jueves, 25 de junio de 2026

Mucho calor

 Sí, es verdad, mucha calor, pero no sólo calor climático, sino también calor humano de amigos que se juntan de perol cordobés. Incluso en junio. Las ganas pueden con todo.

Pilar, el Luna, Frasqui y yo, fuimos los últimos en llegar. La Peque no pudo asistir porque tenía ensayo de una obra de teatro que se estrenaría en Antequera esa misma tarde. Pero llegamos a la propia, como se dice en mi pueblo, esto es, a mesa puesta. Es que veníamos de fuera y, encima, un conjuro desconocido nos dejó sin internet en los móviles, a ver cómo encontramos ahora la casa de Manolo y de Clara. Recogimos a Frasqui de su casa y él nos condujo.

En las mesas corridas a la sombra de parras y limoneros y con los aperitivos a punto, fuimos saludando y abrazando a todo quisque (de quisque, quaeque, quodque, que se note que somos de latín). Un hombre fornido se me echó encima con un abrazo apretado sin saber yo de quién se trataba. Era Manolo Ruiz Bergillos, de Encinas Reales, de la terna compuesta por él mismo, Pepín y un tal Prieto en aquel curso del 63. Imposible reconocerlo, sólo lo traté durante un curso, además de que se ha aplicado muy bien en incrementar con el tiempo y las ganas sus reservas energéticas. Ya me dejó caer los muchos achaques médicos que padece, pero no los aparenta, porque, como decía mi padre, el que come está pa tó. Pero niño, no te pases con las bromas, que el gachó ha sido policía nacional y sabe dar leña.

Saludados y besuqueados todos los asistentes, busqué con la mirada a los ausentes. Me enteré de que Andrés Osado andaba fastidiado con un herpes oftálmico, vaya putada; que Manolo Vida tenía compromisos pastorales, o que Rafa Vilas estaba comprometido en otro evento en Priego. No me enteré del motivo de la ausencia de  Manolo Tenor. 

Más que comer, lo que me apetecía era un buen refrescón en la piscina, pero era yo el único que había echado mi cesta con toalla y bañador (mi Peque, que está en todo) y me dio corte bañarme yo solo con este cuerpo escombro tan flacucho que me he agenciado por parte viejo.

Manolo Ruiz Nieto y Clara, más que anfitriones, eran los aguaores del evento, no daban abasto repartiendo líquidos elementos fresquitos, cervezas, jarras de "Valgas" y otras de agua clara. "Manolo, yo sólo agua pa las pastillas". Y apurados los entremeses -solamente quedaron en las mesas algunas rodajas de caña de lomo con los bordes revenidos por la calor-, agradecimos lo indecible una ligera brisa que se levantó y que no sólo nos alivió la calentura, sino que, además, alentó nuestro apetito con el aroma marinero de la paella de mariscos que don Pedro Antonio nos estaba ultimando. Y ahí, mujeres y hombres acarreando un arroz que quemaba el culo de los platos, pero que luego, atemperado, nos supo a gloria. ¡Hay que ver qué buenos apetitos gastamos todos! Levanto la cabeza de mi plato y todo el mundo aplicado al arroz. Pepín se ha levantado para decirle algo a Martínez Rangel, algo alicaído por tanta calor. Me acordé de nuestro Bronco, con lo que él disfruta del buen yantar... ¡Y en qué estado de buena forma está nuestro pater don Pedro...! Un chaval.

No os digo nada de los postres... Antonio Luna y Pilar nos deleitaron con unas cerezas insuperables, ecológicas, de los cerezos de su jardín. Una auténtica delicia campestre. Y, bueno... Yo me arriesgué preparando unas torrijas caramelizadas, era la segunda vez que las hacía, pero resultaron de rechupete. Tuve que dejarles la receta a las mujeres y todo. 

Luego llegó la hora del bautismo de los nuevos vicarianos. Francisco Sánchez y servidor fuimos los oficiantes. Le dimos nuestra bendición a Frasqui, a Ruiz Bergillos y a Antonio Caballero.

¡Mujeres! ¿Qué sería de nosotros sin ellas...? Mires por donde mires, nos sacan distancia. Mientras nosotros, machos ibéricos, sudábamos la gota gorda con los cafelitos y las infusiones de sobremesa en el jardín a pecho descubierto, ellas se las apañaron y a la chita callando se colaron en el salón de la casa a chismorrear tan ricas y fresquitas. Hasta que alguien dio el aviso y ya acudimos en manada. Tere, Mari, Carmina, Pilar, Isabel, Clara, Elena de Ucrania... ¡Qué primores...! Permitidme que me detenga un instante en Isabel. Aun agotada por su enfermedad, no se pierde una. Un monumento a la fidelidad. Algunos no sabíamos que en sus tiempos fértiles y productivos fue una excelente pintora autodidacta. Paco nos enseñó en su móvil unos cuadros fantásticos pintados por ella. Pero dejémosla tranquila, ahora que ha pillado un buen sofá y está descabezando su siesta.

Ruiz Bergillos saca el tema del Carpe Diem, que sólo existe el presente. Lo discutimos. Algunos de nosotros no estamos de acuerdo. El pasado y el futuro condicionan nuestro presente, eso creo yo. Rafa Raya y Elena apuestan por el Carpe Diem. Les digo que si sólo viven el presente ¿por qué han sacado ya los billetes de avión para ir a Ucrania dentro de tres meses? En esto que don Pedro Antonio, queriendo intervenir, da un traspié y se desloma en medio del salón. Está fuerte el tío, ni un rasguño, sólo el susto. Y nos saca el tema de las inmatriculaciones de la Iglesia. Ahí estamos todos de acuerdo, pero creo que Antonio Caballero se ha quedado fuera y no se ha enterado. Pero seguro que también condena este atropello. Nos cuenta don Pedro Antonio que en los tiempos de Cirarda él era el Administrador General de Capellanías, cosa que, al parecer, consistía en gestionar las escasos bienes inmuebles de que disponía la diócesis de Córdoba en aquellos años. Cuatro perrasgordas. Hasta que, años más tarde, llegó la bomba de la inmatriculación de La Mezquita. Ahí ardió Troya, como sabemos. ¡Qué provechosa la charla amigable y distendida con este cura, oye!

Con tanta cháchara, nos dan las seis de la tarde y hay que salir pitando que a las ocho comienza la obra de mi Peque en Antequera. 

Muchas gracias a Manolo Ruiz y a Clara, magníficos anfitriones. También a Pacomo y a don Pedro Antonio, organizadores del cotarro. Y a todos los asistentes con quienes me he vuelto a sentir en familia.

Paz y bien. 


  


martes, 23 de junio de 2026

No me llames Peque, llámame Pili

Por un tiempo (espero que breve), a la Peque, nuestra Peque de siempre, la vamos a nombrar como Pili. Caprichos de mujer.

Que resulta que es su nombre de artista. Que ha debutado como actriz en su escuela de teatro de Antequera.

Fue anteayer por la tarde. 

Desde luego, se lo tenía muy bien currado. Llevaba meses estudiando el mamotreto de folios, una obsesión, oye, soseía en su papel, "Toñi que son las seis de la mañana, ¿ande vas tan temprano?" "A estudiar". Hasta ha perdonado sus diez minutos de siesta reglamentaria. "Tengo que estudiar". Vivir para ver. ¿Cuándo hemos conocido a mi Peque estudiosa? Nunca. Se avergüenza de que nuestros nietos vean su antiguo libro escolar y lo comparen con el mío, rebosante de matrículas, por sus notas vergonzosas, sus calabazas en racimos, repetidora de cursos... Y ahora, mira tú qué misterio, se ha vuelto empollona. A la vejez viruelas.

"Pero, Peque, si lo tuyo ya te lo sabes de memoria, mujer". "Sí, pero tengo que aprenderme también el texto de los demás, todo el texto, porque como somos gente mayor, a más de uno y de una se les olvida cuándo tienen que entrar y ya nos descoloca a todos. Lo tenemos comprobado en los ensayos generales, y entonces yo, que me lo sé de pe a pa, improviso algo para dar entrada al despistado".

Ya sabéis, siempre así de intensa para lo que le interesa de verdad.

Definitivamente, somos la generación bisagra en lo que a jubilados se refiere. De jubilados, nuestros padres y nuestras madres hicieron exactamente igual que sus padres y sus abuelos: ellos, aburridos inspeccionando obras o jugando al dominó en la taberna; ellas, manejando la cosa doméstica y cuidando nietos. Imposible imaginar a mi padre, a Blas, Antonio Pringue, a mi suegro... apuntándose a un coro, pongo por caso, o a mi madre, a MariGracia o a mi suegra en un taller de teatro. De locos.

Pero vamos a lo que vamos. Se trata de una comedia divertida de corte costumbrista: un rico viudo, ya granado, pero muy tímido y apocado que sólo vive para su negocio en un pueblo de Madrid, viene a buscar novia a la capital. Y en un club de alterne (que él toma por un bar corriente) se topa con una mujer joven de la que se enamora perdidamente sin sospechar de la vida disoluta de la chica. No, no os precipitéis: la chica no es la Peque. En la presentación de su nueva novia en casa, la madre y la tía del rico alelado se percatan del talante de ella, pero les pueden más las ganas de emparejar, por fin, al pobre hombre con una mujer moderna, aunque algo ligera de cascos. No ocurre igual con las amigas de la chica, todas ellas pilinguis de similar jaez, quienes, acostumbradas a los relatos peliculeros, sospechan aviesas intenciones en un viejo ricachón, vaya usted a saber si, incluso, ahogarla en un lago vecino de su casa de campo, porque así fue como murió accidentalmente la primera esposa del hombre. La Peque, es Pili, la pilingui más fresca y mejor emperifollada, la amiga más empeñada en la sospecha truculenta, la que ve signos de maldad en cualquier gesto del hombrecillo inocente. Al final, todas comen perdices, todo sale bien.

"¡Qué loca que está la abuela!" -me dicen mis nietos a la salida del teatro-, parece una muchachilla". 




Y os confieso una cosa: Pili, de puta, gana muchos enteros, me pone, vaya. Su peluca rubia a lo pretty woman, su cuerpecillo ligero y abarcable embutido en un body apretujado y sus cachas de muchacha, al aire, sin venillas ni celulitis llamaron la atención del personal masculino creyéndola una cuarentona. Yo mismo, iluso de mí, llegué a considerar la posibilidad de sacar algún provecho carnal en una noche tan a propósito. Sería la primera vez que me acostara con un mujer de la vida. "Mañana, chiquito, que estoy muerta".


viernes, 12 de junio de 2026

Arrivederci, Papa

Bueno... Ya se nos ha ido el Santo Padre. Vaya con Dios.

Yo albergaba mis dudas de ateo bondadoso acerca de la idoneidad de esta Magna visita, pero he de reconocer que, visto lo visto, ha resultado provechosa, la doy por buena. Desde luego, considero mucho más coherente y racional que millones de personas celebren y honren a este hombre (en las calles en directo y a través de la televisión) como el representante de su Dios en la tierra, sucesor de san Pedro, que estas mismas personas adoren en las procesiones a figuras de madera policromada a las que toman, simbólica o literalmente, como cristos y vírgenes de carne y hueso. No hay color.

Resulta muy llamativo para la antropología y la sociología este fenómeno de masas ante la visita del Papa. No creo que ningún otro gran evento político, deportivo, musical o religioso sea capaz de concitar a tanta y tan variada humanidad. En España, en concreto, cabe afirmar aquello de ser más papistas que el propio Papa. Demasiados años de Nacionalcatolicismo han dejado su poso. Es natural. Aparte de ello, la gente tiene necesidad de creer. Es algo inherente a nuestra naturaleza. Es el agarrarse a algo, aunque sea un clavo ardiendo. La fe. Todos tenemos fe en algo, no podríamos vivir sin fe. Los creyentes creen en un Dios creador y salvador. Los no creyentes creemos en las personas, en las buenas personas, en la solidaridad, la filantropía y la justicia social. Yo creo en la bondad, creo en la Pura de Sales, en Brigidita, en La Joaquina, en don Lorencito y en mi padre (q.d.e.p. ambos), en Luís Briones, en Pepe González, en Manolo Vida, en mi hija y mi mujer, en mis amigos maestros, en muchos de mis colegas médicos... No todo el mundo que en estos días ha venerado al Papa es necesariamente creyente religioso. No lo creo. Estoy convencido de que, al igual que yo, muchas personas lo han seguido por considerarlo símbolo de paz, de bondad y de justicia.

Si he de nombrar aspectos muy positivos de este fabuloso evento, diré que han sido el enorme poder de convocatoria de la figura papal, la felicidad que ha llevado a tantísima gente de fe, la grandeza y universalidad de sus mensajes de solidaridad y de concordia, su posición junto a los desfavorecidos, sin ambages, sus guiños repetidos a la política exterior de nuestro gobierno y su repulsa manifiesta a la confrontación social y política que hoy vivimos en España. Bueno... Y también el esplendor del acto y la misa celebrados en La Sagrada Familia. 

No podemos extrañarnos de la postura mostrada ante el aborto y la eutanasia. Aparte de sus propias convicciones personales e íntimas, que desconocemos, como máximo exponente de la doctrina católica, no le queda otra. Yo lo comprendo. Es un alegato directo para los católicos de verdad, no puede ni debe pretender la universalidad de los otros mensajes.

En el lado negativo, tengo anotados dos tachones muy negros por los que el Santo Padre ha pasado apenas de puntillas. El primero es no haber llamado al orden a la Conferencia Episcopal Española por el asunto tan anticristiano de las inmatriculaciones de la Iglesia, un feo asunto que pone muy a las claras la devoción de la jerarquía eclesiástica por el poder y la riqueza. Jesucristo expulsó del templo a los mercaderes y, sin embargo, la Iglesia española se ha convertido en la primera empresa inmobiliaria del país. Un contradiós.

El segundo tema, el de los abusos sexuales sobre infantes cometidos por clérigos y tapados por los obispos, es tan descarnado y humillante que el Papa, sin eludirlo, no ha profundizado lo debido, debería haber sido más contundente en la petición sincera de perdón y en el propósito de enmienda y reparación. Eso creo.

Ha habido un propósito explícito en sus días de Barcelona y Canarias en alinearse con las comunidades y barrios más vulnerables y excluidos, algo muy de agradecer y algo que ha faltado en Madrid, donde los mandatarios y grandes financiadores han desviado el chute hacia los fastos del Bernabéu. Corramos, pues, un tupido velo.

¿Y qué decir del sermón en el Congreso, la sede de la soberanía popular? Por mucho que me haya gustado su llamamiento a la concordia y a la comprensión de la complejidad de la sociedad actual, sigue sin parecerme adecuado. La Religión, fuera de las escuelas, en los templos, las mezquitas o en las sinagogas. Pues lo mismo, el Papa, en la catedral de la Almudena o en La Sagrada Familia. No en Las Cortes. Por puro respeto a los no católicos. Eso pienso.

Arrivederci, Robert Prevost. Se nos marcha el Papa. Pero llega el Mundial. Esto es un no parar.