martes, 29 de abril de 2025

Historias paralelas del apagón

Son las 11 de la mañana del día de después. Acaba de llegar la luz a mi pueblo. Cuando yo era un crío la luz llegaba a las 8 de la tarde, que era cuando era menester. Hoy, según parece, no podemos vivir sin ella.

Todo bien: mis dulces no se han descongelado; mi sobrina María consiguió llegar al pueblo a trancas y barrancas a las tantas de la noche, mis amigos Paqui y Jaime aguantan insomnes en la estación de Sants de Barcelona y mi amigo Pepe Esquinas acaba de entrar en el quirófano para operarse de su hernia. 

Hoy, pasada la tormenta, todo nos parece hasta gracioso, ya circulan chistes por las redes culpando del apagón a la prueba del alumbrado de la feria de Sevilla con tantas bombillas y freidoras, y fotos de Putin bajando los fusibles de la luz. Vista la cosa desde la corta perspectiva de sólo un día, todos tenemos la impresión de que pudo más en nuestra angustia la falta de comunicación que la propia falta de luz. Y lo más positivo: todo un día sin llamadas de spam. Pero vámonos al día de ayer.

A las 12,45 horas, terminada mi partida de golf, llego a mi casa seguramente al tiempo en que los trenes y los ascensores se paran en seco y que Pepe recibe un mensaje en su wassapt en el que se le retrasa la intervención programada para hoy. 

"Se ha ido la luz me dice la Peque, mi hermano no ha podido sacar su coche del garaje y se ha llevado el mío para ir a recoger a su María que viene de Granada". Me extrañó un poco que en la casa de campo de Antequera donde compro en negro los huevos camperos de gallinas no inscritas (clandestinas) tampoco hubiese luz. La dueña no respondía a los timbrazos y hube de emplear los nudillos a la antigua usanza para llamar a la puerta. "Perdona José María, es que me he quedado sin luz y sin móvil ahora mismo". En Palenciana se va la luz a ratos cada dos por tres, pero qué casualidad que también en Antequera. El colmo fue cuando mi sobrina Rocío viene a mi casa y dice que la ha llamado un amigo de Barcelona y le ha dicho que no hay luz en toda Cataluña. Ya me mosqueé de verdad.

A esa hora, Pepe Esquinas intentaba repetida e inútilmente comunicarme su frustración por la anulación de su quirófano, mi cuñado Antonio deambulaba nervioso por la estación de Antequera sin noticias de su hija y Jaime y Paqui eran descargados en un terraplén como mercancía fungible en las cercanías de Zaragoza. Todos ellos ya conocían lo que estaba pasando, pero yo aún no.

Me voy al coche y pongo la radio: apagón general en toda la península. Gente atrapada en trenes, en ascensores, colapsos en tiendas, en hospitales y en la circulación de grandes ciudades... Se me vienen a la cabeza cosas malas, que mi hija se haya quedado atrapada en el ascensor de su bloque, que se trate de un ataque terrorista y me acuerdo del famoso kit de supervivencia, que tengamos corralito en los bancos y no pueda sacar dinero y me ha pillado sin blanca en la casa... Algo muy gordo tiene que estar pasando. Nuestra imaginación está mucho más entrenada para lo malo que para lo bueno. Cuando imaginas que te va a tocar la lotería o el cuponazo sabes que se trata de una fantasía, pero cuando piensas en un ciberataque terrorista lo vives como una realidad aplastante e irrefutable.

Peque, ahora mismo nos vamos para Antequera, a ver cómo están los niños.

Y ella, tan tranquila:

Primero vamos a comer, que lo que sea que esté pasando nos pille comidos.

En minutos, el mundo se te viene abajo y compruebas con cierto desencanto la enorme dependencia que tenemos de la tecnología y la relativa facilidad con que elementos naturales, fatalidades imprevistas o gentes fanatizadas por ideologías pueden no sólo desquiciarnos, sino incluso aniquilarnos. Avisos tan graves como la pandemia reciente o este mismo de ayer deberían alertarnos seriamente sobre nuestra contingencia, nosotros los humanos que nos creemos el centro del Universo y somos apenas minúsculas criaturas pretenciosamente endiosadas.

Con el último bocado partimos hacia Antequera con nuestro pequeño hatillo de pastillas, alguna muda y nuestra perrita, por si las moscas. La radio nos tranquilizó: ya había luz por el norte de España y por algunas zonas del sur, la cosa se iba a solucionar en pocas o muchas horas... Y, por supuesto, mi Carmen no se había quedado atrapada en el ascensor. Dormí mi siesta reglamentaria, mis nietos se revolcaron conmigo hasta romperme las gafas y nos volvimos al pueblo, sin luz, pero la mar de contentos.

Minuto arriba, minuto abajo, por ese tiempo mi sobrina María tenía ya la espalda quemada del sol de la vega granadina. Su tren paró cerca de Villanueva de Mesía, la mayoría de la gente, estudiantes universitarios que fueron alojados más tarde en sendas naves industriales de esta localidad y de otra cercana, Tocón. Ella lo cuenta como una aventura inesperada y enervante. Cientos de criaturas hacinados en un local a oscuras. Y lo que más le llamó la atención fue la respuesta inmediata de los lugareños que se presentaron con mantas, agua, bocadillos y chucherías por si había niños pequeños, que los había. En el tren, mi sobrina había pegado hebra con otra joven desconocida que vivía en Loja. Los padres de la muchacha supieron milagrosamente el paradero en Tocón y fueron a buscarla. Y la muchacha invitó a mi sobrina a irse con ellos. Y ella, encantada de la vida. Después de recorrer las distintas estaciones en Antequera, Loja y Villanueva, mi cuñado logró averiguar el paradero de su hija en Tocón, pero cuando, por fin, a las 10 de la noche llegó a la nave un agente de protección civil le comunicó que esa muchachita bonita y de ojos grandes se había marchado con otra familia a Loja. Y ya, desanimado, cansado, hambriento y sabedor de la seguridad de su hija, se volvió para el pueblo. Y al llegar a su casa se topó con la enorme sorpresa de que su hija había llegado antes que él. La familia de Loja la acercó hasta Palenciana. "Si le hubiese pasado a mi hija, yo agradecería mucho que hubiesen hecho lo mismo con ella", sentenció la mujer. Somos muchos más los buenos que los malos en este mundo, pero los buenos no mandamos. Ese es el problema.

Peor, mucho pero les fue a Paqui y a Jaime, mis amigos viajeros que se las prometían tan felices camino de Carcassone y estuvieron todo el santo día tirados en terraplenes, a la intemperie, en tierra de nadie entre Zaragoza y Barcelona. Bien ordenados y asistidos por un excelente equipo de bomberos, es verdad, pero en medio del campo abierto sin arboleda ni sombras donde refugiarse del sol candente. Pero en todo podemos encontrar cierto encanto: Jaime me contaba hoy al mediodía la buena camaradería con tantos otros pasajeros, la mayoría de ellos catalanes que venían de Sevilla con el contento de haberle ganado al Madrid, que eso, para ellos, culés aferrados, lo repetirían mil veces con tal de traerse a casa la victoria, mira tú qué fanfarrones, el año que viene se van a enterar... También el sentimiento tan agradable de solidaridad y apoyo mutuo entre desconocidos, jóvenes que ayudan a viejos a bajar del tren, que cogen en brazos a niños pequeños para que las madres puedan siquiera desperezarse, gente que comparte fruta o bocadillos. Porque lo natural entre las personas es eso, ayudarse mutuamente. Lo más gracioso, según Jaime, eran los corrillos que hacían las mujeres entre ellas para ir a mear, que los hombres sacaban la churra en cualquier apartadillo. Y a las cuatro de la madrugada, ya con luz eléctrica, el tren los llevó hasta la estación de Sants en Barcelona. Y ahí siguen.

Mi amigo Pepe Esquinas anduvo todo el tiempo en su casa de Córdoba sin ningún otro desvelo que su operación presuntamente parada y su impotencia para comunicarse conmigo. Esta misma mañana, a las siete de la madrugada, y en ayunas como mandan los cánones sanitarios, ya estaba en admisión del "Reina Sofía", por si sonaba la flauta. "Ya le advertimos ayer que no iba a poder ser, caballero, que solamente se atenderán las intervenciones de urgencia, no las programadas". Y nuestro hombre, educado, muy educado, pero tan educado como tozudo: "lo comprendo, señorita, pero, por favor díganle ustedes al doctor que estoy aquí preparado, que he venido". ¿Digo si lo han operado! El primero que ha entrado en el quirófano.

Anoche, sin tele ni Netflix, me acosté a las 10. La Peque, mis cuñadas y mi sobrina Rocío se quedaron esperando a María sentadas en la mesa camilla a la luz de unas velas. Las mujeres, siempre tan protectoras, tan unidas en la adversidad, tan fraternales... La sororidad. ¡Qué palabro más difícil, pero más significante!

Y la noche, la negra noche no pudo tener un mejor fin cuando al meterse en la cama mi mujer va y me dice: "Sema, yo creo que sin luz y sin tele el índice de natalidad en España subiría como la espuma". Iluso de mí, quise entender una indirecta y, ya casi dormido, se me desperezó el pajarito. "Pero nosotros no estamos ya en edad fértil". Y de esta lacónica manera cerró cualquier posibilidad de desahogo.

Y colorín, colorado...



  

viernes, 18 de abril de 2025

Jueves Santo: la emoción que retumba.

No es que esté borracho. O puede que sí. Pero no de vino ni de aguardiente. Si acaso, de borrachuelos de miel y de café con leche. No recuerdo haberme sentido tan excitado durante toda una mañana, como la de hoy de Jueves Santo. No estoy acostumbrado al café, eso ha debido de ser.

Luego, pasado el ardor guerrero, en el duermevela de mi siesta he visualizado las emociones de una mañana muy movida: un escenario diez o doce  veces repetido. Las dianas a los jefes de la Centuria. La primera, en casa de Manolo Pirreño, a las ocho y media de la madrugada. Con el estómago vacío suena más intenso el retumbar de los tambores y los chirridos de las cornetas, como gritos desgarrados de plañideras histéricas ante la muerte que se nos avecina mañana mismo.

Terminada la primera diana, charlo animadamente con Cristóbal, con Rafael, con Cipriano...mientras delecto con gusto mi primer rosco frito mojado en café con leche y un borrachuelo benjamín entre cuyos pliegues se esconde una almendra frita. Y vamos a la siguiente.

Como cada año, la diana en casa de Frasqui de Blas se alarga hasta las tantas. Josefina de Blas y Rafi del Chiqüelín se las apañan como nadie para organizar declamaciones de poemas sagrados y populares y simulacros de Los Pregones, como si ya estuviésemos todos los presentes entrando en la segunda fase de la embriaguez colectiva, la de los cánticos regionales. Me hicieron ( y yo me dejé con gusto) cantar el pregón de La Sentencia, que lo bordé, las cosas como son. Y luego siguieron Mari Gracia, Antonio Castro, Manolín Pinto y Ángel con otros pregones y una saeta, con desigual suerte. Se conoce que no lo tienen tan trillado como servidor.

En la diana de José Manuel "El Pichi" me encontré con Manolo Cañete, un amigo de la infancia, hijo de guardia civil, que abandonó el pueblo a los catorce años, pero que vuelve cada año por estas fechas "porque esta Semana Santa" es mía, es la mía, la que llevo grabada a fuego. En esta misma calle jugábamos a la pelota y de esta puerta de aquí salía Mari Gracia la de Aurelio a quitárnosla para que no le diéramos pelotazos a su fachada, ¿te acuerdas?"... 

Y por fin, la ceremonia que culmina la mañana: la recogida de la bandera de la Centuria. Es una liturgia laica que aglutina a todo un pueblo en la calle de Carmencita de Santiago, arropando con sus aplausos encendidos el marcial desfile de los soldados hasta la Casa Grande de los Santiagos donde se custodia la bandera. Un ritual de más de un siglo de vida que simboliza mejor que ningún otro la identidad religiosa y festiva de nuestra gente.

Y uno irremediablemente regresa al pasado. La Semana Santa es para nosotros los viejos una vuelta a los orígenes, a la emoción tierna y fresca de una infancia nostálgica que nos retumba en el estómago con cada golpe de tambor; al monaguillo que no apuraba las vinajeras porque -decía- sabían a sangre -la sangre de Cristo-; al "niño, tira paentro, que te vas a librar hoy por ser el día que es" (abuela dixit); a los mantecosos y borrachuelos; a mi chacho Antonio Hurtado, el cabo gastador más divertido e indisciplinado que haya desfilado en la Centuria; a las saetas de Navarrillo; a la seriedad jerárquica de Antonio Juanito y del Chiqüelín; a Manolo Porrera, imponente paseando la bandera; al nazareno con su cruz que desde El Berrinche bendecía olivares y pujares; al púlpito severo de un cura ladino que señalaba con su dedo; a la turbación del seminarista de primer año ante los muslos, desnudos por el viento, de su musa de adolescente, tan carnosos, tan fugaces...

Sin querer, sin poderlo remediar, como cuando canturreo conduciendo, como una cosa que fuese automática, me sorprendo marcando el paso en mi sitio, en la puerta de la Casa Grande, casi casi mentalmente: la izquierda, al redoble del tambor.

Y mañana, Las Siete Palabras.

miércoles, 26 de marzo de 2025

¿Qué hace un internista?

 

A lo largo de mi vida médica he escuchado en muchas ocasiones a algunos de mis compañeros que intentan definir al internista como una especie de director de orquesta: el que decide cuándo entra en acción este especialista o éste otro; el que indica tal o cual intervención; el que conduce el debate… No me gusta el símil. Sobre todo, porque, en mi opinión, no se ajusta a la realidad actual. Me resulta más atractivo pensar en el internista como aquel mecánico de taller antiguo que te arreglaba el coche sin más tecnología diagnóstica que atender tu relato, abrir el capó y escuchar el ruido del motor.

Todo eso, sin embargo, es filosofía. Por lo que sé, los internistas nos esforzamos, sin mucho éxito, en explicar al público qué es lo que somos. Y parece claro que esas explicaciones no llegan a la gente que sigue en las mismas, esto es, sin conocer nuestro quehacer. Creo que en ese sentido hemos equivocado la pregunta. En vez de qué es un internista, deberíamos responder a esta otra, puesto que somos aquello que hacemos: ¿a qué se dedica en la práctica diaria un internista en nuestros hospitales? 

Esta pregunta me la hizo anteayer mientras almorzábamos mi amigo Pepe Esquinas, un luchador incansable en la enseñanza de la necesaria comunión hermanada entre el hombre y la Naturaleza. El delicioso postre de Bienmesabe de mango me abrió las entendederas. Veamos ejemplos prácticos.

Existen muchas enfermedades que no son de un solo órgano, sino que afectan a muchos órganos y sistemas. Se les llama enfermedades sistémicas. El Lupus, la Sarcoidosis, la Amiloidosis, Hemocromatosis, Porfirias, las septicemias, las enfermedades inflamatorias crónicas, las temibles vasculitis, los síndromes autoinflamatorios, las fiebres prolongadas, los síndromes consuntivos, la enfermedad hipertensiva, las trombosis, las antiguas enfermedades psicosomáticas… Son procesos que escapan a la competencia de cualquier especialista “de órgano” y deben ser manejados por el internista, el especialista global.

Algunas enfermedades que terminan siendo de “órgano” (corazón, intestino, cerebro…) comienzan con síntomas muy inespecíficos, difíciles de asignar a ningún órgano concreto en sus inicios. El internista es el médico más adecuado para descubrir la sospecha y orientar al paciente al especialista más adecuado.

Hay bastantes pacientes que hacen acopio de más de dos o tres enfermedades, sobre todo los ancianos. En estos casos, resulta mucho más útil, cómodo y eficiente el manejo por un internista que por cinco especialistas. En general, las distintas patologías que se presentan en la ancianidad tienen unas connotaciones diferenciales muy significativas con respecto a esas mismas patologías en edades más tempranas. Y eso, los internistas lo sabemos de carrerilla.

Los enfermos ingresados en las unidades quirúrgicas no tienen ningún recato a la hora de complicarse cualquiera de sus otras enfermedades previas en el postoperatorio inmediato o tardío. Los cirujanos y los traumatólogos saben latín a la hora de operar, son la repera en el diseño, fontanería y costuras de nuestro cuerpo, pero no les pidas mucho más. No es nada infrecuente que estas unidades dispongan de un internista consultor para atender contingencias esperables o inesperadas.

La pandemia del Covid ha puesto de manifiesto la disponibilidad y versatilidad de los internistas ante cualquier situación catastrófica que pueda presentarse. Somos médicos para todo.

La gran mayoría de las unidades de cuidados paliativos hospitalarias está constituida por internistas. Cualquier enfermedad en sus estadios terminales se convierte en una enfermedad sistémica que no sólo afecta al cuerpo en su totalidad, sino sobre todo al ánimo, al afecto, al sentimiento. Y genera mucho sufrimiento. El sufrimiento no es medible ni abordable con ninguna de nuestras modernas tecnologías. Y allí donde no alcanza la técnica se alza la palabra, el gesto cariñoso, la medicina de los cuidados: nosotros, los internistas.

Y de la misma manera, como internista se comporta cualquier médico, no importa su especialidad, que asista a un paciente desde esa perspectiva abierta e integral, que se interese no solo por el órgano enfermo, sino por la persona enferma, que ponga los medios a su alcance para una asistencia de calidad y que no permita que el uso de la alta tecnología aplicada al enfermo despersonalice su actuación médica

¡Qué bien me ha sentado el postre, oye!!

 

 

                   

 

jueves, 6 de marzo de 2025

Monotonía de lluvia...

-Manolo, ¿Mañana saldremos al campo? -le preguntaban los aceituneros a mi abuelo.

-El tiempo, en el tajo. Pero esta vez me atrevo a decir que vamos a tener por lo menos diez días sin poder salir del cortijo.

Mi abuelo Manolo era el oráculo de La Capilla. La gente se fiaba mucho más de sus pronósticos que de los de Mariano Medina en la tele.

Y estos días de lluvia pertinaz me devuelven a aquellos otros de mi niñez y juventud en los que durante semanas enteras, por mor de la lluvia que no cesaba, los aceituneros tenían que dejar sus varas en reposo y entretener el tiempo poniendo trampas para los pichirubios o perchas para los zorzales y las aceituneras del pío pío, sin fanegas que coger, dedicarse a dar bajeros en las casas, lavar y lavar ropa y ponerla a secar delante de la gran chimenea de la cocina.

Esta mañana, de camino a mi golf, el barbecho que hay antes de llegar a San Benito se veía surcado por grandes arroyones de agua presurosa que casi llega a rebosar por la carretera. Parte de la vega antequerana está inundada por lagunas aquí y allá, y en mi campo de golf, las ranas se divierten saltando de charco en charco como si no hubiese un mañana. Y sigue lloviendo, ahora algo más fuerte, luego, lloviznando, más tarde, nublado, para volver a empezar. Los diez días de mi abuelo. La historia que se repite.

Pero ¡qué alegría de lluvia! Las ranas y los sapos son marcadores biológicos de una buena salud medioambiental. Los niños de antes, sin móviles ni tablets, jugábamos a coger "cabezones" (bebés de ranas, renacuajos) en la laguna que se formaba antes de llegar a la viña de mi abuela. Días pasados, desde Casabermeja a Málaga, me cayó un manto de agua solemne. Sin sustos ni danas. Lluvia plácida y constante con esa nieblecilla húmeda y translúcida que, sin ocultar el monte embravecido, lo transforma en un paisaje mágico donde destaca la nata de los almendros sobre el verdor insultante de las laderas. 

¡Qué bonito es ver llover! ¡Qué agradable el tintineo de las gotas sobre los coches antes de quedarte traspuesto en la siesta fugaz de estas tardes sombrías!

¡Que llueva, que llueva, la Virgen de la cueva...!

¡Que llueva hasta ocho duros!, como decía el chacho José.

 

domingo, 16 de febrero de 2025

Médico sin sus avíos

En una siesta cualquiera, a eso de las tres de la tarde, me suena el móvil en la mesita de noche. Error garrafal que no siempre me acuerdo de corregir: el móvil, lejos de mi cama, ¡hombre ya!

Una prima mía, que si puedo por favor llegarme a su casa, que su madre se ha puesto mu malita y no sabe qué hacer. Que sabe que estoy en mi siesta sagrada, pero que está muy angustiada.

Me alargo, naturalmente. Mis siestas son de veinte minutos, ya casi estaba para levantarme. Últimamente, sin embargo, me recreo en la post siesta, esto es, ya despierto y todo, no me levanto, sino que me regodeo durante unos minutos más en pensamientos y reflexiones muy interesantes: os lo recomiendo. Lejos del ruido ambiente, en el silencio oscuro de mi dormitorio, me siento más lúcido, las ideas fluyen como más transparentes y limpias. No sé, será cosa de la edad.

A lo que vamos: en cinco minutos estaba en la casa de mi tía. Al principio, y conociéndola de siempre, creí que se trataba de una crisis de pánico, ella se pone muy nerviosa cuando le duelen "las cervicales". En la casa tenían Valium 5 y le di a beber dos pastillas. Pero aquello no sólo no mejoraba, sino que claramente iba a peor. Empezó a asfixiarse de verdad, tenía necesidad de respirar sentada y erguida, no soportaba reclinarse para atrás en su cómoda butaca y se le escuchaba desde fuera un gorgoreo en el pecho en cada espiración. Insistí mucho en si le dolía el pecho, y me decía que no. 

Entonces fue cuando empecé a mosquearme de verdad. La mujer llevaba unas semanas muy poco activa, casi todo el rato en el sillón y en la cama por mor de sus molestias cervicales y sus mareos. Lo primero que pensé fue en una embolia pulmonar masiva y lo segundo, en un infarto extenso con fallo ventricular izquierdo. Fuese lo que fuese, la realidad que estaba viendo era lo que llamamos los médicos un edema agudo de pulmón.

Llamé al 061. Enseguida me atendieron. Les expliqué que soy médico y que la situación clínica de mi tía era extremadamente grave: un infarto con edema pulmonar, le dije a la señorita. "Enseguida le mando la ambulancia", me dijo.

La ambulancia, en estos casos, tarda lo indecible, cada minuto se te hacen diez. Eché de menos mi maletín de médico antiguo, con mi esfigmomanómetro, mis seguriles, mis digoxinas, las ampollas de morfina, los trangoreses... Nada, no tenía nada con que poder aliviar el ahogo de esta pobre mujer que, a todo meter, se nos estaba yendo. Llamé a la farmacia del pueblo, a ver si me podían servir morfina en ampollas. No tenían, eso es un medicamento de régimen hospitalario, me dijeron.

A sus 88 años muy bien llevados y sin avisos previos, mi tía, mi madrina de boda, se apagó lentamente apoyada en mi pecho ante el espanto de mi prima y de la mujer que la cuidaba, testigos incrédulos de que una persona que estaba bien pueda morirse en media hora. Cuando al fin llegaron los servicios médicos, mi tía ya había fallecido.

Una embolia pulmonar masiva o un infarto extenso con fallo ventricular izquierdo son condiciones mortales, incluso dentro de los hospitales. Así lo entendí en aquellos momentos tan críticos, tan inesperados, tan dramáticos. No se me pasó por la tela del pensamiento otra cosa que no fuera acariciarla y sostener su cabeza en mi pecho como ayuda piadosa a una muerte en casa, en familia, entre los suyos. Al final di por buena la tardanza de la ambulancia, de haber llegado antes, mi tía hubiese muerto en el traslado al hospital entre gente extraña y puñetazos en el pecho.

Nunca más esto de encontrarme sin mis avíos médicos en una situación crítica. Me haré con un maletín de los de antes. En mi pueblo viven muchas personas mayores que se echan a morir de un momento a otro y a quienes, ante la lógica tardanza de la ambulancia, atiendo con cierta frecuencia. Nada hubiese evitado la muerte de mi tía, pero por lo menos yo hubiese logrado una agonía más confortable para ella.

Nuestra misión como médicos es la de curar; si ello no fuese posible, aliviar; y si tampoco, consolar. No es poco eso de consolar, pero de haber tenido mis avíos hubiese podido también aliviar.

viernes, 7 de febrero de 2025

Los chochos antiguos

 Antenoche unos amigos del pueblo, la Peque y yo fuimos al monólogo de Manu Sánchez en el teatro Cervantes de Málaga. Ellos estuvieron de peoná, todo el día zanqueteando por tiendas y tabernas. Yo me sumé ya en la atardecida después de un almuerzo tranquilo en casa y de mi buena siesta.

Albergaba mis dudas sobre lo acertado de asistir al espectáculo, pero, amigos, valió la pena. ¡Digo si  valió!

Cuando mi padre, un disfrutón nato, veía algo extraordinario para él, qué digo yo, contemplar la inmensidad de París desde lo alto del arco del triunfo o el infinito mar de olivos entre Alcaudete y Martos, pongo por caso, me decía "niño, nadie debería morirse sin ver esto". Pues yo pensé lo mismo antenoche en la velada del Manu.

El tío cachondo tuvo la habilidad y la gracia de envolver en un relato desternillante, sin parar de reírnos durante dos horas largas, todas las penalidades sufridas en estos últimos años por mor de su cáncer de testículo, sus larguísimas estancias hospitalarias, sus largos y tediosos tratamientos quimioterápicos, sus muchas intervenciones quirúrgicas que le tienen el cuerpo como un Frankestein, sus dificultades emocionales para hacerles comprender a su hijos pequeños el asunto suyo del cáncer, sus muchas anécdotas con amigos, médicos y enfermeras; su relación tan especial y tierna con sus padres...

Alternó con tacto y un talento innato la emotividad, la ternura, la reflexión seria sobre el valor de nuestra Sanidad Pública y, sobre todo, el humor, el chiste, la carcajada, el teatro que se nos venía encima de tanto reír la gente.

Sin ánimo de estropear (hacer spoiler, se dice ahora) la trama, hubo un alegato que no puedo resistirme a contaros. Me puede la picardía. Dice el tío que una vez acabada la quimio le ha brotado una barba nueva, muy diferente a la de antes, le ha salido negra, poblada y rizada, "una barba de chocho antiguo". El teatro fue un clamor, la gente ya no podíamos reír más, nos dolía la barriga de tanto reír. Un chocho antiguo, qué barbaridad. No dijo un coño, ni siquiera esa otra forma edulcorada de shosho, no. Dijo chocho, con ese énfasis grosero sobre esas dos ches tan singulares y que tanto nos gusta a los salidos. Siguió el relato diciendo que hoy ya no se ven chochos como antes, que casi todos están afeitados: "Yo veo bien que esa flora mediterránea de ahí abajo se pueda podar un poco, se deba sulfatar para evitar fauna extraña, incluso, que se le hagan cortafuegos laterales, pero, hombre, que siga pareciendo un chocho, coño ya".

En fin, un espectáculo por todo lo alto que, encima, resultó terapéutico para todo el mundo, pero sobre todo para las personas que tienen cáncer, por el optimismo con que afronta tanto reto y tanta penalidad, y por su sentido vitalista y humano. Un canto esperanzado a la vida, un regate habilidoso a la muerte. Un acierto total.

lunes, 20 de enero de 2025

¿Y si no hay una próxima vez...?

 ¡¡¡La próxima vez, llamo a la policía!!! 

Son las cinco de una tarde luminosa y fresca y me encuentro jugando solo en el campo de golf de Antequera. En el tee (salida) del hoyo 9. A mis espaldas, una vista panorámica de gran angular de toda la ancha Vega; por el Norte, hasta las sierras subbéticas; por el Este, el Indio en su impertérrito yacer y Archidona, brochazo de cal en la montaña parda y lejana.  Un espectáculo en la tarde soleada que empieza a declinar.

Me distraen unos ladridos y, enseguida, voces humanas muy airadas. Es bastante habitual ver a gente pasear a sus perros por el monte, en las inmediaciones del campo de golf, seguramente personas que habitan alguno de los chalets circundantes. Pero gente sosegada, no cabreada. Me puede la curiosidad.

Las encinas y el seto del campo me protegen de la vista desde fuera, pero me permiten fisgonear sin ser descubierto. Una mujer joven flanqueada por dos hermosos mastines se acerca vociferando a su móvil. Está nerviosa. Incluso iracunda. Apenas permite hablar al del otro lado: "¡que no, que no y mil veces no" grita. Se detiene a unos escasos diez metros míos y yo me agacho entre los árboles ¡qué vergüenza si me descubre! Parece como si ahora ella se hubiera dado un respiro para escuchar a su oponente. Y, de nuevo, responde, ahora llorosa: "no me vengas con perdones, no puedo creerte, ya no aguanto más..."

Y yo me siento ahora avergonzado de permanecer ahí, emboscado como la vieja del visillo, escuchando una conversación privada entre novios, amantes o cónyuges. Pero ya no me queda otra, no puedo moverme si no quiero que me descubra, la tengo a tiro de piedra.

"Que sea la última vez que me levantas un palo, la próxima llamo a la policía". Y colgó. Y se alejó taciturna monte abajo con sus perros guardianes, dudosa garantía de protección contra el palo de su compañero. 

Y me dejó sin ganas de seguir jugando. Pero muchacha, ¿y si la próxima vez es la definitiva? ¿Por qué esperas, mujer, a la próxima vez...? ¡Hazlo ya! ¡Llama a la policía, mujer de dios!