lunes, 23 de febrero de 2026

LA HUELGA

El hospital, viernes, último día de esta primera semana de huelga, funciona a medio gas. Las consultas externas, habitualmente abarrotadas de una caterva multicultural y multirracial, y transitadas a toda prisa por los rastrillazos de auxiliares y enfermeras, están hoy medio exánimes y tan huecas, que permiten escuchar tus propios pasos. Como suponemos que la intervención de la Peque, aunque menor, irá para largo, mi hermano y yo subimos a la planta de medicina interna, a bichear el ambiente. Me cuela en la sala de trabajo y me presenta a sus compañeros internistas. Es una sala amplia y luminosa, muy bien dotada de mesas, sillones, ordenadores, documentos y avíos necesarios para el trabajo de diez personas, con unas vistas espléndidas a dos mares, el uno, de plásticos; y más allá, el otro, el Mediterráneo.

En la planta la huelga se nota mucho menos. Casi nada. Trabajan cinco internistas fijos (dos de mínimos y tres de guardia) más aquéllos que ese día no hacen huelga, para repartirse los pacientes que necesitan ser vistos cada día. No hay agobios, me dicen. Los dejo ya que sigan trabajando y me bajo solo a la sala de espera, que ya estará la Peque al salir del quirófano.  

Veo cartelitos pegados en las paredes de los pasillos. Son panfletos muy escuetos, en media cuartilla, donde se expresan a la manera lapidaria frases y sentencias cortas relativas a la huelga médica: "La vocación no justifica la explotación". "No hacemos huelga por nosotros, sino por vosotros". "Un médico cansado se equivoca más. No a las guardias de 24 horas". "11 años de preparación, máxima responsabilidad, nula representación..." Y en el ángulo inferior derecho, un anagrama del código de barras solicitando a la gente su apoyo. Naturalmente, nadie se para a leerlos, bastante tiene cada uno con lo suyo. 

Seis personas ocupamos un habitáculo espacioso, cuatro mujeres y dos hombres, cada una bien acomodada en sillones confortables y cada una absorta, no ya en sus propios pensamientos, sino en la pantallita del móvil. No hace tanto la gente leía libros en las salas de espera, era algo más discontinuo, permitía a las personas salirse un rato de la lectura y charlar. Ahora, no. Ahora todo es el móvil. Algo tan propio de este tiempo nuevo, me resulta, sin embargo, muy reprobable: que incluso nosotros, andaluces, otrora dicharacheros hasta lo escandaloso, hayamos caído en esa trampa del aislamiento social, tan contrario a nuestra idiosincrasia, y embobados por una pantalla que imanta nuestros ojos para introducirnos en un mundo paralelo y obviar lo que tenemos delante. 

Quiso el destino afortunado que, en un momento determinado, una mujer mayor y su hija entrasen equivocadas en nuestra sala y saliesen luego protestando porque "con esto de la huelga, nadie te atiende. Nos dicen que no hay que faltar a los médicos, pero es que hay veces que no tienes más remedio que faltarles, por que vaya, vaya..."   

Y aprovechando la marea favorable del desenchufe efímero del personal con su móvil, me dirijo a la mujer que tenía en frente.

¿Qué le parece a usted, en fin, a todos ustedes, este asunto de la huelga de médicos? 

Supongo que nadie de los presentes esperaría una pregunta así, ni siquiera una chica joven sentada a mi lado. Una pausa eterna, y yo pensando en por qué soy tan entrometido. Al fin, la mujer me responde.

Tendrán sus motivos, no lo discuto, pero que al final somos nosotros los que pagamos el pato. Como en todo.

Y se arranca la chica joven para contrarrestar el argumento anterior.

Sin embargo, estamos aquí, nuestros familiares se están operando de cosas que no son urgentes y que podrían haberse pospuesto para más adelante. Eso es algo de agradecer ¿no os parece?

Y yo, metiendo cizaña; no tengo apaño:

A lo mejor operan en la huelga solamente a los recomendados ¿no?

Pues por nosotros no será. Nosotros no conocemos a nadie dice el hombre.

Ni por nosotros asienten los demás.

¿Habéis leído los cartelitos pegados en las paredes para que apoyemos todos a los médicos? sigo yo incordiando.

Eso no sirve pa ná salta otra de las mujeres. Y de nuevo, silencio en la sala, cada cual a su pantalla.

Y siento pena de que, por los motivos que fueren, los médicos no consigamos llegar a la fibra emotiva de las personas, de los ciudadanos de a pie, precisamente de aquéllos que más se benefician de nuestros servicios. Algo no hemos hecho bien los médicos cuando todavía los ciudadanos, en general, nos consideran casta privilegiada en vez de currantes maltratados por la administración sanitaria.

martes, 10 de febrero de 2026

Sentir mono del campo

Yo creía que era cosa mía exclusiva, una de mis manías: salir al campo en solitario. No necesariamente al saludable ejercicio del senderismo en grupo, sino simplemente salir de tu casa y respirar el aire limpio del campo, hacerte una misma cosa con la naturaleza, hablarle a los árboles y a los pajarillos sin más estorbo que el susurro del aire entre olivos y pinos. Me hice a esa rutina en el seminario de Hornachuelos algunas tardes de jueves y domingos en que, echando pies, ninguno de los capitanes me cogiera para los equipos de fútbol. Y me aislaba por aquellos cerros, yo solo, para que nadie notara mi cabreo. Y así me desahogaba.

En los lejanos días en que ha hecho bueno (ya ni me acuerdo), mi campo de golf de Antequera ha cubierto con creces mis aspiraciones naturalistas, puesto que además de subir cuestas, bajar pendientes y ponerme como un ecce homo (como un seomo, decían nuestras abuelasbuscando pelotas perdidas entre la fronda, añade el estímulo del juego, un juego perfeccionista que exige el máximo de concentración. Y ahora, cuando el tiempo inmisericorde no me permite jugar allí, me alargo en coche a la pradera de San Isidro, toda ella para mí solo, una isla boscosa en un mar de olivos, un decorado natural de vegetación alfombrada de un verde insultante, una reserva de conejos juguetones tachonada de madrigueras, un humedal joven bautizado por tanta borrasca, un laberinto arbóreo donde ensayo golpes imposibles procurando que mi bola esquive las ramas, o si acaso, sólo las acaricie, y que no aterrice en ningún charco. Tan ensimismado, que ni noto la insolencia de los humos fabriles.

Pero he visto que no, que no soy el único amante de la soledad campestre. Cristóbal "El Conejo" sale cada mañana y trastea por los aledaños del río, incluso en días de alerta amarilla, con su chubasquero y su paraguas. Este es otro heredero de sus usos de niño cuando acompañaba a su padre, guarda forestal, por el mundo Dios. De casta le viene al galgo. Y de esta manera, es el referente a quien hay que preguntar por el nombre y la ubicación de cualquier sitio, cortijo o estacá de nuestro término. Manuel Gámez, el de "Andreíta", es un trotamundos de nuestros campos. Siempre en solitario, se tira toda la mañana andurreando a paso largo, como dicen que caminaba "Berna", un paisano que en una hora se ponía en Badolatosa. Mi hermano Manolo, otro que tal baila, rememora cada día la antigua costumbre de nuestros primeros moradores que salían de madrugada al campo en busca del alba. Antonio Zamora, un sevillano reconvertido en palencianero, está colado por nuestros parajes ribereños a los que ya conoce mejor que muchos paisanos...

Volviendo ayer a mediodía desde la pradera, antes de llegar a la cuesta de la Grea, veo un coche en la cuneta y a su vera, Juanillo Aguilera. Creyendo yo que podría necesitar ayuda por avería o alguna otra cosa, me paré detrás suya a preguntarle. Para mi forma de entender la vida social, es ésta una de las ventajas que tiene el vivir en el pueblo, que de cuarenta para arriba todos nos conocemos, por amistad antigua, por vecindad o por familia: salir a la calle, sólo por salir, sin otro objetivo que distraer la mente y saludar y charlar con la primera persona que te encuentres.

No. No me pasa ná se ríe Juanillo.

Pero... ¿Qué haces aquí parado? le insisto. 

Te lo voy a confesar, porque eres tú, pero no te vayas a reír ¡eh!

Venga, no me río.

Pues, mira, que con tantos días de agua sin poder salir de casa..., estoy que me los toco, ¡joer ya con tanta agua; que tengo mono del campo ¿Qué quieres que te diga? Y he salido hoy sólo para eso, para ver el sol y oler el campo. 

—¿Cómo quieres que me ría si yo mismo hago eso cada día, llueva o truene? Pues claro que sí, hombre. Si es que es lo nuestro ¿no verdad?

Y enseguida, otra vez al coche, porque las nubes, ofendidas por nuestra queja, volvieron a llorar a cántaros.


sábado, 7 de febrero de 2026

Hoy he visto a mi madre.

¡Qué difícil se me hace escribir de mi madre! La tengo en tan elevado pedestal que el simple hecho de bajarla al papel y exponerla ante extraños se me antoja un desaire, una grosería. A mi padre, sin embargo, lo nombro cada dos por tres. ¿A quién quieres más a tu papa o a tu mama? Era la pregunta repetida y cansina que nos hacían las visitas, cualquier visita, a los niños de entonces. A los dos igual, era la respuesta adecuada, la correcta. Y posiblemente fuese verdad, pero... Como que no, como que era de mentirijilla. Y que conste que yo, de niño, quería más a mi padre, porque era hombre muy niñero y cariñoso y porque sólo lo veía un día en semana, los jueves, que venía del cortijo a cambiarse de ropa y nos traía, a mi hermana Josefa y a mí, ciruelas despachurradas o carne membrillo emborrizada de migajas en lo hondo de su capacha. A mi madre, por contra, la tenía todo el santo día detrás con la alpargata cargada.

Pero luego, uno va creciendo y a la luz de las velas que el tiempo va instalando en nuestro pensamiento te das cuenta de la valía, la entrega y, en definitiva, el amor de una madre. Y, ciertamente, es complicado ponerte a escribir de ella sin que la emoción te traicione hasta el punto de confundir las letras del tecadlo. Teclado, quise poner.

Esta mañana la he visto. He visto a mi madre después de 31 años muerta. La he visto en el cortijo. La he visto en la puerta de nuestra casa de La Capilla. Se veía borrosa por mor de la llovizna que enturbia la luna del coche, pero no hay duda: era ella. No se inmutó al mirarme, como si tal cosa, como si nos hubiésemos visto ayer mismo. Ni se extrañó de mi coche nuevo, un coche de señorito. Se limitó a saludarme con la cabeza. Paré el coche en las mismas puertas del cortijo, ahora cerrado a cal y canto con dos verjas altísimas. Allí estaba ella. Tenía cogida en su costado, a horcajadas, a mi hermana Carmen, con dos añitos, y charlaba animadamente con Frasquita la del "Mocito" y con Rosario Bueno "La Maúra".

En ocasiones como ésta, me gustaría mucho que, de verdad, existiera el cielo y poder recrearme en la idea de que esta misma escena se estuviese desarrollando, en ese mismo instante, allá arriba (pero sin mi Carmen, claro). Y seguro que se les hubiera arrimado también mi hermana Josefa.

Es lo que tiene un gran cortijo cerrado, sin criaturas, que, habiendo sido hogar de tantas familias, un cuartel general, un pueblo en pequeño, no está acostumbrado a una soledad que le ha de parecer aterradora. Y, tal vez, para compensar tal tristeza, los fantasmas de sus antiguos inquilinos se han hecho cargo del mismo. Es la mejor explicación que le encuentro.

Es también lo que tiene haber sido testigo de tantas vivencias en el cortijo, que ahora, en visita privada y oprimido el pecho por tanto abandono, se te amontonan en la memoria emocional y se proyectan ante tu vista, tan reales como cuando te metes de lleno en una película y te parece realidad lo que sólo es fantasía.

Con lluvia inclemente y todo, ha valido la pena dar hoy un garbeo por el cortijo.



martes, 3 de febrero de 2026

Sanitarios de la pública: la verdadera joya

No creo que exista un escenario "amigo" que suscite más inquietud e indefensión para cualquiera que verse tumbado en la camilla del quirófano. A expensas de lo que otros quieran hacer contigo. En las bastantes ocasiones en que me he visto en tal tesitura, he procurado poner en práctica la actitud que cuentan que adoptó José Saramago en la sala de cateterismo del Mount Sinaí, en Nueva York: abandonarse, evadirse, entregarse. Un acto de fe. Sí, tal vez sea lo mejor: confiarse.

Reconozcamos todos, sin embargo, que no es tarea sencilla, y mucho menos, para un médico tan cagueta como servidor. En esta ocasión va a ser una colonoscopia con sedación.

Por mi pie, y en pelota picada (salvo los calcetines hasta las rodillas, mire usted señorita que es que yo soy muy friolero), he llegado hasta la sala, cubierta mi delantera por una bata abierta por detrás, y mis espaldas por una sábana que gentilmente lleva extendida la auxiliar de clínica detrás de mí para preservar mi ajada intimidad trasera de la vista condescendiente del personal.

Tumbado boca arriba, sin querer, se me va la mirada hacia la pantalla del monitor: saturación de oxígeno y frecuencia cardiaca, perfectos. Pero observo con cierta zozobra una tensión arterial de 160/80. Son los nervios, respira hondo, intento tranquilizarme. Enseguida, otra vez siento hincharse en mi brazo el manguito de la tensión: 153/70. Bueno, vamos mejorando.

¡No mire usted la pantalla y piense en cosas bonitas, hombre...! me regaña, amable, la enfermera. Los médicos sois los peores, ¡hay que ver...!

Se me viene entonces  a la cabeza el día en que mis nietos me acompañaron a una partida de golf y lo que disfrutaron conduciendo el buggy, pero enseguida otro asunto mucho más sugerente reemplaza ese pensamiento. Médica y enfermera se disponen a prepararme y colocan todos sus arreos (rollo de esparadrapo, bolsa del suero, guantes, ampollas de Propofol... sobre mi bata. Bien podrían haber caído todos encima de mi pecho, digo yo. Pues no. Todos, justo encima de mi nido con su pajarito acurrucao en su lecho de castañas. Y al echar mano de lo que van necesitando, necesariamente molestan, una y otra vez, al animalito inocente. Años atrás, hubiera habido aquí un escándalo mayúsculo cuando el pájaro se hubiese desperezado con tanto manoseo y desparramado todo el material. Muchos años atrás. Ahora, ni se ha enterado. Bueno..., algo sí, porque me entregué a esa fantasía erótica y dejé de mirar la pantalla hasta que la vista se me nubló. "Ahora le va a entrar sueño, no se apure..."

Ea, a despertarse tocan escucho a la enfermera sonriendo junto a la camilla. Todo ha ido muy bien.

Y la médica, a continuación, me explica que ha extirpado dos pólipos minúsculos sin ninguna importancia. Y que ya la próxima, en cinco años.

Y yo, medio achispado por los restos del Propofol:

Con vosotras dos vengo encantado, so bonitas.

Bromas aparte, esta es la sanidad que nunca podemos permitirnos perder. Seguimos teniendo los mejores profesionales sanitarios, los más vocacionales y entregados. La médica y la enfermera que me han atendido realizarán esta tarde 14 endoscopias, desde las 15 horas hasta las 22 horas. Y cobrarán por ello unos 300 euros la doctora y 150 la enfermera, 21 euros por paciente para una y 11 euros para la otra, una miseria comparado con lo que podrían embolsarse haciendo lo mismo en la privada. Pero les gusta su hospital, sus compañeros, sus gentes y viven su oficio con una visión que trasciende lo puramente material. Y, como ellas, tantísimos otros profesionales de la salud, a punto ya de la quemazón. Os costará aceptarlo, pero yo os digo que esta gente existe y que ojalá perdure para siempre esa estirpe de personas, no por anónimas, menos necesarias.

Y es nuestro deber apoyarlos, aunque sólo sea por egoísmo, por nuestro propio interés, porque sin ellos, se nos acaba el chollo. Una colonoscopia cuesta una media de 500 euros en la sanidad privada. Para las personas mayores de 65 años, cualquier seguro privado cuesta 250 euros mensuales, pero pagando aparte una cuota por cada intervención o consulta. A ver quién puede costear eso.

Ahora, por fin, los médicos parecen unidos en una huelga justa y necesaria. Y no es por dinero, sino por defender mejoras imprescindibles en su trabajo, mejoras que alentarán su dedicación más aún, si es que ello fuera posible, y que redundarán en un mejor servicio a nosotros, sus conciudadanos. 

¡Viva la Sanidad Pública!!