sábado, 25 de mayo de 2019

Un fraile en remojo

En esta ocasión viene muy al caso que empiece este relato al estilo de Saramago en "La Caverna": el hombre que se baña hoy a mi vera se llama Atilano Mejías, tiene ochenta y dos años, y es fraile carmelita. Jubilado. Fraile jubilado.

Es la primera vez que nos vemos, pero ya parece que nos conozcamos de toda la vida. Más que bañarnos, lo que hemos hecho ha sido charlotear en remojo en los bordes, echando amplios descansos después de cada largo. Tanto hemos charlado que, a la salida, bromeando, le hemos reclamado a la señorita de la portería la mitad de nuestra entrada a la piscina. "Nada de eso -nos contesta con su aspereza habitual-, aquí dentro, hablar también cuesta dinero". ¡Cieza!

Es un hombre mayor y bien metido en manteca. Aún no sé que sea fraile. Desde arriba, antes de meterse en el agua, me pide permiso para compartir calle conmigo, que estoy solo. "Es que usted se adapta mejor a mi velocidad de nado; los demás van demasiado rápidos" -se excusa. Naturalmente, le invito a que salte. "No, yo despacito; me siento y me dejo arrastrar. No estoy para saltos". Me cae en gracia. 

Él nada de espaldas y a brazadas, como nuestro Agustín, hay algo en su fisonomía que me recuerda al "añoro", quizás su habilidad parlanchina, su campechanía y, posiblemente, sus tragaderas. En el primero de nuestros descansos, agarrados a los bordes, me puede mi deformación profesional y le pregunto por unas lesiones rojizas e inflamadas que le afean la zona de su bigote. "Son cánceres de piel -me dice con toda normalidad-. Acabo de llegar del hospital, me los han quemado con frío".

Y ya, nos presentamos. Nunca hubiera esperado yo conocer a un fraile en una piscina municipal. Es lo bueno que tienen estos espacios públicos, conoces a gente de toda calaña. Me cuenta que está jubilado, pero que sigue viviendo con sus compañeros en el convento de los carmelitas, que comparte con ellos los rezos de maitines y vísperas, y el refectorio. El resto del día lo emplea a su libre albedrío. Cuando estaba en activo daba clases de latín y de filosofía. Ahora acude al centro educativo de mayores donde se ha matriculado de francés e inglés, pero, además, se ha inscrito también en una academia de idiomas, donde le imparten chino y alemán. "Pero, bueno... a tu edad, ¿para qué tanto?" -le reprendo. "Me gusta" -me responde con bondad. "¿Y no te vendría mejor algún lío de faldas con alguna monjita? -le achucho yo con mi proverbial imprudencia. Y me lo agradece con una de esas carcajadas tan típicas de Agustín, y que retumba en todo el hueco de la piscina. "Pero hombre de Dios... -consigue sobreponerse a la sorpresa-. Las monjas de al lado son las Descalzas, y son de clausura. ¡Hay que ver qué cosas tienes, José María!..."

Nacido en un pueblo de La Serranía, fue pastor de cabras por aquellos montes hasta los quince años que ingresó en el seminario carmelita de Hinojosa del Duque. Se ordenó sacerdote en 1964, "Coño, qué coincidencia -le digo-, el mismo año en que yo ingresé en Hornachuelos". Su singladura vital ha sido más propia de un diplomático de carrera que de un fraile. Debutó en Sudamérica: Colombia, Bolivia, Perú, Argentina y Brasil. Durante los primeros diez años de monje conoció de primera mano los entresijos políticos y sociales de todos esos países en un tiempo tan convulso de mafias, dictaduras y corruptelas a todos los niveles. Al cabo de ese tiempo, lo reclaman para España, y lo hacen prior de sucesivos colegios carmelitas en Antequera, en Córdoba y en Madrid. Seis años más tarde, lo trasladan a Canarias. Luego, de vuelta a Sudamérica. Más tarde, a Suiza, a Polonia y, finalmente, como broche a toda una vida de nómada, a Japón. "De los japoneses tenemos muchísimo que aprender, en cuanto a civismo" -me dice. Sus últimos años en activo ya han sido aquí en Antequera. "Ya está bien de tanto mundo" -le bromeo. Y ahora, a sus ochenta y dos años, continúa con una vida mucho más movida y retadora que la mía.

"Oye, Atilano, y de tantas experiencias por el mundo entero ¿cuáles te han resultado más impactantes?" -le pregunto, curioso. "Las vividas en Colombia, sin duda. No te puedes imaginar lo que es dar filosofía a muchachos guerrilleros que van a clase con su pistola en el bolsillo". Y sigue: "Recuerdo partidos de fútbol en los patios del colegio en los que alguien reclama un penalty no pitado disparando su arma al aire. Acojonante". Y para cambiar un poco de tercio, y siendo siempre fiel a mi mente viciada, va y le pregunto socarrón: "Oye, y en tanto tiempo por Sudamérica, ¿ningún escarceo amoroso con nativas, ningún caliqueño suelto por ahí? ". Y el pobre Atilano, vuelve a reírse de buena gana. "Pero, chico, tú estás obsesionado con el sexo, ¿no?" "No lo sabes tú bien" -le contesto. "Bueno, la verdad es que en América latina el sexo se vive de una manera muy diferente a como lo vivimos por aquí; se ve como más natural, sin tanto tabú. Y desde luego no está tan mal visto que sacerdotes y hombres y mujeres de Dios puedan tener algún tipo de relación íntima. Hasta ahí te puedo contar, jajaja".

Y uno piensa para sí lo interesante de la vida de algunas personas realmente excepcionales. Tendemos a creer que los frailes se pegan un pedazo de vida contemplativa aislados en monasterios de ensueño, en lugares idílicos, y fíjate tú éste. Siempre me he creído un hombre privilegiado y orgulloso de todo lo que he ofrecido y de lo que he obtenido. Pero cuando me comparo con personas como Atilano, con tanta energía, tanto compromiso, tanta capacidad, tanta iniciativa, tanta valentía... me siento como bañado en aguas de humildad y de prudencia. Sin el menor menoscabo de mi propia autoestima, admiro, sin embargo, a este tipo de personas. A su lado, la mayoría de nosotros nos hemos conformado con una existencia previsible, congruente con lo esperado, cómoda, plana.

¡Qué bonito y qué interesante conocer a gente nueva, verdad?

martes, 21 de mayo de 2019

Lo bonito del fútbol

Contrariamente a lo que van a pensar mis hermanos y mis amigos cuando se enteren de esta nueva temeridad mía, me encuentro completamente relajado. De estas veces en que uno parece estar en paz consigo mismo y con el mundo. Contento de la decisión tomada.

El estadio está... inconmensurable. Desde todo lo alto de la tribuna mi visión panorámica domina el ámbito entero. Resulta imponente la gran mole de bancales, hierros y cemento: el Bernabéu llenándose de gente. Por un precio módico estoy en el gallinero pero nada se me escapa. Falta aún media hora para el comienzo del partido, y me distraigo con el tropel humano que bulle por los pasillos en busca de sus asientos; examinando con mirada perita al personal de seguridad, todos gente guapa, gente nueva, ellos y ellas; mirando con veneración el sagrado rectángulo de juego acariciado apenas por el sol dubitativo de esta mañana incierta, y mimado por los operarios que van aplastando con sus aperos cualquier zona levantisca; admirando los arcos de agua en cortina que refrescan el césped y me recuerdan mis tiempos de maíz y remolacha en La Capilla... Poco a poco las figurillas lejanas de colores variados en los graderíos van rellenando los huecos, el aforo se completa y el estadio se convierte, ahora sí, en un palpitar de humanidad expectante. ¡Qué cosa más extraña y más grande es esto del fútbol!

Y, sin embargo, cada vez me atrae menos el fútbol. El de la tele. Hace años que no veo ningún partido. Los del Madrid, por miedo a mis nervios excesivos y a mi arritmia; los otros, por puro aburrimiento. Con todos los respetos para esos equipos y sus aficiones, ya me diréis qué emoción puede sentir uno viendo en la tele un Getafe-Alavés, pongo por caso. También puede ser que la edad haya apagado el ardor futbolero de antaño, como lo hace con otros ardores y afanes. Pero el fútbol en directo, a pie de césped, o doscientos metros más arriba, es otra cosa.

El caso es que me encuentro en Madrid este día de autos. Volvemos de un viaje a Croacia la Peque, Elena, "el Pintor", Victoria y un servidor. Nuestro AVE no sale para Córdoba hasta las cinco de la tarde. Y me entero, de oídas, que el Madrid, mi Madrid, juega a las doce contra el Betis güeno. Son las diez de la mañana. Las mujeres quieren irse por ahí de museos y tiendas; el Pintor, a lo suyo, a la cuesta de Moyano a olisquear libros. "Peque, pos yo me voy al fútbol" -me arranco con inesperada valentía. "¿A ver al Madrid? -me mira con asombro-. Allá tú, con tu taquicardia". La ocasión es pintiparada. Si no la aprovecho, luego me lo reprocharía. ¡Palante! ¡Con dos cojones!

Hay cola en las taquillas. Y fijaros que se trata de un partido del todo intrascendente, en el que ninguno de los dos equipos se juega nada. Pero el Bernabéu se llena siempre, y, además, es el último partido de esta puñetera y malhadada liga. La calle, aún tomada por los coches de la policía, es todo una fiesta: gente deambulando de aquí para allá, bufandas blancas y azules, gorros y camisetas verdiblancas, voces, cánticos, tenderetes ambulantes de fetiches futboleros, revendedores infiltrados y molestosos en las filas de la cola... ¡Qué cosa más extraña y más grande esto del fútbol!!!

"Suba usted por estas escaleras hasta todo lo alto, hasta que ya no pueda más" -me indica amable una chica ataviada con uniforme amarillo. Y subo, y subo, y subo... Voy dejando atrás a otras personas de mi edad, o aún mayores que yo, que precisan de un descanso para retomar el resuello. Yo no. De un tirón me planto en el techo del estadio y encuentro sin problemas mi localidad. Uno es de pueblo, pero también es estudiado. Saco el móvil y me hago un selfie de esos, más que nada para que mis hermanos y sobrinos se crean de verdad que estoy aquí. Y llamo a Jaime para lo mismo. Enseguida se me acerca una joven chinita ofreciéndose a hacerme ella una foto de frente, como Dios manda. Detrás mía, en la última fila de asientos, un grupo de muchachos se desgañita gritando los nombres de los futbolistas según aparecen sus fotos en la pantalla de enfrente. A mi izquierda, una pareja de novios acaramelados, de esas que van al fútbol a darse el lote como antiguamente iban al cine con el mismo propósito. Pero ahora, sin esconderse, a plena luz del día. A mi derecha, un hombre joven vestido de diario, y su hijo, un chaval de unos diez años. Serios y callados ambos, como concentrándose.

El partido, la verdad, fue lo de menos. El Madrid se ha transformado en un equipo irreconocible. Todo apatía y abulia. Todo juego horizontal o para atrás, sin chispa ninguna, sin ningún detalle de la calidad que se le supone a esta gente; ni un pase en profundidad. El primer disparo a puerta del Madrid se produjo a los 22 minutos de juego. Y fue fuera. Poco después, un balón suelto que se le queda en los pies a Benzemá, solo ante el portero, va y la tira al palo. Pero el público aplaudía todo, una afición entregada a su equipo, a un equipo que no se la merece ni de lejos. Esta afición, por lo que pude ver, está muy por encima de sus futbolistas. La gente solo empezó a silbar y a protestar después del segundo gol del Betis, cuando la cosa era ya bochornosa.

Y el hombre joven y su hijo me dan lástima. En otro tiempo, yo hubiera cogido un cabreo de narices ante un partido así. Ahora, casi me da lo mismo. Sigo siendo madridista, eso es algo indeleble, una especie de marca incrustada en el paleoencéfalo, pero ya sin pasión ante esta panda de mercenarios desvergonzados. Pero este hombre y su hijo se han pasado todo el tiempo serios, sin hablarse ni siquiera entre ellos, mordiéndose las uñas, encogidos sus estómagos que no han probado ni el bocadillo del descanso, sufriendo lo indecible. Y me los imagino de vuelta a casa en el metro igual de tristes, lo mismo de callados. 

Mientras, los futbolistas del banquillo fueron captados por las cámaras riéndose tras el segundo gol del Betis, y todos ellos muy probablemente se fueron luego a almorzar tan ricamente al asador donostiarra, que aquí no ha pasado nada. Que esto es solo fútbol y nosotros nos lo llevamos calentito.

Lo bonito del fútbol hoy sigue siendo la afición entregada. Lo demás, negocio y mercantileo. Un asco.