sábado, 26 de mayo de 2012

¡Lo que me he perdido..!

Quienes de entre vosotros no me conocéis bien del todo no podéis imaginar la suerte que tengo con mis amigos de Sevilla, casi todos ellos rocieros de pro. A unos, de Almonte, la afición les viene de cuna, otros, de Niebla, obligados por vecindad, otros, en fin, se han vaciado muchos años de maestro escuela en Pilas, con éso está dicho todo. Y luego está María Jesús, punto y aparte. No son marianos, todos tan descreídos como yo, si no más, son rocieros de convivir en la misma casa, compartirlo todo (casi, casi, hasta las mujeres), de bailar, reír, comer y beber hasta más no poder. "¡Lo que te has perdido..!", me refriegan a la vuelta.

Mi suerte consiste en que mientras ellos pasan fatiguitas de muerte en la aldea, yo descanso tan ricamente en mi casa. Y luego, a la vuelta, me lo cuentan todo con tanta minuciosidad cronológica que me llego a creer que yo mismo he sido uno más de ellos, disfrutando, bailando, comiendo, (no me veo beodo, ves tú, eso no) trasnochando y maldurmiendo. Todo virtual, claro está. Y sin pasar penalidades.

No siempre ha sido así. Otros años he sufrido en mis carnes tanto divertimiento. La casa rociera de Mariqui y de Juan Francisco, a nuestra disposición todo el año, en estos días especiales de últimos de mayo es asaltada, tomada y estrujada por una veintena de criaturas sin seso que, olvidando crisis y recortes, no piensan en otra cosa que no sea solazarse.

El momento crítico para mí ha sido siempre el del medio día del viernes. La prueba del nueve. Si lograba superarlo sin taquicardia, exabruptos ni votos a los obispos conciliares la cosa iba bien. Esa mañana de viernes, cuando más prisa tienes por acabar la consulta y salirte antes del hospital, se presenta un paciente más complicado de la cuenta, viene a buscarte un compañero para ver si puedes echarle un vistazo a una analítica de su consuegra o te llama la subdirectora de las consultas a pedirte, con urgencia, el planning del verano. ¿Será posible? Lo es. Ya vas tarde, ya vas acelerado, seguro que no te libras de la reprimenda de la Peque, "los últimos, como siempre", te falta ésto para endemoniarte. No te da tiempo a pizcar nada, "ya comeremos allí, venga hombre", te pones las botas camperas heredadas del padre de la Paqui, cargas el maletero con cuatro bolsas llenas de abalorios, complementos los llaman ellas, un traje de flamenca, éste de repuesto, y una caja grande de plástico duro, de ésas de las fruterías, colmada de naranjas de mi patio "para el zumo de los desayunos, no me seas tan cascarrabias". No voy a ensañarme con la carretera y los atascos ni tampoco con el precio del parking, alguna incomodidad habrá que soportar, no todo van a ser facilidades. Pero queda lo mejor, la prueba definitiva.

Un kilómetro largo de arena caliente e infinita debe de haber desde la zona del aparcamiento hasta nuestra casa. A las tres y media de la tarde (pongamos cuatro menos cuarto) de cualquier veintitantos de mayo o primeros de junio la tierra quema, la atmósfera reverbera de calor y el sol te aplasta, te achicharra vivo. Cada paso se hace más cansino, cada vez vas hundiendo más las botas en las pequeñas dunas por donde pisas. Y encima, cargados con la impedimenta, una mano para dos bolsas y la otra para compartir la caja de naranjas con la Peque. En uno de los sobacos arrugo como buenamente puedo el vestido de gitana. Menos mal que días atrás, cuando dejan entrar los coches, habíamos traído el grueso del equipaje y toda la comida. "Peque -protesto a punto del primer voto- ¿por qué no hemos echado las naranjas la semana pasada y ahora iríamos más cómodos, so coño?" "Por traerlas más frescas, ya lo sabes, una semana aquí pierden el lustre". "Me cago ya en la leche..." -es a lo más que llego. Y sigo "palante" mascullando arena espolvoreada por alguna brisa graciosa y penando por mi siesta perdida. "Sarna con gusto no pica" -nos reciben todos en la casa oasis ya duchaditos y listos para el almuerzo-. Y yo pienso entre risas obligadas: pero si es que a mí esta sarna no me gusta, joer.

Este año, no. La suerte, mi suerte, ha acudido en mi ayuda haciendo que unos benefactores hayan alquilado la casa de Juan Francisco por un módico precio, suficiente para aligerar las penurias de su hijo, un comprometido arquitecto en paro, pródigo por los madriles y quinceemeño impenitente. Y no me importa aparentar contrariedad, "vaya por Dios, este año no va a poder ser".
Pero como el Maligno no descansa, a esta gente mía se les ha ocurrido que este año podríamos ir todos juntos en un autobús de línea, pasar allí la jornada de hoy sábado y volvernos por la noche. Cuando dicen por la noche es un decir, se refieren a la mañana del domingo. Otra vez mis carnes abiertas. "Pero jodío Dios, si no quieres, no vengas, no pasa nada" -me regaña Juan. Sí, pero luego me quedo con el sinsabor de no estar con ellos. A mí lo que me gustaría es que no fuésemos ninguno. Y punto. Es algo así como lo del perro del hortelano. Estaba ya perdido, entregado. Para más abundancia Frasqui y Pili, ilusionados con la idea, vendrían de Córdoba para vivir con nosotros su primer Rocío. Insensatos.
Esta vez, y que no sirva de precedente, mi Peque me ha tirado un cable. Exagerando algo molestías reales en su teta maltrecha recién biopsiada ha declinado nuestra asistencia. No hay mal (el de la teta) que por bien no venga. Es broma, lo digo así por la tranquilidad de la biopsia negativa.

Mañana domingo almorzando en la casa de Jaime me refregarán mil veces lo que me he perdido. Y me contarán, y no pararán. Me dirán que a las nueve de la mañana, mientras yo retozaba con mi Peque y con mi Pegui, ellos ya estaban sentados en el autobús esperando salir con media hora de retraso. Que sobre las diez se comieron un bocadillo de choped y se bebieron un cartoncito de zumo de piña entre frenazos, acelerones y pestazo a gasoil, mientras mi Peque y yo desayunábamos té verde, tostaditas con jamón del bueno y zumo de mis naranjas a la sombra del gran olmo del patio. Que llegaron a tiempo para ver la entrada de Pilas, apretujados entre romeros que ofrecían a la Reina de las marismas, repartidos por igual, fervor, sudor y mal olor, que luego visitaron con premura algunas casas de amigos para tapear algo, que no quisieron prolongarse mucho porque eran multitud y no podían este año, como se hace habitualmente, ofrecer luego su propia casa, que finalmente consiguieron colarse en la casa hermandad de Lebrija, bailar frenéticamente en medio metro cuadrado hasta que a Juan por poco le da un colapso y rebañar luego una ración de paella huesuda y pegajosa. Y les responderé que, a la sazón, nosotros almorzábamos en el porche una tortilla de papas, de ésas que hace la Peque y que ellos tanto aprecian, con unos flamenquines de jamón y de lomo. Y de postre, sandía fresquita y sin pipas. Del Mercadona. Me adelantaré a que me cuenten que han pasado una siesta vagando por anchas calles de arena, polvo, bullicio incesante y ruídos coheteros, como perros sin amo, como perros flauta se dice ahora, mientras yo me regodeaba en mi espaciosa y blanda cama. Y tendrán conocimiento entonces de que ahora mismo, mientras escribo, a las nueve de esta tarde templada y luminosa, ellos estarán ya hasta el gorro del Rocío, deseando de que anochezca para no verse bien las caras ojerosas y descolgadas y suspirando porque algún valiente diga el primero "vámonos ya hombre". Seguro que no es María Jesús.

Ellos, naturalmente, lo negarán todo, me harán creer que se lo han pasado pipa y querrán darme envidia. Sacarán pecho y me explicarán con mucho aspaviento que en sus muchas idas y venidas dieron ya anochecido, casi por casualidad, con la casa de un primo del Palanco, que, por lo que allí se pudo ver, es, cuando menos, millonario. Que no se contentó con "jartarlos" a todos de platos de jamón y de croquetas, sino que los paseó en coche de caballos por todo el arenal. Y yo me dejaré llevar: "¡Macho, qué envidia, lo que me he perdido..!" Y todos contentos.

¡Qué bonito es el Rocío por la mañana temprano!, canta una clásica sevillana. Más bonito aún que te lo cuenten los amigos al anochecer el día. Esto lo digo yo.

3 comentarios:

  1. El hermano mayor de Marcial y Ginés26 de mayo de 2012, 14:22

    Yo tampoco podía creerlo, Fili, pero hace menos de una hora, después de las 10, me ha llamado uno de Niebla que tú conoces bien y con una vocecita graciosa me ha preguntado por donde andaba. Y en ese momento aparentemente ya iban a coger el autobús de vuelta.
    Otra cosa: me divierto mucho con tus relatos. Aunque seguramente será por mis viajes que no nos vemos tanto, ésto de las nuevas tecnologías me permite seguirte desde lejos. Sigue así.

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  2. Es que es muy "calio" él.

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  3. este año no has podido dar un recital de baile... seguro que han echado de menos un taconeo tuyo jajaja
    Javi el niño la Conchi.

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