viernes, 29 de julio de 2022

Érase una vez en una noche de verano...

Estoy conforme con el calor del verano. Lo acepto y lo aguanto. ¡No va a hacer frío en julio, joer! Calor y tábarros como puños, se dice en mi pueblo. Y también prefiero llamar a las cosas por sus nombres: nada de olas de calor; calor de verano, como siempre lo hemos conocido, al menos aquí, en Andalucía. 

No. No creáis que hoy voy a enrollarme con lo del calentamiento global. Aunque, de paso, diga que entiendo tal calentamiento como resultado lógico y predecible de la actividad y crecimiento sin límite de un mundo en expansión constante, no estoy preparado para tal asunto. Simplemente, quiero relataros mi última experiencia con el calor, la caló en sevillano.

Sí, porque Sevilla tuvo que ser. 

Mi amigo Agustín cumplía setenta añazos muy bien trabajados, y fuimos, la Peque y yo, a su fiesta. El domingo pasado, 24 de los presentes. El día más caluroso que todos podamos recordar. Ni regando el maíz en plena siesta ni encima de la primera cosechadora de La Capilla, a mis diecisiete años, he pasado tanta caló como esta noche de marras. Y no estábamos en Sevilla capital, sino en el Aljarafe, sitio más liviano. Ni por ésas. Era la una de la madrugada, en el albor casi del día de Santiago, y el termómetro del patio emparrado donde departíamos marcaba 38 grados. Y todavía quedaba la presa a la parrilla. Pa morirse.

Mi cuñada Miki, de vacaciones en la playa, nos dejó su casa, apenas a tres kilómetros. Ducha templada nada más llegar, y a la piltra.

-Peque, pon el aire a tope, que nos asamos.

Y resultó que el aparato se encendía, pero no abría sus compuertas y no echaba na. ¡Vaya por Dios!!! El ventilador, a velocidad de crucero, lanzaba bocanadas infernales de aire calentón. Imposible dormir.

Nos bajamos al salón en busca del otro aparato. ¡¡¡Funcionaba!!! Cada uno en un sofá. Las tres de la mañana. La Peque, más menuda, se enroscó como un perrito y se quedó frita al poco. Yo no encontraba la postura. La cabeza, demasiado alta; los pinreles, saltando por encima del brazo del sofá; la espalda, pegada al trapo... Fresquito al fin, pero muy incómodo. Me quedé dormido pensando en lo mucho peor que se echaban las siestas a la sombra de un olivo y con  un sombrero en la cara para guarecerse de las moscas, y en cómo puñetas nos las apañábamos antes en noches como ésta: sentados al fresco, abanicos en ristre, hasta las tantas; colchones al suelo pegados a las ventanas abiertas; o al patio primero, al relente. En el cortijo, he visto a gente sacar sus camastros a la era y dormir allí haciendo como que guardaban la parva. Noches ardientes de verano en las que muchachos más rijosos escalaban hasta las ventanas para ver a las mocitas durmientes en combinación. Noches de rebuznos en el ruedo, y ladridos en las cuadras. Noches de obligado ayuno de concupiscencia hasta para los más golosos, "Echa pallá, hombre, con la calor que jase"... Noches, en fin, de insomnio. Noches de verano, como ésta del otro día. 

Y me despertó, a las seis, un enfriamiento en la espalda, del chorro de aire frío que me atacaba. ¡Otra vez parriba!! A esa hora, sólo con el ventilador, la cosa se volvió más soportable. Y pude coger de nuevo un poquito de sueño.

Y al alba, corriendo pal pueblo. Pa na, aquí hacía la misma calor.


¡Cuando llegue septiembre todo será maravilloso! cantaba una canción.



 


miércoles, 13 de julio de 2022

Sorprendido de mí mismo

Vosotros, amigos lectores que me conocéis, vais a sorprenderos. Pero sabed que el primer sorprendido soy yo mismo.

Si hace sólo cinco años me hubiesen diagnosticado lo de ahora estaría de los nervios, cagándome patas abajo y amargando las vidas de mis más cercanos. Y, sin embargo...

No me lo acabo de explicar. Me refiero a lo de mi tranquilidad. Que no es ficticia, que no se alimenta -aunque puede que un poquito sí- del deseo de no inquietar a mi familia, que es real y palpable. No soy experto en disimulos, soy demasiado transparente, se me notaría enseguida si estuviese agobiado. La Peque, que ve más allá de lo traspuesto, no se dejaría engañar. Y, sin embargo... 

Sigo haciendo lo mismo: me despierto canturreando; le pellizco el culo a mi mujer para escuchar su hipido de protesta; repaso los wassapts de la madrugada; preparo y me zampo un desayuno arzobispal y luego me voy a mi campo de golf. A las doce me vuelvo al pueblo, derecho a la piscina; nadando en cuclillas, departo con los habituales bañistas de todos los días, y arreglamos parte del mundo. Almuerzo con la Peque; siesta corta y profunda, con su poquito de baba en la almohada, si no, no es siesta, es descabezao; lectura y escribanía hasta que se apacigua la calor; paseo por el pueblo con mi perrita; nada de merienda ni de cena, soy un apóstol del ayuno intermitente; película nocturna de Netflix... Y a la piltra. Y tan pancho.

El cáncer de próstata tiene algo muy particular que no comparten los demás cánceres: que te deja convivir con él tranquilamente. Muchos cánceres de próstata (no todos) son "inofensivos", en el sentido de que no avanzan, no crecen o acaso muy lentamente, no invaden órganos distantes hasta muy avanzada la edad, si es que lo hacen. Todos conocemos a ancianos muy añosos que han muerto de viejos -mi padre mismo- siendo portadores de un cáncer de próstata "inocente". Mi caso debe ser de ésos. Tanto, que mi urólogo me recomienda no tratarme por el momento, sino esperar un tiempo a ver si biopsias sucesivas demuestran una progresión del cáncer. "Hombre -le digo-, estoy tranquilo, pero no sé si mi ánimo aguantaría mucho tiempo sabedor de estar alimentando un cáncer por la cara". Y le he expresado mi voluntad de ser tratado. Y en eso estamos, a la espera de la cita para la radioterapia. Sereno, activo, tranquilo. ¿Quién lo diría?

Estoy contento de saberme capaz de aceptar con gallardía esta contrariedad. Será la edad. Siempre he sabido que en un futuro muy lejano llegarían los temidos "achaques". Y resulta que ese futuro tan lejano es hoy, es mañana, es el presente. No es cierto que el futuro no exista: el futuro ha llegado. Creo que lo mío de ahora no es resignación, es aceptación razonada de una realidad que se impone. Y me reconforta meditar sobre ello. De siempre he gozado de una habilidad portentosa para magnetizar a mis pacientes con mi optimismo. Incluso en situaciones límite, en circunstancias dramáticas. A Matilde, Jerónimo, Sergio, Yolanda..., pacientes míos malogrados pese a mi obstinada dedicación, se les iluminaban sus caras cuando yo entraba en sus habitaciones canturreándoles o bromeándoles, sabía transmitirles no sólo ilusión y alegría, también esperanza. Y lo hacía de puta madre. Sin embargo, hasta ahora he sido incapaz de impregnarme a mí mismo de ese espíritu de superación, de actitud positiva. He sido un cagado conmigo mismo. Hasta ahora.

De manera que ya lo sabéis: entro tranquilo y sereno -y positivo- en el club de personas mayores  cancerosas, pero también deseosas de abandonarlo. La verdad por delante.