viernes, 21 de mayo de 2021

Golf pirata

A mi amigo Alonso le ha picado también el gusanillo del golf silvestre. "Me tienes que dar clases", me dijo hace unas semanas. Y se ha empicado, oye. Nos vamos juntos al monte y, entre retamas y rebaños de ovejas, tiramos, perdemos y rebuscamos bolas hasta que nos cansamos. Cuando me quema la ciática saco del maletero mi hamaca plegable, me siento y le corrijo posturas. Y así echamos media mañana abajo. He leído por ahí que el golf es perjudicial para la espalda, pero, ya se sabe, sarna con gusto no pica. Hemos pensado apuntarnos al club de golf de Antequera, incluso hemos ido a preguntar por las condiciones. Y al final, vamos a esperar a ver cómo quedo yo de mi operación. Por ahora, lo nuestro es pegar unos cuantos palazos, hacer volar la pelotita y luego buscarla. Así matamos el gusanillo. 

Pero, hace unos días, paseando Alonso y su mujer  por las afueras descubrieron, de pura chorra, un acceso "secreto" para dos de los hoyos del campo de golf de verdad, el 6 y el 7. Y se metieron a oler. Tan paradisíaco me lo pintaron que a la tarde siguiente llegué con mi coche hasta la misma entrada del sitio, no sin antes haberme perdido unas cuantas veces. "Tú vas bien tarde, sobre las ocho y media, cuando han cerrado las instalaciones y allí no queda un alma", me había advertido Alonso. 

Quedé maravillado, la verdad. Ante mi vista, y protegidas por un circo de olivillos, chaparreñas, retamas y tomillos, al menos cinco fanegas de un campo alfombrado con césped de terciopelo en un terreno alisado y con suaves ondulaciones que recuerdan, para los que somos de natural verriondo, el contorno erótico de una mujer tumbada de medio lado. Sin esperar a más, saqué del coche un palo del 7 y tres bolas, y allí me tiré casi una hora dando bolazos para cualquier sitio, pateando de un lado a otro, aunque fuera a pie cojito, disfrutando del momento como un chaval con su bicicleta nueva. Y sin perder ninguna bola. "Alonso -lo llamé al móvil-, esto es una maravilla. ¡Y para nosotros solos...!" Se puso a reír: "dices como el Franquelo, que cree que el Torcal es todo suyo".

Desde entonces,  por tantear el terreno, he ido alguna mañana. Desde las diez, más o menos, se ve por allí mucho movimiento: un operario peinando la yerba con su cochecito corta césped; otro, recorriendo los carriles por donde circulan los buggies, revisa y repara hozaduras de los jabalíes nocturnos; grupitos de hombres y de mujeres, tirando de sus carritos, charlando ellos, riéndose ellas, avanzan hacia sus respectivas bolas... Saco mi hamaca y me siento con mi perrita en uno de los bordes, para no molestar. Le voy dando los buenos días a todo aquel que pasa cerca, y parece que nadie se extraña de tenerme allí como espectador. Y me comporto como perito en la materia, como un enteraíllo: "Pos yo le pego mejor que ése", le digo a la Pelu cuando alguien yerra el golpe. Pero la apoteosis casi orgásmica acontece por las tardes. De 20 a 21 horas. Alonso lleva varios días en la playa, y me voy solo. Todo el campo para mí. Acostumbrado a jugar entre holladuras, maleza, retama y pedriscal, pisar ahora un terreno inmenso de goma espuma es otro nivel, pero que muy otro. Golpear la bola con la tranquilidad de no darle a una piedra escondida, o con la seguridad de no perderla... Es una auténtica gozada. Y yo solo en la inmensidad verde del lubrican serrano. No, que alguna tarde he descubierto que alguien me vigilaba: en todo lo alto de una loma cercana, un joven venado aguardaba paciente a que me fuera para bajar a beber en el lago. El paraíso.

Y, sin embargo... ¿Qué queréis que os diga? Degustadas con mucho gusto las mieles del placer durante unos días, resulta que la mujer tumbada de costado sigue siendo muy atractiva, pero no es mi legítima. No es lo mismo. De pronto, la sensación de "furtivo" se apodera de mi ánimo y me encoje el brazo. Me siento vigilado. Los  aullidos de perros lejanos me parecen premonitorios de que vienen a por mí. Ya no me salen golpes tan perfectos; ya no vuela la bolita tan alto; ya pierdo alguna entre los madroños. Y ahora, la mala conciencia por invadir un espacio privado es más poderosa que la pasión golfera.

"Alonso -le digo por teléfono-, he pensado que no. Ya no me siento cómodo jugando al golf pirata. Cualquier día nos pillan, y fíjate tú qué vergüenza; sobre todo para ti, que te conoce toda Antequera. Mejor será seguir en lo nuestro, en el campo abierto. Y cuando me opere de mi ciática nos apuntamos de verdad".

"Pos muy bien que está. Así lo haremos".

Y hemos vuelto al Nacimiento de la Villa. Aquello, como el Torcal para el Franquelo, es todo nuestro.



   

   

martes, 4 de mayo de 2021

¡La que me lio el pollo...!

La Peque llevaba días rebinando sobre comprarle a los niños un par de pollitos de ésos tuneados de rojo o azul. No los había encontrado en varias tiendas de animalitos en las que preguntó, y parece que desistió, de manera que me quedé más tranquilo. "Siempre se le están ocurriendo disparates" -pensé. Y, hete aquí, que el otro día, en nuestra primera visita al pueblo, ya desperimetrados, va y se presenta en mi casa Teorillo, con dos pollitos de pavo "pa los niños". Mi mujer, loca de contenta, les prepara su caja de cartón, su pienso, su recipiente para el agua y su rinconcito en el salón, no vayan a pasar frío. Yo, resignado, y la Pelu, nerviosa perdida olisqueando la caja por todas las costuras. Y los pavitos, piando, claro. Y cagándose  cada dos pasos.

A la mañana siguiente, se me ocurrió sacar los animalitos al campo, que salgan de su mazmorra de cartón y se oreen al aire libre. Y me los llevé en el coche hasta el cortijillo de Cipri, en Los Llanos del Pozuelo. Con la intención de librarlos del acoso de mi perrita, la encerré dentro del saloncito y a ellos, los pavitos, los saqué de su caja y los dejé a su libre albedrío, que picoteen por ahí. Al fin y al cabo -pensé-, este va a ser su ecosistema en un futuro muy próximo, cuando mis cuñados Cipri y Pedro se decidan a poner un huerto y echar gallinas. La mar de contentos que se pusieron los pollos viéndose sueltos. El más chicuelo, siempre a la sombra del grandullón, feo de cojones con su cresta naciente.

Y yo me puse a lo mío: a pegarle palos a las bolas de golf, a perderlas por entre los olivos y los jaramagos. Y luego, a encontrarlas. Veréis que ahora escribo menos a menudo, y es que estoy enviciado con el golf, todas las mañanas, antes dedicadas a la escribanía, las malbarato ahora con las dichosas bolitas. Ya se me pasará. 

En esto estaba, cuando, desde lejos, oigo piares desesperados y veo revoloteos de plumas. La Pelu se ha escapado de la casita y está persiguiendo a los pollos. Le grito para que los deje y corro hacia allá todo lo que mi ciática me permite. El pollito chico se ha escondido detrás de una pila de palos secos para la chimenea. Consigo meter mi mano, pellizcarle un ala y atraparlo finalmente. ¡A la caja! No quiero más sustos. Pero el otro grande se ha debido de esconder tan bien que no lo encuentro. A fin de evitar males mayores, agarro a la Pelu y la encierro, esta vez con llave, y me pongo a buscar al pollo grande. Imposible. Asustado, ni se mueve ni pía. Me siento en el poyete de la entrada esperando escuchar algún ruido orientador. Y oigo fóllega por entre el sembrado de habas. Allí está, el sioputa el pavo. Y cuando me dispongo a atraparlo, pega el tío una volada y se salta la valla metálica que rodea la casa. ¡La madre que parió al pavo! Me salgo por fuera, y allí, en medio de una camada de olivos, me está esperando. "Anda ahora, cojo de mierda, a ver si tienes cojones de cogerme" -parece que está pensando. Con lo chico que es, y la idea que tiene, el cabronazo, pienso yo. Y ahí me tenéis, con mi ciática, persiguiendo a un pollo de pavo por medio de un olivar, tropezando con terrones y matojos: me torea alrededor de los troncos; pega una volantada si ve que me aproximo demasiado; me reta, se queda quieto esperándome, como si jugase conmigo al pilla pilla...¡Anda, y que te den! Y cuando se sintió cansado se enfiló hacia el mismo borde de la valla, a donde yo no podía llegar por mor de la greñura de la maleza, y, en viendo un boquete grande -seguramente una madriguera de conejos- allí se coló. Y yo, bobo de mí, sentado enfrente al agujero por si el pollo quiere salir. Hasta que me harté y me fui.

Y hasta hoy. Imposible dar con él. Mi cuñado Cipri dice que si sale se lo meriendan algunos gatos que merodean por allí; y si no se atreve a salir, morirá de frío o de susto. No ha sido mejor la suerte de su hermano el chico. Ayer mismo, lo trasladamos a la casa de mi hija para disfrute de mis nietos. Pero esta misma mañana ha amanecido cadáver en su cajita. La soledad, la ausencia del calor del hermano, el miedo a la otra perrita de mi hija, el frío... ¡Qué sé yo...! El caso es que qué vida más breve y azarosa la de estos dichosos pavitos.