lunes, 18 de mayo de 2026

¡Nos mudamos a Teba!

Está claro que la Peque y un servidor no sabemos votar. Nunca hemos sabido. Históricamente, nuestras papeletas han ido a parar al saco de los perdedores, un saco con la arpilla rota por donde se desangran los votos. Nunca hemos votado por los partidos dominantes, por los favoritos en las apuestas. Siempre, por aquéllos otros minoritarios de una izquierda cargada de ilusión y esperanza. Por corceles jóvenes y briosos, pero, a la postre, caballos perdedores.

Ahora, en estas recientes elecciones autonómicas, la cosa no iba a ser distinta. 

Podríamos haber votado a María Jesús Montero, más que por ella, soberbia y de una altivez provocadora, por su jefe, el tal Sánchez, el presidente del gobierno más vituperado de nuestra democracia, que ha tenido que lidiar con todas las catástrofes que uno pueda imaginar, desde la pandemia hasta los incendios forestales; desde la DANA hasta los trenes de Adamuz; desde el Hantavirus hasta el órdago valiente ante las tropelías de Trump. Por desgracia, el antisanchismo se ha convertido en la nueva religión de muchos de nuestros conciudadanos conservadores. Y a nosotros, a la Peque y a mí, como supongo que a muchas otras personas, nos da lástima que una persona sea la diana del odio de tanta gente. Nunca jamás hemos odiado a ningún anterior presidente. Hemos criticado con dureza las perversiones de Aznar o nos hemos reído de las meteduras de pata de Rajoy o escandalizado de las excentricidades de Ayuso, pero de ahí no hemos pasado. La gente de derechas, por su parte, ha sido muy dura con Zapatero, pero no creo que se haya llegado al odio con él. Sin embargo, el odio que profesa el antisanchismo nos parece totalmente desproporcionado, nos asusta.

Pero, no. Hemos vuelto a votar a los nuestros. La querencia. Es muy posible que en la actualidad, las ideologías sean las creencias de la modernidad. Arrimadas las religiones solamente a sacristías, procesiones y romerías, las criaturas descreídas hemos abrazado la nueva fe de las ideologías, porque tenemos necesidad de creer. Creer en algo superior, en algo que trascienda lo puramente material. Y lo hemos sublimado en la filantropía, la justicia social y el cuidado de la Madre Naturaleza. Esta es nuestra religión y tiene también sus Mandamientos: los Derechos Humanos.

Pero a la vista está que eso no mola entre la gente, esas cosas son para los debates y las discusiones entre entendidos y politólogos. Por difícil que nos pueda parecer, a las personas de a pie no parece interesarnos el día a día, la carestía de la cesta de la compra, los precios desorbitados de viviendas, el deterioro palpable de los servicios públicos, la enorme desigualdad social y económica, los problemas de los pequeños autónomos... cuestiones, todas ellas dependientes de los distintos gobiernos autonómicos, la mayoría de ellos, gestionados por el partido que gana las elecciones. No se castiga al gobierno de esa autonomía, no. Se señala al sanchismo como el origen de todos los males. Muchos votantes valoran más cuestiones relacionadas con la simbología y soberanía patria, la prioridad nacional y la inmigración ilegal.

Es lo que hay. El pueblo soberano así lo ha decidido. 

-Peque, cuando quieras nos mudamos a Teba.

-¿Y por qué a Teba? -me responde sorprendida.

-Porque allí han ganado los nuestros, los del Maíllo.


Que nunca nos falte el humor.  

lunes, 23 de febrero de 2026

LA HUELGA

El hospital, viernes, último día de esta primera semana de huelga, funciona a medio gas. Las consultas externas, habitualmente abarrotadas de una caterva multicultural y multirracial, y transitadas a toda prisa por los rastrillazos de auxiliares y enfermeras, están hoy medio exánimes y tan huecas, que permiten escuchar tus propios pasos. Como suponemos que la intervención de la Peque, aunque menor, irá para largo, mi hermano y yo subimos a la planta de medicina interna, a bichear el ambiente. Me cuela en la sala de trabajo y me presenta a sus compañeros internistas. Es una sala amplia y luminosa, muy bien dotada de mesas, sillones, ordenadores, documentos y avíos necesarios para el trabajo de diez personas, con unas vistas espléndidas a dos mares, el uno, de plásticos; y más allá, el otro, el Mediterráneo.

En la planta la huelga se nota mucho menos. Casi nada. Trabajan cinco internistas fijos (dos de mínimos y tres de guardia) más aquéllos que ese día no hacen huelga, para repartirse los pacientes que necesitan ser vistos cada día. No hay agobios, me dicen. Los dejo ya que sigan trabajando y me bajo solo a la sala de espera, que ya estará la Peque al salir del quirófano.  

Veo cartelitos pegados en las paredes de los pasillos. Son panfletos muy escuetos, en media cuartilla, donde se expresan a la manera lapidaria frases y sentencias cortas relativas a la huelga médica: "La vocación no justifica la explotación". "No hacemos huelga por nosotros, sino por vosotros". "Un médico cansado se equivoca más. No a las guardias de 24 horas". "11 años de preparación, máxima responsabilidad, nula representación..." Y en el ángulo inferior derecho, un anagrama del código de barras solicitando a la gente su apoyo. Naturalmente, nadie se para a leerlos, bastante tiene cada uno con lo suyo. 

Seis personas ocupamos un habitáculo espacioso, cuatro mujeres y dos hombres, cada una bien acomodada en sillones confortables y cada una absorta, no ya en sus propios pensamientos, sino en la pantallita del móvil. No hace tanto la gente leía libros en las salas de espera, era algo más discontinuo, permitía a las personas salirse un rato de la lectura y charlar. Ahora, no. Ahora todo es el móvil. Algo tan propio de este tiempo nuevo, me resulta, sin embargo, muy reprobable: que incluso nosotros, andaluces, otrora dicharacheros hasta lo escandaloso, hayamos caído en esa trampa del aislamiento social, tan contrario a nuestra idiosincrasia, y embobados por una pantalla que imanta nuestros ojos para introducirnos en un mundo paralelo y obviar lo que tenemos delante. 

Quiso el destino afortunado que, en un momento determinado, una mujer mayor y su hija entrasen equivocadas en nuestra sala y saliesen luego protestando porque "con esto de la huelga, nadie te atiende. Nos dicen que no hay que faltar a los médicos, pero es que hay veces que no tienes más remedio que faltarles, por que vaya, vaya..."   

Y aprovechando la marea favorable del desenchufe efímero del personal con su móvil, me dirijo a la mujer que tenía en frente.

¿Qué le parece a usted, en fin, a todos ustedes, este asunto de la huelga de médicos? 

Supongo que nadie de los presentes esperaría una pregunta así, ni siquiera una chica joven sentada a mi lado. Una pausa eterna, y yo pensando en por qué soy tan entrometido. Al fin, la mujer me responde.

Tendrán sus motivos, no lo discuto, pero que al final somos nosotros los que pagamos el pato. Como en todo.

Y se arranca la chica joven para contrarrestar el argumento anterior.

Sin embargo, estamos aquí, nuestros familiares se están operando de cosas que no son urgentes y que podrían haberse pospuesto para más adelante. Eso es algo de agradecer ¿no os parece?

Y yo, metiendo cizaña; no tengo apaño:

A lo mejor operan en la huelga solamente a los recomendados ¿no?

Pues por nosotros no será. Nosotros no conocemos a nadie dice el hombre.

Ni por nosotros asienten los demás.

¿Habéis leído los cartelitos pegados en las paredes para que apoyemos todos a los médicos? sigo yo incordiando.

Eso no sirve pa ná salta otra de las mujeres. Y de nuevo, silencio en la sala, cada cual a su pantalla.

Y siento pena de que, por los motivos que fueren, los médicos no consigamos llegar a la fibra emotiva de las personas, de los ciudadanos de a pie, precisamente de aquéllos que más se benefician de nuestros servicios. Algo no hemos hecho bien los médicos cuando todavía los ciudadanos, en general, nos consideran casta privilegiada en vez de currantes maltratados por la administración sanitaria.

martes, 10 de febrero de 2026

Sentir mono del campo

Yo creía que era cosa mía exclusiva, una de mis manías: salir al campo en solitario. No necesariamente al saludable ejercicio del senderismo en grupo, sino simplemente salir de tu casa y respirar el aire limpio del campo, hacerte una misma cosa con la naturaleza, hablarle a los árboles y a los pajarillos sin más estorbo que el susurro del aire entre olivos y pinos. Me hice a esa rutina en el seminario de Hornachuelos algunas tardes de jueves y domingos en que, echando pies, ninguno de los capitanes me cogiera para los equipos de fútbol. Y me aislaba por aquellos cerros, yo solo, para que nadie notara mi cabreo. Y así me desahogaba.

En los lejanos días en que ha hecho bueno (ya ni me acuerdo), mi campo de golf de Antequera ha cubierto con creces mis aspiraciones naturalistas, puesto que además de subir cuestas, bajar pendientes y ponerme como un ecce homo (como un seomo, decían nuestras abuelasbuscando pelotas perdidas entre la fronda, añade el estímulo del juego, un juego perfeccionista que exige el máximo de concentración. Y ahora, cuando el tiempo inmisericorde no me permite jugar allí, me alargo en coche a la pradera de San Isidro, toda ella para mí solo, una isla boscosa en un mar de olivos, un decorado natural de vegetación alfombrada de un verde insultante, una reserva de conejos juguetones tachonada de madrigueras, un humedal joven bautizado por tanta borrasca, un laberinto arbóreo donde ensayo golpes imposibles procurando que mi bola esquive las ramas, o si acaso, sólo las acaricie, y que no aterrice en ningún charco. Tan ensimismado, que ni noto la insolencia de los humos fabriles.

Pero he visto que no, que no soy el único amante de la soledad campestre. Cristóbal "El Conejo" sale cada mañana y trastea por los aledaños del río, incluso en días de alerta amarilla, con su chubasquero y su paraguas. Este es otro heredero de sus usos de niño cuando acompañaba a su padre, guarda forestal, por el mundo Dios. De casta le viene al galgo. Y de esta manera, es el referente a quien hay que preguntar por el nombre y la ubicación de cualquier sitio, cortijo o estacá de nuestro término. Manuel Gámez, el de "Andreíta", es un trotamundos de nuestros campos. Siempre en solitario, se tira toda la mañana andurreando a paso largo, como dicen que caminaba "Berna", un paisano que en una hora se ponía en Badolatosa. Mi hermano Manolo, otro que tal baila, rememora cada día la antigua costumbre de nuestros primeros moradores que salían de madrugada al campo en busca del alba. Antonio Zamora, un sevillano reconvertido en palencianero, está colado por nuestros parajes ribereños a los que ya conoce mejor que muchos paisanos...

Volviendo ayer a mediodía desde la pradera, antes de llegar a la cuesta de la Grea, veo un coche en la cuneta y a su vera, Juanillo Aguilera. Creyendo yo que podría necesitar ayuda por avería o alguna otra cosa, me paré detrás suya a preguntarle. Para mi forma de entender la vida social, es ésta una de las ventajas que tiene el vivir en el pueblo, que de cuarenta para arriba todos nos conocemos, por amistad antigua, por vecindad o por familia: salir a la calle, sólo por salir, sin otro objetivo que distraer la mente y saludar y charlar con la primera persona que te encuentres.

No. No me pasa ná se ríe Juanillo.

Pero... ¿Qué haces aquí parado? le insisto. 

Te lo voy a confesar, porque eres tú, pero no te vayas a reír ¡eh!

Venga, no me río.

Pues, mira, que con tantos días de agua sin poder salir de casa..., estoy que me los toco, ¡joer ya con tanta agua; que tengo mono del campo ¿Qué quieres que te diga? Y he salido hoy sólo para eso, para ver el sol y oler el campo. 

—¿Cómo quieres que me ría si yo mismo hago eso cada día, llueva o truene? Pues claro que sí, hombre. Si es que es lo nuestro ¿no verdad?

Y enseguida, otra vez al coche, porque las nubes, ofendidas por nuestra queja, volvieron a llorar a cántaros.


sábado, 7 de febrero de 2026

Hoy he visto a mi madre.

¡Qué difícil se me hace escribir de mi madre! La tengo en tan elevado pedestal que el simple hecho de bajarla al papel y exponerla ante extraños se me antoja un desaire, una grosería. A mi padre, sin embargo, lo nombro cada dos por tres. ¿A quién quieres más a tu papa o a tu mama? Era la pregunta repetida y cansina que nos hacían las visitas, cualquier visita, a los niños de entonces. A los dos igual, era la respuesta adecuada, la correcta. Y posiblemente fuese verdad, pero... Como que no, como que era de mentirijilla. Y que conste que yo, de niño, quería más a mi padre, porque era hombre muy niñero y cariñoso y porque sólo lo veía un día en semana, los jueves, que venía del cortijo a cambiarse de ropa y nos traía, a mi hermana Josefa y a mí, ciruelas despachurradas o carne membrillo emborrizada de migajas en lo hondo de su capacha. A mi madre, por contra, la tenía todo el santo día detrás con la alpargata cargada.

Pero luego, uno va creciendo y a la luz de las velas que el tiempo va instalando en nuestro pensamiento te das cuenta de la valía, la entrega y, en definitiva, el amor de una madre. Y, ciertamente, es complicado ponerte a escribir de ella sin que la emoción te traicione hasta el punto de confundir las letras del tecadlo. Teclado, quise poner.

Esta mañana la he visto. He visto a mi madre después de 31 años muerta. La he visto en el cortijo. La he visto en la puerta de nuestra casa de La Capilla. Se veía borrosa por mor de la llovizna que enturbia la luna del coche, pero no hay duda: era ella. No se inmutó al mirarme, como si tal cosa, como si nos hubiésemos visto ayer mismo. Ni se extrañó de mi coche nuevo, un coche de señorito. Se limitó a saludarme con la cabeza. Paré el coche en las mismas puertas del cortijo, ahora cerrado a cal y canto con dos verjas altísimas. Allí estaba ella. Tenía cogida en su costado, a horcajadas, a mi hermana Carmen, con dos añitos, y charlaba animadamente con Frasquita la del "Mocito" y con Rosario Bueno "La Maúra".

En ocasiones como ésta, me gustaría mucho que, de verdad, existiera el cielo y poder recrearme en la idea de que esta misma escena se estuviese desarrollando, en ese mismo instante, allá arriba (pero sin mi Carmen, claro). Y seguro que se les hubiera arrimado también mi hermana Josefa.

Es lo que tiene un gran cortijo cerrado, sin criaturas, que, habiendo sido hogar de tantas familias, un cuartel general, un pueblo en pequeño, no está acostumbrado a una soledad que le ha de parecer aterradora. Y, tal vez, para compensar tal tristeza, los fantasmas de sus antiguos inquilinos se han hecho cargo del mismo. Es la mejor explicación que le encuentro.

Es también lo que tiene haber sido testigo de tantas vivencias en el cortijo, que ahora, en visita privada y oprimido el pecho por tanto abandono, se te amontonan en la memoria emocional y se proyectan ante tu vista, tan reales como cuando te metes de lleno en una película y te parece realidad lo que sólo es fantasía.

Con lluvia inclemente y todo, ha valido la pena dar hoy un garbeo por el cortijo.



martes, 3 de febrero de 2026

Sanitarios de la pública: la verdadera joya

No creo que exista un escenario "amigo" que suscite más inquietud e indefensión para cualquiera que verse tumbado en la camilla del quirófano. A expensas de lo que otros quieran hacer contigo. En las bastantes ocasiones en que me he visto en tal tesitura, he procurado poner en práctica la actitud que cuentan que adoptó José Saramago en la sala de cateterismo del Mount Sinaí, en Nueva York: abandonarse, evadirse, entregarse. Un acto de fe. Sí, tal vez sea lo mejor: confiarse.

Reconozcamos todos, sin embargo, que no es tarea sencilla, y mucho menos, para un médico tan cagueta como servidor. En esta ocasión va a ser una colonoscopia con sedación.

Por mi pie, y en pelota picada (salvo los calcetines hasta las rodillas, mire usted señorita que es que yo soy muy friolero), he llegado hasta la sala, cubierta mi delantera por una bata abierta por detrás, y mis espaldas por una sábana que gentilmente lleva extendida la auxiliar de clínica detrás de mí para preservar mi ajada intimidad trasera de la vista condescendiente del personal.

Tumbado boca arriba, sin querer, se me va la mirada hacia la pantalla del monitor: saturación de oxígeno y frecuencia cardiaca, perfectos. Pero observo con cierta zozobra una tensión arterial de 160/80. Son los nervios, respira hondo, intento tranquilizarme. Enseguida, otra vez siento hincharse en mi brazo el manguito de la tensión: 153/70. Bueno, vamos mejorando.

¡No mire usted la pantalla y piense en cosas bonitas, hombre...! me regaña, amable, la enfermera. Los médicos sois los peores, ¡hay que ver...!

Se me viene entonces  a la cabeza el día en que mis nietos me acompañaron a una partida de golf y lo que disfrutaron conduciendo el buggy, pero enseguida otro asunto mucho más sugerente reemplaza ese pensamiento. Médica y enfermera se disponen a prepararme y colocan todos sus arreos (rollo de esparadrapo, bolsa del suero, guantes, ampollas de Propofol... sobre mi bata. Bien podrían haber caído todos encima de mi pecho, digo yo. Pues no. Todos, justo encima de mi nido con su pajarito acurrucao en su lecho de castañas. Y al echar mano de lo que van necesitando, necesariamente molestan, una y otra vez, al animalito inocente. Años atrás, hubiera habido aquí un escándalo mayúsculo cuando el pájaro se hubiese desperezado con tanto manoseo y desparramado todo el material. Muchos años atrás. Ahora, ni se ha enterado. Bueno..., algo sí, porque me entregué a esa fantasía erótica y dejé de mirar la pantalla hasta que la vista se me nubló. "Ahora le va a entrar sueño, no se apure..."

Ea, a despertarse tocan escucho a la enfermera sonriendo junto a la camilla. Todo ha ido muy bien.

Y la médica, a continuación, me explica que ha extirpado dos pólipos minúsculos sin ninguna importancia. Y que ya la próxima, en cinco años.

Y yo, medio achispado por los restos del Propofol:

Con vosotras dos vengo encantado, so bonitas.

Bromas aparte, esta es la sanidad que nunca podemos permitirnos perder. Seguimos teniendo los mejores profesionales sanitarios, los más vocacionales y entregados. La médica y la enfermera que me han atendido realizarán esta tarde 14 endoscopias, desde las 15 horas hasta las 22 horas. Y cobrarán por ello unos 300 euros la doctora y 150 la enfermera, 21 euros por paciente para una y 11 euros para la otra, una miseria comparado con lo que podrían embolsarse haciendo lo mismo en la privada. Pero les gusta su hospital, sus compañeros, sus gentes y viven su oficio con una visión que trasciende lo puramente material. Y, como ellas, tantísimos otros profesionales de la salud, a punto ya de la quemazón. Os costará aceptarlo, pero yo os digo que esta gente existe y que ojalá perdure para siempre esa estirpe de personas, no por anónimas, menos necesarias.

Y es nuestro deber apoyarlos, aunque sólo sea por egoísmo, por nuestro propio interés, porque sin ellos, se nos acaba el chollo. Una colonoscopia cuesta una media de 500 euros en la sanidad privada. Para las personas mayores de 65 años, cualquier seguro privado cuesta 250 euros mensuales, pero pagando aparte una cuota por cada intervención o consulta. A ver quién puede costear eso.

Ahora, por fin, los médicos parecen unidos en una huelga justa y necesaria. Y no es por dinero, sino por defender mejoras imprescindibles en su trabajo, mejoras que alentarán su dedicación más aún, si es que ello fuera posible, y que redundarán en un mejor servicio a nosotros, sus conciudadanos. 

¡Viva la Sanidad Pública!!  

jueves, 29 de enero de 2026

Paseando recuerdos (II)

 

Resulta muy extraño no ver a nadie en todo lo largo de la calle de San Isidro. Ni siquiera un coche. Nos detenemos un momento en la plaza de Andalucía por ver algo espectacular, no tanto por su belleza, sino por la excepcionalidad de contemplar los brotes verdes de un trigo ancestral sembrado en los arriates de los naranjos por unos ecologistas que visitaron el pueblo hace cosa de 15 días; unas semillas neolíticas de la variedad de trigo más antigua que se conoce, Escanda, utilizada hace más de 12.000 años en el Creciente Fértil. Y ya asoman los brotes perfectamente alineados. Esperemos que se respeten y la gente no los confunda con hierba. Mi perrita, ajena a todo conocimiento, ya se disponía a escarbarlos. 

Toda la plaza de Andalucía y el edificio del ayuntamiento eran, en aquellos tiempos, La Casa Carreira en cuyos patios laterales jugábamos los muchachos con Torrezno, hijo de los porteros, subiéndonos a los carros y obtener así mucha ventaja en el espadeo. Días antes de la Navidad, los escolares hacíamos cola en esa casa para recibir el aguinaldo: una bolsa de leche en polvo, otra de mantecados y una botella de aceite. Frente por frente, la casa donde vivía la familia de Angelillos y Rosarito “La Central”, casa desde donde se controlaba todo lo referente a la electricidad del pueblo y donde hubo el primer teléfono casi público. Más abajo, la casa (hoy dividida en dos) de don José Nieto, alcalde de alcaldes y maestro de maestros. Cuando había toros en la tele nos daba la clase de permanencias (de pago) en su casa y él veía la corrida mientras los chaveas hacíamos los problemas de matemáticas. Tirando de nostalgia me detengo en el número 28, la antigua casa de mis padres. Y, en frente, el postigo de mi abuelo Manolo, donde convivimos un par de años con nuestros primos los polis. Cada jueves que el abuelo venía del cortijo a cambiarse de ropa y dormir en su cama, mi hermana Josefa y yo, mayores que nuestros primos, escurcábamos primero su capacha para escoger las ciruelas más vistosas, las menos despachurradas. 

Y rememoro vivencias simpáticas para evitar acordarme de aquel fatídico 16 de agosto del 95, día en que murió mi madre. Años antes, la primera vez que nuestra amiga sevillana Pilar Bustos visitó nuestra casa se quedó tan sorprendida de tantos cuadros de santos en las paredes del salón que, con su espontaneidad natural, le dijo a mi madre: "señora, ¿esta es su casa o es la sacristía?  O aquella otra ocasión en que un amigo madrileño de mi Manolo vino a la feria del pueblo por segundo año consecutivo acompañado por sus padres. En esta segunda vez, el padre del amigo se había divorciado y venía con otra mujer distinta a la del año anterior, claro. Pero, las cosas de mi padre, siempre tan imprudente que no reparó en ese detalle: "señora, viene usted mucho más guapa y más nueva que el año pasado". No sabíamos dónde meternos de la vergüenza.  

Seguimos bajando hacia El Berrinche y ralentizo mis pasos, porque en la soledad casi angustiosa de una calle habitualmente tan concurrida, una sombra siniestra emerge desde las antiguas alpechineras. Me restriego los ojos para quitarme de encima una visión tan desagradable. "Debe ser La Parca, que ronda cerca después de haberse llevado a Juanillo", le dije a mi perrita. Y ella, asustada, reculó unos pasos y se arranó en el suelo mojado negándose a seguir. "Es broma, mujer", le dije, y ya  asintió con un movimiento afirmativo de su cabeza.

Y, enseguida, varias casas más abajo, las antiguas escuelas y mi recuerdo imborrable para don Luís, don José y don Enrique, mis maestros de la infancia. A don Luís le debo mi ortografía y mi caligrafía, envidia de mis compañeros, tanto en el seminario como en la facultad de medicina: no había letra más bonita y legible que la mía. En don José aprecio su paciencia en la enseñanza de unas matemáticas tan odiosas en aquellos primitivos tiempos sin móviles ni calculadoras. Y a don Enrique, le debo un recuerdo muy especial: dejó de cobrarle a mi padre el último mes de "permanencias", como regalo ante mi inminente entrada en el seminario.

Ni un alma en el pabellón polideportivo, tal vez sea aún demasiado temprano. Muy pronto se llenará de chiquillería futbolera. En los años sesenta ese espacio era ocupado por una piscina municipal donde muchos dimos nuestras primeras brazadas como requisito imprescindible para luego, ya aprendices, obtuviésemos el permiso de los muchachos mayores para bajar a bañarnos al río. Yo no puse los pies en el río hasta que mi amigo y preceptor Agundo diera el visto bueno. Algunos años más tarde, en vista de que nunca nos pasó nada malo a los habituales del baño, se le perdió el respeto al río, de manera que, hasta las mocitas, en bañador, iban a mojarse los pies en su orilla. Frente al Berrinche había un largo pilar, abrevadero para bestias, en el que los muchachos más grandes remojaban a cualquier otro chaval forastero que visitara el pueblo, como una especie de bautismo iniciático. Mi amigo Pepe Montes fue víctima de tal suceso la primera vez que vino a Palenciana, a la boda de mi hermana Josefa.

Las Eras Bajas son sinónimo del bar El Mosqui, con La Frasca y su marido, gordos, hermosos y de buen talante, como taberneros de postas de siglos pasados, bien secundados luego por su hijo, que modernizó los interiores y la terraza a la calle y revolucionó el menú con su plato típico: "El Delegado".  Y, ¿Cómo no? La Feria. Primero, en el actual callejón de Juanma "Pelitos", con el remolque de todos los años donde montaban su escenario Los 6 de la Puente, a todas luces, un lugar demasiado estrecho para tanta gente de dentro y foránea. Hasta que ya se trasladó a su lugar definitivo, el actual. Durante muchos años, la gran explanada de la feria fue un campo de fútbol reglamentario, de albero, donde casi siempre perdíamos contra Benamejí. Yo mismo formé parte de aquel primer equipo capitaneado por Manuel Velasco El Mala. Pero, en muy poco tiempo se armó un equipo mucho más potente, con Pepilla de entrenador y figuras como Luis Villalba, Paco el de Hornachuelos, Los Mellizos, Cipriano, Juanillo Papas Guisás, José de Diego, Manolito el del Berrinche, José Antonio El Chato... Alcanzó un nivel tan elevado que llegó el momento culmen del fútbol en el pueblo: formar un único equipo con jugadores de ambos pueblos, Palenciana y Benamejí. Una gozada ver jugar a esta gente con Manguela, Luis y un tal Romero, como cracks estelares. Los estudios y el trabajo de los muchachos que se hacían mayores acabaron con la etapa más brillante del fútbol palencianero. Llegaría luego el fútbol sala, donde tuvimos también unos años de gloria con un equipo liderado por El Chili, un jugador excepcional, que pudo haber llegado a la élite, pero que, por diversos motivos, se quedó en el camino.

Lloviznando, no me atrevo a seguir hasta los antiguos Barrancones, sitio que en la actualidad es un huerto de frutales de Periquillo. Entonces eran unas enormes cuevas abiertas, refugio de los chaveas para escapar de la vigilancia de abuelas y de gente mayor.  Mi perrita me apremia el paso para llegar antes a casa, pero no puedo dejar de mirar hacia la antigua Huerta del Recreo, hoy casi tapada por otras construcciones. Ha llovido mucho durante la pasada primavera y el actual invierno, pero no lo suficiente para reanimar la vieja acequia que bajaba desde lo alto de la actual nave de Juan Arjona hasta La Pichanca, en cuyas aguas limpias y cubiertas de juncias lavábamos los chaveas las zanahorias birladas a la carrera a Antonio de la Huerta.   

Subiendo La Molina, la única criatura con quien nos tropezamos mi perrita y yo en todo este recorrido fue Aurelio, un perrito bodeguero de la manada de María José Navarro, que salió a la puerta a saludar a mi perrita besuqueándole el trasero. Más caliente que el Julio Iglesias.

Y llegamos a casa extrañados de un recorrido tan largo en un pueblo que pareciera ser habitado por fantasmas.

Con sólo 11 años (la edad de mi nieto mayor, Lucas) abandoné el pueblo, la casa de mi abuela, a mis padres y mis hermanos para irme al seminario. Y ahí acabó mi infancia.

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martes, 27 de enero de 2026

Un "sí quiero" septuagenario

Ayer, la Peque y yo asistimos a una boda singular. Una boda con nueve invitados. 

Después de más de cuarenta años arrejuntaos, nuestros amigos Victoria y Pintor han decidido casarse. ¡Ya era hora, no? No ha sido el amor apasionado, ahora rebajado por la pátina del tiempo a cariñitos y cuidados, el que ha motivado una decisión largamente postergada, sino la evitación de las tediosas contingencias para sus hijos respectivos a la hora de las herencias. Es lo que tiene el ser gente de "taco", con propiedades no gananciales y con hijos e hijastros (¡Qué mal suena este palabro!).

Buena gente y muy buen talante el alcalde de La Carlota, oficiante del acto. Ante nueve testigos tuvo el hombre el cuajo de exhortar a los "novios" a "emprender con ilusión nuevos y apasionantes proyectos de futuro...", lo que provocó la sonrisa piadosa de los asistentes. Es un hombre joven y habla, claro está, desde la perspectiva de su edad. ¿Futuro con setenta y dos añazos? Más bien serán remates ¿no? A nuestra edad sólo existe el presente.

No hubo arroz a la salida del ayuntamiento, sino un calabobos cansino y un airecillo cortante. No hubo, ¡qué decepción!, falditas vaporosas que se alzan con el viento, escotes temerarios ni culitos respingones, elementos los más gustosos de las bodas "normales", sino nosotros mismos con nuestra edad provecta, con nuestros propios cuerpos, no por acostumbrados, menos dispuestos.

Pero gozamos de algo imposible en las "otras" bodas, en las bodas glamurosas: el placer de comer en casa, una mesa de once amigos sin nada que aparentar, sin nada que exhibir, sin otra cosa que demostrar que no fuera la alegría verdadera y espontánea del compartir camaradería y amistad. Bueno... Y comida.

El escenario era bucólico a más no poder: una mesa para once criaturas en un porche acristalado y climatizado con vistas al jardín asilvestrado de encinas centenarias, olivos destartalados de aceitunas gordales, jazmines morunos, enredaderas y yerbajos varios, donde, bajo el chirimiri incesante, un mastín de seis meses, grandote e inexperto, jugaba con dos gatitos rubios que, inocentes de todo mal, no se amedrantaban de que el perro abriera su enormes fauces e hiciera el ademán de comerse sus cabecitas.

Para comer, lo nuestro: aparte de los entremeses variados, Antonio hijo, cocinero de postín, nos sirvió un cocido con todos sus avíos y más. Hasta calabaza le echó el tío. Y costillas. Para reventar. Y en los postres, el famoso pastelón de Fernán Núñez y la tarta Luisa, con su figurita de novios, y unas infusiones digestivas.

Luego, mientras que las mujeres charlaban de las composiciones artísticas que Victoria les había regalado a cada una, los hombres fuimos buscando nuestro rincón para la siesta obligada. Yo me pillé el sofá reclinable frente a la chimenea, uno no es tonto.

Una vez repuestos, nos movilizamos todos (unas más que otros) para recoger, fregar y limpiar. Y en un descuido de Antonio, la puerta de la cocina se ha quedado abierta, cosa que aprovecharon los dos gatitos rubios para colarse y encaramarse encima del poyete. Y Victoria que salta enfurecida.

-¡Antonio!!, por favor. ¡Los gatos en la cocina, no, no y no!!!

Y ahora, en ese momento crítico, alguien suelta:

-Ea, la primera bronca de recién casados.


Bodas así, las que hagan falta. Me apunto.


Paz y bien para todos: solteros, casados y arrejuntaos.