martes, 10 de diciembre de 2013

Sobre la trascendencia del mear sentado

Conste, antes que nada, que un servidor de ustedes mea sentado desde hace tiempo. A lo primero, por imperativo doméstico -en mi casa ha habido, de siempre, más rajitas que columnas, más grietas que pilares (la Peque, la Miki, la Rocío, la Miri, la Inma, la Meli y mis dos perritas), así me tienen, medio "amariconao"-, de manera que por una suerte de norma femenina no escrita y, sobre todo, por no escuchar los gruñidos de mi mujer por cuatro gotas de nada en la tapa del wáter, me he acostumbrado, vaya. Y a lo segundo, ya por imperativo anatómico. O fisiológico. O como queráis, que me chorreo encima. Solamente lo hago de pie cuando meo en los arriates de mi patio a escondidas de la Peque, y si me pilla in fraganti, "Mira... si no lo veo no lo creo", me salgo siempre por la tangente del "¿No ves que las plantas están pidiendo urea, mujer?"

Pues este hombre que veo hoy en la consulta no está dispuesto a pasar por ahí. Por lo de mear sentado. Es un antisistema de la medicina, una cosa parecida al Palanco, pero más en bruto. "Si por mí fuera os moríais de hambre los médicos, pero es que ésta -señalando a su mujer- me obliga a venir". Es un tío gracioso, así calvete como yo y más o menos de mi edad. Cada vez que viene me cuenta un chiste.  El último fue el de la gitana que va al médico y éste le receta unas pastillas de hierro. ¿Jierro, pa qué?, protesta la gitana. Y el médico le contesta que porque tiene la lengua sucia. Y se pone ahora la gitana: bueno... la lengua... pues si me viera usted los pies me mandaría comerme los cerrojos. Y se harta de reír solo.

Hoy, sin embargo, lo noto con cierto recelo, no está tan dicharachero.

-¿Qué pasa Miguel? Porque algo pasa ¿verdad?
-Psss... No sé. Lo de siempre, no me gusta venir obligao.
-No, no, a mí no me la cuelas, hay algo más. Desembucha.
-Na, mire usted -interviene ahora la mujer-, que no hace caso de nadie. ¡Que le cuente lo del otro día con el urólogo!
-Ah, eso, el problema de ahí abajo, dime, ¿en qué ha quedado?

No se le ve con muchas ganas. Me mira varias veces, duda, mira a los estudiantes... Y por fin se lanza.

-¡Pos no que me dice el pichólogo ése (urólogo) que me la tiene que cortar, que no hay otra solución...!
-A ver, explícate mejor.
- Eso, que primero me ve un muchacho de éstos nuevesillos, miró en el ordenador lo de la biopsia y salió en busca de otro médico mayor. Na, y éste me mira así por encima la verruguita  de la picha y, ni corto ni perezoso, me dice eso, que hay que cortarla. Y yo quise entender que solamente sería la verruga; pero no, hay que cortar el pene entero, pero además dicho con mucha soberbia y sin ninguna delicadeza, joer, ¿usted se cree que se le puede decir eso a un hombre, así de sopetón, me cago en la leche? 
-Bueno Miguel, de sopetón... no del todo. Yo te había advertido que podía pasar algo así. Pero vaya, que comprendo tu reacción primera, claro. En casos como éste tuyo tendríamos que tener los médicos un poquito más de sensibilidad. Bueno, ¿y qué le dijiste?
-Que ahí no se toca. De cortar... ni mijita. Y se acabó lo que se daba.
-Es natural. Yo hubiera dicho lo mismo -respondo con toda serenidad ante las caras incrédulas de la mujer y la hija-. Ya luego, en mi casa, con más tranquilidad, hubiese reflexionado un poco más, quizás me hubiese puesto en el lugar de las mujeres que tienen que sufrir la amputación de una mama y lo llevan con tanta dignidad. Que más vale vivir sin un pecho o sin pene que morirse tan nuevo... En fin, que no me hubiese cerrado en banda.
-No, si yo no estoy cerrado, me parece que tengo otra cita para después de Reyes, que el urólogo, después de todo, se ha portado bien, podía haberme mandado a freír espárragos, pero no, quiere verme pronto a ver si yo lo reconsidero.
-Eso me gusta más. Naturalmente, Miguel, mi consejo es que te operes. Ya lo sabes, tienes un cáncer en el pene, o en la picha, como tú dices. Tarde o temprano vas a terminar sin pilila, bien porque te la corten por lo sano, bien porque se convierta en una coliflor. Tú mismo. Si esperas a lo segundo, el tumor te lleva palante. Estás advertido.
-Ya, ya... Muchas gracias por la claridad.

Y ahora, pasado el peor trago, intento meter un poco de guasa al asunto.
-Además, Miguel, a nuestra edad... ya sólo nos sirve para mear hombre, tampoco se pierde tanto.
-Pos si ésa es la cosa, me cachis ya, que yo no quiero mear sentado como las mujeres.
-Pero hombre de Dios, si sentado se mea mucho mejor. Yo mismo, llevo años, ni me acuerdo ya cuántos, meando sentado. Por orden de mi mujer, claro está.

Aquella ocurrencia tan espontánea disipó por completo la tensión del ambiente. La mujer y la hija, sonrojadas al principio, soltaron luego sus carcajadas y el consabido "Ay Dios mío, qué hombre", y nos quedamos todos mucho más relajados.

-Además -se atreve ahora la hija a meter baza-, él va a estar perfectamente cuidado y atendido, nos tiene a otra hija y a mí con él en casa, a su disposición, mi madre, siempre encima...

Y me sale ya lo de meter la pata definitiva. No lo puedo remediar.

-Oye, oye -aparento seriedad galénica-, un momento Miguel, ¿qué es eso de que tu mujer siempre encima? Póntela debajo alguna vez, hombre, antes de que te la corten.

Me los tengo ganados. Se operará, se salvará y meará sentado. Como yo. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

¡Gracias!

Ayer, en el hospital, me encontraba completamente "guarnío". En mi pueblo, esta expresión indica cansancio extremo, estar uno "reventao" por dentro. Su etimología viene -supongo- de desguarnecido, sin defensas, inerme. En fin, que estaba hecho polvo: sueño, ojeras, abrideros de boca... "Qué le pasa a usted hoy?" -hasta mis pacientes me lo notaban, claro. "No, nada... es que anoche estuve en una fiesta y no he dormido bien". "Ah, bueno -me contesta Matilde, vieja picarona-, sarna con gusto no pica".
 
Es verdad, sí. Pero uno no está ya para estos ajetreos. La presentación del próximo libro que se me ocurra se hará un día festivo y con luz del día. Ya me conocéis, soy animal diurno, me acobarda la noche, atavismo de mi infancia, culpa de mi abuela que me atemorizaba con el cuento de los "entripaores" (hombres malos y de negro, venidos desde Cuevas Bajas, que, al amparo de la oscuridad, destripaban con largos cuchillos a los niños que encontraban solos por la calle).
 
Hubo sarna por eso, sí. Por haber sido, el de anteayer, un día intenso, muy intenso para un hombre de sesenta y un años recién cumplidos. Levántate a las seis de la madrugada, echa la mañana en la consulta un poquito más acelerado de la cuenta, para qué tanta ansia si al final no vas a terminar antes, ve a tu casa a toda leche a recoger el discurso y a despedirte de la Pelusa, ya vas tarde, tío, son las tres menos veinte y has quedado con Jaime y demás viajeros a las dos y media, sal pitando para su casa y vuélvete apenas un kilómetro porque no llevas ni un euro encima, no te vas a poner en carretera sin dinero, joer, cágate en la puta que parió y pierde en ello otros diez minutejos, come sin asiento, a la carrera, espinacas con garbanzos en un bar de carretera, aguanta con gallardía el retortijón pasajero, no por los chícharos, ése ya llegará en el momento más inoportuno, sino por tener que ser el primero en sacar la tarjeta e invitar a diez hambrones, para eso eres el homenajeado, olvídate de tu siestecita, date cuatro cabezadas sobresaltadas por los apremios de tu amigo al volante, llega al pueblo con el tiempo casi justo, saluda a la familia, al personal... vamos, que es tarde. Y empieza el acto. Y luego, a firmar y a dedicar los libros. Nada de dedicatoria estándar, no. Párrafos individualizados. Y por fin, sobre las once de la madrugada, ponte en camino a Sevilla para llegar a tu casa rondando las dos. A las dos, tío. Menos mal que condujo Jaime, yo iba muerto. Una vez más, mi amigo rompió la baraja. Sin ninguna licencia carnal de por medio ¿de qué me aprovecha tener un novio platónico si no fuera por servicios como éste? Natural. Hoy por mí y mañana... también.

El gusto, sin embargo, superó a la sarna. Claro. Nunca antes había experimentado una manifestación pública de apoyo, de afecto y de miramiento tan cálida y emotiva como la de esa noche. Debo confesaros que me encontré, por momentos, algo aturdido, abrumado por haberos exigido tanto, por no estar seguro de mi capacidad de reciprocidad, de si, llegado el caso, yo me hubiera desplazado a Bubión, a Marbella o a la misma Córdoba para acompañar al Luna, a Luis Enrique, a Paco Sánchez, a Pepín o a Francisco Castro, por ejemplo, en una celebración particular de este estilo. Me reconforté pensando que sí, mi espíritu es fuerte, pero ¡ay! la carne... la carne es débil.

El acto fue tremendamente emotivo para mí. Desde arriba, sentado en la tarima y con los focos apuntando a mis ojos, no os veía, pero sentía las presencias: los venidos de fuera, la Peque, mi Meli y su Pepe, mis hermanos, mis cuñados, sobrinos, primos y otra gente cercana y querida del pueblo. Y también notaba las ausencias allí presentes. Me acordé, mucho, de Pepe Ramírez, de Blanca, de Agustín, de mi Carmen y de mi Frasco y la Dolos... obligados por enfermedad, familia o trabajo. Sabía que en la primera fila se encontraban mi padre, mis suegros y los abuelos de Pepe, tuertos de oído por la edad, para no perderse ni jota. La alcaldesa, con un discurso breve, sentido y muy palencianero dio   el pistoletazo de salida.

Resulta embarazoso ser el receptor público de alabanzas. Os lo digo yo si es que no lo habéis experimentado. A uno le gustaría intervenir, interrumpir al orador y rectificarlo, "Oye, que no es para tanto, que uno es gente normal, con más miserias que virtudes, que parece que estemos en mi funeral donde sólo salen las excelencias". Llegado mi turno, contraataqué afirmando que tantos halagos no sólo eran sinceros sino también merecidos, ea.

Manolo Gutiérrez y Frasqui estuvieron sobresalientes. El uno dibujó con clarividencia mi perfil personal tal como se me ve, tal como me veis, que no es tal como soy, todos escondemos algo, lo que pasa es que a mí se me sale por los bolsillos rotos y parece que no oculto nada, pero algo queda en algún pliegue. Preguntádselo, si no, a la Peque. Manolo me quiere, esto es algo que salta a la vista. Nos quiere a todos los que hemos sido seminaristas. Más que ninguno de nosotros, creo, conserva una imagen idealizada de nuestra etapa en el santo cenobio. Y de los que fuimos sus moradores. Algo de esto nos pasa a todos, eh! Y es un sentimiento que engorda con la edad. Como el peso. Frasqui destripó el libro y a su autor con un verbo cuidado, cercano y diáfano. Se aprovechó para ello de su condición de corrector y, por tanto, del conocimiento del libro más completo aún que el mío propio; y también sacó partida de ser una de las personas, allí presentes, que mejor y más hondamente ha rebuscado en los bolsillos de mi personalidad.

Lo que de ninguna manera me esperaba era lo del vídeo. Idea ¿cómo no? de la Peque. Me emocioné. Muchos de vosotros, allí, hablándome en la pantalla sobre las cualidades y virtudes del libro. No me digáis que no tuvo arte Antonio Estepa proclamando que él me daría el premio del ajo de oro de Montalbán. Genial y entrañable. O el montaje de la Dolos y la Maria José disputándose el i pad para leerme. Gracioso de verdad.

Muchas gracias a todos por estar conmigo, en cuerpo o en espíritu, presencial o virtualmente, por haberme brindado esa noche tan cargada de emoción... y de sueño atrasado.

Y ya, sin libro que presentar, a seguir leyendo el blog.

Un abrazo para todos.



 
 
 

domingo, 17 de noviembre de 2013

El doctor Min

Es ésta una de esas historias que mi hermano Juan cree inventos míos. Por increíble. No concibe que puedan pasar cosas así. Sin embargo, quienes vivimos el hospital sabemos que sí, que ocurren, que hay gente para todo, que la realidad es más rica aún que la ficción.
Hago constar, en primer lugar, que en mi hospital no hay médicos chinos, ninguno, que yo sepa. Tenemos un médico italiano, nuestro residente Francesco Deodati, uno sirio, Eissa Jaloud y ya está. Lo más parecido que tenemos a un oriental es un enfermero sevillano -chino auténtico en sus rasgos-, hijo de padres chinos pero nacido y criado en Triana, que te suelta un "mi arma" saleroso a las primeras de cambio y te baila unas sevillanas con más arte incluso que la Peque. El resto, todos nacionales.
-¡Concepción Molinos Blanco! -salgo a la sala de espera a reclamar a mi primer paciente del día. Nadie contesta.
-Buenos días -repito a la escasa concurrencia-, Concepción Molinos Blanco -y vuelvo a dirigir en derredor la mirada a las tres o cuatro criaturas que, sentadas y comedidas, esperan su turno para mi consulta o para la de enfrente, de Hematología.
-A ésa se le han pegado las sábanas hoy -sonríe una de las mujeres presentes.
-No creo -le contesto-. Lo más probable es que ande por ahí buscando el número de la consulta.
Es uno de los problemas irresolubles, un misterio, la difícil localización de las consultas por parte de los usuarios, se tiran media mañana preguntando a cualquier bata blanca o en los distintos mostradores de enfermería por dónde (coño) cae su consulta. Hay que reconocer que el recinto de las consultas externas es un verdadero laberinto donde nosotros mismos nos despistamos con frecuencia. Entre eso y la saturación de los aparcamientos, no pocos pacientes llegan con mucho retraso. Ya estamos acostumbrados. Ya llegará Concepción.
Y voy pasando a otros pacientes. Y cada vez que salgo a la puerta a llamar al siguiente me aseguro de llamar a Concepción. Nada, no aparece. Como es la primera visita, no la conozco, tengo que llamarla a voz pelada: Concepción Molinos Blanco. Ni rastro. Son ya las doce del mediodía. Su cita era a las nueve. Empiezo a darla por perdida. Tampoco es tan raro. Hay gente que no viene a la consulta, bien por olvido -las demoras de más de un mes propician que se te pase-, bien porque ya te has puesto bueno a fuerza de esperar, o porque te has venido a Urgencias... o, quizás -no lo permita Dios-,  porque la has espichado.
A la siguiente vez que salgo a la sala veo una cara nueva que, de pie y con claras muestras de impaciencia, parece querer abordarme. Me adelanto.
-¡No será usted Concepción Molinos!
-¡Vaya! Sí señor. ¿Cómo lo ha  adivinado?
-Muy fácil. Es la única que me falta en mi lista de hoy. Y llevo toda la santa mañana llamándola.
Todo esto ahí, en la misma puerta de la consulta, ni dentro ni fuera, a vista de todo el mundo allí presente.
-Si usted supiera... -se pone la buena mujer a disculparse-. He perdido la cuenta del tiempo  que llevo buscándolo. Desde las diez, me parece.
-¿Y qué ha pasado, tan difícil es encontrar la consulta número 12?
-Es que... verá usted, yo no la he buscado por su número.
-¿Entonces...?
La mujer ahora baja un poco el tono de su voz como si, avergonzada, quisiera esquivar oídos chismosos.
-He estado preguntando por la consulta de un doctor chino que debe de haber aquí, y nadie me ha sabido dar norte.
-¡Como que no hay ningún médico chino en todo el hospital!
-Ya, ya me lo ha aclarado, por fin, la enfermera de aquí.
-¿Pero por qué eso de un médico chino, a cuento de qué? -le pregunto por mera curiosidad.
-No, verá usted... -y ahora se sonroja un poquito y todo mostrándome el informe de otro médico- es que, ¿lo ve usted?, en esta carta pone  mi reumatólogo que me envía al doctor Min. Y, claro, yo he supuesto que ese doctor sería chino ¿no? Con ese nombre...

De estas veces que no sabes si se están quedando contigo o no. La cosa es tan disparatada que es imposible que sea una broma. La mujer creía venir a un médico chino, de verdad. Porque ella no sabía -ni nadie se lo había aclarado- que Min o MIN o M. Interna, significan Medicina Interna. El reumatólogo la deriva a medicina interna, no al doctor Min. Me dio tal tentación de risa que no pude reprimirme. Ante la sorpresa de los curiosos presentes me eché a reír sobre sus hombros para no caerme de la risa. Y así, de esta manera tan jovial, entramos ambos, por fin, en la consulta.

Me gusta lo del doctor Min, oye. 

jueves, 7 de noviembre de 2013

Presentación del libro

Bueno, amigos todos: ya tenemos sitio, fecha y hora para la presentación del libro.
 
Va a ser (d.m.) en Palenciana, en el salón de actos del ayuntamiento, el próximo día 4 de diciembre a las 19 horas.
 
No necesitáis que os diga que para la Peque y para mí va a resultar muy emocionante veros allí. Ya sé, mi pueblo queda muy lejos de todos los sitios, al día siguiente hay que trabajar, un coñazo tanto coche... y de noche, además. Es verdad, pero, creo, va a valer la pena.
 
Os espero a todos los que podáis acudir. Ah, venid preparados con al menos diez euros, eh.
 
Un abrazo.

martes, 5 de noviembre de 2013

Ir de tiendas es para las mujeres

Después de todo ha estado bien que mi único vástago, por el momento, sea una chica. Hasta ahora me ha dado un poco igual, aún reconociendo que en ocasiones hubiese disfrutado de lo lindo enseñando a mi chavalote a regatear y a centrar desde la banda, a dar el golpe de revés a una mano en el tenis o a ser del Madrid a muerte. Mi hija y el deporte han estado reñidos por muchos años. Lo haré con mi nieto, cuando mi Meli disponga.
 
Pero, como os decía, ahora me alegro de que mi Carmen sea mi Meli y no un Carmelo fumata y melenudo (o rapado, que no sé que sea peor). 

Imaginaos que tuviera por hijo a un hombretón ya de veintinueve años, profesor de Biología en un instituto de Mijas, que vive en Benalmádena con su novia y su perrita y que vienen los tres un fin de semana al mes a vernos aquí a Sevilla. ¿Qué hago yo para entretener a un tiarrón así? Jaime, por ejemplo, se va con su hijo al Sánchez-Pizjuán y luego, de cervezas por ahí, Juan Francisco acompaña al suyo a reuniones de arquitectos y geógrafos y hacen después su ronda de tabernas por Triana, el Palanco hace de patriarca con sus dos grandes en las manifestaciones anti Wert, pongo por caso... Pero yo no soy socio del Betis ni del Sevilla, no me gustan las bullas ni soy hombre de vicios. Soy un tío aburrido que tiene a su casa por el mejor de los sitios, que intenta llevar a rajatabla aquello de que como en su casa de uno, en ninguna parte. Sí, podría llevarlo al cine de aquí de Bormujos, cerquita, o a dar un largo paseo por el campo, eso contando con que al chaval le gustara. O, a lo mejor, a comprar magdalenas borrachas al Viso. Pero nada de eso da para una mañana o una tarde enteras. La única cosa buena que le veo a este suponer sería que podría cotillear con mis amigos sobre mi nuera, como hacemos con la Tere del Jaimillo.

Con mi Meli, en cambio, lo tengo la mar de fácil. Madre e hija se tiran todo el sábado de tiendas por Sevilla y nos dejan al Pepe, a un servidor y a las dos perritas a nuestras anchas, "Por nosotras no os preocupéis de la comida, que tapeamos por aquí -nos mandan un wassapt de ésos-, haceros vosotros cualquier cosa, papi haz tú un arroz de los tuyos, mismo". Y es de mucho agradecer que Pepe tenga unos gustos tan parecidos a los míos, un ratito por el carril bici y a la casa. Yo barro los patios o escribo y él, a estudiar inglés o estadística. Antes de almorzar, un combine de pelota en el césped para distraer a las perritas... y, a la paella. En la gloria, tío. En la gloría, sí, si no fuera por esta modernidad que hace que en mi móvil suene un mensaje cada vez que la tarjeta de la Peque hace algún estropicio, cada compra un pitidito, hiuiuiuu. hiuiuiuuuu. ¡Qué desazón, oye!, ¿cuánto tardará en piar el siguiente? Me asomo al mensaje: 53,19 euros. Al ratito, otro, no me atrevo a mirarlo, mejor lo dejo para el final, pero me puede la racanería: 17,36 euros, bueno, vamos mejorando. Sin tiempo para reponerme, otro hiuiuiuuu, mira, me voy al patio y oídos que no oyen, taquicardia que te evitas.

Con todo, prefiero este sufrimiento on line antes que ir de tiendas con ellas. Insufrible para mí. No aguanto ese ir y venir, ese a ver pruébatelo otra vez, esas horas eternas en pie derecho sin una sillita baja para sentarse, ese dolor de cintura, ese no saber ya qué postura coger. Y ellas, inagotables. La cosa es que -aunque me duela reconocerlo- saben gastar, sobre todo la Meli, pero tardan mucho. Muncho, muncho. Siendo yo mocito iba mi madre a la Tienda Nueva. "Niña -le decía a su prima Natividad-, unos pantalones pa mi Osémaría". "¿De diario o de vestir?" -replicaba la dueña. "De diario" -contestaba mi madre. "Ahí tienes". Y cogía mi madre cuatro o cinco pares, se los llevaba a mi casa y allí me los probaba. Ea, compra hecha. Así, sí.

Hay, sin embargo, hombres a quienes les gusta ir de compras con sus mujeres. Sospechosos, según el sentir perito de mi amigo Paco Gálvez. A Jaime, por ejemplo, es frecuente verle en el Ikea con su Paqui, dicen las malas lenguas. Pero de él ya sabíamos su tendencia más que sospechosa para conmigo. Nada nuevo. Un caso insólito es el de mi hermano Juan, un tío incólume de cualquier sospecha. Este hermano mío no sólo va gustoso con su mujer de tiendas, no; es que la anima a comprar cuando la nota dubitativa, "Ante la duda, lo más bueno, que al final lo barato sale caro". Es así de rumboso. Y tiene aguante. Éste sí que se parece a mi padre, y no yo.

En fin, sigo pensando que ir de ropitas es cosa de mujeres. Los hombres, de manitas en las casas, una cosa así como yo, o como Frasqui, que se queda haciendo la plancha. Y a ser posible sin sustos en el móvil.

domingo, 3 de noviembre de 2013

La gota

-¿Pero usted ha tenido gota alguna vez?
-Sí, por lo menos un par de veces o tres -me contesta el hombre.
Su mujer, al lado, lo mira displicente, menea negativamente la cabeza y con mucho desdén suelta:
-Pues yo no me he dado cuenta nunca de tal cosa. Me estoy enterando ahora.
-Verá, señora, gota es cuando a uno le duele mucho el dedo gordo del pie y se le hincha -me pongo  a explicarle.
-Yo no he visto que a mi marido se le hinche nada -insiste ella.
 
La cosa es que los oncólogos me mandan a este hombre porque le han descubierto "ácido úrico", para que yo lo trate. Es un error muy común en la gente -incluso entre algunos médicos- considerar que este dichoso ácido es una enfermedad por sí mismo. Tener niveles elevados de ácido úrico no es ninguna enfermedad, hasta el 5% de la población los tiene. La enfermedad es la gota. Y no todo el mundo con "ácido úrico" desarrolla gota, sólo una mínima proporción. A los gotosos sí hay que tratarlos.
 
Este hombre es un superviviente nato. Se toma a guasa cualquier cosa que le digo. Debe pensar que después de todo lo que ha pasado no se va a amedrentar por una "chominá". Ha sobrevivido -lleva ya doce años- a un tumor de testículo con metástasis pulmonares y hepáticas. Ha sufrido una orquiectomía -le han soplado un "guevo"-, ha soportado los rigores de catorce sesiones de quimioterapia y otras tantas de radioterapia. Y ahora que se encuentra tan requetebién no está dispuesto a más peregrinaciones médicas. Y yo lo aplaudo. Es una especie de héroe, ha engañado a la muerte, la ha esquivado, es como ese melón hermoso que aguanta en la mata hasta el final de la campaña porque el melonero nunca se determina a cortar por encontrarlo todavía entero (durito), una y otra vez, y lo tapa tan bien que ya se le olvida. Yo creo que hay personas -sobre todo las muy mayores- a quienes la muerte las tiene ya por recogidas, se olvida de ellas dándolas por muertas y siguen tan ricamente en sus casas.
 
-Entonces decía usted -me encaro ahora con la mujer (no se me olvida lo de la falta de hinchazón en el hombre)- que a su marido no se le hincha nada, ¿no es eso?
-Eso es, yo no recuerdo haberle visto nada hinchado.
-¿Ni en los dedos, ni en los pies?
-Ni en los dedos, ni en los pies, ni en ninguna otra parte -afirma rotunda.
 
Y ahora, disimuladamente, hago un guiño al marido.
 
-Vamos a ver, señora, ¿entonces a su marido no se le hincha nunca nada, nada?
-No -responde inocente, extrañada de tanta insistencia y sin apreciar mi doble intención.
-¿Ni siquiera por aquí, por encima de las rodillas, parriba, parriba? -me señalo yo mismo hasta casi la altura de la portañuela. Y que no se da cuenta, oye.
-Que no, que ya le he dicho que no.
-Mujer, hay cosas en los hombres que se hinchan y luego se deshinchan ¿no?
 
El hombre y mis tres estudiantes ya se ponen a reírse y entonces la buena mujer cae en la cuenta.
 
-¡Hay que ver qué hombre! ¡qué cosas tiene! ¿Yo cómo iba a pensar?...
-Pero esa hinchazón no es enfermedad, eh. Eso es salud.
-Pues de esa salud... -se suelta ahora la mujer- andamos bastante bien... más de la cuenta, vaya, con un compañón de menos y todo.
-Pues entonces... ¡Viva la gota, coño ya! 

miércoles, 30 de octubre de 2013

La gitana conversa

No tengo catalanofobia ni mucho menos. Me gusta Cataluña, conozco Barcelona, Tarragona y Lérida, he disfrutado los encantos naturales de la Costa Brava, no te digo nada del Pirineo  y me he sentido muy bien tratado por el personal siempre que he viajado allí. Lo de ahora, lo de la independencia, es un cuento de los políticos, pero también  un sentimiento emotivo y sincero de muchos catalanes, quizás engañados o desinformados. Ahora bien, una cosa no quita la otra: al Barsa lo tengo "atragantao", nene. Hago esta aclaración por lo que viene.

Esta mujer de la consulta es de pura raza calé. Es de mi edad, más o menos, esbelta, gitana y bien plantá.

-Usted no puede negar la pinta, eh.
-Vaya que no, a muncha honra.

Viene sola, no necesita a nadie, se basta y se sobra. Tal es su genio y desparpajo que no le cabe en su cuerpo tanto poderío y se le sale en forma de hipertensión arterial. La tiene por las nubes, "Mire doctor, ayer mismo la tenía en 26 y 12 (260/120), y tan pancha".

La exploro, le pido la analítica y las pruebas pertinentes y le modifico el tratamiento. Estaré muy pendiente de ella a través del teléfono por ver cómo va respondiendo. "Sí, doctor, haga usted el favor que cualquier día de éstos me da un jamacuco que me quedo en el sitio".

-Pues a lo que usted me decía antes... mi madre se queja de que estamos perdiendo nuestra raza.
-¿Y eso?
-Pues que mis hijos ya no parecen gitanos, se han casado con gente de vosotros, con payos... y tengo dos nietecitos que da gloria verlos, morenitos sí, pero no son gitanos.
-No pasa nada, mujer, todos mezclados es mejor, en la variedad está el gusto. Mire, desde el punto de vista de la naturaleza, cuanto más mezcla de sangres, más riqueza.
-Yaaaa... yo no tengo ningún problema. En mi familia, y no es porque yo lo diga, eh, somos hermosos y altos, gente guapa, vaya.
-Es que los gitanos españoles no son como los gitanos rumanos -me pongo yo a dar coba.
-Ni mucho menos, no hay color. Y lo de la mezcla es verdad, pa que usted vea, yo misma me casé con un payo y además catalán.

Oye, me salió del alma, de pronto, se me escapó:

-Joer, un catalán... eso es peor que ser gitano.

No sabía cómo salir de la imprudencia. Nos echamos todos a reír y ya está.