domingo, 8 de mayo de 2022

Homo Imsersus

Ni me acuerdo ya de la última vez que viajamos, la Peque y yo, con el Imserso. Creo que fue hace 4 años en La Manga del Mar Menor. Estuvo bien, aunque el entorno de ese territorio desconocido hasta entonces no me resultó tan atractivo como yo esperaba. El Mar Menor es una enorme charca de aguas someras, no diré que pestilente, pero sí calentona y algo viciada. Dos años más tarde, se nos escapó un viaje a Menorca, y luego sobrevino el Covid... Y todavía no me fío de apiarar con mucha gente.

Sin embargo, mi amigo Franqui y M.J. , su mujer, son unos friquis de esta actividad de turismo tan accesible. Desde que se ha reiniciado el programa, raro es el mes en que no salen por ahí. Él es un hombre de ideas bastante fijas en casi cualquier cosa, y desde luego en todo lo relacionado con los viajes. Es un devoto del Poniente almeriense y de la costa alicantina. Va siempre a los mismos hoteles, se conoce -y camela- a los distintos recepcionistas, les regala presentes humildes de su propia cosecha (mermelada de naranja amarga o carne de membrillo, que él mismo cocina, de rechupete) y consigue de ellos las habitaciones que desea, que son siempre las mismas. Piensa -con toda la razón- que esto del Imserso es un verdadero logro social para disfrute de cualquier jubilado, pero sobre todo de aquéllos que por lugar de residencia o cuantía de sus pensiones tienen más complicado el viajar por otros medios. Argumenta para ello que antes del Imserso  se alojaba con su mujer en albergues de monjas, y ahora, en hoteles de cuatro estrellas.

Es un cachondo mental. A sus 75 años, mantiene una actividad física envidiable, tiene un reloj de ésos modernos que cuenta los pasos, los kilómetros, el ritmo y la frecuencia cardiaca, y es un obseso con los retos que se impone. Se levanta a las cinco y media de la madrugada para hacer, en solitario, el sendero de "las Arquillas", saluda amistosamente al mismo gorrión que le espera, cada mañana, en la misma rama de la misma higuera, y se lleva un buen susto cuando algún jabalí bisoño e inexperto se le cruza en el camino de paso para beber en el arroyo de abajo. Si a la vuelta, ya en la alborada, no está conforme con el número de pasos dados sube corriendo por entre pinares hasta la "Torre del Hacho". Y ya, satisfecho del deber cumplido, desayuna en casa con la sufrida de M.J., salvo los domingos, que lo hacen en un bar con terraza y churros. Casi tan intensa como la física, si no más, es su dedicación intelectual: su promedio de lectura es acojonante, una biblioteca andante. Háblale de cualquier libro, da igual que de algún autor del siglo de oro que del más moderno, que él lo habrá leído. Completa sus jornadas con la visita y su correspondiente dádiva a cualquiera de los muchos conventos de monjas de nuestra ciudad. "Con nuestras dos pensiones y lo poco que necesitamos nos sobra el dinero". Se trata, a mi entender, de un ejemplo fehaciente de hombre bueno y de hombre que resiste al envejecimiento de una manera tan natural como divertida para él. "Mens sana in córpore sano", es uno de sus muchos lemas que él procura llevar ad pedem líterae.

En otro tiempo, bastantes años atrás, fue el rastreador más contumaz y experimentado de todas y cada una de las rutas del Torcal, las oficiales, las oficiosas y las imposibles. No creo que haya nadie en Antequera que conozca mejor que él los infinitos caminos de ese roquedal tan fantástico y maravilloso. Y si no sigue subiendo a diario es, en parte, por haberse echado un amigo médico muy cansino, que no para de aconsejarle dejar los peñascos para las cabras y los rebecos. Desde hace un año no sube a los riscos, y no tanto por mis reprimendas, sino por la dura experiencia que tuvo con un amigo de su edad que se rompió la cadera cuando ambos se encontraban aislados en un lugar del Torcal casi inaccesible. Ocho horas tardaron los servicios sanitarios en trasladarlo al hospital en helicóptero. Ahí se acojonó.

Y, lo más importante de todo: es un hombre feliz en su austeridad ecológica (tiene un cubo en la ducha para recoger el agua fría mientras llega la caliente); en su humildad de hombre tolerante, amistoso y generoso; en su ingenioso sentido del humor que nos hace dar risotadas cada vez que nos juntamos con él; en la pícara complicidad de su vida en pareja, "Yo soy un hombre polígamo de espíritu, pero monocoño de alcoba" -nos repite a los amigos. "Chiquilla -le dice a su contrita mujer-, si yo algún día me fuera con otra, tú no te preocupes, te vienes con nosotros".

Pues muy bien. Este hombre tan recatado, rutinario y precario en su cotidianidad se nos transforma cuando viaja con el Imserso. Y él se da perfecta cuenta de ese cambio y se ríe de sí mismo y de su estampa. "Cuando viajo me convierto en un espécimen diferente: soy un homo Imsersus".  Y me explica las características básicas que adornan a este reciente ejemplar. El homo Imsersus es una persona vieja con trazas y actitudes de joven. Come, bebe, viste y se divierte como si fuese un joven. Y Franki se mete completamente en ese papel impostado, pero muy divertido. Se sorprende graciosamente de ver cómo engulle homo Imsersus las ricas y variadas viandas en los buffets libres de los hoteles: arrasa con todo. Se divierte con los cócteles edulcorados y gratuitos en los salones de baile sacando a la pista a su amada compañera. Lejos de su costumbre, se acuesta a las tantas de la noche achispado y realiza repetidas intentonas de apareamiento infructuoso. Reprime la vergüenza de salir en calzones cortos y en camisa estampada, mostrando al mundo sus canillas flacuchas y peludas. Y lo mismo ella su compañera, en culotes cortos que dejan al aire venillas y otras abundancias... "Cuando salimos del hotel en busca del autobús parece que fuésemos un grupo de caricatos que vamos a un circo para niños". Y él, hombre de magras carnes, fidalgo de quijotesca figura, se maravilla luego en la contemplación incrédula de otros especímenes de Imsersus que, cual réplicas de sanchopanzas modernos, pasean por la playa felizmente despreocupados por detrás de sus barrigas toneleras y sebosas. Ufanas de sí mismas.

Homo Imsersus, una variante graciosa y pasajera  del Homo Hispánicus.

jueves, 5 de mayo de 2022

Pasión madridista

Desde hace muchos años no veo los partidos del Madrid. No me gustaría experimentar una muerte súbita. Prefiero morir con tiempo, despidiéndome del mundo y de mi gente, al son de alguna melodía de Simon y Garfunkel. De acuerdo, es una tontería, una sinrazón, lo que queráis, pero no lo he superado. Sufro demasiado. Sobre todo en los partidos digamos que importantes. Por entonces, la Peque y yo nos metíamos en cualquier cine a ver alguna película para así poder aislarme del mundo durante ese tiempo tan incierto. A la salida, entraba en algún  bar y me enteraba del resultado. Si habíamos ganado vería luego el partido en diferido; de lo contrario, nada. Luego, ya ni eso. De un tiempo a esta parte, solamente veo los resúmenes de los partidos que ganamos. Imaginaos mis nervios en un partido como el de anoche. Imposible para mí. Ya no me voy al cine. Me aíslo en mi casa, silencio el móvil para que nadie me llame ni oiga los pitidos de los wassapts que envían mis hermanos, y veo alguna película que me distraiga y me evada del momento.

Finales de mayo de 1968. Seminario de Santa María de los Ángeles. 4º de Bachillerato. Tengo 15 años.

Son las diez de la noche, y estamos todos los seminaristas acostados a una hora prematura para lo que estaba previsto. Y no consigo dormirme de la emoción de los momentos recientes. Me acuerdo de mi padre, de Luís el hortelano, de José Villalba, de Frasquito el del Torreón, todos ellos en esta misma hora viendo la segunda parte del partido entre el Real Madrid y el Manchester United en el telefunken de La Capilla. Nosotros lo hemos dejado hace un rato, y vamos ganado por 3-1. Clasificados en estos momentos para la gran final. ¡Un momento, escuchad, oigo pasos! "Éstos dos vienen a por mí" -pienso rápido. La puerta de mi cuarto se abre un resquicio desde fuera.

-Chiss, ¿estás despierto? -me susurra una sombra.

-Sííííí... -Contesto a media voz.

-¡Vente con nosotros!!!

-Estáis locos! Yo no voy.

Será por la heredada cobardía de mi madre o tal vez por mantener mi reputación de estudiante ejemplar, el caso es que ha habido en  mi vida de joven cantidad de ocasiones en que me he perdido experiencias de gran emotividad por mor de mi excesiva prudencia.

-¡Cobardica, eso es lo que eres!

Son mis amigos José Pablo y Joaquinillo, junto conmigo, los madridistas más aferrados de todo el seminario. Por su culpa, los curas nos han mandado a la cama a mediados del segundo tiempo, dejándonos con la miel en los labios. 3-1, pero faltaba aún media hora para el final del partido. Esa noche los seminaristas mayores, los del cuarto curso, habíamos logrado que don Gaspar, el Rector, nos permitiera ver el partido en la tele de nuestra sala de juegos. Durante todo el rato, mientras los demás disfrutábamos del juego del Madrid, con goles de Gento, Pirri y Amancio, algunos graciosillos, alentados por Rafa Marín, cordobés y cordobesista tocapelotas, se dedicaban a menospreciar y mofarse de nuestros jugadores. Que si Gento era un abuelo, Zoco, un tuercebotas, que si Pirri era un cornudo, Velázquez, un mariquita...La cosa llegó a tal punto de provocación que en un momento determinado Joaquinillo se levantó todo enfurecido y agarró una silla levantándola sobre la cabeza de Rafa con claras intenciones alevosas. Gracias a Dios, se contuvo, pero alguien, asustado, avisó corriendo a los curas. Enseguida se personó en la sala don José Delgado con su pito (entiéndase silbato) en la boca. Y de un chirriante y prolongado pitido nos mandó a todos a dormir. Se acabó la fiesta.

-Cuando la cosa se calme y estén todos durmiendo nos levantamos a escondidas y nos venimos los tres solos a la tele -iba mascullando Joaquinillo camino de los dormitorios-. ¿Vale?

Yo, como ya hemos visto, me achanté, pero ellos dos sí que se fueron. Y resultó que don José se había  asegurado de cerrar la puerta de la sala con llave por si acaso alguien se pasaba de espabilado. Decididos como estaban a no perderse el final del partido, mis temerarios amigos se apostaron sigilosos detrás de la puerta de la sala de profesores, donde los curas más futboleros veían el encuentro. Me contaron al día siguiente que habían entreabierto una rendija de la puerta y de esa incómoda manera, de rodillas, pudieron fisgonear hasta el final del partido. Un chasco, porque el Manchester United de Boby Charlton y George Best empató a 3 y se clasificó para la gran final.

En aquella ocasión, no se completó la remontada. Pero desde entonces se cuentan por decenas las veces en que el Madrid ha sacado victorias imposibles en el Santiago Bernabéu en partidos de la alta competición europea. Nadie sabe cómo es tal cosa, ni qué suerte de brebaje asterixiano tomarán los jugadores, pero hay algo de magia, de esoterismo, de misterio telúrico en ese tipo de partidos. Unos creen en el peso de la historia, otros, en el soplo transformador de las viejas glorias que, como fantasmas, empujan las espaldas de los jugadores hacia la portería rival; otros, en fin, lo achacan a la conjunción al unísono de toda la energía positiva de tantos aficionados en el mundo que se concentra en ese estadio a una hora determinada. Sea lo que fuere, yo me limito a cantar aquello ya tan clásico de ""¿Cómo no te voy a querer"...

¡HALA MADRID!!! 


miércoles, 4 de mayo de 2022

Jubilados de hoy, jubilados activos

No es que en tiempos de nuestros padres y abuelos no hubiese habido jubilados cultos e inquietos, que los hubo, claro está, pero me atrevería a apostar el pase del Madrid a la final de Champions esta noche, que nunca, como hoy, haya habido en España un censo tan crecido de personas jubiladas con tan alto grado de activismo en la cultura, la política o el simple ocio. Recuerdo a mi padre, a mi suegro, a mis tíos... jubilados cuando ya eran viejos de verdad, no sólo de edad, sino de espíritu, achicharrados, cuerpo y mente, por una vida de trabajo inclemente, exprimidos sus jugos energéticos y secas, como el esparto en verano, sus antiguas ilusiones, que ya se limitaban al disfrute de los nietos, al sosiego del hogar y a sus partiditas de dominó o de cartas en el hogar del pensionista. Y así, hasta que Dios tuviera a bien el recogerlos. Más pronto que tarde, porque ya les impelía el sentimiento de carga, de estorbo. Y lo mismo nuestras madres. O peor, porque ellas no se han jubilado nunca, siempre al frente de la cosa doméstica, perennes y eficaces administradoras de lo poco. Mujeres diligentes, mujeres para pobres. Y aquellas personas tocadas por la fortuna, o estudiadas, que también las había, solían emplear su tiempo jubilar leyendo el periódico, jugando al mus o arreglando el país con los colegas del casino. Era la costumbre.

Hoy, el panorama es bien distinto, afortunadamente. No solamente en las ciudades, sino también en el mundo rural. En los últimos cincuenta años, mi pueblo, Palenciana, ha producido más universitarios que en toda su historia previa, la mayor parte de ellos proveniente de familias humildes, funcionarios, pequeños autónomos, artesanos, empleados en la hostelería... El campo tecnificado casi se basta con el trabajo de sus propietarios -salvo en los casos de fincas extensas- para buena parte de sus necesidades y tareas agrícolas. Los escasos jornaleros quedan principalmente para labores estacionales ligadas a la recolección. Todo ello ha generado, corriendo el siglo, una legión de jubilados de nuevo cuño, personas añosas, pero no aplastadas por la esclavitud del trabajo, con ganas de seguir viviendo en una sociedad en la que se sienten no solamente útiles, sino necesarias. Y esto, en toda España. Lo cual es algo extraordinariamente bueno. Para nosotros, jubilados, y para la sociedad en general. La sociedad nos necesita. No tanto por lo que gastamos -el jubilado de hoy valora mucho más el disfrutar que el ahorrar-, sino también por lo que aportamos de experiencia y sentido de la mesura. Los jubilados de hoy disponemos de una abundancia de la que adolecían nuestros ancestros más recientes: tiempo libre, salud (imprescindible para las ganas) y conocimiento. Y lo sabemos aprovechar también en nuestro propio beneficio, por cuanto que una vida activa, participativa y productiva es siempre más saludable.

La inmensa mayoría de mis amigos y conocidos jubilados están involucrados en alguna forma de activismo: unos, con nostalgia de juventud, se han matriculado en cursos universitarios; otros se han hecho artistas o artesanos; los tengo también activistas sociales que siguen saliendo a las calles (como los jubilados de Bilbao) a reclamar mejoras o a denunciar abusos; no me faltan integrantes de ONGs variadas ni fundadores de asociaciones culturales; gente que se apunta a todo, gimnasio, aquagym, viajes, talleres de lo más variopinto, cursos y charlas... En este punto, debo de confesar ante vosotros mi desidia, mi pereza, si queréis. Recién jubilado, un amigo del pueblo me ofreció apuntarme como médico voluntario en una determinada asociación que se dedica a la atención y cuidados de personas con minusvalías. Le di largas con excusas. Estaba saliendo de una dolencia cardiaca que me fastidió mucho durante dos años y no tenía ilusión por ninguna cosa que no fuera mi propia recuperación. Luego, acaeció todo el tema de la pandemia... Aquello se enfrió. Ahora, como sabéis, escribo en mi blog para contento de vosotros, mis lectores, y eso es algo que me reconforta y congratula. Bueno, y me he enviciado con el golf. Entiendo que es algo bueno que un izquierdoso prudente y discreto como servidor se infiltre en terreno "pijo" para conocer nuevas experiencias y para comprobar in situ cómo de bien vive la gente "de orden". Bueno, ya en serio, me he hecho socio de una asociación cultural de mi pueblo, a las órdenes de dos mandos muy principales: la comandante en jefa, la Peque, y su sargenta ayudante, mi cuñada Conchi. Creo que este gesto de gallardía me redime de cualquiera otra displicencia del pasado.

Os dejo, que necesito concentrarme para el partido y  aislarme del mundo.


jueves, 28 de abril de 2022

La ética de la riqueza

Para ser realmente grande, hay que estar con la gente, no por encima de ella.  (Montesquieu)


Algunas personas cercanas, contrincantes mías en Facebook, me tachan de comunista. A mí no me importa, pero sinceramente yo no me veo comunista. Y vosotros, quienes me conocéis más a fondo, tampoco. Cierto es que voto a Podemos, de alguna manera por costumbre, porque de siempre he votado a Izquierda Unida y porque me siento más cómodo e identificado con el mensaje que transmite. Pero nunca he sido devoto de Pablo Iglesias ni de sus bravuconadas y afán de protagonismo. Cierto también que he cultivado no diré tanto como amistad, pero sí un aprecio cariñoso con Anguita, y que admiro a Yolanda Díaz, eso está fuera de toda discusión. Y aún así, no me considero comunista. En una ocasión, mi amigo Pedro Calle me bautizó como un materialista humanitario. Oye, y eso me gustó. Quizás ese calificativo se ajuste mejor a mi pensamiento en asuntos políticos y sociales. Sí, me gusta.

Y desde esa condición de materialista humanitario, yo estaría dispuesto a considerar como aceptable la doctrina del capitalismo siempre y cuando dicho sistema económico y político se dotase a sí mismo de un imperativo ético, una especie de código de buena conducta, que evitase las desviaciones desorbitadas. ¿Y qué serían para mí tales desviaciones? Aquellas prácticas que se alejan de lo razonable, de lo justo y de lo decente hasta límites escandalosos, inaceptables. ¿Por ejemplo?, diréis...
Pues, por ejemplo, que un mortal pueda disponer en dinero líquido de cantidades tan disparatadas como cuarenta y tres mil millones de dólares. En estos días ha sido noticia la compra de la empresa twiter por parte de un magnate, hasta ahora totalmente desconocido para mí y supongo que para la mayoría de la gente corriente. La cosa no tendría más repercusión si no fuera por la ganga del precio que ha debido de pagar: cuarenta y tres mil millones de dólares, una cifra que a estas alturas de mi edad no me arriesgaría a escribir en números. Alucino. Desde la posición de cualquier criatura de vida sencilla, como creo que somos la mayoría de la gente, debería sorprendernos mucho el hecho de que alguna cosa material pudiera alcanzar un precio tan enormemente desorbitado, una cifra mareante, rayana en lo indescifrable. Pero, todavía más nos debiera de sorprender el hecho de que existan en el mundo personas que puedan pagar semejante precio. Y a toca teja, billete sobre billete. Increíble.

Traigo aquí y ahora este debate que, en mi opinión, no debería estar ligado  a ninguna ideología política, sino simplemente a la ética, a la filosofía y a la antropología. Todos los excesos son deletéreos no sólo para la salud física, también para para la salud mental y espiritual. La abuela de mi amigo Franquelo decía que, en exceso, hasta la gracia de Dios puede ser dañina. Fijaos: la gracia de Dios. Y conste que siento admiración por las personas talentosas; admiro a los empresarios que se han hecho a sí mismos; admiro a tanta gente que gracias a su iniciativa, empuje y trabajo alcanzan las más altas cotas de popularidad, ejemplaridad y riqueza. Creo necesarias a todas estas personas porque, entre otras cosas, son, en muchos casos, fuente de riqueza no sólo para ellas, sino también para el conjunto de la sociedad. Soy de la opinión de que personas que arriesgan y se comprometen en un negocio con el que crean empleo y riqueza deben tener el incentivo del dinero. Deben ganar mucho dinero. Ningún problema. Allá ellas si luego se pierden el don de entrar en el reino de los cielos. Vaya, por tanto, por delante mi sincero afecto y agradecimiento. Y, sin embargo, no concibo lo de los 43.000.000.000 de dólares de una tacada (espero haberlo escrito correctamente). Y no lo concibo porque me resulta inaceptable desde mi visión de la ética.

También en estos días hemos tenido conocimiento de las cuentas de nuestro rey. Por lo visto, acumula en su libreta de ahorros la bonita y redonda cifra de de dos millones y medio de euros. Podrá parecer normal, poco o mucho. Para gustos, colores. En cualquier caso, creo que es una cantidad razonable, entendible, leíble y escribible. Pero lo otro, lo del magnate en cuestión... Porque, creo, que tiene que haber límites. Todo en nuestra vida está sujeto a límites. El universo quizá sea infinito, pero en el planeta Tierra los recursos son limitados. Los límites no son sólo un constructo cultural, una convención social para canalizar la convivencia, que también, sino un imperativo natural inherente a nuestra condición animal y humana: nadie puede comer, dormir, estudiar, trabajar, amar, caminar, ganar o perder... sin límite. Creo en los límites como condición necesaria para una vida social amigable y sostenible. ¿Pero porqué razones habría que poner límites a las ganancias y a la riqueza? Pues yo diría que por justicia distributiva. Con todos sus millones, Elon Musk, que así se llama el buen hombre, podría morir un buen día de algo tan simple como una apendicitis aguda. Y resultará que el cirujano que ese día le opere y le salve la vida cobrará a fin de mes una cifra que oscilará entre tres mil y diez mil euros, dependiendo de si trabaja en la pública o en la privada. Ni en mil vidas que viviera ese médico podría acumular el dinero que este magnate ha ganado en una sola. Pero hay más: si todas las criaturas del mundo viviésemos con los recursos suficientes que permitan una vida digna poco me importarían las desigualdades por extremas que fuesen. Pero no es el caso. Conocido es el dato "vergonzante" acerca de que el 1% de la población posea más del 50% de la riqueza del mundo. Dicho de otro modo: la inmensa mayoría de la población mundial se tiene que repartir  la mitad de la riqueza del planeta, porque la otra mitad se la adjudican solamente unos pocos. No parece muy equitativo, la verdad.

"¡No seamos fariseos! -me contesta alguien-. Si cualquiera de nosotros se compara con un bosquimano encontrará la misma desigualdad que la que el señor Musk tiene con respecto a  nosotros". Pero no comparto esa reflexión. Primero, porque los bosquimanos viven en otra civilización, con un estilo de vida y unas maneras de satisfacer sus necesidades que tienen muy poco que ver con las nuestras. Y segundo, porque incluso comparándonos con ellos sale ganado la tremenda desigualdad de Musk con respecto a nosotros. He echado mis cuentas, y resulta que yo, si me comparo con un bosquimano que tenga 1 euro en su cuenta corriente, soy 50.000 veces más rico que él, en términos monetarios. Sin embargo, el señor Musk es al menos 860.000 veces más rico que yo. Y os digo una grandísima verdad: por excelente y grandiosa que haya sido la vida de este señor, os aseguro que no ha sido 860.000 veces mejor ni más servicial y productiva que la mía.

Posiblemente, esto no tenga arreglo. No parece viable que los grandes magnates, ésos a quienes admiro por su potencial de crecimiento, se vayan a avenir a repartir sus ganancias o a poner topes a las mismas. Es muy probable que el señor Musk, a quien hoy pongo en la picota, sea una bellísima persona, un hombre decente y justo que se ha hecho de oro gracias a su talento y a su trabajo, y que desea invertir sus ganancias en la compra de una empresa de red social para hacerla más libre e independiente. ¡Olé ahí sus güevos! Pero lo de la burrada de millones... Por eso, expreso mi deseo de que el propio mercado, el sistema capitalista -y no sólo las personas particulares-, encontrase la manera de prevenir tales excesos. 

Quizás el mundo deba tomarse una pausa, un cafecito en una terraza soleada, y meditar sobre el camino que llevamos. No parece, sin embargo, que nada nos detenga, ni calamidades como la del Covid ni guerras ni infortunios alteran nuestro objetivo pertinaz de ganar, ganar y ganar. Y quien venga detrás que arree. Necesitamos regresar al pensamiento de los antiguos. Echo mucho de menos los viejos textos de Epicuro, Xenón o Diógenes alentándonos a vivir en una sociedad solidaria donde todo el mundo es necesario, cada cual con su misión dentro de la "polis". Y también las recomendaciones de Sócrates acerca de la vida virtuosa como condición para alcanzar la felicidad. Y ¿cómo no?, quizá hoy más que nunca recordar y revivir las enseñanzas de Aristóteles sobre la ética y la felicidad en torno a las virtudes principales que deben adornar al hombre feliz: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Pues eso.

domingo, 20 de marzo de 2022

La guerra, la mili, los piojos, y mi madre.

"Nosotros, los pueblos, hemos resuelto preservar a las generaciones venideras del horror de una guerra". 

(Carta de las Naciones Unidas, firmada el 24 de junio de 1945, por 50 de los 51 países integrantes, por supuesto, Los Estados Unidos de Norteamérica, China y la URSS).

Papel mojado. Sólo hicieron falta dos meses (agosto del 45) para desmontar el nuevo paradigma de paz con el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki.  En fin, para qué seguir, incontables los conflictos bélicos que en el mundo han acaecido y acaecen desde la firma de aquella Carta tan buenista.

Y es que, por mucho que nos empeñemos, seguimos siendo Homo Sapiens, el mayor de los oxímoron posibles, porque en realidad estamos muy lejos de la sabiduría, es más, somos directamente estúpidos. 

Elevado por los japoneses a la categoría de superhéroe -la contraparte oriental del Superman americano- por haber sido el artífice del aplastante triunfo en Pearl Harbor, Isoroku Yamamoto, comandante en jefe de la Armada Imperial, lejos de toda pompa, sentenció: "Yo no soy un hombre brillanteUn hombre brillante habría encontrado el modo de no hacer la guerra" .

He ahí la cuestión. Solamente personas brillantes pueden evitar las guerras. Y al decir brillantes hemos de entender poseedores de virtudes como la bondad, la humildad, la justicia y la inteligencia. Y quizá por ese orden. Y está claro que los líderes que gobiernan el mundo no son brillantes. Uno, en su desconocimiento y buena voluntad, piensa que las capitulaciones de cualquier tratado de paz podrían haberse alcanzado de igual manera sin necesidad del horror de una guerra. Solamente hacen falta personas brillantes. Hombres y mujeres brillantes. ¡Casi na!

Escribe en su blog mi amigo y colega Fernando Madrazo que esta guerra en Ucrania y el consiguiente reclutamiento forzoso de varones le traen a su memoria los tiempos de la "mili". Historias de la puta mili, con sus luces y sus sombras. Estoy con Madrazo en que aquello era una puesta en escena de un militarismo cada vez más desfasado que solamente servía para que muchos muchachos perdieran su tiempo, su trabajo... Y hasta su novia. Puta mili, cierto. Pero, en su defensa, muchos jóvenes de extracción rural y humilde tuvieron la ocasión, gracias a ella, de salir del terruño,  conocer a otras gentes y ver el mar por primera vez. Puta mili, de acuerdo, pero servidor no sólo no perdió a su novia, sino que ganó un "sueldazo" mensual de 50.000 pesetas de entonces por pasarle la consulta al coronel médico, en el ambulatorio de la Fuensanta. Puta mili, vale, pero, salvo excepciones, todos aquellos que la hicimos guardamos recuerdos imborrables de ella. Y casi todos, agradables.

A mí, sin embargo, esta guerra en Ucrania me evoca unos recuerdos bastante disparatados, es así. Y me devuelve a mi niñez y a mis piojos. Y a mi madre. Qué cosa más extraña, diréis. Pues veréis: el animismo belicista que yo observo en la tele, en las redes, en la calle..., la exaltación de la resistencia épica ante el invasor..., no digo que esté mal, pero me transporta el pensamiento a otros tiempos que yo creía superados. Y me hace meditar de dónde venimos, qué hemos aprendido en la escuela y en nuestras casas familiares. De niño, mi madre me despiojaba una tarde sí y otra también. Hoy, los piojos en las escuelas son una anécdota pintoresca, algo que se cuenta en las meriendas de las mamás en las terrazas, pero en aquellos tiempos eran una señal inequívoca de pobreza. Mi madre me entretenía esa hora tediosa con cánticos guerreros: El soy valiente y leal legionario me lo sabía de memoria, pero me impresionaba más el "ardor guerrero vibre en nuestras voces, y de amor patrio henchido el corazón; entonemos el himno sacrosanto del Deber, de la Patria y del Honor...  Y que por verte temida y honrada (se refiere a la patria) contentos tus hijos irán a la muerte, si al caer en lucha fiera, ven flotar victoriosa la bandera... Y es que me parece estar viviendo hoy, entre muchas personas, estos sentimientos de exaltado patriotismo. Mis padres, las personas más buenas del mundo, enaltecían el valor de los caídos por Dios y por la Patria. Y el de los caídos en el Rif, en Cuba o en Filipinas. Caer en la guerra por España era un honor. Eran otros tiempos, de acuerdo, pero estas apreciaciones, estos valores de sacrificio y muerte por la patria, quedan en el imaginario colectivo y nos afectan todavía. Algo, o mucho, de esto está detrás del apoyo incondicional que la gran mayoría de los españoles -y yo me incluyo- prestamos a los ucranianos en su resistencia, posiblemente inútil.

 Y vuelvo a mi madre. Veinte años más tarde de mis piojos. Enterada de que la Peque y yo habíamos decidido inscribirnos en un programa de adopción, se interesó mucho por el tema y nos atosigó a preguntas. A regañadientes iba digiriendo aspectos muy novedosos para ella, como el hecho de que eventualmente podrían darnos no uno, sino dos bebés hermanitos, o que fuese un niño gitano, o incluso moro, "bueno, si es moro lo bautizamos enseguida y ya está" -decía resignada. "Niño ¿y os pueden dar un niño negro?" Pues claro, le dije con toda naturalidad. Y entonces, se levantó de la silla, toda alarmada, como ofendida. "Niño, eso sí que no puede ser... Negros, no, ¡que no puede ser, por Dios!" Pero, mama, por qué no va a poder ser, son criaturas del Señor, como nosotros... "Como nosotros, no, que cuando el Señor los hizo negros por algo sería." Ea.

Viene al caso, quizá, para tratar de entender el por qué de nuestra nada disimulada preferencia por según qué clase de refugiados. Ciertamente, contrasta la acogida tan generosa y mediática dispendiada a los ucranianos comparada con la ofrecida en anteriores ocasiones a sirios, libaneses, palestinos o magrebíes, por citar ejemplos no muy lejanos. Gran parte de nuestra educación y formación infantil y juvenil ha consistido en menospreciar cualquier cultura o país que no fuese cristiano. En nuestra infancia, lo moro y lo judío era lo más abyecto que pudiera existir. Y, como digo, estas cosas permanecen en nuestro subconsciente. Los ucranianos, sin embargo, son de los nuestros, son cristianos y europeos. Y encima, rubios, tiposos y guapos. 

Desde luego, hemos superado esa mentalidad racista y nacionalcatólica de nuestros padres, y creo que, por lo general, ya no somos patriotas tan aferrados como para entregarnos a la muerte por defender símbolos externos de La Patria, por respetables y sagrados que sean, ni por el interés de terceros. No veo que, invadida España por la "pérfida Albión", un suponer, nos prestáramos los españoles al sacrificio, la destrucción y la muerte a que se están exponiendo los ucranianos. Afortunadamente, creo. Pero tampoco podemos desprendernos fácilmente de todo el bagaje doctrinal que hemos mamado. Normal.

En estos pensamientos estaba, cuando la Peque me avisa que me deje de pancosás y que me tome las pastillas del riego, que vienen los niños... 




 

lunes, 28 de febrero de 2022

¡NO A LA GUERRA!!!!


"Malditas las guerras, y malditos aquéllos que las promueven"

(Julio Anguita)


Estaréis todos conmigo, creo yo, en que este grito mediático del "No a la guerra", hoy universal, es la frase de moda, la sentencia más leída y oída en cualquier medio. Salvo el descerebrado de Maduro, todo el mundo comparte esta gran proclama. Incluso muchos rusos de Rusia la invocan (mucho ruso en Rusia y mucho mantecado en La Estepa, que diría nuestro gran Eugenio).

Y sin embargo, me vais a permitir una reflexión muy particular al respecto. Creo que muchas palabras y frases mal usadas, de tanto repetirlas, han perdido su verdadero significado. "Se nos rompió el amor de tanto usarlo", decía nuestra tonadillera. Amor, libertad, odio, empatía, valentía, solidaridad... han perdido la fuerza y el rigor de antaño. Algo parecido puede estar ocurriendo ahora con este grito manido del "No a la guerra". Puede llegar a convertirse, si es que ya no lo ha hecho, en otro de las tantos brindis al sol que tanto nos gusta compartir.

Putin es una mala bestia, una mala persona. Un hombre megalómano que se cree descendiente del linaje de Gengis Kan, un zarista con sueños de imperialismo trasnochado. Me importa un rábano si es comunista o fascista. Me digual. Es un monstruo. No es concebible en una sociedad moderna y civilizada invadir por la fuerza un país vecino por mucha tirria que te dé que dicho país, amigo y confidente hasta hace veinte años, flirtee ahora con tus adversarios políticos. Te aguantas. Cada nación soberana tiene derecho a elegir libremente su destino y el futuro de sus ciudadanos. Si has tenido una novia muchos años y resulta que al final ella te deja y se lía con tu peor enemigo, tú rechinas los dientes, pero ya está, de ahí no se debe ni se puede pasar.

Por tanto, el grito adecuado de rechazo en las circunstancias actuales debería ser un rotundo NO A PUTIN.

Un NO A LA GUERRA nos compromete a mucho más. Y no estoy seguro de que fuésemos, como sociedad, capaces de asumir todas las consecuencias de un "no" verdadero a la guerra. A todas las guerras. Si de verdad deseásemos la paz no podríamos diferenciar entre guerras malas y otras "menos malas", casi buenas; no puede ser "no a Putin", pero sí a Bush, a Toni Blair, a Trump, a nuestro ínclito José Mari. No. Tendríamos la obligación de enterarnos y denunciar las provocaciones de nuestros propios aliados (los yankis) alentando de continuo a los países limítrofes con Rusia con el propósito de alistarlos en su nómina y aislar cada vez más a una nación poderosa aunque venida a menos. Un no a la guerra significa el rechazo a las armas y a la industria armamentística, y un SI poderoso a la desmilitarización progresiva en todo el mundo. Significa también una abolición de las alianzas y otros contubernios militares. China es el amo de medio mundo sin pegar un tiro. Se puede conquistar el mundo sin violencia. Se pueden establecer alianzas y tratados de índole cultural, comercial y social, claro que sí. Se puede todo, menos matar para robar, humillar y aplastar a los vecinos. Ningún país puede arrogarse el derecho de imponer a otros su estilo, su gobierno, sus costumbres o su moral pública.

Soy consciente de que estas reflexiones mías son mera utopía. El hombre es violento por naturaleza y es tribal por conveniencia y por supervivencia. Siempre habrá alianzas de defensa, ejércitos "bien intencionados" con la sola misión de persuadir (¿...?) o de restaurar la democracia y los derechos humanos en aquellos países con abundancia de recursos naturales; ansias de poder desmesurado en algunos dirigentes cuando no abiertamente trastornos mentales mayores; siempre habrá guerras... La NO GUERRA es una utopía.

Con todo, os animo a apuntaros al coro de "raritos" que proclamamos la utopía de NO A LA GUERRA. NO A PUTIN. NO A LA OTAN.


Con perdón.  

 

viernes, 18 de febrero de 2022

Obras son amores

Ha sucedido esta tarde en el parque. Caminando de prisa a la casa de  de mis nietos, por orearlos un poco tras su reciente confinamiento covideño, he adelantado a una niña que, atarragando, cargaba de mala manera con su pequeña bicicleta. Y me detengo algo inquieto porque tres muchachos marroquíes se van para la niña, que parece asustada, y le agarran la bici. De esos instantes en que no sabes qué hacer ni qué va a pasar. Ha visto uno tantas pelis de secuestros de niños...Uno de los jóvenes sube la bici encima de un banco y se aplica en recolocar la cadena que se había descarrilado, mientras los otros dos bromean con la chiquilla, ya más tranquila. "Ea, listo. Ya puedes seguir" -le dicen a la niña. Y yo me reprocho no haber estado a la altura: primero por no haberme percatado de la necesidad de la niña (aunque con lo manazas que soy poco hubiese sido mi socorro), y segundo por mal pensado, por racista. Obras son amores.

Como sucede en las películas de policías, cuando llegó el padre ya estaba todo consumado. "Ése es un padre separado que le tocaba hoy visita", sentenciaría luego la Peque, rotunda.

-¿Qué ha pajao? -se acerca cariñoso a la niña.

-Na, que je le ha jalío la cadena a la biji, y nojotros je la hemos arreglao -salta el mayor de los muchachos.

Y no tengo más remedio que sorprenderme ante lo bien que este joven marroquí ha aprendido la prosodia local. No como yo, que no acabo de soltarme. Y eso que tengo recién aprobado el B2 de antequerano. Pero nada: ahí metido en el armario sin atreverme a salir. Me entreno en mi casa, y tanto la Peque como mi hija me aprueban y me animan a que practique en la calle, que nadie va a notar nada extraño, ya que con la gorrilla campera, mi pataje y malas trazas parezco enteramente un mochano del barrio de san Pedro. De los de toda la vida. Ni por esas. 


Mis cosas.