lunes, 12 de agosto de 2019

Amor en agosto

Deseamos todos creer que el amor prevalece sobre la muerte. Y debe ser así. A fin de cuentas, la muerte no es tan fiera como la pintan, toda vez que nunca consigue quitarnos de en medio del todo porque los genes nos sobreviven en nuestra descendencia. Y en este proceso de supervivencia casi siempre anda rondando el amor en alguna de sus muchas maneras.

Me he vuelto de repente tan filosófico porque cada agosto supone para mí una reflexión serena acerca de la exaltación del amor como motor de la vida, por una parte, y de la resignación de la muerte como culmen de nuestra existencia, por otra. Me explico: un doce de agosto de 1973 -tal día como hoy- me declaré a mi Peque a la sombra de unos tarajes en la orilla del Genil, ambos en bañador y emborrizados en arena, mirad qué escena más romántica; y un dieciséis de agosto de 1995 moría mi madre, con la satisfacción de haber visto al más pequeño de sus varones Hermano Mayor de la Virgen del Carmen. 
Pero, así como el amor mutuo de la Peque y el mío persiste, y persistirá in seculorum sécula, mi madre tampoco se ha ido del todo: los hijos nos hemos quedado con su napia; mi hermana pequeña, además, con su cara; mi Manolo, con su barriga; y yo con su cadera y sus andares; su nieta Carmelilla, con su bondad, pero también con su firmeza de carácter; y su bisnieta Natalia, con su expresión dulce y su fina inteligencia de Cívico.

En mis años jóvenes, agosto ha sido el catar  melones tempranillos, la calor asfixiante en las calles de piedras quemantes, siestas tórridas en el río, tomar el fresco en la gradilla de la puerta, columpios de barquillas en las Eras Altas, y la procesión nocturna de la Virgen. Ahora, en el otoño dorado de mi vida, agosto es el disfrute agotador de mis nietos, la piscina de mi pueblo, los melones de Ponferrá, los tejeringos de la Feria... el recuerdo imperecedero de mi madre y el embeleso renovado por mi Peque. Ea.


martes, 6 de agosto de 2019

Darle a la sin hueso

En agosto mi pueblo adquiere otra vidilla. Me gusta. Parte de su estival atractivo consiste en el regreso, para la Feria, de tantos paisanos que en su día se catalanizaron por perentoria necesidad. Me alegra ver gente distinta por la calle; adivinar, por sus trazas y andares, si fulanito es de "Los Miguelillos", o si perenganito es de "Los Romualdos o de "Los Mediauvas". A mi primo Paco "Porrera" la gente de Palenciana lo confunde con el mismísimo Puigdemont, de tanto como se le parece. También disfruto de hacer la compra de melones, sandías y tomates a pie de obra, en el campo abierto, en el melonar de Frasquito Ponferrá. Me recuerda, mutatis mutandis, mis años jóvenes de melonero en La Capilla. Pero, sobre todo, es para mí un auténtico gustazo, disponer a mis anchas del lujo de piscina municipal que tenemos: hora y media de deleite acuático cada día. Desde Antequera, la Peque me manda a revisar la obra de nuestra casa, y yo aprovecho para lo mío antes de volver para la hora de comer. Y todos contentos.

En la piscina, por la mañana, aparte de cuatro chaveas, siempre los mismos: la Bárbara, Manolo el de Carmencita, Antonio Arjona (Gallino, por mal nombre), El Yondy, la tita Ani, el mellizo de Gloria, La  Conchi, una hija catalana de La Guilina y un servidor. Como las chicas van a lucirse y no se bañan -salvo la Ani-, toda la piscina para nosotros. ¡Qué gozada!

Una de estas últimas mañanas -se va notando ya la llegada escalonada de catalinos- habían concurrido unas cuantas mujeres más. Y, cosa común entre el gineceo, se han sentado todas enfiladas, una al lado de otra, a lo largo de uno de los bordes de la piscina, por donde más cubre: posaderas aplastadas contra el borde rasposo, y los pies pataleando en el agua. Todas en fila, con el sol del medio día afligiendo inclemente sus molleras. Como una bandada de golondrinas que se posa sobre los cables de la luz. Y, naturalmente, charloteando de sus cosas. En esto que llego yo buceando desde la profundidad y, a falta de mejor agarradera, me sujeto a conciencia de las piernas de la tita Ani. Ella, acostumbrada a mis bromas, ni se inmuta. Y me encaro con todas:

-Oye, ¿vosotras a qué venís aquí, a bañarse o a pillar un tabardillo?
-A ponernos morenas pa la feria -salta una.
-A lucir figura y modelito -se pone otra.
-Estas solo vienen aquí a darle a la sin hueso -se suma Manolo al convite.
-¡Vaya que sí! -responden casi al unísono.
-¿Y cuántas sin hueso tenéis? -se me ocurre preguntar con toda la intención.
-Pues una, ¿cuántas quieres que tengamos? -me contesta Carmen Navarro.
Y entonces, se entabla una lucha entretenida entre mi ángel de la guarda y el pequeño demonio que todos llevamos dentro. Mi ángel, que no conteste, que no diga nada, que lo deje estar; mi demonio, que qué tontería, que conteste, que estamos aquí para pasárnoslo bien, para reírnos, que no haga caso al quisquilloso y aburrido de mi ángel... Total, que gana el demonio, claro.
-Pues yo, desde hace unos años para acá... -hago una pausa intencionada para atraerlas a mi discurso-. Yo tengo dos sin hueso.

Las más atrevidas dan un gritito ahogado de sorpresa y se ríen tapándose la boca con sus manos, y algunas, más lentas, se quedan dubitativas, hasta que las otras les cuchichean el secreto inconfesable de algunos hombres añosos que, de tanto uso, sustituimos el hueso por ternilla esponjosa en la parte más innoble y gustosa que tenemos, en esa cabecita calvorota de un solo ojo donde concentramos -los hombres mu calientes, me refiero- la mayor parte de nuestras neuronas pensantes.

Y así, unos días con otros, vamos echando el verano.




martes, 30 de julio de 2019

Momentos confesables de una madre

Debería estar contenta, radiante, feliz. Y es de verdad que lo estoy. ¿Entonces?... Pues esa es la cosa: que me hallo contenta por fuera, pero me gustaría sentir mi alegría a borbotones, no sé, como más auténtica. Y no sé si es así del todo. En fin, hecha un lío es lo que estoy. Ni yo misma me entiendo. Las que sois madres me comprenderéis mejor. Creo yo, vaya. 

Mi marido -los hombres llevan estas cosas de otra forma- se ha multiplicado por cuatro estos días últimos, más que nada en los preparativos para atender de manera exquisita a la gente que nos ha llegado de fuera entre amigos y familia, ya sabéis. Lo otro, toda la parafernalia con que hoy en día se adorna y complementa la esencia de una boda, ha estado a cargo de los novios, sus amigos y mi Paula, como se lleva ahora. "Papá, mamá: vosotros solo tenéis que encargaros de nuestra familia de Córdoba. Nada más". Y él, él solito, él, que es un santo, una suerte del destino, un regalo del cielo, un... qué sé yo... Él, mi Manolo de mi alma, se ha partido la suya en esta tarea. Su familia es sagrada.

En mi descargo, quizá, sería piadoso considerar que una no está ya para muchos cohetes. Mi naturaleza física me está maltratando de manera cruel desde hace ya demasiados años. Apenas piso la calle. Hasta para hablar necesito llevar enganchados a mi nariz los cables del oxígeno. Desde hace mucho forman parte de mi atuendo facial. Ni siquiera pude anoche asistir, como hubiera sido mi deseo, al ágape de bienvenida que mi Manolo ofreció a los invitados de fuera y a los amigos de los novios. No valgo un real, es la pura verdad.

Ha sido muy emotivo, pero también muy duro, alcanzar el altar de la mano de mi hijo como madrina comiéndome el aire ante el silencio emocionado de toda la parroquia. Muy duro. Se agradece, desde luego, escuchar algún gritito apagado de "Madrina... ¡guapa!". Claro que sí. 

Pero ha podido más mi orgullo de madre. He aguantado toda la ceremonia con altiva dignidad luciendo tipo, sayal y tocado como la más moderna de las madrinas, sí señor. Y luego, en la suntuosa carpa del restaurante he señoreado con encantador disimulo mi cansado cuerpo riojano, mesa por mesa, saludando y departiendo con todo el mundo, como si tal cosa. Arropada en todo momento por mi hermana mayor, he estado pendiente de mi madre, ya tan anciana y desmemoriada; he llorado de emoción viendo los detalles tan elaborados y festivos de los amigos para con los novios; he tenido un profundo sentimiento de nostalgia y de pena cuando alguien ha mentado a los abuelos cordobeses de mis hijos; he aplaudido a rabiar el cante flamenco y el baile por sevillanas de los espontáneos del sur; me he reído a carcajadas, hasta la tos, con los vítores de los comensales hacia el Tío Manolo, un primo hermano de mi marido, animador infatigable de la fiesta.  Y, desde luego, no he sido ajena  a ciertas miradas babosas de algunos viejos verdes a los escotes de las mocitas... y de las casadas. Bailar, no. No me pidáis lo imposible. Pero he resistido todo el tirón hasta las dos de la madrugada, hasta que se cerró el chiringuito de los más jóvenes. ¡Toma ya! A ver luego cuántos días voy a necesitar para recomponer mi desguace...

Nada de ello, sin embargo, afecta tanto a mi espíritu como la sensación angustiosa de pérdida. Se me va mi Alejandro, Alex, le nombran sus amigos. Para mí siempre será mi Alejandro. Y mirad que se lo lleva Eva, la chica más despabilada, simpática y cariñosa de toda la Rioja. Sin exagerar. No nos vamos a engañar: las jóvenes de por aquí no tienen la gracia, la frescura, ni siquiera la belleza de la gente del sur, las cosas como son. Pero Eva es la excepción. Eva, sí. Tantos años llevan juntos que para nosotros, para Manolo y para mí, es ya una hija más, la hermana mayor de nuestra Paula. Alejandro y Paula son sureños, no hay más que verlos. Se conoce que la herencia andalusí es más poderosa que la vascona. Todo en ellos evoca a Córdoba. Paula es un retrato de la morena de Julio Romero, con los ojos azabache y profundos, alegres y vivos, los mismos de su abuela Josefa. Y Alejandro es todito su padre: en lo bueno, en lo cariñoso, en lo guapo, en lo..., en fin, en todo. Es normal que Manolo esté más encariñado con Paula, y que yo esté embelesada con mi Alejandro. Los que sois padres y madres lo veréis como yo. No se trata de complejos raros de Edipo ni de Electra. No. Es una realidad diaria y doméstica. Y cuando Paula se case, seguramente Manolo padecerá su ausencia más que yo. Así es la vida.

Y esta es, y no otra, mi angustia de hoy. Me importan un rábano mis pulmones. Ahora mismo solo pienso en que mi hijo vuela hacia Vietnam, fijaros qué pedazo de viaje de novios, igualito que el nuestro que no pasamos de Madrid, y que en adelante no lo tendré para mí como hasta ahora, aunque solo sea un ratito por las tardes. Tengo miedo de no saber sobrellevar bien su ausencia. Aunque, bien pensado, no debería quejarme: Paula vive y trabaja fuera, en Burgos, pero me llama cuarenta veces al día, una cansina es lo que es, de lo que se desvive por mí, y viene cada fin de semana. Y Alejandro llena mi casa a diario con solo media hora, con cinco minutos... Ya sé que es un sentimiento egoísta. Me da igual. Una madre es una madre, y tiene derecho a desahogarse gritando para sus adentros que no quiere separarse de sus hijos nunca jamás, aunque luego comprenda y acepte la realidad de la vida.

Mi madre, en una residencia; mi Paula, en Burgos; y, ahora, mi Alejandro, en su casa. Sin embargo, os aseguro que nuestro nido no ha de quedar vacío: mi Manolo, mi tesoro, ya se encargará de colmarlo con su entrega, su cariño y su dedicación. Como ha hecho siempre. Y ya estoy suspirando por mis futuros nietos, la penúltima ilusión de cualquier madre de mi edad.

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Querida Almudena: ahora yo me invisto del cura que pude haber sido, y que nunca fui, y te digo con solemnidad: Ego te absolvo a pecatis tuis in nómine patris... Tu egoísmo de madre te es perdonado. Amén. 



domingo, 21 de julio de 2019

Atilano, de paisano

Estoy atrapado. Ahora resulta que mi Atilano Mejías, nuestro recién estrenado fraile carmelita, ha sido párroco en la iglesia del Carmen, de Córdoba, durante cinco años. Hoy, en nuestro baño matinal, ha salido el tema de pura casualidad. Pero es más: conoce perfectamente a muchos curas cordobeses que yo le he ido mentando. Me ha dado norte y detalle de don Gaspar, don Moisés (q.e.p.d.), Manolo Vida, Luis Briones... ¡Coño, hasta de nuestro querido Pedro Soldado! "Pero, hombre, Atilano, todos esos son mi gente. Me he criado con ellos".

No sé si vale la pena seguir usando este pseudónimo de Atilano Mejías con el que lo he bautizado para preservar el anonimato, o nombrarle ya decididamente con su nombre de cuna, porque al final, mis amigos de Córdoba lo van a acabar identificando. Pero creo que seguiré con Atilano. Me mola. Me recuerda esa costumbre de nombres exóticos que tanto gustaba a García Márquez: Florentino Ariza, Fermina Daza, José Arcadio Buendía, Arístides, Escolástica, Juvenal Urbino...

Sabiéndome médico, me ha mostrado un rasguño y un gran hematoma en el dorso de su muñeca derecha que se produjo ayer tarde al tropezar con una pared de su celda. "Es que la mente va más aprisa que las piernas" -me dice. Le he recomendado que se junte un antiséptico tipo Betadine, y que se proteja la herida con una gasita. Y ahora viene lo bueno: "No sé adónde habrá ido a parar un guante de esos de las gasolineras que he usado para cubrirme toda la mano, y que al llegar aquí, a la piscina, lo guardé dentro de la bragueta -se pone el tío a toquetearse por dentro del bañador-. Y es que no me lo encuentro". Y yo me meo de risa. "Mira, Atilano -le digo riéndome-, como salga el guante flotando por aquí le voy a gritar al personal: Mirad, el condón del fraile". Y se parte, el buen hombre. Al final, resultó que se le había escurrido para atrás, y lo tenía alojado en la rajalculo.

Cuando se sale para irse, aguanto en el agua unos quince minutos más para no coincidir con él en las duchas. No sé, me da vergüenza. Como es tan lento vistiéndose, luego me da tiempo a adelantarlo en los vestuarios. Hoy lo he invitado a llevarlo en mi coche hasta el convento. "¿Una cervecita?" -me suelta en el camino. "No, no, Atilano. No puedo" -le digo apurado. "¿Eres abstemio?" -me mira extrañado. "No, hombre; es que me espera mi mujer para ir al pueblo, que estamos de obra en mi casa, y ya llego tarde". "¡Amigo! -se sonríe-. ¡Palabras mayores!".

Como me puede el vicio, hago intentos por sonsacarle cosas del lado oscuro: "Pues nosotros, amigos muy cercanos de un cura joven de Córdoba, lo provocamos mucho malmetiendo que aprovecha sus vacaciones en lugares recónditos para limpiar el sable. Y él se cabrea un montón". Y Atilano se ríe de mis ocurrencias. Pero también se abre: "Normalmente, Dios nos da fuerzas para resistir la llamada de la carne, en ocasiones, llamadas brutales" -empieza a confesarse. "Pues, Atilano -le azuzo-, yo creo que es bueno aliviarse de vez en cuando, es algo natural y sano, no solo para el cuerpo sino también para el espíritu. Y sinceramente, no creo que sea pecado". Y me contesta, crítico: "No lo será para tu moral particular". Pensé explicarle -pero me contuve- lo que dice un amigo muy querido: que cuando pasa más de una semana sin matrimoniar le sale la leche aterroná. "Un día, en una parroquia de La Paz, en Bolivia -se lanza el fraile-, una mujer me pide confesión pero en mi despacho, en privado. Y sin mediar más que cuatro frases se me ofrece para echar un polvo, así, sobre la marcha, aquí te pillo, aquí te mato. Ten presente, José María, que por entonces yo andaría por los treinta años, te puedes imaginar"... "¡Qué chollo, macho!" -le digo. "¡Qué apuro más grande, querrás decir! -me contesta-. No sé de dónde saqué fuerzas, pero la despedí al instante". Y continúa: "Si metes la pata una vez"... "Te refieres a la pata de en medio, ¿no?" -me pongo guasón. "Sí, sí, a esa me refiero". 

Creo que esta gente de la Iglesia de a pie está hecha de otra pasta. Yo, de cura, no hubiera podido salir airoso de tentaciones tan carnosas. Mi sacerdocio no le salía a cuenta, y Dios me ayudó a abandonar el seminario. Menos mal. Lo mío hubiese sido un escándalo. Por lo caliente, me refiero.




¡Ofú, qué caló!, decía mi hija cuando vivíamos en Sevilla. Pues eso. Ayer empezó el verano de verdad.


miércoles, 17 de julio de 2019

Perro viejo

A veces, trapicheando por el hospital de Antequera, me sorprendo a mí mismo creyéndome, como solía en el Valme, el rey del mambo. Y tengo que pararme: "Oye, chaval -me digo-, que tú aquí tienes menos papeles que el borrico un gitano". Pero, al final, echándole un poco de jeta, consigo mis propósitos. 

Uno de mis albañiles ha debido de ingresar de urgencias en el hospital por mor de una úlcera duodenal. Abusador de Ibuprofeno, la droga de los pobres. Afortunadamente, la cosa es leve, y su médico pretende darle el alta mañana mismo. El problema es que le ha solicitado una ecografía abdominal, y, claro... para mañana va a ser imposible que esté, con todo lo saturada que anda la lista de espera.

-Miguel -le pido al médico-, tú que tienes aquí más mano insiste en rayos, hombre, que este paciente está de paso, no es de aquí.Ya sabes...
-Sí, sí. Pero no creas que va a ser fácil. La gente de rayos está hasta el moño con tanta petición.

A fin de asegurarme una respuesta más clara, me presento a otro médico, amigo de mi amigo Diego Millán, dando por sentado aquello de que los amigos de mis amigos son mis amigos. El hombre me recibe la mar de cordial y amistoso.

-Sí, José María, lo intentaré, pero no te prometo nada. La gente de rayos está que trina. Fíjate, ayer mismo les solicité una eco para una paciente mía, una jovencita con un plastrón abdominal sospechoso de Chron, fíjate, eh. Y lo más que conseguí fue que la citaran para el próximo viernes. No sé, no sé...

Antes de rendirme, perro viejo en estas lides, consideré ir yo directamente a rayos. Son las 13,30 horas, y allí no veo un alma. Bueno... estarán tomándose un refrigerio. Tienen derecho a un descanso, joer. No lo digo por ellos, eh, pero es un lugar común entre nosotros, los médicos, quejarnos de saturación, y, sin embargo, a las dos de la tarde no encuentras a nadie en su sitio. No desespero por ello. Se me viene a la memoria que en Valme, ante situaciones parecidas, Inma, la secretaria de rayos, me solucionaba los problemas.

A la entrada de la secretaría de rayos reza escrito en el suelo un aviso: ESPERE AQUÍ SU TURNO. Y ahí me tenéis, más tieso que un junco, esperando la vez. Tengo que hacerme notar para que la secretaria se fije en mí, aunque sea de soslayo, como un hombre formal, serio y educado. Tampoco es que tenga que impostar mucho porque mi pronto natural es así ¿verdad? Le cedo mi turno a una mujer muy mayor, me intereso por ella preguntándole de dónde viene y qué papel de los diez que trae arrugados entre las manos es el que tiene que entregar... Y, bueno... ya me toca.
-Buenas tardes -me dirijo a la joven sonriendo.
-Muy buenas, usted dirá -me responde más secamente de lo que yo hubiera deseado.
-¡Vaya peinado más gracioso que se ha hecho usted hoy! -me lanzo a ver qué tal cuela el requiebro. La mujer, entonces, se me queda mirando un ratito, así, como con cara displicente, como pensando: "¿Qué pretenderá este pringao?".
-Déjese de cumplidos, y dígame qué se le ofrece, que hay cola -pero ya se le escapa un amago de sonrisa por el rabillo de sus labios.
Y le explico mi caso. Y ella se disculpa asegurándome que es imposible, que las listas para ecografía de hoy y de mañana ya están completas y cerradas. Punto.
-Ya lo imaginaba, señorita -le respondo con toda la humildad que puedo-. Yo solo le pido que si por casualidad se produce alguna renuncia y queda un hueco libre... que lo tenga usted en cuenta. Nada más.
Y ya me disponía a irme. En esto que, para mi sorpresa, la mujer ahora sí se ríe abiertamente y me zampa:
-¿Es usted adivino?
-¿Yo? -respondo extrañado-. No, pero ¿por qué? 
-Porque apenas hace cinco minutos han llamado de una planta anulando una ecografía de mañana.
-Pero bueno... -me río con ella-. Esto parece de cámara oculta, ¡verdad?
-No -me dice ya más seria. A esto se le llama llegar y besar el santo.

Y yo pensando para mí: "No. Esto es ser un perro viejo". 

sábado, 13 de julio de 2019

De vida monástica


¡Lástima que mi padre no esté ya entre nosotros! Le hubiese invitado a venir conmigo. Él, más aún que yo, se hubiese conmovido ante la virtud de estos monjes tan ancianos como él, y adherido de manera incondicional a la normativa monástica de oración y silencio. No como nosotros, Joaquín, Diego y yo, que, medio a hurtadillas y con la complicidad solapada del padre Alfonso, hemos alterado más de la cuenta la armonía y quietud de este fabuloso monasterio.



Tenía ganas y sentía curiosidad por vivir unos días entre muros, oraciones y refectorio. Joaquín es un asiduo de este sagrado lugar, a donde acude al menos dos veces al año. Él nos lleva animando a Diego y a mí desde tiempo atrás, y ya, por fin, nos hemos decidido. A Joaquín los monjes le quieren como a uno más, le dan de abrazos nada más verlo entrar, "Te esperamos como agua de mayo", le dice el padre Alfonso, nuestro hospedero. Y es que nos tenían reservado la limpieza a fondo de la enorme biblioteca, cosa que solo se hace cuando se hospeda Joaquín. ¡Qué convenidos!


Y os digo que merece la pena. No es cosa de una hospedería al uso de hotel modesto. No. Se trata de vivir unos días de retiro espiritual compartiendo clausura con los monjes, haciendo vida monástica, contemplativa, en este caso. Naturalmente, a mí en concreto, me ha reverdecido muchos recuerdos soterrados del seminario: el toque de campanas llamando a cualquier actividad, los madrugones, la frugalidad alimentaria -ni un frito, nada de carne, ni un dulce, pechada de calabacines, se conoce que estamos en época-, la disciplina, los ratos largos de meditación... Pero sin fútbol. Y sin pajillas vergonzantes. Y a las diez de la noche, en la cama: de las cosas que más me han gustado.

El lugar es una gozada. El monasterio de Jerónimos de santa María del Parral admira Segovia desde la orilla derecha del río Eresma, incrustado en un bosque de ribera de cuento, y salpicado, literalmente, por varios manantiales inagotables de un agua fresquita y santificada que brotan por doquier, alimentados por una corriente freática milenaria que se deja oír en los paseos silenciosos por cualquiera de sus claustros. Se diría que se aposenta sobre una plataforma acuífera. De ello da testimonio la fertilidad de sus varias huertas kilométricas, arrendadas a medias por los monjes a tres hortelanos lugareños, ancianos locuaces y simpáticos que prefieren envejecer con la azada en sus manos mejor que con el mando a distancia. Posee, además, una riqueza patrimonial fuera de parangón, cuyo principal exponente es el impresionante retablo plateresco de su iglesia principal, de un estilo gótico flamígero con muchos toques de isabelino. De verdad, una pasada.

Pero a estas alturas de nuestro conocimiento y, en muchos casos, amistad con vosotros, mis queridos lectores, no vamos a engañarnos: el día a día del cenobio es aburrido. Las cosas como son. Laudes, Ángelus, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas. Cada dos horas, quince minutos de una liturgia cansina, repetitiva y anacrónica. A la una del mediodía, misa. Y a las siete de la tarde, rosario. Todo es voluntario para los huéspedes invitados, pero casi todo nos lo hemos tragado, menos la hora Sexta, a las cuatro de la tarde. Mi siesta es más sagrada que los salmos salomónicos. Lo bueno de no ir uno solo sino acompañado de colegas es que puedes escabullirte de tanto silencio y de tantas preces cuchicheando con los amigos.

Nos hemos divertido, es verdad. Sobre todo durante las dos horas de trabajo en la biblioteca. Hemos hecho chistes de lo humano y de lo divino; nos hemos reído a carcajadas ahogadas de las ocurrencias de Diego, que se atrevió a ir a una misa en calzón corto, o que comparó el silencio y la quietud del refectorio con la bulla y el desorden del comedor en los hoteles del Imserso; o de nuestra incapacidad, de Diego y mía, de dar con la página adecuada del breviario para seguir los cánticos del padre Mauro al piano, al final optamos por abrir el libro al azar y hacer el paripé de que cantamos; o de mi rebeldía a desayunar en seis minutos, tiempo que tardan los monjes en hacerlo, una vez que ellos se levantan, todo el mundo fuera. ¡Con lo que yo disfruto pausando mi desayuno!... O con las críticas impías hacia otros huéspedes porque todos nos parecían gente rara, de otro mundo, gente desnortada, personas con vocación cenobítica pero que las circunstancias de la vida los han llevado por otros caminos, y ahora pretenden ser más monjes que los de verdad: rezan más fuerte, cantan más alto, se persignan con aspavientos, se arrodillan hasta dar de bruces en el suelo... Como modernos judíos conversos que quieren ser más cristianos que los de sangre.


Pero también hemos leído y hemos meditado. Nos hemos empachado de la vida y obra de san Jerónimo, uno de los santos Padres de la Iglesia, amigo y contertulio de san Agustín, ambos golosos del sexo en sus años jóvenes, y luego arrepentidos de tantos excesos. Conozco yo a otro Agustín, de ahora, que no llegará a santo porque no acaba de arrepentirse sino que persiste contumaz en el vicio. No tanto del sexo cuanto de la glotonería. Hemos debatido con seriedad, en las apacibles tardes de la huerta, el sentido que pueda tener esta vida contemplativa en nuestro mundo moderno. A nosotros, gente del siglo, pero moderada, nos cuesta entenderlo. También a Joaquín, un rojillo rancio de los que todavía se amarra el pantalón con un hiscal de esparto, pero hombre creyente con una espiritualidad y una búsqueda de respuestas fuera de lo común. El padre Antonio, monje de noventa años que vive en el monasterio desde los dieciocho, nos dice que esto solo puede entenderlo quien recibe "la llamada". 


En otro tiempo, nos cuenta Joaquín, estos monjes, jóvenes aún, sin menoscabo de sus vidas contemplativas, eran gente muy activa y productiva para la sociedad: producían y comerciaban con los productos de la huerta, y tenían un taller de madera donde fabricaban bancos para las iglesias. Y de eso vivían. Ahora no es posible. Solo son seis monjes. Tres de ellos, Antonio, Farrulla y José, rondan los noventa. Produce admiración verlos concelebrar la eucaristía con tanta voluntad como merma de sus fuerzas: una mano dirigida a la sagrada forma, y la otra agarrada al altar para no tambalearse. Y en la plática se quedan frititos en sus asientos. El padre Andrés, el prior, frisará los setenta, pero se encuentra muy limitado por fracturas vertebrales y una cadera protésica. Con todo, aguanta el tipo orondo y soberbio apoyado siempre en su bastón. El padre Alfonso tiene sesenta y seis años, y es de Olivares, casi paisano mío. Y se le nota lo sevillano: es el alma de aquéllo. Hospedero, cocinero, ecónomo, cuidador de los viejos y hombre para todo. Con Joaquín tiene una empatía especial. Se les nota a ambos. Y luego, el padre Mauro, el más joven, no llegará a los cincuenta. Pero me pareció el más desganado. Lo que son las cosas. Y eso que acaricia el piano de maravilla y posee una voz melodiosa y engolada, pintiparada para entonar las salmodias.

Y, en fin, todos sabemos que esto ha tocado fondo; esto se acaba. No hay futuro para este tipo de vida monástica. Este del Parral es el último monasterio jerónimo masculino en actividad. Y dentro de cinco años se habrá convertido en un Parador Nacional o algo parecido. No hay relevo, no hay vocaciones. No puede haberlas. La juventud de hoy precisa de otro tipo de atractivos. No le vale rezar y rezar, y perpetuar in seculorum sécula ritos y salmos de hace dos milenios. Habría que reinventarse, reconducirse, transformar el cenobio en un centro de intelectualidad religiosa donde, por ejemplo, se intentara una nueva exégesis de las Escrituras adaptada a los tiempos, donde se produjera literatura, arte y ciencia en torno a la ética, a la espiritualidad, a la esperanza... ¡Demasiado tarde!

"Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta".

Y yo, sintiendo mucho contravenir a santa Teresa, creo que hoy en día solo Dios no basta. A la vista está.

¡Sed buenos!




miércoles, 19 de junio de 2019

Crónica de una ausencia


-¿De qué te ríes? -me mira mi mujer extrañada-. El avión no está para risas, que digamos.
-Peque, me estoy acordando ahora de la noche en que despaché de nuestra casa de Córdoba a mis amigos, cuando el partido del Madrid con el Betis.
-¿Y eso a cuento de qué, después de cuarenta años?

Desde el aire, y bamboleado nuestro aparato por las turbulencias de una tormenta caprichosa, me obligo a distraer mis miedos pensando en cosas positivas. Es el consejo que tantas veces le he escuchado a mi amiga Mercedes, la bruja de nuestro grupo, para cuando uno tiene, como es mi caso ahora, pensamientos lúgubres. Volamos desde Malmo a Madrid, de regreso de una semana estupenda en los Fiordos, y estamos enconados en una borrasca de verano que juguetea con nuestro avión como lo hace el viento con un cometa de playa.

Bien podría, sin problema, detenerme en algunos de los muchos momentos recientemente vividos, tan emocionantes unos, tan agradables otros, tales como las impresionantes vistas de los glaciares, las del fiordo de Geiranger, el espectacular sitio de "El Púlpito" o la confortabilidad de nuestras cenas de amigos en el lujoso restaurante de este buque enorme... O incluso, regodearme - ¿por qué no?- en escenas de intimidad talámica, con el gran océano como bravo y rugidor testigo que se asoma por la ventana de nuestro camarote. Y sin embargo...

Y sin embargo, mis pensamientos vuelan más rápido que el avión, y me transportan hasta Córdoba, cuando apenas hace media hora que hemos despegado. ¿Por qué? ¿Qué pasa en Córdoba para tanta prisa? Mis compañeros de promoción de medicina están celebrando a esta hora una fiesta por el 40 aniversario de nuestra Licenciatura (1973-1979). Desde que se convocó dicho evento yo fui consciente de mi obligada ausencia por coincidir con este viaje a Noruega con nuestros amigos. ¡Mala pata! Y, aunque no me gustan demasiado las reuniones de más de cuatro criaturas, esta vez sí que me apetecía mucho juntarme con mis colegas. Al Pintor y a la Victoria les tengo manidos, a Juan Tormo y a Carlos Sánchez les vi hace un año, pero a todos los demás llevo una burrada de años sin verlos. Y con el tiempo, nos pica la nostalgia. Y, además, que al contrario que a las mujeres, a los hombres no nos importa tanto dar una imagen de arrugados, gordos y calvos, "Quien a nuestra edad no tiene buche es que es un triste" -sentencia mi amigo Jaime. Pues eso. Pero, en fin, no ha podido ser. Asistiré -lo prometo- a la celebración del 50 aniversario.

Como durante la travesía no puedo abrir wassapts para ver los vídeos que están grabando, me los imagino ahora saliendo de la facultad hacia "Bodegas Campos", donde se van a poner como obispos, mientras en estos mismos momentos, pasada ya la tormenta, la azafata del vuelo me está ofreciendo una bolsa de patatas fritas, un bocata de jamón serrano y de pan chicloso, y una botellita de agua. ¡Menuda diferencia! Luego, en la sobremesa, es posible que Graciliano, Mari Félix, Andrés Ruz o Pedro Pablo les entretengan a todos con unos discursitos breves preparados ad hoc. Y ya más tarde, llegará el desenfreno de bailes, postureos y fotos por doquier. Lo propio. No tengo ninguna esperanza, cuando ponga pie en Córdoba serán las ocho de la tarde y todo se habrá consumado.

Me hubiera gustado abrazarlos a todos. Ya sé que es imposible. Ni siquiera podría recordarlos. En primero habíamos cerca de quinientos alumnos matriculados. Al llegar a sexto curso, no llegaríamos a cincuenta los que sacamos todo limpio en junio: los empollones. Yo era un empollón, quizás el más empollón de todos, con permiso de Celia, Fernando Laguna y Buitrago. No solo no me avergüenza reconocerlo sino que me enorgullezco de ello. Pero no era desaborido como los empollones al uso, no. Yo era un tío simpático, abierto, campechano... que hasta me dejaba copiar y todo. Jugaba al fútbol con Ramón Guisado, González Ripoll, Martín Pinilla, Antonio Moreno, Manolo Ramírez, Sebastián Rufián... Jugaba al tenis con Manolo Baena en su club de la Fuensanta, y en ocasiones -muy pocas- me dejaba ganar para que él siguiese invitándome gratis. Cuando nos mudamos a jugar a la Arruzafa ya no perdí ni un solo partido. ¡Qué rabia, eh Manolo! Con Manolo Mesa frecuentaba en las anochecidas el paseíllo entre el hospital provincial y la escuela de enfermeras cortejando a nuestras respectivas novias. En mi piso de Pintor Zurbarán, 7, 1-A, siempre había invitados a la mesa, a la de comer, o a la del estudio. Gente como Juan Tormo, Pepe Morillo, Antonio García, Alejandro Rodríguez, Pepe Osuna, Paco Moya, el propio Andrés Ruz, por supuesto que Antonio Pintor... eran habituales en mi casa para intercambiar apuntes o preparar exámenes... O a lo mejor para intentar ligar con Pilar, una auxiliar de enfermería que vivía con nosotros y que estaba güenísima. Antes de casarme con mi Peque (estábamos empezando quinto curso) viví dos años en pisos de estudiantes con compañeros tan dispares como Eugenio Mateo, Pedro Olmo y Pepe Osuna. Muchos de ellos nos acompañaron a la Peque y a mí en nuestra boda, en Palenciana, el 1 de noviembre de 1977. Y al día siguiente, a clase. 

Una noche de aquéllas cenamos en mi casa el grupo de Puente Genil (Antonio García, Morillo y algún otro) y Andrés Ruz y alguno más de Cabra. En la tele ponían un Madrid-Betis. Ganaba plácidamente el Madrid por tres goles a cero. Y yo tan requetebién. Y van los mamones estos y empiezan a meterse con el árbitro diciendo que estaba favoreciendo al Madrid, que si qué vergüenza, que si partido robado... Esas cosas que decimos para cabrear al personal. Tanto me calentaron que acabé echándolos de mi casa. ¡A tomar por culo! 

Lo único que no hice en esos años que cualquier estudiante de entonces hiciera fue irme de juerga o de ligoteo por ahí. Yo tenía mi novia, y mi obsesión eran mi novia y mis estudios. Ir a la feria o de patios me parecía una estupidez, una pérdida de tiempo. Por todo ello se entiende mejor mi escasa relación con las chicas de nuestro curso. Recuerdo, sin embargo, una buena sintonía con Inmaculada Romero, Carmen Logroño, Higinia, Adela, Claudia Cabrera, Consuelo, Mari Carmen Jurado, Gloria Ysern...  

Me puede la emoción recordando aquellos tiempos. Yo venía de abandonar el seminario después de diez años de interno, y me abría por primera vez al mundo exterior. Dos años mayor que la mayoría de mis compañeros, y provisto de un bagaje humanístico encomiable proporcionado por el seminario y por mi bachiller de letras, destaqué demasiado pronto como un empollón raro. Tal vez desde mi incorporación casual al grupo de don Ricardo López Laguna, el primero de nuestros maestros. O quizás, desde el día en que don Pedro Montilla retó a la clase entera a averiguar el nombre de una fórmula química enrevesada que él mismo acababa de escribir en la pizarra. Y yo levanté la mano. "A ver, el caballerete, que hable"... Y fue aquello tan gracioso del Ciclopentano perhidrofrenanteno, la famosa fórmula genérica de todos los esteroides. "¿De dónde ha salido este tío larguirucho y destartalado?" -escuché en algunos corrillos por entonces. "Dicen que ha sido seminarista" -explicaba otro. Y yo me hacía el interesante.

Me duele decir que habiendo sido profesor asociado en la facultad de medicina de Sevilla durante veinte años, no he visto en el alumnado, en general, aquella vivencia tan nuestra de sentirnos especiales, distintos a otros universitarios. Los de medicina gozábamos una especie de vitola singular, nos considerábamos gente escogida para una misión poco menos que sagrada. Y ese algo tan distintivo no solo lo sentíamos nosotros sino que también era así ponderado por los estudiantes de otras carreras. Me encantaba que alguien me preguntara por la calle que qué era lo que estudiaba. Se me hinchaba el pecho al decir: "Yo, Medicina". Y os puedo asegurar que después de tantos años no he perdido ese sentimiento de haber sido "un escogido".

No recuerdo en qué curso, quizás en segundo. Los compañeros más "rojillos", con Manolo Cabanillas al frente, habían convocado una asamblea junto a los de la primera promoción. Allí, las arengas de Ortega Limón y Eduardo Rejón alentándonos a una huelga general de estudiantes por las mejoras de las condiciones estructurales en la Universidad de Córdoba. Muchos de nosotros, impresionados ante la altiva prestancia de los oradores. En esto que en un momento determinado, sale de entre la clase la figura pequeña pero bien erguida de Segundo Ruiz Gámez. Con decisión firme y gesto adusto, sube a la tarima y se baja el micrófono hasta su altura. Solo recordar esa imagen de un tío tan chico dirigiéndose con tal energía y cojones a una asamblea de quinientas criaturas me sigue emocionando. Lástima que no tuviéramos móviles para haberlo grabado. Yo no fui a la huelga impactado por sus palabras. Dijo cosas impropias de un joven salido de un pueblecito perdido en Jaén: hizo alusión al sacrificio de nuestros padres para ponernos en órbita, al sentido de nuestra responsabilidad para no defraudarlos, a nuestro sagrado deber de no desperdiciar ni un día, ni una hora, en nuestra formación como futuros doctores. "Nosotros no somos unos estudiantes cualesquiera, ¡¡vamos a ser médicos!!!" Y puso tal énfasis, se arrimó tanto al micrófono que esa palabra, médicos, retumbó durante preciosos e interminables segundos en todo el ámbito de la clase. Os parecerá una simpleza, pero os aseguro que ese espíritu de Segundo -al que bien podríamos traducir por vocación- me ha guiado en toda mi vida profesional.

Bueno... Con tanta cháchara hemos llegado sin novedad a Madrid, y ahora el AVE nos llevará hasta Córdoba. Es tontería ilusionarse. Llamo al Pintor y me dice que ya están todos de vuelta. Estamos pasando por Puertollano. Me acuerdo de Carlos Sánchez Estévez, nativo de estas sierras pizarrosas, seguro que también ha disfrutado de este día glorioso para ellos. Ya habrá otra ocasión para mí y para otros ilustres ausentes.

Paz y bien, amigos.