martes, 20 de enero de 2026

Paseando recuerdos (I)

A las cinco de la tarde no hay un alma en las calles. He salido a dar un paseo con mi perrita para que ambos estiremos las piernas. Ella con su chaleco, yo con mi chaquetón bueno, el del frío. El día no puede ser más desaborido. Ayer, un día espléndido de sol; hoy, un goteo continuo de chirimiri, que no es lluvia, sino atmósfera baja, como si las nubes abrazaran al pueblo para empaparlo. Una tarde de invierno duro, de aquellos inviernos, ya atávicos por lo infrecuentes, de mocos perennes, tiritera junto a la chimenea y la tortura del meterse en la cama por las noches. 

Nadie en la calle. Mi perrita y yo. Un vecino me distrae a través de su ventana. "Oye, José María, tú que has sido medio cura, dile a san Pedro que cierre ya el grifo, har favor".

Pero tiene su encanto pasear sin gente. A falta de ruido afloran los recuerdos.

Para empezar, resulta que vivo en una casa que fue en su día el Cuartel de la Guardia Civil, con el susto tan visceral que yo sufría al pasar por delante de la puerta y toparme con el cabo Rut. Me dirijo hacia la Plaza, pero antes echo un vistazo a la que fue mi casa de la infancia: la casa de mi abuela, calle Sol, 13, en todo lo hondo, con su cuerpo de casa de suelo empedrado donde resbalaban las bestias de mi chacho José, su cocina con la chimenea, su alacena con mantecosos y su poyo, su patio primero y su patio segundo con salida a La Molina, patio primero, donde mi chacha Bibi, todavía mocita, cocinaba en los días buenos papas fritas y huevos en aquellas hornillas de yeso y donde yo perseguía a las gallinas tirándole carrizos con mi arco, y patio segundo, donde se reproducían a su amor jaramagos, manzanillas y cardos borriqueros bien surtidos de nuestros desechos fecales. Y sus dos habitaciones de arriba, un dormitorio común para mis padres y mis hermanos, y un granero. Fallecido ya mi padre, me tocó vender la casa hace unos años a Antoñito García por cuatro perras. Y miro también la casa de Pepe El Encaniao imaginándome aquel gran Escurrizo de piedra resbaladiza por donde nos arrastrábamos los muchachos hasta despellejar el culo de los calzones cortos.

La Plaza, milagrosamente sin coches esta tarde, parece más grande y más vistosa con los adornos navideños que aún permanecen. Alternándose unas con otras con una cadencia programada, las hojas de los naranjos dejan caer sus perlas de agua cristalina para rellenar los surcos de las losas del pavimento. Yo he conocido esta plaza con suelo de tierra, donde en días como el de hoy los chaveas, sorteando los charcos, jugábamos al sumillo aprovechando la blandura del terreno. Y he conocido los bancos de piedra donde trazábamos con tiza el dibujo del tres en raya, sentados a horcajadas, despatarrados. Y me he sentado en la terraza del bar de Ceno (y del Gordo) con mis amigos y amigas núbiles a tomar un vaso de casera de limón con una tapa de calamares. Y he visto películas de Burt Lancaster, Sarita Montiel o Jorge Mistral y actuaciones musicales de jóvenes aficionados del pueblo, elevados al estrellato rural por el inigualable José Hurtado, nuestro Íñigo particular, pero sin bigotes, en el cine de Vílchez. En el antiguo salón de bodas de mi suegro, auténtico museo de usos y costumbres del pueblo, por desgracia convertido hoy en almacén de recuerdos rancios, se conservan aún varios talonarios descoloridos de las entradas al cine, a peseta la entrada. Ver la película Aníbal, prohibida por el párroco en el cancel de la iglesia con un rótulo de 3R, rosa con reparos", y enterarse el cura por algún chivatazo, supuso para mí un retroceso de al menos un año en la estima de aquél en comparación con los otros monaguillos de mi promoción. Se lo cuento a mi perrita y mueve el rabo con una energía inusual, como con rabia en completa desaprobación con tal injusticia. La misma plaza en la que los chaveas comprábamos pipas en el kiosko de La Chica o golosinas más delicadas, los días de agosto, en el de Luís El Turronero, y corríamos detrás del coche de don José Carreira cuando venía al Convento o del de Cristóbal "El Maquinista", un paisano que se había hecho millonario haciendo pisos en Sevilla. La misma plaza donde resiste un Convento ya desvencijado por los años y el poco mantenimiento, y donde aprendimos de las monjitas las primeras letras, los primeros cánticos a la Virgen y los primeros castigos en la "salita de las ratas". El mismo Convento que vio morir a mi hermana Josefa, inquilina del mismo, con sólo cincuenta y dos años.

No quiero abandonar la plaza sin echar un vistazo, aunque sea desde lejos a tres casas que poseen un significado muy especial para mí. Una es la casa donde vivió don Lorenzo, el cura párroco del pueblo en sus últimos años. Casa grande y hermosa, aunque quizás algo destartalada en la distribución de sus muchas estancias. Era fácil perderse en ella cuando buscaba el dormitorio del sacerdote para consolarlo de su mal. Fue don Lorenzo un valiente afrontando su cáncer de páncreas. Aguantó sin sedantes mucho más de lo que la prudencia y el consejo médico indicaban. Me queda, no obstante, la buena conciencia de haberle ayudado todo lo que pude como médico y como amigo. Otra casa es la de Miguel "La Garbosa", una tienda de las que ya no quedan en el pueblo, una tienda donde había de todo lo que no fuera alimentación, con su amplio mostrador de madera raída y sus estanterías repletas de todo tipo de género. Fue Miguel un hombre abierto y afable con todo el mundo. Lo más característico de sus facciones, creo yo, eran sus cejas de alero, tan pobladas y frondosas que se las peinaba para arriba. Fue Miguel, junto al otro Miguel, el de la Trini, de las primeras personas en el pueblo que intuyó la estrecha relación que se nos avecinaba a la Peque y a mí. "Aquí va a haber tema muy pronto", nos decía sonriente. Y la última es La Tienda Nueva, en los Cuatro Cantillos, un negocio familiarel primer gran almacén de ropa que vistió a todo un pueblo con una incipiente modernidad en las prendas, con un servicio de vendedores (Natividad y sus cuatro hijos) con un talento innato para el oficio, y cobrando de fiao al término de las temporadas agrícolas. Tienda, además, con un gran escalón en la entrada que servía de asiento para mi abuelo Manolo y sus vecinos cuando, tomando el sol, departían de las veleidades del tiempo.

Rodeando ahora por el callejón de los muertos, una tufarada dulzona a humo de chimenea me devuelve a la casa común de los aceituneros, en La Capilla, donde las mujeres tendían la ropa en los días de lluvia y donde muchachos y muchachas hacíamos guateques nocturnos a los sones de un transistor de Cristóbal El Mauro y al calor de una chimenea de llamas inagotables, como la zarza ardiente de Moisés. En aquella cocinilla, cuyo aroma a humo de olivo nos impregnaba durante toda la temporada de aceitunas, Agundo y El Gorri se las tenían tiesas por bailar agarrao con Mari Carmen, la maciza niñera de los nietos de los señoritos y, además, se cocinaron más de cuatro noviazgos de aquéllos de entonces, de los de para toda la vida. Mi hermana y mi cuñado, por ejemplo. Mi amistad con Agundo, sin embargo, venía de mucho más atrás, de cuando no éramos más que niños zarrapastrosos en la calle Sol, adalides del desaliño y líderes de la pandilla de iguales en las peleas callejeras con aquellas espadas rudimentarias que tejíamos con las tablas de las cajas del pescado.

Las Eras Altas, la calle más hermosa del pueblo, nos recibe con un silencio abrumador. Y uno piensa en aquel tiempo lejano en que esta calle era tan animada, pista kilométrica para el paseo sosegado de las parejitas que se alejaban de la plaza para evitar la censura implacable de don Juan González, el párroco inquisidor. Y, sobre todo, la calle de El Hogar Parroquial, convertido más tarde en Teleclub, epicentro del ocio de los jóvenes de entonces, con una sala de juegos en la planta baja, un campito de baloncesto en el patio y dos amplias salas en la planta primera, una para los guateques y otra para la televisión. Tengo para mí que el Teleclub y las camarillas del bar de La Chorro, otro sitio emblemático, han sido los escenarios más picantes y amorosos que hubo en el pueblo en aquellos años. Y calle pintiparada para los feriantes. Un 29 de junio de no me acuerdo qué año, día de san Pedro, me tocó rescatar de los columpios gigantes que allí se instalaban a mi hermana Josefa, que se resistía a mi empeño, sin importarle el tormentazo que estaba cayendo. Cercanos ya a la Esquina Rute, se escuchan susurros y risas en algunas casas, como si niños y adultos encerrados por el mal tiempo jugasen al parchís o al cinquillo. Ni me acuerdo desde cuándo mis nietos ya no juegan a la Oca. Ahora juegan al impostor, un juego de móviles o a montar edificios de legos. 

La Esquina Rute era el sitio de nuestras quedadas para ir al río en plena hora de la siesta. El empedrado ardiente de las calles arrugaba de calor nuestras sandalias de goma. Hasta allí, y aún hasta las mismas Peñolillas, era capaz de llegar Frasquita La Chatilla, para impedir que su nieto El Chato bajara con nosotros. Había que ir en pandilla, nadie se atrevía a bajar solo al río por miedo a los entripaores, unos seres imaginarios, inventados por nuestras abuelas, que acechaban a los niños solitarios para destriparlos. Aunque hoy parezca algo inexplicable, los miedos y las supersticiones hicieron que algunos muchachos, entre los que me incluía, procuráramos no entrar en la calle Pendencia ni en la calle Gracia, como si se tratara de sitios apestados, donde podrían guarecerse los entripaores

(Continuará).

9 comentarios:

  1. Nostalgias de una España rural que ahora vemos muy lejana y que no trae el recuerdo de vivencias de aquella epoca

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  2. No hay disco duro que te gane en memoria. Eres un monstruo!!!

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  3. Ozú que plan!!! Qué buen almacén guarda tu “mirla”.

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  4. Hermosos recuerdos contados de maravillosa forma. Cómo siempre, ante tú prisa me inclino

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  5. Tú prosa, no tú prisa😂

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  6. Al contrario que el título del disco de Joaquín Sabina, yo... Lo afirmo todo... y compartolo que dice Fili en esos recuerdos.

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  7. Gracias, muchachos y muchachas.

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  8. Gregorio Ramírez Arjona21 de enero de 2026 a las 16:27

    Gracias, Fili. Estos recuerdos nos rejuvenecen al revivir aquella época del pantalón corto.

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  9. Anda que cabeza más buena tienes y como nos haces de felices con tus historias

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