sábado, 7 de febrero de 2026

Hoy he visto a mi madre.

¡Qué difícil se me hace escribir de mi madre! La tengo en tan elevado pedestal que el simple hecho de bajarla al papel y exponerla ante extraños se me antoja un desaire, una grosería. A mi padre, sin embargo, lo nombro cada dos por tres. ¿A quién quieres más a tu papa o a tu mama? Era la pregunta repetida y cansina que nos hacían las visitas, cualquier visita, a los niños de entonces. A los dos igual, era la respuesta adecuada, la correcta. Y posiblemente fuese verdad, pero... Como que no, como que era de mentirijilla. Y que conste que yo, de niño, quería más a mi padre, porque era hombre muy niñero y cariñoso y porque sólo lo veía un día en semana, los jueves, que venía del cortijo a cambiarse de ropa y nos traía, a mi hermana Josefa y a mí, ciruelas despachurradas o carne membrillo emborrizada de migajas en lo hondo de su capacha. A mi madre, por contra, la tenía todo el santo día detrás con la alpargata cargada.

Pero luego, uno va creciendo y a la luz de las velas que el tiempo va poniendo en nuestro pensamiento te das cuenta de la valía, la entrega y, en definitiva, el amor de una madre. Y, ciertamente, es complicado ponerte a escribir de ella sin que la emoción te traicione hasta el punto de confundir las letras del tecadlo. Teclado, quise poner.

Esta mañana la he visto. He visto a mi madre después de 31 años muerta. La he visto en el cortijo. La he visto en la puerta de nuestra casa de La Capilla. Se veía borrosa por mor de la llovizna que enturbia la luna del coche, pero no hay duda: era ella. No se inmutó al mirarme, como si tal cosa, como si nos hubiésemos visto ayer mismo. Ni se extrañó de mi coche nuevo, un coche de señorito. Se limitó a saludarme con la cabeza. Paré el coche en las mismas puertas del cortijo, ahora cerrado a cal y canto con dos verjas altísimas. Allí estaba ella. Tenía cogida en su costado, a horcajadas, a mi hermana Carmen, con dos añitos, y charlaba animadamente con Frasquita la del "Mocito" y con Rosario "La Maúra".

En ocasiones como ésta, me gustaría mucho que, de verdad, existiera el cielo y poder recrearme en la idea de que esta misma escena se estuviese desarrollando, en ese mismo instante, allá arriba (pero sin mi Carmen, claro). Y seguro que se les hubiera arrimado también mi hermana Josefa.

Es lo que tiene un gran cortijo cerrado, sin criaturas, que, habiendo sido hogar de tantas familias, un cuartel general, un pueblo en pequeño, no está acostumbrado a una soledad que le ha de parecer aterradora. Y, tal vez, para compensar tal tristeza, los fantasmas de sus antiguos inquilinos se han hecho cargo del mismo. Es la mejor explicación que le encuentro.

Es también lo que tiene haber sido testigo de tantas vivencias en el cortijo, que ahora, en visita privada y oprimido el pecho por tanto abandono, se te amontonan en la memoria emocional y se proyectan ante tu vista, tan reales como cuando te metes de lleno en una película y te parece realidad lo que sólo es fantasía.

Con lluvia inclemente y todo, ha valido la pena dar hoy un garbeo por el cortijo.



3 comentarios:

  1. Debe ser parte de la vida, al llegar a ciertos años, estrujarse la memoria para llenar de realidad nuestra momentánea soledad. Lo que y el porqué somos solo tiene sentido en esta cadena que llamamos vida si podemos seguir amando la parte más íntima de lo que somos. y... de una madre somos casi todo.
    Gracias por hacernos sentir, amigo Fili.

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  2. Muchas gracias Filli, me has hecho revivir mi infancia, pues de pequeño me crié en el cortijo que tenían mis padres.
    Un cordial saludo.

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