Hay cosas en la vida de las que uno gusta de repetir una y otra vez y otra y todas las que hagan falta: la tortilla de papas (sin cebolla), los huevos rotos con jamón, una velada tranquila en casa de unos amigos, una siesta fugaz de baba caída, los besos primerizos de los novios de antes con sabor a torrija caramelizada, la noticia inesperada de un nuevo embarazo de tu hija... Y no es la menor de esas cosas irrenunciables en su repetición el paseo sosegado por el sendero del antiguo tranvía desde Guéjar Sierra hasta el Barranco de San Juan. Dicho queda.
Creo también que mi parte está más que cumplida: lo he disfrutado en cinco ocasiones. Y las que me queden. Esta vez he realizado el trayecto con un grupo de mi pueblo de la Asociación Elislón, treinta criaturas disfrutonas del agua y de la naturaleza más primigenia y autóctona, siguiendo a contra mano el curso de un Genil niño, revoltoso y travieso.
Le está bien empleado su primer arresto en el pantano de Canales, porque hasta entrar en esta prisión el Genil es enteramente un río pirenaico, un río nivo pluvial se le llama en el argot geográfico, esto es, que se alimenta del deshielo y de las lluvias y que en sus primeros tramos baja pálido, espumoso y arrollador, como buldog fiero que persiguiera serpenteante, desesperado y ciego a un intruso que se hubiese colado en su huerta. Un río fotogénico, muy pagado de sí mismo, muy presumido. Un río frío y calculador que no se apiada de los bordes arenosos que sostienen un carril o incluso un pequeño puente más arriba ni agradece la sombra ni la elegancia de los álamos cantores de su ribera obligados a medir la distancia de la orilla si no quieren servir de pasarela colgante o yacer inánimes en un costado de aquélla. Un río bravo. Quizá también, un río envidioso del esplendor del entorno que lo rodea y deseoso de ser el único protagonista de toda la belleza: "yo soy el rey de esta selva. No hay foto, video ni selfie que se precie en el que yo no figure como estrella principal". Bien arrestado en el rincón del pensar.
Se equivoca el río presuntuoso, como lo hace la persona engreída que mira por encima del hombro a sus cercanos. El río parece quejarse con su empuje y su fuerza de ser el sustento de tanta vida regalada y holgazana, pasando por alto que él mismo nada sería sin la nieve de la montaña y sin el sol que la derrite. Todos somos necesarios en esta nuestra tierra, so Trump, que te crees el Trump de Sierra Nevada.
El sendero, mucho menos presumido, le sigue al río la corriente, pero a contra mano, como viéndolo venir. No por ello, deja de sorprendernos muy gratamente después de alguna curva cerrada en la que grandes peñascos ocupan el cauce exigiéndole al río saltos y cabriolas de verdadera fantasía. O descubriendo, imprudente, el desnudo integral de alguna parejita ansiosa por darse el primer baño. Pero lo suyo, lo propio del sendero, es la fronda exuberante de un verdor insultante y el paisanaje que lo pisa.
Dos árboles dominan con diferencia los bordes del camino: la higuera y el almez. Dos árboles de un significado muy especial para quien esto escribe. La higuera me devuelve a la huerta de La Capilla, a una higuera enorme en la entrada donde no sólo me empachaba de brevas, sino que también nos surtía a mi cuñado Frasco y a mí mismo de gorriones durmientes capturados con nocturnidad y linternas bajo sus ramas. Y el almez, árbol majestuoso y ceremonial, me evoca mis tiempos de Hornachuelos y las almezas como diminutas golosinas con que los seminaristas complementábamos el exiguo postre de higos secos. En esta ocasión, ni una ni otro, ni higuera ni almez, tenían sus frutos a tiempo.
Otra cosa más divertida es el paisanaje. Cuidar las relaciones entre personas cara a cara en un mundo de cibernética y pantallas es un reto formidable, pero, además, super agradecido. Sin duda, una de las virtudes de estas excursiones lisloneras es esta de poder conversar durante horas con personas de verdad y mirándose de frente. O de lado. Y los móviles, en los petates. Gente conocida, sí, pero no acostumbrada. Con la Peque y sus hermanas no puedo contar, porque se esfuman de mi lado y ponen un turbo inalcanzable para mis ajadas rodillas ¿Cuánto tiempo hacía que yo no hablaba con Felipe Rosua? Ni me acuerdo. Hace al menos un año coincidimos en la calle y charlamos unos minutos por un problema médico, pero nada más. Pues hoy nos hemos desquitado. Todo el camino de vuelta dale que te pego a la sin hueso. Él más que yo, la verdad, y eso que es hombre de escasa facundia. En una hora hemos despachado todo lo fructífero que fue para nuestro pueblo el emergente turismo de la Costa del Sol en aquellos años en que tantos jóvenes del pueblo, como él mismo, volaron hacia sus playas. ¿Y con José "Conejo"? Lo mismo. Vive en las afueras y no coincido nunca con él en mis callejeos vespertinos. Pues, nada. Nos pusimos al día de su corazón y de mis pedruscos renales. A MariMeli no la veo desde el entierro de su hermano, fíjate si hace tiempo, y ayer, ebria de tantas emociones visuales, me confesó en un aparte el idilio reciente de su marido para con sus cuatro fanegas de olivos. Con una de las hermanas Mármol tuve una trifulca amistosa porque me disputaba el nombre del almez, confundiéndolo con una morera...
Bueno... Lo del restaurante "La Fabriquilla", posada y fonda de gente reventada y polvorienta, es un fueraaparte. Excelente tanto la calidad de los manjares como el servicio. Nos pareció milagroso un servicio tan rápido y ordenado en unas terrazas a tente bonete. ¡Ay, las terracitas! perdición de mi cuñada Conchi y de Ani Mármol. Incluso el precio nos pareció bien ajustado al disfrute que nos proporcionaron. Y eso que nuestro amable camarero no quiso darme la receta de la torrija. "Es secreto de estado".
Una jornada campestre muy bien aprovechada. Para repetir.
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