domingo, 25 de octubre de 2026

La casa de Salvadora

De muy niños, mi hermana Josefa y yo vivimos con nuestros padres en distintas casas: la de mi abuela Josefa; la de mi abuelo Manolo, y la de Salvadora. Conforme fueron llegando más hermanitos, nos asentamos "definitivamente" en la casa de mi abuela hasta que a mi padre lo ascendieron a Encargao y nos mudamos a La Capilla, el cortijo señero de los Carreira. Para entonces, ya éramos cinco hermanos (y otros dos que fallecieron de bebés), y yo, un mocito de 11 años en el punto de hervor mínimo exigible para entrar en el seminario. Cuando mi hermana pequeña nació (la sexta de la camada), mi padre, por fin, pudo comprarse una casa propia en el pueblo a sus cuarenta y seis de años. Nunca ha sido tarea fácil adquirir una casa para la gente humilde.

No le pinto la cara a Salvadora. Me vienen, alguna vez, fogonazos de su figura: una mujer de la edad de mi madre, año arriba, año abajo. A su marido le ofrecieron un puesto de trabajo fijo en un taller mecánico de Antequera, y se fueron a vivir allí. 

En la casa de mi abuela éramos legión, porque también vivían con nosotros mis primos "Los Porreras" y sus padres, con los  roces y celos propios entre familias convivientes bajo el mismo techo. Mi padre, entonces, le pidió a Salvadora que le alquilara su casa. Fue un acierto total, porque, además de ganar mis padres la independencia que nunca habían disfrutado como pareja, la casa estaba en la misma calle Sol y frente por frente de la de mi chacha Chiquita con su piara de cabras lecheras.

No calculo el tiempo que vivimos allí. Quizás dos años. Yo tendría unos cuatro cuando nos mudamos, y recuerdo muy nítidamente dos cosas especialmente relevantes. Lo más llamativo, el patio de atrás, con un murete estrecho de tapia, de medio metro de altura, que separaba dos zonas: el patio propiamente dicho y el barranco, donde hacíamos nuestras necesidades mi hermana y yo en cuclillas sobre la tapia. Y, lo más goloso: encontrar, en un anticipo de las yincanas de hoy, y disputar luego con mi hermana, el chocolate y la leche condensada con que las mujeres del pueblo obsequiaban a mi madre por el nacimiento de mi primer hermano Manolo (que luego moriría a los ocho meses de edad), y que ella escondía entre sábanas y otras ropas en los cajones de la cómoda.

Hubieron de pasar muchos años en que un día, siendo ya médico, de charla con mi padre, saliera en la conversación la casa de Salvadora, quizás porque estaba en ruinas. Mi padre daba por hecho algo que ni yo ni ninguno de mis hermanos conocíamos: Salvadora le ofreció su casa gratuitamente. No éramos familia suya, todo lo más, que mi padre y su marido eran amigos. Nada más. Y recuerdo que me emocioné un montón, casi saltándoseme las lágrimas.

Durante mucho tiempo, la casa de Salvadora había devenido en un solar en venta. Y me daba no sé qué en el estómago. "En esta casa viví yo de niño", le he repetido a mi mujer cienes de veces. "Sí, ya lo sé, pesao; y que cagabais en cuclillas para el barranco, sí, también".

Ahora, en los últimos meses, alguien del pueblo ha comprado el solar y está levantando una casa nueva. Y yo, tan renuente de albañiles y de sus pompas, como decíamos de Satanás, disfruto estos días viendo el camión con su hercúlea pinza articulada esparciendo hormigón armao sobre la nueva cimentación. Aunque tenga que dar la vuelta con mi coche, porque el dichoso artefacto bloquea toda la calle. Esa casa no merecía quedarse en escombros, debería ser recuperada. Y un servidor lo vive como un triunfo propio.

Adiós, a mi casa de niño, la del chocolate Nogueroles y la del barranco pestoso. Adiós, también, a aquella antigua y bendita solidaridad tribal entre vecinos, tan alejada del egoísmo y del acopio de hoy, como parábola de que la escasez une y la abundancia divide. Adiós, Salvadora, mujer buena y generosa. Adiós, en fin, a una infancia irrepetible.

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