domingo, 21 de agosto de 2022

Amenaza

Tres días atrás, invité a dos primos míos a una partida de golf. Emigrantes en Cataluña, han venido al pueblo con motivo de la feria. Son jugadores diletantes, como yo, más o menos. Y he querido agasajarlos disfrutando las excelencias de un campo de golf como el de Antequera. Por lo que cuentan, el campo que ellos frecuentan en Tarragona es de pequeñas dimensiones, nueve hoyos de un par tres cada uno. Quedaron impresionados con las dimensiones extraordinarias y la belleza natural de un circuito incrustado en pleno monte, cuyas zonas de penalización y los límites de las distintas calles son encinas, olivos, frutales diversos y matorral autóctono. Y donde no es extraño que en medio de algún recorrido te topes con una familia de cabras montesas que bajan desde el Torcal a beber. O a olismear. La partida tuvo poca chicha. Ellos no están acostumbrados a estas distancias ni a los palos largos que se necesitan para cubrirlas. Pero lo pasamos bien.

Ayer me llamó uno de ellos: que ha dado positivo al Covid. Precisamente, el que se sentó a mi lado en el coche. De manera que soy un contacto directo y cercano de un positivo. Tiempo atrás, estaría ahora mismo jurando en arameo y jiñao de miedo. Y aislado en mi dormitorio de arriba con toa la calor. Pero hoy me encuentro aquí, tan tranquilo, como si tal cosa. Como soy tan mirado, quizá note algo de carraspera, más imaginaria que real. Guardo la esperanza de pertenecer a ese grupo selecto de humanos con una resistencia natural al coronavirus de los cojones. Pero si tengo que pasarlo lo pasaré y santas pascuas.

El caso es que ahora me aprovecho de mi situación accidental de contacto cercano. Ayer noche, en la terraza del bar del parque confesé a un grupito de amigas mi nueva condición, y rápidamente se dispersaron dejándonos mesa libre. Hoy, en la piscina municipal he dejado caer también la pildorita, y me he bañado casi en solitario. Como cada día, he tenido consultas médicas en medio del baño, sí, pero a una prudencial distancia.

Me hace gracia que la gente me vea como una amenaza. También yo me he comportado así con otros. Merecido lo tengo. Lo malo del asunto es que puede peligrar nuestro viaje a San Sebastián de aquí a dos días. Espero que no.

Voy a empezar con las gárgaras.

 

miércoles, 17 de agosto de 2022

¡¡Por fin es 18!!!!

Mi amiga Arreseli, de nuestra antigua pandilla del pueblo, me dijo antenoche en los churros una frase que muchos jóvenes añosos hacemos nuestra: "¡qué ganitas tengo de que llegue el 18!...

Me recordó, irremediablemente, a mi madre. Independizados ya en el convento mi hermana Josefa y los suyos, a la probe de mi madre le venían muy largos tantos días de feria, tantas horas de cocina en una casa como la suya, en la que se quedó sola y desamparada para atender no sólo a marido e hijos, sino también al cupo de invitados que mi padre, tan rumboso como inconsciente, acarreaba cada año. "¡Madre mía del Carmen, ¿quién se verá en el día dieciocho?..." -suspiraba cada dos por tres. Eran tiempos en que, hacendosa y protestona, se veía capaz de llevar palante una casa de hombres poco mañosos en lo doméstico -todos estudiantes y mi hermana Carmen, aún adolescente-. Y gracias a Dios, siempre llegaba, por fin, el día 18. Siempre, menos el año del Señor de 1995, en que ya muy limitada por su enfermedad, no calculó bien el día de su partida. Y se nos fue el 16, a la mañana siguiente de ver encerrarse a su Patrona. Precisamente el año en que su hijo Frasquito fue Hermano Mayor de la Virgen.

Hoy, día 18 de agosto, también yo respiro aliviado. Demasiados días entre pre feria y feria para alguien como servidor, tan acomodado a su casa y a sus rutinas. Reconozco y pondero en muy elevado el desempeño fabuloso de la concejalía de cultura, de la Hermandad de la Virgen y el de los Hermanos Mayores para ofrecer al pueblo una feria tan lucida como bien organizada, pero es que yo soy muy mal feriante. Si puedo, huyo de la multitud y el vocerío. He bajado poco al recinto ferial, y menos aún lo hubiese hecho de no haber sido por el encargo de cuidar de mis nietos por puras necesidades familiares. Nobleza obliga. Del castillo hinchable al Ratón Vacilón. Y de ahí, a los coches de choque. Y vuelta a empezar. ¡Qué energía, qué manera de saltar, de sudar, de comer y de beber de estos críos!... Inagotables. ¡Qué considerada la naturaleza dotando a los niños de cuatro abuelos! No sé cómo hubiese acabado yo esta feria sin el concurso de los otros tres, muchísimo más entregados a la causa de los nietos. No he renunciado, sin embargo, a mi ración de churros con chocolate, quizás el único incentivo que le encuentro a esas noches de feria de tan excesivo nivel de decibelios ambientales. Para mi gusto, bastante más atractivas las actuaciones artísticas, de flamenco y teatro, en ámbitos más reducidos ofertadas por el ayuntamiento en las noches de pre feria. 

Y en lo que respecta a lo puramente religioso, extenuada la llama de la fe, persiste en mí, no obstante, el rescoldo del fervor. El fervor a la Virgen del Carmen es, sin duda, nuestro elemento identitario por excelencia, más allá de ideologías y de creencias. Tenemos los lugareños del pueblo incrustada la devoción carmelita en lo profundo del sistema límbico, "el cerebro emocional". O mejor, en la masa de la sangre, que dicen los castizos. Es algo irrenunciable para cualquier palencianero, aunque pueda parecer una contradicción intrínseca en un ateo como yo, un oxímoron: un ateo fervoroso. Es lo que hay. No llego a donde mi madre, que le hablaba a la Virgen de tú, pero confieso que me he emocionado escuchando el pregón de mi sobrina Mari en una iglesia abarrotada; observando la devoción de todo el pueblo en la procesión de la Virgen, la más multitudinaria de todas cuantas pueda recordar; y reviviendo al viejo Mellizo "Urea" en un "revoleo" de la bandera perfectamente ejecutado por cada uno de sus tres sucesores. Cierto también que no son de mi gusto los excesos de alharaca, la profusión de exorno ni la tan ostentosa exhibición de la Virgen en el templo. Desde mi sincera gratitud y reconocimiento a la dedicación incondicional de todas las camareras y colaboradores en "el vestir" a la Virgen -empezando por mi Manolo-, prefiero una Patrona más sencilla y austera, la Virgen a la que tanto he rezado y cantado en mis años de juventud y cenobio.

En fin, que ya estamos a 18 de agosto, y que hemos superado con nota una feria larga, intensa, multitudinaria... Y fresquita. Hasta la próxima.

jueves, 11 de agosto de 2022

Una frugal colación

Y tan frugal. Ni en la Cuaresma. 

Una pareja de amigos nos visitó días pasados, aquí en Palenciana. "No hagas nada de cenar -le propuse a la Peque-. Nos tomamos algo en la terraza del "Viruta".

Fue una noche de bochorno. La terraza, cubierta por amplios toldos de lona que, amarrados de ventana a ventana, cruzan todo el cielo de la calle, es un fresco abrevadero por el día, pero una sauna en noches como ésta. "Aquí no se puede estar, vámonos pal Berrinche". Mi cuñada Conchi, que es muy calurosa. Apenas habíamos tomado una cerveza y dos bocados de una ración de ensaladilla.

En el Berrinche, al aire libre, mucho mejor, había una sola camarera. Otra cervecita y a esperar la comanda. Al cabo de media hora, la camarera nos advierte que la cocina está cerrada. Una indisposición muy inoportuna de la cocinera. ¡Vaya por Dios!!!

En mi pueblo no tienes mucho donde elegir entre semana. Ni un solo restaurante. Digo de ir al "Reina", en el Tejar. Nuestros amigos protestan: "de verdad que no hay problemas, nosotros estamos siguiendo el plan de José María: no cenamos". De hecho, a Inés se le nota un montón. Ha perdido al menos diez kilos. Mi cuñado Cipri, excelente anfitrión y cocinero, ofrece su porche y la promesa de unas tapas en un plis plas, pero los amigos solo quisieron tomar infusiones de ésas de régimen que sueltan el vientre. A pesar de la gran confianza que nos dispensamos, uno pasa un poquito de fatiga por no poder agasajar debidamente a los amigos que nos visitan. Y de esa manera, con el mucho charlar y el poco yantar, partieron para su pueblo.

A las doce y media de la noche, calculando que ya habrían llegado, les llamé al móvil:

-Oye, Miguel, ¿habéis llegado bien?

Miguel es un cachondo mental. Su sentido del humor, tan ocurrente, le sale del natural. Dice que eso le viene de niño, que le gustaba sentarse con los viejos del pueblo para aprender de ellos anécdotas, historias y chismes.

-Estupendamente -se ríe-. Lo primero que hemos hecho, Inés y yo, nada más llegar, ha sido tomarnos un Almax. Pa los ardores.

Estos no vienen más -pensé entre risas.

domingo, 7 de agosto de 2022

Disquisiciones sobre la amistad en una tarde tórrida de agosto

Me complace mucho ver a mis nietos tan amistosos. Tienen ya su pandilla y todo. Lo pasan genial en la piscina del pueblo. Daniel, más pequeño, se infiltra como uno más en el grupo de Lucas, tres años mayor. Hasta de vacaciones en el extranjero hacen amiguitos y se entienden por señas. Lucas es tan emocional que echa sus lagrimitas cuando se despiden. Algo han sacado mío. Porque también yo he sido siempre muy amistoso

Muy pronto en mi niñez descubrí una desconocida habilidad para la amistad, algo que luego me ha acompañado a lo largo de la vida. En el pueblo, en el cortijo, en el seminario, en la facultad, en el hospital, en Sevilla... Y ahora, de jubilado, en Antequera. En cualquier sitio donde he vivido he sabido rodearme de amigos. De excelentes amigos. Y ello es algo de lo que me siento muy orgulloso: los amigos son parte esencial de nuestro patrimonio sentimental, ése que no tributa en otro lugar que no sea el corazón. Como mi Lucas, soy un sentimental. Y esta tarde de calor me ha dado por ahí: por la amistad.

La madre de la Peque -no llamaré suegra a mujer tan bondadosa- se extrañaba del hecho de que, ya casados, nosotros siguiésemos manteniendo una relación tan estrecha y continuada con los amigos. Para ella, según la costumbre en el pueblo, una vez casados, los matrimonios se "juntan" con otros de la familia, pasando los amigos de juventud a un segundo plano. Y yo le contestaba que sí, que era verdad, pero que para nosotros, los amigos son también familia. "¿Cómo va a ser lo mismo?" -se revolvía.

Me resulta intrigante abarcar la psicología de la amistad. Qué clase de vínculo misterioso nos mueve a acercarnos y querer a unos como si fuesen hermanos, y a alejarnos de otros. Aún siendo médico y presunto conocedor de los intríngulis moleculares y hormonales que rigen nuestra mente, me resisto a pensar que todo se reduzca a química. A esa química la tiene que mover algo. Determinados gestos, miradas, actitudes, incluso la fisonomía externa han de modificar reacciones químicas en nuestro cerebro en uno u otro sentido. 

Es un hecho constatado la existencia de amistades de conveniencia. Aristóteles las llamaba amistades de utilidad y de placer. El interés de una o de ambas partes en un objeto determinado es el soporte del vínculo amistoso. Es una amistad interesada. Amigos de fútbol, de negocios, de política, de iglesia... Cesada la causa, cesado el efecto. Uno cree estar al margen de ese tipo de argucias, y, desde luego, yo las niego con rotundidad en mi persona. Pero alguien podría, tirando del hilo del interés, argumentar que mi amistad inquebrantable con Agundo quizá me sirviera para hacerme un nombre entre los chaveas valientes del pueblo, o para aprender a nadar en el río antes y mejor que otros. Que mis amigos del seminario facilitaron mi socialización puliendo mis muchas tosquedades. Que los de la facultad o del hospital han sido, de alguna manera, cooperadores necesarios en mi desempeño profesional. Y yo, en el de ellos. Que mis amigos de Sevilla se han topado con un chollo de médico para todo en mi persona. Es posible que vea en mis amigos actuales de Antequera un medio para adaptarme mejor a mi nueva vida, sin contar con el pozo sin fondo de sabiduría y bondad que me aportan.

Contra este alegato descarnado, me sale muy de dentro defender mi sentido de la amistad como un sentimiento puro, sin contaminantes, todo emoción, diría yo. La amistad virtuosa, la nombraba Aristóteles. Una relación regida por el afecto, la nobleza y la afinidad de pensamiento, sin llegar -eso sí que no- al embeleso del enamoramiento. Mirando ahora para atrás, no tengo reparos en reconocer que en algunas etapas de mi adolescencia he sentido pudor al creerme enamorado de sendos querubines, uno en el seminario y otro en el pueblo. Yo, un tío de campo, de a paja diaria... Esta amistad desinteresada, la verdadera amistad, convierte la química fría e impasible de nuestro sistema límbico en un caldo del cocido, cálido y apetitoso, en una noche de tormenta. 

¿Y qué pasa con las chicas? Bueno, ahora no hay distingos de género: mis amigas poseen la misma consideración y confianza por mi parte que mis amigos, si no más, aunque la suerte de su amistad me haya llegado, en su mayoría, por vía conyugal. Por ser la mujer de... Pero antes, en nuestro tiempos jóvenes, la cosa era bien distinta. Los chicos con los chicos, y las chicas con las chicas. No teníamos amigas con la confidencialidad, complicidad y trato propio de los muchachos. Los tendrían entre ellas, pero no con nosotros. Nos juntábamos para irnos al campo o al río de excursión, o para organizar guateques o teatrillos. En la pandilla, por lo general, cada quien le tenía echado el ojo a una determinada "amiguita", más amiga que las otras, aunque todavía sin derecho a roce, sino sólo a paseos por la plaza o por la carretera, sin pasar del Retiro para no dar que hablar. Y eso, en caso de reciprocidad, cosa que no siempre ocurría. También yo tuve mi "amiga" más especial, una muchacha linda y menuda, que me parecía angelical. Mi condición de seminarista complicó mucho nuestra incipiente relación, naturalmente. Y más tarde, cuando abandoné el seminario, un vendaval de frescura, energía y pasión barrió mis anteriores amores para instalarse en mi vida de una manera tan contundente como definitiva.

Sea como fuese, mi amistad se ha alimentado siempre de lealtad, franqueza, confianza y cariño. Mi amiga "especial" murió hace ya años, en la flor de la vida, como solemos decir. Llevo siglos sin ver a muchos de mis amigos y amigas del pueblo. A otros los disfruto un mes al año. Da igual. Los sigo recordando a todos con parecida emoción con la que quiero a los más cercanos, a quienes trato con cotidianidad.

¡Viva por siempre la amistad!!!







martes, 2 de agosto de 2022

Regina Angelorum

El primer wassapt de esta madrugada me ha informado de la onomástica de mi sobrino nieto Ángel. Tiene diez años, y más que un ángel es un demonio. A fin de cuentas, también Lucifer era un ángel.

Regina Angelorum, Regina Apostolorum, Regina Profetarum, Regina Vírginum... No me preguntéis por qué, no lo sé, pero se me vino al pensamiento mi abuela Josefa y sus lecciones de letanías y jaculatorias. Yo las recitaba de carrerilla. Cincuenta y cuatro letanías. De memoria. De monaguillo, antes de irme al seminario y sin idea de latín, sabía el significado de todas ellas. Pero había dos que se me atragantaban: Rosa mística, que no pintaba allí nada, y Virgo Potens, que me parecía una picardía.

Creo haberos dicho alguna vez que mi abuela Josefa fue el actor más determinante para mi entrada en el seminario. Me metió a monaguillo, y luego, cansina como gota en roca, persuadió a don Juan González para que me incluyera en la terna de ese año para ingresar en "Santa María de los Ángeles", el seminario menor de Hornachuelos. Una visionaria. No como su consuegro, mi  abuelo Manolo, que nunca creyó en mi vocación alegando que yo tenía el ojo demasiado vivo. Mi abuelo Manolo fue la persona que tal vez más haya influido en mi forma de ser de chavea. Sentía admiración por su templanza -jamás lo vi enfurecido-, su equilibrio mental, su sabiduría campesina, su afabilidad y su bondad de hombre justo. Y no soy capaz de recordarlo ni una sola vez oyendo misa. Ni siquiera el día de mi primera comunión. Yo creo que era un ateo en el armario.

Siempre me he considerado el favorito de mi abuela Josefa entre todos sus nietos. Mi madre, incómoda por vivir en la casa de la suegra, tenía celos de mi primo Santi, el mayor de "Los Porreras", creyéndolo el preferido. Yo la escuchaba discutir con mi padre: "tu madre sólo tiene ojos para su Santi", y cosas así. No era verdad. Yo fui el primer nieto varón, el más celebrado en la casa familiar de mi abuela, me crie rodeado del afecto tierno de mi chacha Bibi, la chacha Chiquita y la entrometida de la chacha Gregoria, una tía abuela, hermana de mi abuelo Manolo, que era vecina nuestra. A ver qué nieto de mi abuela puede presumir, como yo, de haber dormido con ella, en su cama, hasta los trece años. Y no seguí más tiempo por sentir vergüenza propia de mis erecciones y poluciones nocturnas.

Me dormía a fuerza de jaculatorias "Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza"... Y me despertaba con letanías "Kirie Eleison, Chryste Eleison, miserere nobis"... Todo su empeño consistía en prepararme en historia sagrada mejor que los otros aspirantes. Era consciente de que mis notas escolares, excelentes, y mi soltura en las lecciones de catecismo tenían que suplir mis flaquezas en urbanidad y civismo. Yo era entonces un niño demasiado rústico, casi un clon de mi amigo Agundo, el amo de nuestra calle.

Y al final, se salió con la suya. Me vio de seminarista por muchos años y disfrutó orgullosa de mis notas, las mejores del curso. Pero también se salió con la suya mi abuelo Manolo cuando abandoné el seminario, como él había pronosticado, y me hice médico. Ambos contentos.

Stella matutina, Salus infirmorum, Refugium Pecatorum, Consolátrix afflictorum...

lunes, 1 de agosto de 2022

Civismo

"Enseñar civismo es una obligación familiar y comunal" (Stephen Carter)


Hace unas fechas, un amigo se me quejaba por wassapt de lo sucia que está Triana. Para mí no es algo ajeno. He vivido allí unos años y he conocido sus calles tachonadas de cacas de perros y regadas con sus meadas. Otro amigo, más sensible todavía, se ausenta por meses de Sevilla porque no soporta la suciedad y abandono de sus calles ni el talante incívico de alguna de sus gentes. En una carta al director, un ciudadano cualquiera protesta en el periódico que el ayuntamiento sólo se ocupa de la zona monumental. En facebook leo estos días a distintos usuarios cordobeses quejarse de la dejadez de los servicios municipales de la limpieza... Y, qué curioso, todas las críticas miran a los ayuntamientos. Algo -o mucho- habrá de verdad, claro.

Sin embargo, en ésta y otras cuestiones de asuntos públicos, yo prefiero mirar hacia nosotros, los ciudadanos, y ser autocrítico. ¿Qué podemos hacer las gentes corrientes para mejorar tal o cual cosa? Y la respuesta siempre es la misma: ser personas cívicas.

Desde hace tiempo he creído que más que la confrontación política tan polarizada hoy en día, la falta de civismo es, quizás, el hándicap principal en el comportamiento social de los españoles en general, y de los andaluces en particular. Siempre me he sentido -y me siento- orgulloso de mi españolidad, pero siempre también he echado en falta ese punto de civismo que uno contempla en otros ciudadanos cuando viaja por Europa. Es una pena, porque vivimos en el mejor país posible. Y ya sería la repera si fuésemos un pelín más educados. Yo mismo, que me tengo por persona cívica, he tenido dudas en agacharme a recoger la caca de mi perrita cuando en la calle no se ve un alma.

¿Qué es el civismo? Pues es la capacidad de las personas de saber vivir en sociedad respetando y considerando al resto de individuos que componen la misma. Civismo y buena educación suelen ir de la mano. El comportamiento cívico respeta la propiedad privada y el patrimonio público; evita actos que puedan ser nocivos o molestos para los conciudadanos; se ocupa de cuidar -o al menos no deteriorar- lo que es de todos; muestra empatía hacia los asuntos de los demás. Por poner ejemplos generales. Decía con su guasa personal José Luís Coll que el colmo del civismo sería si en España se pudiese jugar un partido de fútbol sin árbitro. Pues eso. No queremos el colmo, nos conformamos con un culillo.

En algún sitio he leído que en las escuelas se enseña a los niños, y que en las casas se les educa. Yo voy más allá: la educación es una tarea que compete a toda la tribu, a todo el pueblo, maestros, familia y hasta vecinos. Y todos a una, de poco vale predicar buenas prácticas a los niños si luego te ven echar las cáscaras de pipas al suelo teniendo una papelera al lado. Y debe ser así porque de una buena educación de nuestros jóvenes va a depender la suerte de sociedad del futuro más inmediato. Y tengo para mí que el principal enemigo de la enseñanza de educación y civismo es la permisividad de padres y comunidad ante conductas inapropiadas de los jóvenes, precisamente por eso, porque son jóvenes e inmaduros. Mis muchos amigos maestros, que están viendo venir el tema desde hace unos años, coinciden en afirmar que uno de los graves problemas de nuestra sociedad actual es el asunto de la EDUCACIÓN. Educación en su sentido más amplio, que incluye no sólo la formación curricular, sino precisamente también civismo, urbanidad y cortesía. Nociones, me temo, que suenan a chino entre nuestros muchachos. Y sin embargo, nada de ello resulta demasiado atractivo en el candelero de los medios.

Sed bienvenidos a un agosto más fresquito. Y más cívico.