martes, 3 de febrero de 2026

Sanitarios de la pública: la verdadera joya

No creo que exista un escenario "amigo" que suscite más inquietud e indefensión para cualquiera que verse tumbado en la camilla del quirófano. A expensas de lo que otros quieran hacer contigo. En las bastantes ocasiones en que me he visto en tal tesitura, he procurado poner en práctica la actitud que cuentan que adoptó José Saramago en la sala de cateterismo del Mount Sinaí, en Nueva York: abandonarse, evadirse, entregarse. Un acto de fe. Sí, tal vez sea lo mejor: confiarse.

Reconozcamos todos, sin embargo, que no es tarea sencilla, y mucho menos, para un médico tan cagueta como servidor. En esta ocasión va a ser una colonoscopia con sedación.

Por mi pie, y en pelota picada (salvo los calcetines hasta las rodillas, mire usted señorita que es que yo soy muy friolero), he llegado hasta la sala, cubierta mi delantera por una bata abierta por detrás, y mis espaldas por una sábana que gentilmente lleva extendida la auxiliar de clínica detrás de mí para preservar mi ajada intimidad trasera de la vista condescendiente del personal.

Tumbado boca arriba, sin querer, se me va la mirada hacia la pantalla del monitor: saturación de oxígeno y frecuencia cardiaca, perfectos. Pero observo con cierta zozobra una tensión arterial de 160/80. Son los nervios, respira hondo, intento tranquilizarme. Enseguida, otra vez siento hincharse en mi brazo el manguito de la tensión: 153/70. Bueno, vamos mejorando.

¡No mire usted la pantalla y piense en cosas bonitas, hombre...! me regaña, amable, la enfermera. Los médicos sois los peores, ¡hay que ver...!

Se me viene entonces  a la cabeza el día en que mis nietos me acompañaron a una partida de golf y lo que disfrutaron conduciendo el buggy, pero enseguida otro asunto mucho más sugerente reemplaza ese pensamiento. Médica y enfermera se disponen a prepararme y colocan todos sus arreos (rollo de esparadrapo, bolsa del suero, guantes, ampollas de Propofol... sobre mi bata. Bien podrían haber caído todos encima de mi pecho, digo yo. Pues no. Todos, justo encima de mi nido con su pajarito acurrucao en su lecho de castañas. Y al echar mano de lo que van necesitando, necesariamente molestan, una y otra vez, al animalito inocente. Años atrás, hubiera habido aquí un escándalo mayúsculo cuando el pájaro se hubiese desperezado con tanto manoseo y desparramado todo el material. Muchos años atrás. Ahora, ni se ha enterado. Bueno..., algo sí, porque me entregué a esa fantasía erótica y dejé de mirar la pantalla hasta que la vista se me nubló. "Ahora le va a entrar sueño, no se apure..."

Ea, a despertarse tocan escucho a la enfermera sonriendo junto a la camilla. Todo ha ido muy bien.

Y la médica, a continuación, me explica que ha extirpado dos pólipos minúsculos sin ninguna importancia. Y que ya la próxima, en cinco años.

Y yo, medio achispado por los restos del Propofol:

Con vosotras dos vengo encantado, so bonitas.

Bromas aparte, esta es la sanidad que nunca podemos permitirnos perder. Seguimos teniendo los mejores profesionales sanitarios, los más vocacionales y entregados. La médica y la enfermera que me han atendido realizarán esta tarde 14 endoscopias, desde las 15 horas hasta las 22 horas. Y cobrarán por ello unos 300 euros la doctora y 150 la enfermera, 21 euros por paciente para una y 11 euros para la otra, una miseria comparado con lo que podrían embolsarse haciendo lo mismo en la privada. Pero les gusta su hospital, sus compañeros, sus gentes y viven su oficio con una visión que trasciende lo puramente material. Y, como ellas, tantísimos otros profesionales de la salud, a punto ya de la quemazón. Os costará aceptarlo, pero yo os digo que esta gente existe y que ojalá perdure para siempre esa estirpe de personas, no por anónimas, menos necesarias.

Y es nuestro deber apoyarlos, aunque sólo sea por egoísmo, por nuestro propio interés, porque sin ellos, se nos acaba el chollo. Una colonoscopia cuesta una media de 500 euros en la sanidad privada. Para las personas mayores de 65 años, cualquier seguro privado cuesta 250 euros mensuales, pero pagando aparte una cuota por cada intervención o consulta. A ver quién puede costear eso.

Ahora, por fin, los médicos parecen unidos en una huelga justa y necesaria. Y no es por dinero, sino por defender mejoras imprescindibles en su trabajo, mejoras que alentarán su dedicación más aún, si es que ello fuera posible, y que redundarán en un mejor servicio a nosotros, sus conciudadanos. 

¡Viva la Sanidad Pública!!  

jueves, 29 de enero de 2026

Paseando recuerdos (II)

 

Resulta muy extraño no ver a nadie en todo lo largo de la calle de San Isidro. Ni siquiera un coche. Nos detenemos un momento en la plaza de Andalucía por ver algo espectacular, no tanto por su belleza, sino por la excepcionalidad de contemplar los brotes verdes de un trigo ancestral sembrado en los arriates de los naranjos por unos ecologistas que visitaron el pueblo hace cosa de 15 días; unas semillas neolíticas de la variedad de trigo más antigua que se conoce, Escanda, utilizada hace más de 12.000 años en el Creciente Fértil. Y ya asoman los brotes perfectamente alineados. Esperemos que se respeten y la gente no los confunda con hierba. Mi perrita, ajena a todo conocimiento, ya se disponía a escarbarlos. 

Toda la plaza de Andalucía y el edificio del ayuntamiento eran, en aquellos tiempos, La Casa Carreira en cuyos patios laterales jugábamos los muchachos con Torrezno, hijo de los porteros, subiéndonos a los carros y obtener así mucha ventaja en el espadeo. Días antes de la Navidad, los escolares hacíamos cola en esa casa para recibir el aguinaldo: una bolsa de leche en polvo, otra de mantecados y una botella de aceite. Frente por frente, la casa donde vivía la familia de Angelillos y Rosarito “La Central”, casa desde donde se controlaba todo lo referente a la electricidad del pueblo y donde hubo el primer teléfono casi público. Más abajo, la casa (hoy dividida en dos) de don José Nieto, alcalde de alcaldes y maestro de maestros. Cuando había toros en la tele nos daba la clase de permanencias (de pago) en su casa y él veía la corrida mientras los chaveas hacíamos los problemas de matemáticas. Tirando de nostalgia me detengo en el número 28, la antigua casa de mis padres. Y, en frente, el postigo de mi abuelo Manolo, donde convivimos un par de años con nuestros primos los polis. Cada jueves que el abuelo venía del cortijo a cambiarse de ropa y dormir en su cama, mi hermana Josefa y yo, mayores que nuestros primos, escurcábamos primero su capacha para escoger las ciruelas más vistosas, las menos despachurradas. 

Y rememoro vivencias simpáticas para evitar acordarme de aquel fatídico 16 de agosto del 95, día en que murió mi madre. Años antes, la primera vez que nuestra amiga sevillana Pilar Bustos visitó nuestra casa se quedó tan sorprendida de tantos cuadros de santos en las paredes del salón que, con su espontaneidad natural, le dijo a mi madre: "señora, ¿esta es su casa o es la sacristía?  O aquella otra ocasión en que un amigo madrileño de mi Manolo vino a la feria del pueblo por segundo año consecutivo acompañado por sus padres. En esta segunda vez, el padre del amigo se había divorciado y venía con otra mujer distinta a la del año anterior, claro. Pero, las cosas de mi padre, siempre tan imprudente que no reparó en ese detalle: "señora, viene usted mucho más guapa y más nueva que el año pasado". No sabíamos dónde meternos de la vergüenza.  

Seguimos bajando hacia El Berrinche y ralentizo mis pasos, porque en la soledad casi angustiosa de una calle habitualmente tan concurrida, una sombra siniestra emerge desde las antiguas alpechineras. Me restriego los ojos para quitarme de encima una visión tan desagradable. "Debe ser La Parca, que ronda cerca después de haberse llevado a Juanillo", le dije a mi perrita. Y ella, asustada, reculó unos pasos y se arranó en el suelo mojado negándose a seguir. "Es broma, mujer", le dije, y ya  asintió con un movimiento afirmativo de su cabeza.

Y, enseguida, varias casas más abajo, las antiguas escuelas y mi recuerdo imborrable para don Luís, don José y don Enrique, mis maestros de la infancia. A don Luís le debo mi ortografía y mi caligrafía, envidia de mis compañeros, tanto en el seminario como en la facultad de medicina: no había letra más bonita y legible que la mía. En don José aprecio su paciencia en la enseñanza de unas matemáticas tan odiosas en aquellos primitivos tiempos sin móviles ni calculadoras. Y a don Enrique, le debo un recuerdo muy especial: dejó de cobrarle a mi padre el último mes de "permanencias", como regalo ante mi inminente entrada en el seminario.

Ni un alma en el pabellón polideportivo, tal vez sea aún demasiado temprano. Muy pronto se llenará de chiquillería futbolera. En los años sesenta ese espacio era ocupado por una piscina municipal donde muchos dimos nuestras primeras brazadas como requisito imprescindible para luego, ya aprendices, obtuviésemos el permiso de los muchachos mayores para bajar a bañarnos al río. Yo no puse los pies en el río hasta que mi amigo y preceptor Agundo diera el visto bueno. Algunos años más tarde, en vista de que nunca nos pasó nada malo a los habituales del baño, se le perdió el respeto al río, de manera que, hasta las mocitas, en bañador, iban a mojarse los pies en su orilla. Frente al Berrinche había un largo pilar, abrevadero para bestias, en el que los muchachos más grandes remojaban a cualquier otro chaval forastero que visitara el pueblo, como una especie de bautismo iniciático. Mi amigo Pepe Montes fue víctima de tal suceso la primera vez que vino a Palenciana, a la boda de mi hermana Josefa.

Las Eras Bajas son sinónimo del bar El Mosqui, con La Frasca y su marido, gordos, hermosos y de buen talante, como taberneros de postas de siglos pasados, bien secundados luego por su hijo, que modernizó los interiores y la terraza a la calle y revolucionó el menú con su plato típico: "El Delegado".  Y, ¿Cómo no? La Feria. Primero, en el actual callejón de Juanma "Pelitos", con el remolque de todos los años donde montaban su escenario Los 6 de la Puente, a todas luces, un lugar demasiado estrecho para tanta gente de dentro y foránea. Hasta que ya se trasladó a su lugar definitivo, el actual. Durante muchos años, la gran explanada de la feria fue un campo de fútbol reglamentario, de albero, donde casi siempre perdíamos contra Benamejí. Yo mismo formé parte de aquel primer equipo capitaneado por Manuel Velasco El Mala. Pero, en muy poco tiempo se armó un equipo mucho más potente, con Pepilla de entrenador y figuras como Luis Villalba, Paco el de Hornachuelos, Los Mellizos, Cipriano, Juanillo Papas Guisás, José de Diego, Manolito el del Berrinche, José Antonio El Chato... Alcanzó un nivel tan elevado que llegó el momento culmen del fútbol en el pueblo: formar un único equipo con jugadores de ambos pueblos, Palenciana y Benamejí. Una gozada ver jugar a esta gente con Manguela, Luis y un tal Romero, como cracks estelares. Los estudios y el trabajo de los muchachos que se hacían mayores acabaron con la etapa más brillante del fútbol palencianero. Llegaría luego el fútbol sala, donde tuvimos también unos años de gloria con un equipo liderado por El Chili, un jugador excepcional, que pudo haber llegado a la élite, pero que, por diversos motivos, se quedó en el camino.

Lloviznando, no me atrevo a seguir hasta los antiguos Barrancones, sitio que en la actualidad es un huerto de frutales de Periquillo. Entonces eran unas enormes cuevas abiertas, refugio de los chaveas para escapar de la vigilancia de abuelas y de gente mayor.  Mi perrita me apremia el paso para llegar antes a casa, pero no puedo dejar de mirar hacia la antigua Huerta del Recreo, hoy casi tapada por otras construcciones. Ha llovido mucho durante la pasada primavera y el actual invierno, pero no lo suficiente para reanimar la vieja acequia que bajaba desde lo alto de la actual nave de Juan Arjona hasta La Pichanca, en cuyas aguas limpias y cubiertas de juncias lavábamos los chaveas las zanahorias birladas a la carrera a Antonio de la Huerta.   

Subiendo La Molina, la única criatura con quien nos tropezamos mi perrita y yo en todo este recorrido fue Aurelio, un perrito bodeguero de la manada de María José Navarro, que salió a la puerta a saludar a mi perrita besuqueándole el trasero. Más caliente que el Julio Iglesias.

Y llegamos a casa extrañados de un recorrido tan largo en un pueblo que pareciera ser habitado por fantasmas.

Con sólo 11 años (la edad de mi nieto mayor, Lucas) abandoné el pueblo, la casa de mi abuela, a mis padres y mis hermanos para irme al seminario. Y ahí acabó mi infancia.

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martes, 27 de enero de 2026

Un "sí quiero" septuagenario

Ayer, la Peque y yo asistimos a una boda singular. Una boda con nueve invitados. 

Después de más de cuarenta años arrejuntaos, nuestros amigos Victoria y Pintor han decidido casarse. ¡Ya era hora, no? No ha sido el amor apasionado, ahora rebajado por la pátina del tiempo a cariñitos y cuidados, el que ha motivado una decisión largamente postergada, sino la evitación de las tediosas contingencias para sus hijos respectivos a la hora de las herencias. Es lo que tiene el ser gente de "taco", con propiedades no gananciales y con hijos e hijastros (¡Qué mal suena este palabro!).

Buena gente y muy buen talante el alcalde de La Carlota, oficiante del acto. Ante nueve testigos tuvo el hombre el cuajo de exhortar a los "novios" a "emprender con ilusión nuevos y apasionantes proyectos de futuro...", lo que provocó la sonrisa piadosa de los asistentes. Es un hombre joven y habla, claro está, desde la perspectiva de su edad. ¿Futuro con setenta y dos añazos? Más bien serán remates ¿no? A nuestra edad sólo existe el presente.

No hubo arroz a la salida del ayuntamiento, sino un calabobos cansino y un airecillo cortante. No hubo, ¡qué decepción!, falditas vaporosas que se alzan con el viento, escotes temerarios ni culitos respingones, elementos los más gustosos de las bodas "normales", sino nosotros mismos con nuestra edad provecta, con nuestros propios cuerpos, no por acostumbrados, menos dispuestos.

Pero gozamos de algo imposible en las "otras" bodas, en las bodas glamurosas: el placer de comer en casa, una mesa de once amigos sin nada que aparentar, sin nada que exhibir, sin otra cosa que demostrar que no fuera la alegría verdadera y espontánea del compartir camaradería y amistad. Bueno... Y comida.

El escenario era bucólico a más no poder: una mesa para once criaturas en un porche acristalado y climatizado con vistas al jardín asilvestrado de encinas centenarias, olivos destartalados de aceitunas gordales, jazmines morunos, enredaderas y yerbajos varios, donde, bajo el chirimiri incesante, un mastín de seis meses, grandote e inexperto, jugaba con dos gatitos rubios que, inocentes de todo mal, no se amedrantaban de que el perro abriera su enormes fauces e hiciera el ademán de comerse sus cabecitas.

Para comer, lo nuestro: aparte de los entremeses variados, Antonio hijo, cocinero de postín, nos sirvió un cocido con todos sus avíos y más. Hasta calabaza le echó el tío. Y costillas. Para reventar. Y en los postres, el famoso pastelón de Fernán Núñez y la tarta Luisa, con su figurita de novios, y unas infusiones digestivas.

Luego, mientras que las mujeres charlaban de las composiciones artísticas que Victoria les había regalado a cada una, los hombres fuimos buscando nuestro rincón para la siesta obligada. Yo me pillé el sofá reclinable frente a la chimenea, uno no es tonto.

Una vez repuestos, nos movilizamos todos (unas más que otros) para recoger, fregar y limpiar. Y en un descuido de Antonio, la puerta de la cocina se ha quedado abierta, cosa que aprovecharon los dos gatitos rubios para colarse y encaramarse encima del poyete. Y Victoria que salta enfurecida.

-¡Antonio!!, por favor. ¡Los gatos en la cocina, no, no y no!!!

Y ahora, en ese momento crítico, alguien suelta:

-Ea, la primera bronca de recién casados.


Bodas así, las que hagan falta. Me apunto.


Paz y bien para todos: solteros, casados y arrejuntaos.

 

martes, 20 de enero de 2026

Paseando recuerdos (I)

A las cinco de la tarde no hay un alma en las calles. He salido a dar un paseo con mi perrita para que ambos estiremos las piernas. Ella con su chaleco, yo con mi chaquetón bueno, el del frío. El día no puede ser más desaborido. Ayer, un día espléndido de sol; hoy, un goteo continuo de chirimiri, que no es lluvia, sino atmósfera baja, como si las nubes abrazaran al pueblo para empaparlo. Una tarde de invierno duro, de aquellos inviernos, ya atávicos por lo infrecuentes, de mocos perennes, tiritera junto a la chimenea y la tortura del meterse en la cama por las noches. 

Nadie en la calle. Mi perrita y yo. Un vecino me distrae a través de su ventana. "Oye, José María, tú que has sido medio cura, dile a san Pedro que cierre ya el grifo, har favor".

Pero tiene su encanto pasear sin gente. A falta de ruido afloran los recuerdos.

Para empezar, resulta que vivo en una casa que fue en su día el Cuartel de la Guardia Civil, con el susto tan visceral que yo sufría al pasar por delante de la puerta y toparme con el cabo Rut. Me dirijo hacia la Plaza, pero antes echo un vistazo a la que fue mi casa de la infancia: la casa de mi abuela, calle Sol, 13, en todo lo hondo, con su cuerpo de casa de suelo empedrado donde resbalaban las bestias de mi chacho José, su cocina con la chimenea, su alacena con mantecosos y su poyo, su patio primero y su patio segundo con salida a La Molina, patio primero, donde mi chacha Bibi, todavía mocita, cocinaba en los días buenos papas fritas y huevos en aquellas hornillas de yeso y donde yo perseguía a las gallinas tirándole carrizos con mi arco, y patio segundo, donde se reproducían a su amor jaramagos, manzanillas y cardos borriqueros bien surtidos de nuestros desechos fecales. Y sus dos habitaciones de arriba, un dormitorio común para mis padres y mis hermanos, y un granero. Fallecido ya mi padre, me tocó vender la casa hace unos años a Antoñito García por cuatro perras. Y miro también la casa de Pepe El Encaniao imaginándome aquel gran Escurrizo de piedra resbaladiza por donde nos arrastrábamos los muchachos hasta despellejar el culo de los calzones cortos.

La Plaza, milagrosamente sin coches esta tarde, parece más grande y más vistosa con los adornos navideños que aún permanecen. Alternándose unas con otras con una cadencia programada, las hojas de los naranjos dejan caer sus perlas de agua cristalina para rellenar los surcos de las losas del pavimento. Yo he conocido esta plaza con suelo de tierra, donde en días como el de hoy los chaveas, sorteando los charcos, jugábamos al sumillo aprovechando la blandura del terreno. Y he conocido los bancos de piedra donde trazábamos con tiza el dibujo del tres en raya, sentados a horcajadas, despatarrados. Y me he sentado en la terraza del bar de Ceno (y del Gordo) con mis amigos y amigas núbiles a tomar un vaso de casera de limón con una tapa de calamares. Y he visto películas de Burt Lancaster, Sarita Montiel o Jorge Mistral y actuaciones musicales de jóvenes aficionados del pueblo, elevados al estrellato rural por el inigualable José Hurtado, nuestro Íñigo particular, pero sin bigotes, en el cine de Vílchez. En el antiguo salón de bodas de mi suegro, auténtico museo de usos y costumbres del pueblo, por desgracia convertido hoy en almacén de recuerdos rancios, se conservan aún varios talonarios descoloridos de las entradas al cine, a peseta la entrada. Ver la película Aníbal, prohibida por el párroco en el cancel de la iglesia con un rótulo de 3R, rosa con reparos", y enterarse el cura por algún chivatazo, supuso para mí un retroceso de al menos un año en la estima de aquél en comparación con los otros monaguillos de mi promoción. Se lo cuento a mi perrita y mueve el rabo con una energía inusual, como con rabia en completa desaprobación con tal injusticia. La misma plaza en la que los chaveas comprábamos pipas en el kiosko de La Chica o golosinas más delicadas, los días de agosto, en el de Luís El Turronero, y corríamos detrás del coche de don José Carreira cuando venía al Convento o del de Cristóbal "El Maquinista", un paisano que se había hecho millonario haciendo pisos en Sevilla. La misma plaza donde resiste un Convento ya desvencijado por los años y el poco mantenimiento, y donde aprendimos de las monjitas las primeras letras, los primeros cánticos a la Virgen y los primeros castigos en la "salita de las ratas". El mismo Convento que vio morir a mi hermana Josefa, inquilina del mismo, con sólo cincuenta y dos años.

No quiero abandonar la plaza sin echar un vistazo, aunque sea desde lejos a tres casas que poseen un significado muy especial para mí. Una es la casa donde vivió don Lorenzo, el cura párroco del pueblo en sus últimos años. Casa grande y hermosa, aunque quizás algo destartalada en la distribución de sus muchas estancias. Era fácil perderse en ella cuando buscaba el dormitorio del sacerdote para consolarlo de su mal. Fue don Lorenzo un valiente afrontando su cáncer de páncreas. Aguantó sin sedantes mucho más de lo que la prudencia y el consejo médico indicaban. Me queda, no obstante, la buena conciencia de haberle ayudado todo lo que pude como médico y como amigo. Otra casa es la de Miguel "La Garbosa", una tienda de las que ya no quedan en el pueblo, una tienda donde había de todo lo que no fuera alimentación, con su amplio mostrador de madera raída y sus estanterías repletas de todo tipo de género. Fue Miguel un hombre abierto y afable con todo el mundo. Lo más característico de sus facciones, creo yo, eran sus cejas de alero, tan pobladas y frondosas que se las peinaba para arriba. Fue Miguel, junto al otro Miguel, el de la Trini, de las primeras personas en el pueblo que intuyó la estrecha relación que se nos avecinaba a la Peque y a mí. "Aquí va a haber tema muy pronto", nos decía sonriente. Y la última es La Tienda Nueva, en los Cuatro Cantillos, un negocio familiarel primer gran almacén de ropa que vistió a todo un pueblo con una incipiente modernidad en las prendas, con un servicio de vendedores (Natividad y sus cuatro hijos) con un talento innato para el oficio, y cobrando de fiao al término de las temporadas agrícolas. Tienda, además, con un gran escalón en la entrada que servía de asiento para mi abuelo Manolo y sus vecinos cuando, tomando el sol, departían de las veleidades del tiempo.

Rodeando ahora por el callejón de los muertos, una tufarada dulzona a humo de chimenea me devuelve a la casa común de los aceituneros, en La Capilla, donde las mujeres tendían la ropa en los días de lluvia y donde muchachos y muchachas hacíamos guateques nocturnos a los sones de un transistor de Cristóbal El Mauro y al calor de una chimenea de llamas inagotables, como la zarza ardiente de Moisés. En aquella cocinilla, cuyo aroma a humo de olivo nos impregnaba durante toda la temporada de aceitunas, Agundo y El Gorri se las tenían tiesas por bailar agarrao con Mari Carmen, la maciza niñera de los nietos de los señoritos y, además, se cocinaron más de cuatro noviazgos de aquéllos de entonces, de los de para toda la vida. Mi hermana y mi cuñado, por ejemplo. Mi amistad con Agundo, sin embargo, venía de mucho más atrás, de cuando no éramos más que niños zarrapastrosos en la calle Sol, adalides del desaliño y líderes de la pandilla de iguales en las peleas callejeras con aquellas espadas rudimentarias que tejíamos con las tablas de las cajas del pescado.

Las Eras Altas, la calle más hermosa del pueblo, nos recibe con un silencio abrumador. Y uno piensa en aquel tiempo lejano en que esta calle era tan animada, pista kilométrica para el paseo sosegado de las parejitas que se alejaban de la plaza para evitar la censura implacable de don Juan González, el párroco inquisidor. Y, sobre todo, la calle de El Hogar Parroquial, convertido más tarde en Teleclub, epicentro del ocio de los jóvenes de entonces, con una sala de juegos en la planta baja, un campito de baloncesto en el patio y dos amplias salas en la planta primera, una para los guateques y otra para la televisión. Tengo para mí que el Teleclub y las camarillas del bar de La Chorro, otro sitio emblemático, han sido los escenarios más picantes y amorosos que hubo en el pueblo en aquellos años. Y calle pintiparada para los feriantes. Un 29 de junio de no me acuerdo qué año, día de san Pedro, me tocó rescatar de los columpios gigantes que allí se instalaban a mi hermana Josefa, que se resistía a mi empeño, sin importarle el tormentazo que estaba cayendo. Cercanos ya a la Esquina Rute, se escuchan susurros y risas en algunas casas, como si niños y adultos encerrados por el mal tiempo jugasen al parchís o al cinquillo. Ni me acuerdo desde cuándo mis nietos ya no juegan a la Oca. Ahora juegan al impostor, un juego de móviles o a montar edificios de legos. 

La Esquina Rute era el sitio de nuestras quedadas para ir al río en plena hora de la siesta. El empedrado ardiente de las calles arrugaba de calor nuestras sandalias de goma. Hasta allí, y aún hasta las mismas Peñolillas, era capaz de llegar Frasquita La Chatilla, para impedir que su nieto El Chato bajara con nosotros. Había que ir en pandilla, nadie se atrevía a bajar solo al río por miedo a los entripaores, unos seres imaginarios, inventados por nuestras abuelas, que acechaban a los niños solitarios para destriparlos. Aunque hoy parezca algo inexplicable, los miedos y las supersticiones hicieron que algunos muchachos, entre los que me incluía, procuráramos no entrar en la calle Pendencia ni en la calle Gracia, como si se tratara de sitios apestados, donde podrían guarecerse los entripaores

(Continuará).

sábado, 17 de enero de 2026

Adiós a la Pegui

Anteayer, a las cinco de la tarde, mi hija, la Peque y yo, mandamos a la Pegui al cielo de los perros. Tuvo una muerte muy placentera a manos de su veterinario de cabecera. Genio y figura, a la primera inyección reaccionó queriendo comerse la mano del ejecutor si la hubiera alcanzado. Una fiera. No me quiero ni imaginar la que le habrá liado de ladridos al san Pedro perruno en la puerta del cielo ni las refriegas y peleíllas con otros perros machos cuando intenten olisquearle sus bajos, ¡ella!, siempre virgen, siempre lesbiana.

Estaba ya en las últimas, muy viejita, ciega, sorda, desorientada y quejosa, no hacía otra cosa que no fuera dormir, hacerse encima sus necesidades y levantarse para dar vueltas sobre sí misma en un bucle interminable. Algo parecido a un Alzheimer muy avanzado, que en los perros se le llama Síndrome de Disfunción Cognitiva canina.

En las semanas previas hemos tenido que ir preparando mentalmente a mi Lucas para este momento. Es un jovencito de 11 años muy sensible. La Pegui y él se han criado juntos. Como hermanitos pequeños. Cuando Lucas nació, la perrita tenía cuatro años. Han comido juntos, jugado juntos, dormido juntos, baboseado juntos... Ambos han correteado por las estrechas calles de Triana y juntos han perseguido a las cotorras parlanchinas en el parque de María Luisa. Juntos se han bañado en la piscina del piso de Benalmádena y tirado por los toboganes del parque de La Paloma. Hemos procurado todos hacerle comprender al chaval que su perrita ha disfrutado de una familia perrera, de una vida regalada de cariño y mimos...  Y que la muerte es algo inevitable, algo que nos llega a todos, incluso a nuestros seres más queridos, "incluso a mí, Lucas, que soy médico y todo". Y para arrancarle una sonrisa le decía: "mira, Lucas, cuando ya me veas muy mayor, que no me gusten los dulses y empiece a dar vueltas sobre mí mismo, llévame también al veterinario".


Mi hija ha sabido disimular muy bien su pena de puertas adentro para transmitir normalidad a Lucas. Pero anteayer tarde, en la sala de operaciones, se derrumbó un poco y se aferró a besos y lágrimas con su perrita, un regalo que su madre y yo le hicimos hace 15 años, cuando ella sacó su plaza de profesora. Mi hija es una mujer fría de apariencia, pero su bichona ha sida la niña que nunca ha tenido. Y debió ser muy duro para ella ver a su Pegui, otrora valiente, intrépida y temeraria, yaciendo inánime en la mesa metálica, con sus ojitos abiertos sin perderle la vista a su ama.

Mi otro nieto, Daniel, ha convivido menos tiempo y con mucha menos entrega con la perrita, amén de poseer un carácter fuerte, de superviviente, nada sensiblero. "A mí me da pena por Lucas", dice el tío con toda la franqueza de un niño inocente. Esa tarde, a la vuelta del deceso, mi hija y Lucas, en casa, se abrazaron llorosos durante largo rato. Incluso mi yerno Pepe, menos pringado con la perrita, se unió al duelo. Y entonces salta el genio de Daniel: "¡Joer, que me vais hacer llorar a mí también...!"   

Y el caso es que para la Peque y para mí esta escena nos parece tristemente el anticipo de lo que más pronto que tarde tendremos que volver a vivir con nuestra perrita, nuestra Pelu, todavía alegre y pizpireta.

jueves, 8 de enero de 2026

Un breve ataque de nostalgia

Con las pastelerías me ocurre algo parecido a lo que les sucede a algunas mujeres con las tiendas de ropas: que entrar en ellas me alivia los sinsabores de la vida. Ver los dulses tan bien dispuestos en las bandejas y disiparse la angustia es todo uno. Mucho más rápido y efectivo que cualquier lorazepám de medio pelo.

Rumiando mis males presentes (prostatitis y cólicos nefríticos) que tanto me están agobiando, he decidido alargarme hasta el vecino pueblo de Alameda, a la pastelería Nievas, un obrador familiar donde me surto de mis pasteles favoritos. Por cambiar mi dinámica tan negativa. En el camino de ida todo ha sido un bombardeo de males a mi cerebro. Y mira que me lo tienen prohibido la Peque y mis amigas Paqui y Mercedes, mis psicólogas de cabecera: que no le envíe mensajes negativos a mi mente, que luego me los devuelve hipertrofiados. Y procuro, entonces, pensar en cosas alegres y divertidas. Llegado al sitio y habiendo hecho acopio de mis manjares ansiolíticos, la cosa empieza a cambiar. 

No sé a cuento de qué, el caso es que en el camino de vuelta me sorprendo canturreando una canción. Es algo científicamente demostrado: si canto conduciendo es que estoy bueno. ¡Ole ahí mis cojones!, pienso. Y tampoco tengo explicación del porqué de la canción que estaba cantando: "¡Qué tiempo tan feliz, que nunca olvidaré, y aquel cantar alegre del ayer. Con nuestra juventud muy llenos de inquietud, tuvimos fe y anhelos de vencer...!" Y me imagino a Gigliola Cinquetti cantando esa canción en cualquier día de 1968 en la televisión de la sala de juegos del seminario de Hornachuelos.

Permitidme ahora un ejercicio efímero de nostalgia. ¡Qué gran verdad! ¡Qué tiempo, el nuestro, tan feliz! ¡Qué afortunados, nosotros, los baby boomers, los nacidos en los años 50 y 60, antes de que el mundo se pasara a lo moderno...! En lo que a mí respecta, he venido en el coche repasando a cámara ultrarrápida todo lo bueno que la vida me ha proporcionado. Y llega uno a emocionarse, incluso a reprocharle al destino por qué tuvo que pasar todo tan rápido; por qué no duró toda la madrugada aquel baile en el patio de "Cucharilla"; por qué no se alargó en diez minutos el Madrid-Manchester del 68 y hubiésemos pasado la eliminatoria; por qué se acababan tan pronto los días de Navidad con sus borrachuelos y flores fritas; por qué tanta fugacidad en el cruce de miradas enamoradas... Aquellos años setenta tenían que haberse reverberado en el tiempo como las ondas de agua en los estanques al recibir una pedrada, habernos regodeado en la repetición de guateques caseros con tocadiscos, bailes agarrados y besos clandestinos, partidos de fútbol lloviendo a cántaros, veranos eternos de ferias y fiestas y baños en el río, e inviernos duros, de aceitunas para unos y exámenes trimestrales para otros, días mucho más estirados en San Pelagio y en San Telmo, días y meses eternos de Facultad de Medicina, con don Ricardo, don Alfonso Velasco o don Pedro Montilla; muchísimas más cartas de amoríos a nuestras amiguitas del pueblo... Cada uno de nosotros esconde en algún vericueto de su corazón un instante, un momento, un día tan especial, que hubiésemos deseado eterno. El 25 de julio del 72, día de Santiago, fue ese día para mí. Que alguien hubiese detenido el tiempo, como si al tren de nuestra vida le hubiesen robado los cables de cobre y hubiésemos sido secuestrados años y años sin que contaran en el calendario, en el mismo sitio, en la misma estación, con los mismos amigos, las mismas novias y vivencias repetidas, como en el día de la marmota... 

Pero luego, uno recapacita y piensa que no tenemos derecho alguno a quejarnos. Después de aquellos años irrepetibles hemos seguido siendo afortunados. Nuestras vidas respectivas en lo familiar y en lo profesional han sido, por lo general, muy satisfactorias. Hemos educado a nuestros hijos en la creencia (tal vez equivocada) de ponérselo todo lo más fácil posible, cuando sabíamos que el esfuerzo y el afán producen más frutos que las facilidades, pero ¡qué cojones!, eran nuestros hijos. Y ahora babeamos con nuestros nietos, regalo tierno para nuestros corazones añosos.

Y llego al pueblo y me digo que nada de nostalgia. Nada de mirar atrás. Fuimos felices en nuestra juventud y somos felices ahora. Venga lo que venga, que nos quiten lo bailao. Y aquí estamos, disfrutando el hoy, que mañana será otro día. 

domingo, 4 de enero de 2026

Los Santos Inocentes

A mediados de diciembre, cuando María Jesús revisó la lista de las guardias para las navidades, creyó ser víctima de una inocentada: aparte del 22 y el 25 le había tocado también la guardia del 28, día de Inocentes.

Y, qué casualidad, el 28 de diciembre del año del Señor de 2025, último domingo del año y día de Inocentes, por más señas, me vi en la necesidad perentoria de acudir de urgencias a mi hospital de referencia. Al hospital donde trabaja María Jesús, una R1 de familia.

A las once de una mañana de llovizna, la sala de espera estaba medio llena. Amplia, con sillones cómodos y luminosos ventanales hacia la sierra, inspira tranquilidad y esperanza. Varios gatos en manada acechan a los gorriones a los pies de los pinos. Incluso desde un hospital es bonito ver llover. A las doce, un celador me nombró y nos condujo a la consulta.

María Jesús es una chica de unos veintipocos años, sobra decirlo, pero lo diré: guapa y de una exquisita amabilidad. Se la ve fresca todavía y con ganas. Los domingos se dan los relevos de la guardia a las diez, así que sólo lleva dos horas de trabajo. Le conté mi historia y mis miedos. “Casi todo lo que me dice lo tengo recogido aquí en el ordenador, pero me gusta oírselo a usted. Veo que es usted un internista jubilado ¿verdad? ¡Qué vergüenza, atenderlo cuando usted sabe de esto mucho más que yo!”

—Olvídate de todo eso y trátame como a un paciente más.

Me interroga, se interesa, escribe y luego me hace tumbarme en la camilla para tocarme el abdomen y la pelvis y para hacerme… ¡Un tacto rectal! Los hombres bromeamos entre nosotros sobre la putada de que un urólogo basto te meta el dedo por el culo. Pero el dedo enguantado de esta joven es suave y delicado. “¿Te ha molestado mucho?”, me pregunta. “Nada de nada”, le respondo mientras me ataco el hato pensando en que todos los médicos deberían ser mujeres.

En esos momentos, y pese a la corrosión que mis miedos engendran en mi ánimo, me sentí reconfortado. Sí, reconfortado al comprobar que ni la enorme sequía de medios ni el pertinaz maltrato de la administración sanitaria han podido agostar la simiente médica, que sigue brotando en terreno yermo, como crecen los jaramagos en los tejados abandonados: por voluntad inquebrantable. Por vocación, si queréis.

A la una del mediodía me llevan al TAC. Nada, diez minutos. Y volví a la amplia sala de espera con la Peque. El ámbito ya es otro, ahora la sala está petada de gente. Toda llena. Y ambulancias que llegan y ambulancias que salen. Mucho movimiento para celadores que entran y salen pregonando nombres; mucha mascarilla por doquier; toses, estornudos, gente que dormita en sus sillones; gente que almuerza un sándwich vomitado por la máquina expendedora a 3,50 euros; gente que bebe agua en espera de la ecografía; gente que pasea aburrida de tanto esperar… Un anciano solitario, tumbado en su camilla, se saca la churra y se orina encima. Y en uno de los rincones una anciana demente, desde su incómoda camilla, nos canta villancicos antiguos, “en el portal de Belén han entrado los ladrones y al probe de san José le han robado los calzones”. Y yo me distraigo mirando al monte húmedo y tupido. Los gatos se han aburrido y han bajado a la calle, que los gorriones se han cobijado en los altos pimpollos.

A las cuatro y cuarenta minutos de la tarde nos llaman a consulta. A escuchar el veredicto de boca de una chica encantadora. “Nada serio, podéis estar tranquilos, gracias a Dios. Dos calculitos en los uréteres. Nada más. El recto y el sigma, sin problemas”. La Peque y yo suspiramos. “Y os pido disculpas por tanta espera, pero estamos hasta los topes”.

Con la tranquilidad del resultado del TAC, me atreví a indagar cómo le iba el día.

“No he podido ni bajar a almorzar. Entre paciente y paciente, muerdo este bocadillo de tortilla y me llevo un trago de agua a la boca. Y seguramente tampoco podré cenar. Llevo media hora meándome, perdonad la expresión, y aguanto y aguanto. Tal como veo la cosa, hoy hasta las doce de la noche no podré mover el culo del asiento”.

Y me contó que solamente estaban tres médicos para atender las urgencias generales, dos R2 de familia y ella, una R1. El único médico adjunto (de plantilla) estaba en función de consultor.

¿Cómo es posible que tres residentes imberbes atiendan de Urgencias hospitalarias a una población cercana a los 200.000 ciudadanos? ¿Cómo un médico, en este caso una médica, puede permanecer 14 horas seguidas sentada frente al ordenador, dale que te pego, paciente tras paciente sin tiempo siquiera para comer o hacer sus necesidades? ¿Cómo se puede entender esto en un mundo de tantos derechos laborales? ¿Acaso seguimos en tiempos de negreros y esclavos? Tal como yo viví la situación en este día, las urgencias del hospital hubiesen necesitado, como mínimo cuatro consultas con un médico adjunto en cada una. Nunca las consultas de urgencias deberían recaer en manos de residentes primerizos.

Esto no es algo anecdótico, esto acontece cada día en cualquiera de nuestros hospitales públicos, principalmente en los hospitales comarcales. Y sucede así porque el sistema organizativo hospitalario coloca a los residentes como el principal soporte de las urgencias. Sin ellos, el sistema colapsaría. Lo cual es una auténtica barbaridad, sobre todo si hablamos de residentes bisoños, por cuanto vulnera el principio de supervisión y de responsabilidad progresiva, desvirtúa el carácter formativo de la residencia, expone al residente a una sobrecarga desproporcionada a su competencia y pone en riesgo la salud laboral del médico y la seguridad de sus pacientes. Estas circunstancias explican perfectamente el porqué de la huida de los médicos hacia otros sitios más amigables, más legales y más leales.

Los residentes de primer y segundo año más que aprender, sufren en las urgencias. Sufren nervios, angustia, insomnio, culpa, hambre e indignidad y sensación de haberse equivocado. Algunos de ellos, tal vez los más débiles de espíritu, abandonan. Los demás aguantan con la esperanza de que estos dos años de penurias son el precio para poder, al fin, salir de la esclavitud y comprar la libertad. No hay derecho.

Y viendo el percal de las urgencias ese día tan especial, se me antojó estar rodeado de Santos Inocentes. Unos, esos residentes tan desamparados que han de cargar con fardos demasiado pesados para sus espaldas; otros, nosotros, los sufridos pacientes que aguantamos horas y horas interminables en salas abarrotadas, cansados de mirarnos los unos a los otros y de buscar gatos cazadores de gorriones por entre la fronda del monte.

¿Cuándo despertará la ciudadanía para exigir una atención sanitaria de calidad? ¿Para cuándo los servicios de urgencias hospitalarias con dotación médica propia y completa?