martes, 26 de mayo de 2026

El sendero del antiguo tranvía

Hay cosas en la vida de las que uno gusta de repetir una y otra vez y otra y todas las que hagan falta: la tortilla de papas (sin cebolla), los huevos rotos con jamón, una velada tranquila en casa de unos amigos, una siesta fugaz de baba caída, los besos primerizos de los novios de antes con sabor a torrija caramelizada, la noticia inesperada de un nuevo embarazo de tu hija... Y no es la menor de esas cosas irrenunciables en su repetición el paseo sosegado por el sendero del antiguo tranvía desde Guéjar Sierra hasta el Barranco de San Juan. Dicho queda.

Creo también que mi parte está más que cumplida: lo he disfrutado en cinco ocasiones. Y las que me queden. Esta vez he realizado el trayecto con un grupo de mi pueblo de la Asociación Elislón, treinta criaturas disfrutonas del agua y de la naturaleza más primigenia y autóctona, siguiendo a contra mano el curso de un Genil niño, revoltoso y travieso.

Le está bien empleado su primer arresto en el pantano de Canales, porque hasta entrar en esta prisión el Genil es enteramente un río pirenaico, un río nivo pluvial se le llama en el argot geográfico, esto es, que se alimenta del deshielo y de las lluvias y que en sus primeros tramos baja pálido, espumoso y arrollador, como buldog fiero que persiguiera serpenteante, desesperado y ciego a un intruso que se hubiese colado en su huerta. Un río fotogénico, muy pagado de sí mismo, muy presumido. Un río frío y calculador que no se apiada de los bordes arenosos que sostienen un carril o incluso un pequeño puente más arriba ni agradece la sombra ni la elegancia de los álamos cantores de su ribera obligados a medir la distancia de la orilla si no quieren servir de pasarela colgante o yacer inánimes en un costado de aquélla. Un río bravo. Quizá también, un río envidioso del esplendor del entorno que lo rodea y deseoso de ser el único protagonista de toda la belleza: "yo soy el rey de esta selva. No hay foto, video ni selfie que se precie en el que yo no figure como estrella principal". Bien arrestado en el rincón del pensar.

Se equivoca el río presuntuoso, como lo hace la persona engreída que mira por encima del hombro a sus cercanos. El río parece quejarse con su empuje y su fuerza de ser el sustento de tanta vida regalada y holgazana, pasando por alto que él mismo nada sería sin la nieve de la montaña y sin el sol que la derrite. Todos somos necesarios en esta nuestra tierra, so Trump, que te crees el Trump de Sierra Nevada.

El sendero, mucho menos presumido, le sigue al río la corriente, pero a contra mano, como viéndolo venir. No por ello, deja de sorprendernos muy gratamente después de alguna curva cerrada en la que grandes peñascos ocupan el cauce exigiéndole al río saltos y cabriolas de verdadera fantasía. O descubriendo, imprudente, el desnudo integral de alguna parejita ansiosa por darse el primer baño. Pero lo suyo, lo propio del sendero, es la fronda exuberante de un verdor insultante y el paisanaje que lo pisa. 

Dos árboles dominan con diferencia los bordes del camino: la higuera y el almez. Dos árboles de un significado muy especial para quien esto escribe. La higuera me devuelve a la huerta de La Capilla, a una higuera enorme en la entrada donde no sólo me empachaba de brevas, sino que también nos surtía a mi cuñado Frasco y a mí mismo de gorriones durmientes capturados con nocturnidad y linternas bajo sus ramas. Y el almez, árbol majestuoso y ceremonial, me evoca mis tiempos de Hornachuelos y las  almezas como diminutas golosinas con que los seminaristas complementábamos el exiguo postre de higos secos. En esta ocasión, ni una ni otro, ni higuera ni almez, tenían sus frutos a tiempo.

Otra cosa más divertida es el paisanaje. Cuidar las relaciones entre personas cara a cara en un mundo de cibernética y pantallas es un reto formidable, pero, además, super agradecido. Sin duda, una de las virtudes de estas excursiones lisloneras es esta de poder conversar durante horas con personas de verdad y mirándose de frente. O de lado. Y los móviles, en los petates. Gente conocida, sí, pero no acostumbrada. Con la Peque y sus hermanas no puedo contar, porque se esfuman de mi lado y ponen un turbo inalcanzable para mis ajadas rodillas ¿Cuánto tiempo hacía que yo no hablaba con Felipe Rosua? Ni me acuerdo. Hace al menos un año coincidimos en la calle y charlamos unos minutos por un problema médico, pero nada más. Pues hoy nos hemos desquitado. Todo el camino de vuelta dale que te pego a la sin hueso. Él más que yo, la verdad, y eso que es hombre de escasa facundia. En una hora hemos despachado todo lo fructífero que fue para nuestro pueblo el emergente turismo de la Costa del Sol en aquellos años en que tantos jóvenes del pueblo, como él mismo, volaron hacia sus playas. ¿Y con José "Conejo"? Lo mismo. Vive en las afueras y no coincido nunca con él en mis callejeos vespertinos. Pues, nada. Nos pusimos al día de su corazón y de mis pedruscos renales. A MariMeli no la veo desde el entierro de su hermano, fíjate si hace tiempo, y ayer, ebria de tantas emociones visuales, me confesó en un aparte el idilio reciente de su marido para con sus cuatro fanegas de olivos. Con una de las hermanas Mármol tuve una trifulca amistosa porque me disputaba el nombre del almez, confundiéndolo con una morera... 

Bueno... Lo del restaurante "La Fabriquilla", posada y fonda de gente reventada y polvorienta, es un fueraaparte. Excelente tanto la calidad de los manjares como el servicio. Nos pareció milagroso un servicio tan rápido y ordenado en unas terrazas a tente bonete. ¡Ay, las terracitas! perdición de mi cuñada Conchi y de Ani Mármol. Incluso el precio nos pareció bien ajustado al disfrute que nos proporcionaron. Y eso que nuestro amable camarero no quiso darme la receta de la torrija. "Es secreto de estado".

Una jornada campestre muy bien aprovechada. Para repetir. 

viernes, 22 de mayo de 2026

Sueño de una noche de primavera

Esta noche pasada he soñado con el seminario. Y he tenido un despertar alegre. 

Bueno..., la verdad es que mis despertares suelen ser divertidos: a las 7,30 horas, antes del alba y con la puntualidad de un reloj suizo, mi perrita Pelu lame mi mano caída sobre el costado de la cama. Si no respondo o me hago el dormido, me araña como diciéndome venga parriba, que es la hora. Luego se sienta en su camastro de cojines viejos para observar, muy atenta, mis gimnasias matutinas en el lecho: levanto tiesa una pierna varias veces; luego, la otra; una serie de abdominales levantando el tronco con las piernas extendidas; brazos arriba y luego en cruz... Igualito que hacía mi padre. A la Peque, sin embargo, no le hacen tanta gracia estas piruetas madrugadoras. "No eres más tonto porque no entrenas", y da un salto para irse al baño.

Pero esta mañana me hubiese gustado alargar un poco más el despertar para vivir, otra vez, el final de la película que estaba soñando. 

Sueño casi a diario con cosas de mi hospital, claro, es lo más reciente. Me pregunto por qué soñamos siempre con asuntos del pasado y no con otros por llegar. Tal vez los sueños no posean otro significado que el de intentar corregir o finiquitar algún conflicto mal resuelto de nuestra vida. No lo sé. Un sueño bastante recurrente es que me he reenganchado a trabajar y que estoy de guardia. Mucho más ahora con el asunto éste de la huelga de médicos y la reprobación de las guardias. Tiene  mucho sentido en mi caso particular, porque yo nunca esperaba haberme jubilado tan pronto, yo hubiese prorrogado hasta que me echaran. Y tuve que abandonar por mor de mi corazón tan afligido. En estos sueños lo paso mal porque vivo esa experiencia onírica muy cercana y muy real y me veo muy torpe y desacostumbrado para coger una vía central o hacer una punción lumbar... Y me despierto aliviado por haber salido de esa situación tan estresante. A veces, estando despierto y con total lucidez, me asaltan dudas sobre si, en realidad, alguna vez me he reenganchado al trabajo. De tantas veces como lo he soñado.

Pero esta vez, no. La noche pasada he soñado con cosas alegres del seminario. Hacía tiempo que no me pasaba, ¡hace ya tantos años...! Mientras me desperezaba, me he sorprendido a mí mismo canturreando una canción piadosa de aquéllas que le cantábamos a nuestra Señora de Los Ángeles: "Estrella de los mares (bis), cuyos reflejos (bis), en mis ojos de niño, resplandecieron, resplandecieron... ¿Te acuerdas, maadre? (bis), postrado ante tu imagen, recé la Salve, recé la Salve..."  Y con ésa, fui ensartando otras parecidas, y eso me hizo caer en la cuenta de mi sueño: recordaba de pronto esas canciones porque las había estado cantando en sueños. Y resulta muy curioso cómo en sueños, mucho mejor que en la vigilia ruidosa, uno puede recomponer el puzzle de todas las estrofas de una melodía largamente olvidada. 

El sueño consistió en que declinaba el curso de Preu en el seminario de San Pelagio, en Córdoba, allá por junio de 1971. Éramos veinte seminaristas sobrevivientes de los ciento y pico que habíamos ingresado en Los Ángeles en 1964. Teníamos dieciocho años y había que decidir qué hacer para el curso próximo, si proseguir nuestra vocación estudiando teología en Sevilla o si abandonar el seminario. Llevábamos dos años en Córdoba, habíamos conocido y penetrado en el mundo exterior, en la sociedad civil; habíamos compartido, clase, materias y profesorado con estudiantes legos en el instituto Séneca... Nos habíamos despojado de aquella imagen de bichos raros con que nos trataban los muchachos de Hornachuelos cuando visitábamos el pueblo vestidos con sotana y roquete, los "alúas", nos llamaban, todo de negro y con las alas blancas. Teníamos el Preu aprobado y toda la vida por delante. Ese era el contexto. Ahora llega el sueño de verdad.

Al final de la misa del último día del curso todos los seminaristas a coro nos despedimos de nuestra Virgen cantando el "Madre querida, adiós; reina adorada, adiós; dame Madre tu bendición". Veo a muchos de los nuestros, los de mi curso, que ya no regresarán; será para ellos la última vez que canten esta plegaria: Beteta, Jurado, Antonio Roldán, Pedro Calle, Carrillo... Y me veo luego en mi dormitorio conspirando con mis amigos dubitativos, que si sí, que si no, la ventana abierta de par en par en una mañana calurosa de junio dando, en la acera de enfrente, a la clase de unas jovencitas estudiantes de secretariado, sus ropas ligeras, sus risas, sus mohines provocativos sabiéndonos seminaristas y, por tanto, inofensivos... "Yo pienso seguir", dije intentando mostrar un aplomo ficticio. Los demás, más pendientes de las chicas, parecían como ajenos al asunto que traíamos entre manos. En esto que, las cosas que tienen los sueños de mezcolanza de recuerdos y personas, se entrometen en mi cuarto mi abuela Josefa y la Peque, por entonces la Toñi Villalba, una muchacha de una pandilla distinta de la mía, con la que apenas yo había tenido relación alguna. ¿Qué puñetas hacen aquí estas dos? Mi abuela, el ángel de la guarda: "Niño, tú di que sigues, que mi trabajito de rosarios y misas pagadas me ha costado llegar hasta aquí". La Toñi, el ángel travieso y picarón: "Sema, tú verás lo que haces. Sólo te digo que si sigues en el seminario te vas a perder el planazo de verano que nos espera..." En un momento indeterminado del sueño, salta El Luna, el gran conciliador: "mirad muchachos, todos estamos dudosos, esa es la verdad. Yo propongo que sigamos, que no tomemos una determinación tan seria a la carrera. Va a ser para nosotros una experiencia muy interesante el inaugurar el centro de estudios teológicos en Sevilla. Estamos el curso que viene, y ya veremos luego, según cómo nos haya ido. ¿Os parece?"

Y entonces fue cuando mi perrita empezó a rauñarme la mano...

Pero, vaya, que el resto ya lo conocéis. Hicimos bien en seguir. Nuestra experiencia en Sevilla fue muy provechosa para todos, tanto en el plano espiritual como en el académico. Y sobre todo porque allí conocimos a unos curas extraordinarios bajo cuya influencia, doctrina y ejemplo, tomamos verdadera conciencia del sentido evangélico de nuestras vidas. Y, a pesar de ello, sólo uno de los nuestros cantó misa. Pero, bueno, los demás hemos sido buena gente que ha hecho de su profesión un ejercicio de sacerdocio seglar.

lunes, 18 de mayo de 2026

¡Nos mudamos a Teba!

Está claro que la Peque y un servidor no sabemos votar. Nunca hemos sabido. Históricamente, nuestras papeletas han ido a parar al saco de los perdedores, un saco con la arpilla rota por donde se desangran los votos. Nunca hemos votado por los partidos dominantes, por los favoritos en las apuestas. Siempre, por aquéllos otros minoritarios de una izquierda cargada de ilusión y esperanza. Por corceles jóvenes y briosos, pero, a la postre, caballos perdedores.

Ahora, en estas recientes elecciones autonómicas, la cosa no iba a ser distinta. 

Podríamos haber votado a María Jesús Montero, más que por ella, soberbia y de una altivez provocadora, por su jefe, el tal Sánchez, el presidente del gobierno más vituperado de nuestra democracia, que ha tenido que lidiar con todas las catástrofes que uno pueda imaginar, desde la pandemia hasta los incendios forestales; desde la DANA hasta los trenes de Adamuz; desde el Hantavirus hasta el órdago valiente ante las tropelías de Trump. Por desgracia, el antisanchismo se ha convertido en la nueva religión de muchos de nuestros conciudadanos conservadores. Y a nosotros, a la Peque y a mí, como supongo que a muchas otras personas, nos da lástima que una persona sea la diana del odio de tanta gente. Nunca jamás hemos odiado a ningún anterior presidente. Hemos criticado con dureza las perversiones de Aznar o nos hemos reído de las meteduras de pata de Rajoy o escandalizado de las excentricidades de Ayuso, pero de ahí no hemos pasado. La gente de derechas, por su parte, ha sido muy dura con Zapatero, pero no creo que se haya llegado al odio con él. Sin embargo, el odio que profesa el antisanchismo nos parece totalmente desproporcionado, nos asusta.

Pero, no. Hemos vuelto a votar a los nuestros. La querencia. Es muy posible que en la actualidad, las ideologías sean las creencias de la modernidad. Arrimadas las religiones solamente a sacristías, procesiones y romerías, las criaturas descreídas hemos abrazado la nueva fe de las ideologías, porque tenemos necesidad de creer. Creer en algo superior, en algo que trascienda lo puramente material. Y lo hemos sublimado en la filantropía, la justicia social y el cuidado de la Madre Naturaleza. Esta es nuestra religión y tiene también sus Mandamientos: los Derechos Humanos.

Pero a la vista está que eso no mola entre la gente, esas cosas son para los debates y las discusiones entre entendidos y politólogos. Por difícil que nos pueda parecer, a las personas de a pie no parece interesarnos el día a día, la carestía de la cesta de la compra, los precios desorbitados de viviendas, el deterioro palpable de los servicios públicos, la enorme desigualdad social y económica, los problemas de los pequeños autónomos... cuestiones, todas ellas dependientes de los distintos gobiernos autonómicos, la mayoría de ellos, gestionados por el partido que gana las elecciones. No se castiga al gobierno de esa autonomía, no. Se señala al sanchismo como el origen de todos los males. Muchos votantes valoran más cuestiones relacionadas con la simbología y soberanía patria, la prioridad nacional y la inmigración ilegal.

Es lo que hay. El pueblo soberano así lo ha decidido. 

-Peque, cuando quieras nos mudamos a Teba.

-¿Y por qué a Teba? -me responde sorprendida.

-Porque allí han ganado los nuestros, los del Maíllo.


Que nunca nos falte el humor.