Bueno... Ya se nos ha ido el Santo Padre. Vaya con Dios.
Yo albergaba mis dudas de ateo bondadoso acerca de la idoneidad de esta Magna visita, pero he de reconocer que, visto lo visto, ha resultado provechosa, la doy por buena. Desde luego, considero mucho más coherente y racional que millones de personas celebren y honren a este hombre (en las calles en directo y a través de la televisión) como el representante de su Dios en la tierra, sucesor de san Pedro, que estas mismas personas adoren en las procesiones a figuras de madera policromada a las que toman, simbólica o literalmente, como cristos y vírgenes de carne y hueso. No hay color.
Resulta muy llamativo para la antropología y la sociología este fenómeno de masas ante la visita del Papa. No creo que ningún otro gran evento político, deportivo, musical o religioso sea capaz de concitar a tanta y tan variada humanidad. En España, en concreto, cabe afirmar aquello de ser más papistas que el propio Papa. Demasiados años de Nacionalcatolicismo han dejado su poso. Es natural. Aparte de ello, la gente tiene necesidad de creer. Es algo inherente a nuestra naturaleza. Es el agarrarse a algo, aunque sea un clavo ardiendo. La fe. Todos tenemos fe en algo, no podríamos vivir sin fe. Los creyentes creen en un Dios creador y salvador. Los no creyentes creemos en las personas, en las buenas personas, en la solidaridad, la filantropía y la justicia social. Yo creo en la bondad, creo en la Pura de Sales, en Brigidita, en La Joaquina, en don Lorencito y en mi padre (q.d.e.p. ambos), en Luís Briones, en Pepe González, en Manolo Vida, en mi hija y mi mujer, en mis amigos maestros, en muchos de mis colegas médicos... No todo el mundo que en estos días ha venerado al Papa es necesariamente creyente religioso. No lo creo. Estoy convencido de que, al igual que yo, muchas personas lo han seguido por considerarlo símbolo de paz, de bondad y de justicia.
Si he de nombrar aspectos muy positivos de este fabuloso evento, diré que han sido el enorme poder de convocatoria de la figura papal, la felicidad que ha llevado a tantísima gente de fe, la grandeza y universalidad de sus mensajes de solidaridad y de concordia, su posición junto a los desfavorecidos, sin ambages, sus guiños repetidos a la política exterior de nuestro gobierno y su repulsa manifiesta a la confrontación social y política que hoy vivimos en España. Bueno... Y también el esplendor del acto y la misa celebrados en La Sagrada Familia.
No podemos extrañarnos de la postura mostrada ante el aborto y la eutanasia. Aparte de sus propias convicciones personales e íntimas, que desconocemos, como máximo exponente de la doctrina católica, no le queda otra. Yo lo comprendo. Es un alegato directo para los católicos de verdad, no puede ni debe pretender la universalidad de los otros mensajes.
En el lado negativo, tengo anotados dos tachones muy negros por los que el Santo Padre ha pasado apenas de puntillas. El primero es no haber llamado al orden a la Conferencia Episcopal Española por el asunto tan anticristiano de las inmatriculaciones de la Iglesia, un feo asunto que pone muy a las claras la devoción de la jerarquía eclesiástica por el poder y la riqueza. Jesucristo expulsó del templo a los mercaderes y, sin embargo, la Iglesia española se ha convertido en la primera empresa inmobiliaria del país. Un contradiós.
El segundo tema, el de los abusos sexuales sobre infantes cometidos por clérigos y tapados por los obispos, es tan descarnado y humillante que el Papa, sin eludirlo, no ha profundizado lo debido, debería haber sido más contundente en la petición sincera de perdón y en el propósito de enmienda y reparación. Eso creo.
Ha habido un propósito explícito en sus días de Barcelona y Canarias en alinearse con las comunidades y barrios más vulnerables y excluidos, algo muy de agradecer y algo que ha faltado en Madrid, donde los mandatarios y grandes financiadores han desviado el chute hacia los fastos del Bernabéu. Corramos, pues, un tupido velo.
¿Y qué decir del sermón en el Congreso, la sede de la soberanía popular? Por mucho que me haya gustado su llamamiento a la concordia y a la comprensión de la complejidad de la sociedad actual, sigue sin parecerme adecuado. La Religión, fuera de las escuelas, en los templos, las mezquitas o en las sinagogas. Pues lo mismo, el Papa, en la catedral de la Almudena o en La Sagrada Familia. No en Las Cortes. Por puro respeto a los no católicos. Eso pienso.
Arrivederci, Robert Prevost. Se nos marcha el Papa. Pero llega el Mundial. Esto es un no parar.