¡¡¡La próxima vez, llamo a la policía!!!
Son las cinco de una tarde luminosa y fresca y me encuentro jugando solo en el campo de golf de Antequera. En el tee (salida) del hoyo 9. A mis espaldas, una vista panorámica de gran angular de toda la ancha Vega; por el Norte, hasta las sierras subbéticas; por el Este, el Indio en su impertérrito yacer y Archidona, brochazo de cal en la montaña parda y lejana. Un espectáculo en la tarde soleada que empieza a declinar.
Me distraen unos ladridos y, enseguida, voces humanas muy airadas. Es bastante habitual ver a gente pasear a sus perros por el monte, en las inmediaciones del campo de golf, seguramente personas que habitan alguno de los chalets circundantes. Pero gente sosegada, no cabreada. Me puede la curiosidad.
Las encinas y el seto del campo me protegen de la vista desde fuera, pero me permiten fisgonear sin ser descubierto. Una mujer joven flanqueada por dos hermosos mastines se acerca vociferando a su móvil. Está nerviosa. Incluso iracunda. Apenas permite hablar al del otro lado: "¡que no, que no y mil veces no" —grita. Se detiene a unos escasos diez metros míos y yo me agacho entre los árboles ¡qué vergüenza si me descubre! Parece como si ahora ella se hubiera dado un respiro para escuchar a su oponente. Y, de nuevo, responde, ahora llorosa: "no me vengas con perdones, no puedo creerte, ya no aguanto más..."
Y yo me siento ahora avergonzado de permanecer ahí, emboscado como la vieja del visillo, escuchando una conversación privada entre novios, amantes o cónyuges. Pero ya no me queda otra, no puedo moverme si no quiero que me descubra, la tengo a tiro de piedra.
"Que sea la última vez que me levantas un palo, la próxima llamo a la policía". Y colgó. Y se alejó taciturna monte abajo con sus perros guardianes, dudosa garantía de protección contra el palo de su compañero.
Y me dejó sin ganas de seguir jugando. Pero muchacha, ¿y si la próxima vez es la definitiva? ¿Por qué esperas, mujer, a la próxima vez...? ¡Hazlo ya! ¡Llama a la policía, mujer de dios!
O que le suelte los mastines, digo yo.
ResponderEliminarLibrarse del tarado emocional parece lo más juicioso y razonable, pero se pierde ese estado de sensaciones suicidas que sólo el energúmeno es capaz de proporcionar.
ResponderEliminarPedro Calle
Creo que hay mujeres (no todas, desde luego que no, una minoría) con una condición sumisa, seguramente innata, que siguen creyendo en la superioridad del hombre, no sólo en lo corporal y físico, sino también en lo laboral y mental. Y aguantan carretas y carretones hasta que ya no hay remedio.
ResponderEliminarY digo yo: tú que te metes en todos los jardines, y eres persona por poderío y empaque, no se planteaste dar la cara y ofrecerte a darle apoyo para que ella se decidiera a no esperar más? Esto lo digo, pero del dicho al hecho hay un trecho. Agustín Madrid.
ResponderEliminarMi querido Agus, no me atreví. No conozco de nada a la mujer, qué sé yo de los problemas de pareja en ella, podría haberme mandado a hacer puñetas.
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