domingo, 5 de enero de 2014

Bondades del enfermar

No es excusa que justifique esta excesiva tardanza mía en obsequiaros con una nueva entrega, pero es cierto que he  estado enfermo. Malo, como se dice en mi pueblo. Y todavía hoy ando más "pallá que pacá". No, la cosa de la pereza literaria viene dada por las vacaciones habida cuenta de que en este tiempo estoy en mi pueblo sin Internet -a mis suegros les basta y les sobra con Juanymedio- y, sobre todo, me falta el objeto principal de mis temas, esto es, el enfermo.
 
Esto último, la falta de pacientes, lo he resuelto de la manera más tonta posible: me he puesto malo yo mismo. Aunque sea sólo para tener tema. Bueno, ya recordaréis que por la primavera pasada padecí el achaque aquel del tiroides y de la arritmia, cosas ya casi olvidadas por mí si no fuera por la maldad intrínseca tan propia del femenino género que impele a mi Peque, de forma irresistible y cuasi instintiva, a llamarme -con su poquito de mofa, naturalmente- Bob Esponja. Ya sabéis, que tengo la cara hinchada por mor de los dichosos corticoides. Mujeres.
 
Pero debe de hacer años que no cojo una gripe. Lustros. Tanto es así que vengo ignorando año tras año la recomendación de vacunación antigripal que se nos recomienda a los sanitarios. En casa del herrero... Es verdad. La Peque, igual que yo. Pero no por solidaridad sino por la convicción de estar más que inmunizada de tantas gripes como le tosen a la cara a diario en la puerta de Urgencias desde que empiezan los fríos. Debe ser cierto. Ningún resfriado la aguanta más de un día. Hasta los virus le huyen. Y yo, cuarenta años con ella. Esta reflexión me levanta... no, no seáis mal pensados, ese levantamiento que imagináis no se consigue ya con reflexiones y pensamientos, antes sí, claro, ahora preciso de roces y manoseos y, a veces, ni así. No, me refiero a levantamiento de mi autoestima considerando el tiempo que llevamos "aguantándonos" mutuamente la Peque y servidor de ustedes. Aún reconociéndole a ella mucho más mérito que a mí -las cosas como son- alguna parte pequeña, aunque no alícuota, de ese merecimiento debe de corresponderme. De la misma manera que el vino es mucho más sabroso que el agua, algo tendrá el agua cuando se la bendice ¿no?
 
Pues este año he cogido una buena, vaya que sí, una señora gripe con todos sus avíos. Lo veía venir. Hace unos días subí a la planta de respiratorio a tratar un asunto con un compañero de allí, bueno, Curro Muñoz. Estaba el tío resfriadísimo -seguro que éste tampoco se ha vacunado- y lo achacaba al hecho de tener ingresados a su cargo varios pacientes con gripe "de las malas". Y Curro es de estas personas que te hablan muy encima, como le pasa al Benítez. Y yo reculando y él avanzando sobre mí... Total, lo que tenía que pasar. Gripazo.

¡Ah, la fiebre, la tiritera, la tos, el dolor del pechito...! ¡Qué sensaciones tan extrañas ya para mí, y qué agradables! Me devuelven a mis seis años con mis anginas, fieles amigas y compañeras de infancia, me recuerdan, sí -con un pelín de repelús-, los temibles pinchazos de aquella penicilina blanca-lechosa de la época y la salvaje operación de las mismas maniatado a una silla en una clínica de Cabra, sí, es verdad, pero también me traen los cariños y desvelos de mi padre y mi abuela y los atracones de carne membrillo y turrolate con los que me compensaba mi madre. ¡Ah, la fiebre, la tiritona, la tos... sed bienvenidas a este cuerpo añoso y tanto tiempo privado  de mimos infantiles!

Porque yo no soy como Jaime, un ogro insufrible a la hora de enfermar, que quiere apañárselas sólo, que rehúsa las atenciones de su Paqui y de su novio, no. A mi me gusta que me anden alrededor. "Papi -se me pone mi Meli muy en su papel de mujer ya de su casa-, estarías mejor arropadito en tu cama, hombre". Y yo, tiritando en el sofá, con dos chaquetones enfundados y con el infiernillo eléctrico de doble potencia -pa que luego me tachen de rácano-, le respondo entrecortado por la tiritera: "De eso nada, si me acuesto ¿quién se va a enterar de que estoy malo? A mi me gusta quejarme y que me escuche la gente". Digo, para una vez que uno se pone malo...

Es una gozada, claro, la poca costumbre. La Meli me tira besitos desde lejos no sea que la contagie, me manda wassappt de ésos estando en mi propia casa, a cinco metros de distancia, diciéndome que soy su papito preferido y que me quiere mucho, "Papi, ¿te hago un sumito?", ¿cuándo se ha visto tal cosa, mi hija ofreciéndose a hacerme un zumo? Estoy delirando, seguro, la fiebre me hace delirar, mi hija ha recogido el fregadero y colocado el lavavajillas, no me lo creo, tienen que llevarme a la cocina para darle satisfacción a mis ojos. La Peque me atiborra de Couldinas y de Nolotiles, le pasa como a su madre que se toma los antibióticos del día todos juntos para así curarse antes, dice. El propio Pepe, por darme compañía, se ha quedado toda la  tarde sentadito a mi lado perdonando, incluso, su hora de gimnasio, ya ves tú un tío más maniático que yo del deporte. En los ratos de más lucidez he cogido el teléfono y he llamado a todos mis amigos cercanos, que se enteren de que estoy malo, coño, no siempre van a ser ellos los afortunados. "Vamos pallá a verte ahora mismo, no queremos perdernos el espectáculo" -los muy mariconasos. "No -los prevengo-, esta gripe es muy contagiosa, así que mejor que no".

He pasado un par de días fantásticos, lástima que, siendo uno médico,  esto se cure tan pronto.

¡Feliz año nuevo a todos! 
 
  

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