martes, 25 de julio de 2023

Día de Santiago

Día grande entre los grandes, éste de Santiago, en mi pueblo de anteayer. Como los de el Corpus Christi, Jueves Santo, La Asunción, La Inmaculada y san José.

Día, el de Santiago, de huelga en el campo para los  segadores de mies, que cambiarán la olla manida al cobijo de los haces por un arroz con gallo en sus fresquitos lares; de aquélla sequía pertinaz; de tabernas atestadas; de bodas apalabradas desde un año atrás; de misas concelebradas con curas propios y foráneos y diez monaguillos de a pie, que se disputan luego las vinateras y las hostias por consagrar. Día de estreno para las muchachas en flor. Día de la recolecta mayor para la Feria que se avecina. Día grande en mi pueblo de anteayer, con película de romanos o del Far West, para todos los públicos, en el cine de la plaza, con Burt Lancáster o con Sarita Montiel. Día, sí, de abuelas de negro enterizo y caras cuarteadas que, asomadas al umbral, estiran las faldas cortas de sus nietas, mujercitas sin estrenar. "El culo al aire", farfullan desdentadas.

Por la calle de La Molina, atardeciendo, baja una de éstas mocitas, Antonia, Toñi o Antoñita. Lo mismo da. "La Araílla", por mal nombre, le apodan. Va sola, o quizás con la Juani y la Mercedes, mi memoria no da para más. Sin el polígono Andalusí ni los cocherones de Cristobitas por en medio, puedo divisarla desde la carretera. Voy paseando con mi amigo Rafael como quien no quiere la cosa, como para hacerme el encontradizo. Y la miro desde lejos. A esa edad y con ese afán, la vista es la de un lince en trance de cazar. Más o menos. Ya se acerca, nervios en mi garganta, en mi estómago, qué le diré, no lo sé, estoy hecho un flan... Pero nada, la mente en blanco, toda la sangre en el pecho y en mi cara. Ya está aquí, a diez metros, la veo espléndida, vestida con un traje de una sola pieza, muy ajustado gris azulón, de azafata se llama; la falda, cortita, más que cortita, dejaba al aire y a la vista unas piernas bronceadas y muy bien contorneadas, ni gordas ni flacas, lo justo. Rafael, más avispado, se separó de mí para ir en busca de Araceli, su medio novia, y se me juntaron Frasqui y Antoñillo para hacer de carabina, que no está bien que un seminarista se pasee a solas con una mocita.

-Hola Antoñita, ¡qué bonita que te has puesto! -apenas me sale la voz del cuerpo.
-¿Damos un paseito parriba? -Es lo único que se me ocurre.
-Vale. Y hacemos tiempo para esperar a la Carmen de la plaza y a la Mercedes, que he quedado con ellas.

Y ahí, amigos míos, un día de Santiago del 72 quedé totalmente atrapado para siempre. Y así, hasta hoy. Cincuenta y un años juntos. Para que aprenda la gente nueva que no aguanta casi na.

Hoy, día de Santiago de 2023, es un día anodino, un día más. Ni han repicado las campanas, fíjate, sólo han doblado por algún paisano muerto en otro lugar. Por nombrar algo de mención, os diré que esta mañana, en el golf, por poco me desmayo por culpa de un gran retortijón.

jueves, 20 de julio de 2023

Las golondrinas

En mi pueblo, las golondrinas siguen surcando los cielos de la plaza y de las calles en las cálidas tardes del estío. Da gusto verlas y escuchar su griterío en sus correrías celestes y sus regates ingrávidos. Aviones, les decíamos cuando chicos. Ahora que la Peque y un servidor nos hemos mudado -parece que de manera definitiva- al pueblo, he apreciado y disfrutado de este fenómeno natural que tenía olvidado. Ni en Sevilla ni en Antequera -lugares donde he vivido en los últimos 37 años- tengo conciencia de haber festejado este espectáculo gratuito y sencillo. Se conoce que las golondrinas son pájaros "de pueblo", que les gusta la cercanía y la calidez de la gente, y huyen del bullicio.

Y, como nos suele pasar a la gente de una edad, estas cosas corrientes que creíamos desaparecidas, nos devuelven a nuestra infancia, cuando ellas, las golondrinas, no sólo inundaban nuestras tardes de un piar melódico y agradable, sino que anidaban en nuestros umbrales, portales y voladizos. Vivían con nosotros.  ¡Qué curioso, verdad? ¿Por qué será que nos resultan tan entrañables los recuerdos de la infancia? Infancia que, en lo que nos afecta a la gente de pueblo, por lo general, pudo ser humilde y austera, cuando no pobre, en muchos casos. Ya lo tengo: porque tuvimos cariño. Y la impronta del cariño en nuestra memoria es mucho más poderosa que la necesidad. De manera que salimos a la calle y, en pueblo tan remozado como el mío, nos cuesta reconocer en ella el antiguo pavimento de tierra o de piedras y las fachadas de paredes y casas antiguas con sus "esconchones" rupestres, sus puertas de madera cuarteada, sus cerraduras, llaves, trancas y cerrojos y sus ventanucos ridículos. Y, sin embargo, hay dos cosas que permanecen indelebles: la torre de la iglesia, chata por inacabada, de un barroco austero... Y las golondrinas juguetonas y efímeras del verano.

Hoy he recibido una carta de una de estas golondrinas. Por internet. En mi correo electrónico. También ellas, tan próximas a nosotros, se han modernizado. Me nombra por mi nombre y me pide ayuda. Es posible -no podría asegurarlo al 100%- que se trate de aquella madre golondrina que por mayo se posó con su compañero en un saliente del tejado de mi patio con la clara intención de buscarse un sitio adecuado para fabricar su hogar y el de su prole. Recuerdo que salí varias veces al patio antes de acostarme y allí seguían los dos pájaros, pegados el uno al otro y dándose el pico. Les puse un recipiente con agua y me fui a la piltra.

-¡Lo que nos faltaba -salta la Peque-, un nido de golondrinas! ¡Sobre mi cadáver! ¿A quién le va a tocar limpiar las mierdas? A servidora. Como que no.

En la tarde siguiente, mi mujer los espantó a escobazos. Por eso sospecho que la golondrina se ha dirigido a mí, me ve como más pacífico.

Se me queja de que, a este paso, nos vamos a quedar sin ellas. Dice que cada año vuelven menos, que ha desaparecido aquel efecto llamada de antaño en que se veían tan felices y agradecidas al trato dispensado por nosotros los humanos. Recuerda con nostalgia aquel tiempo en que nuestras madres las consideraban como animales sagrados, pájaros del Señor, porque sus antepasadas le sacaron las espinas a Jesús con sus picos. Y ahora... No sólo es que no les dejemos anidar, cosa que no entiende, porque en los pueblos, haya mierda o no, las mujeres siguen barriendo y fregando sus puertas a diario. Además, que sus cacas no son tan ácidas y peligrosas como las de las palomas, que ésas sí que fastidian y están todo el año dando por saco sin ningún beneficio. Es que, además, se están quedando sin sustento porque ya no quedan moscas ni mosquitos con los puñeteros insecticidas. Y me pide ayuda. "Tú, José María -me dice-, que tienes un blog muy leído, haznos el favor de publicar algo para que la gente tome conciencia de nosotras, que tanto os hemos alegrado las tardes, que os hemos acompañado en vuestros paseos amorosos por la carretera o en la misma plaza y que os hemos librado de tanto mosquito, mucho más eficaces que el Flit y el Raid, tan malolientes". Y remata la carta con una postdata: " Y dile a tu mujer que por poco me parte el radio de mi ala derecha, la muy basta". Y firma: una golondrina común.

Pues, eso, ya lo sabéis. Cumplo con mi obligación de transmitir el mensaje encomendado. 

 

lunes, 17 de julio de 2023

Abuelos de antes, abuelos de hoy

Ahora, en el verano, mis nietos pasan más tiempo con nosotros. Y más aún lo harían si no fuera por ese vicio de su madre de hacerlos tan viajeros. Claro que gracias a dicho vicio conocen ya medio mundo. "Abuelo, me dice el pequeño de cinco años, este año vamos a Islandia, a ver la Aurora Boreal". Mi abuelo José María, a quien no conocí, murió a los 57 años sin haber visto el mar. La primera vez que un servidor vio el mar fue a los 14 años en una excursión de seminaristas a Málaga programada por el párroco de mi pueblo. La primera vez que salí de Andalucía tenía 26 años, cuando me tuve que desplazar a Madrid para escoger plaza de MIR. Una comparativa que ilustra a las claras lo que ha avanzado el mundo en un siglo.

Pero, aun así, hay cosas que no cambian tanto. Y una de ellas es lo a gusto que hemos estado siempre los nietos en las casas de nuestros abuelos. Viendo ahora le felicidad que irradian sus caras por las ganserías y caprichos consentidos por nosotros, sus abuelos, uno no tiene más remedio que retroceder muchos años para intentar revivir aquel tiempo mágico que le tocó ejercer de nieto. Una de las cosas que más disfrutan los míos, mis nietos, es acostarse con su abuela en el salón, en colchones en el suelo y semiabierta la puerta que da al patio, casi al relente. Es lo primero que dicen al llegar a nuestra casa "abuela, esta noche dormimos en el salón". Y la abuela, que se las ve y se las desea para poder agacharse y levantarse desde el suelo cada vez que uno de ellos le pide agua "abuela, tengo sed", les relata uno y cien cuentos inventados en los que hace, con su fértil imaginación, que sean ellos mismos, los nietos, los protas de los relatos. "Abuela, el último". Hasta que caen fritos. El abuelo, pasado un tiempo que cree prudencial, abandona su cama solitaria para echarles un vistazo de supervisión y apagar el ventilador. Antes dudaba en si despertar a la abuela e invitarla al tálamo conyugal. Ya ni lo intenta. Los deja a los tres despatarrados y felices en sus sueños de verano.

Hasta mis once años, cuando me fui al seminario, yo dormía con mi abuela. Todas las noches. Y en las vacaciones, cuando volvía al pueblo, también. No importaba el frío ni la calor, hasta en las noches tórridas de aquellos julios ardientes mi abuela dormía con un camisón de tela blanca, hasta los tobillos. Y su escapulario de la Virgen del Carmen, eterno y sagrado amuleto hasta la caja de pino. Mi mujer, abuela moderna, duerme con sus nietos en bragas y sin sujetador. "Abuela, qué tetas tan chicas tienes" -le dice el mayor. Tuvo que ser ella misma, mi abuela Josefa, la que me echara de su cama al comprobar en las sábanas mi primera polución nocturna. "María Josefa -le dijo a mi madre-, este niño ya no duerme más conmigo, ya es un hombre". Mi abuela no me contaba cuentos fantasiosos ¡qué va! Me rezaba cada noche el rosario entero seguido de sus letanías pertinentes, la cosa más cansina que uno pueda imaginar: Mater purísma, Mater castísima, Mater misericordiae, Regina angelorum, Regina patriarcarum, Regina Virginum... Hasta que me quedaba dormido. A fin de cuentas, mutatis mutandi, era casi lo mismo: antes, letanías y jaculatorias; ahora, cuentos inventados.

El abuelo tiene mucho más protagonismo en la piscina, allí donde la abuela naufraga. Los dos nietos nadan como delfines saltarines y juguetones, y a la abuela le entran los siete males cuando aguantan catorce eternos segundos bajo el agua. El abuelo bucea con ellos, recibe sus ahogadillos, afronta sus gansadas y les presta sus lomos para que atraviesen, cómodos a caballo, la piscina entera.

Mi abuelo Manolo le regañaba a mi padre porque consentía que yo, a mis doce o trece años, me bañara solo en la alberca de La Capilla, un aljibe al aire libre de más de cinco metros de profundidad. Más peligro que la alberca tenía llegar hasta ella a través de un pasillo en alto, a cinco metros del suelo del atroje. Como la Peque, mi abuelo Manolo, hombre sabio para tantas cosas, le tenía pánico al agua. La primera vez que mi padre me llevó a La Capilla a lomos de su borrico Casimiro dormí con mi abuelo en las cuadras. Una de esas experiencias infantiles que se graban a fuego. Yo tendría seis años, más o menos. Y dormimos juntos los tres; yo, en medio de mi padre y mi abuelo. En jergones de paja, justo al lado de los pesebres donde dormitaban y bufaban las yeguas. Era invierno, lo recuerdo porque mi madre me vistió para el viaje en burro con tantas capas de ropa que apenas podía moverme. Pero en medio de dos adultos y con el calorcito desprendido del vahído de los animales se creó un ambiente cálido muy agradable. No pasé frío.  Allí no hubo cuentos ni letanías, sino historias tiernas y sufridas de hombres humildes, de hombres de campo, de hombres recios y esforzados que trabajan de sol a sol, que viven en el cortijo y que van al pueblo solo los jueves, a cambiarse de ropa y a dormir con la parienta.

Abuelos de antes, abuelos de ahora, tan distintos, tan iguales...