viernes, 26 de enero de 2018

Caminito del Rey. 14 de enero del 2018

Apretujado contra otro sufrido viajero en el asiento del autobús atiborrado que nos trae de vuelta al restaurante, ropas empapadas y cristales velados por el vaho, puedo vislumbrar apenas el recorrido final de otro grupo de temerarios inconscientes que, desde la distancia, parece mismamente que caminara suspendido en la pared vertical de la montaña. Me da repelús pensar que tan sólo unos minutos antes éramos nosotros quienes desafiábamos a la prudencia y a la misma ley de la gravedad: terminábamos de hacer el famoso Caminito del Rey. Antonio Luna y Pilar, Paqui y Jaime, María Jesús, la Peque y un servidor hemos sido los aguerridos protagonistas.

Ha llovido mucho desde que allá por el año 1921 el rey Alfonso XIII se llegase de mala gana con su séquito de trescientos chupópteros a poner la última piedra de este descomunal monumento de ingeniería, de esta obra sin parangón, que debió ser bautizada como caminito de Benjumea, preclaro ingeniero sevillano que lo ideó para tránsito seguro de los operarios que construían el pantano del Chorro, y nunca como caminito del Rey que no tuvo más mérito que andurrear apenas la mitad del trayecto y poner sus reales cojones sentado para tomar un aperitivo sobre la última piedra de tan espectacular trazado.

Ha debido, en efecto, llover mucho desde entonces. No lo pongo en duda. Pero dudo que ningún día pasado lo haya hecho más y de manera más cansina que en el día de hoy. Pilar nos lo tenía advertido "Seguro que nos llueve", pero no le hicimos mucho caso porque es una mujer muy fatalista, todo lo contrario que "El Luna", su marido. Y además, que ya teníamos contratada la visita desde un mes antes. No había más remedio que arriesgarse y fuese lo que Dios quisiese.

Prohibido entrar con paraguas. No lo pone en ningún cartel al uso pero nos lo deja muy claro la señorita que controla la entrada de los distintos grupos. Por lo visto es peligroso caminar por estos tajos con paraguas, por aquello de atraer los rayos -y más en día como el de hoy- y porque son elementos con los que es fácil tropezar o hacer tropezar a alguien. La seguridad por encima de cualquier otra veleidad, qué más da empaparse vivo. Como tampoco han considerado los guías que el temporal fuera para tanto, no se suspende la visita. De manera que nada, a mojarse.

Tres largas horas de lluvia pertinaz y tontorrona en la intemperie sobrecogedora no han sido capaces, sin embargo, de privarnos del disfrute de un espectáculo singular, extraordinario, único. Y no sólo visual -el más llamativo, lógicamente- sino sensual en el que todos los sentidos participan en la percepción tan agradable de algo nuevo, desconocido, salvaje, oculto a tan pocos kilómetros de la civilización. El río Guadalhorce es el culpable de todo. Un riachuelo ridículo que por la vega de Antequera se pasea manso, escuálido e inocente, cuando no seco, se torna furioso y poderoso en estos nuevos parajes hasta el punto de rajar la montaña en dos, produciendo un desfiladero tan estrecho y profundo como si fuese un cuchillo que se hunde y corta un grandísimo queso. 

Y el asunto está en caminar como si tal cosa por un sendero labrado en la mitad de esas paredes, con el cielo por arriba y el río bravo por abajo. Y también en la contemplación casi espiritual del vuelo majestuoso de los buitres y de cómo luego se colocan ordenadamente en formación, uno al lado del otro, con las alas extendidas para secarse en los picachos de la montaña, una cosa tan espectacular que nos parecería ensayada si no fuera impensable. Y en la fantasía de humanizar las caprichosas formas que la erosión de siglos ha esculpido en estos cerros calcáreos. Y en ver pasar el tren penetrando literalmente el monte y perdiéndose de vista para siempre. Y en escuchar las historias remotas, los accidentes y anécdotas que Pedro, nuestro ilustrado guía, nos va relatando. Y en contemplarnos a todos, los unos a los otros, amigos y extraños, con nuestros cascos torcidos y chorreantes. Y en ver a Jaime acurrucarse bajo los algarrobos para no recaer de su reuma con tanta humedad. Y en afinar la vista por localizar alguna pelea a testarazos de los machos cabríos, cobijados todos en sus cuevas por mor del temporal...

Y la lluvia lenta y cansina -valiente tostonazo- me devuelve sin remedio a san Eulogio, el estadio de fútbol  que hay en el Campo de la Verdad, y que el ayuntamiento de Córdoba le prestaba al seminario todos los jueves y los domingos alternos. El equipo oficial del seminario, el SP 68, jugaba los domingos, lógicamente. Nosotros, la Unidad B, como se dice ahora, lo hacíamos los jueves. Éramos buenos -perdonadme la inmodestia- pero, sobre todo, éramos cabezotas, las tardes de los jueves eran para el fútbol lloviera, tronara o venteara. No podíamos desperdiciar un campo como aquel de dimensiones reglamentarias, con sus porterías de siete metros y medio y con redes, de tierra batida y asentada, con sus gradas y sus vestuarios. Nada que ver con los campos de los Ángeles ni con los patios de san Pelagio. Y la lluvia. No sería así, claro, pero mis recuerdos de san Eulogio lo son siempre lloviendo. Me encantaba, yo creo que a todos, jugar bajo la lluvia, embadurnarme de barro y resbalar por los suelos. Marcar un gol de cabeza un día de lluvia con el balón embarrado era un auténtico subidón, la jaqueca te fastidiaba media hora pero el regusto perduraba hasta el jueves siguiente. Los había tiquis miquis, como Luis Enrique o José Luis Roldán, estilistas de secano, cuyos regates en corto fracasaban en un terreno tan pesado. Y los había también esforzados de humedales, Paco Ruiz Roldán, Antonio Estepa y Joaquinillo Baena a la cabeza. Hablamos de otros tiempos y éramos personas distintas de lo que hoy somos. En 1969 teníamos dieciséis años y no nos estorbaba el reuma ni se nos encogía el pecho. Y luego, mientras atravesábamos el puente romano camino de vuelta hechos unos auténticos Ecce homos, soñábamos con el puñado de higos secos que nos esperaba en el comedor como merienda. Hoy somos achacosos, es natural. En el autobús de regreso vamos exhaustos y con la humedad en los huesos. Pero en vez de higos secos nos hemos zampado en el restaurante un plato de los montes a base de migas, huevo frito, lomo de orza y papas a lo probe. Es lo que tienen los tiempos. Que cambian. Que cambiamos.




miércoles, 17 de enero de 2018

La buena simiente

Siento una especie de envidia sana cuando escucho a muchos de mis amigos -casi todos docentes- contar encuentros casuales con hombres y mujeres hechos y derechos, que hoy son ya maestros, químicos, médicos, arquitectos, carpinteros, agricultores... pero que en su día, de niños y jovencitos, fueron alumnos suyos en la escuela. Y a mis amigos se les ilumina la cara según van relatando los saludos y felicitaciones propias de esos encuentros, que si cómo te va, que si te has casado, cuántos niños tienes, por dónde vives... Y se enorgullecen -con toda la razón- de haber sido partícipes fundamentales en el desarrollo profesional y personal de esas personas a quienes consideran sus hijos académicos.

Pensándolo bien, no tengo motivos para quejarme. Ellos -mis amigos- están hartos de oírme los miles de agradecimientos que he recibido de mis pacientes en tantos años de oficio. Agradecimientos de todo tipo, unos, digamos que espirituales, palabras, llamadas telefónicas o mensajes por wassapt, placas recordatorias y cartas personales; otros, digamos que más prosaicos y sustanciosos, jamones por Navidad ( un año me junté con seis), colonias y perfumes, vinos,  cajas de verduras, tórtolas, perdices... En una ocasión, un paciente me trajo a la consulta dos liebres congeladas pero sin desollar, con los pelos y todo. Bueno, es verdad, pero aún así me faltaba algo. Eso creía yo.

Y entonces, mi fortuna ha querido arreglarlo. Hace tres días, de compras con la Peque en Leroy Merlin de Tomares, me topo con un tío grandote del estilo de mi amigo "Pinedo". Al pronto, no lo reconocí, pero cuando ese hombretón grita en medio del pasillo "¡Hombreeee, doctor Riveraaaa!" no me queda otra que concentrarme y reconcentrarme en tres segundos hasta dar con él, con su nombre y hasta con el asiento que ocupaba en clase. Era ya un hombre granado cuando empezó la carrera, una vocación tardía. Lo tuve de alumno en quinto y sexto en clases de nefrología y de geriatría. Fiel y puntual, no se perdía ni una sola clase, y era de esos estudiantes que no pasan desapercibidos, en su caso, primero por su volumen, y luego porque siempre se reservaba la última pregunta al terminar la clase. Se alegró mucho de verme, nos saludó con efusividad a la Peque y a mí, la felicitó por haber encontrado a un hombre como yo y me agasajó con no sé cuántos más parabienes. "Quiero que sepas que tus mensajes en clase de geriatría han calado, pero a base de bien". Y me recordó una frase que debí pronunciar en algún momento de alguna de aquellas clases: "No me explico cómo pueden sobrevivir nuestros ancianos tomando veinte pastillas diarias. Nosotros, los médicos, los tenemos envenenados con tanto fármaco. Y a continuación dijiste -me recuerda-: Claro que más vale tenerlos envenenados pero vivos que intactos y naturales en el cementerio". Y se pone a reír a carcajada limpia en medio del Leroy ante la mirada extraña de los transeúntes. Ramón -que así se llama- es un hombre casado y con dos hijos que vive feliz ejerciendo de médico de cabecera en un pueblo de Huelva. "Mi secreto para no cabrearme con los pacientes pesados -me confiesa- es intentar ponerme siempre en el lugar del otro. Y eso, querido doctor Rivera, me lo enseñaste tú". Y a uno, naturalmente, se le anuda la garganta.

Y acuden más recuerdos. Cosa de cuatro o cinco años, de turismo en Cáceres con Paqui y Jaime, almorzábamos los cuatro en un restaurante céntrico, después de haber descartado "El Atrium" por sus precios indecentes. A los postres, se me acerca un hombre joven que almorzaba con su pareja en una mesa próxima. "¿Usted es el doctor Rivera?" Sorprendido por tan inesperada situación, tardo unos segundos en contestar por ver si consigo identificar al intruso que interrumpe mi comida. Pero nada, no tengo ni idea. "Sí, yo soy" -le respondo incrédulo. "Claro -me dice ya relajado-, usted no se acordará de mí, es natural". "No, la verdad. ¿Quién eres?" " Yo he sido un alumno suyo en la facultad de medicina, en Valme". Y resulta que ahora es el jefe del servicio de Anestesia de un hospital de Cáceres. Y llamó a su pareja para que me conociera, y nos la presentó y le dijo: "Este señor dijo un día en clase algo que jamás olvidaré, que no es posible ser un buen médico sin ser primero buena persona". Y por unos segundos mi autoestima se infló como un globo delante de mis amigos.

Pero hay más. Tuve un alumno brillante, más que brillante, excelente, en quinto curso de medicina. Iba para figura. En las vacaciones de Semana Santa sufrió un accidente de moto que por poco si se mata. Un traumatismo craneal severo lo tuvo en coma durante semanas. Cuando abandonó la UCI no era el mismo. Un año largo de rehabilitación y su férrea voluntad lograron recuperar casi toda su movilidad previa, pero farfullaba al hablar y había perdido facultades intelectuales a ojos vista. Con sus ganas de acero, volvió a matricularse en quinto dos años más tarde. Sacó quinto y sexto a duras penas, nada que ver con el alumno que fue. Todos los que fuimos sus profesores intentamos echarle una mano a sabiendas del afán que ponía. La gran papeleta, la patata caliente, cayó en manos del doctor Grilo, su tutor y catedrático, que tenía que avalar la licenciatura para ejercer medicina a un muchacho medio tarado. Se arriesgó Grilo, apostó por un hombre valiente y tenaz aunque mermado intelectualmente. Y acertó de pleno. Años más tarde, estando yo impartiendo una sesión clínica en el centro de salud de Lebrija para los médicos de aquella zona, lo reconocí entre uno de ellos. Y él a mí, naturalmente. Trabajaba de médico en El Cuervo, estaba casado, tenía una hija, y se consideraba un hombre feliz que había cumplido su sueño, el de ser un buen médico. "¿Cómo tuviste el valor de volver a la carrera de medicina después del accidente?" -le pregunté, curioso. Con su torpe lengua y su lenta mente tardó segundos en contestarme. "Porque entendía que esa era mi misión en la vida". Y me emocionó al recordarme que yo, un día lejano, en clase, les había dicho que cada uno de nosotros ha nacido con una misión que cumplir. Y que la nuestra, la de médicos, era la más sagrada, la más bella, la más sacrificada. Que quien no se viera capacitado o con ganas, que abandonara ahora, que buscara otra alternativa; y quien quisiera seguir lo hiciera con todas las consecuencias de pundonor, de sacrificio y de abnegación. "Joer, ahora que lo pienso -se cachondea el tío-, es que tus clases parecían sermones".


Ya de jubilado, echando la vista atrás, resulta emocionante y satisfactorio el creer que uno ha cumplido. Cuando siento de vez en cuando remordimientos por "cobrar sin trabajar" me complace justificarme con argumentos tan sólidos y personales como puedan ser tantos agradecimientos recibidos, tantos recuerdos de cosas bien hechas, tanto sufrimiento compartido y media vida dedicada a aliviar, consolar y -algunas veces- curar. Y es verdad que a nadie le amarga un dulce, que nos gusta que nos muestren gratitud nuestros pacientes y sus familiares. Sin embargo, el agradecimiento y la consideración por parte de nuestros alumnos cobra una dimensión diferente. Los pacientes y sus familiares pasarán a mejor vida, como todos nosotros, pero si mis estudiantes aplican y perpetúan lo que de mí han escuchado entonces mis mensajes, al igual que los genes, se comportan como transmisores de eternidad.

Demasiado pretencioso, es verdad.

lunes, 1 de enero de 2018

Menú a 6,50 euros

En todo el centro de Antequera tiene mi paisano José Grabiel una tienda de pollos asados donde vende también comidas preparadas. Y bollería y bebidas. Un establecimiento humilde, sin luminosos ni cartelería llamativos, como tantos otros en esta y otras localidades. En estos meses que llevamos viviendo aquí, con la cosa de la mudanza y demás preparativos de nuestro nuevo piso se nos echa el tiempo encima y llega la hora del almuerzo sin que tengamos nada preparado. He debido decir sin que la Peque tenga nada preparado.

-Peque, hoy qué comemos?
-Ofú, pa comida estoy yo! -me responde hastiada de tanto polvo y de tanto taladro-. Anda, llégate ancá José.
Y esto, un día sí y al otro también.

Como llego a la tienda desmayadito vivo del ajetreo de la mañana, me comería todo el mostrador. Se me van los ojos detrás de las croquetas, las almóndigas de merluza, las tortillas variadas, la sangre encebollá, los revueltos, las alcachofas salteadas, la porra crúa, los flamenquines... Y el rosco de bizcocho para el postre. Con todo, mi plato favorito son los guisos: fideos, sopa de picadillo, potaje, cocido y arroces. Los guisos son cosa de Loli, su mujer. Los prepara en grandes ollas en su casa por las tardes. Nada de termomices modernas, ollas antiguas desconchadas y horas lentas de cocción, como antes. Yo tengo enchufe: llamo por teléfono a José advirtiéndole que voy y me selecciona un potaje o un cocido con ración extra de pringá. La añiura, dicen en mi pueblo -la añadidura.

Hay cola. Casi siempre hay cola. Muchas veces llega hasta la misma calle. Es natural. La gente sabe, la gente no es tonta. Se ha cundido la variedad y la calidad de esta comida casera. Y el precio, tío: tres euros la ración, y seis euros y medio el menú completo con dos platos, bebida, pan y postre. Mucho pensionista, sí señor, la tienda se llena de gente ya mayorcita que vive sola o en pareja, y a quien le sale a cuenta, mucho más, comer bien por 6,5 euros que gastarse más en el Mercadona, empercudir la cocina y alimentarse malamente. 
Mi menú preferido es cocido de primero; pollo en salsa de almendras de segundo; y de postre, tarta de tres chocolates. Y una cervecita para la Peque. Con eso comemos estupendamente los dos, la Peque y yo. Me tacharéis de rácano y de miseria. Pero no es así. Es que nos quedamos satisfechos con medio menú para cada uno, y encima cumplimos una de las normas elementales de cualquier régimen soportable, esto es, comer de todo pero en la mitad de las dosis habituales. Ea. A nosotros, mi paisano José nos ha venido de perlas. Y a otras muchas parejas.

Tendré que rectificar un pensamiento mío de siempre, que el negocio carece de escrúpulos y que los empresarios no piensan en otra cosa que en enriquecerse a costa de lo que haga falta. Incluso, de la salud de la gente. Pues no; hay excepciones muy honrosas que dignifican el papel del empresariado. Y mi paisano José es una de ellas.
Aparte de ganar dinero, la empresa ha de cumplir otra serie de fines para con la sociedad donde se inserta. La sociedad le proporciona un entorno favorable, unos medios materiales, una clientela, unas necesidades. La empresa ha de corresponder con lo que se denomina función social, que no es otra cosa sino dar trabajo, ofrecer calidad en sus productos o servicios (ser competitiva) e invertir parte de sus beneficios en la mejora del entorno físico y humano. En este sentido, la tienda de José es un ejemplo. Se está forrando, de acuerdo, para eso es un estratega del negocio, para eso monta su empresa, ahí está la visión del juego, el saber adelantarse... virtudes imprescindibles para el buen empresario. Pero luego posee la sabiduría de ganarse la lealtad y confianza de sus empleados, y, sobre todo, la magnanimidad de corazón para ofrecer un servicio de calidad -auténticas delicatessen caseras- a un precio de pueblo y para el pueblo.

Mi más cordial felicitación.

Y feliz año para todos vosotros.


jueves, 21 de diciembre de 2017

Mi amigo invisible

Quizás sea este año el primero en que no me sienta agobiado por las compras de Navidad. Lo del Lucas lo compraron mi mujer y mi hija en noviembre, mis sobrinos mayores ya peinan canas, y a los más chicos los conformo con el aguinaldo -el aguilando, en mi pueblo-. Bueno... No cantaré victoria antes de tiempo, aún me falta el regalo de la Peque, pero siempre queda el último recurso, el  del estuche-regalo de dos noches en un hotel con encanto. ¡Lo agradecido que le estoy al Corte Inglés por los apuros de que me saca! Hace años -muchos años- eran los bodys tan sugerentes, aquellos que cerraban con corchetes las partes pudendas y que yo arrancaba ansioso con las manos, con los dientes o con lo que fuera a la hora del usufructo; luego, años más calmados, vinieron los pijamas, prendas más decentes y adecuadas a nuestra edad. Y ahora, los hoteles con encanto a sesenta euros. Y para colmo de mi dicha, este año el regalo del amigo invisible viene con sorpresa.

Este año, mis amigos habían decidido que el regalo fuese algo reciclado, nada de comprar en grandes ni pequeños comercios, nada de alimentar el hiperconsumo. Cosas que tenemos apiladas y que llevamos años sin usar y que estén servibles, claro. Muy bien.

Hemos almorzado en casa de Paqui y Jaime mis amigos de Sevilla, los rocieros. Podemos concluir, sin lugar a dudas, que en ningún restaurante de la capital ni de fuera hubiéramos estado más a gusto ni hubiéramos comido mejor ni más saludable. Todo manufacturado por nosotros. Y digo nosotros con toda la intención, porque siempre se me acusa de no hacer ni el huevo, cría fama y échate a dormir. La Peque y yo teníamos el cometido de una crema de ajo blanco: estuve dos horas despellejando almendras, tío. Salió de rechupete. Pues eso, ajo blanco, ensaladas surtidas de aguacates, langostinos, naranja, jenjibre, su poquito de limón rayado y su poquito de curcumina; luego, unas migas serranas al estilo jaroteño o tarugo, da lo mismo, con su morcilla y sus dientes de granada; y para rematar, un asado de bacalao picado con patatas panaderas. Esta vez ha habido moderación incluso en los postres, cosa dada por imposible. María Jesús nos deleitó con un dulce típico de su pueblo que se parece en algo a la técula mécula: masa de pan con almendras, naranja y cabello de ángel, todo horneado. Una bomba. Probarlo nada más. Ya sabemos cómo se las gastan los extremeños a la hora del pesebre.

El reparto de los regalos fue, como era de esperar, lo más divertido. El mío, acertadísimo. Me enteré luego que fue Mariki mi bienhechora invisible. Un libro de recetas de postres y pasteles, y un delantal enterizo. La gracia era que el delantal lo había urdido recortando y recomponiendo un antiguo vestido de su hija. Me quedaba pintiparado, con sus flecos en las sisas, sus voleritos en los bajantes... En fin, que lo pienso usar, vaya.

Algo tenemos que hacer entre todos para intentar reinventar la Navidad. Vosotros, mis queridos lectores, que, como yo, habéis crecido en un espíritu navideño donde primaba el cariño, la cercanía, la familia, los mantecados caseros que se pegan al paladar, los regalos humildes y no por ello menos ilusionantes, los villancicos populares y el aguinaldo de los abuelos, vosotros y nosotros, todos, deberíamos, quizás, pararnos a reflexionar y a darnos cuenta de lo absurdo y banal de este consumismo superfluo y sin sentido. La inercia de lo común y la incisiva propaganda nos ha convertido a mucha gente en colaboradores necesarios para este consumo desaforado. Cierto que han cambiado los tiempos y las necesidades. No vamos a seguir viviendo en la pobreza de nuestra infancia. Claro que no. Pero in medio virtus, al menos eso, en medio. Ni tan poco, ni tan demasiado. Me entristece pensar que los humanos, con todas nuestras potencialidades, virtudes y glorias, tenemos también la curiosa y perversa costumbre de desvirtuar, a veces hasta el envilecimiento, aquello que es bello y hermoso.

Pero no quiero acabar con tristezas. Son días -y deben de serlo- de alegría compartida, de encuentros deseados, de comer juntos y de disfrutar, pero con prudencia. Os deseo a todos unas fiestas llenas de amor y amistad.
Hasta siempre. 

martes, 21 de noviembre de 2017

Quien nace lechón...

¡Hay que ver lo que es la genética!... Los mismos malos andares de su madre, paso cortito, culo respingoncete y espalda vencida; la nariz, las cejas y la talla de su abuelo Manolo, alto y cargado de hombros... No somos solamente lo que comemos, también lo que heredamos.

A sus sesenta y cinco años recién cumplidos, este hombre de cuyas virtudes y veleidades hoy quiero hablaros posee bastantes ases en sus mangas, demasiados "triunfos" de los que debe de sentirse realmente orgulloso: la familia que le ha tocado, sus amigos, sus brillantes logros académicos, su misión "sagrada" de médico cercano y cariñoso... De ellos, no es el menor sino que hace gala de seguir siendo él mismo, la misma persona de siempre -permítaseme la inmodestia-, malas trazas y pobre porte incluidos. Salvando las distancias oportunas, algo parecido a lo de su amigo Agustín, mente preclara en cuerpo desaguisado.

Al igual que hiciera en Triana, ahora pasea a su perrita por las calles principales de Antequera -ciudad clasista y muy provinciana- ataviado de cualquier manera, exponiéndose sin pudor alguno a las posibles críticas de sus vecinos o incluso de gente de Palenciana que va de compras o de paseo. Le da igual. Y eso que antes de salir su mujer le hace el obligado pase de revista.

Hace unos días, de paseo con la Pelu, se detuvo un rato en la plaza del coso viejo a tomar el sol templado y agradable de la mañana sentados ambos, hombre y su can, en un banco de piedra todavía fresquito. Llevaba el hombre su atuendo habitual de calle, su kit de paseo, digamos: pantalón vaquero raído y colgón, camisa de cuadritos tapada por un jersey, y una cazadora de paño; y para protegerse la calva, una gorrilla vieja con su visera; la misma de siempre. En esto que, al cabo y entretenido con el móvil, no se percató hasta no tenerla de frente de la presencia de una bella señorita.
-Perdone señor... Buenos días.
Nuestro hombre levanta la vista del móvil y se topa con lo que vulgarmente conocemos los hombres como una tía güenísima: tiposa y esbelta, su altura natural realzada por unos tacones  de esos de aguja, un traje pantalón elegantísimo, primer botón de la camisa desabrochado... En fin, le pareció así, a bote pronto, una comercial de la industria farmacéutica, será por deformación profesional suya.
-Buenos días, señorita -responde un poco azorado por la sorpresa.
-Verá, es que acabo de aparcar aquí mismo, ese que ve azul es mi coche.
-Muy bien -le replica con esa sonrisa bobalicona que ponemos los tíos ante las gachises güenorras-. ¿Y qué quiere usted de mí?
-Pues que me diga cuánto es, ¿no es usted el encargado del aparcamiento?

Me entró un ataque de risa. Me disculpé y le dije que no, que yo estaba allí tomando el sol con mi perrita; y que se fuera tranquila porque ese aparcamiento no estaba tomado por ningún "gorrilla".

Ese mismo día, quizás a esa misma hora, a mi amigo Agustín Madrid Parra -otro que tal baila en cuanto a indumentaria- le estaban imponiendo la medalla de honor de la Academia Sevillana de Notariado. Cuando me lo comunicó por wassapt le contesté de broma que qué bonito, él laureado, y yo de guardacoches, que siempre ha habido ricos y pobres, que unos, tanto y otros, tan poco. "No todo el mundo puede nacer en la Añora"-me dice el tío.

En fin, que no se puede luchar contra el destino, quien nace lechón...


jueves, 19 de octubre de 2017

Tribulaciones de un turista cobardica

Mi amigo Paco no para en las gasolineras ni en las áreas de descanso para mear. Que están muy guarras. Que su Ana no se sienta ahí. En medio del campo, sí. Se aparta discretamente por alguna carretera secundaria y busca algún prado solitario. Sus itinerarios habituales por España y Alemania los tiene marcados -quizás por señales olfativas- por puntos geográficos de micción.
Así, a la manera perruna, nos ha llevado desde Sevilla a Madrid, y luego, por toda Baviera. Nosotros dos, flauta en mano al descubierto; las mujeres, la suya y la mía, protegidas entre las puertas abiertas del coche. Es tan alemán que tiene calculados los trayectos y los horarios, de manera que cada tres horas, más o menos, encuentra el sitio apropiado. Y a mear los cuatro. ¡Hay que ver lo que pierde una mujer cuando le ves el culo meando! Se esfuma todo el morbo. ¿Y nosotros? Minutos eternos para que aquello arranque y luego un chorro flácido y endeble que te salpica en los zapatos. ¡Con el arco que yo alcanzaba!...
A desayunar sí paramos el primer día en Torremegía, un pueblecito extremeño cercano a Almendralejo. En la puerta de los servicios de señoras pendía pinchado en una chincheta un conciso escrito: "Señora, si la puerta no abre es que hay alguien dentro. Por favor, no arranque la manilla". Monumento para la posteridad.

Hasta Madrid, todo bien. De unos años para acá he desarrollado una especie de patriotismo viajero, de manera que solo me siento seguro sobre la piel de toro. Allende los Pirineos mi mente se contamina de amenazas de lo más variopinto: ataques de arritmia, accidentes aéreos, bombas terroristas... Cosas así. Y eso que hasta la presente las crisis de fibrilación auricular que he padecido durante algún viaje han ocurrido siempre en territorio patrio, una en Puigcerdá y la otra en Gredos. Pero siento una especie de pánico solo de pensar que me tuviesen que ingresar en el extranjero. Soy un cagao, ea.

Ahora no me acojona imaginar que el avión se estrella antes de despegar o que se pega un revolcón al aterrizar, no; eso era antes. Ahora me asusto pensando que uno o varios de los viajeros pueden ser terroristas yihadistas. Según voy caminando lentamente por el pasillo central del avión hasta dar con mi asiento y colocar el equipaje de mano me fijo descaradamente en las caras de la gente que ya están sentadas, por si detecto a alguien con pinta de musulmán. Y me relaja no ver a ninguno. El vuelo Madrid-Múnich me resultó un poquito inquietante por la presencia cercana de una pareja de morunos, ella y él, que -menos mal- se tiró durmiendo todo el trayecto y solo despertó para comer. A la vuelta para Madrid todos los pasajeros me parecieron cristianos y estuve mucho más tranquilo.

La tarde que llegamos a Salzburgo en coche alquilado desde Múnich llovía a cántaros y hacía un frío de cuatro grados. Nos pilló en calzones cortos y camisetas. Viniendo de los treinta y siete grados de Madrid. Como soy tan pupas, me agarró una contractura en el músculo trapecio derecho que me ha tenido medio acobardado durante casi todo el tiempo. Ha sido muy fastidioso, la verdad, porque las molestias y mi canguelo no me han permitido disfrutar a tope de un viaje tan bien preparado por Paco y tan requetebonito.

Los tres días de Salzburgo fueron fríos y lluviosos, lo que no quitó un ápice a su singular belleza al pie de unos Alpes suaves y majestuosos. Luego, dos jornadas memorables en un pueblecito de cuento, Bad Bayersoyen, al lado de un lago y de un bosque de hayas, que nos encantó a todos por su pintoresquismo bávaro, y que a mí, personalmente, me deleitó con sus pastelerías. ¡Qué goloso soy! Por lo que he podido comprobar en estos días, la gastronomía alemana es muy monótona, bastante menos variada que la nuestra, pero esta gente nos gana de largo en dos cosas: la cerveza y los dulces. El resto del tiempo lo hemos pasado visitando pueblos que circundan el lago Constanza. Espectacular. En realidad, este lago es una ampliación enorme del cauce del Rhin, el río salido de madre. Sus orillas se las reparten pueblos preciosos de Suiza, Austria y Alemania. El mogollón centroeuropeo. En los verdes prados y en los claros del bosque, monocultivo de manzanas. Manzanos por doquier. Strudel de manzana, hhuummm, qué rico. Y lúpulo, mucho lúpulo pa la cerveza. Y calabazas de caprichosas formas que ponen a la venta en puestos de carretera como ponemos aquí los puestos de melones.

De su pasado laboral alemán, Paco conserva amigos allí, concretamente en Friedeishaffen, sede de la empresa ZF, grandiosa factoría de piezas de motor. Los amigos Uli y Thomas. Una noche fuimos a cenar a casa de Uli. Ana y la Peque, encantadas de curiosear, claro. Y enseguida, de palique con la señora de la casa. Nos prepararon una fundee de carne. Notable, pero sin alcanzar las cotas de nuestra presa ibérica o nuestro chuletón de viejo. Thomas, recién separado de su mujer, se incorporó luego, en la sobremesa. Esta gente son unos bestias a la hora de beber. Sacaron varios tipos de aguardientes caseros de 50 grados y se vaciaban las copas en el gaznate del tirón, apenas sin paladear. Y tan panchos. Hablan muy bien el español, están enamorados de nuestro país, lo conocen mejor que nosotros mismos, veranean en Formentera, Uli es del Barsa y Thomas, der Beti güeno. "Mi hijo pequeño se ha echado una novia andaluza -nos dijo Thomas ya calentito del anís-, de Huelva, una choquera". Unos cachondos. No comprenden lo de Cataluña. Cataluña -me decían- posee más autonomía que la propia Baviera, que se publicita estado independiente.

Al quinto día, verdaderamente agobiado por el dolor del hombro y también por el miedo de que fuese algo más que una simple contractura, muy metido en mi papel le dije a Paco que parara el coche en plena travesía de un pueblo.
-¿Qué pasa ahora, qué mosca te ha picado?
-Mira en el navegador qué hospital público tenemos más cerca de aquí -le digo con congoja.
-Pero...
-Bueno, que no cunda el pánico -intento tranquilizar a la tropa-. Estoy muy preocupado por lo de mi hombro. Simplemente yo estaría mucho más tranquilo, y de paso vosotros también, si veo que no hay nada más que la contractura. En el hospital pido que me hagan una radiografía del tórax, de las costillas y del hombro, y ya está.
El hospital se encontraba a 15 kilómetros, en ese pueblo de nombre innombrable donde se celebran los saltos de esquí cada primero de año, después del concierto de Año Nuevo, en la primera cadena. La experiencia no pudo ser más positiva. Con Paco, mi traductor de lujo, mi tarjeta sanitaria europea y blandiendo mi carnet de médico la cosa fue coser y cantar. Para más abundancia, la médico que me tocó era de Guatemala, ya no precisé de traductor. Me atendió divinamente, fue la mar de amable y de solícita con todas mis peticiones, y luego, ella misma me enseñó en el ordenador las radiografías. Todo bien, ¡menos mal!
-¿Te doy un informe? -me dice al despedirse.
-No lo necesito, de verdad, yo solo quería ver las radiografías -le respondo muy agradecido-. Lo que sí te voy a dar es un par de besos, por simpática -y le planté dos besos en las mejillas.
-Huyyy -se pone roja y muy sorprendida-, que esto no se estila en Alemania, hombre...
-Pero en España, sí. 

Y de ahí, nos fuimos a ver el castillo del rey loco, ese castillo tan pintoresco que se parece al del logo de Disneyland.

El dolor siguió, la contractura persistió, pero yo, perdido el miedo, ahora sí, disfruté a pleno pulmón.
En cualquier caso, la Peque ha quedado muy escarmentada. Dice que nunca más saldrá de viaje conmigo fuera de España. Que así sea.

Ya en Antequera, mi nueva ciudad -y espero de corazón sea la última-, me puse en manos de una fisioterapeuta que me ha dejado relajadísimo. Y lo que son las cosas, es una chica alemana casada con un lugareño de aquí. Ea. Lo del mundo, que es verdad, que es un pañuelo.


domingo, 10 de septiembre de 2017

Vuelta al cole

Para nosotros ha sido éste que languidece un largo estío. No lo digo sólo por la calor -que podría-, sino por tantos acontecimientos cosechados. En ambas vertientes: la lúdica y la luctuosa.

Si os parece, vamos primero a daros cuenta de lo bueno: la Peque y yo (bueno, y la perrita también) hemos mudado nuestra residencia a Antequera. De un plumazo hemos vendido nuestro nidito de amor de Triana, y nos hemos comprado un pisazo casi de lujo en la ciudad del Torcal. Ea, con dos cojones. A nivel financiero, lo comido por lo servido. Nunca he sido -ni lo seré- un buen negociante, en cualquier transacción de las muchas que he realizado el resultado ha sido siempre neutro si no negativo. Pero en mi esquema lógico la ilusión renta más beneficio de vida que el dinero, dónde va a parar. Por lo menos, eso es lo que me ha inculcado mi mujer. No diré que no me cosquillea el estómago durante los escasos dos o tres días (los que median entre la venta y la compra) en que mi cuenta bancaria alcanza dígitos insospechados, casi indecentes para el nivel medio en que nos movemos los currantes, en este caso, mejor los pensionistas; tampoco negaré la zozobra estimulante que me provoca la búsqueda de escondite para el dinero conque pagar luego las mejoras en la casa nueva. Pero son sensaciones tan esporádicas y efímeras como las noches de lujuria que conseguimos de nuestras santas los de mi edad.

Pero ¿por qué?, os preguntaréis. ¿Por qué?, nos acosan nuestros amigos de Sevilla, incrédulos al principio y resignados al final. Tanto bombo al pisito de Triana, tanto paseo por el río con la perrita faldera, tanto mundo cofrade, tanto barecito bueno, tanta Plazuela, tanta afición que me hacía parecer un trianero de toda la vida... Y ahora, con apenas tres años cortos de vida de barrio, pillo y me voy. No cuadra. Algo no encaja. Algo ha tenido que ocurrir. Bueno... No lo sé. No tengo una respuesta clara. Podría salir del paso con aquello de "yo, lo que diga mi mujer", pero sería tonto. Si os escribo es porque me reconforta confesarme, desnudarme, ante vosotros, una especie de catarsis literaria. El detonante de este cambio de aires ha sido el hecho de estar esperando nuestra hija nuestro segundo nieto. Con dos nietos y toda nuestra familia en el pueblo ¿qué hacemos ya en Sevilla? Acercarnos a Palenciana a medida que fuésemos mayores ha sido una idea compartida por la Peque y por mí desde siempre. Yo, la verdad, no me esperaba que fuese a ser ya, de hoy para mañana; confiaba en  un par de añitos más en Triana, donde he vivido muy a gusto. Pero la cosa se ha precipitado. Algunos meses antes, el cáncer de mama de mi mujer y la intervención de mi cadera han podido también, no lo niego, encender la mecha de la nostalgia. En una temporada corta y aciaga nos hemos encontrado débiles y vulnerables. Hemos añorado, quizás, la cercanía de los nuestros, de lo nuestro. Nunca hemos dejado de sentirnos pueblerinos, palencianeros. Y pusimos en marcha la estrategia del cambio. Quizás a medio plazo como para cuando naciera nuestro  Daniel. Esperábamos con cierta lógica que la venta del piso se pudiera demorar unos meses, tiempo suficiente para que nosotros mismos y nuestros amigos nos fuésemos adaptando a la idea. Pero resultó que el pisito, nuestro mimado pisito, se vendió en una semana. Una vecina del bloque se lo ha quedado. Si es que era un primor, joer. Ahora, mientras completamos obras y mudanza al piso nuevo de Antequera, vivimos en el pueblo. He estado todo el verano sin ordenador, de ahí mi aparente indolencia literaria, mi desocupación para con vosotros.

De ahí, y de la acumulación de eventos de carácter más sombrío que ahora paso a comentaros. Ya conocéis la defunción de mi padre a primeros de julio. Hace una semana ha muerto la madre de Toñi, mi queridísima suegra, dejándome, por fin, amo de su casa. Y hace dos días ha muerto la suegra de mi hermano Frasco. Ambas, consuegras de mi padre, que pudiera parecer que éste desde el cielo hubiese intercedido por ellas, las pobres más muertas que vivas desde hacía tiempo. Las otras dos consuegras de mi padre que quedan vivas están de los nervios creyéndose las siguientes en pagarle el euro a Caronte, el barquero del Hades, tatarabuelo de nuestro san Pedro.

La muerte de estas tres personas muy mayores y muy allegadas ha revivido algo muy valorado por mi "yo médico": la ayuda al buen morir. En el hospital la cosa se diversifica tanto que el médico es quien consensúa con la familia el comienzo en la cadena de la sedación paliativa, pero no suele vivir en primera persona la vigilancia de la misma ni el agobio de los familiares tan sensibles, nerviosos y demandantes en esos momentos críticos, funciones que suelen recaer sobre todo en el personal de enfermería y auxiliares. En casa, sin embargo, todo se vive con mucha más intensidad y cercanía. Estos tres ancianos han muerto como Dios manda, a la antigua usanza, en sus casas respectivas y en sus cómodas y anchas camas, sin las inconveniencias inherentes al hospital, rodeados de los suyos, recibiendo hasta donde han podido los besos y el aliento de sus nietos y bisnietos, arropados y achuchados por sus hijos... Y apenas con un día de agonía. ¡Ojalá todo anciano pudiera morir así de en paz! Por lo menos, en los pueblos, donde las casas, más amplias por lo general, pueden permitir un espacio para morir. Comprendo que en un pisito de 80 metros la cosa no es lo mismo. He visto morir en el hospital a ancianos abandonados, ¡qué cosa más triste y desoladora! He visto a ancianos decrépitos que son traídos al hospital sólo para que mueran allí; a otros que, en sus delirios finales, suplicaban por sus casas... Siempre es triste la muerte, pero la de algunos ancianos en el hospital me parece descorazonadora. Estos tres que os digo han contado con mucha ventaja, han tenido a mano a seres queridos que somos profesionales del tema: mi hermano, mi sobrina, la Peque, mi cuñada y un servidor. En cada caso, llegado el momento, hemos montado una especie de cama hospitalaria en el mismo dormitorio del paciente, una cosa la mar de simple: se descuelga el santo o la virgen que penden de la cabecera de la cama; en la alcayata que se libera se cuelga el sistema del suero; nos traemos del hospital el material necesario, sueros, morfina, sedantes, sondas... Y montamos una especie de turnos de guardia. Así, cualquiera... En cualquier caso, la estrategia se volvería muy complicada en caso de agonías muy prolongadas, pero afortunadamente la sedación paliativa acorta mucho los últimos momentos, los más tensos e insufribles por los familiares.

De manera que, como podéis ver, con este panorama la Peque y yo, casi estamos deseando la vuelta a la normalidad, que acabe de una vez el verano, la vuelta al cole.