jueves, 21 de marzo de 2013

Amistad en stand-by.

No fueron pocos los días que Javier y yo salíamos pitando del hospital a las tres de la tarde con el último bocado para liquidar los calamares con mayonesa a fuerza de raquetazos. Tal era el vicio. En bastantes ocasiones nos acompañaban Manolo Baena y Paco Quintana, otros aferrados del tenis. Y echábamos un dobles. Jugábamos dos horas en las pistas desiertas de la Arruzafa y luego, sobre las cinco, bajábamos a mi casa a tomar el cafelito con la Peque.

Los ochenta; años cruciales en mi vida familiar. Nuestra década prodigiosa, si es que no lo han sido todas. Mi Meli nació en el 84; terminé la residencia en el 85; nos trasladamos a Sevilla en el 86. Dicho así, parece que la vida entonces hubiese transcurrido con celeridad. Pero no. Nuestra vida en Córdoba, desde el 74 al 86, desde que inicié la carrera hasta el definitivo traslado a Sevilla, ha estado colmada de pisos de estudiantes, de estudio y exámenes, de buenísimos profesores, de trabajo, de oposiciones, de sustos por vivir juntos mi novia y yo a escondidas de nuestros padres, de boda por fin, de casa familiar llena de inquilinos, de traslados, de la puta mili...Y de amigos. Muchos amigos. Amigos medio olvidados. Menos con Frasqui y con el Pintor, con todos los demás he perdido el contacto.

He tenido que echar cuentas con los dedos para averiguar cuántos años llevaba sin hablar con Javier Cosano. ¿Veinticinco? Seguramente más, porque mi Meli tiene ya veintiocho y nos mudamos a Sevilla teniendo ella año y medio. No sé. Es posible que a lo largo del año 1992, coincidiendo con la ampliación de nuestra casa, de cuya obra su hermano Enrique fuera el arquitecto, intercambiáramos algunas palabras por teléfono. Ni siquiera estoy seguro de ello. Y hoy, casualidades de la vida, me he tirado media hora de cháchara telefónica con él. Naturalmente, me ha preguntado por la Peque. Y por mi hija. Se ha alegrado de verdad cuando le he contado la proeza de mi Meli de sacar su plaza en propiedad a la primera. "Como su padre", me refriega.

No; no es Javier un amigo del seminario. A nadie le extrañaría que lo fuera. Es como nosotros; quiero decir como yo, un sesentón calvorota y con gafas. Y...muy buena gente. Es un amigo del hospital. Siendo él de un curso por debajo, apenas coincidimos en la carrera. Nuestra amistad nació y creció en el Reina Sofía. Él residente de Respiratorio; yo, de Medicina Interna. Entramos en la misma promoción al librarse él de la mili por cegatón. Hubo flechazo desde el primer momento. Ambos éramos algo mayores que el resto de residentes del año correspondiente. Los dos larguiruchos e inocentes, él más pánfilo que yo. Porfiábamos por alopecia, a ver quién se quedaría antes calvo. Nos gustaban Sabina y el tenis a partes iguales. Y salir de viaje con la Peque. Hasta que encontró en Paqui su media naranja (era ya mocito viejo), cuidamos de él como de un hermano, si no gemelo del todo, mellizo.

Cualquiera que no haya sido residente médico en un hospital nunca entenderá bien la especial relación de amistad y complicidad que se entabla entre compañeros del mismo año. Salvando las distancias, era algo parecido a la amistad en los primeros años de seminario. Era una necesidad afectiva y un mecanismo de defensa y seguridad. Hacer piña con los colegas. Sentirse uno seguro y arropado. Y luego, te aunan más que nada las vivencias compartidas de todo tipo, alegres, esperpénticas y dramáticas, a lo largo de pocos, cuatro o cinco, pero intensísimos años de aprendizaje. Sobre todo en las guardias. Pocas cosas ligarán más a la gente que sacar adelante a un paciente con un edema agudo de pulmón a las tres de la mañana. Solitos. Quizás las fatigas compartidas aglutinen más que las alegrías. Yo creo que los amigos de la etapa de residente perduran para siempre, como los de la mili. O como los del seminario. Es una suerte de amistad latente que sale a relucir ante la mínima ocasión que se presente. Como si no pasaran los años por ella. Sólo que en stand-by. Inactivada por desuso. Hablando esta mañana con Javier parecería que estuviésemos quedando para salir este próximo fin de semana.

De Córdoba a Sevilla y viceversa hay media hora de AVE o una hora de coche. ¿Cómo nos las apañamos las criaturas para alargar tanto esa distancia? ¿Por qué en estos años tanta ausencia de un amigo del alma? De verdad que no sabría decirlo. Y, para más abundancia, compañero de oficio con cantidad de cosas en común. Es ésta una espinita clavada. La rutina diaria, me excuso.  De otros igual de allegados, Paco Quintana y Arcen llevan años separados, más dificultad para el reencuentro. De Juan Tormo, ni idea; ni siquiera sé si vive en Córdoba. Otras veces me justifico alegando para mí que no puedo dar abasto a tantos amigos. Entre el trabajo, las obligaciones familiares en el pueblo y la dedicación a los amigos de aquí me quedo exhausto. Tonterías. Y será verdad, tonterías. Pamplinas, como dice Frasqui. Debería de hacer propósito de enmienda. Y empezar por Javier y por Paqui. Tienen un hijo de catorce años a quien no conocemos. Nuestra hija, la Meli, no conoce a ninguno de mis antiguos y queridos amigos. No puede ser.

Javier, ¿cuándo quedamos?

1 comentario:

  1. El que tiene un buen amigo no sabe lo que atesora, y si es de muchos años como el buen vino mejor. (Frase lapidaria mía, personal e intransferible.)

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