domingo, 25 de agosto de 2013

Confianza sí, pero no para tanto.

No me cuesta nada ganarme la confianza de mis ancianos enfermos. Nada. Una caricia en la nariz porretuda, un pellizquito en la oreja colgona, casi simiesca, un beso tierno en la frente acartonada, un chiste corto y picante... y los tengo en el bolsillo. Nada tan eficaz como el afecto para que un viejo te abra la puerta de su alma.
Pero esta vieja no es lo mismo. Ésta tiene un Alzheimer con bastante deterioro mental, no se entera de la misa la media y, adormilada en la cama, no parece muy receptiva a mis halagos. En casos como el de esta mujer hay que intentar motivar con referentes muy cercanos.

-¡Carmen! -la despierto mientras le aprieto un poco con mis nudillos en la tabla del pecho.
-¡Eh, que eso duele so coño! -y me retira mi mano con fuerza-. Joer ya con las tonterías -pero he conseguido despabilarla.
-Carmen, mírame, ¿quién es esta mujer de aquí? -le señalo a una chica sudamericana, su cuidadora.
-Esta es mi niña, que la quiero mucho.
-¿Cuántos años lleva contigo?
-Pssss... yo no me acuerdo, muchos ¿no verdad? -sonríe a la muchacha.
-Seis años mamita -replica la joven-, día y noche contigo.
-Eso.

Ya la tengo medio engatusada.
-Carmen, dime, ¿tú de qué pueblo eres?
-Yo?, del Viso.
-¡Vaya hombre, del Viso! -hago como que me extraño-. Supongo que habrás probado el menudo de Capote -y ahora se me queda mirando con los ojos muy abiertos como diciendo y éste de qué conocerá estas cosas de mi pueblo.
-Pues vaya que sí, pero hace mucho, cuando era más nueva -se queda un ratito pensativa o quizás absorta intentando encontrar el oremus extraviado-. De mocita yo vivía puerta con puerta con el bar de Capote, fíjate.
-¿Y las magdalenas de san Blas? ¿Qué me dices?
-Que me gustan más las de Riaño.
-Tampoco están mal.

Ya la tengo preparada. La mujer ha ingresado por una sospecha de hemorragia digestiva y debo de comprobar el color de las heces y la normalidad del canal anal. En las personas mayores un cáncer de recto puede manifestarse así. Total que tengo que hacerle un tacto rectal, meterle mi dedo índice por el culo. Cualquier vieja de nuestro entorno te pone mil entrepuestas, "A mí ni pensarlo", "Desde que murió mi marido nadie me ha visto a mí eso", "¡Qué barbaridad!"... Muchas, no obstante, se resignan, "Mujer -les digo-, yo estoy casado y además llevo casi cuarenta años de médico, he visto tantos culos por delante y por detrás que para mí es algo natural". Veremos cómo reacciona ésta.

-Carmen, verás, ahora tengo que hacerte una exploración por abajo, por ahí detrás.
-Bueno -responde tranquila sin darse cuenta del todo a lo que yo me estoy refiriendo.
-Sí mamita -ayuda su cuidadora-, es para averiguar por qué te duele la tripita ¿vale?
-Que sí, que vale.

La rodeamos en la cama, le despegamos las amarras del pañal y ya, su culo expuesto hacia mí, guantes y vaselina preparados, le meto el dedo con toda la delicadeza que puedo.
-Carmen, que voy.

Notar un cuerpo extraño en su salva sea la parte y volverse airada hacia mí fue todo uno.
-¡Pero chiquilloooooo!... ¿qué es lo que haces? -y enseguida, sin darme tiempo a responderle y tranquilizarla, mira furibunda a la muchacha-. ¡Niñaaaaaa!, ¿has visto?, ¡a este hombre no se le puede dar confianza! 

¿Tienen gracia o no tienen gracia mis abuelas?

viernes, 23 de agosto de 2013

Yerbas del cementerio.

A todo esto, la mujer, pobrecita, casi entregando la cuchara.
 
Salgo con su hijo al pasillo de la planta y me lo llevo a un despacho cercano para hablar con él en privado. Es un joven que no debe llegar a los cuarenta (para nosotros, los carrozas, cualquier persona por debajo de los cincuenta es joven), un tipo bien fornido, pecoso y caoba, copia fiel de su tataratataratatarabuelo, seguramente uno de los primeros vikingos con los que el rey Carlos III repobló nuestra tierra hace tres siglos. Brutote el muchacho, que no desmerezca su estirpe.
 
La mujer, la madre, tiene un cáncer muy avanzado. No vivirá más allá de un par de meses, menos aún. Está amarillo-verdosa porque el tumor ha obstruido la salida de la bilis. No puede ingerir ni  agua porque el puto tumor ha invadido el duodeno y lo ha taponado no permitiendo siquiera el paso de una sonda. Se morirá en unas semanas si no hacemos algo. Y así se lo planteo al hijo.
 
-¿Y qué cree usted que podemos hacer? -inquiere curioso una vez oídas mis explicaciones.
-Debemos de hacerle una pequeña intervención quirúrgica, mínima, para darle paso a la comida -y le pinto en una cuartilla unos garabatos que pretenden ser el estómago, el duodeno y el yeyuno-. ¿Ves? -le explico-. Se le agarra esta parte del estómago y se le pega al yeyuno sorteando el duodeno; así el alimento pasa directamente desde el estómago al yeyuno y ya sigue al resto de la tripa -y me quedo yo tan pancho y admirado de mi dibujo.
-¿Y esto para qué, si de todas formas no hay salvación? Yo, doctor... casi que prefiero no hacer nada y llevármela a casa, la pobre lo está deseando.
-Es verdad, no creas que andas descaminado. Yo tengo mis dudas. Lo que pasa es que da mucha grima tener a una persona en casa sin poder alimentarla, sin poder darle agua siquiera, fíjate qué tragedia y más ahora con cuarenta grados a la sombra. Aunque tuviera los sueros puestos no podría disfrutar del agua fresquita, enseguida vomitaría mucho más de lo ingerido... Morirse, se va a morir igual, pero al menos que pueda comer y beber ¿no te parece? 
 
Y se queda un rato pensativo, agachado, los codos apoyados en sus rodillas y la cabeza encajonada por ambas manos. Creo que lo he convencido. Y de pronto, como si se le hubiese encendido una bombilla en su cerebro, saca de su bolsillo una bolsita de plástico llena de algo y me suelta:
 
-Doctor, a ver si sabe usted lo que es esto -y me alarga la bolsita. La destapo y veo un manojo de yerbas secas-. Huélalas usted, haga el favor -me las acerco a mi napia y huelen bien, parecido a la yerbabuena.
-¡Uhmmm! huele muy bien, ¿qué son?
-No lo sé, creo que se llaman extractus no sé qué, son unas yerbas curativas, yo las esparzo en mis corrales y en mis perreras y desaparecen las garrapatas al instante, tengo mis perros siempre limpios. En mi casa no hay resfriados, al menor síntoma doy a oler a mi gente estas yerbas y se acabó, tienen propiedades contra los gérmenes, de verdad doctor.
-Y no sabes cómo se llaman?
-No; a mí me las enseñó un pastor hace ya más de veinte años. Crían solamente en un lado del cementerio, nada más que ahí. Muy poca gente lo sabe... -y se detiene un momento para continuar con voz más queda, como si confesara un secreto-, ¿y si le diera a mi madre infusiones y vapores con ellas?
-Vapores, infusiones no porque las vomitaría. Mira, yo no creo en estas cosas, pero daño seguro que no le hace. Si ella y tú tenéis fe en las yerbas por mí que no quede. Pero la intervención debería seguir adelante ¿no?
-De acuerdo.
 
Y vuelvo a pensar en lo mismo. Cuando nos vemos perdidos, cuando la ciencia nos abandona, echamos mano de la magia, llámese ésta el santón de Arcos, el escapulario de la Virgen del Carmen o esas yerbas cerca del cementerio. "Semos" así las criaturas del Señor. 
 
 

viernes, 16 de agosto de 2013

Melones de los de antes.

A las once de la mañana el sol ya aprieta lo suyo en la vega antequerana. No sé si temo más por mí o por este anciano de noventa años que me acompaña y que me lleva varios pasos por detrás. Es increíble este hombre. Los sombreros de paja que  deberían cubrir nuestras despobladas cabezas nos sirven mejor de sopladores. A la dureza de los terrones por donde pisamos y a la ardentía que respiramos sirven de contrapunto -menos mal- dos amplias lagunas milagrosamente húmedas en pleno agosto  habitadas por familias de flamencos, y la fresca y verde fragancia del melonar de enfrente.
 
En el pueblo se ha corrido la voz de que los melones de "Ponferrá", el de Benamejí, el marido de la Benilde, son buenísimos. Y baratos. Un euro y medio por melón, más o menos. "Papa, ven conmigo a por melones" -le digo este domingo pasado después de que desayunara-. "¿A dónde quieres ir"? -me contesta dispuesto-. "A la Sartenea, que me lo ha recomendado Pepe El Tomate". "A las doce estaremos de vuelta, ¿no?, lo digo por la misa" -es el único reparo que me pone-. "Ende luego que sí" -remato yo.
 
He dejado el coche bajo un sombrajo con pretensiones de carpa, amplio y algo zarrapastroso cuyo armazón lo conforman antiguas tuberías de riego burdamente ensambladas y cuya cubierta es un cañizo pasado de fecha. Pero da de sí lo que se espera de él: ¡sombra! Nuestra intención es cargar dos espuertas de melones y volver al pueblo. Pero en reconociéndonos enseguida, a mi padre y a mí, Frasquito "Ponferrá" se empeña, con redobladas muestras de agradecimiento por antiguos favores, en llevarnos hasta un huerto cercano para agasajarnos con tomates, berenjenas, pimientos y calabacines. A pleno sol. Él, a sus setenta años; mi padre, con noventa. Y yo, por vergüenza torera, agachado entre los matojos llenando las bolsas con las hortalizas. "Si lo sé, no vengo" -piensa uno agobiado con la calor.

Una vez recuperado el tono, sacudidos los calzones del polvo y de la tierra del huerto y a salvo del sol bajo el gran toldo, la vista del melonar me reconforta un montón. ¿Cuánto tiempo hace que no has pisado uno? Ni me acuerdo.

Frasquito no se va a conformar con despacharnos un género que, por bueno que sea, lleva allí apalancado horas o incluso días. Para Juan Rivera, lo mejor. Y manda a su hijo a una corta rápida y de urgencia, "Niño, anda, termina el bocadillo y córtale a Juanillo doce o catorce melones de lo mejorcito que veas". Y el chaval, con esa docilidad propia de los hijos del campo, da un brinco en lo alto de un tractorcillo y se mete en faena.

Y yo, a pique de derretirme todo, me dejo llevar y echo a andar por entre las camadas para sorprenderme con esas matas desparramadas y verdes como la albahaca que arremolinan sus largos tentáculos para  proteger  sus frutos del rigor del cielo, para deleitarme con el rastro de melones recién cortados que va dejando el muchacho por las hileras y para, en fin, volver a sentir aquella emoción infantil de tropezar con un melón hermoso escondido y camuflado, un melón de los de antes, emoción parecida a la del feliz hallazgo de un pajarillo preso por mi trampa.

El melonar de "Ponferrá", en la Sartenea, está frente por frente a "Pozo Ciego", una estacada de tierra calma perteneciente a "La Capilla", donde nosotros fuimos meloneros hace ya muchos años. Demasiados años. Y uno no tiene más remedio que echar la vista atrás y recordar con alegría historias que hoy nos parecen tercermundistas. Y no sólo recordar, sino agradecer por haber sido  protagonista de las mismas. Ninguno de mis amigos de la capital, ninguno de mis compañeros médicos puede presumir, como yo, de haber vivido en una  choza, de haber dormido tantas noches de verano al relente contando estrellas, de haber desayunado medio melón fresquito recién cortado, de ésos que oyes crujir al alba mientras se raja él solito de pura salud, ni de saber sopesar ahora la calidad de un melón del Mercadona sólo con palparlo.

El verano del 65 lo vivimos en una choza melonera en "Pozo Ciego", aquí el tío con doce añitos, mis primeras vacaciones después del primer curso en los Ángeles. Regalo por haber sido alumno predilecto y Diploma de honor. Componíamos el "apartamento" mis padres, mi hermana Josefa, mocita de catorce años, mi  Manolo, con ocho, mi Juan, con cinco y mi Frasco con apenas quince meses. Y un guarro blanco de cinco a seis arrobas que cebábamos para la Navidad. La cosa debió de ocurrir más o menos así: una mañana de agosto mi padre tocó a rebato porque llegaba el camión y no teníamos la pila montada sino un porte de melones desperdigados por las camadas. Dio órdenes tajantes: todo el mundo a rejuntar melones. "Chiquillo -se queja mi madre-, alguien se tendrá que quedar aquí con el Frasquito". "Que se quede el Juan , ya es grandecito". Y todos al melonar. No habría llegado a la media hora cuando escuchamos los alaridos de mi Juan. Llegué el primero a la choza, que se noten los partidos del seminario. Y nos contó asustado cómo nuestro guarrillo intentando arrebatarle la tostada de la mano a mi Frasco lo tiró al suelo y luego parecía que se lo iba a comer enterito. Y que él, antes que nada, cogió un palo y logró apartarlo del hermanito y luego se  puso ya a gritar.

-Papa, ¿te acuerdas? -le digo ya de vuelta.
-¿El qué?
-Estamos al lado de "Pozo Ciego", ¿no te dice nada?
-Sí, aquí tuvimos nosotros melones varios años.
-¿Y no te acuerdas de lo del guarro?
-Ah sí, ¿a quién fue, al Juan?
-No, fue al Frasco. El Juan fue quien lo salvó.

Y se ríe así como él sabe, socarronamente.
-¡Qué cosas me han pasado!...
-Desde luego que sí.

¡Qué crianza la nuestra, eh muchachos! ¡Y qué orgullo!

  

viernes, 9 de agosto de 2013

El culo del mundo.

Cuando yo era chico Palenciana era el culo del mundo. Ahí se acababa todo, el omega griego, el fin de cualquier mala carretera. No pillaba (ni pilla) de paso para ninguna parte, había (y hay) que venir ex profeso al pueblo. Aparte del Correo y de las furgonetas corsarias de Frasquito Gloria sólo había los coches de Carreira y de Joseíllo El Carrero. Dos. El día que un vehículo forastero entraba en el pueblo era fiesta para los chaveas, íbamos a su encuentro y lo seguíamos en pandilla corriendo por detrás hasta que paraba, normalmente en la puerta de la casa Carreira o en la plaza.
 
Esta idea de pueblo minúsculo y ausente en cualquier mapa de la época se vio agrandada cuando llegué al seminario. La mayoría de los nuevos compañeros eran de pueblos mucho más grandes e importantes que Palenciana. Salvo los muchachos de Benamejí y de Encinas Reales, nadie más había oído antes el nombre de mi pueblo. Claro que yo tampoco sabía nada de Belalcázar, de El Guijo, de Añora, de Fuente Tójar, de Castíl de Campos o de la Granjuela, por ejemplo, y a lo mejor eran tan chicos o más que el mío. Difícil que así fuera, pero bueno... Era un pequeño hándicap esto de ser de pueblo chico. Nos tenían por más catetos de la cuenta. Incluso los curas. Y es verdad que éramos unos palurdos, pero casi todos, no sólo nosotros. Pero será aquello de que la necesidad obliga, despabilamos enseguida, mucho antes que otros de pueblos grandes.
 
Hoy no tiene demasiado interés lo de qué pueblo seas. En quince minutos estás en Antequera o en Lucena. Al menos aquí en Andalucía. Pero en Galicia sí que lo tiene.

Acabamos de regresar mis amigos los rocieros, la Peque y un servidor, sanos y salvos, de unas vacaciones "rurales". Pero de verdad. Hoy en día ya nos hemos acostumbrado a lo rural y lo rural se ha adaptado a nuestros gustos modernos, de manera que normalmente una casita rural se sitúa en un entorno agradable, pintoresco, cercano a la urbe o a la playa, cómodo de acceso... y, además, se nos ofrece con detalles ornamentales que serían más adecuados en un hotel que en un sitio rústico. En el fondo, seguimos siendo urbanitas. Pues nada, allí no, en Galicia aún existe lo rural auténtico.

Hemos estado en un lugar de Los Ancares de Lugo que tiene por gracia Robledo de Cervantes. El topónimo cervantino le viene porque por allí se presume del origen lucense de los ancestros de don Miguel. Muy bien. Bien que hicieron dichos antecesores en salir de allí, de otra manera nunca hubiésemos conocido El Quijote. Robledo es un poblado de catorce casas labriegas (contadas una a una desde lo alto de una loma cercana) perteneciente a la parroquia de San Román. El culo del mundo. Es como todo, acostumbrarse, cuando llevas tres días allí ya te parece tu propia casa.

Animan el campamento todo el año tres familias, seis criaturas mayores y desgastadas a quienes es imposible echarle años, que viven del humilde huerto de patatas y de coles y de la generosidad sin límites del ingente castañar circundante. El resto de las casas son ocupadas temporalmente por nativos emigrantes a Cataluña que vuelven por el estío. Naturalmente no hay tiendas ni bares, dos días en semana se acerca una furgoneta con el pan, la fruta, chacinas y latas variadas. En lugar de calles, rampas empinadas de hormigón o senderos de tierra asentada. El culo del mundo. No creo que exista en toda Andalucía un poblado parecido.

Hay cuarenta kilómetros desde Becerreá, en la autopista, y tardamos una hora en llegar. La carretera es de buen piso pero estrecha y sinuosa, de montaña, con cruces mal señalizados cada poco y sin indicadores de distancias. Nos dicen los lugareños que allí no se estila hablar de kilómetros sino de tiempo, quince minutos desde Quindós a Castelo. Vas con la sensación de perdido. Según te acercas al destino final la cosa se pone fea. El camino se angosta, no hay quitamiedos laterales, por la izquierda monte, por la derecha precipicio infinito. Precioso el paisaje si alguien tuviera cojones de mirarlo, Jaime, tú no mires, tú siempre palante, que si aquí nos pasa algo no nos encuentra ni el Lobatón. Y yo pensando para mis adentros "como me dé la taquicardia cuando me lleven al hospital del Bierzo llego ya oliendo y todo".

Es un lugar fantástico, paradisíaco, si queréis, pero demasiado aislado. Gracias a Dios, todo ha salido a pedir de boca. Hemos visitado lugares y pueblecitos increíblemente bellos y pintorescos, antiguos poblados celtas, antiguas casas chozas, las Payosas, con todos sus enseres tal y como si estuviesen habitadas, hemos pateado senderos boscosos de cuento, solitarios y umbríos, con el acompañamiento permanente de robles, acebos, castaños y guindos y de riachuelos y regatos por doquier, hemos conocido una Galicia primitiva, virgen y auténticamente rural.

Al anochecer, sentados en el porche de nuestra casa, el monte de enfrente nos da compañía. Grandioso. Y nos ofrece su verde oscuro, abarrotado de helechos, brezos, retamas y tarajes, sin una pizca de tierra visible. Una cuña de sol resiste en el último nevero. Es un momento mágico. Se está haciendo la noche alrededor, pero aquel pico sigue tibiamente iluminado. Al fin, la negrura del crepúsculo dibuja sus perfiles ondulados sobre el firmamento. El bronco ladrido de Lin, un mastín pulgoso que nos ha cogido afecto, nos distrae de nuestro embeleso. Ea, se acabó la tontería, a poner la mesa, ¿a quién le toca hoy? Y nos ponemos a cenar. Caldo de yerbas y de puchero, ensalada de tomate y filetitos de lacón asado. Y los huesos pal Lin.   

domingo, 7 de julio de 2013

Aquel hombre bueno.

Es muy posible que ya no os acordéis de aquel hombre bueno, un cura de Arahal, que cobija en la parroquia a muchos inmigrantes sin papeles.

Haced memoria, hombre; acompaña siempre a la consulta a un senegalés, paciente mío que comparte sus días mitad con nosotros (y con su novia de aquí), mitad en su país natal con su familia, su condición de musulmán le permite vida sexual tan libertina. Y  tan envidiable. Se conoce que Alá es más caliente que nuestro severo Dios bíblico, el de las Tablas. 
 
Ya no me resulta extraño que este paciente, un pedazo de negro zaino de dos metros de largo, falte a la consulta. Me imagino que  está ausente en su país. Ya vendrá cuando le falte medicación.
 
Pero no. En esta ocasión no ha venido él a por las medicinas. Veo al cura en la sala de espera. Lo reconozco de inmediato. Le alargo la mano y lo saludo, "hoy no le toca venir a Nyymbaye", protesto ligeramente. "No, no, doctor, está fuera, vengo yo a pedirle un favor". "Vale, en un hueco te atiendo".
 
Nada, que Nyymbaye lo ha llamado por el móvil o le ha puesto un mensaje: que no tiene prednisona y que no la puede conseguir en su país por carísima. Que si yo puedo hacer algo. Y le explico al buen hombre que sí, que puedo. Y que otra vez no se apure tanto, que en cualquiera de las farmacias de su pueblo será posible conseguir algo de prednisona de muestras gratuitas de los laboratorios o de cajas empezadas que devuelve alguna gente o de stock sobrantes..., en fin que aquí no es una medicación cara. Pero que ya que ha venido se lo arreglo yo.
 
Se sienta enfrente mía, el hombre la mar de serio y respetuoso, bromeo con él afeándome a mí mismo mi conducta por haberlo hecho pasar sin cita antes que a otro paciente debidamente citado, "la Iglesia y sus privilegios", le digo para que se mueva inquieto en la silla, "yo quiero una Iglesia sin privilegios, me salgo ahora mismo si hace falta, "es broma, coño, serás una excelente persona, pero tienes menos cintura que el Luna jugando al fútbol", ¿quién es el Luna?", "un amigo mío del seminario". Llamo por teléfono a la farmacia del hospital. Se pone Guillermo, William le digo yo. Oye William, mira, hazme un favor. Dime, pesao. Y le explico el caso. Cualquier día de éstos te van a meter en la cárcel, tío. Pero por qué, le protesto. Porque te pareces al tal Lanzas, el conseguidor, siempre estás pidiendo. Pa los pobres, hijo, pa los pobres. Y nos reímos. Este Guillermo es también de estas personas de las que debería estar el mundo lleno. Si pudiera verme le hubiera guiñado un ojo al decirle algo que escandaliza y descoloca a nuestro buen cura.
 
-Oye William, no te marees mucho, coge del stock de prednisona que tenemos por ahí pasado de fecha.
-¿Y eso?
-Porque es pa un negro, a ésos les viene  bien cualquier cosa.
 
Tendríais que haberle visto la cara al cura hasta que se dio cuenta de mi guasa.
 
-Cintura, padre, cintura.


--------------------------------------------------------------------------


Oídme, ahora sí que es verdad que me voy de vacaciones. Hasta pronto.  

sábado, 6 de julio de 2013

Tomillo y romero.

Ésta es una cuestión que se da con alguna frecuencia en la consulta. Hombre más que madurito (de mi edad más o menos) que, al final, cuando se despide de uno, así, como quien no quiere la cosa y desoyendo el codazo contrario de su mujer, se deja caer con un mire usted es solamente conocer su opinión sobre una cosa que me está pasando últimamente...
 
No necesito más. Ya sé de qué va. Y le quito hierro. Sería digno de estudio cómo siendo yo tan verde, tan atrevido para según qué cosas y tan imprudente como sabemos, sea luego tan timorato para esto. La única vez que me decidí a probar el Viagra tomé un cuarto de pastilla. Una porquería de ná. Aquello no se enteró, ni siquiera se desperezó. Y a mi corazón le dio taquicardia. A tomar por saco. Que se levante sola, que levite a pulso, como se ha hecho toda la vida de Dios, como lo hacíamos en los wáteres del seminario. Muchos de mis pacientes son cardiópatas o hipertensos severos y les desaconsejo tales tratamientos. Por miedo. Por miedo mío. Muchos años ha, siendo yo estudiante de tercero, nuestro viejo profesor de farmacología, un tío buenísimo como enseñante, engañosamente serio y estirado, con un humor de lo más fino, nos solía aleccionar a este respecto: "quod natura non dat Salamanca non prestat". No os lo pienso traducir, que se note que sois de latín. Sólo os diré que en este contexto Salamanca significa la Ciencia.
 
Salgo del paso con una ocurrencia de mi amigo Juan Francisco Ojeda, la del tomillo y el romero. "A nuestra edad", le digo a este hombre de hoy, "esto es algo muy corriente, a mí mismo me pasa, mira, que ya no podemos ser de comunión diaria". "Ni semanal", me contesta el pobre.
 
-¿Tú sabes qué son el tomillo y el romero?
-Yerbajos del campo y de los parques.
-¿Y qué uso le damos?
- No sé...son plantas que huelen muy bien..., de adorno y cosas así ¿no?
-Sí, pero como plantas aromáticas también las usamos en la cocina, ¿no?.
- Sí, claro, en las aceitunas mismo.
-Mismo. Pero su propiedad culinaria más peculiar es que son las sustancias que más gusto le dan al conejo.
-Bien, ¿y qué?
 
Ya me tengo que reír. No puedo contenerme.
 
- Vamos a ver: de aquí palante tú le vas a poner nombre a tus dedos de la mano. Tu dedo índice se llamará Tomillo, y el dedo medio, Romero. -Y el tío se queda unos segundos desconcertado sin saber si reírse él también viendo cómo se desternilla su mujer. Y sigue sin enterarse-. Hombre..., tomillo, romero..., los que le dan gusto al conejo, me cachis ya.
 
Menos mal que Tomillo y Romero no nos fallan nunca...Claro, como tienen hueso...

lunes, 1 de julio de 2013

De charla con la Pegui.

Aunque la Peque y yo  estamos aquí de fin de semana, Benalmádena huele ya a vacaciones. No hay más que ver el tropel de gentío en el paseo marítimo con sus tiendas y bares atestados. Y lo que cuesta encontrar mesa en "Los Mellizos".

Ni siquiera una imaginación tan fértil y disparatada como la de mi mujer sería capaz de encontrar parecido entre el carril bici de Valencina y el paseo marítimo de Benalmádena. Yo sí, fíjate. No es tan complicado. Yo digo que si el mar llegara hasta la huerta de enfrente, que a Dios querer todo es posible, y el personal que transita por los campos del Aljarafe fuese cosmopolita, mayoritariamente inglés, entonces el carril bici de Valencina sería igualito que el paseo marítimo de Benalmádena. Ea, tan pancho.

Quizás me guste más este paseo que el carril. Es mucho más variado. En Valencina ya me conozco a todo el mundo. En ocasiones, el carril bici se convierte en una calle más donde te paras y todo a saludar a conocidos o a que nuestros respectivos chuchos se olisqueen los culos. El paseo marítimo da mucho juego. Me divierte adivinar quiénes sean guiris y quiénes nativos. Y de entre los nuestros, de qué parte vienen, según su particular prosodia.Ya sé que es tarea fácil y simple, pero yo soy también así. A los guiris se les reconoce a legua, son altos y pálidos, de cuerpos mal averiguados, algunos ya se han achicharrado y muestran sus lomos de salmonete, pasean en familia y son amantes de los perros, y los españoles somos el resto, por exclusión. De todas formas, existen algunos rasgos muy distintivos nuestros. No hablo de lo moreno, de la talla corta, del pelo rizado, del vocerío que liamos casi siempre en manada. En Benalmádena se ven, como en cualquier otro sitio, especímenes variopintos de nativos pero el que a mí más me llama la atención es el hombretón sobrado que domina el paseo solo, sin perrito ni nada, eso es de maricones, con su pantalón corto, sus piernas arqueadas, su camisa desabrochada para exhibir al mundo una panza cervecera muy trabajada, con una ciruela madura por ombligo herniado  que parece protestar por tanta tripa.

He salido de paseo con la Pegui. Tempranito. Es la mar de flamenca mi perrita, al principio sale desenfrenada, inquieta y con ganas de pelearse con cualquier otro congénere que se le cruce pero al cabo de cuatro broncas se viene abajo y no hace otra cosa que buscar sombras. Ya me he sentado con ella unas cuantas de veces porque se arrana y no consiente seguir andando. Y aprovecho el descanso para hablarle de nuestras cosas. Yo creo que me entiende porque cuando le digo una burrada vuelve la cabeza para atrás y me mira fijamente. La gente sonríe al verla caldear desparramada sobre las lozas, fresquitas aún del relente y del agua escurrida del fregoteo de los bares.

Se nos acerca un guiri para acariciarla. Me pregunta en inglés por su nombre. "Pegui", le digo. Y se agacha allí un ratito haciéndole carantoñas. Y me acuerdo sin remedio de mi amigo Jaime. Valiente par de mariposones, diría si nos pudiera ver, una patá en el culo y palante, hombre ya. Es un nórdico de unos cincuenta y tantos, calculo, de pelo blanco y electrificado, como si se le hubiera olvidado peinarse, con pantalón de lino y camisa floreada. Debajo del sobaco izquierdo aguanta dos libros pequeños. Se conoce que ha bajado al paseo para sentarse a leer un rato en este pequeño oasis de aquí al lado colmado de palmeras. Total, que ya se va el hombre y nosotros, la Pegui y yo, reanudamos el paso.

Vino de perlas que el danés se fuera. Nada más empezar a caminar de nuevo nos adelanta una pareja de jovencitos, él y ella. De él poco esperaréis que os cuente. Un tío normal. Ella, en cambio...A veces pienso que no encuentro explicación a cómo es posible que algunas tías estén tan bien hechas. La naturaleza, por principio, es imperfecta, asimétrica, azarosa, descuadrada. Me parece normal y natural que una teta esté más caída que la otra, que un guevo cuelgue más que el otro, que esta ceja esté más levantada, que éste parece que camina a saltitos, que el otro es un calvorota, que si el culo es plano o respingón...En fin, todos tenemos algún defectillo, es lo natural. Algunas tías, no. Algunas tías son perfectas. Esta tía que pasea delante mía, delante nuestra, ¿no verdad Pegui?, es perfecta. Procuramos mantenernos a rueda, que no se nos vaya mucho. Viste elegante con sólo dos piezas. Arriba, una especie de corpiño apretado que hace de sostén. Abajo, un pantalón largo, holguerito, de éstos que empiezan en la rabadilla dejando al aire los hoyuelos sacros, tan graciosos ellos, y que amenazan todo el tiempo con caerse. No parece gran cosa. Hay prendas femeninas apretadas que son mucho más sugerentes. La gracia es que la carne que se ve tiene una textura, un cuerpo y unas proporciones escultóricas, no parece carne humana. Pero el caso es que sí lo es.

En fin, vamos detrás de ellos y tan cerca que puedo escuchar algo de lo que charlotean. En un momento de su conversación oigo que ella le dice algo así como que las amigas son unas abusonas, que determinada persona no se ha portado bien con ella..., por ahí iba la cosa. Y ya remata "pues que se enteren todas que yo soy buena, pero no tan buena", como queriendo decir que hasta la bondad tiene un límite. Y yo le digo a mi Pegui: mira Pegui, ser, no sé cómo será, si buena, regular o mala pero estar, lo que se dice estar, está buenísima. Y la perrita, inocente del todo, agita su rabo tieso en clara señal de aprobación. ¡Qué envidia, hija, poder menear el rabo con tanta soltura!

Y así de simples suelen ser mis mañanas costeras.