En el trayecto hacia Rute, lo que me ha resultado más atractivo de contemplar desde la altura del puente nuevo han sido las vistas de las huertas de Benamejí en la gran explanada de aluvión de un Genil bravo y generoso, y, más adelante, ya muy cercano a nuestro destino, un cortijo arrumbado, pero protegido con fidelidad canina por un excelso pino milenario. He agradecido enseguida el servicio tan conveniente que estos muros y ripios, otrora cálido y vistoso hogar de algunas familias campesinas y hoy olvidados de todo calor humano, me proporcionaron un día ya lejano en que, transitando por esta misma carretera, me sobrevino uno de mis terribles apretones intestinales.
El autobús de nuestras gentes nos ha dejado en una plaza amplia en las afueras de Rute. Todos, uniformados con nuestra camiseta de un blanco impoluto con el logo de Palenciana en la pechera, y el texto de Asociación de pensionistas en la espalda, y nuestra gorra blanca a juego. Poco a poco fueron llegando los demás jubilados concitados para este evento: los de Benamejí, con sus camisetas rojas; los de Encina Reales, de azules; los de Rute, de verdes, y los de Iznájar, a su libre albedrío. Viaje campero y gratuito, iniciativa de Merchante, dinamizador social de estos nuestros pueblos de la Subbética. Resultó bonito y a la vez extraño ver una concentración de personas mayores ocupando toda la plaza, como si fuese una manifestación pacífica por el futuro de nuestras pensiones.
Y, al pitido del organizador Manolo "El Chivo", animosos y dicharacheros, como niños que salen a su primera excursión escolar, un porrón de jubiletas, tras las fotos de rigor, nos dispusimos a caminar monte arriba hasta dar con los dominios de los equinos.
Abandonado a mi solaz por la Peque (siempre tiene que ponerse en el pelotón de cabeza), pegué hebra con Ángela, Segundino, Francis el Carpin, Fraski Espadas y Juanma "El Colorín". El primer tramo, algo empinado, pero corto, fue superado sin dificultad por todos, entretenidos con nuestras chácharas domésticas. Por la derecha, la vista espectacular del gran pantano andaluz nos abdujo a todos, contribuyendo con su belleza a una subida casi desapercibida.Pero acabando de subir el segundo repecho, saltó una incidencia.
-¡Un médico! ¡Un médico! Mi hermano Manolo me informa del medio desmayo de una mujer de Benamejí. Me abro paso a la carrera entre la multitud hasta dar con Gracia, la profesora de baile, muy conocida por mí.
-Que nada, José María, que me ha dado un bajón el azúcar; que es que me he venido sin desayunar y con la Metformina tomada.
-Pero, mujer... ¿Quién ha visto...?
Ya estaba tomando un Coca Cola (así se dice en Sevilla, un Coca Cola) y un bocata de pavo frío. Seguía sudorosa y permanecí sentado a su lado en un pequeño talud de la cuneta hasta que se recuperó del todo. Un hombre de Encinas Reales le ofreció un dátil tamaño XXL que acabó con cualquier síntoma.
-Ande, coja usted otro -me ofreció generoso-. Que se le van a saltar los ojos.
El dátil, el mejor reconstituyente para los andadores de caminos.
Al poco, según subíamos, topamos con los primeros burros, tres machos adultos y un rucho que, al momento, se nos acercaron hasta la barrera de palos y alambres que los cercaban. Alguien les echó algunas manzanas pequeñas que devoraron al instante y sin pelearse entre ellos. Pero se notaba que, más que comida, los animales deseaban la cercanía, el roce, que le rascásemos la testuz. Hasta se prestaron, gustosos, a posar en algunas fotos.
Más arriba, llegamos a una amplia explanada entre pinares, donde, sentados en grupitos dispersos, tomamos el tentempié que cada cual llevaba en su mochila. Aquí acababa el camino. Después de ese pequeño desayuno, la mayoría de las personas volvieron por el mismo sitio. Apenas anduvimos unos tres kilómetros, si no menos. No hay que excederse. A cierta edad, más vale prudencia que temeridad.
Pero para algunos de nosotros, casi todos paisanos del pueblo, nos pareció muy corto el trayecto. Seguimos por un sendero que ascendía en diagonal para poder visitar La Casa del Burro, y luego bajar por un senderito GR 255, muy estrecho y pendiente, pero muy bien señalizado. Allí, en el La Casa del Burro, había borricos por doquier, tal vez más de cincuenta, dispersos por una gran parcela cercada con alambradas. También se nos acercaron algunos. Un paisano de Rute les cantó una coplilla que se conoce familiar entre ellos, los asnos, porque se rejuntaron otros pocos para escucharla. Pudimos ver de lejos la casa del Refugio de ADEBO, la institución protectora de animales, pero no a su dueño y promotor, Pascual Rovira, auténtico mecenas para la supervivencia de estas criaturas.
¡Qué animal más noble, el burro! El borrico de toda la vida. Casimiro se llamaba uno de los burros de La Capilla, el que más usaba mi padre. La mecanización de las labores agrícolas ha dejado a los borricos sin trabajo, sin empleo y sin paga por el Estado, con un futuro nada halagüeño para ellos. Seguramente, su extinción en pocos años. Por ello, resulta admirable el empeño de este hombre, Pascual Rovira, en la recuperación y mantenimiento de esta raza del burro andaluz que tanto desempeño ha derrochado durante siglos en nuestros campos.
Ya de vuelta en la misma plaza de salida, el grupo entero se aunó para escuchar un breve alegato del señor alcalde que, luego, hizo entrega de una placa conmemorativa de este evento a cada uno de los representantes de cada pueblo de la Asociación de pensionistas. En nuestro caso, a la infatigable y emprendedora Ani Mármol. Yo me perdí ese acto, porque mi olfato goloso me arrastró hasta una tienda de Galleros para agenciarme unos piononos y unas locas de azúcar. Terminado el acto oficial, muchos paisanos, liderados por mi Manolo, asaltaron un bar para degustar la cervecita de rigor y los choricitos en salsa.
Y hasta la próxima.
José María Rivera, suplente accidental del cronista oficial, Cristóbal García Espadas.





Genial José María
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