martes, 10 de febrero de 2026

Sentir mono del campo

Yo creía que era cosa mía exclusiva, una de mis manías: salir al campo en solitario. No necesariamente al saludable ejercicio del senderismo en grupo, sino simplemente salir de tu casa y respirar el aire limpio del campo, hacerte una misma cosa con la naturaleza, hablarle a los árboles y a los pajarillos sin más estorbo que el susurro del aire entre olivos y pinos. Me hice a esa rutina en el seminario de Hornachuelos algunas tardes de jueves y domingos en que, echando pies, ninguno de los capitanes me cogiera para los equipos de fútbol. Y me aislaba por aquellos cerros, yo solo, para que nadie notara mi cabreo. Y así me desahogaba.

En los lejanos días en que ha hecho bueno (ya ni me acuerdo), mi campo de golf de Antequera ha cubierto con creces mis aspiraciones naturalistas, puesto que además de subir cuestas, bajar pendientes y ponerme como un ecce homo (como un seomo, decían nuestras abuelasbuscando pelotas perdidas entre la fronda, añade el estímulo del juego, un juego perfeccionista que exige el máximo de concentración. Y ahora, cuando el tiempo inmisericorde no me permite jugar allí, me alargo en coche a la pradera de San Isidro, toda ella para mí solo, una isla boscosa en un mar de olivos, un decorado natural de vegetación alfombrada de un verde insultante, una reserva de conejos juguetones tachonada de madrigueras, un humedal joven bautizado por tanta borrasca, un laberinto arbóreo donde ensayo golpes imposibles procurando que mi bola esquive las ramas, o si acaso, sólo las acaricie, y que no aterrice en ningún charco. Tan ensimismado, que ni noto la insolencia de los humos fabriles.

Pero he visto que no, que no soy el único amante de la soledad campestre. Cristóbal "El Conejo" sale cada mañana y trastea por los aledaños del río, incluso en días de alerta amarilla, con su chubasquero y su paraguas. Este es otro heredero de sus usos de niño cuando acompañaba a su padre, guarda forestal, por el mundo Dios. De casta le viene al galgo. Y de esta manera, es el referente a quien hay que preguntar por el nombre y la ubicación de cualquier sitio, cortijo o estacá de nuestro término. Manuel Gámez, el de "Andreíta", es un trotamundos de nuestros campos. Siempre en solitario, se tira toda la mañana andurreando a paso largo, como dicen que caminaba "Berna", un paisano que en una hora se ponía en Badolatosa. Mi hermano Manolo, otro que tal baila, rememora cada día la antigua costumbre de nuestros primeros moradores que salían de madrugada al campo en busca del alba. Antonio Zamora, un sevillano reconvertido en palencianero, está colado por nuestros parajes ribereños a los que ya conoce mejor que muchos paisanos...

Volviendo ayer a mediodía desde la pradera, antes de llegar a la cuesta de la Grea, veo un coche en la cuneta y a su vera, Juanillo Aguilera. Creyendo yo que podría necesitar ayuda por avería o alguna otra cosa, me paré detrás suya a preguntarle. Para mi forma de entender la vida social, es ésta una de las ventajas que tiene el vivir en el pueblo, que de cuarenta para arriba todos nos conocemos, por amistad antigua, por vecindad o por familia: salir a la calle, sólo por salir, sin otro objetivo que distraer la mente y saludar y charlar con la primera persona que te encuentres.

No. No me pasa ná se ríe Juanillo.

Pero... ¿Qué haces aquí parado? le insisto. 

Te lo voy a confesar, porque eres tú, pero no te vayas a reír ¡eh!

Venga, no me río.

Pues, mira, que con tantos días de agua sin poder salir de casa..., estoy que me los toco, ¡joer ya con tanta agua; que tengo mono del campo ¿Qué quieres que te diga? Y he salido hoy sólo para eso, para ver el sol y oler el campo. 

—¿Cómo quieres que me ría si yo mismo hago eso cada día, llueva o truene? Pues claro que sí, hombre. Si es que es lo nuestro ¿no verdad?

Y enseguida, otra vez al coche, porque las nubes, ofendidas por nuestra queja, volvieron a llorar a cántaros.


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