miércoles, 25 de septiembre de 2013

El discurso del novio

Me siguen gustando las bodas.

De boquilla reniego de ellas, sobre todo de las celebraciones nocturnas excesivas. Quillo, que no me hallo bailoteando y haciendo el ganso a las tres de la mañana ni, mucho menos, apurando el enésimo mojito en el bullicio vicioso de la barra libre. La noche se ha hecho para dormir.

Para mi gusto, las bodas, al medio día, con toda la tarde por delante para desengrasar.

Pero, pese a todo, me siguen gustando las bodas. Todas. Las civiles y las religiosas, las hétero y las homo. Bueno... todavía no he tenido ocasión de asistir a ningún enlace entre gays, ya os contaré si llega el caso. Tengo ganas, no creáis; más que nada porque esta gente suele rodearse de unas amigas "guenísimas". Y además que debería ir aprendiendo todo ese tejemaneje para cuando llegue, ya de más viejos, el ansiado día, esperado desde nuestra infancia, del enlace con mi novio, una vez, claro está, esparcidas por los aires las cenizas de la Paqui y la Peque.  

He llegado a la conclusión de que mi gusto por las bodas se basa en tres elementos. Vamos a por ellos.

Compromiso. Una boda, ante todo, es un compromiso de amor duradero y sincero hecho público ante testigos fiables. Así quiero verlo yo. Y me gusta eso. Cualquier manifestación de amor es de mi total agrado. Son bonitas, muy bonitas, las palabras que se dedican los novios, las epístolas de san Pablo que nos leen los curas y hasta los capítulos de la Constitución con que nos instruyen los concejales. Todo ello para hacer hincapié en el compromiso de amor. Me gusta.
Encuentro. A la mesa de una boda me reúno con amigos. Da igual que sean amigos de contacto diario que otros que vivan fuera. Amigos. Me gusta mucho comer con mis amigos. Y más, (conociendo mi condición de rácano) un menú exquisito que te parece gratis porque lo has pagado (y al doble) dos meses antes. Me gustan las comidas de las bodas.
Tías. Lo mejor. Las mujeres se ponen lo mejorcito que tienen, se compran modelitos atrevidos, se peinan, se atusan y se adornan con sus más preciados abalorios. Una boda no sería lo mismo sin el colorido, el glamur, los escotes y los cachos de cachas que ponen las tías. Yo creo que es de mucho agradecer. Hasta la misma Peque me parece una mujer distinta en la mesa, me imagino como si estuviera ligando. A mis años.

El pasado sábado fuimos a la boda de Jesús y de Laura, unos muchachos fabulosos, como cualesquiera de nuestros hijos. Salva y Ana, padres de Jesús y nuestros anfitriones, pueden estar bien orgullosos. Como es lo habitual, la boda se celebró en una finca, una hacienda rural adaptada para estos eventos. El Aljarafe está plagado de ellas. Es éste otro de los elementos de valor que he de añadir a mi gusto por las bodas: el entorno. Muchos cortijos antiguos se han convertido en hoteles, casas de turismo rural o lugares de celebraciones. Me parece muy bien.
 
Como toda boda civil, la ceremonia y su boato fue maquinada por los hermanos y algunos amigos de los novios, claro está, gente nueva con muchas ganas de divertirse y de prolongar la cosa mucho más allá de lo que la prudencia, la edad y los traseros de los invitados aconsejan. Dos horas, tío. Las piernas, dormidas, acorchadas, oye. Pero estuvo muy bien. El signo guía de la ceremonia fue el escultismo. Ambos novios han sido scouts y scouters, así como la mayoría de amigos allí presentes. Por lo que pude comprobar, el escultismo marca las vidas de su gente de manera similar a lo del seminario con nosotros. Y lo hace para bien. Su lema no puede ser más significativo: encuentra la felicidad haciendo felices a los demás. Me gusta, sí señor.
 
Casi al final los novios se regalaron unas palabritas. Me impresionó, de verdad, el discurso del novio. Naturalmente que estaba escrito y preparado por él mismo, claro que sí, como tiene que ser. Fue muy bonito, muy romántico, muy elaborado y delicadamente entretejido desde el punto de vista literario. Muy original. Comparó la vida en pareja con una canción de amor. Y aplicó distintos y variados contenidos de su ya nueva e inminente relación amorosa a la estrofa, al estribillo, a la introducción y al desenlace. Y resaltó que, así como hay canciones que se te cuelan en la médula para siempre, lo mismo pasa con el amor de pareja, que nunca caduca, que nunca es pasado, que siempre ha de perdurar como presente. Me encantó. Y a la Peque y a la gente de nuestra mesa, también.
 
Se lo recordé a ambos novios al saludarnos en el banquete. Lo acertado del mensaje. Y les dejé, además, algo de mi cosecha. Les dije por lo bajito que para mi forma de ver las cosas, el secreto de la vida en pareja está en no perder nunca el enamoramiento mutuo. "La cosa consiste -me encaro con Jesús- en que mirando a esta mujer cuando pasen cuarenta años la veas igual de radiante que ahora mismo. Con arrugas, con pelos canosos y teñidos, con tetas y culo colgones... pero luminosa, esclarecida y bonita".
 
Y miré de soslayo a mi Peque para comprobar que estaba diciendo el evangelio, la pura verdad. 

martes, 17 de septiembre de 2013

El libro.

Ya está editado y publicado el libro. Por fin.
 
Como era de prever, Agosto se ha pasado en blanco en los talleres funcionariales y hasta ahora no se había retomado el tema. Esto me ha tenido algo más atareado de la cuenta y puede explicar en parte mi pereza en la escribanía. Sé de vuestra avidez por las quejas que recibo de algunos de vosotros. Paciencia, coño. Os tengo muy mal acostumbrados. Ahora, encima, nos vamos otros 15 días de vacaciones repartidos entre Isla Antilla y Benalmádena y no podré escribir nada. La culpa es de Jaime y de Paqui por no tener Internet en su apartamento.
 
Bueno, el libro. Ha quedado muy bien. Ya tendréis ocasión de comprobarlo.
 
Manolo Gutiérrez, amigo, compañero nuestro de seminario y uno de los vicepresidentes de la actual Diputación de Córdoba, se ha tomado la tarea como propia y ha hecho posible la edición en un tiempo récord, dadas las circunstancias estivales antes dichas. Para mi propósito todo han sido facilidades. Y gratis total. Muchas gracias Manolo. Que Dios te lo pague.
 
Una anécdota graciosa: este lunes pasado he ido a la Diputación a recoger el lote de los libros (cien, creo, pero hay más) y he aparcado mi coche en un sitio reservado para los alcaldes. "Aquí mismo, Peque" -le digo a mi mujer harto de dar vueltas por el parking atestado-. "Pero chiquillo que esto es para los alcaldes" -¿cómo no va a poner pegas tu mujer aparques donde aparques, es una cosa natural-. "Me da igual, aquí quedó, Manolo me ha dicho que tenía un sitio reservado y va a ser éste, fíjate". Y le digo luego al vigilante, "Mire, hemos aparcado ahí mismo, en el sitio de los alcaldes, usted diga que yo soy el alcalde de Palenciana, ¿vale?" "Pero ¿no es una alcaldesa la de Palenciana?" -me dice el tío cachondo-. "Bueno... es verdad, coño... diga usted que es mi mujer, ya está". Y se lo tomó a bien.
 
También tiene su mérito la Corporación Municipal de mi pueblo  con todo el coñazo que me ha dado en los últimos meses animándome a la publicación del mismo. Gracias Cipri, Conchi y Carmela. Por pesaos.
 
Y al Pintor y a Victoria por haber sido los impulsores de esta idea con fines totalmente altruistas. Sabéis que toda la recaudación que obtengamos irá a parar íntegra a una ONG que trabaja en temas educativos en Nicaragua. Tenemos que construir y dotar una escuela de Primaria. Gracias Victoria, gracias Antonio. Por vuestro compromiso.
 
Y gracias también a mi amigo Frasqui por esa labor oculta y oscura de corrección, impulso y consejo. El pobre, cuando quiere decirme algo no lo escribe en los comentarios por no molestar; me llama o me lo pone en mi correo particular. De estas cosas no os enteráis, claro está, pero mucha parte del éxito obtenido por mi blog entre vosotros se lo debemos todos a él.
 
Va a ser un problema lo de la presentación, me temo. Estoy barajando seriamente no presentarlo oficialmente en Córdoba, sino solamente en Palenciana.
 
Veréis: en Córdoba ha de ser necesariamente un día laboral en horario de mañana. Por la cosa de los medios. Y yo digo que no tengo ninguna necesidad de esto, ni deseo publicidad de ningún tipo, ni considero que ni libro ni autor estén interesados en semejante puesta en escena mediática. Me conformo (y ya es bastante) con que mis lectores actuales y sus allegados compren el libro y con ello  podamos alcanzar el objetivo propuesto. Por otra parte será muy difícil reunir a más de diez criaturas un día laboral en horario de mañana. Pero también hay que considerar los intereses institucionales de Manolo. Quizás para la Diputación sea conveniente publicitar todo aquello que hace a petición de los ayuntamientos. Es verdad. Y Manolo es tan noble que ni lo insinúa. En esta tesitura me hallo. Os tendré informados.
 
En mi pueblo ya hemos acordado que la presentación será el 4 de Diciembre, Día de Palenciana (d.m.). Aunque muchos de vosotros no podáis asistir el salón de actos se llenará con mis paisanos. Y será un acto mucho más cercano, familiar y emotivo, nada de boato publicitario. Eso es lo que yo deseo.
 
Bueno, ¿y cuánto va a costar, a todo esto? Mis asesores me dicen que 10 euros. Está bien ¿no? Pues id preparando billetes sueltos.
 
Sin prisa, que todavía no sé cómo voy a distribuir los libros.
 
Un abrazo a todos y hasta pronto.  
 
 

viernes, 6 de septiembre de 2013

Algún día tenía que ser.

Casualidades de la vida. Algún día tenía que ser. Y ha sido hoy, fíjate.
 
Sabéis que me gusta entrometerme en la vida y milagros de mis pacientes. No es por morbosa curiosidad, sino por crear un clima favorable y por disponer de cuanta más información mejor para atender sus necesidades asistenciales. Os parecerá increíble, pero, en ocasiones, cosas tan simples como saber de dónde sea un paciente, en qué trabaja o cuáles sean sus hobbies, tienen su importancia a la hora de la elucubración diagnóstica. Por ejemplo, al considerar el diagnóstico diferencial de una persona con fiebre prolongada tiene muy distintas connotaciones si tal persona vive en un medio urbano o en otro rural; e incluso dentro del mismo pueblo, si el paciente tiene afición por los perros o si vive en una calle por donde pasan cabras o hay cerca corraletas de cerdos o pajarerías. Alguien que venga de Lebrija tiene muchas posibilidades de tener una enfermedad del tiroides, sea cual sea el síntoma que lo guía. En fin, que sí, que os digo yo que sí.
 
Pues esta mujer de la que os hablo hoy es nueva en esta plaza. Es la primera vez que viene a mi consulta. Y resulta que es del Viso del Alcor. Naturalmente, como a cualquier viseño que me visita, le hablo de mi admiración por su pueblo, y, más que por el pueblo en sí, por la pastelería de san Blas. Uhmmm!, ¡qué maravilla de magdalenas!

-Yo voy bastante por el Viso -les digo a la paciente, una señora mayor y bien emperifollada, y a su hija que la acompaña-. Me gusta el pueblo, sí.
-Anda, ¡pero si nuestro pueblo tiene muy poco que ver!...
-Algo habrá -me hago el misterioso.
-Una novieta o algo parecido, ¿verdad? -se atreve la anciana con descaro.
-¡Mamáaaaa!
Y me río de buena gana ante tal ocurrencia. ¡Para novias estoy yo que casi no me la encuentro ni para mear!
-No mujer, ¿qué va? No, no es eso. ¿Usted me ve a mí pinta de novio?
-Yo lo encuentro interesante, vaya.
-Muchas gracias, señora. Es el primer piropo de la mañana.
Y ahora son ellas las que se ríen.
-No; la cosa es más sencilla: me encantan las magdalenas de san Blas.
No he terminado la frase cuando ambas mujeres dan un grito de sorpresa mayúscula que me hace dudar de si habré metido la gamba sin querer con alguna de mis frecuentes imprudencias.
-¡Qué pasa? ¿Qué es lo que he dicho?
-¡Ay, ay, ay, por Dios! Nada, nada, no se apure usted -y me mira la vieja con ojillos pícaros-. ¡Que nosotras somos las dueñas de la pastelería!
-¡Andáaaaaaa! ¡Vaya sorpresón! -y es verdad que me quedo incrédulo ante tal nueva-. Menos mal que no he mentado a Riaño.
-¡Ah! No pasa nada. Nuestras magdalenas no tienen competencia. Los de Riaño también lo saben.
-No es porque estén ustedes delante, pero es verdad, no hay comparación. Por lo menos para mi gusto.
-¿Y cómo llegó usted a enterarse de lo de nuestra pastelería?
-Bueno... Tiene fama en todo el hospital, mujer. A mí me regalaba con mucha frecuencia una paciente mía del Viso, Milagros Santos Algaba, no sé si la conocerían, ya murió, la pobre, hará un par de años...
-Claro que la conocíamos. De mi misma edad. En la calle La Muela vivía, sí -interrumpe la anciana.
-Pues ella fue quien me empicó con las magdalenas. Y desde entonces rara vez faltan en mi casa. Mirad, no es raro que me encuentre con una caja de las grandes, de ésas que son mitad de chocolate, mitad de azúcar glaseada, que haya comprado hoy, un poner, y otra de las medianas que me regale uno de mis pacientes mañana, por ejemplo. Hasta con tres cajas me he llegado a ver a un tiempo. Y las tengo que congelar, claro.
-Están igual de buenas cuando se descongelan.
-Y que lo diga.

Pues que sepáis, amigos míos, que me ha emocionado mucho conocer a estas personas. Algún día tenía que ser, veo a tanta gente del Viso que, por ley de probabilidades, tenía que tocar ya. No sé, soy tan goloso que considero a los pasteleros como verdaderos artistas del placer culinario. Yo me paro en los escaparates de las pastelerías y se me va el tiempo embelesado con los monigotes de merengue, las figuritas de chocolate o las milhojas de nata. Aguanto estoicamente sin entrar. Ni siquiera me relamo. Sufro y disfruto a un tiempo. Y pienso entonces en lo cansino que me resulta la visita a los museos a los que la Peque me obliga a entrar, o en el tostón que debe de "aguantar" el Pintor, de vía crucis diario y voluntario por las librerías de Córdoba, comparado con lo agradable de un paseo por un bulevar salteado de confiterías. Antonio Pintor es el tonto de los libros, mi Peque es la tonta de los museos y un servidor es el tonto de los dulces.

-La próxima vez que usted vaya por allí pregunte por Mercedes "La Chilondra". Y yo mismo saldré a atenderlo.
-Ni hablar, que no me cobras.
-Eso ya lo veremos.

Y ahora me da cosa de ir. Por no hacerle el compromiso. Pero al final iré, ya veréis.

domingo, 25 de agosto de 2013

Confianza sí, pero no para tanto.

No me cuesta nada ganarme la confianza de mis ancianos enfermos. Nada. Una caricia en la nariz porretuda, un pellizquito en la oreja colgona, casi simiesca, un beso tierno en la frente acartonada, un chiste corto y picante... y los tengo en el bolsillo. Nada tan eficaz como el afecto para que un viejo te abra la puerta de su alma.
Pero esta vieja no es lo mismo. Ésta tiene un Alzheimer con bastante deterioro mental, no se entera de la misa la media y, adormilada en la cama, no parece muy receptiva a mis halagos. En casos como el de esta mujer hay que intentar motivar con referentes muy cercanos.

-¡Carmen! -la despierto mientras le aprieto un poco con mis nudillos en la tabla del pecho.
-¡Eh, que eso duele so coño! -y me retira mi mano con fuerza-. Joer ya con las tonterías -pero he conseguido despabilarla.
-Carmen, mírame, ¿quién es esta mujer de aquí? -le señalo a una chica sudamericana, su cuidadora.
-Esta es mi niña, que la quiero mucho.
-¿Cuántos años lleva contigo?
-Pssss... yo no me acuerdo, muchos ¿no verdad? -sonríe a la muchacha.
-Seis años mamita -replica la joven-, día y noche contigo.
-Eso.

Ya la tengo medio engatusada.
-Carmen, dime, ¿tú de qué pueblo eres?
-Yo?, del Viso.
-¡Vaya hombre, del Viso! -hago como que me extraño-. Supongo que habrás probado el menudo de Capote -y ahora se me queda mirando con los ojos muy abiertos como diciendo y éste de qué conocerá estas cosas de mi pueblo.
-Pues vaya que sí, pero hace mucho, cuando era más nueva -se queda un ratito pensativa o quizás absorta intentando encontrar el oremus extraviado-. De mocita yo vivía puerta con puerta con el bar de Capote, fíjate.
-¿Y las magdalenas de san Blas? ¿Qué me dices?
-Que me gustan más las de Riaño.
-Tampoco están mal.

Ya la tengo preparada. La mujer ha ingresado por una sospecha de hemorragia digestiva y debo de comprobar el color de las heces y la normalidad del canal anal. En las personas mayores un cáncer de recto puede manifestarse así. Total que tengo que hacerle un tacto rectal, meterle mi dedo índice por el culo. Cualquier vieja de nuestro entorno te pone mil entrepuestas, "A mí ni pensarlo", "Desde que murió mi marido nadie me ha visto a mí eso", "¡Qué barbaridad!"... Muchas, no obstante, se resignan, "Mujer -les digo-, yo estoy casado y además llevo casi cuarenta años de médico, he visto tantos culos por delante y por detrás que para mí es algo natural". Veremos cómo reacciona ésta.

-Carmen, verás, ahora tengo que hacerte una exploración por abajo, por ahí detrás.
-Bueno -responde tranquila sin darse cuenta del todo a lo que yo me estoy refiriendo.
-Sí mamita -ayuda su cuidadora-, es para averiguar por qué te duele la tripita ¿vale?
-Que sí, que vale.

La rodeamos en la cama, le despegamos las amarras del pañal y ya, su culo expuesto hacia mí, guantes y vaselina preparados, le meto el dedo con toda la delicadeza que puedo.
-Carmen, que voy.

Notar un cuerpo extraño en su salva sea la parte y volverse airada hacia mí fue todo uno.
-¡Pero chiquilloooooo!... ¿qué es lo que haces? -y enseguida, sin darme tiempo a responderle y tranquilizarla, mira furibunda a la muchacha-. ¡Niñaaaaaa!, ¿has visto?, ¡a este hombre no se le puede dar confianza! 

¿Tienen gracia o no tienen gracia mis abuelas?

viernes, 23 de agosto de 2013

Yerbas del cementerio.

A todo esto, la mujer, pobrecita, casi entregando la cuchara.
 
Salgo con su hijo al pasillo de la planta y me lo llevo a un despacho cercano para hablar con él en privado. Es un joven que no debe llegar a los cuarenta (para nosotros, los carrozas, cualquier persona por debajo de los cincuenta es joven), un tipo bien fornido, pecoso y caoba, copia fiel de su tataratataratatarabuelo, seguramente uno de los primeros vikingos con los que el rey Carlos III repobló nuestra tierra hace tres siglos. Brutote el muchacho, que no desmerezca su estirpe.
 
La mujer, la madre, tiene un cáncer muy avanzado. No vivirá más allá de un par de meses, menos aún. Está amarillo-verdosa porque el tumor ha obstruido la salida de la bilis. No puede ingerir ni  agua porque el puto tumor ha invadido el duodeno y lo ha taponado no permitiendo siquiera el paso de una sonda. Se morirá en unas semanas si no hacemos algo. Y así se lo planteo al hijo.
 
-¿Y qué cree usted que podemos hacer? -inquiere curioso una vez oídas mis explicaciones.
-Debemos de hacerle una pequeña intervención quirúrgica, mínima, para darle paso a la comida -y le pinto en una cuartilla unos garabatos que pretenden ser el estómago, el duodeno y el yeyuno-. ¿Ves? -le explico-. Se le agarra esta parte del estómago y se le pega al yeyuno sorteando el duodeno; así el alimento pasa directamente desde el estómago al yeyuno y ya sigue al resto de la tripa -y me quedo yo tan pancho y admirado de mi dibujo.
-¿Y esto para qué, si de todas formas no hay salvación? Yo, doctor... casi que prefiero no hacer nada y llevármela a casa, la pobre lo está deseando.
-Es verdad, no creas que andas descaminado. Yo tengo mis dudas. Lo que pasa es que da mucha grima tener a una persona en casa sin poder alimentarla, sin poder darle agua siquiera, fíjate qué tragedia y más ahora con cuarenta grados a la sombra. Aunque tuviera los sueros puestos no podría disfrutar del agua fresquita, enseguida vomitaría mucho más de lo ingerido... Morirse, se va a morir igual, pero al menos que pueda comer y beber ¿no te parece? 
 
Y se queda un rato pensativo, agachado, los codos apoyados en sus rodillas y la cabeza encajonada por ambas manos. Creo que lo he convencido. Y de pronto, como si se le hubiese encendido una bombilla en su cerebro, saca de su bolsillo una bolsita de plástico llena de algo y me suelta:
 
-Doctor, a ver si sabe usted lo que es esto -y me alarga la bolsita. La destapo y veo un manojo de yerbas secas-. Huélalas usted, haga el favor -me las acerco a mi napia y huelen bien, parecido a la yerbabuena.
-¡Uhmmm! huele muy bien, ¿qué son?
-No lo sé, creo que se llaman extractus no sé qué, son unas yerbas curativas, yo las esparzo en mis corrales y en mis perreras y desaparecen las garrapatas al instante, tengo mis perros siempre limpios. En mi casa no hay resfriados, al menor síntoma doy a oler a mi gente estas yerbas y se acabó, tienen propiedades contra los gérmenes, de verdad doctor.
-Y no sabes cómo se llaman?
-No; a mí me las enseñó un pastor hace ya más de veinte años. Crían solamente en un lado del cementerio, nada más que ahí. Muy poca gente lo sabe... -y se detiene un momento para continuar con voz más queda, como si confesara un secreto-, ¿y si le diera a mi madre infusiones y vapores con ellas?
-Vapores, infusiones no porque las vomitaría. Mira, yo no creo en estas cosas, pero daño seguro que no le hace. Si ella y tú tenéis fe en las yerbas por mí que no quede. Pero la intervención debería seguir adelante ¿no?
-De acuerdo.
 
Y vuelvo a pensar en lo mismo. Cuando nos vemos perdidos, cuando la ciencia nos abandona, echamos mano de la magia, llámese ésta el santón de Arcos, el escapulario de la Virgen del Carmen o esas yerbas cerca del cementerio. "Semos" así las criaturas del Señor. 
 
 

viernes, 16 de agosto de 2013

Melones de los de antes.

A las once de la mañana el sol ya aprieta lo suyo en la vega antequerana. No sé si temo más por mí o por este anciano de noventa años que me acompaña y que me lleva varios pasos por detrás. Es increíble este hombre. Los sombreros de paja que  deberían cubrir nuestras despobladas cabezas nos sirven mejor de sopladores. A la dureza de los terrones por donde pisamos y a la ardentía que respiramos sirven de contrapunto -menos mal- dos amplias lagunas milagrosamente húmedas en pleno agosto  habitadas por familias de flamencos, y la fresca y verde fragancia del melonar de enfrente.
 
En el pueblo se ha corrido la voz de que los melones de "Ponferrá", el de Benamejí, el marido de la Benilde, son buenísimos. Y baratos. Un euro y medio por melón, más o menos. "Papa, ven conmigo a por melones" -le digo este domingo pasado después de que desayunara-. "¿A dónde quieres ir"? -me contesta dispuesto-. "A la Sartenea, que me lo ha recomendado Pepe El Tomate". "A las doce estaremos de vuelta, ¿no?, lo digo por la misa" -es el único reparo que me pone-. "Ende luego que sí" -remato yo.
 
He dejado el coche bajo un sombrajo con pretensiones de carpa, amplio y algo zarrapastroso cuyo armazón lo conforman antiguas tuberías de riego burdamente ensambladas y cuya cubierta es un cañizo pasado de fecha. Pero da de sí lo que se espera de él: ¡sombra! Nuestra intención es cargar dos espuertas de melones y volver al pueblo. Pero en reconociéndonos enseguida, a mi padre y a mí, Frasquito "Ponferrá" se empeña, con redobladas muestras de agradecimiento por antiguos favores, en llevarnos hasta un huerto cercano para agasajarnos con tomates, berenjenas, pimientos y calabacines. A pleno sol. Él, a sus setenta años; mi padre, con noventa. Y yo, por vergüenza torera, agachado entre los matojos llenando las bolsas con las hortalizas. "Si lo sé, no vengo" -piensa uno agobiado con la calor.

Una vez recuperado el tono, sacudidos los calzones del polvo y de la tierra del huerto y a salvo del sol bajo el gran toldo, la vista del melonar me reconforta un montón. ¿Cuánto tiempo hace que no has pisado uno? Ni me acuerdo.

Frasquito no se va a conformar con despacharnos un género que, por bueno que sea, lleva allí apalancado horas o incluso días. Para Juan Rivera, lo mejor. Y manda a su hijo a una corta rápida y de urgencia, "Niño, anda, termina el bocadillo y córtale a Juanillo doce o catorce melones de lo mejorcito que veas". Y el chaval, con esa docilidad propia de los hijos del campo, da un brinco en lo alto de un tractorcillo y se mete en faena.

Y yo, a pique de derretirme todo, me dejo llevar y echo a andar por entre las camadas para sorprenderme con esas matas desparramadas y verdes como la albahaca que arremolinan sus largos tentáculos para  proteger  sus frutos del rigor del cielo, para deleitarme con el rastro de melones recién cortados que va dejando el muchacho por las hileras y para, en fin, volver a sentir aquella emoción infantil de tropezar con un melón hermoso escondido y camuflado, un melón de los de antes, emoción parecida a la del feliz hallazgo de un pajarillo preso por mi trampa.

El melonar de "Ponferrá", en la Sartenea, está frente por frente a "Pozo Ciego", una estacada de tierra calma perteneciente a "La Capilla", donde nosotros fuimos meloneros hace ya muchos años. Demasiados años. Y uno no tiene más remedio que echar la vista atrás y recordar con alegría historias que hoy nos parecen tercermundistas. Y no sólo recordar, sino agradecer por haber sido  protagonista de las mismas. Ninguno de mis amigos de la capital, ninguno de mis compañeros médicos puede presumir, como yo, de haber vivido en una  choza, de haber dormido tantas noches de verano al relente contando estrellas, de haber desayunado medio melón fresquito recién cortado, de ésos que oyes crujir al alba mientras se raja él solito de pura salud, ni de saber sopesar ahora la calidad de un melón del Mercadona sólo con palparlo.

El verano del 65 lo vivimos en una choza melonera en "Pozo Ciego", aquí el tío con doce añitos, mis primeras vacaciones después del primer curso en los Ángeles. Regalo por haber sido alumno predilecto y Diploma de honor. Componíamos el "apartamento" mis padres, mi hermana Josefa, mocita de catorce años, mi  Manolo, con ocho, mi Juan, con cinco y mi Frasco con apenas quince meses. Y un guarro blanco de cinco a seis arrobas que cebábamos para la Navidad. La cosa debió de ocurrir más o menos así: una mañana de agosto mi padre tocó a rebato porque llegaba el camión y no teníamos la pila montada sino un porte de melones desperdigados por las camadas. Dio órdenes tajantes: todo el mundo a rejuntar melones. "Chiquillo -se queja mi madre-, alguien se tendrá que quedar aquí con el Frasquito". "Que se quede el Juan , ya es grandecito". Y todos al melonar. No habría llegado a la media hora cuando escuchamos los alaridos de mi Juan. Llegué el primero a la choza, que se noten los partidos del seminario. Y nos contó asustado cómo nuestro guarrillo intentando arrebatarle la tostada de la mano a mi Frasco lo tiró al suelo y luego parecía que se lo iba a comer enterito. Y que él, antes que nada, cogió un palo y logró apartarlo del hermanito y luego se  puso ya a gritar.

-Papa, ¿te acuerdas? -le digo ya de vuelta.
-¿El qué?
-Estamos al lado de "Pozo Ciego", ¿no te dice nada?
-Sí, aquí tuvimos nosotros melones varios años.
-¿Y no te acuerdas de lo del guarro?
-Ah sí, ¿a quién fue, al Juan?
-No, fue al Frasco. El Juan fue quien lo salvó.

Y se ríe así como él sabe, socarronamente.
-¡Qué cosas me han pasado!...
-Desde luego que sí.

¡Qué crianza la nuestra, eh muchachos! ¡Y qué orgullo!

  

viernes, 9 de agosto de 2013

El culo del mundo.

Cuando yo era chico Palenciana era el culo del mundo. Ahí se acababa todo, el omega griego, el fin de cualquier mala carretera. No pillaba (ni pilla) de paso para ninguna parte, había (y hay) que venir ex profeso al pueblo. Aparte del Correo y de las furgonetas corsarias de Frasquito Gloria sólo había los coches de Carreira y de Joseíllo El Carrero. Dos. El día que un vehículo forastero entraba en el pueblo era fiesta para los chaveas, íbamos a su encuentro y lo seguíamos en pandilla corriendo por detrás hasta que paraba, normalmente en la puerta de la casa Carreira o en la plaza.
 
Esta idea de pueblo minúsculo y ausente en cualquier mapa de la época se vio agrandada cuando llegué al seminario. La mayoría de los nuevos compañeros eran de pueblos mucho más grandes e importantes que Palenciana. Salvo los muchachos de Benamejí y de Encinas Reales, nadie más había oído antes el nombre de mi pueblo. Claro que yo tampoco sabía nada de Belalcázar, de El Guijo, de Añora, de Fuente Tójar, de Castíl de Campos o de la Granjuela, por ejemplo, y a lo mejor eran tan chicos o más que el mío. Difícil que así fuera, pero bueno... Era un pequeño hándicap esto de ser de pueblo chico. Nos tenían por más catetos de la cuenta. Incluso los curas. Y es verdad que éramos unos palurdos, pero casi todos, no sólo nosotros. Pero será aquello de que la necesidad obliga, despabilamos enseguida, mucho antes que otros de pueblos grandes.
 
Hoy no tiene demasiado interés lo de qué pueblo seas. En quince minutos estás en Antequera o en Lucena. Al menos aquí en Andalucía. Pero en Galicia sí que lo tiene.

Acabamos de regresar mis amigos los rocieros, la Peque y un servidor, sanos y salvos, de unas vacaciones "rurales". Pero de verdad. Hoy en día ya nos hemos acostumbrado a lo rural y lo rural se ha adaptado a nuestros gustos modernos, de manera que normalmente una casita rural se sitúa en un entorno agradable, pintoresco, cercano a la urbe o a la playa, cómodo de acceso... y, además, se nos ofrece con detalles ornamentales que serían más adecuados en un hotel que en un sitio rústico. En el fondo, seguimos siendo urbanitas. Pues nada, allí no, en Galicia aún existe lo rural auténtico.

Hemos estado en un lugar de Los Ancares de Lugo que tiene por gracia Robledo de Cervantes. El topónimo cervantino le viene porque por allí se presume del origen lucense de los ancestros de don Miguel. Muy bien. Bien que hicieron dichos antecesores en salir de allí, de otra manera nunca hubiésemos conocido El Quijote. Robledo es un poblado de catorce casas labriegas (contadas una a una desde lo alto de una loma cercana) perteneciente a la parroquia de San Román. El culo del mundo. Es como todo, acostumbrarse, cuando llevas tres días allí ya te parece tu propia casa.

Animan el campamento todo el año tres familias, seis criaturas mayores y desgastadas a quienes es imposible echarle años, que viven del humilde huerto de patatas y de coles y de la generosidad sin límites del ingente castañar circundante. El resto de las casas son ocupadas temporalmente por nativos emigrantes a Cataluña que vuelven por el estío. Naturalmente no hay tiendas ni bares, dos días en semana se acerca una furgoneta con el pan, la fruta, chacinas y latas variadas. En lugar de calles, rampas empinadas de hormigón o senderos de tierra asentada. El culo del mundo. No creo que exista en toda Andalucía un poblado parecido.

Hay cuarenta kilómetros desde Becerreá, en la autopista, y tardamos una hora en llegar. La carretera es de buen piso pero estrecha y sinuosa, de montaña, con cruces mal señalizados cada poco y sin indicadores de distancias. Nos dicen los lugareños que allí no se estila hablar de kilómetros sino de tiempo, quince minutos desde Quindós a Castelo. Vas con la sensación de perdido. Según te acercas al destino final la cosa se pone fea. El camino se angosta, no hay quitamiedos laterales, por la izquierda monte, por la derecha precipicio infinito. Precioso el paisaje si alguien tuviera cojones de mirarlo, Jaime, tú no mires, tú siempre palante, que si aquí nos pasa algo no nos encuentra ni el Lobatón. Y yo pensando para mis adentros "como me dé la taquicardia cuando me lleven al hospital del Bierzo llego ya oliendo y todo".

Es un lugar fantástico, paradisíaco, si queréis, pero demasiado aislado. Gracias a Dios, todo ha salido a pedir de boca. Hemos visitado lugares y pueblecitos increíblemente bellos y pintorescos, antiguos poblados celtas, antiguas casas chozas, las Payosas, con todos sus enseres tal y como si estuviesen habitadas, hemos pateado senderos boscosos de cuento, solitarios y umbríos, con el acompañamiento permanente de robles, acebos, castaños y guindos y de riachuelos y regatos por doquier, hemos conocido una Galicia primitiva, virgen y auténticamente rural.

Al anochecer, sentados en el porche de nuestra casa, el monte de enfrente nos da compañía. Grandioso. Y nos ofrece su verde oscuro, abarrotado de helechos, brezos, retamas y tarajes, sin una pizca de tierra visible. Una cuña de sol resiste en el último nevero. Es un momento mágico. Se está haciendo la noche alrededor, pero aquel pico sigue tibiamente iluminado. Al fin, la negrura del crepúsculo dibuja sus perfiles ondulados sobre el firmamento. El bronco ladrido de Lin, un mastín pulgoso que nos ha cogido afecto, nos distrae de nuestro embeleso. Ea, se acabó la tontería, a poner la mesa, ¿a quién le toca hoy? Y nos ponemos a cenar. Caldo de yerbas y de puchero, ensalada de tomate y filetitos de lacón asado. Y los huesos pal Lin.