viernes, 22 de mayo de 2026

Sueño de una noche de primavera

Esta noche pasada he soñado con el seminario. Y he tenido un despertar alegre. 

Bueno..., la verdad es que mis despertares suelen ser divertidos: a las 7,30 horas, antes del alba y con la puntualidad de un reloj suizo, mi perrita Pelu lame mi mano caída sobre el costado de la cama. Si no respondo o me hago el dormido, me araña como diciéndome venga parriba, que es la hora. Luego se sienta en su camastro de cojines viejos para observar, muy atenta, mis gimnasias matutinas en el lecho: levanto tiesa una pierna varias veces; luego, la otra; una serie de abdominales levantando el tronco con las piernas extendidas; brazos arriba y luego en cruz... Igualito que hacía mi padre. A la Peque, sin embargo, no le hacen tanta gracia estas piruetas madrugadoras. "No eres más tonto porque no entrenas", y da un salto para irse al baño.

Pero esta mañana me hubiese gustado alargar un poco más el despertar para vivir, otra vez, el final de la película que estaba soñando. 

Sueño casi a diario con cosas de mi hospital, claro, es lo más reciente. Me pregunto por qué soñamos siempre con asuntos del pasado y no con otros por llegar. Tal vez los sueños no posean otro significado que el de intentar corregir o finiquitar algún conflicto mal resuelto de nuestra vida. No lo sé. Un sueño bastante recurrente es que me he reenganchado a trabajar y que estoy de guardia. Mucho más ahora con el asunto éste de la huelga de médicos y la reprobación de las guardias. Tiene  mucho sentido en mi caso particular, porque yo nunca esperaba haberme jubilado tan pronto, yo hubiese prorrogado hasta que me echaran. Y tuve que abandonar por mor de mi corazón tan afligido. En estos sueños lo paso mal porque vivo esa experiencia onírica muy cercana y muy real y me veo muy torpe y desacostumbrado para coger una vía central o hacer una punción lumbar... Y me despierto aliviado por haber salido de esa situación tan estresante. A veces, estando despierto y con total lucidez, me asaltan dudas sobre si, en realidad, alguna vez me he reenganchado al trabajo. De tantas veces como lo he soñado.

Pero esta vez, no. La noche pasada he soñado con cosas alegres del seminario. Hacía tiempo que no me pasaba, ¡hace ya tantos años...! Mientras me desperezaba, me he sorprendido a mí mismo canturreando una canción piadosa de aquéllas que le cantábamos a nuestra Señora de Los Ángeles: "Estrella de los mares (bis), cuyos reflejos (bis), en mis ojos de niño, resplandecieron, resplandecieron... ¿Te acuerdas, maadre? (bis), postrado ante tu imagen, recé la Salve, recé la Salve..."  Y con ésa, fui ensartando otras parecidas, y eso me hizo caer en la cuenta de mi sueño: recordaba de pronto esas canciones porque las había estado cantando en sueños. Y resulta muy curioso cómo en sueños, mucho mejor que en la vigilia ruidosa, uno puede recomponer el puzzle de todas las estrofas de una melodía largamente olvidada. 

El sueño consistió en que declinaba el curso de Preu en el seminario de San Pelagio, en Córdoba, allá por junio de 1971. Éramos veinte seminaristas sobrevivientes de los ciento y pico que habíamos ingresado en Los Ángeles en 1964. Teníamos dieciocho años y había que decidir qué hacer para el curso próximo, si proseguir nuestra vocación estudiando teología en Sevilla o si abandonar el seminario. Llevábamos dos años en Córdoba, habíamos conocido y penetrado en el mundo exterior, en la sociedad civil; habíamos compartido, clase, materias y profesorado con estudiantes legos en el instituto Séneca... Nos habíamos despojado de aquella imagen de bichos raros con que nos trataban los muchachos de Hornachuelos cuando visitábamos el pueblo vestidos con sotana y roquete, los "alúas", nos llamaban, todo de negro y con las alas blancas. Teníamos el Preu aprobado y toda la vida por delante. Ese era el contexto. Ahora llega el sueño de verdad.

Al final de la misa del último día del curso todos los seminaristas a coro nos despedimos de nuestra Virgen cantando el "Madre querida, adiós; reina adorada, adiós; dame Madre tu bendición". Veo a muchos de los nuestros, los de mi curso, que ya no regresarán; será para ellos la última vez que canten esta plegaria: Beteta, Jurado, Antonio Roldán, Pedro Calle, Carrillo... Y me veo luego en mi dormitorio conspirando con mis amigos dubitativos, que si sí, que si no, la ventana abierta de par en par en una mañana calurosa de junio dando, en la acera de enfrente, a la clase de unas jovencitas estudiantes de secretariado, sus ropas ligeras, sus risas, sus mohines provocativos sabiéndonos seminaristas y, por tanto, inofensivos... "Yo pienso seguir", dije intentando mostrar un aplomo ficticio. Los demás, más pendientes de las chicas, parecían como ajenos al asunto que traíamos entre manos. En esto que, las cosas que tienen los sueños de mezcolanza de recuerdos y personas, se entrometen en mi cuarto mi abuela Josefa y la Peque, por entonces la Toñi Villalba, una muchacha de una pandilla distinta de la mía, con la que apenas yo había tenido relación alguna. ¿Qué puñetas hacen aquí estas dos? Mi abuela, el ángel de la guarda: "Niño, tú di que sigues, que mi trabajito de rosarios y misas pagadas me ha costado llegar hasta aquí". La Toñi, el ángel travieso y picarón: "Sema, tú verás lo que haces. Sólo te digo que si sigues en el seminario te vas a perder el planazo de verano que nos espera..." En un momento indeterminado del sueño, salta El Luna, el gran conciliador: "mirad muchachos, todos estamos dudosos, esa es la verdad. Yo propongo que sigamos, que no tomemos una determinación tan seria a la carrera. Va a ser para nosotros una experiencia muy interesante el inaugurar el centro de estudios teológicos en Sevilla. Estamos el curso que viene, y ya veremos luego, según cómo nos haya ido. ¿Os parece?"

Y entonces fue cuando mi perrita empezó a rauñarme la mano...

Pero, vaya, que el resto ya lo conocéis. Hicimos bien en seguir. Nuestra experiencia en Sevilla fue muy provechosa para todos, tanto en el plano espiritual como en el académico. Y sobre todo porque allí conocimos a unos curas extraordinarios bajo cuya influencia, doctrina y ejemplo, tomamos verdadera conciencia del sentido evangélico de nuestras vidas. Y, a pesar de ello, sólo uno de los nuestros cantó misa. Pero, bueno, los demás hemos sido buena gente que ha hecho de su profesión un ejercicio de sacerdocio seglar.

9 comentarios:

  1. De los nuestros creo que ninguno.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bueno, sí, el Pedro Soldado. Aunque empezó con los del 63, su alocada cabeza le hizo repetir curso y ya se quedó con nosotros el resto del tiempo.

      Eliminar
  2. Ciento y pico éramos en el curso 1964/65...??? Sería entre los dos cursos, simados los de primero y los de segundo...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No. Entre ambos cursos éramos cerca de doscientas criaturitas.

      Eliminar
  3. Desarrollaste una profesión de servicio y muy alta dignidad.

    ResponderEliminar
  4. En el 63 nos presentamos 200. Fuimos a los Ángeles en torno a 180.

    ResponderEliminar
  5. Los del 63, rondamos los 150 en 1°. Y los del 64, sobre los 115 o 120.
    En el 64 nos juntamos más de los 200

    ResponderEliminar
  6. En concreto, según la efemérides, en el 63 ingresamos 149 y en el curso 64, ingresaron 120.

    ResponderEliminar