martes, 27 de enero de 2026

Un "sí quiero" septuagenario

Ayer, la Peque y yo asistimos a una boda singular. Una boda con nueve invitados. 

Después de más de cuarenta años arrejuntaos, nuestros amigos Victoria y Pintor han decidido casarse. ¡Ya era hora, no? No ha sido el amor apasionado, ahora rebajado por la pátina del tiempo a cariñitos y cuidados, el que ha motivado una decisión largamente postergada, sino la evitación de las tediosas contingencias para sus hijos respectivos a la hora de las herencias. Es lo que tiene el ser gente de "taco", con propiedades no gananciales y con hijos e hijastros (¡Qué mal suena este palabro!).

Buena gente y muy buen talante el alcalde de La Carlota, oficiante del acto. Ante nueve testigos tuvo el hombre el cuajo de exhortar a los "novios" a "emprender con ilusión nuevos y apasionantes proyectos de futuro...", lo que provocó la sonrisa piadosa de los asistentes. Es un hombre joven y habla, claro está, desde la perspectiva de su edad. ¿Futuro con setenta y dos añazos? Más bien serán remates ¿no? A nuestra edad sólo existe el presente.

No hubo arroz a la salida del ayuntamiento, sino un calabobos cansino y un airecillo cortante. No hubo, ¡qué decepción!, falditas vaporosas que se alzan con el viento, escotes temerarios ni culitos respingones, elementos los más gustosos de las bodas "normales", sino nosotros mismos con nuestra edad provecta, con nuestros propios cuerpos, no por acostumbrados, menos dispuestos.

Pero gozamos de algo imposible en las "otras" bodas, en las bodas glamurosas: el placer de comer en casa, una mesa de once amigos sin nada que aparentar, sin nada que exhibir, sin otra cosa que demostrar que no fuera la alegría verdadera y espontánea del compartir camaradería y amistad. Bueno... Y comida.

El escenario era bucólico a más no poder: una mesa para once criaturas en un porche acristalado y climatizado con vistas al jardín asilvestrado de encinas centenarias, olivos destartalados de aceitunas gordales, jazmines morunos, enredaderas y yerbajos varios, donde, bajo el chirimiri incesante, un mastín de seis meses, grandote e inexperto, jugaba con dos gatitos rubios que, inocentes de todo mal, no se amedrantaban de que el perro abriera su enormes fauces e hiciera el ademán de comerse sus cabecitas.

Para comer, lo nuestro: aparte de los entremeses variados, Antonio hijo, cocinero de postín, nos sirvió un cocido con todos sus avíos y más. Hasta calabaza le echó el tío. Y costillas. Para reventar. Y en los postres, el famoso pastelón de Fernán Núñez y la tarta Luisa, con su figurita de novios, y unas infusiones digestivas.

Luego, mientras que las mujeres charlaban de las composiciones artísticas que Victoria les había regalado a cada una, los hombres fuimos buscando nuestro rincón para la siesta obligada. Yo me pillé el sofá reclinable frente a la chimenea, uno no es tonto.

Una vez repuestos, nos movilizamos todos (unas más que otros) para recoger, fregar y limpiar. Y en un descuido de Antonio, la puerta de la cocina se ha quedado abierta, cosa que aprovecharon los dos gatitos rubios para colarse y encaramarse encima del poyete. Y Victoria que salta enfurecida.

-¡Antonio!!, por favor. ¡Los gatos en la cocina, no, no y no!!!

Y ahora, en ese momento crítico, alguien suelta:

-Ea, la primera bronca de recién casados.


Bodas así, las que hagan falta. Me apunto.


Paz y bien para todos: solteros, casados y arrejuntaos.

 

1 comentario:

  1. Francisco Cesar Garcia27 de enero de 2026 a las 4:28

    Estamos ya pa culitos respingones y falditas vaporosos, ya es hora de las sopitas y buen vino. Por lo demás, larga vida a la pareja, sin coña.

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