domingo, 27 de septiembre de 2015

Accesibilidad

A esta mujer de 70 años la he visto en mi consulta por un problema renal de escasa importancia. Se ha resuelto en la segunda visita. Pero no puedo darle el alta a su médico de cabecera porque descubro que presenta, además, una insuficiencia cardiaca severa. Le pongo tratamiento adecuado, le solicito un estudio de coronariografías y la derivo a su cardiólogo de zona para que él haga el seguimiento oportuno.
Éste es el protocolo habitual, lo que hacemos normalmente cuando detectas un nuevo problema no conocido previamente. Si la mujer tuviese más enfermedades o fuese mucho más mayor no la derivaría a ninguna parte sino que yo mismo me haría cargo de todos sus procesos.
Vale. Hasta ahí, todo correcto.
La sorpresa es cuando me entero de que la cita para el cardiólogo es para septiembre de 2016, es decir, un año de demora.
 
Éste es uno de nuestros grandes males, las demoras en las citas.
 
¿Por qué ocurre esto?
 
Hay un decreto  que prioriza las citas para los especialistas cuando las peticiones provienen desde el médico de cabecera. Tienen que estar antes de 60 días. Muy bien. Con ello se pretende y se consigue apoyar en lo posible al médico de atención primaria. Muy bien. Incluso, 60 días me parece un plazo muy largo.
¿Qué pasa entonces? Pues que no quedan huecos disponibles para las peticiones que hacemos los otros especialistas. Nosotros no tenemos prioridad, la cita puede demorarse al infinito. No hay decreto que regularice esto. Por otra parte, las solicitudes de interconsulta no pasan previamente por los médicos especialistas para darles así una mayor o menor prioridad sino que las citan directamente las manos asépticas de un administrativo que, sin conocimientos médicos, se limita a rellenar la agenda. Por aquí vamos, pues por aquí. Da lo mismo que sea un año que dos.

Como vemos, este problema, tan corriente, atenta con dos grandes principios de la calidad: la accesibilidad y la equidad.
 
Solución: no pedir nosotros ninguna interconsulta a otros especialistas sino que las pida el médico de cabecera. Si lo hacemos así, éste, el médico de cabecera, nos puede tachar de vagos, que no queremos hacer nuestro trabajo.
O bien, personarte tú mesmo en cita previa y "pelearte" con el administrativo de turno para obtener una cita más favorable a costa de otro paciente sufridor que no ha tenido padrino.
O lo que suele hacer el personal por lo común: irse a Urgencias.

Yo animo a la gente a que proteste y reclame en el sitio adecuado. Que no abronque al administrativo de cita previa que poco puede hacer. Que no escriba en el pliego de las reclamaciones, eso no sirve pa ná. Que vaya directamente al despacho de la dirección del centro que corresponda y que allí, con mesura y educación, exponga al director el problema. Si el pasillo de las direcciones médicas de los distintos centros estuviese toda la mañana atiborrado de personal descontento la cosa sería muy distinta.

Pero no. Es más rápido y está más a la mano irse a las urgencias de los hospitales por problemas de salud que, sin ser urgentes, tampoco pueden esperar meses y meses. La gente, astuta, ¿cómo no?, ha aprendido que, aún con el inconveniente de aguantar luengas y pesadas horas en manos de médicos novatos e inexpertos, al final consigue el propósito de adelantar en mucho la cita con el especialista. Y encima este fenómeno social de crudísima realidad ejerce en la población un efecto llamada de primer orden. Venir a las urgencias del hospital sale a cuenta. Así tenemos las Urgencias: congestionadas hasta reventar.

Y no deja de resultar paradójico que los gerentes conocen esto perfectamente. Si no hubiese la indecente demora para las visitas a los especialistas caería en picado la afluencia de las gentes a las urgencias. Como la leche recién hervida. Parece que ponen mucho empeño en descongestionar las urgencias, pero no es así. Todo es simulacro. Si fuese de verdad, entonces se reforzarían las urgencias hospitalarias con personal cualificado y no con residentes de primer año, se controlaría mejor el nivel de derivaciones desde atención primaria, se exigiría a los distintos jefes de servicio una respuesta mucho más rápida y adecuada en los centros periféricos de especialidades, se procuraría dotar de troncalidad a los mismos para evitar tanta dispersión y fragmentación en la asistencia, esto es, que un anciano no tenga necesidad de visitar a cuatro especialistas sino a uno solo. Por ejemplo.

Para ello se necesita la voz clara y decidida de la población. No en los mostradores, no en las consultas ni en los pasillos, sino en los despachos de los directores. O en la prensa. Por desgracia, nuestra gente, vosotros mis queridos lectores y amigos, yo mismo, todos, se conforma con poder ir a las urgencias cuando le dé la real gana. Y de eso, de esa displicencia, se aprovechan los gestores.

En fin... yo aquí con estas lamentaciones, que parezco un Jeremías hospitalario, y allá arriba los catalinos con sus votos y sus bravuconadas. ¡Que el Señor nos coja confesados!

jueves, 17 de septiembre de 2015

¿Machismo?

No sé cómo catalogar lo acaecido esta tarde. Lo he etiquetado de machismo pero igual no lo es; a lo mejor es otra cosa, no sé... presencia de ánimo, suficiencia, capacidad de convicción, inspiración de confianza... Juzgad vosotros mismos.
 
-Buenas tardes.
El despacho, hueco de personal y repleto de mesas de trabajo con sus ordenadores y sillas correspondientes, me parece este año más espacioso que en otras ocasiones. Según se entra, a la izquierda, una mujer administrativa hace como que ordena papeles. Justo antes de entrar yo salían de él un hombre joven y dos críos pequeños, seguramente esposo e hijos de esta trabajadora esforzada, que se han llegado a darle ánimo en esta hora tan a despropósito. Como cuando yo tengo que ir de tarde al Tomillar. Más o menos.
-Buenas tardes -me contesta con una sonrisa amable.
 
Me gusta adentrarme en el edificio de la Universidad de Sevilla. Me parece que en el patio central, donde brota la fuente, voy a toparme con Aristóteles y Platón conversando al modo en que se representa en el cuadro de Leonardo. Sus angostos y oscuros pasillos con sus muros salpicados de cuadros de santos y de celebridades cultas me evocan tiempos clásicos del saber y me hacen sentir heredero y depositario de una cultura vasta y milenaria. Yo, que tuve que estudiar mis primeros años de Medicina de prestado en sótanos desahuciados del pabellón de Ingenieros y del hospital provincial de Córdoba, valoro en mucho la grandeza, el señorío y la prestancia de este edificio sevillano tan emblemático. Me conozco bien el camino hasta el despacho de ir cada año a firmar mi contrato con la Facultad de Medicina.
 
-Nada, que venía a firmar la prórroga de mi contrato.
-Nombre y Departamento -me inquiere la mujer.
-José María Rivera Cívico. Departamento de Medicina -contesto. 
Coge una carpeta y rebusca en ella hasta dar con mi expediente. Hago el gesto de sacar mi carnet de identidad pero no hace falta. Me entrega el contrato para que lo firme. Firmo sin leerlo y ya está, me dispongo a irme.
-Qué apellidos más bonitos -me dice a modo de despedida-, sobre todo Cívico.
-¡Vaya! -le respondo cortés-. Rivera también me gusta.
-Ea, pues nada, hasta luego.
 
Ahora vamos a reproducir la misma escena pero esta mañana. Sólo que en lugar mío fue la Peque a firmar por mí. Más o menos fue así:
 
-Buenos días.
-Buenos días.
-Mire señorita que venía a firmar un contrato.
-Muy bien. Nombre y Departamento.
-José María Rivera Cívico. Departamento de Medicina.
-Pero usted no es José María, lógicamente -se pone la mujer.
-Lógicamente -contesta guasona la Peque-. No, es que mi marido no puede venir por las mañanas por motivos del trabajo, ya sabe, en el hospital... Y vengo yo. Traigo aquí su carnet de identidad y una autorización escrita y firmada por él.
-Lo siento, pero no puede ser. Tiene que venir él en persona. O si no, tiene usted que traer un poder notarial.
-¿Tó eso? -se pone la Peque.
-Vaya. Pero además que los lunes y los jueves se abre este despacho de 3 a 5 y media. Puede venir él mismo por la tarde.
 
Y esta misma tarde, jueves, me he presentado allí.
Ya habéis visto. Visto y no visto. Veni, vidi, vinci. Ni carnet de identidad siquiera.
 
¡Machismo encubierto? ¿Poderío que tiene uno? Vosotros mismos. 

lunes, 7 de septiembre de 2015

Apertura de curso

7 de septiembre 2015

Hoy quiero dar comienzo al nuevo curso académico reflexionando con vosotros sobre aspectos más serios relacionados con la asistencia sanitaria, con mi forma de entender la práctica clínica y con los defectos que desde dentro detecto en mi hospital y en su área de influencia.

Soy consciente de que actuando así puedo convertirme en juez parcial que todo lo analiza y sanciona desde su poltrona autocomplaciente. Yo soy el bueno de la película y con mi dedo justiciero señalo y fustigo el trabajo mal  hecho de los otros, los malos. Os pido que estéis vosotros  pendientes conmigo de esa peligrosa tendencia y que me aviséis enseguida que detectéis tal síntoma.
 
Durante muchos años, muchos, hemos disfrutado de un sistema sanitario cojonudo. Podemos hacer coincidir el resurgir de una medicina moderna dentro de un sistema magnífico con la creación del sistema MIR, allá por los años setenta. Puede ser así. Copiado o no de los americanos, nuestro sistema de formación de especialistas ha sido un elemento capital, si no el que más, en el desarrollo de la medicina española. Yo así lo aprecio. Los nuevos especialistas que han ido surgiendo en sucesivas generaciones de cuatro en cuatro años han revolucionado la manera de hacer medicina, han conseguido pasar de una medicina heroica, intuitiva y empírica a una medicina moderna, científica, basada en pruebas sin por ello perder un ápice de lo sustantivo en humanidad y empatía. Ésa fue la medicina que yo conocí desde 1981 cuando inicié mi etapa de residente. Entonces era posible y factible aquello de medicina de calidad, universal y gratuita. Es cierto que a nuestra ascua del buen hacer médico se arrimó la sardina de una sociedad más discreta y conformista, menos informada, mucho menos exigente y mucho menos crispada que la de ahora. Y que éramos bastantes millones menos de criaturas.
 
En fin, hoy escribo estas cosas porque me estoy haciendo mayor, soy un médico gruñón y todo lo veo mal. Quizás sólo sea eso. Ojalá. Ojalá estas reflexiones fueran solamente reflejo de mi propia decadencia personal, una especie de proyección de mis propias frustraciones sobre los demás, quién sabe, o bien un nuevo conflicto generacional similar al de padres con hijos, aquí de médicos viejos con nuevos. Quizás.
 

Tengo que admitir con cierta pesadumbre que la asistencia que hoy impartimos empieza a hacer aguas en materia de calidad. Creo que nuestra medicina ha de seguir siendo universal y gratuita. Pero ¿y la calidad? De una manera vergonzante parece que entre todos hubiésemos asumido que las tres cosas, esos tres paradigmas juntos, ya no son posibles. Dos, sí; pero los tres, no. La medicina puede ser universal y de calidad, pero no gratuita. O puede ser gratuita y de calidad, pero ya no universal. O universal y gratuita, como lo es en España, pero  ¿de peor calidad?

Pero bueno -diréis algunos-, de qué habla el Fili cuando hoy disfrutamos  de la medicina más moderna y tecnificada de todos los tiempos, que cualquiera de nosotros ya se ha escaqueado de la muerte con nuestros muelles cardiacos o ha superado cánceres otrora letales de necesidad? ¿Acaso no sabe que nuestros grandes hospitales están a la altura de cualquiera otro en Boston o en Londres y que nuestros científicos son rifados en las sociedades médicas internacionales? Ahí tenemos los casos de los doctores Valentín Fuster o Mariano Barbacid... ¿Olvida que somos pioneros en todo el tema de trasplantes y donaciones de órganos?.  Ésa es la cuestión. Para la alta tecnología estamos en cabeza. Es verdad. Y no puedo de ninguna manera menospreciar esta evidencia. Al contrario, comparto con vosotros ese orgullo de vivir en un país con similares bondades sanitarias que cualquiera de los más avanzados. Para lo gordo estamos ahí, sí, es cierto. Y es algo contradictorio, como mandar cohetes a la luna y mientras tu gente se muere de hambre. No hablo de eso, hablo de lo común, del día a día. Nadie va a poner en duda la pulcritud y elegancia de los modelos del escaparate. Preciosos. Hablo de los trajes descosidos de la trastienda, de lo que no se vende -lo que no vende-, de lo que no conviene airear. Me refiero a la cita que nunca aparece, a intervenciones que llegan tarde o no llegan nunca, a la inaceptable demora de pruebas y de recogidas de resultados, a la brutal sobrecarga  doméstica de tantas cuidadoras, al sufrimiento del moribundo y sus familiares en su casa o en el hospital, no siempre asistidos como se debiera... en fin, a ver quién pone orden en tanto fármaco de los ancianos que viven solos, cómo evitar los errores seguros en su imposible cumplimentación, a la falta de camas hospitalarias, a la congestión insoportable e indigna en los pasillos y en las dependencias de unas Urgencias hospitalarias manejadas por novatos la mayor parte del tiempo, a la pérdida progresiva de ilusión, de ganas, de vocación -si queréis- que veo en mí mismo y en muchos compañeros... Me refiero a lo que conozco bien desde hace muchos años: al hospital envejeciendo, al hospital decadente. 


Pero vayamos por partes. Estamos hablando de calidad en la asistencia sanitaria.
 ¿ Qué es la calidad y cómo se mide?

Se ha formulado desde antiguo que la calidad en la asistencia sanitaria tiene dos brazos: calidad objetiva, que hace relación a la bondad en la realización de una técnica o de un acto médico; y la calidad subjetiva, que se refiere a cómo percibe el usuario la atención médica recibida. Naturalmente que nos interesan las dos: hacer bien las cosas y hacer que el paciente se sienta bien atendido. No siempre son concordantes, el médico puede hacer una verdadera chapuza y el paciente salir encantado o viceversa. O como cuando un arquitecto te hace un plano y un diseño perfectos de tu nueva casa pero luego a ti resulta que no te gusta cómo ha quedado. Bien es verdad que por muy bien que un médico actúe las expectativas de los usuarios pueden no verse nunca satisfechas porque son o pueden ser infinitas. Pero también ahí tiene el médico su papel de educador mediante el diálogo y la información adecuada. De manera que gestores y médicos han de cargar con la responsabilidad de la calidad. La Administración debe ser garante de la equidad, la accesibilidad, la confortabilidad, la seguridad y la intimidad de los usuarios. Y de la adecuada gestión de los recursos. En nuestras manos médicas están el peritaje y la empatía. Uno tiene que saber hacer bien su trabajo -hacer bien lo que hay que hacer- y debe saber transmitir confianza. Eso es.

La calidad objetiva se mide mediante el registro de escalas, diseños, objetivos y protocolos que están mucho más en los papeles que en la práctica diaria y a menudo alejados de la realidad clínica. No es infrecuente que a un trabajador sanitario lo evalúen más por los registros gráficos que haga que por el verdadero trabajo bien hecho. Es duro esto, eh; pero llega a ser así. Se puede llegar a priorizar el registro de lo que se va a hacer sobre la bondad del acto mismo. E igual podemos decir del cumplimiento de objetivos. El sistema propicia la cumplimentación en papel de los mismos sobre el trabajo abnegado con los pacientes. Vamos a ver, uno entiende que lo que se hace haya que registrarlo porque lo que no está escrito en ninguna parte simplemente no existe. Lo que critico es tanto afán de comparar para  competir entre servicios y entre hospitales sin que tales registros obedezcan de verdad a la realidad controlada. Ha llegado tan lejos este afán registrador que existen rankings entre los distintos servicios y entre los hospitales andaluces. Aún sabiendo que no se pueden comparar realidades distintas porque las distintas Unidades Clínicas de los distintos hospitales andaluces no hacen lo mismo, ni siquiera los de un nivel parecido. Hay más: muchos servicios y algunos hospitales enteros se han acreditado en calidad, esto es, tienen el marchamo, el sello de una empresa externa que les acredita como hospitales o como servicios muy buenos, por encima de los demás. La norma ISSO, por ejemplo. Como puede ocurrir en cualquier fábrica. Pero es todo eso una pequeña farsa, un simulacro. La empresa externa responsable de la acreditación envía a un "chivato" varias semanas antes para que revise cómo están las cosas. Éste toma nota de las deficiencias que detecta y alerta al jefe del servicio o al gerente del hospital para que corrijan esos defectos para el día D, el día o los días en que se vaya a realizar la auditoría. Un simulacro. Se trata de tener la casa limpia para la visita. Luego, una vez terminada, las cosas pueden volver a lo de siempre. Algo parecido a la limpieza de las Urgencias cuando nos visita nuestra presidenta de la Junta, hay que esconder a los pacientes que atiborran y afean los pasillos.
 
La calidad subjetiva suele medirse mediante las encuestas de satisfacción y mediante el análisis de las reclamaciones y demandas.
Me da coraje de las encuestas, siempre salimos de sobresaliente. Más falsas que las de PRISA sobre intención de voto. El usuario medio que responde a las encuestas suele hacerlo a la salida del hospital donde ha estado ingresado. La mayoría de los que responden es porque les ha ido bien. Aquellos que salen insatisfechos no se molestan en contestar nada, simplemente se van cabreados. Y los que fallecen tampoco suelen entretenerse en tales minucias. Y sus familiares, menos aún.
En cuanto a las reclamaciones sí rompo una lanza a su favor. Tengo un gran respeto por las reclamaciones porque entiendo que detrás de cada una hay un paciente o un familiar que ha sufrido no sólo la privación de su salud sino el rigor frío y la aspereza de alguna de nuestras actuaciones cuando no la más pura negligencia. Y tampoco aquí actuamos bien. Lo sé por el tiempo -más de 20 años- que he sido jefe de sección. Por lo general, el médico siempre se pone a la defensiva. Es el paciente quien no se ha enterado de tal o cual cosa o ha tenido malos modos. No soy capaz de recordar una respuesta médica de autocrítica aceptando los términos de la reclamación que ha hecho el paciente o su familiar. Siempre respondemos con vaguedades "estamos trabajando a diario para subsanar esas deficiencias" y cosas así. Con todo, la gente reclama mucho menos de lo que debería, en ocasiones lo hace por naderías y deja pasar cosas gordas de verdad. Estoy seguro que en nuestro fuero interno -lo digo por mí mismo- sabemos que hemos metido la pata pero nos cuesta un güevo aceptarlo abierta y explícitamente.

Alguien que no me conozca bien puede pensar que soy un médico resentido, que cargo fieramente contra todo porque estoy dolido con algo o con alguien, porque pudiera, eventualmente, sentirme maltratado por la Administración. Rotundamente no. Soy un médico querido por mis pacientes y por mis compañeros, y tengo la satisfacción de mi trabajo que creo bien hecho. Mi discurso, por tanto, como el verso de Machado, brota de manantial sereno. Me mueve la rebeldía por ver que las cosas ya no son como antes, y que yo mismo, un todoterreno hospitalario, estoy perdiendo fuelle. Quizás también, no digo que no, por mi propia resistencia para aceptar que estamos en otros tiempos, en otro paradigma.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué este deterioro en la calidad asistencial? -me preguntaba la otra noche en un chiringuito de playa un amigo.
Es muy complejo y yo no tengo la respuesta exacta. Ni siquiera aproximada. Pero os expreso  mi opinión, cómo veo yo la cosa:

A mi modo de ver, el factor fundamental en el deterioro que veo de la calidad asistencial ha sido la enorme desproporción entre los avances médicos y tecnológicos, la carestía de los mismos, el progresivo envejecimiento de la población, las infinitas expectativas de los usuarios, por una parte... y la creación de recursos para asumir aquellos retos, por otra. En otras palabras: en estos últimos cuarenta años somos muchas más criaturas (en millones), más viejos, más necesitados de servicios médicos y sociales, más exigentes, la vida se ha encarecido muchísimo y no hay dinero para todo. O si lo hay, no está en disponibilidad de uso ni en las manos más adecuadas. Siendo, pues, éste el primum movens, la crisis y los recortes no han hecho otra cosa que empeorarlo todo. En este sentido la Administración tienen mucho en su "debe". Desde hace décadas se habla, se escribe, se debate acerca de los grandes retos sociales -que ya han llegado- como consecuencia de la sociedad del bienestar y del enorme envejecimiento poblacional. Se sabía de sobra que todo esto iba a pasar. Pero no se ha actuado. Miento, sí se ha actuado, pero me temo que en dirección desacertada. Ni de lejos se han creado los recursos mínimos para afrontar tales retos: plantillas no sólo al mínimo sino desmotivadas, no cobertura de bajas, amortizaciones de plazas de sanitarios que se jubilan, disminución de camas hospitalarias, falta de plazas de Residencias de ancianos, arbitrariedad interesada y enchufismo en la designación de cargos intermedios... No hurgaré más en la herida. A lo mejor es que no se ha podido hacer de otra manera. Que se ha cortado el chorro que fluía de Europa y nos hemos quedado tiesos. Vale. Pues que se diga, coño.

Hay otros factores, veamos: el cambio en el status laboral del médico. Antes, los médicos eran personajes heroicos que se ganaban el prestigio a base de un trabajo épico de 24 horas los 365 días del año. Al lado del cura eran las autoridades morales de nuestros pueblos. Y estaban totalmente implicados en el sistema. Mi amigo el "Pintor" bien pudiera haber sido el último representante de este modelo ya extinguido. En los hospitales, por su parte, no mandaban los gerentes, simples representantes obligados de la administración, sino los catedráticos y los jefes de Departamento, gente poderosa, prepotente y soberbia, de acuerdo -y no todos-, pero personas conocedoras de su oficio, con el culo "pelao" y el diente retorcido, pero mirando por el hospital como si fuera su cortijo. No, no digo que quiera volver a eso. Ha sido un logro extraordinario dotar a la profesión de un horario acorde con los tiempos y de despojar al sistema del nepotismo de antaño. Pero quizás nos hayamos pasado de rosca. Ahora, los médicos somos funcionarios, trabajadores por cuenta ajena, gente que echa sus horas y adiós mu buenas. Y no me pidas más, que ni mijita. Si las citas se demoran, si la observación está llena, si no hay camas libres, si la lista de espera se dispara... "No es mi problema, yo soy un simple trabajador". Hemos perdido -metámonos todos- aquel antiguo espíritu de "llamada", de vocación, de saberse persona escogida entre muchos para una misión muy especial y específica. Casi casi como los curas. Los curas buenos. No, ahora somos funcionarios. Y punto. No sé de qué manera se podría haber hecho, pero yo entiendo que la administración se ha equivocado al no implicar al personal sanitario -médicos y enfermeros- en un organigrama de más complicidad, de más compromiso.

Otro factor estrechamente relacionado con lo anterior es la desconfianza del personal sanitario sobre los gerentes y directivos, lo que  llamamos desafección. Hoy los gerentes de los hospitales, por lo general, son prebostes de la casta política, de los del carnet en la boca, que se van rotando cada cuatro años más o menos -material fungible- y cuyos objetivos suelen ser cumplir las órdenes de "arriba" y procurar que los trapos sucios no salgan mucho en la prensa. En cuanto a los jefes de servicio y de sección, se están extinguiendo los de "pata negra", aquéllos que ganaron su estatus mediante oposición y han gozado siempre de un reconocido prestigio. En la actualidad, el jefe "tipo" que eligen los gestores suele ser un médico sin plaza, de menos de cincuenta años, cuya docilidad ha de ir necesariamente ligada a su precariedad contractual. Y estos gestores y jefes tienen bien aprendida la lección de los números, la cantidad sobre la calidad. La cultura asistencial que domina en mi hospital es resolver pronto, dar altas rápidas, proporcionar estancias cortas, venga vamos, el siguiente, no hay que pararse tanto, ya se verá más adelante en la consulta... Esta manera de actuar ha propiciado, creo yo, la sustitución del juicio y razonamiento clínicos (proceso necesariamente reposado y concienzudo) por la solicitud a la defensiva de pruebas complementarias. Y lo peor es que los residentes lo están aprendiendo. No, no me gusta lo que veo. Por otra parte se ha creado un ambiente sanitario de sentimiento de maltrato crónico. Es algo natural. Gestores y sindicatos se han mostrado la mar de dadivosos con los trabajadores, pero sólo de "boquilla". La Administración siempre pregona que su principal capital son sus trabajadores, pero éstos sentimos que no es así, que sólo es simulacro, propaganda barata. ¿De qué nos valen tantos días moscosos, días de vacaciones adicionales por antigüedad, días porque se opera tu suegro, días salientes de guardia, días... todo ello derechos legítimos, si luego no da cobertura suficiente para desarrollar el trabajo que se queda sin hacer? Al final, o no se hace o se lo tienen que repartir los compañeros. Y ya por último, lo de los recortes y los contratos al 75 y al 50% ha terminado por dar la puntilla.

La sociedad del bienestar nos ha hecho a todos más relajados. A los médicos, también. Eso se nota mucho en el trabajo diario. La gente no quiere problemas ni comeduras de coco. Queremos, lógicamente, disfrutar como todo el mundo, de nuestro tiempo libre, y no estar todo el día agobiados por un caso o estudiando a todas horas como hacíamos antes. Nos encontramos cómodos haciendo lo habitual, lo conocido, lo de todos los días. Es humano, y los médicos somos hombres y mujeres. Por difícil y compleja que sea, la tecnología médica acaba convirtiéndose en rutina. El radiólogo intervencionista, el cardiólogo o el neurocirujano, por poner ejemplos más llamativos, hacen cosas realmente increíbles, de ciencia ficción. De altísima escuela. Todos los especialistas, en general, poseen un grado excelente en su cualificación profesional. Pero nos hemos acostumbrado al "caso normal" "al paciente tipo" . Cualquier caso más complicado o más extraño -cosa que antes suponía un reto interesantísimo de estudio y de discusión- hoy lo espantamos hacia otros servicios u otros compañeros con la chirriante coletilla de "esto no es mío". Huimos de lo que no conocemos. Así que aquellos pacientes cuya enfermedad o dolencia se sale del guión previsto lo pasan mal por no encontrar un médico de confianza y de garantías que se haga cargo de sus cuidados. Se sienten como pelotas rodando de un lado a otro.

En fin... me conocéis, sabéis que soy hombre positivo y optimista. Solo que en lo que toca a  mi oficio soy muy crítico y exigente. Conmigo, el primero.

Bueno, ya llegarán otros días en que os anime a seguir creyendo en nosotros y en nuestro sistema. Hoy he cogido un catarrazo hospitalario de mil demonios.



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lunes, 31 de agosto de 2015

Hortaliza erótica

De vuelta de las vacaciones y sin ningún premio de la ONCE que aligere la carga de mi desgana os voy a relatar el último incidente ocurrido en el Tomillar justo la misma tarde del pasado 14 de agosto, día en que tomé la segunda parte del descanso estival.
 
El hombre es un anciano enjuto y fuerte, de éstos que jamás ha pisado un hospital. Un viejo sano de cualquiera de nuestros pueblos. Su hija lo ha llevado a las Urgencias del Valme porque lleva dos días desvariando con fiebre alta. Allí lo han diagnosticado de neumonía y lo han derivado al hospital del Tomillar, destino acordado para los enfermos muy mayores o muy malitos -los sin remedio- que no vayan a precisar de aparataje, quirófano ni pruebas médicas complejas. 
 
Y ahí me tenéis con Manuel. Las cinco y media de la tarde. Y sin siesta ni ná. Con dos cojones.
 
Después de la jornada de mañana en Valme, vete al Tomillar, almuerza un plato de gazpacho fresquito, un filete de pollo empanado y una nectarina; échate un ratito en un sofá reclinable de escay pegajoso y espera impaciente la primera llamada de la enfermera anunciando la llegada del primer ingreso... y luego, la del segundo, el tercero, el cuarto... Hasta diez pacientes hemos llegado a tener alguna tarde. Esto sólo es un día en semana, no vayáis a creer que es un diario. Sería imposible. Con todo, resulta pesadísimo para un hombre de mi edad acostumbrado a echar el resto por las mañanas y dedicar las tardes para el asueto y el estudio tranquilo. Lo peor, la siesta. La falta de siesta.
 
La hija de Manuel ya me lo advierte nada más entrar en la habitación, "Doctor, tenga usted cuidado que mi padre tiene un carácter muy fuerte y es muy mal hablado. No le eche usted cuenta, por favor, que es que se le ha ido un poco la cabeza con esto del ingreso".
 
Me acerco precavido. Manuel mira a su hija como pidiéndole explicaciones de por qué se encuentra en este sitio y no en su casa; luego se vuelve para mí y gruñe. Desnudo en la cama, tiene toda la sábana arrollada en lo hondo; hasta el  momento está respetando el pañal que le cubre sus partes. Arroparlo la hija y tornar la sábana a los pies es todo uno. Es rapidísimo el puñetero.
 
-Buenas tardes, Manuel.
Me mira con intención de agredirme, como si me hiciera culpable de su situación. No me responde. Me dispongo a auscultarlo y entonces salta.
-A mí no me toca nadie.
-Papá, que es el médico -media la hija.
-Mi médico está en el pueblo -grita.
-Ya, pero yo soy tu médico de aquí, en el hospital.
 
Permanece un instante pensativo. Ha relajado la boca y su mirada es más tranquila. Da un largo suspiro.
-Bueeeeno, venga.
 
Me deja auscultarlo sin oposición. Aprovecho la marea favorable y le toco el vientre, le levanto el pañal por delante para asegurarme de que no haya globo vesical ni hernias en las ingles. Naturalmente no voy a provocar tanto como para intentar un tacto rectal. Ni ganas que tengo tampoco. Pronto acaba la buena racha. Regresa la fiera.
 
-Ya está, ea, sacabó lo que se daba.
-Muy bien Manuel, muchas gracias. Ya solo me queda que me enseñe usted la lengua. A ver, saque usted la lengua.
 
Se me queda mirando extrañado sin acertar a comprender mi petición. En su delirio febril pudo creer que se trataría quizás de una broma o de una tomadura de pelo, qué sé yo.
 
-¿La lengua, dice?
-Sí, la lengua, sáquela usted afuera.
 
Mira un momento a su hija, menea negativamente la cabeza, se vuelve hacia mí y suelta un exabrupto graciosísimo.
-La lengua no, ¡er nabo le voy a sacar!
 
La hija no daba crédito y se deshacía en disculpas mientras yo me reía a carcajada limpia de tal ocurrencia.
 
-No te apures mujer, esto son cosas de la edad y de la confusión mental por la fiebre. Es muy normal, no pasa nada, nosotros estamos muy acostumbrados, de verdad...
 
Se me hizo la tarde la mar de llevadera gracias a este incidente tan gracioso imaginándome a mí mismo de muy viejito, verde y rabioso. ¡No le queda ná a mi Meli!

miércoles, 5 de agosto de 2015

El vendedor de simpatía

En Pamplona anda por estos días un vendedor de la ONCE muy particular. Tan especial que ha sido capaz de endosarle a mi hermano Frasco cuatro décimos. Jamás de los jamases este hermano mío ha metido nada en loterías, juega en Navidad con décimos o participaciones regaladas por sus pacientes. Más o menos como un servidor, pero más rácano aún. Pues este hombre lo ha llevado al huerto.

Es un artista, las cosas como son.

A las cuatro de la siesta del único día de Julio que ha hecho calor en Pamplona y recién salidos del restaurante del menú a 10,90 -buenísimo, por cierto-, íbamos calle arriba bromeando con las ocurrencias de mi cuñada Sami con el camarero que nos ha atendido. En el repertorio del menú una de las opciones para el segundo plato era "alitas de pollo".
-Repítame los segundos, por favor, que me he distraído y no me he enterado -le dice la Sam al camarero. Y éste, muy bromista, le va pregonando el listado.
-Lasaña de carne, revuelto de morcilla, chuletitas de cordero, filete de ternera, entrecot, merluza en salsa, alitas... -Y sin dejarlo terminar mi cuñada salta:
-¿Las alitas son de pollo? -Y el camarero, la mar de serio:
-No señora, son de cordero.
-Ah! Pues entonces, no.
Estos navarros tienen un humor distinto al nuestro. A nosotros se nos ve venir, nos reímos antes de acabar el chiste. Estos de aquí, no. Te la pegan porque se quedan serios, como si la cosa fuera verdad. Tuvieron que pasar algunos segundos de zozobra sin saber realmente si echarnos a reír o qué. Hasta que el hombre dice:
-Pues claro que son de pollo, mujer. ¿En Andalucía hay alitas de cordero quizás?

En ésas estábamos cuando un mozalbete espigado y desenvuelto se acerca y saluda a mi sobrina Marisita, de preciosos y coquetos quince años, como si la conociese de siempre.
-Jovencita -la espeta sonriente-, ¿qué harías si te tocasen veinte millones de euros, eh?
-¿A mí? -pregunta ella extrañada de que un desconocido la aborde de esa manera-. Pos yo me iría a EuroDisney -contesta con ese desenfado que hoy maneja la gente nueva.
Se acerca mi hermano a ver qué está tramando su hija con un lugareño.
-Nada señor -se disculpa el mozo, aquí estoy tratando de que su hija, preciosa, consiga su sueño, viajar a Eurodisney.
-¡Y cómo es eso?
-¿Cómo va a ser? Cuando le toquen los veinte millones de euros en este número que usted le va a comprar, claro.

¡Milagro de san Ignacio! (creo que era el día de su onomástica). Mi hermano saca dinero del fondo común y compra no uno sino cuatro números, uno para cada familia. ¡Lo nunca visto!
-¿Qué mosca te ha picado, tío? -le digo.
-Ea, la casa por la ventana.
 
Y nos volvemos para Elizondo a echar la siesta en nuestra casa rural haciendo cábalas secretas sobre el destino que le vamos a dar a la burrada de euros que vamos a ganar ya mismo.
 
Regresan mis hermanos y sus familias respectivas a nuestra tierra y la Peque y yo nos rejuntamos con nuestros amigos de Sevilla que justo el mismo día vienen a otra casa rural en Erratzu. Días más tarde volvemos a Pamplona con ellos.
Y en esto que, nuestras mujeres de tiendas, estando los hombres tomándonos unas cervecitas y unos pinchos en la misma puerta de un bar de la misma calle de antes, la calle Estafeta, se nos presenta de improviso un joven elegante y la mar de espabilado. Nos ofrece su mano a modo de saludo mientras nos promete el mejor de los seguros de jubilación: veinte millones de euros.
 
-¡Un momento, un momento por favor! -le interrumpo su discurso-. Perdóname, pero ¿no me reconoces?
El muchacho se queda mirándome un rato cerrando un poco sus ojillos de pícaro como si así, de esta guisa, fuera a avivar su memoria.
-No, no caigo -responde al fin.
-Hace escasamente tres días nos vendiste a mis hermanos y a mí cuatro números, tío. En este mismo sitio.
-Ahhhh, es verdad, ya está: que veníais medio achispaos y traíais a una chiquilla morena que quería ir a EuroDisney!!!
-Exacto!
 
Y nos encasquetó otros cuatro números.
 
-Eres un artista, chaval.
 
Se sentó con nosotros. No aceptó una cerveza "porque estoy trabajando". Nos contó a instancias mías que es un estudiante de empresariales y que está haciendo un máster de gestión en Pamplona. A mi pregunta sobre si era vasco me dice el tío "Usted me ve pinta de vasco, un muchacho tan elegante y bien arreglado como yo?. ¡Qué va hombre! Soy madrileño". "¿Y por qué vendes cupones si no se te ve ninguna limitación física ni, desde luego, mental?". "Soy sordo" -nos dice mientras nos enseña un pequeño aparatito protésico detrás de sus orejas. "Nadie lo diría, chaval". Y se explayó con nosotros fantaseando con proyectos de su futuro. Pretende ser un emprendedor, fundar una empresa inmobiliaria en Madrid que se dedicará a rehabilitar pisos antiguos y ruinosos y ponerlos luego a la venta. "Tú eres capaz de venderle una burra penca a un gitano" -le dice el Ojeda. Y es verdad.
Se despidió muy cortés. Y lo vimos subir y bajar por la calle Estafeta. Y en cada puesto donde paraba acertaba a colocar sus cupones. Y departía amistosamente con la gente.
 
Porque no sólo vende cupones, vende su compostura, sus hechuras y su simpatía.
 
Os avisaré si nos toca algo.

jueves, 16 de julio de 2015

Julio: calor y contrastes

Muchachos, me voy de vacaciones. Pasaremos el fin de semana en Benalmádena con nuestro nieto Lucas y sus padres, y luego subiremos con mis hermanos y algunos  amigos hasta el norte de Navarra, en la misma raya con Francia. ¡Ya está bien de calor africano! Es nada, en agosto vuelvo a la tarea.
 
Antes de irme quisiera compartir con vosotros estas reflexiones improvisadas acerca del verano. Cosas que se me ocurren por la calor.
 
He descubierto la bondad de los ventiladores. Como sabéis, hemos puesto ventiladores de techo en el pisito de Triana en vez de aire acondicionado. Una bendición. Fresquito natural que me permite dormir a gustito en pelota, incluso arropándome con la sábana a media madrugada. Medio culo dentro, medio culo fuera. Hasta que se despierta la Peque en uno de mis vuelcos, agarra el mando a tientas y lo desconecta. "Me da susto -se pone-, no vaya a ser que se descuelgue y nos degüelle". Ea.
 
En agosto, frío en rostro, dice el refrán. Es verdad. La calor verdadera ocurre en junio y en julio. Y no sólo este año. Lo de este año ha sido una pasada, hombre. Ayer tarde, sobre las nueve de la noche, los termómetros callejeros marcaban 41 grados en los jardines del Cristina. Tío, al lado del río. ¡41 grados! Cuando salgo del hospital, ni te digo: 46 grados en la calle. Mi perra, la Pelusa, se ha negado en redondo a salir a pasear conmigo por las noches. Cuando ve que busco el arnés y la correa se esconde debajo de la cama. Y al ratito asoma tres aceitunas negras pegadas en el algodón de su cara.
 
Julio es un mes tórrido por éstos nuestros lares. Tengo sensaciones contrapuestas para con este mes séptimo del calendario. Recordamos algunas muertes de jóvenes del pueblo en accidentes laborales, algún ahorcado en los olivos, la decapitación por hacha de José "Gitano" que tantas veces le he oído contar a mi padre, la muerte de mi propia hermana, los incendios de trigales en la Capilla... Un mes, en fin, de desdichas. Sin embargo, un mes felicísimo por otra parte: el meollo de las vacaciones; todas las tardes en el río; el cine de verano en el patio de Ignacio, a peseta y llevando la silla; el sentarse al fresco toda la casa y la vecindad hasta las tantas, los chaveas en la "graílla", los mayores en las butacas o en las sillas bajas; la Casera de limón fresquita "ancá" "La Chorro"; la siega y la trilla con mi padre, el picor de la paja en la era; la choza en el campo, el dormir al raso, los melones tempranillos... Pocas cosas más naturales y refrescantes que encontrar el melón que buscas en la mata al amanecer el día y oírlo crujir y partirse de salud delante tuya  mesma. Y luego que Julio tiene dos de las festividades más celebradas en mi pueblo, por lo menos antes era así: la Virgen del Carmen y el día de Santiago, días marcados por las mocitas para estrenar oficialmente la nueva moda del verano como anticipo para  la Feria. El día en que  el frío y despiadado olvido del Alzheimer llegue a mi casa para quedarse y barra de mi cerebro tantos y tan bonitos recuerdos me conformaría con que respetara, aunque sólo fuera eso, aquella tarde del 25 de julio del 72, día de Santiago, cuando me hice el encontradizo con la niña del "Araíllo" que bajaba Molina abajo hacia la carretera estrenando unas piernas de ensueño y de pecado embellecidas y alargadas más de lo natural por un vestido corto y ceñido de azafata.
-¡Qué haces aquí solo? -me dice.
-Aquí... -no me sale nada, Dios, ¿qué le digo?-, aquí... esperándote - le suelto. ¿Y tú? ?Dónde vas sola?
-Buscándote -se ríe la desvergonzada.
 
Aunque ya veníamos tonteando, yo creo que esa tarde comenzó nuestra gran y emotiva aventura. Le llamamos nuestro verano loco. Os recuerdo que por entonces yo todavía era seminarista.
 
Julio tórrido, mes de contrastes. Y de amores.
 
 
Hasta la vuelta. 

domingo, 28 de junio de 2015

Memoria rencorosa

Hay personas tan celosas del decoro de sus seres más queridos o del suyo propio que jamás admitirán una opinión contraria, un consejo bien intencionado o un comentario, ni siquiera jocoso, que pudiera atentar contra aquél. Sin ir más lejos, mi cuñada Ana María le hace la cruz de por vida a cualquiera que se le ocurra poner en entredicho alguna tropelía de su marido. Incluso nosotros, los más íntimos, ¡coño!, los hermanos de Manolo, tenemos que medir con mucho tiento el verbo y el adjetivo si hablamos de él delante suya. Una leona defendiendo a su león.
 
Viene esto al caso de esta misma mañana. Poca, muy poca gana tenía yo de ir a Dos Hermanas a comprar los ventiladores de techo, la última -eso dice la Peque- de las compras "gordas" de nuestro piso de recién casados. He amanecido con la resaca propia de los excesos culinarios, posturales y calurosos de una boda nocturna (no te rías Frasqui, que te estoy viendo...), de ésas bodas modernas de las de todo el tiempo de a pie, una y no más, y por si eso no fuese suficiente, ahora en la calle, 46 grados al sol del mediodía. ¿Quién va a tener disposición de coger el coche para ir a la tienda de ventiladores en Dos Hermanas? ¡Que quién? La Peque. "¡Pues déjala que vaya sola, so güevón!" -me diréis algunos. Sí, podría ser, pero luego vienen mis remordimientos y sus reproches encubiertos cuando ya no hay remedio de remediarlos. Me compara con Jaime, que acompaña a su Paqui a cualquier tarea por tediosa que sea, incluso a ensamblar muebles del Ikea, la tienda más odiosa y fraudulenta que yo haya visto nunca, pagas y, encima, tienes que  montar los muebles; o con mi hermano Juan, que no sólo acompaña sino que alienta a su Juana a comprar con ánimo audaz recomendándole y todo que compre cosas caras, que lo barato sale caro, mira tú qué valor de hombre; o con el mismo Frasqui, amo de casa que le procura a su Pilar cualquier comanda, que friega y limpia mejor que la mejor de las domésticas y que hasta sabe planchar, tío, y que plancha. La mayoría de mis amigos son muy malos ejemplos para mi paupérrima condición doméstica. Menos mal que siempre me quedará "el Pintor".

Hemos dejado a unos ojerosos Pilar y  Frasqui en Santa Justa para que se vayan a descansar a su casa, es la una de la tarde, el sol pega desde todo lo alto y la atmósfera reverbera de calor. Fresquitos en el coche uno va pensando que igual la Peque cambia de opinión y manda tirar pa casa. En esos momentos tensos en los que a ella le asaltan  las dudas lo mejor es no piar. Yo, callado y aparentando normalidad. Si comento algo favorable al sí le estoy arrimando el ascua a su sardina; si, por el contrario, se me ocurre referir algún pero entonces reacciona rápido en mi contra. Diga lo que diga será fatal. Calladito. Y canturreando. Como si nada. Tiene que ser canturreando algo de Perales, de los Beatles o de Serrat, melodías que más me serenan. Si me pongo a silbar se mosquea, sabe que estoy disimulando algo. Son cuarenta y tres años juntos. Conduzco pausado, como quien espera órdenes, como si estuviese pasando el examen del carnet de conducir pendiente del ingeniero. No cae la breva. En un momento determinado parece salir de sus reflexiones. Mira su reloj. "Son la una y cuarto. Nos da tiempo de llegar, sí". Será tonto que yo pregunte llegar dónde Peque, de manera que me hago el valiente y le contesto "Pos vamos pallá". Con dos cojones.

Hemos tenido suerte. En la tienda hay tres chicas y nos atiende la más despabilada -pa mí también que la más güena-. Ha sido una operación rápida, no más de media hora, un ventilador de techo para cada una de las habitaciones, con sus lámparas y bombillas, claro está. La Peque -es de suponer- se ha quedado con todas las instrucciones y leyendas relativas a la instalación y uso de los aparatos que la empleada iba dándonos mientras yo me quedaba tasando sus hechuras y su tipo garboso cada vez que se agachaba y levantaba. Los hombres, tontos del culo que somos. Me hizo gracia que la chica se llamara Valme, nombre, por otra parte, bastante frecuente en Dos Hermanas. Y se me ocurrió comentarle cosas de ese nombre, que si proviene de los tiempos de la conquista de Sevilla por Fernando III el Santo, con aquella súplica-jaculatoria de "Virgen Váleme", que si tantos comercios y locales llevan ese nombre, que si hasta el hospital donde trabajamos se llama así... Y entonces, la señorita se me queda parada, me mira muy fijamente, como si quisiera escudriñar por detrás de mis ojos, de esas miradas tan intensas y seguidas que te incomodan. Y al fin, me suelta:
-¡Usted trabaja en Valme?
-Sí, desde hace treinta años.
-¿En medicina interna quizás?
-Vaya que sí.
-Bueno, bueno, bueno... -se ríe la joven-. Usted es el doctor Rivera ¿a que sí?
-El mismo.
-No me lo puedo creer. Claro, así, con esta pinta que trae usted, con la gorrilla, el pantalón corto... ¡cómo lo iba  a reconocer!
-No es lo mismo que con la bata, ¡verdad?

Mientras prepara la factura veo que no para de sonreír y de mirarme de reojo, como si se le quedara algo en el tintero.
-Usted era el médico de mi madre, ya hace por lo menos cinco años que le dio el alta. Ella habla maravillas de lo atento y bueno que fue con ella. Yo sólo fui una vez a la consulta acompañándola.
-¿Y de una sola vez te acuerdas de mí? No me tenía yo por tan guapo e interesante.
-No es eso hombre -se sonroja un poco-, es que me dijo usted una cosa de ésas que las mujeres no olvidamos... Me cayó malamente, ea, que lo sepa.
-¿Qué fue?
-Pues na, que mi madre era, bueno y sigue siendo, muy obesa. Y usted le traía una... siempre con la tabarra de la gordura. Y ese día que yo fui me miró usted a mí y va y me dice: ¿Tú eres su hija? Sí, le contesté. Y entonces se pone: pues que sepas que como no pongas remedio tú te vas a ver igualito que tu madre. Y todo porque me vio usted un poquito de barriga. No se me ha olvidado. Con todo lo que yo me cuido, me sentó mal que me dijera eso.
-Vaya por Dios, es verdad, reconozco que en ocasiones soy demasiado imprudente. Pero fíjate, te sirvió de algo, mira lo tiposa que estás ahora, eh.
-Pero si yo siempre he sido delgada. En aquella ocasión me pilló usted recién parida y no había soltado todavía la barriga, hombre.

Hay que ver... Por un lado que es verdad que el mundo es un pañuelo, y por otro, lo rencorosa que es la memoria de las mujeres, eh muchachos.