martes, 23 de febrero de 2021

La noche más larga.

Aquel 23 de febrero del 81 se comportaba como un día más. Un lunes cualquiera. Un día menos, como se decía en el argot cuartelero. La Peque trabajaba en turno de tarde, y yo, solo en nuestro piso alquilado de Pintor Zurbarán, me alargué a un descampado del parque Cruz Conde a jugar al fútbol con la chavalería. Me faltaban sólo quince días para licenciarme y, de verdad, vivía muy contento desde mayo del 80, en que me concedieron el traslado desde Valencia, mi destino primero, hasta el hospital militar de Córdoba. Y ya todo fueron días de vino y rosas: pase de pernocta y a dormir todas las noches a mi casa con mi Peque. Durante las mañanas pasaba una consulta en el ambulatorio de la Fuensanta, cuyo titular, el coronel médico del hospital militar, siempre en Sevilla, había delegado el oficio en mi persona, acaso conocedor de mi meritorio examen MIR, y me desembolsaba cincuenta mil cucas por mes. Y por las tardes, a casa. ¡Esto sí era mili de verdad! Y en quince días... ¡La licencia! Mi gran ilusión entonces era comenzar por fin la residencia de medicina interna en el "Reina Sofía". 

A la vuelta del partido, ya anochecido, pongo la tele que me distraiga de mis labores de cocinilla, y me encuentro con aquel mazazo. Impresionante, y hasta vigorizante, el forcejeo de Gutiérrez Mellado con Tejero. Una imagen que jamás se borrará de nuestras retinas. Y los tiros al techo. Jóder... ¿Cómo iba uno a esperar nada de eso ahora que gozábamos de una deseada y joven democracia, precisamente ahora, a escasos días de poder desarrollar una vida civil normalizada...? ¡Qué angustia..! Y sin poder hablar con nadie... Soy un soldado español, pienso, igual tendría que presentarme en el hospital militar... ¡Qué dudas tan atosigantes! Bueno, ya vendrán a por mí, me decía para justificarme. Yo de aquí no me muevo, saben dónde vivo.

Se me chamuscó la tortilla de papas por el agobio, pero nos la comimos igual la Peque, Pilar y yo. Ellas traían del hospital noticias aún más preocupantes para mi seguridad: que en Valencia, de donde depende mi licencia, los tanques estaban en la calle, que esto iba pero que muy en serio. Y me acordé entonces de mis compañeros y amigos rojillos de la facultad, qué pensarían hacer el Pintor, Cabanillas, Clemen, Higinia... Y de mis hermanos, Juan y Manolo, ambos en la mili, como yo; el uno en Palma de Mallorca y el otro nada menos que en Fuerteventura, de legionario... ¡Dios mío! Y, naturalmente,  de mi madre: tres hijos en el ejército en este momento tan crítico. ¡Con lo cagona que era, la pobre! Y sin poder comunicarnos con ella. Me imagino a mis padres y a mis otros hermanos en el cortijo pegados a la radio, mi madre lloriqueando por sus hijos tan lejísimos... "No hay derecho -se quejaría-, a ver qué madre hay en España con tres hijos en la mili, como yo..." Mi Manolo, ni se acuerda, pero mi hermano Juan me contaba después que a ellos los sacaron de los dormitorios y los pusieron a formar en el patio sin que supiesen qué estaba pasando. Él y otros chóferes recibieron la orden de ir por Palma de Mallorca en busca de los mandos a sus domicilios para traerlos al Cuartel en los coches oficiales. Y sin saber por qué.

Ni pensar en acostarnos. La angustia crecía por momentos. Aurora, una amiga nuestra, y su pareja, Antonio Amaro, pertenecientes ambos al sindicato obrero, corrían verdadero peligro. Un enfermero de Fuerza Nueva -con su pistola y todo- les tenía ojeriza y podría señalarlos. Pilar propuso que fuésemos a buscarlos y que se refugiaran en nuestra casa. Nosotros éramos entonces personas de orden, nadie los buscaría aquí. Yo no estaba en condiciones de aceptar tal propuesta, de los mismos nervios. Ella, valiente como la Peque, dijo entonces de coger bártulos y tirar pitando para Portugal en nuestro Ford Fiesta. Sin pasaporte ni nada. Yo, tan cagueta como mi madre, no me atreví.

Aguantamos el chaparrón con mucho miedo en el cuerpo... Hasta que, por fin, llegó el mensaje del Rey. Acaso solamente por eso, por la paz que llevó a mi corazón tan atribulado y cobarde en esos momentos, estoy dispuesto a perdonarle sus tropiezos y ligerezas posteriores. ¡La que se pudo liar por culpa de unos salvapatrias...!

Pudimos, al fin, dormir unas horas. Y al día siguiente, en el hospital militar, normalidad democrática. Un día más; un día menos.


 

miércoles, 17 de febrero de 2021

Ayuso me pone

La culpa de este artículo provocador la tienen, al alimón, mi hermano Frasco y mi amigo José Luis, ambos lectores devotos de este blog. El uno, por enviarme, hace unos días, un texto de facebook de autor desconocido adulando las bondades carnales de Ayuso; y el otro, porque anda sacando en sus escritos los colores de la vergüenza ante el mínimo desliz del denostado "Coletas". El último, tachándolo impíamente de besucón. Pues ahora, le doy caña con Ayuso, ea. Esta vez mi amigo Pedro Calle puede leer el artículo hasta el final sin sobresaltos. Prometo no mentar la vacuna.

Dejando al margen los eventuales aciertos y errores en su gestión como Presidenta de la Comunidad madrileña, cosa en la que no me hallo capacitado para un análisis mínimamente serio, el caso verídico, flagrante  e incontestable es que a mí, la Ayuso me pone. No lo puedo remediar. Y está feo en un hombre de izquierdas como yo el decir en público estas cosas. Pero es lo que hay. Creo que los hombres, mejor que las mujeres, sabemos separar, en estos casos de calenturas, el envoltorio de su contenido; lo accesorio de lo substancioso. La substancia. Lo cortés, de lo caliente. 

Antes de continuar, es perentoria una consideración previa, sobre todo para mis lectoras femeninas, que no se me amontonen y me tachen de machista. Ni mucho menos. Soy feminista de los buenos, esto es, deseo y apruebo la igualdad de derechos y oportunidades para ambos géneros, rechazo de plano la violencia machista, intento arrancar de mi conducta diaria los inadvertidos micromachismos tan propios en la gente de mi edad, soy un convencido de la superioridad biológica y adaptabilidad de la mujer sobre el hombre... Ahora, ningún feminismo mal entendido me va a desposeer de mi preciada facultad de efectuar un primer peritaje erótico ante las virtudes pecaminosas que advierto en una mujer. Permítaseme el oxímoron de virtudes pecaminosas. Y esto es justo lo que me acontece con la Ayuso. Me pone, oye.

Ni punto de comparación con ninguna de las demás "señorías" femeninas que se señorean por los medios: por favor... las Montero, la Calvo, la Espinosa de luengo cuello, Inesita Arrimadas, bonita ella, pero en plan muñeca... En sus mejores días, tal vez Teresa Rodríguez... Pero, no, no. Ninguna se le arrima. Verla en la tele, con ese pelazo azabache y ondulado, y ese manejo y viveza suyos, me transporta a la visión idílica de "La Garbo" en la película clásica de "Ninotchka", una espía rusa, pero morenaza. 

El primer impacto visual de Ayuso me transporta a un territorio cerebral muy quemante, mi amigo Pintor me aclarará a qué núcleo cerúleus o a qué zona oculta del rinencéfalo primitivo. No sé. Será el tifus, como decía mi madre sobre cualquier rareza de las mías. El caso es que a mí, en viéndola, me rebosa un extraño instinto del gusto por las mollitas embutidas, las discretas adiposidades y otras morbideces: un exagerado e insalubre apetito carnal. Parece fondona, pero es macicez; nada le sobra ni nada le falta. En su punto de pellizco. Sus ojos, criticados como de batracio por pelín saltones, le quedan pintiparados para expresar la viveza y el poderío que requiere un rostro tan retador y atractivo. Y su boca...¡Esos labios carnositos tan sensuales y mohínos...! Se me desliza la memoria picarona a mis tiempos de monaguillo, cuando se me subía el pavo a la cara al contemplar fugazmente -los ojos cerrados por la piedad- la lengua húmeda y receptiva y los labios entreabiertos de las mocitas que se acercaban a mi patena para recibir la sagrada forma. Desde el tifus, repito, he sido así de caliente.

Reconozco que puede parecer chulesca de aspecto. Y estirada. Otros la creen chochona. Yo, no. Lo que ocurre es que eso es algo que me gusta en una mujer: el atrevimiento. Quizá como contrapunto a mi cortedad de carácter, me atraen las mujeres valientes. Como la Peque, que no se ahoga ni el mar océano.

Algo que me preocupa de ella, sin embargo, es su innegable similitud con sus predecesoras en el cargo -no en lo físico, ¡por Dios!- en cuanto abre el pico. Mi desconfianza proviene de su troncalidad ideológica y -creo- personal con dichas arpías. Pero tengo confianza en que, aunque también de gatillo lingual fácil y expedito, una moza tiposa con el garbo propio de una castiza madrileña, mujer tan voluptuosa y sensual, no se deje albergar por una mente proterva ni por un alma diabólica como la de la barbie de los perfumes o la de la rubia frescales de torva mirada.

Que así sea y que el Señor me perdone.


lunes, 8 de febrero de 2021

La palabra

En mis últimos años en activo lo advertía con frecuencia a los residentes y a los estudiantes: el valor de la palabra en nuestro oficio. Tenemos una medicina de vanguardia, unos medios técnicos de primer orden, unos especialistas cojonudos, un aparataje y unos quirófanos de lujo, unos cirujanos robotizados, unas resonancias de última generación... pero, acaso, estemos perdiendo parte de nuestra esencia. Nos ocupan demasiado elementos nuevos que han irrumpido con fuerza en nuestro quehacer diario, tales como las estancias, los pactos de consumo, el gasto farmacéutico, los tiempos de demora, la historia clínica informatizada... La gestión clínica lo requiere. Pero no hasta el punto de perder el norte médico que no es otro que atender e intentar solucionar los problemas de salud de tus pacientes. Mi impresión al respecto es que de tan implicados en la burocracia del sistema o por la inercia mecanicista de tanta carga informática estemos dejando escapar al médico de vocación, mujeres y hombres buenos expertos en curar, que saben escuchar y consolar, que no conocen la prisa. Y con ellos, aquella antigua condición de mago, de chamán. Me temo.

Y, curiosamente, la pandemia terrible del Covid ha venido a poner en su sitio el poder y el valor de las palabras. Aislados en habitaciones y sin otro contacto con el exterior que no sea el móvil, los pacientes hospitalizados han recobrado el sentido tan profundo y de tanto calado que posee la palabra hablada, la voz cálida y humana del "otro". "Ahora es cuando uno se da verdaderamente cuenta de la excelencia de sanidad que tenemos -me decía mi amigo Agustín hace unos días desde su cama del hospital-. No sé, ni me importa, lo que me están dando. Mi curación me viene por las charlas breves con mi médica, mis enfermeras y las mujeres de la limpieza". 

El personal sanitario debe de poseer el don de la palabra. En general, enfermeras y auxiliares de clínica están mucho más hechas a una comunicación fluida con los pacientes que los médicos. Y para el internista resulta fundamental, toda vez que carecemos de aparataje y de otros aperos que no sean el fonendo, la linterna y el depresor de lengua. Una palabra tuya bastará para sanarme, le dijo una de las hermanas de Lázaro a Jesucristo. No llegamos a tanto, pero casi. He necesitado muchos años de oficio y muchas reprimendas de mi Peque para aceptar esa realidad: nuestras palabras tienen algo mágico, algo espiritual, algo capaz hasta de curar. Y nuestros gestos también. La palabra y la mirada. No sé si os he contado que una de las cosas que al final hizo que me decidiera por Medicina en vez de por Historia (que también me atraía) fue la palabra calmada y la mirada azul profunda de don Segismundo Menchero, un traumatólogo egabrense que me operó del menisco en el hospital de san Juan de Dios de Córdoba. Me cautivó. Quise ser, hablar y mirar como aquel hombre. Y confieso que lo he intentado. Pero, acaso seducidos por el conocimiento y la tecnología al uso, los propios médicos estamos menospreciando la palabra como vehículo de sanación. Casi sin darnos cuenta. Todo lo fiamos en informaciones técnicas ininteligibles para una persona, el paciente, temerosa e indefensa. En lugar de descender nuestra prosodia científica al terreno corriente de la gente hemos conseguido que el personal esté aprendiendo nuestra propia jerga médica traducida de aquella manera, sui géneris. Y, en ocasiones, ni eso. "¿Qué te ha dicho el médico?", preguntan los familiares al paciente. "Nada; ni me ha mirado". Esta conversación que parece un chiste es en ocasiones la pura verdad. Y es una lástima. Y una frivolidad. No tenemos derecho a desperdiciar algo gratuito y tan eficaz. Es nuestra obligación recuperar la palabra. El verbo cercano y amable. Palabras que curan.


Primero, la palabra; y después, la vacuna. Jajaja.