martes, 26 de mayo de 2026

El sendero del antiguo tranvía

Hay cosas en la vida de las que uno gusta de repetir una y otra vez y otra y todas las que hagan falta: la tortilla de papas (sin cebolla), los huevos rotos con jamón, una velada tranquila en casa de unos amigos, una siesta fugaz de baba caída, los besos primerizos de los novios de antes con sabor a torrija caramelizada, la noticia inesperada de un nuevo embarazo de tu hija... Y no es la menor de esas cosas irrenunciables en su repetición el paseo sosegado por el sendero del antiguo tranvía desde Guéjar Sierra hasta el Barranco de San Juan. Dicho queda.

Creo también que mi parte está más que cumplida: lo he disfrutado en cinco ocasiones. Y las que me queden. Esta vez he realizado el trayecto con un grupo de mi pueblo de la Asociación Elislón, treinta criaturas disfrutonas del agua y de la naturaleza más primigenia y autóctona, siguiendo a contra mano el curso de un Genil niño, revoltoso y travieso.

Le está bien empleado su primer arresto en el pantano de Canales, porque hasta entrar en esta prisión el Genil es enteramente un río pirenaico, un río nivo pluvial se le llama en el argot geográfico, esto es, que se alimenta del deshielo y de las lluvias y que en sus primeros tramos baja pálido, espumoso y arrollador, como buldog fiero que persiguiera serpenteante, desesperado y ciego a un intruso que se hubiese colado en su huerta. Un río fotogénico, muy pagado de sí mismo, muy presumido. Un río frío y calculador que no se apiada de los bordes arenosos que sostienen un carril o incluso un pequeño puente más arriba ni agradece la sombra ni la elegancia de los álamos cantores de su ribera obligados a medir la distancia de la orilla si no quieren servir de pasarela colgante o yacer inánimes en un costado de aquélla. Un río bravo. Quizá también, un río envidioso del esplendor del entorno que lo rodea y deseoso de ser el único protagonista de toda la belleza: "yo soy el rey de esta selva. No hay foto, video ni selfie que se precie en el que yo no figure como estrella principal". Bien arrestado en el rincón del pensar.

Se equivoca el río presuntuoso, como lo hace la persona engreída que mira por encima del hombro a sus cercanos. El río parece quejarse con su empuje y su fuerza de ser el sustento de tanta vida regalada y holgazana, pasando por alto que él mismo nada sería sin la nieve de la montaña y sin el sol que la derrite. Todos somos necesarios en esta nuestra tierra, so Trump, que te crees el Trump de Sierra Nevada.

El sendero, mucho menos presumido, le sigue al río la corriente, pero a contra mano, como viéndolo venir. No por ello, deja de sorprendernos muy gratamente después de alguna curva cerrada en la que grandes peñascos ocupan el cauce exigiéndole al río saltos y cabriolas de verdadera fantasía. O descubriendo, imprudente, el desnudo integral de alguna parejita ansiosa por darse el primer baño. Pero lo suyo, lo propio del sendero, es la fronda exuberante de un verdor insultante y el paisanaje que lo pisa. 

Dos árboles dominan con diferencia los bordes del camino: la higuera y el almez. Dos árboles de un significado muy especial para quien esto escribe. La higuera me devuelve a la huerta de La Capilla, a una higuera enorme en la entrada donde no sólo me empachaba de brevas, sino que también nos surtía a mi cuñado Frasco y a mí mismo de gorriones durmientes capturados con nocturnidad y linternas bajo sus ramas. Y el almez, árbol majestuoso y ceremonial, me evoca mis tiempos de Hornachuelos y las  almezas como diminutas golosinas con que los seminaristas complementábamos el exiguo postre de higos secos. En esta ocasión, ni una ni otro, ni higuera ni almez, tenían sus frutos a tiempo.

Otra cosa más divertida es el paisanaje. Cuidar las relaciones entre personas cara a cara en un mundo de cibernética y pantallas es un reto formidable, pero, además, super agradecido. Sin duda, una de las virtudes de estas excursiones lisloneras es esta de poder conversar durante horas con personas de verdad y mirándose de frente. O de lado. Y los móviles, en los petates. Gente conocida, sí, pero no acostumbrada. Con la Peque y sus hermanas no puedo contar, porque se esfuman de mi lado y ponen un turbo inalcanzable para mis ajadas rodillas ¿Cuánto tiempo hacía que yo no hablaba con Felipe Rosua? Ni me acuerdo. Hace al menos un año coincidimos en la calle y charlamos unos minutos por un problema médico, pero nada más. Pues hoy nos hemos desquitado. Todo el camino de vuelta dale que te pego a la sin hueso. Él más que yo, la verdad, y eso que es hombre de escasa facundia. En una hora hemos despachado todo lo fructífero que fue para nuestro pueblo el emergente turismo de la Costa del Sol en aquellos años en que tantos jóvenes del pueblo, como él mismo, volaron hacia sus playas. ¿Y con José "Conejo"? Lo mismo. Vive en las afueras y no coincido nunca con él en mis callejeos vespertinos. Pues, nada. Nos pusimos al día de su corazón y de mis pedruscos renales. A MariMeli no la veo desde el entierro de su hermano, fíjate si hace tiempo, y ayer, ebria de tantas emociones visuales, me confesó en un aparte el idilio reciente de su marido para con sus cuatro fanegas de olivos. Con una de las hermanas Mármol tuve una trifulca amistosa porque me disputaba el nombre del almez, confundiéndolo con una morera... 

Bueno... Lo del restaurante "La Fabriquilla", posada y fonda de gente reventada y polvorienta, es un fueraaparte. Excelente tanto la calidad de los manjares como el servicio. Nos pareció milagroso un servicio tan rápido y ordenado en unas terrazas a tente bonete. ¡Ay, las terracitas! perdición de mi cuñada Conchi y de Ani Mármol. Incluso el precio nos pareció bien ajustado al disfrute que nos proporcionaron. Y eso que nuestro amable camarero no quiso darme la receta de la torrija. "Es secreto de estado".

Una jornada campestre muy bien aprovechada. Para repetir. 

viernes, 22 de mayo de 2026

Sueño de una noche de primavera

Esta noche pasada he soñado con el seminario. Y he tenido un despertar alegre. 

Bueno..., la verdad es que mis despertares suelen ser divertidos: a las 7,30 horas, antes del alba y con la puntualidad de un reloj suizo, mi perrita Pelu lame mi mano caída sobre el costado de la cama. Si no respondo o me hago el dormido, me araña como diciéndome venga parriba, que es la hora. Luego se sienta en su camastro de cojines viejos para observar, muy atenta, mis gimnasias matutinas en el lecho: levanto tiesa una pierna varias veces; luego, la otra; una serie de abdominales levantando el tronco con las piernas extendidas; brazos arriba y luego en cruz... Igualito que hacía mi padre. A la Peque, sin embargo, no le hacen tanta gracia estas piruetas madrugadoras. "No eres más tonto porque no entrenas", y da un salto para irse al baño.

Pero esta mañana me hubiese gustado alargar un poco más el despertar para vivir, otra vez, el final de la película que estaba soñando. 

Sueño casi a diario con cosas de mi hospital, claro, es lo más reciente. Me pregunto por qué soñamos siempre con asuntos del pasado y no con otros por llegar. Tal vez los sueños no posean otro significado que el de intentar corregir o finiquitar algún conflicto mal resuelto de nuestra vida. No lo sé. Un sueño bastante recurrente es que me he reenganchado a trabajar y que estoy de guardia. Mucho más ahora con el asunto éste de la huelga de médicos y la reprobación de las guardias. Tiene  mucho sentido en mi caso particular, porque yo nunca esperaba haberme jubilado tan pronto, yo hubiese prorrogado hasta que me echaran. Y tuve que abandonar por mor de mi corazón tan afligido. En estos sueños lo paso mal porque vivo esa experiencia onírica muy cercana y muy real y me veo muy torpe y desacostumbrado para coger una vía central o hacer una punción lumbar... Y me despierto aliviado por haber salido de esa situación tan estresante. A veces, estando despierto y con total lucidez, me asaltan dudas sobre si, en realidad, alguna vez me he reenganchado al trabajo. De tantas veces como lo he soñado.

Pero esta vez, no. La noche pasada he soñado con cosas alegres del seminario. Hacía tiempo que no me pasaba, ¡hace ya tantos años...! Mientras me desperezaba, me he sorprendido a mí mismo canturreando una canción piadosa de aquéllas que le cantábamos a nuestra Señora de Los Ángeles: "Estrella de los mares (bis), cuyos reflejos (bis), en mis ojos de niño, resplandecieron, resplandecieron... ¿Te acuerdas, maadre? (bis), postrado ante tu imagen, recé la Salve, recé la Salve..."  Y con ésa, fui ensartando otras parecidas, y eso me hizo caer en la cuenta de mi sueño: recordaba de pronto esas canciones porque las había estado cantando en sueños. Y resulta muy curioso cómo en sueños, mucho mejor que en la vigilia ruidosa, uno puede recomponer el puzzle de todas las estrofas de una melodía largamente olvidada. 

El sueño consistió en que declinaba el curso de Preu en el seminario de San Pelagio, en Córdoba, allá por junio de 1971. Éramos veinte seminaristas sobrevivientes de los ciento y pico que habíamos ingresado en Los Ángeles en 1964. Teníamos dieciocho años y había que decidir qué hacer para el curso próximo, si proseguir nuestra vocación estudiando teología en Sevilla o si abandonar el seminario. Llevábamos dos años en Córdoba, habíamos conocido y penetrado en el mundo exterior, en la sociedad civil; habíamos compartido, clase, materias y profesorado con estudiantes legos en el instituto Séneca... Nos habíamos despojado de aquella imagen de bichos raros con que nos trataban los muchachos de Hornachuelos cuando visitábamos el pueblo vestidos con sotana y roquete, los "alúas", nos llamaban, todo de negro y con las alas blancas. Teníamos el Preu aprobado y toda la vida por delante. Ese era el contexto. Ahora llega el sueño de verdad.

Al final de la misa del último día del curso todos los seminaristas a coro nos despedimos de nuestra Virgen cantando el "Madre querida, adiós; reina adorada, adiós; dame Madre tu bendición". Veo a muchos de los nuestros, los de mi curso, que ya no regresarán; será para ellos la última vez que canten esta plegaria: Beteta, Jurado, Antonio Roldán, Pedro Calle, Carrillo... Y me veo luego en mi dormitorio conspirando con mis amigos dubitativos, que si sí, que si no, la ventana abierta de par en par en una mañana calurosa de junio dando, en la acera de enfrente, a la clase de unas jovencitas estudiantes de secretariado, sus ropas ligeras, sus risas, sus mohines provocativos sabiéndonos seminaristas y, por tanto, inofensivos... "Yo pienso seguir", dije intentando mostrar un aplomo ficticio. Los demás, más pendientes de las chicas, parecían como ajenos al asunto que traíamos entre manos. En esto que, las cosas que tienen los sueños de mezcolanza de recuerdos y personas, se entrometen en mi cuarto mi abuela Josefa y la Peque, por entonces la Toñi Villalba, una muchacha de una pandilla distinta de la mía, con la que apenas yo había tenido relación alguna. ¿Qué puñetas hacen aquí estas dos? Mi abuela, el ángel de la guarda: "Niño, tú di que sigues, que mi trabajito de rosarios y misas pagadas me ha costado llegar hasta aquí". La Toñi, el ángel travieso y picarón: "Sema, tú verás lo que haces. Sólo te digo que si sigues en el seminario te vas a perder el planazo de verano que nos espera..." En un momento indeterminado del sueño, salta El Luna, el gran conciliador: "mirad muchachos, todos estamos dudosos, esa es la verdad. Yo propongo que sigamos, que no tomemos una determinación tan seria a la carrera. Va a ser para nosotros una experiencia muy interesante el inaugurar el centro de estudios teológicos en Sevilla. Estamos el curso que viene, y ya veremos luego, según cómo nos haya ido. ¿Os parece?"

Y entonces fue cuando mi perrita empezó a rauñarme la mano...

Pero, vaya, que el resto ya lo conocéis. Hicimos bien en seguir. Nuestra experiencia en Sevilla fue muy provechosa para todos, tanto en el plano espiritual como en el académico. Y sobre todo porque allí conocimos a unos curas extraordinarios bajo cuya influencia, doctrina y ejemplo, tomamos verdadera conciencia del sentido evangélico de nuestras vidas. Y, a pesar de ello, sólo uno de los nuestros cantó misa. Pero, bueno, los demás hemos sido buena gente que ha hecho de su profesión un ejercicio de sacerdocio seglar.

lunes, 18 de mayo de 2026

¡Nos mudamos a Teba!

Está claro que la Peque y un servidor no sabemos votar. Nunca hemos sabido. Históricamente, nuestras papeletas han ido a parar al saco de los perdedores, un saco con la arpilla rota por donde se desangran los votos. Nunca hemos votado por los partidos dominantes, por los favoritos en las apuestas. Siempre, por aquéllos otros minoritarios de una izquierda cargada de ilusión y esperanza. Por corceles jóvenes y briosos, pero, a la postre, caballos perdedores.

Ahora, en estas recientes elecciones autonómicas, la cosa no iba a ser distinta. 

Podríamos haber votado a María Jesús Montero, más que por ella, soberbia y de una altivez provocadora, por su jefe, el tal Sánchez, el presidente del gobierno más vituperado de nuestra democracia, que ha tenido que lidiar con todas las catástrofes que uno pueda imaginar, desde la pandemia hasta los incendios forestales; desde la DANA hasta los trenes de Adamuz; desde el Hantavirus hasta el órdago valiente ante las tropelías de Trump. Por desgracia, el antisanchismo se ha convertido en la nueva religión de muchos de nuestros conciudadanos conservadores. Y a nosotros, a la Peque y a mí, como supongo que a muchas otras personas, nos da lástima que una persona sea la diana del odio de tanta gente. Nunca jamás hemos odiado a ningún anterior presidente. Hemos criticado con dureza las perversiones de Aznar o nos hemos reído de las meteduras de pata de Rajoy o escandalizado de las excentricidades de Ayuso, pero de ahí no hemos pasado. La gente de derechas, por su parte, ha sido muy dura con Zapatero, pero no creo que se haya llegado al odio con él. Sin embargo, el odio que profesa el antisanchismo nos parece totalmente desproporcionado, nos asusta.

Pero, no. Hemos vuelto a votar a los nuestros. La querencia. Es muy posible que en la actualidad, las ideologías sean las creencias de la modernidad. Arrimadas las religiones solamente a sacristías, procesiones y romerías, las criaturas descreídas hemos abrazado la nueva fe de las ideologías, porque tenemos necesidad de creer. Creer en algo superior, en algo que trascienda lo puramente material. Y lo hemos sublimado en la filantropía, la justicia social y el cuidado de la Madre Naturaleza. Esta es nuestra religión y tiene también sus Mandamientos: los Derechos Humanos.

Pero a la vista está que eso no mola entre la gente, esas cosas son para los debates y las discusiones entre entendidos y politólogos. Por difícil que nos pueda parecer, a las personas de a pie no parece interesarnos el día a día, la carestía de la cesta de la compra, los precios desorbitados de viviendas, el deterioro palpable de los servicios públicos, la enorme desigualdad social y económica, los problemas de los pequeños autónomos... cuestiones, todas ellas dependientes de los distintos gobiernos autonómicos, la mayoría de ellos, gestionados por el partido que gana las elecciones. No se castiga al gobierno de esa autonomía, no. Se señala al sanchismo como el origen de todos los males. Muchos votantes valoran más cuestiones relacionadas con la simbología y soberanía patria, la prioridad nacional y la inmigración ilegal.

Es lo que hay. El pueblo soberano así lo ha decidido. 

-Peque, cuando quieras nos mudamos a Teba.

-¿Y por qué a Teba? -me responde sorprendida.

-Porque allí han ganado los nuestros, los del Maíllo.


Que nunca nos falte el humor.  

lunes, 23 de febrero de 2026

LA HUELGA

El hospital, viernes, último día de esta primera semana de huelga, funciona a medio gas. Las consultas externas, habitualmente abarrotadas de una caterva multicultural y multirracial, y transitadas a toda prisa por los rastrillazos de auxiliares y enfermeras, están hoy medio exánimes y tan huecas, que permiten escuchar tus propios pasos. Como suponemos que la intervención de la Peque, aunque menor, irá para largo, mi hermano y yo subimos a la planta de medicina interna, a bichear el ambiente. Me cuela en la sala de trabajo y me presenta a sus compañeros internistas. Es una sala amplia y luminosa, muy bien dotada de mesas, sillones, ordenadores, documentos y avíos necesarios para el trabajo de diez personas, con unas vistas espléndidas a dos mares, el uno, de plásticos; y más allá, el otro, el Mediterráneo.

En la planta la huelga se nota mucho menos. Casi nada. Trabajan cinco internistas fijos (dos de mínimos y tres de guardia) más aquéllos que ese día no hacen huelga, para repartirse los pacientes que necesitan ser vistos cada día. No hay agobios, me dicen. Los dejo ya que sigan trabajando y me bajo solo a la sala de espera, que ya estará la Peque al salir del quirófano.  

Veo cartelitos pegados en las paredes de los pasillos. Son panfletos muy escuetos, en media cuartilla, donde se expresan a la manera lapidaria frases y sentencias cortas relativas a la huelga médica: "La vocación no justifica la explotación". "No hacemos huelga por nosotros, sino por vosotros". "Un médico cansado se equivoca más. No a las guardias de 24 horas". "11 años de preparación, máxima responsabilidad, nula representación..." Y en el ángulo inferior derecho, un anagrama del código de barras solicitando a la gente su apoyo. Naturalmente, nadie se para a leerlos, bastante tiene cada uno con lo suyo. 

Seis personas ocupamos un habitáculo espacioso, cuatro mujeres y dos hombres, cada una bien acomodada en sillones confortables y cada una absorta, no ya en sus propios pensamientos, sino en la pantallita del móvil. No hace tanto la gente leía libros en las salas de espera, era algo más discontinuo, permitía a las personas salirse un rato de la lectura y charlar. Ahora, no. Ahora todo es el móvil. Algo tan propio de este tiempo nuevo, me resulta, sin embargo, muy reprobable: que incluso nosotros, andaluces, otrora dicharacheros hasta lo escandaloso, hayamos caído en esa trampa del aislamiento social, tan contrario a nuestra idiosincrasia, y embobados por una pantalla que imanta nuestros ojos para introducirnos en un mundo paralelo y obviar lo que tenemos delante. 

Quiso el destino afortunado que, en un momento determinado, una mujer mayor y su hija entrasen equivocadas en nuestra sala y saliesen luego protestando porque "con esto de la huelga, nadie te atiende. Nos dicen que no hay que faltar a los médicos, pero es que hay veces que no tienes más remedio que faltarles, por que vaya, vaya..."   

Y aprovechando la marea favorable del desenchufe efímero del personal con su móvil, me dirijo a la mujer que tenía en frente.

¿Qué le parece a usted, en fin, a todos ustedes, este asunto de la huelga de médicos? 

Supongo que nadie de los presentes esperaría una pregunta así, ni siquiera una chica joven sentada a mi lado. Una pausa eterna, y yo pensando en por qué soy tan entrometido. Al fin, la mujer me responde.

Tendrán sus motivos, no lo discuto, pero que al final somos nosotros los que pagamos el pato. Como en todo.

Y se arranca la chica joven para contrarrestar el argumento anterior.

Sin embargo, estamos aquí, nuestros familiares se están operando de cosas que no son urgentes y que podrían haberse pospuesto para más adelante. Eso es algo de agradecer ¿no os parece?

Y yo, metiendo cizaña; no tengo apaño:

A lo mejor operan en la huelga solamente a los recomendados ¿no?

Pues por nosotros no será. Nosotros no conocemos a nadie dice el hombre.

Ni por nosotros asienten los demás.

¿Habéis leído los cartelitos pegados en las paredes para que apoyemos todos a los médicos? sigo yo incordiando.

Eso no sirve pa ná salta otra de las mujeres. Y de nuevo, silencio en la sala, cada cual a su pantalla.

Y siento pena de que, por los motivos que fueren, los médicos no consigamos llegar a la fibra emotiva de las personas, de los ciudadanos de a pie, precisamente de aquéllos que más se benefician de nuestros servicios. Algo no hemos hecho bien los médicos cuando todavía los ciudadanos, en general, nos consideran casta privilegiada en vez de currantes maltratados por la administración sanitaria.

martes, 10 de febrero de 2026

Sentir mono del campo

Yo creía que era cosa mía exclusiva, una de mis manías: salir al campo en solitario. No necesariamente al saludable ejercicio del senderismo en grupo, sino simplemente salir de tu casa y respirar el aire limpio del campo, hacerte una misma cosa con la naturaleza, hablarle a los árboles y a los pajarillos sin más estorbo que el susurro del aire entre olivos y pinos. Me hice a esa rutina en el seminario de Hornachuelos algunas tardes de jueves y domingos en que, echando pies, ninguno de los capitanes me cogiera para los equipos de fútbol. Y me aislaba por aquellos cerros, yo solo, para que nadie notara mi cabreo. Y así me desahogaba.

En los lejanos días en que ha hecho bueno (ya ni me acuerdo), mi campo de golf de Antequera ha cubierto con creces mis aspiraciones naturalistas, puesto que además de subir cuestas, bajar pendientes y ponerme como un ecce homo (como un seomo, decían nuestras abuelasbuscando pelotas perdidas entre la fronda, añade el estímulo del juego, un juego perfeccionista que exige el máximo de concentración. Y ahora, cuando el tiempo inmisericorde no me permite jugar allí, me alargo en coche a la pradera de San Isidro, toda ella para mí solo, una isla boscosa en un mar de olivos, un decorado natural de vegetación alfombrada de un verde insultante, una reserva de conejos juguetones tachonada de madrigueras, un humedal joven bautizado por tanta borrasca, un laberinto arbóreo donde ensayo golpes imposibles procurando que mi bola esquive las ramas, o si acaso, sólo las acaricie, y que no aterrice en ningún charco. Tan ensimismado, que ni noto la insolencia de los humos fabriles.

Pero he visto que no, que no soy el único amante de la soledad campestre. Cristóbal "El Conejo" sale cada mañana y trastea por los aledaños del río, incluso en días de alerta amarilla, con su chubasquero y su paraguas. Este es otro heredero de sus usos de niño cuando acompañaba a su padre, guarda forestal, por el mundo Dios. De casta le viene al galgo. Y de esta manera, es el referente a quien hay que preguntar por el nombre y la ubicación de cualquier sitio, cortijo o estacá de nuestro término. Manuel Gámez, el de "Andreíta", es un trotamundos de nuestros campos. Siempre en solitario, se tira toda la mañana andurreando a paso largo, como dicen que caminaba "Berna", un paisano que en una hora se ponía en Badolatosa. Mi hermano Manolo, otro que tal baila, rememora cada día la antigua costumbre de nuestros primeros moradores que salían de madrugada al campo en busca del alba. Antonio Zamora, un sevillano reconvertido en palencianero, está colado por nuestros parajes ribereños a los que ya conoce mejor que muchos paisanos...

Volviendo ayer a mediodía desde la pradera, antes de llegar a la cuesta de la Grea, veo un coche en la cuneta y a su vera, Juanillo Aguilera. Creyendo yo que podría necesitar ayuda por avería o alguna otra cosa, me paré detrás suya a preguntarle. Para mi forma de entender la vida social, es ésta una de las ventajas que tiene el vivir en el pueblo, que de cuarenta para arriba todos nos conocemos, por amistad antigua, por vecindad o por familia: salir a la calle, sólo por salir, sin otro objetivo que distraer la mente y saludar y charlar con la primera persona que te encuentres.

No. No me pasa ná se ríe Juanillo.

Pero... ¿Qué haces aquí parado? le insisto. 

Te lo voy a confesar, porque eres tú, pero no te vayas a reír ¡eh!

Venga, no me río.

Pues, mira, que con tantos días de agua sin poder salir de casa..., estoy que me los toco, ¡joer ya con tanta agua; que tengo mono del campo ¿Qué quieres que te diga? Y he salido hoy sólo para eso, para ver el sol y oler el campo. 

—¿Cómo quieres que me ría si yo mismo hago eso cada día, llueva o truene? Pues claro que sí, hombre. Si es que es lo nuestro ¿no verdad?

Y enseguida, otra vez al coche, porque las nubes, ofendidas por nuestra queja, volvieron a llorar a cántaros.


sábado, 7 de febrero de 2026

Hoy he visto a mi madre.

¡Qué difícil se me hace escribir de mi madre! La tengo en tan elevado pedestal que el simple hecho de bajarla al papel y exponerla ante extraños se me antoja un desaire, una grosería. A mi padre, sin embargo, lo nombro cada dos por tres. ¿A quién quieres más a tu papa o a tu mama? Era la pregunta repetida y cansina que nos hacían las visitas, cualquier visita, a los niños de entonces. A los dos igual, era la respuesta adecuada, la correcta. Y posiblemente fuese verdad, pero... Como que no, como que era de mentirijilla. Y que conste que yo, de niño, quería más a mi padre, porque era hombre muy niñero y cariñoso y porque sólo lo veía un día en semana, los jueves, que venía del cortijo a cambiarse de ropa y nos traía, a mi hermana Josefa y a mí, ciruelas despachurradas o carne membrillo emborrizada de migajas en lo hondo de su capacha. A mi madre, por contra, la tenía todo el santo día detrás con la alpargata cargada.

Pero luego, uno va creciendo y a la luz de las velas que el tiempo va instalando en nuestro pensamiento te das cuenta de la valía, la entrega y, en definitiva, el amor de una madre. Y, ciertamente, es complicado ponerte a escribir de ella sin que la emoción te traicione hasta el punto de confundir las letras del tecadlo. Teclado, quise poner.

Esta mañana la he visto. He visto a mi madre después de 31 años muerta. La he visto en el cortijo. La he visto en la puerta de nuestra casa de La Capilla. Se veía borrosa por mor de la llovizna que enturbia la luna del coche, pero no hay duda: era ella. No se inmutó al mirarme, como si tal cosa, como si nos hubiésemos visto ayer mismo. Ni se extrañó de mi coche nuevo, un coche de señorito. Se limitó a saludarme con la cabeza. Paré el coche en las mismas puertas del cortijo, ahora cerrado a cal y canto con dos verjas altísimas. Allí estaba ella. Tenía cogida en su costado, a horcajadas, a mi hermana Carmen, con dos añitos, y charlaba animadamente con Frasquita la del "Mocito" y con Rosario Bueno "La Maúra".

En ocasiones como ésta, me gustaría mucho que, de verdad, existiera el cielo y poder recrearme en la idea de que esta misma escena se estuviese desarrollando, en ese mismo instante, allá arriba (pero sin mi Carmen, claro). Y seguro que se les hubiera arrimado también mi hermana Josefa.

Es lo que tiene un gran cortijo cerrado, sin criaturas, que, habiendo sido hogar de tantas familias, un cuartel general, un pueblo en pequeño, no está acostumbrado a una soledad que le ha de parecer aterradora. Y, tal vez, para compensar tal tristeza, los fantasmas de sus antiguos inquilinos se han hecho cargo del mismo. Es la mejor explicación que le encuentro.

Es también lo que tiene haber sido testigo de tantas vivencias en el cortijo, que ahora, en visita privada y oprimido el pecho por tanto abandono, se te amontonan en la memoria emocional y se proyectan ante tu vista, tan reales como cuando te metes de lleno en una película y te parece realidad lo que sólo es fantasía.

Con lluvia inclemente y todo, ha valido la pena dar hoy un garbeo por el cortijo.



martes, 3 de febrero de 2026

Sanitarios de la pública: la verdadera joya

No creo que exista un escenario "amigo" que suscite más inquietud e indefensión para cualquiera que verse tumbado en la camilla del quirófano. A expensas de lo que otros quieran hacer contigo. En las bastantes ocasiones en que me he visto en tal tesitura, he procurado poner en práctica la actitud que cuentan que adoptó José Saramago en la sala de cateterismo del Mount Sinaí, en Nueva York: abandonarse, evadirse, entregarse. Un acto de fe. Sí, tal vez sea lo mejor: confiarse.

Reconozcamos todos, sin embargo, que no es tarea sencilla, y mucho menos, para un médico tan cagueta como servidor. En esta ocasión va a ser una colonoscopia con sedación.

Por mi pie, y en pelota picada (salvo los calcetines hasta las rodillas, mire usted señorita que es que yo soy muy friolero), he llegado hasta la sala, cubierta mi delantera por una bata abierta por detrás, y mis espaldas por una sábana que gentilmente lleva extendida la auxiliar de clínica detrás de mí para preservar mi ajada intimidad trasera de la vista condescendiente del personal.

Tumbado boca arriba, sin querer, se me va la mirada hacia la pantalla del monitor: saturación de oxígeno y frecuencia cardiaca, perfectos. Pero observo con cierta zozobra una tensión arterial de 160/80. Son los nervios, respira hondo, intento tranquilizarme. Enseguida, otra vez siento hincharse en mi brazo el manguito de la tensión: 153/70. Bueno, vamos mejorando.

¡No mire usted la pantalla y piense en cosas bonitas, hombre...! me regaña, amable, la enfermera. Los médicos sois los peores, ¡hay que ver...!

Se me viene entonces  a la cabeza el día en que mis nietos me acompañaron a una partida de golf y lo que disfrutaron conduciendo el buggy, pero enseguida otro asunto mucho más sugerente reemplaza ese pensamiento. Médica y enfermera se disponen a prepararme y colocan todos sus arreos (rollo de esparadrapo, bolsa del suero, guantes, ampollas de Propofol... sobre mi bata. Bien podrían haber caído todos encima de mi pecho, digo yo. Pues no. Todos, justo encima de mi nido con su pajarito acurrucao en su lecho de castañas. Y al echar mano de lo que van necesitando, necesariamente molestan, una y otra vez, al animalito inocente. Años atrás, hubiera habido aquí un escándalo mayúsculo cuando el pájaro se hubiese desperezado con tanto manoseo y desparramado todo el material. Muchos años atrás. Ahora, ni se ha enterado. Bueno..., algo sí, porque me entregué a esa fantasía erótica y dejé de mirar la pantalla hasta que la vista se me nubló. "Ahora le va a entrar sueño, no se apure..."

Ea, a despertarse tocan escucho a la enfermera sonriendo junto a la camilla. Todo ha ido muy bien.

Y la médica, a continuación, me explica que ha extirpado dos pólipos minúsculos sin ninguna importancia. Y que ya la próxima, en cinco años.

Y yo, medio achispado por los restos del Propofol:

Con vosotras dos vengo encantado, so bonitas.

Bromas aparte, esta es la sanidad que nunca podemos permitirnos perder. Seguimos teniendo los mejores profesionales sanitarios, los más vocacionales y entregados. La médica y la enfermera que me han atendido realizarán esta tarde 14 endoscopias, desde las 15 horas hasta las 22 horas. Y cobrarán por ello unos 300 euros la doctora y 150 la enfermera, 21 euros por paciente para una y 11 euros para la otra, una miseria comparado con lo que podrían embolsarse haciendo lo mismo en la privada. Pero les gusta su hospital, sus compañeros, sus gentes y viven su oficio con una visión que trasciende lo puramente material. Y, como ellas, tantísimos otros profesionales de la salud, a punto ya de la quemazón. Os costará aceptarlo, pero yo os digo que esta gente existe y que ojalá perdure para siempre esa estirpe de personas, no por anónimas, menos necesarias.

Y es nuestro deber apoyarlos, aunque sólo sea por egoísmo, por nuestro propio interés, porque sin ellos, se nos acaba el chollo. Una colonoscopia cuesta una media de 500 euros en la sanidad privada. Para las personas mayores de 65 años, cualquier seguro privado cuesta 250 euros mensuales, pero pagando aparte una cuota por cada intervención o consulta. A ver quién puede costear eso.

Ahora, por fin, los médicos parecen unidos en una huelga justa y necesaria. Y no es por dinero, sino por defender mejoras imprescindibles en su trabajo, mejoras que alentarán su dedicación más aún, si es que ello fuera posible, y que redundarán en un mejor servicio a nosotros, sus conciudadanos. 

¡Viva la Sanidad Pública!!