lunes, 24 de febrero de 2014

La impericia del intelectual

Haciendo limpieza en una de las cámaras de la casa de mis suegros -cosa tan socorrida para nuestras mujeres-, la Peque ha recuperado para la posteridad un documento inédito que yo había dado ya por perdido. Lo retoco un poco para adaptarlo a la época -yo creo que es de principio de siglo- y... ahí lo lleváis.

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 Para nosotros, pobres hombres, resulta un  misterio insondable el empeño de las mujeres en arruinar ese instante tan confortable y cuasi onírico de la sobremesa inmediata, en el que sólo pega desabrocharse el cinto, destensar la pancita repleta y quedarse uno medio traspuesto, para reducirlo a un momento sórdido de recoger el hule, despejar el fregadero, colocar el lavavajillas o pasar la bayeta por la vitro. ¡Qué ganas de importunar!
Con bastante más guasa que vergüenza acostumbro a bromear con mi hija -con motivo de mi escaqueo de esas tareas domésticas- aduciendo una coletilla célebre ya en mi casa: "¡Hija, yo soy un intelectual!" Y ella, muy a su pesar, suele seguirme la corriente. Y  lo hace, pienso, no por compasión de su padre, que es un carota, sino porque el enlentecimiento del riego cerebral que se produce después de llenar la tripa la deja medio atontada y mucho más proclive al cachondeo y a la relajación de sus profundas convicciones anti machistas. Pero, claro, tengo que aprovechar esos escasos diez o quince minutos, que es lo que tarda la gente nueva en hacer la digestión (la nuestra eran tres horas de reloj), porque cuando el riego se reestablece, la condescendencia pasa a fina ironía: "Mami, cómo se te ocurre mandar a éste a recoger la ropa del tendedero? Ésas son cosas nuestras. ¡Él es un intelectual!"

Fijaros que me consideraba un hombre de suerte entre otras muchas cosas porque nunca había tenido el coñazo de un pinchazo en la carretera. Mi rutina y mi cerebro cuadriculado no aceptan fácilmente un contratiempo así de inoportuno. Y mi escasa maña, menos. Pero algún día tendría que llegar... El día que eso ocurra -pensaba con solvencia calculada- aviso a la grúa y ya está. Y ocurrió.

La tarde de un viernes de los de antes, de cuando los móviles eran cacharros misteriosos para mi mujer, recibo -qué curioso- una llamada del móvil de la Peque. "Algo mu gordo tiene que ser"- pensé asustado. Eran las ocho menos cuarto y ella debería de estar ya llegando al hospital para empezar su turno de noche. "Verás tú si se ha pegado un tortazo por ahí". "Mira, Sema, escucha -empieza tan tranquila como si nada-, que se me ha pinchao el coche..."

A mí no me vengáis con tonterías, uno no está preparado para eso. Es un viernes por la noche, mi hija, ultimándose para salir, mi mujer, en el trabajo... nadie que me moleste. Puedo, si quiero, irme al cine, quedar con los amigos aquí en mi casa y poner la cocina patas arriba de botellas de cerveza y de platos y vasos sucios... ya aguantaré mañana la bronca, o simplemente quedarme anestesiado en el sofá hasta que empiece, de madrugada, la peli porno del Canal plus. ¡Joer, a mis anchas! ¡Anda que no celebramos los hombres unas horas así, de soledad obligada! No, ni ná!

"¡La madre que parió...! Cómo ha sido eso, mujer". "Pos ná, que noté un golpetaso en los bajos del coche y menos mal que me ha pillado  cerca de esta gasolinera, ésta que está al lado de Urende, ¿sabes cuál te digo?" "Sí, sí, sigue". "Eso, y cuando he aparcado era eso, que he pinchao... "Y qué vas a hacer ahora" -se me ocurre una pregunta así de tonta. "¿Cómo que qué voy a hacer? Tendrás que venir, no te parece?"

La respuesta buena, la lógica, hubiera sido la que todos estáis pensando: No te apures Peque. En el mismo parabrisas tienes una pegatina con el número de teléfono de Génesis. Llama para que te manden la grúa, que yo salgo ahora mismo para allá. Pues no. Nervioso, contrariado y cabreado le suelto un vaya por Dios, cómo coño te la has apañado, treinta años de conducción y a mí nunca me ha pasao ná... Y encima ella, con su sorna: "Más que nada lo he hecho para fastidiar, so tonto pelao. Anda y vente ya pacá..."

-¿Qué pasa, papi?

Mi hija baja las escaleras súper arregladísima. Se me viene a la cabeza recriminarle por sus pestañas postizas, por el carboncillo excesivo en sus ojazos, por sus labios exagerados de carmín, por las patorras que enseña sin pudor, niña cuando te sientes to el mundo te va a ver el potorro, me cachis ya. Pero no le digo nada porque en realidad tengo envidia de su desenvoltura, de su lozanía y, sobre todo en estos precisos momentos, de su desentendimiento del problema que se me viene encima.
-Ná, que a la mami se le ha pinchao una rueda.
-Ahí te quiero ver... ¡Intelectual! -Se ríe como si nada-. No te compliques hombre, llama a la grúa.

No me preguntéis por qué, ni yo mismo lo sé, pero me pudo el amor propio y me dije algo así como si yo no iba a ser capaz de cambiar una rueda. ¡Con dos cojones!
-No. Las horas que son, me van a dar las tantas esperando la grúa. Me largo ya. Ve llamando al Jaime, le dices lo que ha pasado y que lo espero en la gasolinera de Urende. Que me socorra.

Por el camino iba visualizando mentalmente los pasos sucesivos que requiere tan novedosa maniobra para mí. De todas formas me tranquilizaba pensar que Jaime se ha visto en situaciones parecidas, como cuando le reventó una rueda por la carretera de Lora y supo arreglárselas solito.

Llegado a la gasolinera, mostré una autosuficiencia impropia para impresionar a mi mujer, mirad si seré inocente. "Sigue tú para el hospital con mi coche, ya vas tarde, que yo me hago cargo". "¿Tú solo?" -pregunta desconfiada. "Amos hombre -respondo haciéndome el ofendido-. De todas formas, va a venir Jaime, entre los dos arreglamos esto en un periquete. Anda, vete ya".

Manos a la obra. Lo primero, situarme. El coche está en la zona periférica de la gasolinera, donde las máquinas de presión y del agua. No estorbo a nadie.  Todavía en caso de mucho apuro puedo pedir ayuda a los operarios, pero no creo que haga falta. Oteo el horizonte hacia Tomares, a ver si veo llegar el coche de Jaime. Nada. Bueno, venga. Vamos a por la rueda de repuesto. ¿Dónde está? Abro el maletero y levanto la tapa. Espero encontrarla ahí, pero no. En mi coche, sí, pero en éste, no. ¡Coño! Levanto el capó delantero por si estuviera allí. Tampoco. ¡Joer, joer, joer... ya empezamos. Miro para Tomares y Jaime sin venir. ¿Será cosa que este coche no tenga rueda de repuesto? ¿Cómo va a ser eso, hombre? Me dio por tenderme panza arriba y meter la cabeza en los bajos, que eso es lo que hacen en los talleres, que yo lo he visto. Y, oye, allí estaba! ¡Eureka! Pero, a ver cómo la saco. La rueda se aloja dentro de una carcasa de varillas de hierro enrejadas que, a su vez, está sujeta al techo por un tornillo enroscado que atraviesa el suelo del maletero. Intento salir de los bajos del coche, pero yo no dispongo de una plataforma con ruedas, como tienen los mecánicos, sino a pulso, hincando los codos y arrastrando el culo. Cuando consigo ponerme en pie tengo calambres en los abdominales, verás tú si me voy a herniar y tó. Con el maletero abierto, identifico la tuerca bajo la tapadera. Vamos allá. Imposible desenroscar a mano. ¡Me cago ya en la...! Rebuscando con la viveza que da el apremio, di con lo que resultó ser una llave de tornillos. Resoplé aliviado. Más todavía cuando comprobé que la llave se adaptaba a la tuerca y que aquello empezaba a aflojar. Sobre unas trescientas vueltas tenía el mecanismo, la madre que lo parió. La tarde avanza y se me va a echar la noche encima. Noto ya la boca seca, síntoma inequívoca de nervios, ¡dónde estará el Jaime de los cojones? Al fin cae la rueda. En el estrépito de la caída observo que viene acompañada de un artilugio, una caja negra alargada de plástico duro. Esto será el gato, pensé, ea ya no tengo que buscarlo. Me tomo un respiro para estirazar la espalda encorvada y para echar una última y desesperada mirada a Tomares: este tío no viene ya, arréglatelas como puedas. Y los labios, pegados de secos.

Aflojar los tornillos de la rueda pinchada, aparte de agujetas en los hombros para dos semanas, me produjo energía para seguir -si he podido con esto puedo con todo- y una risa floja al acabar la faena, pensando si me vieran de esta guisa mi mujer y mi hija, "Anda el intelectual".

Vamos a por el gato. Examino con atención el artilugio. No le encuentro las formas que uno esperaría. Me recuerda a como si a un traumatólogo le ponemos delante un aparato de electrocardiograma. Doy vueltas en mis manos a una pieza rectangular de plástico duro sin que pueda apreciar en ella nada que se parezca a una palanca o una manivela. Voy a probar... a ver. Lo meto vertical, entre el suelo y el bajo del coche. Cabe justo pero no tengo donde maniobrar para que aquello se mueva. ¡Qué cosa más rara... Esto no puede ser así! Nunca he visto un gato como éste, hay que ver las modernuras... Me siento en el suelo y me entra, otra vez, la risa floja. ¿Cuánto tiempo llevo aquí...? ¡A que se me hace de noche...! Decidido, tiro con fuerza para sacarlo del anclaje y... ¡vaya sorpresa! el artilugio se abre por la mitad y se deja caer, impaciente por salir, el gato verdadero. ¡Qué vergüenza, tío! Había estado maniobrando con el estuche.  Instintivamente, miro a mi alrededor para asegurarme de que nadie me hubiera visto. ¡Tiene delito la cosa!
El gato verdadero se portó como un amigo (no como otros, ya le cantaré las cuarenta). El resto me salió divinamente, salvo que quise apretar los tornillos de la rueda de repuesto con el coche aún suspendido, pero enseguida me di cuenta de que no. El coche bajó al suelo y  resopló, como yo. La rueda pinchada, el gato y la carcasa de alambres enjaulados entraron rápido en el maletero al tiempo que la saliva volvía a mis labios. Esto se acaba.

Y así, sucio de grasa, sudoroso y desastrado, como a mí me gusta, como yo he sido siempre antes de convertirme en un intelectual, volví triunfante a mi casa... a las nueve y media de la noche. Más de una hora, tío, en cambiar una rueda. Y sin nadie a quien contárselo. Me dan ganas terribles de tirarme exhausto en el sofá, como quien viene de una guardia, como llegaba muerto a san Pelagio después de las batallas campales en san Eulogio los jueves por la tarde. Pero me reprimo viéndome comido de mierda. ¡Buena es la Peque...! En esto, suena el teléfono: "Qué te ha pasado?"  Es el Jaime. A buenas horas. Resulta que se encontraba en Santiponce comprando unas lozas para su obra del jardín cuando le llegó el SOS de mi hija, que se ha encontrado un atasco como no se veía desde las obras de la Expo y que acababa de llegar a su casa. "No sé que habrá sido peor -me dice- lo de tu rueda o lo de mi atasco". "Yo te lo diré, amigo: lo mío". "¿Pero, tío gilón,  por que no has llamado a la grúa?" "Eso, encima regáñame."

Después de esto hemos tenido, la Peque y yo, algunos percances más con los coches, claro. Siempre hemos llamado a la grúa y tan ricamente. Pero, la verdad, no me arrepiento de lo que os cuento. Fue una experiencia interesante que tenía que pasar y que me gusta engarzar con uno de esos latinazgos que tanto gustan a Agustín y a Paco Gálvez: "Intellectus apretatus discurrit qui rabiat". Cuando la necesidad aprieta hasta el intelectual aprende. Más o menos.


martes, 11 de febrero de 2014

ILOVENY, nombre gitano

Puede, esto que os cuento, ocurrir en cualquier hospital. Pudo haber sucedido en el mío, en Valme. Pero no. La historia que vais a escuchar tuvo lugar hace pocos días en el hospital del Poniente, en el Ejido, donde trabaja mi hermano Frasco.
 
Uno ya no se extraña de estos nombres tan estrambóticos con los que las madres modernas sentencian de por vida a sus inocentes criaturas. Damos por perdidos para siempre a nuestros clásicos: Antonio, Manuel, Juan, Paco, Pepe, Dolores, Josefa, Rosario, Conchita, Pilar... Y nos suenan normales voces como Jonatan, Jenifer, Naiala, Melania, Nerea, Dámaris... Le tengo dicho a mi Meli que mi nieto se llamará Práxedes, si es niño, y para niña que elija ella entre Ana, Marta, Rebeca o Raquel. Para que veáis que uno se moderniza pero discretamente.
 
Mi hermano Frasco está de guardia. Ha pisado mis huellas y es internista como yo. Como mi sobrina Inma. La saga de los Rivera. Lleva horas con el culo pegado a la silla y los ojos llorosos de tanto ordenador. Son las ocho de la noche y todavía le quedan tres pacientes por historiar en la sala de observación. Más lo que vaya entrando. Veremos a ver si llega a tiempo para la cena con su compañero de la planta. No quiero ni acordarme de mis noches de guardia. Ya soy mayor y estoy exento. Son duras las guardias del internista. Todo el hospital a su cargo.
 
Pese al agobio no puede pasar por alto algo que acaba de escuchar: una mujer gitana se ha acercado al control de enfermería para avisarle a una de las enfermeras que a su niña se le ha acabado el suero. "Quién es su hija" -pregunta la enfermera. "Mi niña es Iloveny, la de la cama 8.
 
-Perdón señora -mi hermano es casi tan cotilla como yo-, ¿cómo ha dicho usted que se llama su hija?
-Iloveny -replica enseguida la gitana-. ¿Pasa algo?
-No, no, qué va. Que nunca había escuchado un nombre así.
-Po es bastante chulo, ¿no verdad?
-Desde luego. ¿Querría usted escribírmelo aquí en esta hoja? Es que no sé cómo se escribe.
-Venga.
 
Y se pone la gitana y escribe el nombre con letras mayúsculas. Para que no haya confusión. ILOVENY.
 
-¡Qué nombre más raro! -insiste mi hermano-. ¿Es quizás un nombre corriente entre vosotros los "calés"?
-Que yo sepa, no. En mi familia es la única.
-Entonces...
-Pos na, que vi ese nombre en una camiseta y me gustó.
 
Para el torpe de vosotros que aún no lo haya cogido, la gitana vio en una camiseta de cualquier mercadillo el escrito de I LOVE NY (amo  Nueva York). Y le gustó.
 
Para que veáis que en todos los sitios cuecen habas.

miércoles, 5 de febrero de 2014

3 de febrero, san Blas

Uno, friolero; dos, candelero; tres, san Blas. De esta manera bautizaban los viejos de mi pueblo los tres primeros días de febrero. Aquellos mismos viejos -entre los que cuento a mi abuelo Manolo- que predecían los rigores y caprichos del tiempo sin la modernura de las isobaras y los satélites sino con la ayuda de las impredecibles cabañuelas.
 
Anteanoche, uno de febrero, mi pueblo ardía por todas sus esquinas. Es la fiesta de la Candelaria. Desde "Las Moraíllas", las deshilachadas columnas de humo partían de blanco y gris la negrura de la noche. La Peque y servidor llegábamos de Córdoba de celebrar la jubilación de Frasqui y Pilar.
 
-¡Ofú, Peque, la Candelaria! -le digo haciéndome el contrariado para ir quitándole ganas.
-No te preocupes que yo tampoco tengo cuerpo.
 
Alivio. Mi cuñada Conchi o mi hermana Carmen montan unas candelas tremendas delante misma de sus puertas o cocheras a cuyo derredor acuden, como moscas a un pastel, sus respectivas pandillas a calentarse y luego a ponerse como obispos de chuletas, chorizos y morcillas asados al rescoldo. Y no escasearán los caldos variados, el chocolate ni los dulces caseros. Un festín totalmente prohibitivo para unos estómagos, como el de la Peque y el mío, eructando aún recuerdos sabrosones de las Bodegas Campos.
 
-Esta noche nos quedamos en casa ¿vale?
-Pos claro que sí so grasioso -me responde mi mujer la mar de cariñosa. Es de estas veces que uno, como hombre que es, no acierta a comprender qué ha hecho para merecer tal lisonja inesperada. Ellas sabrán.
 
A las diez de la noche y con tres grados en la calle, llaman a la puerta.
 
-¿Quién será el subnormal que llama a estas horas? -protesta enseguida la Peque.
-¡Calla mujer -la corrijo-. ¿A qué te apuestas que es mi papa?
 
No podía ser otro. Si ve mi coche -u otro que se le parezca- en la puerta de mis suegros llama. Él no lleva reloj, le da igual la hora.
 
-Pero papa ¡dónde vas a estas horas? -le hago pasar y que se siente con nosotros un ratito.
-Iba pabajo, pa mi casa, pero he visto el coche...
 
Y lo que iba a ser un ratito se prolonga una hora de cháchara entre mi suegro y él contándose y llevándose la contraria sobre cosas mil veces repetidas de sus hazañas respectivas en el cortijo.
 
-Anda, te alargo en el coche que hace mucho frío pa un viejo -le digo para animarlo a irse.
-Ah sí, sí. Y de paso te traes los roscos de san Blas.
-¿Qué roscos, papa?
-¿Cuales van a ser? Los de todos los años, ¡los de la madrina...!

Hasta ahora, y gracias a mi blog, habéis ido conociendo a mi Peque, la Meli, Pepe, mi padre, mis hermanos y a vosotros, mis amigos. Sin embargo no conocéis aún a mi madrina. Dejadme un momento que os la presente. De veras que va a ser sólo un minuto.

Mi madrina se llama Francisca -nombre tan feo como común en nuestros pueblos-, no tuvo la pobre escapatoria alguna toda vez que ambos padres portaban el nombre del de Asís. Tiene, como mi padre, noventa años largos, su cabeza en su sitio y vive en Córdoba. Achacosa de una artrosis generalizada e invalidante y un "tumbor" en la matriz (al decir de ella), se ha visto obligada a dejar su casita del pueblo y trasladarse a la capital, al abrigo y cuidado de sus sobrinos carnales. Mi padrino -muerto ya hace unos años- y ella, a fuerza de parir sobrinos y más sobrinos, se quedaron sin hijos. Hijos naturales, se entiende, porque hijos adoptivos suyos fuimos casi todos los chaveas y adolescentes del pueblo.

Tenían un bar, famoso por su tapeo variado, donde me hice al té nocturno con mi padre, donde vimos por primera vez la televisión y en cuyos cuartos de arriba hemos hecho manitas todas las parejitas del pueblo. En su cocinilla -siempre humosa y oliendo a boquerones fritos- he almorzado tantas veces como en mi casa.

Mis padrinos han sido, de verdad, unos segundos padres para todos mis hermanos y para mí. Mi padre ayudaba en el bar, desde luego que sí, pero él sabrá mejor que nadie las recompensas recibidas de su hermano y amigo en dinero y en especie. Mi padre se ha matado a trabajar por su familia, cierto, pero no lo es menos que nosotros, sus hijos, hemos sobrevivido por la ayuda del bar, la de mis abuelos y por las cabras de mi chacha Chiquita. Sobre todos, yo.

Mi padre y mi padrino se llevaban sólo dos años y eran  amigos más que hermanos. Enamoraron juntos a mi madre y a mi madrina, amigas también entre ellas. Sus primeros años de casados vivieron las dos parejas en la casa de mi abuela Josefa y dormían en la misma cámara separadas sus camas por una cortinilla. Me imagino la de bromas picantes que les gastaría mi padre, con lo guasón que ha sido siempre, la risa contagiosa con cada cuesco de cualquiera de ellos, ¿quién ha sido el porcachón?, la vergüenza de las mujeres al escuchar su propio chorro de orina en la escupidera, la de polvos ahogados en aquellos colchones de paja tirados en el suelo... Aquello era vida mísera, vaya. Pero ellos lo cuentan tan divertido como cuando nosotros, los amigos, dormimos juntos en el Rocío o en el altillo de la casa del Pozuelo.

Han sido, de siempre, dos parejas íntimas. Tanto, que, ausentes ya mi madre y mi padrino, a mi padre se le iban las horas muertas visitando a mi madrina. Daba gusto ver a dos viejecitos todavía enteros sentados en la mesa estufa y charlando de sus cosas. Parecería que estuvieran enamorando.

-Papa, ¿tú has pensado que podrías casarte con la madrina?
-Anda, anda, para eso estamos...
-Que sepas que yo lo aprobaría, ¿qué malo hay en eso? Si sólo te falta acostarte con ella, estás aquí todo el santo día...
-Calla, calla, chiquillo.

Seguro que se le ha pasado por la cabeza. Pero es muy cobarde para estas cosas. Como yo. Luego, mi madrina se puso muy achacosa y dependiente y ya no hubo caso.

-Madrina, ¿tú te casarías con mi papa?
-¡"Aquiesús" qué cosas tienes! ¿Pa qué, pa echarnos el culo el uno al otro...? Déjalo, estamos bien así, por el día me da cuarenta vueltas y por la noche, cada mochuelo a su olivo. ¡Bastante tuve con el cabezón de tu padrino! -bromea con ésa tan suya sonrisa pícara. Se morirá, cuando Dios quiera, sin haber perdido una pizca de su sentido del humor, la muy puñetera. 

No falla. Cada año, por san Blas, llegan los roscos a mi casa. Es una tradición en mi pueblo: los padrinos regalan roscos a sus ahijados. Sesenta años recibiéndolos. Hasta en la mili tuve que comerme los roscos de san Blas de mi madrina.

Una mujer como pocas. Valiente, emprendedora, graciosa y ocurrente y, sobre todo, una mujer buena y generosa.

Mi querida madrina, La Chorro, ¡que Dios te bendiga!  

lunes, 27 de enero de 2014

Quijote

Me imaginaba sentado en un banquillo frente por frente del juez y se me iba el pensamiento a los juicios del Bárcenas, del Blesa o de Del Nido. Yo, entrando en la sala enchaquetado y encopetado, deslumbrado por los flashes de los periodistas y escuchando en la calle el vocerío de las hordas que claman la zafia prosodia que merecen los ladrones de guante blanco. Yo, como uno de ellos. Así se veía la parte corrupta de mi cerebro. Es Satanás, que nunca descansa.

La realidad, empero, fue bien distinta. Me costó un kilómetro encontrar un aparcamiento y además en zona azul, no desperté el más mínimo interés entre los paisanos que paseaban a mi lado por la avenida de la Buhaira, no distinguí a periodista ni fotógrafo alguno y entré en el edificio como uno más, con mis pantalones y mi saquito de varios días. Afeitado, sí que iba. Y luego, no fue juez sino jueza, y no me sentaron en ningún banquillo, sino de pie todo el rato detrás de un micrófono a la altura de mi boca. 

Ya me lo tiene advertido mi compañero Vicente, " Metes la pata con la mejor de las intenciones, a veces es mejor no menear tanto las cosas". Aunque pueda llevar razón mi colega, no soy capaz de permanecer impasible ante ciertas situaciones que afectan a mis pacientes. Y me las tengo tiesas con los médicos del Tribunal de Invalideces, por ejemplo,  porque no comprendo algunas de las decisiones que toman sobre pacientes míos con enfermedades muy limitantes subsidiarias, a mi juicio, de incapacidad. Será por la crisis o será porque les cuesta un "güevo" salirse de su "libreto", el caso es que me llevan los demonios cuando me llega una resolución desfavorable. ¡Pero es que somos los médicos -yo el primero- tan imperfectos! Casi tanto como los abogados.
 
Pero esta vez he sido yo mismo. El imperfecto, el pardillo, el Quijote.
 
Una mujer joven, paciente mía, portadora de una enfermedad rara y bastante invalidante -el síndrome de fatiga crónico- ha sido rechazada de forma reiterada por el Tribunal de Evaluación de Incapacidades y dada, por tanto, como útil. De menos que nada han servido mis informes al respecto. Lástima de desperdicio el taco de folios escritos a dos caras donde se compendia todo el sumario médico de esta mujer. En estos casos periciales nunca acertamos los médicos, si te ajustas estrictamente a la realidad clínica resulta un informe pobre y poco convincente; si te explayas explicitando los males, sus consecuencias prácticas en la vida diaria y las  limitaciones que suponen para la paciente, entonces se trata de un informe hecho adrede, inflado y quién sabe si hasta untado. Y dominado por la ira -cosa que no debiera- llego a escribir en el historial de esta mujer: "Como era de esperar, el Tribunal no le ha hecho ni puñetero caso".
 
Siendo esto nefasto para la pobre mujer para quien, en su medio rural, el único trabajo posible es el campo, mi decisiva influencia sobre ella ha podido servir para que salga de Guatemala y se meta de bruces en Guatepeor. Impulsado por mi cabreo ante tal injusticia y animado por un antecedente favorable de hace ya unos pocos de años (desde luego antes de la crisis), he insistido a la mujer para que reclame la decisión del Tribunal por vía judicial. Que yo me presto para acudir al juicio como perito/testigo. Y gratis, of course. Y me ha hecho caso. Y se ha embarcado. Recemos todos. 

Hace un mes que recibí la cita judicial. Hace unos días fue el día de autos. Las instrucciones recibidas por el abogado defensor, en el mismo pasillo, sobre la marcha, fueron demasiado someras, "Nada, la juez te hará unas preguntas sobre esta enfermedad y ya está". Nadie en la sala, salvo nosotros. Un poco en alto, en un estrado, sentadas, la juez y una secretaria a su izquierda. Ya más abajo, a nivel del suelo, a la derecha, el abogado defensor, a la izquierda, la abogado contraria. Y en frente, de pie, yo.

Me pregunta la juez por la enfermedad de esta mujer. Y me extiendo casi como si estuviese dando una clase en la facultad. Me estaba gustando a mí mismo. Yo explico las cosas -a los alumnos de medicina- con un sentido muy práctico y con una jerga cercana y asequible. Porque lo que me interesa no es tanto que aprecien mis dotes de orador cuanto que aprendan y comprendan lo que les digo. Pues lo mismo. Y creía ver una viveza especial en los ojos de la juez. Y yo, tan ensimismado en lo mío que -la verdad- ni me fijé si estaba buena o era un callo. Fijaros. "Ya está la rata en la lata" -pensé.

Le toca el turno a la abogado de la parte contraria. Y en lugar de interesarse por la enfermedad y las posibles limitaciones que podría acarrear a mi paciente, va y sale por una tangente maliciosa e intencionada.

-¿Qué profesionales llevan el caso de esta mujer? -me pregunta.
-El psiquiatra, su médico de cabecera y yo -replico rápido.
-¿Nada más?
-Que yo sepa, nadie más.
-¿No es cierto -y aquí va toda la carga de malicia- que esta enfermedad la manejan los reumatólogos y los traumatólogos?

Lo que es ser novato! ¡Por Dios santo, un tío con sesenta y un años y treinta y cinco de experiencia médica y caer en una trampa tan simple! ¡Que coraje pasé luego! ¡Si hubiera podido rebobinar...! No, tendría que haber sido mi respuesta. NO, NO y NO.

-Sí, en efecto. Eso en la teoría -rectifiqué- porque en la práctica, al menos aquí, en Andalucía, no es así. Y no lo es porque esta es una enfermedad huérfana a la que nadie quiere como hija. Desde luego, los traumatólogos, ni caso porque en absoluto es una patología de su competencia. Y  en lo que hace a los reumatólogos, se limitan a diagnosticarla y derivarla al médico de cabecera. Como ya antes he explicado a la juez, esta enfermedad es tremendamente frustrante no sólo para la paciente sino también para sus médicos. No tiene tratamiento.
-¿Por qué, entonces, se ha hecho usted cargo?

Está claro que es necesario estar entrenado para estas cuestiones, para saber regatear las zancadillas legales y seguramente legítimas que estos leguleyos te ponen. Porque a ellos les importa un bledo lo que sufra o deje de sufrir esta mujer. Y lo que es peor aún -me temo-, que crean que tampoco a los médicos nos importa nada, que todo consiste en hacer el trabajo de la manera más aséptica y eficaz posible. ¿Qué le respondo, la verdad, mi verdad o improviso algo? Yo soy muy malo para improvisar, se me va a notar... Me gustaría contestarle que lo hago por compasión, porque así  lo dicta nuestro juramento hipocrático, porque de esa manera es como entendemos la medicina los internistas, porque alguien debe de hacerse cargo de aquello que nadie quiere, porque no puede ser que en nuestro siglo  se trate a estos pacientes como apestados, porque... Nada, no responderé nada de eso. Resultaría totalmente incomprensible, irrisorio incluso, para mentes cuadriculadas y adiestradas en una dialéctica formalista, fría e insensible que no entienden otra cosa que ganar y perder. 

-Los internistas nos ocupamos de cualquier patología médica. Somos especialistas de todo aquello que no requiera cirugía -respondí al fin secamente.

A la hora de los alegatos finales nuestro abogado defensor estuvo muy tibio, a mi parecer, dijo que en vista de la exposición tan explícita del médico le parecía lógico solicitar algún grado de invalidez para la paciente. ¡Algún grado...! Tío, tú pide lo máximo, ya vendrá luego la juez con las rebajas. Sin embargo, la otra parte estuvo mucho más contundente. Con toda la cara del mundo, la abogado pretendió rebatir mis argumentos basándose en que yo no era reumatólogo, como menospreciando la calidad de mis informes. ¡La madre que la parió! Y lo malo es que yo ya no podía defenderme.
La pelota, pues, en el tejado de la juez.

A la salida, departiendo los tres, la paciente, el abogado y yo, me quejé a este último, no ya de su tibieza -no soy tan temerario- sino de las argucias fulleras de la parte contraria.

-Es su obligación, hace su trabajo, que para eso le pagan.

Me dio mucho coraje. Tío ¿y cuál es tu trabajo? Podías haberme puesto sobre aviso, podrías haber mostrado más prestancia... qué sé yo... Al final -pensé- qué cierto es eso de que los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz.

-Te vas a jubilar siendo lo que siempre has sido -me increpa mi amigo Vicente ya en el hospital.
-¿El qué? -le respondo sabiendo de antemano la respuesta suya.
-¡Un Quijote que no escarmienta!

Recemos todos para que la jueza tenga el fiel de nuestro lado. Amén.   
 
 

domingo, 19 de enero de 2014

Paseando mi aburrimiento

Domingo, once de la mañana. Un día de perros. No sé qué culpa tengan los canes de estos días lluviosos y desapacibles. La Peque ha de quedarse en casa cuidando a su madre enferma. Es saludable para la mente salir un ratito de la clínica en que se ha convertido la casona de mis suegros. Considero pecado mortal coger el coche en mi pueblo, debería ser obligatorio ir andando a cualquier sitio. Multa al canto a quien vaya en coche al bar. Pero hoy el cielo mea agua nieve.
 
Voy -en coche- a llevarle a mi padre su caja de vino. "Oye -me había dicho hace unas fechas-, ¿te sobrarían algunas botellas de ese vino que pedís tus amigos y tú para la Navidad?" "Claro que sí -le respondo-, ¿cuantas quieres?" "Psss... no sé... para el año, seis o siete, creo". Le gusta tomarse su copita de tinto en el almuerzo y, siendo tan exquisito para sus cosas, no quiere otro desde que probó el mío. "Vale, el próximo día que venga al pueblo te echo una caja".
 
No está en su casa, no está en el Convento, no está en la casa de mi hermana.
 
-¿Dónde coño está, Carmen, un día como hoy?
-¿Dónde va a estar? ¿Tú no lo sabes? ¡Pues en el bar de los viejos!
-¡Qué hombre! Luego se quejará de su "Pirifaringitis" como dice él.
-Tú no sabes lo castigoso que se está poniendo.
 
Dejo el vino y salgo a la calle a pie parapetado en mi paraguas. Me alargaré a verlo, me digo. Ni un cristiano en la calle. Ni un moro tampoco. La plaza, desierta. Lástima. La iglesia cerrada. No abrirá hasta el primer toque. Aún con la lluvia helada de hoy esta misma plaza, con sus naranjos y con sus bancos de testigos, era un magnífico campo de fútbol en mis tiempos de infante. ¿Cuántas peleíllas, cuantos resbalones y caídas, cuantos goles celebrados, cuantos coscorrones de don Juan el párroco cada vez que la pelota golpeaba contra el cancel de la iglesia! Hoy, ni un alma. Los chaveas duermen de haber trasnochado hasta las tantas o están enajenados con los wassapts. Tiempos. Atravieso el arco y llego a los "Cuatro Cantillos". No huele a candela de olivo, ni vomitan humo las bocanas de las chimeneas, ni hay matanza en la puerta de Marcos, con lo agradable que era todo eso. Entro, al fin, en el hogar del pensionista al son familiar del primer toque a misa. Algo va quedando, pienso, al menos permanece el nostálgico tañido de las campanas de la torre.
 
El bar está vacío, lógico. En una sala lateral acondicionada con mesas y sillas me sorprende un grupo de jubilados que juegan a las cartas.
 
-Ea, los más viciosos del pueblo -me encaro con ellos.
-Sí hombre, visiosos, jugando a céntimo la partida -mi padre entre ellos. Y Pepe "El Tomate". Y Frasquito "Coera". Y Luis "Juaharina".Y dos "Revertes".

Me siento a verlos. Mi padre era un artista del "Subastao". En la Capilla eran famosas sus partidas con Luis el hortelano y con José Villalba, el casero. Quiero comprobar cómo anda de forma. Pero están jugando a otra cosa, "El Picón", me ha parecido escuchar. No tengo ni idea. No me entero. Imposible también para ellos. Se distraen del juego -Frasquito ¿echas la sota y te reservas el as? Tú estás atontao!- teniendo tan a la mano un médico bueno y se explayan explicándome sus males.
-Me voy. Mejor para vosotros seguir con las cartas que no recordar tantas dolamas.
 
Me entretengo un rato en la casa de Samuel, mi hermano el gordo, y le regaño por su tan frecuente picoteo en el frigorífico y en el mueble bar. Apenas queda un culillo de un whisky buenísimo y de un Carlos I que le regalé en Navidad. "Eso son los amigos", dice el tío glotón.
 
Y vuelvo por las Eras Bajas. Ni un alma. Ya me lo advirtió mi suegro antes de salir: "Si vas buscando conversación, no la vas a tener". Bueno, hay gente. En el parque han montado un puesto ambulante de churros que consigue arremolinar a cuatro paisanos alrededor del perol hirviendo. Pega pegarse al fuego. Hace frío de nevar. Me arrepiento de haber desayunado, me llevaría un junco  de tejeringos ensartados. Me suena el móvil: el Jaime, que está nevando en la sierra de Cabra. Natural.
 
Me voy para la casa. Ya habrá llegado mi Meli. Viene a comer con nosotros. Temblando voy. Más que de frío, porque me pida dinero para su piso nuevo.
 
¡Rácano! 
 
 

miércoles, 15 de enero de 2014

Blabla car

Mi sobrina Rocío, la querida y entrañable Rosiota, viaja en blabla car. Para los no iniciados, sabed que esto del blabla car es una manera de viajar que se ha inventado la gente nueva y que consiste en compartir coche para un trayecto concreto, pagándole cada viajero al chófer una módica cantidad acordada de antemano y mucho más económica que la equivalente en tren o en autobús. A través de las redes sociales, la gente de este siglo -nosotros no, desde luego- contactan entre sí para acordar condiciones, sitio y hora de encuentro. Por diez euros se vino de Madrid hace un par de días y se jartó de charlar con todos los acompañantes. La Rocío es mucho de hablar, sí. De ahí, de charlar, viene lo de bla bla car (hablar mucho en el coche). Me gusta. Porque es una manera barata de viajar y encima conoces a un montón de criaturas. Me parece, incluso, un asunto muy enriquecedor desde el punto de vista social y cultural. Que tiene sus riesgos, que sabe Dios con quién me tocará ir de compañero de viaje... Vale, es cierto. Vivir es el mayor riesgo. Muchísimo peor lo teníamos nosotros con el auto stop ¿no?
Debe ser el puente del Corpus, por mayo o junio del 72. Lo digo porque hace calor en Sevilla, muncha caló, y porque la carretera de Málaga está tomada por hileras de estudiantes que, solos o en grupos de dos o tres, se vuelven hacia los coches con el dedo pulgar en posición inequívoca de autostop. Algo totalmente inusual si se tratara de un simple miércoles a media mañana. Tiene que ser el puente del Corpus, sí.
Vamos, si os parece, a seguir los pasos de estos dos mozalbetes que, con sus  diecinueve años cumplidos, se manejan como novatos en esto del autostop. En vez de permanecer en un sitio concreto del arcén caminan a paso ligero como si quisieran adelantar a todos los demás grupitos y así avanzar terreno. Quizás sea su primer viaje, su primera experiencia en la carretera. Vámonos con ellos.

Desde san Telmo, han cogido el autobús nº 49 que los ha dejado muy cerca de la parroquia de los Pajaritos. Han dado su clase de catequesis de post primera comunión a su grupo correspondiente de chaveas, han departido luego cuatro palabras con el cura y han enfilado hacia ésta su primera aventura viajera. Van sueltos, sin bolsas ni macutos que no hacen otra cosa que entorpecer la marcha. Por todo atuendo, unas sandalias de cuero a cuadros, con hebilla, al uso de los frailes, un pantalón de aquéllos de Tergal de boca ancha, el Jaime lleva una camisa azulona de manga corta y el Fili, un polito blanco. La talega de la ropa sucia se ha quedado en casa de la prima Norberta, en la Algaba. Su hija Encarnita, de la misma edad que ellos, ha prometido hacerles la colada, que se vayan tranquilos.

No ven a ninguno otro de los amigos. El Luna, Luis Enrique, Pedro, Salva y Manolo Ruiz deben de ir por la carretera de Córdoba porque sus respectivos pueblos quedan por allí. Paco Delgado, de Priego, está griposo y ha desistido y Manolo Estepa -hoy con uno de sus días raros- ha dicho que no. El único que podría tomar esta dirección de Málaga sería Antonio Medina, que va para Lucena. Pero... bueno, mejor no tropezar con él. Tres ya seríamos multitud, piensan. Además de que este compañero les pondría la cabeza como una olla, seguro. De lo charlatán que es.

No estaba previsto esto de que todos los amigos del dormitorio salieran hoy en autostop. Anoche, en la reunión habitual del té en el cuarto de Pedro, se le ocurrió a alguien -seguramente a Antonio Luna- retarlos a todos a que no había cojones de una cosa así. La idea era aún más atrevida: deberían irse cada uno por su cuenta, sin hacer grupo. Y el lunes próximo contarían las respectivas  experiencias. Así se acordó. Pero el Fili, que siempre ha sido un "cagao", ya estaba pensando en rajarse antes de meterse en la cama. "Tú te vienes conmigo -se le acerca Jaime por lo bajini-, nadie se va a enterar. Además que vamos en la misma dirección". "Vale, mucho mejor" -respira aliviado el amigo. 

San Telmo, ¡qué gran invento! Este enorme y emblemático edificio ha concitado dentro de su muros las voluntades de clérigos y seglares, ha sido un exitoso experimento de convivencia juvenil donde estudiantes universitarios y seminaristas son todos para uno y uno para todos, una especie de concilio estudiantil que engloba un seminario regional -centro de estudios teológicos, el CET-, una escuela de Magisterio y un Colegio Mayor universitario. Masculino, por supuesto. Por una vez, la Iglesia -doctores le sobran- ha dado en el clavo. Juntos, pero no revueltos del todo. Los seminaristas hacen piña con los demás estudiantes en la biblioteca, en el comedor, en el campo de fútbol o, incluso, en la calle. Pero no en los dormitorios, vayamos a leches. Que los curas, si de algo saben mucho más que nadie, es de picardía. Y enseguida se han percatado de las visitas clandestinas que reciben algunos universitarios en el dormitorio. Femeninas, claro está. No, los seminaristas duermen todos en el ala noreste, en el dormitorio llamado de los Pajaritos. Y las primeras habitaciones, según se entra en él, pertenecen a estos amigos procedentes de san Pelagio, el seminario de Córdoba.

-Pensándolo bien, a lo mejor me convendría que nos encontráramos con "el relojero" -salta Jaime mientras suben el primer  repecho de Torreblanca. Se está refiriendo a Antonio Medina, relojero de profesión.
-¡Anda ya hombre! -le replica incrédulo el Fili- ¿Qué falta nos hace un tío hablando tó el tiempo de encajes, vestiditos y enaguas, eh? Nos espantaría el primer coche que parara.
-Ya, pero... lo digo porque cuando nos separemos en Estepa él seguiría conmigo hasta Lucena por lo menos y no estaría yo solo.
-Y a mí que me den ¿no? Mu bonito, si señor. Cría cuervos. Se me pasan los días velando por ti, que no te descuides, que no salgas tanto, que estudies más, entrenándote en la portería... vaya como si fuera tu hermano mayor. Y ahora...

Es verdad que esta gente son como hermanos, éstos dos y los demás. Viven juntos bajo el mismo techo desde los once años, primero en los Ángeles, luego, ya mayorcitos, en Córdoba y ahora, de mocitos, en Sevilla. Entre ellos se han aviado en tantos y tantos problemas propios de la adolescencia, desde ayudas materiales de ropa, dinero o comida hasta cosas tan espirituales y secretas como dudas vocacionales o amoríos inconfesables. Son más que hermanos.

-Joer, ¿pos qué más quieres? ¿No te he propuesto a escondidas que te vengas conmigo?
-Sí, pero ya no sé si ha sido por hacerme un favor o buscando tu propia conveniencia, tío.
-No seas tiquismiki. Por las dos cosas, ya está.
-Además -sigue refunfuñón el Fili-, hemos quedado que aquí el cagueta soy yo ¿no? Se supone que tú eres un tío macho, el que me tiene que dar seguridad. Y ya veo lo bien que empezamos.
-Pero... vamos a ver, míralo de esta manera hombre: tú ya sabías que desde Estepa tienes que arreglártelas solo. Yo me alegraría mucho por ti si encontraras desde allí otro compañero de viaje. Vaya, me quedaría la mar de tranquilo. Porque te conozco bien y sé lo miedica que eres. Pues tú, lo mismo conmigo ¿no?
-Vale, bueno... -parece conformarse-. Pero si ya no lo hemos visto, seguro que no aparece.

Jaime va para Cabra y el Fili, para Antequera. Cuando lleguen a Estepa cada uno tirará para su lado. Ése es el canguelo del Fili. Bueno... si es que llegan. Son ya casi las doce del mediodía, llevan cinco kilómetros de caminata y a ellos nadie los recoge.

-Oye Jaime, deberías de ponerte tú detrás mía, que los coches te vean a ti primero.
-¿Y eso pa qué?
-A veces pareces tonto, tío, o a lo mejor quieres que te regale el oído, no sé, ¿pa qué va a ser? Porque tú eres el guapo, tú das la pinta de no haber roto nunca un plato.
-Pues anda que tú tienes unas trazas de criminal... A lo mejor te confunden con el Lute, tío -y se ríen ambos de buena gana.
-No, ya sé que no, pero no hay comparación contigo, hombre, con lo desgarbao que soy, mira, si no, por dónde llevo ya el polito. Hazme caso, ponte detrás.

Casualidad o no, el caso es que a la altura de la venta La Liebre, en Alcalá, se ha parado un coche.

-Fili, mira, ese coche está echando el intermitente pa la derecha.
-Bah, eso será que se va a salir aquí en Alcalá.
-¡Oye...! que se ha parado con los cuatro intermitentes.

No es un seíllas ni un cuatro latas. Ni siquiera un Simca. Un BMW blanco, macho. Salen corriendo con el corazón que se les sale por la boca. Jaime llega primero.

-Dónde vais? -pregunta el chófer con un español raro. Debe ser un guiri.
-Mi amigo va para Antequera y yo para Cabra.
-Arriba! Vamos. Os llevaré hasta Estepa.
-Ponte tú delante -le espeta Jaime al Fili.
-Vale.

Jaime es más callado, más tímido si queréis. El Fili es mejor conversador, por eso lo de ponerse al lado del conductor.
-¿Estudiantes?
-Sí, claro -contesta rápido Fili-. Somos seminaristas -añade enseguida.
Jaime se ha contrariado un poco, se le nota en el gesto. No es que vayan a ir por ahí renegando de su condición de curillas, pero tampoco hace falta pregonarlo a las primeras de cambio. Quién sabe cómo pensará este hombre, si será ateo o rojo o anticlerical, en fin que no hay que ser tan claro y transparente de entrada.
-¡Seminaristas, oye!
-Vaya.
-¿En san Telmo?
-Sí, en san Telmo vivimos.
-El mundo es un pañuelo, decís por aquí ¿verdad?
-Sí, así es. ¿Por qué lo dice usted?
-Porque conozco muy bien a uno de vuestros profesores.
-Ah, sí? ¿A quién?
-A don Juan Guillén. ¿No es profesor vuestro?
-Claro que sí. El "pisha" -se precipita Fili de nuevo. "Qué muchacho más imprudente -pensará Jaime-, ¡las cosas que tiene!"
-¿Qué es eso del "pisha" -se interesa el guiri.
-Ná, se lo decimos porque está a todas horas con la pisha en la boca.
-No lo entiendo.
-Hombre... que usa esa palabra como muletilla para todo.

El conductor es un hombre de treinta y tantos años, no llegará a cuarenta, rubio y bien parecido. Se llama Jurgen, que querrá decir Jorge en español. Les va contando en el trayecto su breve historia española. Es ingeniero industrial y trabaja en la BMW. Lleva en Sevilla unos 6 meses y está dirigiendo la apertura del taller y concesionario de esta marca en el Polígono Amarillo, el que hay en la calle Montes Sierra. Y viaja con cierta frecuencia a Estepa para comprar aceite en una almazara que le han recomendado. 

-No os lo vais a creer, pero a don Juan Guillén lo conocí en Berlín... ¡en una sala de fiestas, una especie de puti-club! Con perdón.
-Sí que nos lo creemos. Él mismo nos ha contado alguna vez sus juergas alemanas, es un cura muy moderno y liberado -esta vez es Jaime quien se lanza viendo que ya hay confianza-. En una de esas fiestas, por lo que él nos ha dicho, vio a un negro, desnudo en el escenario, que se empalmaba sin tocársela siquiera, solamente al son de una musiquilla sensual y a la vista del baile provocativo de una negrita.
-¡Caramba con los curillas! No me esperaba yo que fuerais tan lanzados.
-Tenemos diecinueve años... -se excusa  Fili- somos ya unos hombrecitos ¿no le parece? 
-Sí, sí, me parece estupendo. Si sois capaces de tener hasta novia...

A la una y media aprieta la gazuza. El hombre se detiene en un restaurante a la entrada de La Puebla de Cazalla. Con la soltura de quien lo ha hecho muchas veces antes, entra en el establecimiento y saluda al camarero de la barra. Ellos dos, esta vez prudentes, se han quedado en la puerta sin saber qué hacer.

-¿Qué hacéis ahí? -les espeta Jorge.
-Nada... esperando.
-¿Esperando qué?
-Que termine usted de comer -responde Jaime.
-Qué pasa, que los seminaristas os alimentáis de hostias nada más? Anda, pasad, so timoratos.

Y comieron los tres a costa de la BMW, naturalmente. No recuerdo lo que comieron, pero Jorge se trincó dos o tres cervezas grandes, medianas se llamaban antes, y el Jaime también. El Fili, abstemio de nacimiento, pidió Casera blanca, tío, qué vergüenza.

A las tres de la tarde estaban en Estepa. Jorge los dejó en la carretera muy cerca de la salida hacia Málaga. Se despidieron muy afectuosamente y le prometieron darle recuerdos a don Juan Guillén.

-¡Suerte!
-Adiós!

La afición del Fili por la siesta viene de lejos. De siempre, vaya. Ni siquiera hoy, con la zozobra que lo embarga, piensa perdonarla. A la salida de Estepa deja solo a Jaime en la cuneta con su pulgar en ristre y él se acuesta a la sombra cuarteada de una retama. A esa hora no pasa un alma. Y a Jaime le da por charlar y charlar. La cerveza.

-Oye -protesta el Fili-, que ná, que no piensas dejar que me amosquile un rato. Vaya si te va a durar el efecto de las cervezas, eh.
-No, si te parece voy a hacer como tú, bebiendo gaseosa... como las nenas.
-¿Qué quieres, que me beba una cerveza y la tenga que vomitar? Entonces sí que hubiera hecho el ridículo. Además que, con todo lo que nos queda por delante, yo tengo que mantenerme sobrio, ya lo sabes.
-Oye, hablando de otra cosa -se pone Jaime ahora con ojillos libidinosos, la cerveza, ya os digo-, ¿tú has visto que tu prima Encarnita está una jartá de güena?
-Hombre... yo, la verdad, la miro con otros ojos, no me fijo en ella como tía, sino como prima. Por cierto, me dijo el otro día que estuvisteis juntos en el cine.
-Vaya, la invité -y sigue con la lengua suelta-. Vimos "El amor del capitán Brando". Nene... cuando sale la Ana Belén con las tetas fuera... nos rozamos, sin querer, mi mano con la suya... un ratito bueno. ¡Qué cosquilleo en el estómago! Me dio hasta vergüenza.
-Pero el cosquilleo ese no pasaría más pabajo ¿no?
-Claro que no, ¿qué te crees?

En vista de la soledad tórrida en la carretera Jaime se retira también al duro aposento de la retama y se recuesta, hombro con hombro, al lado de su amigo. Medio adormilados por la hora y por la calor, afloran sentimientos apenas permitidos en los entresueños. A Jaime se le ha pasado ya la obsesión enfermiza por María Lama, una niña bien de su pueblo. El Fili, sin embargo, está más que colado con una chiquita linda y morena, la Toñi Villalba, a quien ya empieza a nombrar como "la Peque".

-Me da un poco de cosa de la Grego, mi "novia de siempre", la que tantos años ha esperado mi salida del seminario, es verdad. Me siento mal por eso. Pero no puedo evitar mis sentimientos nuevos. No hago otra cosa que pensar en la Antoñita, no se me va del coco, oye.
-El amor es así, tío, te lo digo yo que he pasado por ahí. Pero dime ¿qué le ves a la Peque? Es chiquitilla, delgada, sin tetas... No te lo tomes a mal, pero cuando la hemos visto en Palenciana a ninguno nos ha llamado la atención especialmente. Salvo al Luna, claro, que a ése le gustan toas.
-El amor es así, como tú bien dices. Yo le veo algo, un ángel en su cara que me cautiva, un cuerpo menudo pero la mar de coqueto... ¿Y las piernas? ¿Tú te has fijado en sus piernas, tío? Hacen ruido.

Jaime empieza a reírse así a lo tonto, sin venir a cuento.

-¿De qué te ríes, si  se puede saber?
-De nada, que se me ha ocurrido si don Gaspar nos estuviera escuchando esta conversación tan poco edificante, que diría él.
-¡Qué cosas se te ocurren! Le daría un patatús. Todavía que tú, el Jaime travieso y rebelde, se eche novia y abandone el seminario tendría paso para él. Pero que el Fili noble, estudioso y tímido esté tratando con novietas... ¡Impensable!
-Menos tonterías, ¿qué hora es ya?
-Las cuatro menos cuarto.
-Joer. A las seis y media, como muy tarde, tengo que llegar a Antequera, que el autobús para mi pueblo sale a las siete. Vamos a empezar a andar, venga.

Al poco, se detiene un coche. Va para Puente Genil. Jaime se monta.
-Vente. A lo mejor puedes coger el Correo desde Lucena. Y si no, te quedas en Cabra conmigo.
El Fili duda unos segundos. A partir de ahora le quedan muchos kilómetros solo por esos mundos. Pero no, se hace el valiente aunque a los dos segundos de ver partir a su amigo ya se haya arrepentido. Además, tiene que llegar a la Capilla, donde están sus padres, y el Correo de Lucena no pasa por allí.
-No. tengo que dormir esta noche en el cortijo, ya sabes.
-Suerte.
-Hasta el lunes.

Le va a venir bien al Fili este tiempo de soledad. Le gusta pensar en solitario. De las muchas cosas buenas que el seminario le ha enseñado, la técnica de la meditación no ha sido la menos importante. Sabe y le gusta meditar. Casi sin darse cuenta ha traspuesto hasta el monte del "Hacho". "Estoy cerca, este monte se ve desde Palenciana". Piensa en la conversación de anoche en el cuarto de Pedro. Todos sus amigos están acordando matricularse de Magisterio para el curso próximo. Por si dejan el seminario. Cunde entre todos la idea del abandono. Nadie lo dice abiertamente, pero eso es algo que se nota, que se palpa. El Luna no para de decir que siempre seremos amigos, amigos hasta la muerte, aunque dentro de poco cada uno tome las de Villa Diego. A todos se les ve conversar en secreto con los curas más a menudo de lo habitual. Parecen estar pidiendo consejo. Pero a él, al Fili, no le gusta la carrera de Magisterio. Después de comprender las razones secretas de Manuel  Kant y el pensamiento existencialista de Heidegger no se ve tocando la flauta ni cortando cartón piedra con una sierrecita. Que Dios lo perdone por su orgullo, pero él ha sido siempre de matrícula de honor y aspira a otra cosa. Le encanta la Medicina. Repasa a diario, como si fueran los tebeos del Capitán Trueno de la niñez, los apuntes de Biología y de Anatomía Humana que le han prestado Pablo Bosch y Paco Leiva, dos estudiantes de Medicina de san Telmo. Tiene muy claro que si deja el seminario estudiará Medicina.

-Joer, que casi me pongo en la Roda charlando solo.

Y sigue pensando que, a unas malas, sabría llegar andando hasta Palenciana campo a través. Siguiendo siempre al Este, hacia "La Camorra". Recuerda ahora una leyenda urbana de su familia: su padrino, el bueno de José María, el marido de la "Chorro", se vino a pie desde la Roda a Palenciana en uno de los pocos permisos de la mili. Llovía a mares y cogió una pulmonía que se convirtió en tuberculosis y lo dejó inútil para el campo para los restos. En éstas estaba cuando un coche le pitó. Ni se había dado cuenta. Iba para Málaga.

A las seis de la tarde el Fili entraba triunfal en la plaza de abastos de Antequera para coger la Empresa que lo dejaría, sano y salvo, en la Capilla.

¿Y qué sabemos del Jaime? Desde Puente Genil a Lucena hay muy pocos kilómetros, muchos menos que de Loja a Benamejí. Y sin embargo, nadie se apiadó de él. Bien es verdad que no se puso a caminar ni a meditar como el Fili, sino que se dedicó a pasear y tirar piedrecitas al río esperando, quizás, un tonteo con alguna gachís descarriada. Cuando quiso acordar casi le anochece. Desde el teléfono de un bar llamó a su padre que vino a recogerlo desde Cabra.

Buena historia y excelente experiencia para contarlas el lunes en la puesta en común de la mañana. Estuvo bien, es verdad, pero una vez. El Fili no se aficionó. La Graells no le proporcionaba tanta emoción, pero sí mucha seguridad. Lo mismo pensaría Jaime de la Empresa Diaz Paz, tres horas de viaje es mejor que ocho horas de trasiego, sudor y caminata.

Todas las cosas tienen su tiempo. El autostop es historia. Ahora toca el blabla car, forma de viajar para la gente con ganas de aventura, inquieta y curiosa. Y sin dineros. Como mi sobrina Rocío. Yo prefiero el AVE o el BMW de mi Frasco. Las cosas como son.


domingo, 5 de enero de 2014

Bondades del enfermar

No es excusa que justifique esta excesiva tardanza mía en obsequiaros con una nueva entrega, pero es cierto que he  estado enfermo. Malo, como se dice en mi pueblo. Y todavía hoy ando más "pallá que pacá". No, la cosa de la pereza literaria viene dada por las vacaciones habida cuenta de que en este tiempo estoy en mi pueblo sin Internet -a mis suegros les basta y les sobra con Juanymedio- y, sobre todo, me falta el objeto principal de mis temas, esto es, el enfermo.
 
Esto último, la falta de pacientes, lo he resuelto de la manera más tonta posible: me he puesto malo yo mismo. Aunque sea sólo para tener tema. Bueno, ya recordaréis que por la primavera pasada padecí el achaque aquel del tiroides y de la arritmia, cosas ya casi olvidadas por mí si no fuera por la maldad intrínseca tan propia del femenino género que impele a mi Peque, de forma irresistible y cuasi instintiva, a llamarme -con su poquito de mofa, naturalmente- Bob Esponja. Ya sabéis, que tengo la cara hinchada por mor de los dichosos corticoides. Mujeres.
 
Pero debe de hacer años que no cojo una gripe. Lustros. Tanto es así que vengo ignorando año tras año la recomendación de vacunación antigripal que se nos recomienda a los sanitarios. En casa del herrero... Es verdad. La Peque, igual que yo. Pero no por solidaridad sino por la convicción de estar más que inmunizada de tantas gripes como le tosen a la cara a diario en la puerta de Urgencias desde que empiezan los fríos. Debe ser cierto. Ningún resfriado la aguanta más de un día. Hasta los virus le huyen. Y yo, cuarenta años con ella. Esta reflexión me levanta... no, no seáis mal pensados, ese levantamiento que imagináis no se consigue ya con reflexiones y pensamientos, antes sí, claro, ahora preciso de roces y manoseos y, a veces, ni así. No, me refiero a levantamiento de mi autoestima considerando el tiempo que llevamos "aguantándonos" mutuamente la Peque y servidor de ustedes. Aún reconociéndole a ella mucho más mérito que a mí -las cosas como son- alguna parte pequeña, aunque no alícuota, de ese merecimiento debe de corresponderme. De la misma manera que el vino es mucho más sabroso que el agua, algo tendrá el agua cuando se la bendice ¿no?
 
Pues este año he cogido una buena, vaya que sí, una señora gripe con todos sus avíos. Lo veía venir. Hace unos días subí a la planta de respiratorio a tratar un asunto con un compañero de allí, bueno, Curro Muñoz. Estaba el tío resfriadísimo -seguro que éste tampoco se ha vacunado- y lo achacaba al hecho de tener ingresados a su cargo varios pacientes con gripe "de las malas". Y Curro es de estas personas que te hablan muy encima, como le pasa al Benítez. Y yo reculando y él avanzando sobre mí... Total, lo que tenía que pasar. Gripazo.

¡Ah, la fiebre, la tiritera, la tos, el dolor del pechito...! ¡Qué sensaciones tan extrañas ya para mí, y qué agradables! Me devuelven a mis seis años con mis anginas, fieles amigas y compañeras de infancia, me recuerdan, sí -con un pelín de repelús-, los temibles pinchazos de aquella penicilina blanca-lechosa de la época y la salvaje operación de las mismas maniatado a una silla en una clínica de Cabra, sí, es verdad, pero también me traen los cariños y desvelos de mi padre y mi abuela y los atracones de carne membrillo y turrolate con los que me compensaba mi madre. ¡Ah, la fiebre, la tiritona, la tos... sed bienvenidas a este cuerpo añoso y tanto tiempo privado  de mimos infantiles!

Porque yo no soy como Jaime, un ogro insufrible a la hora de enfermar, que quiere apañárselas sólo, que rehúsa las atenciones de su Paqui y de su novio, no. A mi me gusta que me anden alrededor. "Papi -se me pone mi Meli muy en su papel de mujer ya de su casa-, estarías mejor arropadito en tu cama, hombre". Y yo, tiritando en el sofá, con dos chaquetones enfundados y con el infiernillo eléctrico de doble potencia -pa que luego me tachen de rácano-, le respondo entrecortado por la tiritera: "De eso nada, si me acuesto ¿quién se va a enterar de que estoy malo? A mi me gusta quejarme y que me escuche la gente". Digo, para una vez que uno se pone malo...

Es una gozada, claro, la poca costumbre. La Meli me tira besitos desde lejos no sea que la contagie, me manda wassappt de ésos estando en mi propia casa, a cinco metros de distancia, diciéndome que soy su papito preferido y que me quiere mucho, "Papi, ¿te hago un sumito?", ¿cuándo se ha visto tal cosa, mi hija ofreciéndose a hacerme un zumo? Estoy delirando, seguro, la fiebre me hace delirar, mi hija ha recogido el fregadero y colocado el lavavajillas, no me lo creo, tienen que llevarme a la cocina para darle satisfacción a mis ojos. La Peque me atiborra de Couldinas y de Nolotiles, le pasa como a su madre que se toma los antibióticos del día todos juntos para así curarse antes, dice. El propio Pepe, por darme compañía, se ha quedado toda la  tarde sentadito a mi lado perdonando, incluso, su hora de gimnasio, ya ves tú un tío más maniático que yo del deporte. En los ratos de más lucidez he cogido el teléfono y he llamado a todos mis amigos cercanos, que se enteren de que estoy malo, coño, no siempre van a ser ellos los afortunados. "Vamos pallá a verte ahora mismo, no queremos perdernos el espectáculo" -los muy mariconasos. "No -los prevengo-, esta gripe es muy contagiosa, así que mejor que no".

He pasado un par de días fantásticos, lástima que, siendo uno médico,  esto se cure tan pronto.

¡Feliz año nuevo a todos!