A las cinco de la tarde no hay un alma en las
calles. He salido a dar un paseo con mi perrita para que ambos estiremos las
piernas. Ella con su chaleco, yo con mi chaquetón bueno, el del frío. El día no
puede ser más desaborido. Ayer, un día espléndido de sol; hoy, un goteo
continuo de chirimiri, que no es lluvia, sino atmósfera baja, como si las nubes
abrazaran al pueblo para empaparlo. Una tarde de invierno duro, de aquellos
inviernos, ya atávicos por lo infrecuentes, de mocos perennes, tiritera junto a
la chimenea y la tortura del meterse en la cama por las noches.
Nadie en la calle. Mi
perrita y yo. Un vecino me distrae a través de su ventana.
"Oye, José María, tú que has sido medio cura, dile a san Pedro que cierre
ya el grifo, har favor".
Pero tiene su encanto pasear sin gente. A falta
de ruido afloran los recuerdos.
Para empezar, resulta
que vivo en una casa que fue en su día el Cuartel de la Guardia Civil, con el
susto tan visceral que yo sufría al pasar por delante de la puerta y toparme
con el cabo Rut. Me dirijo hacia la Plaza, pero antes echo un
vistazo a la que fue mi casa de la infancia: la casa de mi abuela, calle Sol,
13, en todo lo hondo, con su cuerpo de casa de suelo empedrado donde resbalaban las bestias de mi chacho José, su cocina con
la chimenea, su alacena con mantecosos y su poyo, su patio primero y su patio segundo con salida a La Molina, patio
primero, donde mi chacha Bibi, todavía mocita, cocinaba en los días buenos
papas fritas y huevos en aquellas hornillas de yeso y donde yo perseguía a las
gallinas tirándole carrizos con mi arco, y patio segundo, donde se reproducían a su amor jaramagos, manzanillas y cardos borriqueros bien surtidos de nuestros desechos fecales. Y
sus dos habitaciones de arriba, un dormitorio común para mis padres y mis
hermanos, y un granero. Fallecido ya mi padre, me tocó vender la casa hace unos
años a Antoñito García por cuatro perras. Y miro también la casa de
Pepe El Encaniao imaginándome aquel gran Escurrizo de piedra
resbaladiza por donde nos arrastrábamos los muchachos hasta despellejar el culo
de los calzones cortos.
La Plaza, milagrosamente sin coches
esta tarde, parece más grande y más vistosa con los adornos navideños que aún
permanecen. Alternándose unas con otras con una cadencia programada, las hojas
de los naranjos dejan caer sus perlas de agua cristalina para rellenar los
surcos de las losas del pavimento. Yo he conocido esta plaza con suelo de
tierra, donde en días como el de hoy los chaveas, sorteando los charcos,
jugábamos al sumillo aprovechando la blandura del terreno. Y he conocido los
bancos de piedra donde trazábamos con tiza el dibujo del tres en raya, sentados
a horcajadas, despatarrados. Y me he sentado en la terraza del bar de Ceno (y del Gordo) con mis amigos y amigas núbiles a tomar un vaso de casera de limón con una tapa de calamares. Y he visto películas de Burt Lancaster, Sarita
Montiel o Jorge Mistral y actuaciones musicales de jóvenes aficionados del pueblo, elevados al estrellato rural por el inigualable José Hurtado, nuestro Íñigo particular, pero sin bigotes, en el cine de Vílchez. En el antiguo salón de bodas de
mi suegro, auténtico museo de usos y costumbres del pueblo, por desgracia
convertido hoy en almacén de recuerdos rancios, se conservan aún varios
talonarios descoloridos de las entradas al cine, a peseta la entrada. Ver la
película Aníbal, prohibida por el párroco en el cancel de la
iglesia con un rótulo de 3R, rosa con reparos", y enterarse el cura por
algún chivatazo, supuso para mí un retroceso de al menos un año en la estima de aquél en
comparación con los otros monaguillos de mi promoción. Se lo cuento a mi
perrita y mueve el rabo con una energía inusual, como con rabia en completa
desaprobación con tal injusticia. La misma plaza en la que los chaveas comprábamos pipas en el kiosko de La Chica o golosinas más delicadas, los días de agosto, en el de Luís El Turronero, y corríamos detrás del coche de don José Carreira cuando venía al Convento o del
de Cristóbal "El Maquinista", un paisano que se había hecho millonario haciendo
pisos en Sevilla. La misma plaza donde resiste un Convento ya desvencijado por
los años y el poco mantenimiento, y donde aprendimos de las monjitas las
primeras letras, los primeros cánticos a la Virgen y los primeros castigos en
la "salita de las ratas". El mismo Convento que vio morir a mi
hermana Josefa, inquilina del mismo, con sólo cincuenta y dos años.
No quiero abandonar la plaza sin echar un
vistazo, aunque sea desde lejos a tres casas que poseen un significado muy
especial para mí. Una es la casa donde vivió don Lorenzo, el cura párroco del
pueblo en sus últimos años. Casa grande y hermosa, aunque quizás algo
destartalada en la distribución de sus muchas estancias. Era fácil perderse en
ella cuando buscaba el dormitorio del sacerdote para consolarlo de su mal. Fue
don Lorenzo un valiente afrontando su cáncer de páncreas. Aguantó sin sedantes
mucho más de lo que la prudencia y el consejo médico indicaban. Me queda, no
obstante, la buena conciencia de haberle ayudado todo lo que pude como médico y
como amigo. Otra casa es la de Miguel "La Garbosa", una
tienda de las que ya no quedan en el pueblo, una tienda donde había de todo lo
que no fuera alimentación, con su amplio mostrador de madera raída y sus
estanterías repletas de todo tipo de género. Fue Miguel un hombre abierto
y afable con todo el mundo. Lo más característico de sus facciones, creo yo,
eran sus cejas de alero, tan pobladas y frondosas que se las peinaba para
arriba. Fue Miguel, junto al otro Miguel, el de la Trini, de las primeras
personas en el pueblo que intuyó la estrecha relación que se nos avecinaba a la
Peque y a mí. "Aquí va a haber tema muy pronto", nos decía
sonriente. Y la última es La Tienda Nueva, en los Cuatro Cantillos, un negocio familiar, el primer gran almacén de ropa que vistió a todo un pueblo con una incipiente modernidad en las prendas, con un servicio de vendedores (Natividad y sus cuatro hijos) con un talento innato para el oficio, y cobrando de fiao al término de las temporadas agrícolas. Tienda, además, con un gran escalón en la entrada que servía de asiento para mi abuelo Manolo y sus vecinos cuando, tomando el sol, departían de las veleidades del tiempo.
Rodeando ahora por el callejón de los
muertos, una tufarada dulzona a humo de chimenea me devuelve a la casa
común de los aceituneros, en La Capilla, donde las mujeres tendían la ropa en
los días de lluvia y donde muchachos y muchachas hacíamos guateques nocturnos a
los sones de un transistor de Cristóbal El Mauro y al calor de
una chimenea de llamas inagotables, como la zarza ardiente de Moisés. En
aquella cocinilla, cuyo aroma a humo de olivo nos impregnaba durante toda la
temporada de aceitunas, Agundo y El Gorri se las tenían tiesas por bailar agarrao con Mari Carmen, la maciza niñera de los nietos de los señoritos y, además, se cocinaron más de cuatro noviazgos de aquéllos de
entonces, de los de para toda la vida. Mi hermana y mi cuñado, por ejemplo. Mi amistad con Agundo, sin embargo, venía de mucho más atrás, de cuando no éramos más que niños zarrapastrosos en la calle Sol, adalides del desaliño y líderes de la pandilla de iguales en las peleas callejeras con aquellas espadas rudimentarias que tejíamos con las tablas de las cajas del pescado.
Las Eras Altas, la calle más hermosa del
pueblo, nos recibe con un silencio abrumador. Y uno piensa en aquel tiempo
lejano en que esta calle era tan animada, pista kilométrica para el paseo
sosegado de las parejitas que se alejaban de la plaza para evitar la censura implacable
de don Juan González, el párroco inquisidor. Y, sobre
todo, la calle de El Hogar Parroquial, convertido más tarde
en Teleclub, epicentro del ocio de los jóvenes de entonces, con una
sala de juegos en la planta baja, un campito de baloncesto en el patio y dos
amplias salas en la planta primera, una para los guateques y otra para la
televisión. Tengo para mí que el Teleclub y las camarillas del bar de La
Chorro, otro sitio emblemático, han sido los escenarios más picantes y
amorosos que hubo en el pueblo en aquellos años. Y calle pintiparada
para los feriantes. Un 29 de junio de no me acuerdo qué año, día de san Pedro,
me tocó rescatar de los columpios gigantes que allí se instalaban a mi hermana
Josefa, que se resistía a mi empeño, sin importarle el tormentazo que estaba
cayendo. Cercanos ya a la Esquina Rute, se escuchan susurros y
risas en algunas casas, como si niños y adultos encerrados por el mal tiempo
jugasen al parchís o al cinquillo. Ni me acuerdo desde cuándo mis nietos ya no
juegan a la Oca. Ahora juegan al impostor, un juego de móviles o a montar
edificios de legos.
La Esquina Rute era el sitio de nuestras
quedadas para ir al río en plena hora de la siesta. El empedrado ardiente de
las calles arrugaba de calor nuestras sandalias de goma. Hasta allí, y aún hasta las mismas Peñolillas, era capaz de llegar Frasquita La Chatilla,
para impedir que su nieto El Chato bajara con nosotros. Había que ir en pandilla, nadie se atrevía a bajar solo al río por miedo a los entripaores,
unos seres imaginarios, inventados por nuestras abuelas, que acechaban a los
niños solitarios para destriparlos. Aunque hoy parezca algo inexplicable, los
miedos y las supersticiones hicieron que algunos muchachos, entre los que me
incluía, procuráramos no entrar en la calle Pendencia ni en la
calle Gracia, como si se tratara de sitios apestados, donde podrían
guarecerse los entripaores.
(Continuará).