martes, 14 de diciembre de 2021

Lo que vale un euro

¡Te vas a enterar de lo que vale un peine!... Creo, sin embargo, que la mayoría de mis lectores -gente del taco- nunca se ha enterado de eso, del valor de un peine. Cosa muy distinta de lo que vale un euro, claro. De eso sí que nos hemos enterado todos. Y coincidimos en que alguien nos engañó en el trueque: un euro vale menos que nuestros veinte duros de toda la vida. A ver qué hace un abuelo con un euro para sus dos nietos pequeños en el parque. Na. Ni siquiera puede montarlos en los cacharritos, que ya se han puesto a dos euros por pasaje. En fin...

Pero, lo que son las cosas, hoy me he congraciado con el euro, oye. En serio. Ahora lo veréis. Harto de buscar sitios nuevos para mi práctica de golf campestre que no comprometan la integridad de las criaturas del Señor, me da por llamar al club de golf donde ya soy alumno en prácticas. Y pregunto a la señorita de recepción si puedo simultanear mis clases -una a la semana- con prácticas voluntarias en el campo de entrenamiento.

-¡Por supuesto que sí! -me aclara la señorita-. Y no sólo que pueda usted, sino que debe hacerlo. De esa manera practica y perfecciona lo aprendido en la clase.

Vi abrirse el cielo. Porque yo estaba en la creencia de que no podría entrenar por libre hasta haber concluido el periodo de clases. 

-¿Y cómo lo hago?

-Usted se pasa por aquí, y por un euro le entrego treinta y dos bolas... Y a pegarle.

-¿Y si quiero seguir más?

-Otro euro y otras treinta y dos bolas.

-¡Qué guay! 

A las cuatro de la tarde, después de la liturgia de la siesta, allí que me presenté con mi euro y mi hierro del 5. Yo solo. Todo el campo de entrenamiento para mí. Me tomé un tiempo entre golpe y golpe, primero por hacerle caso al profe, que me corrige mi precipitación, "el golf es un deporte de concentración, no puedes darle a lo loco. ¡Párate!". Y segundo, porque me duraran más las bolas, para saborearlas mejor, como cuando de chavea le daba bocaditos minúsculos a la onza de chocolate. ¡Qué gozada! Desde mi posición, frente a la sierra arropada por un vasto edredón de nubes de algodón, sentía la pulsión y la fantasía de hacer llegar cada bola a todo lo alto de la montaña. ¡Y el coraje que da cuando fallas y te sale la bola rateando!... Por mucho que dilaté mis golpes, aquello duró una hora corta. Y quise prorrogarla, claro. Pero la señorita, todo amabilidad y sapiencia golfera, me dijo que no; que tantos golpes seguidos en el primer día no eran adecuados para un principiante, que podía lastimarme los tendones del codo y del hombro. Resignado, me disponía a abandonar el lugar cuando observé que otro novato recién llegado entrenaba en un campito lateral golpes de aproximación y de putt.

-¿Puedo? -le pregunté con una timidez impostada.

-Pues claro, hombre.

Y allí estuvimos los dos aprendices, metiendo bolas en los agujeros hasta no verlas porque se nos encimó la noche.

De vuelta a mi casa, iba cavilando sobre la perdición que se me avecina ante tal descubrimiento tan a la mano y tan barato para un hombre tan vicioso como servidor. Y también pensé que nunca hasta ahora un euro había dado tanto de sí para el disfrute de una criatura.

Nunca hubiera golfero de bolas tan bien servido como lo fuera Filiberto en su campo preferido. Perdón por los ripios. 


Que tengáis todos una muy feliz Navidad, libres de bichos.


  

jueves, 2 de diciembre de 2021

El discreto encanto de la ciudad pueblerina

Pese a su muy vasto y valioso patrimonio arqueológico, natural y arquitectónico de castillo, palacios, iglesias y conventos, que en tan alta estima tienen turistas propios y foráneos, y pese a ser capital de la Comarca Norte de Málaga, Antequera es una ciudad con espíritu pueblerino en el más entrañable y campero sentido de la palabra. Es ciudad, pero, sobre todo, es pueblo. Un pueblo muy grande. Así lo entendí cuando de joven acompañaba a mi cuñado a vender melones en la plaza del mercado. Así lo disfruté cuando venía con la Peque, entonces mi novia -y toda su familia de carabina-, a su feria de agosto. Y así lo vivo hoy en día, siendo un vecino más. Superada por el tiempo la antigua sociedad clasista y latifundista de señoritos y jornaleros, la Antequera de hoy sigue viviendo de su fructífera vega, de diversas y poderosas empresas agrícolas, del turismo y del sector servicios. Salvando dos calles céntricas y el gran ensanche residencial por el oeste, todo lo demás es pueblo. Me dice mi amigo Juan Francisco que, en términos geográficos, a este tipo de ciudades intermedias muy ligadas a la agricultura se les denomina agrociudades. Pues muy bien. Ciudad enteramente provinciana donde mucha gente no sale a la calle sin arreglarse un poco, o se viste de limpio para la misa de doce, o se concentra a pasear por la calle Estepa o el paseo Real. Pueblo donde las mujeres barren y friegan la acera que les corresponde, y donde los hombres no han perdido la costumbre de la gorra campera. Pueblo, en fin, de una prosodia muy particular que convierte las eses en jotas, y aquí no paja na. Y nosotros, la Peque y yo, en la gloria de un entorno tranquilo y de agradable convivencia. Alejados de las bullas y las prisas de Sevilla, vivimos aquí la mar de a gusto. Y encima, con nuestros nietos a cinco minutos, y nuestra familia palencianera a veinte.  Dado el dicho popular de que una imagen vale más que mil palabras, veamos esta estampa.

Sobre las once de la mañana abandono el parque Atalaya porque a esa hora ya empieza a circular el carrusel variopinto de criaturas que lo disfrutan: jóvenes bizarros que someten sus carnes a capítulo en un gimnasio al aire libre; quedadas de perros amigos que sacan a sus dueños respectivos a que tomen el sol y discutan de fútbol, mientras ellos corretean y estercolan a sus anchas; vecinas del barrio cercano que salen de sus casas para que se seque lo fregao y se juntan de cháchara; ancianos de andador que distraen a sus cuidadoras con sus mismos relatos de todos los días... Ya lo tengo asumido. A las once, a casa. A por los mandaos. Mi juego de golf silvestre ha de ser en solitario, vayamos a leches. Una hora larga es más que suficiente. Me fastidian esos días soleados y luminosos en que a los maestros les da por trasladar a "mi parque" el patio del recreo o la clase de deportes, y me lo ocupan toda la santa mañana. Entonces, no sé porqué, considero que quizás Herodes no fuese tan ogro como lo pintan. Mis días favoritos son esos neblinosos y fríos -como el de hoy- en que no hay un cristo que se atreva a asomar por allí.

Me ha resultado algo entrañable comprobar que algunos ancianos que pasean por el sendero que circunda el parque me hayan devuelto varias bolitas extraviadas. Son muy ocurrentes y les entretiene charlar conmigo. Y viceversa. Me gusta pararme a escuchar la honda sabiduría que brota en sus palabras medio rotas para aprender de sus historias rancias, de tan repetidas. Como cuando de niño lo hacía en La Capilla sentado en un banco entre mi abuelo y don Bernardo. Días pasados, una pareja de dos ancianos muy viejitos me aborda.

-¿Usted es el señor que juega con  las bolitas blancas?

-Sí, yo soy. Bueno... Tengo otro amigo, pero ya lleva tiempo sin venir.

-Es que apenas coincidimos, porque cuando nosotros llegamos usted pilla y se va.

-Natural -les aclaro con delicadeza-. No puedo jugar con gente por delante. Es peligroso.

-Ya, ya -me responde socarrón el que parece más nuevecillo-. Ya que nos hemos librao del virus, no vaya a ser que nos mate usted de un bolillaso.

Y nos reímos. Y me dice el otro:

-A ver si quedamos para otro día, porque tenemos en casa dos bolas para devolvérselas.

Pues eso, amigos, la cosa es que yo encuentro muy atractivo esto de vivir en el pueblo, tanto aquí, en Antequera como en Palenciana: las calles limpias y empedradas, el que te conozca la gente por tu nombre, el contacto callejero con los mayores, el encanto de sus gentes sencillas... Será que nunca he dejado de ser  un hombre de pueblo. Eso va a ser. 

     

sábado, 27 de noviembre de 2021

Las bragas

Ninguna prenda femenina como las bragas. Para los hombres que, por edad, nos estamos reforzando en estos días con el tercer pinchazo covideño, nada superaba -ni supera- la sugestión de las bragas. No había color con el bikini, los shorts, la minifalda, incluso el sujetador. Las bragas eran el gran fetiche. Verle las bragas a alguna chica era lo más de lo más. Y mira tú que eran cuidadosas las joías, tapándose con las manos cualquier rendija traicionera. "Se lo he visto todo" -decíamos ufanos en las rarísimas ocasiones en que un cruce de piernas más lento de lo acostumbrado o una ráfaga de viento bienaventurado nos permitía vislumbrar por un segundo el cielo blanco y fugaz de las bragas-.Y si eran negras, ni te cuento. Una de las fantasías inconfesables de muchos adolescentes de aquellos tiempos era poseer el don de la invisibilidad para poder invadir la intimidad del dormitorio de algunas jovencitas. Bueno, y también, ya puestos, para poder colarnos en el cine de la plaza de balde. En el cortijo, viviendo en un patio de vecinos, me producía cierta turbación ver las bragas de las aceituneras colgadas al sol en el tendedero. Fíjate tú. Estoy convencido que, por el contrario, para una chica de entonces vernos a los muchachos en calzoncillos le parecería mucho más gracioso que erótico.

Y el caso es que, de tan metido en la sesera, los hombres que ahora somos no hemos perdido esa fascinación por tan delicada prenda. Casados y experimentados en lances amorosos, y viniendo de vuelta de tanta película picante y descarada, cuando no abiertamente pornográfica, nos sigue poniendo más, sin embargo, una mujer en bragas que desnuda. Y nos gustan las bragas de siempre, con sus bordes festoneados de encaje, ajustando los cachetes y marcando bien el manojito púbico. Incluso las de cuello alto, mucho más que los tangas modernos, que es como no llevar nada. Y más que a nadie, a mí, que por mi oficio de médico tantos culos de diversas latitudes y bragas de todos los formatos habré visto. Pues, nada. Todavía, fuera del ámbito profesional, la visión accidental de ese pequeño triángulo de ensueño me sigue cosquilleando del ombligo pabajo.

Días pasados, paseando por la calle, acaeció un hecho que, aunque usual en este tiempo, la magia del momento me transportó a uno de aquellos días de mi adolescencia en que un viento gracioso de levante se colaba de sopetón por el callejón de la iglesia y arremetía furioso contra toda falda que se pusiera por delante. En fin, que voy tan tranquilo por la acera en una calle céntrica de Antequera cuando una mujer joven se detiene justo delante mía para aparcar su motocicleta. Las obras interminables en la calle Estepa le han dado una vidilla extra a la calle Merecillas, lugar de los hechos. Sobre el mediodía, la calle rebosa de gente que sale y entra de las tiendas o que, como yo, pasea con aburrimiento a su perrita. Y llega la buena mujer con su falda holgada y abre sus piernas para bajarse de la moto, como si estuviese sola en medio del campo. Y luego, como si tal cosa, se recoloca la falda y aquí no ha pasado nada. Y, en efecto, no tiene por qué haber pasado nada. Sólo que ese instante sublime, inesperado y excelso, nos fascina a los hombres por su fugacidad, visto y no visto. Y porque nos hace recordar vivencias de otrora en que las bragas simbolizaban lo más arcano e inalcanzable de cualquier mujer. Para ellas, el sancta sanctorum que custodiaba su virtud más preciada; para nosotros, el pórtico de la gloria. 

No tengo apaño, ya lo sabéis.

   

martes, 16 de noviembre de 2021

Cuando el amor llega así, de esa manera...

Mucha gente me sigue preguntando si echo de menos mi vida de hospital. Y yo sigo contestando sin ambages que no; que la vida tiene un recorrido por tramos, y que ahora toca lo que toca: ocio, amigos, escribanía y nietos. Me gustaría añadir el sexo, pero sería una fanfarronada. En cualquier caso, escondo un as en la manga, porque nunca deja uno de ser médico del todo.

Hoy os traigo una historia de amor. Su protagonista femenina es, precisamente, una paciente mía de reciente cuño, de mi época de jubilado. La conozco desde los tiempos gloriosos de nuestra vida en Valencina, porque traté a un hijo suyo de cierta afección intestinal, pero nunca hasta ahora la había tenido a ella como paciente.

Ángeles y yo mantenemos una  relación telefónica y epistolar. Congeniamos de maravilla. Lo que hoy se dice tener feeling. Es chiquita, talentosa y rabiosilla, en eso se parece mucho a la Peque. Y muy guapa a sus sesenta y dos años. Yo creo que se pone bótox o potingues de esos para mantener la cara de muñeca. O a lo mejor es su ser natural. El caso es que, divorciada desde hace años, lleva mal la soledad obligada. Y por otra parte, viajera infatigable, le cuesta apiarar con mujeres de su pueblo porque son demasiado domésticas. Me llama, me escribe y me cuenta sus dolamas. Ciertamente, su pequeño cuerpo ha sido castigado en exceso por intolerancias alimentarias múltiples, colon irritable y un síndrome de hipersensibilidad al dolor pariente próximo de la fibromialgia. Y yo le aconsejo y le ayudo en la distancia.

Llevaba meses sin noticias suyas. Y hete aquí que hace unos días me escribió un wassapt espectacular. Que está curada; que ya come de todo, con ciertas precauciones, claro; que los dolores articulares se han disipado... Que es otra mujer. "¿Cómo es eso?" -le pregunto. "Que me he enamorado" -me suelta-. Mejor se lo cuento por teléfono". Y me llamó.

Resulta que un día, en la cola de la pescadería, un hombre le pidió la vez. "Ya de entrada, me agradó". Como quiera que la espera se alargara, charlaron de lo que cada uno pensaba comprar, de si me gustan los boquerones grandes, esos que parecen sardinas, pues yo prefiero los lomos de atún, aquí te los preparan de escándalo y te dan la receta para untarlos con mermelada de tomate, un lujazo... A lo tonto, a lo tonto, siguieron con la cháchara hasta llegar a la caja. Y al despedirse, el hombre le sugirió almorzar juntos en la misma cafetería del centro comercial. Y ella, que se echa la manta a la cabeza y dice que sí. "Aun sintiendo mucha vergüenza, porque desde años atrás yo no sé qué es eso de ligar. Pero me dije que por qué no". Imaginaos a una mujer de esa edad en semejante tesitura. Ni en sueños hubiese imaginado volver a conocer varón. Y ahora, fíjate. Y es que, como dice la canción, cuando el amor llega así, de esa manera, una no se da ni cuenta. Y me resulta enternecedor ponerme en la piel de esta mujercita, que retornando a sus tiempos mozos revive aquel revoloteo juvenil entre la emoción y el cosquilleo del enamoramiento, por una parte, y el recelo de lo desconocido, por otra. Y, como la muchacha que en su día fuese, se lanzó a la aventura. Se produjo el inevitable intercambio de móviles; se sucedieron llamadas en los días posteriores... Y aquel inicio dubitativo y temeroso se tornó muy pronto para ella en una relación tranquila, sosegada (cada uno en su casa) y muy gratificante. Por wassapt, me envió un selfíe con ellos dos en pose acaramelada. Pedazo de novio. Federico se llama el hombre. A mí, ese tío me echa los tejos, y nos vamos con él la Peque y yo. Los tres juntos.

Y adiós a los males. Es lo que tiene el amor: que cura. Y no es sólo por el sexo, que también. Ya es un clásico un estudio epidemiológico publicado hace años por la revista médica Health, que sugería claramente que las personas casadas viven más y con mejor calidad de vida que las solteras. Que el afecto compartido beneficia la salud. Siempre hemos creído que la mente ejerce una fuerte influencia sobre el cuerpo. Y lo hemos hecho de una manera empírica. Hoy, sin embargo, sabemos que el milagro del amor sobre la salud consiste en que los mismos estímulos externos o internos producen respuestas orgánicas diferentes dependiendo del grado de intoxicación amorosa que padezca nuestro cerebro. Puede parecernos fantasía, pero es una realidad no sólo anímica, sino también biológica. La oxitocina, hormona del parto, llamada también la hormona del amor, se libera en la hipófisis ante estímulos como los abrazos, los besos, las caricias e incluso las miradas tiernas. No digamos ya con refriegas mayores. Una de las principales dianas de esta hormona es la amígdala cerebral, controlando en ella las reacciones de ansiedad y pánico. Compartir el afecto posee otras bondades como la mejora en los hábitos alimenticios, en el sueño, en la tensión arterial...Los gestos amorosos disminuyen los niveles sanguíneos de cortisol, con lo que son muy beneficiosos para combatir el estrés.

La experiencia de Ángeles es muy ilustrativa para todos nosotros, viejos carcamales, que nos creemos de vuelta de todo y que, acostumbrados a nuestra posición de vida adocenada, no apreciamos la importancia que para nuestra salud física y mental tiene el hecho "insignificante" de una convivencia tan bien avenida y duradera con nuestras santas y nuestros santos respectivos. Ángeles y Federico nos devuelven a todos a otro tiempo muy lejano en que el amor era ímpetu, ganas, pasión, empoderamiento y emoción. Era el sentido máximo de la vida. Bienaventurados ellos, que ahora rehacen la suya y reviven aquellos días de perenne primavera. 

Al final, y para que se note mi venero del seminario, recordaré aquello tan releído de san Pablo y su carta a los Corintios: "Si no tengo amor, nada soy". Pues eso.  

 

lunes, 8 de noviembre de 2021

Mejor no preguntar

A sus veinte años, Mari Carmen no había salido de Pozoblanco. Era una joven de facciones agradables, buena moza, quizás demasiado entrada en carnes para su edad, muy tímida y retraída. Muy de pueblo aislado. No era un portento de la limpieza ni de la cocina, nada que ver con Adela, la muchacha tan diligente y espabilada que teníamos en Córdoba, pero se desvivía con los cuidados y mimos hacia nuestra hija, y para nosotros eso lo era todo. Quizás deseosa de conocer mundo, Mari Carmen se vino con nosotros de interna cuando nos trasladamos a Sevilla. Era un primor de cuidadora. Algo chochona, no hacía otra cosa que estar pendiente de nuestra hija. Y nosotros tan contentos. Y la niña, también. Nos duró sólo un año. Aunque iba con cierta frecuencia al pueblo, no fue suficiente, le tiraban demasiado los lazos del terruño y los de su casa.

Me agrada ir de visita a Pozoblanco. La Peque, mi hija -bebé por entonces- y yo vivimos allí solamente nueve meses. Pero fue un tiempo muy especial para nosotros. Llevo con orgullo el haber sido parte de aquel sensacional grupo de médicos, pioneros entusiastas, que pusimos en marcha el flamante hospital. Y que mi mujer fuese la primera directora de enfermería del mismo. Una valiente, como lo ha sido siempre. Imborrables en nuestra memoria los primeros pasos de nuestra hija, sus chapetas malares por el frío quemante de Los Pedroches, el embeleso de Mari Carmen hacia ella y la fraternal convivencia de aquel comando de jóvenes médicos "forasteros" que habíamos llegado desde Córdoba para abrir el hospital.

Han pasado 37 años desde entonces, que se dice pronto. Pozoblanco ha permanecido en nuestro imaginario emotivo como el comienzo de todo en nuestra pequeña familia. Magnificamos aquellos días lejanos que tanto daban de sí, mucho más de 24 horas, las comidas opíparas en la fonda Damián, las amistades tan rápidas con Los Pañeros, Los Cardadores... Y la apertura de nuestra primera cartilla de ahorros en el Banco de Santander, de la mano de Aurelio y de Fernando. Sí, pero todo envuelto en esa nebulosa mágica de lo pasado, de lo nostálgico.

En los últimos años, sin embargo, los amigos de Sevilla vamos a Pozoblanco de vez en cuando invitados por Los Pozuelos, propietarios de una hermosa dehesa. Y nunca se me había ocurrido antes visitar a Mari Carmen. Pues esta vez, sí. En el bullicio callejero del viernes anocheciendo, me separé de las mujeres, siempre de tiendas, y me puse a pasear desde "Los Godos", bulevar arriba, hasta alcanzar el hospital. Ha crecido. Tanto o más que el gran eucalipto que lo abandera. Y me sentí muy confortado porque allí permanecía callada una parte muy entrañable de mi historia, de mi vida. Si desde la entrada a Urgencias tuerzo a la derecha me topo con la calle donde vivimos durante nueve meses. Poco ha cambiado esa calle. Identifico casi todos los bloques. Y me dispuse a buscar a Mari Carmen.

Nadie me daba norte de ella. Desde los porterillos automáticos de los distintos bloques de pisos fui charlando con vecinas. Nada. Entré en un bar de aquellos tiempos, justo debajo del que fuese mi piso. El dueño tampoco fue capaz de acordarse de nada que pudiera servirme de ayuda. "Tenga usted en cuenta -le aclaraba yo- que ahora aquella muchacha debe andar por los 60 años". El hombre me acompañó a un taller cercano por ver si allí podrían escudriñar mejor. Nada. Le agradecí su empeño y me despedí. De vuelta a donde las mujeres se me ocurrió entrar en la farmacia de la esquina, pensando que una mujer obesa de 60 años sería clienta habitual. Tampoco pudieron auxiliarme dos jóvenes mancebas. Pero me indicaron la pista que sería definitiva: "llame usted en aquella puerta de enfrente. La mujer se llama Luna, y se conoce mejor que nadie la vida y milagros de toda la gente que vive o ha vivido en esta calle." La mujer, toda espléndida, bajó enseguida a abrirme. Da gusto charlar con desconocidos que, de pronto, te tratan como si te conocieran de toda la vida. Es el encanto de los pueblos. Cuando hube acabado de contarle toda mi historia del hospital, de mi piso alquilado allí enfrente y de Mari Carmen, se me quedó mirando muy seria, agarró su móvil y llamó a alguien como para asegurarse, y luego dictó su sentencia: "mire, por las señas que usted me cuenta, esa mujer ha muerto". Me quedé muy tristemente sorprendido, claro. "Murió hará unos seis meses. Tenía, la pobre, una obesidad mórbida. Los demás vecinos no han sabido dar con ella porque desde hace unos diez años ya no vivía en esta calle, sino en esa otra que tuerce a la derecha. ¿Quiere usted que lo acompañe a su casa y habla con su marido?" Desistí. Sólo quería saber de ella. En el camino de vuelta me costó deshacer el nudo en mi garganta recordando a aquella muchacha lacia y rechoncha que tiraba por los aires a mi niña de un añito, la recogía en su amplio regazo y le hacía reír hasta llorar de cosquillas.

Mejor hubiese sido no preguntar. 



viernes, 15 de octubre de 2021

Cumplir 7 años

Con siete años cumplidos y la primera comunión hecha, se decía entonces que un niño ya tenía uso de razón. Hoy puede parecer una ñoñería, pero antes era cosa seria. Ese paso fronterizo desde lo irracional de niño pequeño a la vida de niño mayor tenía sus repercusiones prácticas: no se te consienten ya tantos caprichos ni rabietas; tienes deberes en la escuela; las desobediencias a los mayores y las cochinadas secretas son pecado. Venial, pero pecado a confesar con don Juan; los cuentos de tu abuela en la cama se cambian por jaculatorias y rezos cansinos y aburridos. Y lo peor de todo: los Reyes Magos son los padrinos. A mí, sin embargo, lo del uso de razón me llegó bastante más tarde. Hasta los diez años yo seguía creyendo que los niños éramos niños por siempre, que no crecíamos. Y luego, cuando ya acepté que sí, que íbamos a crecer y convertirnos en personas mayores, decidí que, de mayor, me casaría con mi hermana Josefa, y así, todo en familia. El tifus, decía mi madre. "Todas esas tonterías le vienen del tifus".

Hoy cumple 7 años mi nieto Lucas. Y, sin primera comunión ni nada, ya tiene más luces que yo a su edad. Claro, que sus abuelas no le rezan ni tiene que confesar pecados, ¡menuda suerte! Le he preparado dos bizcochos de los míos para la celebración de esta tarde con sus amigos. Mis bizcochos tienen la particularidad de que los huevos son de corral y que bato las claras por separado con una pizca de sal hasta el punto de nieve. Los amigos de Lucas son algunos del pueblo y los demás, de su colegio. Tienen todos sus nombres y apellidos, que si Martín Pelegrini, Javi Cortés, Martina Suárez, Guillermo Delgado, Juan Soria, Sofía Galán, Santi Vidaurreta, Alonso Artacho... Mis amigos de siete años también poseían sus nombres y apellidos, pero entonces nos nombraban a todos por los motes: Juan "Chaparrito", "Agundo", Manolo "Piita", "El Botón", José "Churrete", Francisco "El Chato"... Y, por supuesto, todo niños. Sin paridad. En esa pandilla de la calle Sol, yo era José María "Peos", no hay necesidad de más explicaciones.

La fiesta se va a celebrar en un local a propósito, con su barra de bar donde las mamás puedan servirse sus cafelitos, sus mesas adornadas de flores y manteles de colores donde los críos malbaratarán los sandwiches de pavo frío y mis bizcochos, y su castillo hinchable y todo, para disfrute y desfogue de las crianzas. Lucas ya sabe los regalitos que le van a caer, no le hará ni puñetero caso a las zapatillas ni al polo de sus abuelos, y alucinará, sin embargo, con los paquetitos de cromos de futbolistas para rellenar su álbum. Es lo que hay. Mis amigos de siete años y yo no sabíamos qué fuera eso de celebrar nada. Nosotros socializábamos a espadazos en la calle, en "Las Peñolillas" o en lo hondo de  "Los Barrancones", los parques infantiles de entonces (una especie de escombreras) en las afueras del pueblo.

A sus siete años, mi Lucas ha viajado por medio mundo. Heredero de la querencia de su madre y de su abuela Antonia por los viajes, hasta se les anticipa preguntando con toda seriedad de un hombrecito que para cuándo van a ir a Egipto, que tiene mucha curiosidad por las pirámides. Con siete años, yo había ido a Córdoba una vez, a visitar a mis tíos, y varias veces a Cabra para operarme de las anginas. La primera vez que salí de Andalucía fue a mis veintiséis años, a escoger plaza de MIR en Madrid.

Al final, ¿Qué más da? ¿Qué es lo importante? Ser un niño feliz. En eso consiste todo. Mi infancia, pobre casi de solemnidad, fue tan estupenda para mí como lo es hoy la de Lucas para él. Sin cumples, sin regalos, sin viajes, sin inglés ni kárate. Ahora, que leer, leía yo mejor. Y jugar al fútbol, también. Y espadear. La felicidad de un niño se basa en tener para comer, sentirse querido, jugar con sus amigos y tener quien le cuente cuentos antes de dormirse. Y estoy convencido de que un niño feliz apunta a un adulto sin traumas mayores. Como nosotros, hijos todos de nuestro tiempo. A pesar del tifus. 

 

miércoles, 6 de octubre de 2021

La tentación vive al lado

En Antequera hay pastelerías "de temporada". Abren de octubre a enero, y venden género navideño. En esos meses, me da lugar a comprar en todas ellas. Me conocen. "Ya está aquí el goloso", me saludan las dependientas. Todos los años me sobran mantecados. Luego, los voy apurando poco a poco. Casi están más ricos fuera de tiempo. A mi amigo Pintor le duran los roscos de vino hasta el año siguiente.

El caso es que este año han abierto una de estas tiendas en la placita de enfrente de mi casa, a diez metros de mi puerta. Imposible ignorarla. Y os diré algo: más que por los dulces en sí, por el reclamo de la chica que los pregona en la entrada. Como lo estáis oyendo.

Tan pronto en el calendario, no tenía pensado entrar aún en tal pastelería. Ya habrá tiempo. Pero acaeció que hace unos días, yendo hacia la farmacia vecina, me topé de frente con la chica, que me ofrecía una bandejita de degustación. Acepté gustoso y cogí -como la Virgen María con las naranjas del ciego- tres polvorones: uno para ahora, otro para la Peque, y otro más para aluego. Os confieso que, a la vuelta de la farmacia, no pude resistirme, y entré. Más que nada, por volver a ver y peritar a la muchacha. Un primor, ya os digo.

Me acordé un montón de mi amigo Jaime, que no es dulcero, pero sí experto tasador de modelitos de mallas superapretás, de ésas que marcan por delante el triángulo púbico con bisectriz incluida, y por detrás, dos medias sandías boca abajo. Un escándalo para los ojos de un viejo verde. Muy bonita de cara, con ojos vivarachos y  pechera embestidora, completa su encanto con una prosodia lánguida y suave de allende los mares.

Total: media docena de mantecados de aceite de oliva, otra media de alfajores caseros y una bandeja de bienmesabe fue el precio que me costó el aforar con la vista a la simpática y bella muchacha.

No tengo arreglo.