Resulta muy extraño no ver a nadie en todo lo
largo de la calle de San Isidro. Ni siquiera un coche. Nos
detenemos un momento en la plaza de Andalucía por ver algo espectacular, no
tanto por su belleza, sino por la excepcionalidad de contemplar los brotes
verdes de un trigo ancestral sembrado en los arriates de los naranjos por unos
ecologistas que visitaron el pueblo hace cosa de 15 días; unas semillas
neolíticas de la variedad de trigo más antigua que se conoce, Escanda,
utilizada hace más de 12.000 años en el Creciente Fértil. Y ya asoman los
brotes perfectamente alineados. Esperemos que se respeten y la gente no los
confunda con hierba. Mi perrita, ajena a todo conocimiento, ya se disponía a
escarbarlos.
Toda la plaza de Andalucía y el edificio del
ayuntamiento eran, en aquellos tiempos, La Casa Carreira en cuyos
patios laterales jugábamos los muchachos con Torrezno, hijo de los porteros, subiéndonos a los carros y obtener así
mucha ventaja en el espadeo. Días antes de la Navidad, los escolares hacíamos
cola en esa casa para recibir el aguinaldo: una bolsa de leche en polvo, otra
de mantecados y una botella de aceite. Frente por frente, la casa donde vivía
la familia de Angelillos y Rosarito “La Central”, casa desde donde se
controlaba todo lo referente a la electricidad del pueblo y donde hubo el
primer teléfono casi público. Más abajo, la casa (hoy dividida en dos) de don
José Nieto, alcalde de alcaldes y maestro de maestros. Cuando había toros en la
tele nos daba la clase de permanencias (de pago) en su casa y él veía la corrida mientras los chaveas hacíamos los problemas de matemáticas. Tirando de
nostalgia me detengo en el número 28, la antigua casa de mis
padres. Y, en frente, el postigo de mi abuelo Manolo, donde convivimos un par
de años con nuestros primos los polis. Cada jueves que el abuelo
venía del cortijo a cambiarse de ropa y dormir en su cama, mi hermana Josefa y
yo, mayores que nuestros primos, escurcábamos primero su capacha para escoger
las ciruelas más vistosas, las menos despachurradas.
Y rememoro vivencias simpáticas para evitar
acordarme de aquel fatídico 16 de agosto del 95, día en que murió mi madre.
Años antes, la primera vez que nuestra amiga sevillana Pilar Bustos visitó nuestra casa
se quedó tan sorprendida de tantos cuadros de santos en las paredes del salón
que, con su espontaneidad natural, le dijo a mi madre: "señora, ¿esta es
su casa o es la sacristía? O aquella otra ocasión en que un amigo
madrileño de mi Manolo vino a la feria del pueblo por segundo año consecutivo
acompañado por sus padres. En esta segunda vez, el padre del amigo se había
divorciado y venía con otra mujer distinta a la del año anterior, claro. Pero,
las cosas de mi padre, siempre tan imprudente que no reparó en ese detalle:
"señora, viene usted mucho más guapa y más nueva que el año pasado".
No sabíamos dónde meternos de la vergüenza.
Seguimos bajando hacia El Berrinche y ralentizo
mis pasos, porque en la soledad casi
angustiosa de una calle habitualmente tan concurrida, una sombra siniestra
emerge desde las antiguas alpechineras. Me restriego los ojos para quitarme de
encima una visión tan desagradable. "Debe ser La Parca, que ronda cerca después de haberse llevado a Juanillo", le dije a mi perrita. Y ella, asustada, reculó unos pasos y se arranó en el suelo mojado negándose a seguir. "Es broma, mujer", le dije, y ya asintió con un
movimiento afirmativo de su cabeza.
Y, enseguida, varias casas más abajo, las
antiguas escuelas y mi recuerdo imborrable para don Luís, don José y don
Enrique, mis maestros de la infancia. A don Luís le debo mi ortografía y mi
caligrafía, envidia de mis compañeros, tanto en el seminario como en la
facultad de medicina: no había letra más bonita y legible que la mía. En don
José aprecio su paciencia en la enseñanza de unas matemáticas tan odiosas en
aquellos primitivos tiempos sin móviles ni calculadoras. Y a don Enrique, le
debo un recuerdo muy especial: dejó de cobrarle a mi padre el último mes de
"permanencias", como regalo ante mi inminente entrada en el
seminario.
Ni un alma en el pabellón polideportivo, tal vez
sea aún demasiado temprano. Muy pronto se llenará de chiquillería futbolera. En
los años sesenta ese espacio era ocupado por una piscina municipal donde muchos
dimos nuestras primeras brazadas como requisito imprescindible para luego, ya
aprendices, obtuviésemos el permiso de los muchachos mayores para bajar a
bañarnos al río. Yo no puse los pies en el río hasta que mi amigo y preceptor
Agundo diera el visto bueno. Algunos años más tarde, en vista de que nunca nos
pasó nada malo a los habituales del baño, se le perdió el respeto al río, de
manera que, hasta las mocitas, en bañador, iban a mojarse los pies en su
orilla. Frente al Berrinche había un largo pilar, abrevadero para
bestias, en el que los muchachos más grandes remojaban a cualquier otro chaval
forastero que visitara el pueblo, como una especie de bautismo iniciático. Mi
amigo Pepe Montes fue víctima de tal suceso la primera vez que vino a
Palenciana, a la boda de mi hermana Josefa.
Las Eras Bajas son sinónimo del
bar El Mosqui, con La Frasca y su marido, gordos, hermosos y
de buen talante, como taberneros de postas de siglos pasados, bien secundados
luego por su hijo, que modernizó los interiores y la terraza a la calle y
revolucionó el menú con su plato típico: "El Delegado".
Y, ¿Cómo no? La Feria. Primero, en el actual callejón de
Juanma "Pelitos", con el remolque de todos los años donde montaban su
escenario Los 6 de la Puente, a todas luces, un lugar demasiado
estrecho para tanta gente de dentro y foránea. Hasta que ya se trasladó a su
lugar definitivo, el actual. Durante muchos años, la gran explanada de la feria
fue un campo de fútbol reglamentario, de albero, donde casi siempre perdíamos
contra Benamejí. Yo mismo formé parte de aquel primer equipo capitaneado por
Manuel Velasco El Mala. Pero, en muy poco tiempo se armó un equipo mucho
más potente, con Pepilla de entrenador y figuras como Luis Villalba, Paco el de Hornachuelos, Los
Mellizos, Cipriano, Juanillo Papas Guisás, José de Diego,
Manolito el del Berrinche, José Antonio El Chato... Alcanzó
un nivel tan elevado que llegó el momento culmen del fútbol en el pueblo:
formar un único equipo con jugadores de ambos pueblos, Palenciana y Benamejí.
Una gozada ver jugar a esta gente con Manguela, Luis y un tal Romero, como cracks estelares. Los estudios y el trabajo de los muchachos que se hacían
mayores acabaron con la etapa más brillante del fútbol palencianero. Llegaría
luego el fútbol sala, donde tuvimos también unos años de gloria con un equipo
liderado por El Chili, un jugador excepcional, que pudo haber
llegado a la élite, pero que, por diversos motivos, se quedó en el camino.
Lloviznando, no me atrevo a seguir hasta los antiguos Barrancones, sitio que en la actualidad es un huerto de frutales de Periquillo. Entonces eran unas enormes cuevas abiertas, refugio de los chaveas para escapar de la vigilancia de abuelas y de gente mayor. Mi perrita me apremia el paso para
llegar antes a casa, pero no puedo dejar de mirar hacia la antigua Huerta
del Recreo, hoy casi tapada por otras construcciones. Ha llovido mucho
durante la pasada primavera y el actual invierno, pero no lo suficiente para
reanimar la vieja acequia que bajaba desde lo alto de la actual nave de Juan
Arjona hasta La Pichanca, en cuyas aguas limpias y cubiertas de juncias
lavábamos los chaveas las zanahorias birladas a la carrera a Antonio de
la Huerta.
Subiendo La Molina, la única criatura
con quien nos tropezamos mi perrita y yo en todo este recorrido fue Aurelio,
un perrito bodeguero de la manada de María José Navarro, que salió a la puerta
a saludar a mi perrita besuqueándole el trasero. Más caliente que el Julio
Iglesias.
Y llegamos a casa extrañados de un recorrido tan
largo en un pueblo que pareciera ser habitado por fantasmas.
Con sólo 11 años (la edad de mi nieto mayor,
Lucas) abandoné el pueblo, la casa de mi abuela, a mis padres y mis hermanos
para irme al seminario. Y ahí acabó mi infancia.
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