Está claro que la Peque y un servidor no sabemos votar. Nunca hemos sabido. Históricamente, nuestras papeletas han ido a parar al saco de los perdedores, un saco con la arpilla rota por donde se desangran los votos. Nunca hemos votado por los partidos dominantes, por los favoritos en las apuestas. Siempre, por aquéllos otros minoritarios de una izquierda cargada de ilusión y esperanza. Por corceles jóvenes y briosos, pero, a la postre, caballos perdedores.
Ahora, en estas recientes elecciones autonómicas, la cosa no iba a ser distinta.
Podríamos haber votado a María Jesús Montero, más que por ella, soberbia y de una altivez provocadora, por su jefe, el tal Sánchez, el presidente del gobierno más vituperado de nuestra democracia, que ha tenido que lidiar con todas las catástrofes que uno pueda imaginar, desde la pandemia hasta los incendios forestales; desde la DANA hasta los trenes de Adamuz; desde el Hantavirus hasta el órdago valiente ante las tropelías de Trump. Por desgracia, el antisanchismo se ha convertido en la nueva religión de muchos de nuestros conciudadanos conservadores. Y a nosotros, a la Peque y a mí, como supongo que a muchas otras personas, nos da lástima que una persona sea la diana del odio de tanta gente. Nunca jamás hemos odiado a ningún anterior presidente. Hemos criticado con dureza las perversiones de Aznar o nos hemos reído de las meteduras de pata de Rajoy o escandalizado de las excentricidades de Ayuso, pero de ahí no hemos pasado. La gente de derechas, por su parte, ha sido muy dura con Zapatero, pero no creo que se haya llegado al odio con él. Sin embargo, el odio que profesa el antisanchismo nos parece totalmente desproporcionado, nos asusta.
Pero, no. Hemos vuelto a votar a los nuestros. La querencia. Es muy posible que en la actualidad, las ideologías sean las creencias de la modernidad. Arrimadas las religiones solamente a sacristías, procesiones y romerías, las criaturas descreídas hemos abrazado la nueva fe de las ideologías, porque tenemos necesidad de creer. Creer en algo superior, en algo que trascienda lo puramente material. Y lo hemos sublimado en la filantropía, la justicia social y el cuidado de la Madre Naturaleza. Esta es nuestra religión y tiene también sus Mandamientos: los Derechos Humanos.
Pero a la vista está que eso no mola entre la gente, esas cosas son para los debates y las discusiones entre entendidos y politólogos. Por difícil que nos pueda parecer, a las personas de a pie no parece interesarnos el día a día, la carestía de la cesta de la compra, los precios desorbitados de viviendas, el deterioro palpable de los servicios públicos, la enorme desigualdad social y económica, los problemas de los pequeños autónomos... cuestiones, todas ellas dependientes de los distintos gobiernos autonómicos, la mayoría de ellos, gestionados por el partido que gana las elecciones. No se castiga al gobierno de esa autonomía, no. Se señala al sanchismo como el origen de todos los males. Muchos votantes valoran más cuestiones relacionadas con la simbología y soberanía patria, la prioridad nacional y la inmigración ilegal.
Es lo que hay. El pueblo soberano así lo ha decidido.
-Peque, cuando quieras nos mudamos a Teba.
-¿Y por qué a Teba? -me responde sorprendida.
-Porque allí han ganado los nuestros, los del Maíllo.
Que nunca nos falte el humor.