadeza y cualificación científica.
Cuando acabó el médico me dijo: “perfecto, a vestirse y merendar”
Yo obedecí y fui dando trompicones desde el quirófano hasta el vestuario.
Jajaja. Lo bueno del Propofol es que te desinhibe en lo erótico, pero te pone también beodo.
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