miércoles, 15 de enero de 2014

Blabla car

Mi sobrina Rocío, la querida y entrañable Rosiota, viaja en blabla car. Para los no iniciados, sabed que esto del blabla car es una manera de viajar que se ha inventado la gente nueva y que consiste en compartir coche para un trayecto concreto, pagándole cada viajero al chófer una módica cantidad acordada de antemano y mucho más económica que la equivalente en tren o en autobús. A través de las redes sociales, la gente de este siglo -nosotros no, desde luego- contactan entre sí para acordar condiciones, sitio y hora de encuentro. Por diez euros se vino de Madrid hace un par de días y se jartó de charlar con todos los acompañantes. La Rocío es mucho de hablar, sí. De ahí, de charlar, viene lo de bla bla car (hablar mucho en el coche). Me gusta. Porque es una manera barata de viajar y encima conoces a un montón de criaturas. Me parece, incluso, un asunto muy enriquecedor desde el punto de vista social y cultural. Que tiene sus riesgos, que sabe Dios con quién me tocará ir de compañero de viaje... Vale, es cierto. Vivir es el mayor riesgo. Muchísimo peor lo teníamos nosotros con el auto stop ¿no?
Debe ser el puente del Corpus, por mayo o junio del 72. Lo digo porque hace calor en Sevilla, muncha caló, y porque la carretera de Málaga está tomada por hileras de estudiantes que, solos o en grupos de dos o tres, se vuelven hacia los coches con el dedo pulgar en posición inequívoca de autostop. Algo totalmente inusual si se tratara de un simple miércoles a media mañana. Tiene que ser el puente del Corpus, sí.
Vamos, si os parece, a seguir los pasos de estos dos mozalbetes que, con sus  diecinueve años cumplidos, se manejan como novatos en esto del autostop. En vez de permanecer en un sitio concreto del arcén caminan a paso ligero como si quisieran adelantar a todos los demás grupitos y así avanzar terreno. Quizás sea su primer viaje, su primera experiencia en la carretera. Vámonos con ellos.

Desde san Telmo, han cogido el autobús nº 49 que los ha dejado muy cerca de la parroquia de los Pajaritos. Han dado su clase de catequesis de post primera comunión a su grupo correspondiente de chaveas, han departido luego cuatro palabras con el cura y han enfilado hacia ésta su primera aventura viajera. Van sueltos, sin bolsas ni macutos que no hacen otra cosa que entorpecer la marcha. Por todo atuendo, unas sandalias de cuero a cuadros, con hebilla, al uso de los frailes, un pantalón de aquéllos de Tergal de boca ancha, el Jaime lleva una camisa azulona de manga corta y el Fili, un polito blanco. La talega de la ropa sucia se ha quedado en casa de la prima Norberta, en la Algaba. Su hija Encarnita, de la misma edad que ellos, ha prometido hacerles la colada, que se vayan tranquilos.

No ven a ninguno otro de los amigos. El Luna, Luis Enrique, Pedro, Salva y Manolo Ruiz deben de ir por la carretera de Córdoba porque sus respectivos pueblos quedan por allí. Paco Delgado, de Priego, está griposo y ha desistido y Manolo Estepa -hoy con uno de sus días raros- ha dicho que no. El único que podría tomar esta dirección de Málaga sería Antonio Medina, que va para Lucena. Pero... bueno, mejor no tropezar con él. Tres ya seríamos multitud, piensan. Además de que este compañero les pondría la cabeza como una olla, seguro. De lo charlatán que es.

No estaba previsto esto de que todos los amigos del dormitorio salieran hoy en autostop. Anoche, en la reunión habitual del té en el cuarto de Pedro, se le ocurrió a alguien -seguramente a Antonio Luna- retarlos a todos a que no había cojones de una cosa así. La idea era aún más atrevida: deberían irse cada uno por su cuenta, sin hacer grupo. Y el lunes próximo contarían las respectivas  experiencias. Así se acordó. Pero el Fili, que siempre ha sido un "cagao", ya estaba pensando en rajarse antes de meterse en la cama. "Tú te vienes conmigo -se le acerca Jaime por lo bajini-, nadie se va a enterar. Además que vamos en la misma dirección". "Vale, mucho mejor" -respira aliviado el amigo. 

San Telmo, ¡qué gran invento! Este enorme y emblemático edificio ha concitado dentro de su muros las voluntades de clérigos y seglares, ha sido un exitoso experimento de convivencia juvenil donde estudiantes universitarios y seminaristas son todos para uno y uno para todos, una especie de concilio estudiantil que engloba un seminario regional -centro de estudios teológicos, el CET-, una escuela de Magisterio y un Colegio Mayor universitario. Masculino, por supuesto. Por una vez, la Iglesia -doctores le sobran- ha dado en el clavo. Juntos, pero no revueltos del todo. Los seminaristas hacen piña con los demás estudiantes en la biblioteca, en el comedor, en el campo de fútbol o, incluso, en la calle. Pero no en los dormitorios, vayamos a leches. Que los curas, si de algo saben mucho más que nadie, es de picardía. Y enseguida se han percatado de las visitas clandestinas que reciben algunos universitarios en el dormitorio. Femeninas, claro está. No, los seminaristas duermen todos en el ala noreste, en el dormitorio llamado de los Pajaritos. Y las primeras habitaciones, según se entra en él, pertenecen a estos amigos procedentes de san Pelagio, el seminario de Córdoba.

-Pensándolo bien, a lo mejor me convendría que nos encontráramos con "el relojero" -salta Jaime mientras suben el primer  repecho de Torreblanca. Se está refiriendo a Antonio Medina, relojero de profesión.
-¡Anda ya hombre! -le replica incrédulo el Fili- ¿Qué falta nos hace un tío hablando tó el tiempo de encajes, vestiditos y enaguas, eh? Nos espantaría el primer coche que parara.
-Ya, pero... lo digo porque cuando nos separemos en Estepa él seguiría conmigo hasta Lucena por lo menos y no estaría yo solo.
-Y a mí que me den ¿no? Mu bonito, si señor. Cría cuervos. Se me pasan los días velando por ti, que no te descuides, que no salgas tanto, que estudies más, entrenándote en la portería... vaya como si fuera tu hermano mayor. Y ahora...

Es verdad que esta gente son como hermanos, éstos dos y los demás. Viven juntos bajo el mismo techo desde los once años, primero en los Ángeles, luego, ya mayorcitos, en Córdoba y ahora, de mocitos, en Sevilla. Entre ellos se han aviado en tantos y tantos problemas propios de la adolescencia, desde ayudas materiales de ropa, dinero o comida hasta cosas tan espirituales y secretas como dudas vocacionales o amoríos inconfesables. Son más que hermanos.

-Joer, ¿pos qué más quieres? ¿No te he propuesto a escondidas que te vengas conmigo?
-Sí, pero ya no sé si ha sido por hacerme un favor o buscando tu propia conveniencia, tío.
-No seas tiquismiki. Por las dos cosas, ya está.
-Además -sigue refunfuñón el Fili-, hemos quedado que aquí el cagueta soy yo ¿no? Se supone que tú eres un tío macho, el que me tiene que dar seguridad. Y ya veo lo bien que empezamos.
-Pero... vamos a ver, míralo de esta manera hombre: tú ya sabías que desde Estepa tienes que arreglártelas solo. Yo me alegraría mucho por ti si encontraras desde allí otro compañero de viaje. Vaya, me quedaría la mar de tranquilo. Porque te conozco bien y sé lo miedica que eres. Pues tú, lo mismo conmigo ¿no?
-Vale, bueno... -parece conformarse-. Pero si ya no lo hemos visto, seguro que no aparece.

Jaime va para Cabra y el Fili, para Antequera. Cuando lleguen a Estepa cada uno tirará para su lado. Ése es el canguelo del Fili. Bueno... si es que llegan. Son ya casi las doce del mediodía, llevan cinco kilómetros de caminata y a ellos nadie los recoge.

-Oye Jaime, deberías de ponerte tú detrás mía, que los coches te vean a ti primero.
-¿Y eso pa qué?
-A veces pareces tonto, tío, o a lo mejor quieres que te regale el oído, no sé, ¿pa qué va a ser? Porque tú eres el guapo, tú das la pinta de no haber roto nunca un plato.
-Pues anda que tú tienes unas trazas de criminal... A lo mejor te confunden con el Lute, tío -y se ríen ambos de buena gana.
-No, ya sé que no, pero no hay comparación contigo, hombre, con lo desgarbao que soy, mira, si no, por dónde llevo ya el polito. Hazme caso, ponte detrás.

Casualidad o no, el caso es que a la altura de la venta La Liebre, en Alcalá, se ha parado un coche.

-Fili, mira, ese coche está echando el intermitente pa la derecha.
-Bah, eso será que se va a salir aquí en Alcalá.
-¡Oye...! que se ha parado con los cuatro intermitentes.

No es un seíllas ni un cuatro latas. Ni siquiera un Simca. Un BMW blanco, macho. Salen corriendo con el corazón que se les sale por la boca. Jaime llega primero.

-Dónde vais? -pregunta el chófer con un español raro. Debe ser un guiri.
-Mi amigo va para Antequera y yo para Cabra.
-Arriba! Vamos. Os llevaré hasta Estepa.
-Ponte tú delante -le espeta Jaime al Fili.
-Vale.

Jaime es más callado, más tímido si queréis. El Fili es mejor conversador, por eso lo de ponerse al lado del conductor.
-¿Estudiantes?
-Sí, claro -contesta rápido Fili-. Somos seminaristas -añade enseguida.
Jaime se ha contrariado un poco, se le nota en el gesto. No es que vayan a ir por ahí renegando de su condición de curillas, pero tampoco hace falta pregonarlo a las primeras de cambio. Quién sabe cómo pensará este hombre, si será ateo o rojo o anticlerical, en fin que no hay que ser tan claro y transparente de entrada.
-¡Seminaristas, oye!
-Vaya.
-¿En san Telmo?
-Sí, en san Telmo vivimos.
-El mundo es un pañuelo, decís por aquí ¿verdad?
-Sí, así es. ¿Por qué lo dice usted?
-Porque conozco muy bien a uno de vuestros profesores.
-Ah, sí? ¿A quién?
-A don Juan Guillén. ¿No es profesor vuestro?
-Claro que sí. El "pisha" -se precipita Fili de nuevo. "Qué muchacho más imprudente -pensará Jaime-, ¡las cosas que tiene!"
-¿Qué es eso del "pisha" -se interesa el guiri.
-Ná, se lo decimos porque está a todas horas con la pisha en la boca.
-No lo entiendo.
-Hombre... que usa esa palabra como muletilla para todo.

El conductor es un hombre de treinta y tantos años, no llegará a cuarenta, rubio y bien parecido. Se llama Jurgen, que querrá decir Jorge en español. Les va contando en el trayecto su breve historia española. Es ingeniero industrial y trabaja en la BMW. Lleva en Sevilla unos 6 meses y está dirigiendo la apertura del taller y concesionario de esta marca en el Polígono Amarillo, el que hay en la calle Montes Sierra. Y viaja con cierta frecuencia a Estepa para comprar aceite en una almazara que le han recomendado. 

-No os lo vais a creer, pero a don Juan Guillén lo conocí en Berlín... ¡en una sala de fiestas, una especie de puti-club! Con perdón.
-Sí que nos lo creemos. Él mismo nos ha contado alguna vez sus juergas alemanas, es un cura muy moderno y liberado -esta vez es Jaime quien se lanza viendo que ya hay confianza-. En una de esas fiestas, por lo que él nos ha dicho, vio a un negro, desnudo en el escenario, que se empalmaba sin tocársela siquiera, solamente al son de una musiquilla sensual y a la vista del baile provocativo de una negrita.
-¡Caramba con los curillas! No me esperaba yo que fuerais tan lanzados.
-Tenemos diecinueve años... -se excusa  Fili- somos ya unos hombrecitos ¿no le parece? 
-Sí, sí, me parece estupendo. Si sois capaces de tener hasta novia...

A la una y media aprieta la gazuza. El hombre se detiene en un restaurante a la entrada de La Puebla de Cazalla. Con la soltura de quien lo ha hecho muchas veces antes, entra en el establecimiento y saluda al camarero de la barra. Ellos dos, esta vez prudentes, se han quedado en la puerta sin saber qué hacer.

-¿Qué hacéis ahí? -les espeta Jorge.
-Nada... esperando.
-¿Esperando qué?
-Que termine usted de comer -responde Jaime.
-Qué pasa, que los seminaristas os alimentáis de hostias nada más? Anda, pasad, so timoratos.

Y comieron los tres a costa de la BMW, naturalmente. No recuerdo lo que comieron, pero Jorge se trincó dos o tres cervezas grandes, medianas se llamaban antes, y el Jaime también. El Fili, abstemio de nacimiento, pidió Casera blanca, tío, qué vergüenza.

A las tres de la tarde estaban en Estepa. Jorge los dejó en la carretera muy cerca de la salida hacia Málaga. Se despidieron muy afectuosamente y le prometieron darle recuerdos a don Juan Guillén.

-¡Suerte!
-Adiós!

La afición del Fili por la siesta viene de lejos. De siempre, vaya. Ni siquiera hoy, con la zozobra que lo embarga, piensa perdonarla. A la salida de Estepa deja solo a Jaime en la cuneta con su pulgar en ristre y él se acuesta a la sombra cuarteada de una retama. A esa hora no pasa un alma. Y a Jaime le da por charlar y charlar. La cerveza.

-Oye -protesta el Fili-, que ná, que no piensas dejar que me amosquile un rato. Vaya si te va a durar el efecto de las cervezas, eh.
-No, si te parece voy a hacer como tú, bebiendo gaseosa... como las nenas.
-¿Qué quieres, que me beba una cerveza y la tenga que vomitar? Entonces sí que hubiera hecho el ridículo. Además que, con todo lo que nos queda por delante, yo tengo que mantenerme sobrio, ya lo sabes.
-Oye, hablando de otra cosa -se pone Jaime ahora con ojillos libidinosos, la cerveza, ya os digo-, ¿tú has visto que tu prima Encarnita está una jartá de güena?
-Hombre... yo, la verdad, la miro con otros ojos, no me fijo en ella como tía, sino como prima. Por cierto, me dijo el otro día que estuvisteis juntos en el cine.
-Vaya, la invité -y sigue con la lengua suelta-. Vimos "El amor del capitán Brando". Nene... cuando sale la Ana Belén con las tetas fuera... nos rozamos, sin querer, mi mano con la suya... un ratito bueno. ¡Qué cosquilleo en el estómago! Me dio hasta vergüenza.
-Pero el cosquilleo ese no pasaría más pabajo ¿no?
-Claro que no, ¿qué te crees?

En vista de la soledad tórrida en la carretera Jaime se retira también al duro aposento de la retama y se recuesta, hombro con hombro, al lado de su amigo. Medio adormilados por la hora y por la calor, afloran sentimientos apenas permitidos en los entresueños. A Jaime se le ha pasado ya la obsesión enfermiza por María Lama, una niña bien de su pueblo. El Fili, sin embargo, está más que colado con una chiquita linda y morena, la Toñi Villalba, a quien ya empieza a nombrar como "la Peque".

-Me da un poco de cosa de la Grego, mi "novia de siempre", la que tantos años ha esperado mi salida del seminario, es verdad. Me siento mal por eso. Pero no puedo evitar mis sentimientos nuevos. No hago otra cosa que pensar en la Antoñita, no se me va del coco, oye.
-El amor es así, tío, te lo digo yo que he pasado por ahí. Pero dime ¿qué le ves a la Peque? Es chiquitilla, delgada, sin tetas... No te lo tomes a mal, pero cuando la hemos visto en Palenciana a ninguno nos ha llamado la atención especialmente. Salvo al Luna, claro, que a ése le gustan toas.
-El amor es así, como tú bien dices. Yo le veo algo, un ángel en su cara que me cautiva, un cuerpo menudo pero la mar de coqueto... ¿Y las piernas? ¿Tú te has fijado en sus piernas, tío? Hacen ruido.

Jaime empieza a reírse así a lo tonto, sin venir a cuento.

-¿De qué te ríes, si  se puede saber?
-De nada, que se me ha ocurrido si don Gaspar nos estuviera escuchando esta conversación tan poco edificante, que diría él.
-¡Qué cosas se te ocurren! Le daría un patatús. Todavía que tú, el Jaime travieso y rebelde, se eche novia y abandone el seminario tendría paso para él. Pero que el Fili noble, estudioso y tímido esté tratando con novietas... ¡Impensable!
-Menos tonterías, ¿qué hora es ya?
-Las cuatro menos cuarto.
-Joer. A las seis y media, como muy tarde, tengo que llegar a Antequera, que el autobús para mi pueblo sale a las siete. Vamos a empezar a andar, venga.

Al poco, se detiene un coche. Va para Puente Genil. Jaime se monta.
-Vente. A lo mejor puedes coger el Correo desde Lucena. Y si no, te quedas en Cabra conmigo.
El Fili duda unos segundos. A partir de ahora le quedan muchos kilómetros solo por esos mundos. Pero no, se hace el valiente aunque a los dos segundos de ver partir a su amigo ya se haya arrepentido. Además, tiene que llegar a la Capilla, donde están sus padres, y el Correo de Lucena no pasa por allí.
-No. tengo que dormir esta noche en el cortijo, ya sabes.
-Suerte.
-Hasta el lunes.

Le va a venir bien al Fili este tiempo de soledad. Le gusta pensar en solitario. De las muchas cosas buenas que el seminario le ha enseñado, la técnica de la meditación no ha sido la menos importante. Sabe y le gusta meditar. Casi sin darse cuenta ha traspuesto hasta el monte del "Hacho". "Estoy cerca, este monte se ve desde Palenciana". Piensa en la conversación de anoche en el cuarto de Pedro. Todos sus amigos están acordando matricularse de Magisterio para el curso próximo. Por si dejan el seminario. Cunde entre todos la idea del abandono. Nadie lo dice abiertamente, pero eso es algo que se nota, que se palpa. El Luna no para de decir que siempre seremos amigos, amigos hasta la muerte, aunque dentro de poco cada uno tome las de Villa Diego. A todos se les ve conversar en secreto con los curas más a menudo de lo habitual. Parecen estar pidiendo consejo. Pero a él, al Fili, no le gusta la carrera de Magisterio. Después de comprender las razones secretas de Manuel  Kant y el pensamiento existencialista de Heidegger no se ve tocando la flauta ni cortando cartón piedra con una sierrecita. Que Dios lo perdone por su orgullo, pero él ha sido siempre de matrícula de honor y aspira a otra cosa. Le encanta la Medicina. Repasa a diario, como si fueran los tebeos del Capitán Trueno de la niñez, los apuntes de Biología y de Anatomía Humana que le han prestado Pablo Bosch y Paco Leiva, dos estudiantes de Medicina de san Telmo. Tiene muy claro que si deja el seminario estudiará Medicina.

-Joer, que casi me pongo en la Roda charlando solo.

Y sigue pensando que, a unas malas, sabría llegar andando hasta Palenciana campo a través. Siguiendo siempre al Este, hacia "La Camorra". Recuerda ahora una leyenda urbana de su familia: su padrino, el bueno de José María, el marido de la "Chorro", se vino a pie desde la Roda a Palenciana en uno de los pocos permisos de la mili. Llovía a mares y cogió una pulmonía que se convirtió en tuberculosis y lo dejó inútil para el campo para los restos. En éstas estaba cuando un coche le pitó. Ni se había dado cuenta. Iba para Málaga.

A las seis de la tarde el Fili entraba triunfal en la plaza de abastos de Antequera para coger la Empresa que lo dejaría, sano y salvo, en la Capilla.

¿Y qué sabemos del Jaime? Desde Puente Genil a Lucena hay muy pocos kilómetros, muchos menos que de Loja a Benamejí. Y sin embargo, nadie se apiadó de él. Bien es verdad que no se puso a caminar ni a meditar como el Fili, sino que se dedicó a pasear y tirar piedrecitas al río esperando, quizás, un tonteo con alguna gachís descarriada. Cuando quiso acordar casi le anochece. Desde el teléfono de un bar llamó a su padre que vino a recogerlo desde Cabra.

Buena historia y excelente experiencia para contarlas el lunes en la puesta en común de la mañana. Estuvo bien, es verdad, pero una vez. El Fili no se aficionó. La Graells no le proporcionaba tanta emoción, pero sí mucha seguridad. Lo mismo pensaría Jaime de la Empresa Diaz Paz, tres horas de viaje es mejor que ocho horas de trasiego, sudor y caminata.

Todas las cosas tienen su tiempo. El autostop es historia. Ahora toca el blabla car, forma de viajar para la gente con ganas de aventura, inquieta y curiosa. Y sin dineros. Como mi sobrina Rocío. Yo prefiero el AVE o el BMW de mi Frasco. Las cosas como son.


3 comentarios:

  1. Esta aventura me recuerda a la que pasamos Diego Ruiz Alcubilla y yo. Sexto curso. San Pelagio. Yo me había salido en la Semana Santa del 70. Fuimos a examinarnos a San Fulgencio de Ecija. Cuando terminamos hicimos auto stop para Córdoba. Pasó el autocar del Seminario y no se paró. Estuvimos andando hasta La Carlota. Buscamos alojamiento y cenamos una bolsa de patatas fritas para los dos porque teníamos que coger al dia siguiente la catalana para Córdoba y teníamos el dinero justo para el viaje. A Diego le sudaban los pies y le olían a queso echao a perder... y encima roncaba. Una aventura inolvidable, como la vuestra. ¡Qué tiempos! No sé qué tuvieron aquellos años que dejaron huella para toda la vida. ¡NUNCA ME ARREPENTIRÉ DE HABER ESTADO ALLÍ! Sería como mutilar la amistad y el compañerísmo que llevas pegado a la piel hasta que mueras.

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    1. Ése, Antonio, es el espíritu de todos nosotros. De agradecimiento a la vida por habernos dado el don de aquellas vivencias. Nuestros hijos lo han tenido todo, nosotros carecimos de casi todo. Pero no nos cambiaríamos por ellos. Aquellos años son nuestra esencia.
      Un abrazo.

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  2. Gracias por la dedicatoria de tu libro, José María. Lo leí en Navidad durante un par de tardes y me pareció delicioso, como si te aplicaran un bálsamo por todo el cuerpo. Felicidades.

    Salud y suerte en este nuevo año para ti y para todos los visitantes de tu 'blog'.

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