jueves, 25 de mayo de 2023

La carta

Esta mañana he recibido una carta. La cosa, ya de por sí rara hoy en día, me resultó aún más extraña porque el remitente -se conoce que no sabía mi dirección postal- me la ha enviado al club de golf de Antequera, sabedor de que allí darían conmigo.

-José María -me dice Carmen, en el cady master-, tenemos una carta para ti.

-¿Una carta? ¿Aquí, en el golf?

-Pues parece que sí. -Y me la entregó.

Enseguida le doy la vuelta en busca del remite. ¡Qué sorpresa más agradable! Es un cura de los nuestros, de aquéllos segundos padres que tuvimos en el seminario de Hornachuelos. Nuestro profesor de matemáticas. No daré, por aquello de la privacidad, tan de moda hoy, su nombre, pero sí sus iniciales: P.A. LL. T. Intelligenti, pauca

No pude resistirme. Hice esperar a mis compañeros de partida hasta que, retirado a un lado del tee (la salida), me empapé la carta entera. El propósito del cura no ha sido otro que el agradecerme el libro que le regalé y le dediqué hace unas semanas, pero ¡qué cosa más entrañable y nostálgica para la gente de mi edad! Ni me acuerdo de cuándo escribiría yo mi última carta de puño y letra, como se decía antes. ¡La modernidad se nos ha llevado por delante tantas cosas...!

Toda la partida con mi cabeza en la carta. O con la carta en mi cabeza. Y eso no es bueno para el golf, entretenimiento que requiere de una concentración máxima en cada golpe. Aún así, he ganado.

-¿Qué tal se te ha dado hoy? -me pregunta la Peque a la hora del almuerzo.

- Pues nada, que he ganado -respondo con toda suficiencia.

-Yo no es por na -se pone en plan respondón-, pero me parece mu raro que ganes siempre.

-Mira, Peque, para mí, con poder jugar y disfrutar cada día ya es ganar. -Y así me salgo por la tangente.

-Pos vale.

Volvamos a la carta. Me recuerda un montón a las cartas que yo escribía a mis padres y luego, ya de mocito, a la Peque. La letra, ¡qué preciosidad de letra tiene el cura! A ver si yo fuese capaz de plasmar un trozo de la carta aquí, en este escrito, para que vosotros podáis apreciarlo como yo. Una letra de clase de caligrafía, como nos enseñaban nuestros antiguos maestros en las escuelas, como mi letra de seminarista, no ya la de médico, ya se sabe que un buen médico no puede tener buena letra. Es una letra barroca, ligeramente volcada a la derecha, donde todas las mayúsculas se adornan con arabescos, unas llevan panza, otras, sombrero, otras, en fin, una bata de cola... ¡Una obra de arte!


No menos atractivo es el contenido. Me habla de sus vivencias en Los Ángeles con nosotros. Recuerda anécdotas sobre mí que ni yo mismo recuerdo. Una cosa parecida a aquella canción de Sabina: ¡Si sabe de una cosas que ni una misma sabe que sabía...! Pues eso. Me dice que aunque yo era un hacha en Latín, no se me daban mal las matemáticas. Que ya en primero de bachiller fui de los poquitos que resolvió un problema práctico que él puso en la pizarra: ¿Cuánto tiempo tardará en llenarse la piscina del seminario que mide 20x10x1,5 metros si le entra un caudal continuo de 25 litros por minuto? Y así, a bote pronto, me resulta raro que yo, a mis torpes 11 años, hubiese sido capaz de averiguarlo. Y ni ahora, creo. Me ha picado la curiosidad y, después de la siesta, me he puesto a ello. Y me sale que son 200 horas, es decir 8 días y 33 minutos. Fácil: he convertido los metros cúbicos en litros y luego los he dividido por 25. Ea. También se explaya en vivencias personales durante su etapa de seminario y de más tarde, cuando se secularizó: de su mujer, de sus hijas, de sus seis nietos, unas preciosidades... Bromea conmigo acerca de mi dolencia prostática escribiendo una especie de profecía en latín: Ubi quis peccavit, ibi torquetur (allí donde alguien pecó, allí será atormentado). ¡Sioputa, el cura...!

En fin... ha sido para mí una sorpresa muy agradable, el mejor regalo del día. Por venir de quien viene y por devolverme a mis años de juventud.

Quedad con Dios.


martes, 9 de mayo de 2023

La fe y las rogativas por la lluvia


"En verdad os digo, si tuvierais una fe siquiera tan pequeña como semilla de mostaza diríais a esta montaña: muévete de aquí para allá. Y la montaña se movería". (Mateo, 17:20)

Y ya puestos, si la fe, en tan minúscula proporción, puede mover montañas ¿por qué no ha de acarrear la lluvia?

Parece ser, pues, que a lo largo de estos últimos dos milenios y pico que lleva la cristiandad cultivando sus creencias desde que Jesucristo pronunciara estas palabras, nadie ha tenido ni siquiera esa mijitilla de fe, porque, que sepamos, ninguna persona humana -ni divina- ha logrado cambiar una montaña de su sitio ni arrimar las nubes a su sembrado. Para mí, que aquella sentencia fue un farol de Jesucristo. Todo lo más que sabemos parecido a esto fue cuando Moisés separó por unas horas las aguas del mar Rojo. He aquí un verdadero hombre de fe. Ni siquiera Aníbal, el más afanoso guerrero de la Antigüedad, consiguió mover el gigantesco bloque de hielo que obstaculizaba el paso de su ejército por Los Alpes, sino que tuvo que destrozarlo a golpe de golpes y de días. Lo dicho: la humanidad carece de fe. No llega a la semilla de mostaza. Al menos, de fe religiosa.

Fuera de la fe (religiosa), muchas obras y pensamientos de la gente corriente nos parecerían a todos -incluso a los creyentes- un sinsentido. ¿Quién en su sano juicio puede creer en que un pedacito de pan se va a convertir en el cuerpo de Cristo o un trago de vino de misa en su sangre, al simple conjuro de una especie de abracadabra elevado al cielo por un ministro del Señor? ¿Quién, en las misteriosas apariciones de La Virgen María? ¿Quién, en los milagros? Nadie, fuera de la fe. De manera que no parece cierto que la fe mueva montañas, pero sí que mueve voluntades, emociones y sentires. Ha sido siempre así y no parece que vaya a dejar de serlo. El hombre necesita creer (bueno..., y la mujer también). Parece que es algo inherente a nuestra naturaleza, algo ya estructurado en nuestro paleo encéfalo, herencia de nuestros ancestros más primigenios. No necesariamente ha de ser una fe religiosa la única que pueda guiar las vidas de las personas, existen otras variadas formas de fe, pero en nuestra cultura fe se equipara casi siempre a creencia religiosa, y así lo quiero dejar constar en el contexto en el que hoy escribo.

La fe religiosa sublima y supera la realidad. El creyente no quiere saber la verdad, decía Nietzsche, le basta con la fe. "La fe engaña a los hombres, pero le da brillo a la mirada", apostillaba R. Tagore. Pues, sí. Algo (o mucho) de eso es lo que hay. Desde luego, yo no voy a menospreciar la fe ni a las personas que la practican. Lo que siempre criticaré será la intransigencia y el fanatismo, porque ciegan las luces e imposibilitan cualquier debate o acercamiento. He sido creyente fervoroso durante muchos años. He conocido a gente de ciencia que son creyentes. La historia universal está repleta de científicos, investigadores, literatos, artistas... intelectuales que creen en Dios. Tengo para mí que ciencia y fe son dos mundos que, ora se juntan, ora se pelean, como hacen los hermanos cuando chaveas, dos trenes en vías paralelas que pretenden llevarnos al mismo destino, el de la verdad, y que unas veces se acercan tanto que casi se rozan entre ellos, y otras divergen tanto que parece que uno vaya para Sevilla y el otro, para Almería. La fe, por tanto, no es signo de ignorancia, ni mucho menos. Es otra cosa, otra dimensión del pensar y del conocer, un subproducto primitivo surgido del sentimiento y de la intuición para dar respuesta a realidades ocultas. Mitos que expliquen lo inexplicable. La razón es el dominio de la ciencia, algo sobrevenido a nuestro cerebro con posterioridad. Ciencia y fe, razón y sentimiento, qué fácil en la teoría, qué complejo en la práctica. No puedo olvidarme de nuestro gran Antonio Machado cuando en su "Juan de Mairena" de 1936 sentenció: "No fue la razón, sino la fe en la razón lo que mató en Grecia la fe en los dioses".

De otra manera, no se explica el fenómeno que yo creía atávico acaecido en estos días en muchos puntos de la geografía patria: el de las rogativas por la lluvia. Vírgenes de diferentes advocaciones, Señor de Las Aguas, san Isidros... , procesionados en nuestros pueblos y ciudades con rezos y cánticos imploradores de agua. Algo sentido como natural y necesario por muchos creyentes -no todos. Algo anacrónico, esperpéntico, vergonzoso para muchos no creyentes. Sin fe es imposible entender tal fenómeno. Llamo al móvil de un amigo sacerdote, muy cercano al obispo.

-¡Por Dios bendito! -le increpo nada más empezar la conversación- ¿Cómo es posible que permitáis este esperpento de procesiones en el siglo en que vivimos? ¡Que ya no estamos en el Nacional catolicismo, por Dios!!!

-Hombre, José María, no te lo tomes así. De toda la vida del Señor esto ha sido y es expresión de la religiosidad popular. De sobra sabemos que no va a llover por mucho que imploremos al Altísimo y a su Santa Madre, pero no podemos ni debemos reprimir lo último y más sagrado que le queda a la gente: su fe.

-Pero, hombre -protesto-: para eso estáis los pastores ¿no? Para procurar que el rebaño no se descarríe por caminos ya abandonados.

-¿Abandonados? Eso será lo que tú te crees. Esa costumbre de sacar a los santos sigue tan vigente como en nuestros años de seminario, o más. Mira tú éste.

Pues entonces, apaga y vámonos.




 


"El naturalismo pretende excluir a Dios de cualquier explicación racional seria. Y suele concentrarse en el estudio de la persona humana, que viene reducida a sus dimensiones materiales, físico-químicas y neuronales. Tal como señala una de las respuestas que he mencionado, el desafío mayor que la religión debe afrontar hoy en nombre de la ciencia es el que se presenta como avalado por la neurociencia: algunos pretenden explicar todo lo humano, incluida la conciencia y la religión, mediante la química del cerebro".

Este párrafo lo escribió Mariano Artigas, un filósofo de investigación, en Aceprensa en 1991. Su libro más conocido, Ciencia, razón y fe, de 2011, es un ejercicio formidable de conciliación muy recomendable para el personal interesado en estos temas. Mi opinión al respecto es que los avances logrados en la neurociencia desde entonces apuntan a lo que este hombre, filósofo y sacerdote, se temía: que todo lo humano es física y química. Pero no hay nada que temer: física y química de las buenas. Física y química que permiten y protegen la diversidad, la pluralidad y la libertad de conciencia y de pensamiento. 

¡Que así sea!

martes, 28 de marzo de 2023

Madrid desde el taxi


“Si usted busca a un hombre que le sepa escuchar, haga lo que usted le diga y, además, le lleve a donde usted quiera… súbase a un taxi.” (Anónimo)



Pues no es verdad del todo. 


El taxista que cogimos en Madrid el último día de este fin de semana pasado nos llevó por donde mejor le pareció. Desconocía la dirección que le dimos, lo guiábamos nosotros con el google maps del móvil de Victoria porque el del taxi lo tenía averiado, pero no nos hacía ni puñetero caso. Si la voz monótona y fría de la señorita del móvil indicaba: “ahora gire a la derecha”..., él se reía y decía que “esta tía no tiene ni idea de lo que es circular por Madrid”. No es que quisiera timarnos, no. Es que era un desastre de hombre. No pude tomar acomodo en la parte del copiloto hasta que él, a manotazos, despejó el asiento que le servía como una especie de minialmacén: dos paños de cocina, una litrona de Coca Cola, un mechero, dos cajetillas de tabaco… Hizo con todo ello un puñado y lo metió  bajo sus pies. A duras penas cupieron en el maletero nuestras maletas. Hubieron de compartir espacio con un batiburrillo de cosas: una caja de cervezas, una mochila con ropa, una rueda de repuesto, los triángulos de aviso, el chaleco de amarillo reflectante… Parecía como si el taxi fuese su casa. El salpicadero tenía polvo incrustado de tiempo indefinido y todo en el coche inspiraba abandono, suciedad, descuido… Y no sólo eso: desaliñado de aspecto, desde que arrancó el vehículo nos trató con una naturalidad desacostumbrada, como si fuésemos conocidos de toda la vida, como a colegas. Hiperexcitado, me dió no sé cuántas palmadas en el hombro, nos preguntó, nada más entrar, que de dónde éramos y a qué habíamos venido a Madrid; que le encantaba Córdoba y toda Andalucía; que Madrid era una asquerosidad de ciudad, que nos la regalaba. Enterado por Toñi de que éramos unos turistas jubilados, puso el grito en el cielo envidiando nuestra condición: ¡Vaya morro, los jubiletas, la vidorra que se pegan!... Y Victoria, ahora -demasiado llevaba aguantando-, lo paró en seco: “a ver qué dice usted cuando lleve 40 años de servicio, hombre”... Y se jactaba de su condición de hombre soltero y libre. Y guarrindongo, pensé yo. Lo tuve claro desde la primera palmada en mi hombro: este tío está hasta las trancas de coca.


El primer taxista, el que nos recogió en Atocha el primer día, digamos que era un hombre normal, lo que uno espera de una persona a quien le pagas por un servicio correcto. De mediana edad, muy bien arreglado y manteniendo en todo momento las formas, no se dirigió a nosotros salvo para contestar cortésmente a nuestras preguntas. Entrados en harina, ya nos fuimos contando cosas intrascendentes relacionadas con el turismo y con el fútbol. Que le encantan las Canarias, sobre todo Tenerife, a donde ha viajado en varias ocasiones con su mujer y sus dos hijos; que le gusta Madrid, a pesar de su densidad humana y de sus coches, porque luego, cada uno en su casa, vive en un espacio muy parecido al de cualquier ciudad mediana española, porque los barrios madrileños no son otra cosa que eso: una ciudad en pequeño; que para movernos por Madrid nos recomienda el taxi mejor que el metro, porque siendo cuatro personas nos sale a cuenta pagar un poco más, pero dónde va a parar…; que él es del Madrid, pero sus hijos son del Atleti, algo bastante parecido, en su caso, a lo que ocurre en Sevilla con la familia, unos del Betis y otros palanganas… Un hombre correcto en un coche decente.


El tercero en discordia nos paseó por Madrid, de punta a rabo. Yo creo que éste sí nos timó. En su descargo, que el trayecto más apropiado estaba cortado por obras, pero el rodeo que nos dió nos pareció excesivo. Al final, los diez euros que habíamos presupuestado para el viaje se transformaron en el doble. A Victoria le tocó el marrón. Era un hombre malhecho: achaparrado y feo, una generosa calvicie ponía de manifiesto una mollera rectangularmente apepinada. Desagradable a la vista su media melenita rizada que le colgaba por el pescuezo, así como el sebo que le brillaba en su testuz descubierta. Desde el primer momento entabló un discurso político sin que nadie se lo hubiese solicitado. En su opinión -que conste que yo soy apolítico, nos repetía-, todos los políticos son iguales, ninguno mira por el bien del ciudadano, sino sólo por su bolsillo y luego por el partido. Todos son unos sinvergüenzas. Yo le replicaba: “hombre, todos, no. Hay muchos políticos de base, de esos que no salen en la tele, que son gente honrada y decente. Nosotros conocemos a algunos de ellos”. “Bueno, sí; eso te lo compro; yo me refiero a los políticos de élite; ésos, sólo piensan en trincar”. El hombre reitera que es apolítico, pero Antonio advierte enseguida una banderita de España que se balancea graciosamente en el soporte del espejo retrovisor. Se queja de que Madrid está imposible para el tráfico, pero que tampoco acepta las restricciones municipales en contra de los vehículos viejos, porque, “por ejemplo, el de mi suegro, que yo he heredado, tiene veinte años, pero a lo mejor contamina menos que  algunos de los más nuevos. No sé”...Victoria le puntualiza que la situación en Madrid y en otras grandes ciudades obliga a restringir la movilidad en beneficio del planeta y de la ciudadanía. “Los cambios siempre cuestan; cuando el gobierno, en su día, prohibió la venta de cualquier leche que no hubiera sido pasteurizada mucha gente se vió perjudicada. Sin embargo, fue una medida acertadísima que nos benefició a todos, ¿verdad? “Sí, pero siempre nos fastidiamos los mismos, replica enfadado nuestro hosco hombre, no todo el mundo puede comprarse un Tesla”. “Claro que no, le contesta mi amiga, pero sí que todo el mundo podría compartir el transporte público y no habría necesidad de que en cada casa de cualquier españolito haya dos coches, por ejemplo”. Silencio. Y al rato: “pues sí, eso es verdad… Y de paso nos beneficiaría a nosotros, los taxistas”. Y luego nos suelta algo que nos sorprende a los cuatro: que él vió acertada la medida de Carmena del Madrid Central justo para disminuir la densidad de tráfico en el centro. Y Victoria, que no pierde ocasión: “entonces, supongo que usted la habrá votado, a Carmena”. Y el hombre, ahora azorado: “Ah, no, ni pensarlo, ya le digo que soy apolítico”.


Si fuese verdad aquello de que uno puede conocer el pálpito de una ciudad a través del discurso de los taxistas, entonces tenemos que en Madrid un tercio de la ciudadanía está colgado de coca, otro tercio se comporta con normalidad y corrección y otro es un apolítico con ramalazos abascalinos. Con perdón.


 


martes, 21 de febrero de 2023

Amancio

En las contadas ocasiones en que lo he visto en alguna entrevista televisiva, me ha recordado siempre al jugador que yo idolatré siendo un chavea: su mirada franca con aquel rictus de seriedad gallega, ahora endulzada por los años, su lunar en la mejilla derecha, su media sonrisa, incapaz de ser completa, su prosodia ajustada, discreta, casi lacónica... ¡Amancio! ¡Casi ná!

Hace unos meses, sin embargo, me alarmó verlo en el saque de honor de uno de los partidos del Madrid, su Madrid. Lo comenté con alguien: "no me gusta lo que he visto de Amancio". "Pero si solo ha sido un momento, no has tenido tiempo de ver nada", me contestó mi amigo. Pues sí que lo tuve. Algo vi. Llevaba una gorra campera en la noche fría madrileña. Puede que solo fuese para protegerse. Vale. Pero no me dio buena espina. Me costó reconocerlo, a mí, que lo identifico incluso sin mis gafas de miope. Fueron tres segundos, pero lo noté distinto, de estas veces que no sabes explicar lo que es, pero lo sientes. Le había abandonado la chispa, su fugaz mirada a la cámara le delató ante mis ojos tan sensibles para con su persona. Y, mirad qué cosa más tonta, o más sublime (quién sabe), me vine abajo. Amancio tiene un cáncer. Lo vi clarísimo.

Esta mañana, en el desayuno, han dado la noticia. Amancio ha muerto. Para mí, no ha sido sorpresa, pero me he emocionado. Creo que en el camino hacia el parking he debido retener alguna lagrimita. En fin... Hay personas que no deberían morir nunca. O al menos, que no deberían morir antes que uno. No seas exagerado, me diréis. ¿Qué tienes tú que ver con Amancio?

¿Qué tengo que ver con el Capitán Trueno? ¿Y con los Brincos? ¿Y con Karina?... Son mis ídolos de juventud. Nada tengo en común con ellos, pero simbolizan en mi espíritu las vicisitudes de un tiempo formidable, de un tiempo feliz. Han muerto ya jugadores madridistas de leyenda: Distéfano, Gento, Puskas, Velázquez, Zoco, Sanchís padre... Pues no ha sido lo mismo. Cualquier otro jugador del Madrid que pudiera morirse antes que yo no me produciría el pesar que hoy siento. A lo mejor tenemos que dejar a Pirri en un aparte. En el seminario, yo era Amancio, con permiso de Joaquinillo Baena, mucho más fiero y auténtico que yo. El día que muera Pirri (quiera Dios no tenerlo anotado en décadas), mi amigo José Pablo sentirá lo mismo que yo siento hoy: tristeza incomprendida por sus cercanos.

Alfredo Relaño, el magnífico cronista futbolero, publica hoy en el "As" un extenso artículo con la semblanza futbolística de Amancio. Y me doy cuenta de que yo sabía de Amancio mucho más que este excelente periodista deportivo. Porque conocía no sólo su singladura como futbolista, sino, además, detalles y particularidades de su vida personal y familiar: el nombre de su mujer y de sus hijos, sus gustos en el comer y en el vestir (recuerdo con emoción cómo le pedía a mi madre que me comprara jerseys de cuello alto y cerrado como los que usaba Amancio, y que no los encontrábamos en la Tienda Nueva), sus sitios preferidos de vacaciones... Lo vi jugar en vivo en el estadio del Arcángel en dos ocasiones, allá por los años 68 y 69 del siglo pasado. Sólo los quince últimos minutos de sendos partidos, que era cuando el cancerbero del estadio abría los portones del Gol Norte para la chiquillería y otros menesterosos.

Soy un nostálgico, lo reconozco. Y es así, supongo, porque he tenido una vida envidiable, de niño y de joven, una vida muy dichosa, que luego ha tenido su continuidad en la madurez y en la vejez. Soy un hombre afortunado. Y me apena experimentar la pérdida de todo aquello que ha sido parte de mi felicidad. Y Amancio lo ha sido.

Descanse en paz el más "brujo" de todos los futbolistas.






viernes, 17 de febrero de 2023

¿Qué está pasando con los médicos?

¿Qué puñetas está pasando con vosotros los médicos? le pregunto abiertamente a una amiga anestesista. Me preocupa una especie de bajonazo. No sé...

¿Que qué está pasando?Me mira con ojos desencajados. ¿Bajonazo, dices?...

Sí, te lo digo en confianza. Desde poco tiempo a esta parte he visto, tanto en los hospitales como en los centros de salud que frecuento, ciertas actitudes del personal en general, pero sobre todo de los médicos, que no me cuadran. No sé si me entiendes...

A ver, querido amigo, si tú entiendes esto otro me replica con cierto tono de enfado: llevo siete días sin ver a mis hijos. Mi marido se encarga de todo en mi casa. En la última semana, entre jornadas normales, jornadas complementarias, sustituciones de compañeros en baja laboral y guardias, he trabajado setenta y dos horas. ¡Setenta y dos!!! Lo máximo permitido, guardia incluida, son cuarenta y cinco horas. Pues setenta y dos. Sin libranza de guardia, a lo bestia. No sé si me entiendes... me devuelve la coletilla, abriéndome sus manos de manera muy expresiva. Y remata: ¡estamos... Achicharrados, no. Lo siguiente!!

Por lo que yo he vivido en mis 37 años de médico en activo, en Andalucía nunca ha habido voluntad política de apoyar de manera decidida la sanidad pública. No es cosa de ahora. Que no nos confundan con lo de los recortes de Juanma Moreno. Que sí, que es verdad; pero casi lo mismo pasaba con Susana Díaz y antes, con Griñán y con Chaves... Durante décadas y décadas, hemos sido (y lo seguimos siendo, me temo) los últimos de España en el ranking de camas hospitalarias por habitantes, de ratio pacientes/médico, de sueldos del personal sanitario, de ayudas a la Dependencia... Los que hemos estado al pie del cañón nos enorgullecemos de sabernos los salvadores esforzados de nuestra sanidad pública, pese a nuestros políticos. Es duro y quizá no sea del todo verdad, pero nosotros así lo hemos sentido. La Administración Sanitaria se ha aprovechado vergonzosa y vergonzantemente de la bondad y de la mal entendida vocación de la gran mayoría de sus profesionales. Abuso. Y un servidor ¿qué queréis que os diga? ha vivido esto con orgullo, en la obstinada creencia de cumplir con una misión muy especial, cuasi apostólica. 

Mucho mejor que yo lo explica Federico Soliguer, endocrinólogo del hospital regional de Málaga: "... Y lo que está ocurriendo es el desprecio a la auctoritas profesional, considerada y gestionada por las sucesivas gerencias como 'recursos humanos' al mismo nivel que los recursos no humanos. Han sido demasiados años de impunidad de las gerencias, demasiados años contratando por días o por semanas o meses, generando así una plantilla que languidecía con una absoluta servidumbre laboral. Demasiados años en los que el modelo docente de las nuevas generaciones (MIR) ya no se basaba en el viejo corpus médico heredero del 'téchné iatriké' hipocrático, sino en la cultura de gestión pura y dura en el que los objetivos de las nuevas Unidades de Gestión (que han terminado por sustituir a los Servicios médicos), han sido los cuantitativos de las gerencias, conseguidos como fuera, incluso al precio de conculcar la buena práctica médica. Unos modelos gestores y docentes, que han dado lugar a un nuevo tipo de médico, más acomodaticio, más atento a las 'sesiones de gestión' que a las 'sesiones clínicas'. Unos gestores acostumbrados, tras años de 'servidumbre voluntaria' a hacer de su capa un sayo, celosos cancerberos de las directrices políticas... Gerentes que en los últimos años han ido silenciando y desterrando al ostracismo a muchos profesionales muy valiosos".

Y ahora parece que se le ha dado la vuelta a la tortilla. Los médicos, contrariando su habitual adocenamiento, se están rebelando. Se ha puesto el foco en Madrid, faro de todas las Españas, pero es un problema generalizado, me temo. Las gentes de izquierda demonizamos sin reparo a Ayuso cual hidra venenosa, pero la cuestión se extiende allende sus dominios, salvo quizás en el País Vasco y Navarra. Y los mandamases de la sanidad tienen un gran problema: se han quedado sin médicos. Por abusones. Y siendo ello grave, no es lo peor, lo peor es que somos los ciudadanos de a pie los que hemos de pagar los platos que ellos, los malos gestores, han roto menospreciando la joya de nuestra tierra, la sanidad pública. 

Sólo falta ya que sea la propia ciudadanía la que, superando diferencias ideológicas, manifieste claramente su apoyo incondicional a la sanidad pública y exija de los políticos no sólo los recursos necesarios, sino también el respeto al capital identitario de los profesionales de la salud.


¡Que así sea!!!

 


 


viernes, 3 de febrero de 2023

Los dulces me pierden

De paseo matinal con mi perrita, muy cerca de mi casa tropiezo con una tienda nueva. Nada de particular, cada dos por tres se abren unas y se cierran otras tiendas en Antequera. Nada de particular, si no fuera por lo que es: ¡¡¡es una pastelería!! Y de las buenas. Se han enterado; ya era hora. Llevo viviendo en esta ciudad cuatro largos años y, por fin, me tienen rodeado. Se ha corrido la voz: ¡¡aquí vive un goloso!! Cinco pastelerías en un radio de cincuenta metros. Sin escapatoria.

Amarro a mi perrita a un asidero a propósito en la entrada y me cuelo a gulismear. ¡¡Huummm! ¡¡Qué fragancia tan enervante!!! Estoy por creer que a mis años, apaciguado ya el antiguo furor viril, más que ninguna otra cosa, lo que más me sube los niveles de endorfinas y de oxitocina es la contemplación casi mística de un mostrador de pasteles. Ni siquiera comerlos, solo venerarlos con la mirada. ¡Ah! ¡Qué legado de dulzura me dejó mi abuela Josefa!

Imposible esta mañana vencer la tentación. Es una tienda nueva y hay que promocionarla. En bastantes ocasiones compro pasteles sin necesidad (y luego los congelo) por temor a que cierre alguna confitería por falta de clientela.

-Todo el muestrario que ve usted son pasteles caseros. Todos, hechos por mi madre -me aclara la chica-. Mire usted la pinta de este bizcocho de nueces...

Total: dos porciones de bizcocho (hoy almuerza conmigo mi amigo el Pintor y lo sorprenderé con una ración), dos empanadillas de cidra y un tarrito de bienmesabe. Ea, hasta mañana.

Tan ensimismado con el botín alcanzado, tiro derecho para mi casa, a escasos veinte metros, con el ansia de probar enseguida las empanadillas. Aunque hago el régimen de ayuno intermitente, estoy en hora de comer, menos mal; si llego a comprarlas por la tarde tengo que aguardar hasta  mañana en el desayuno para poder catarlas.

Pero antes de abrir el envase, ya en casa, echo en falta a mi perrita... ¿Dónde coño he dejado a mi Pelu??? Salgo corriendo escaleras abajo y cruzo la calle... Y allí estaba la probe, atada donde la dejé, sin decir ni pío.

-¡Qué buena es!! No ha dado un ruido -me dice la chica pastelera-. Cuando me he dado cuenta de que usted la había olvidado ya lo perdí de vista. Pero se ha portado como una señorita muy bien educada.

-Perdone usted. Habrá visto que los pasteles son mi perdición. Pierdo la cabeza.

viernes, 9 de diciembre de 2022

¿Machismo o masculinidad?

Por mucha instrucción anti machista que recibamos machaconamente los hombres de mi edad por parte de nuestras hijas -cosa que yo aprecio, agradezco y procuro llevarla a efecto-, la testosterona manda lo suyo. 

Hace unos días estuvimos almorzando en un restaurante de Córdoba mi amigo el Pintor, su hija Sonia, nuestro común amigo Sebastián Cortés y servidor. Sin buscarla, tuve la fortuna de caer sentado frente por frente a una chica joven en otra mesa vecina. Ella y su novio. No es que hiciera mucho frío, pero sí un poco de fresquito. Yo llevaba tres mangas: camiseta de vello, camisa y saquito, para que os hagáis una idea. Y, sin embargo, la chica, guapísima, brazos y hombros al aire y un escote más que ostentoso. Sangre caliente la de esta gente nueva. Yo he sido friolero toda mi vida, incluso a los quince años. "Tú siempre has sido un viejo" (la Peque dixit). Incrementaban el glamur de la escena unas insinuantes bocanadas de humareda de un cigarrillo electrónico que agraciaban aún más el encanto de su cara envolviéndola en un halo de misterio, de embeleso erótico. Como en las películas. 

Apenas intervine en conversación con mis amigos, centrada mi atención en el buen yantar y en la observación de soslayo -¡no seas tan descarado!, me acuerdo de las recomendaciones de mi mujer- de aquella muchacha tan sensual a mi mirada. Es de mención, además, cómo la gente de mi edad, por lo general, habla poco mientras come y lo rápido que engulle. A mí me pasa. Reminiscencias, quizá, del hábito impuesto por los curas del seminario menor de comer en silencio o, quién sabe, si de haber vivido varios años en pisos de estudiantes, donde si te descuidas te quedas a dos velas.

A la hora de la propina, generosa, expresé al jefe de sala mi agradecimiento por sitio tan privilegiado de mesa que me había procurado.

-¡Calle usted, hombre! -me susurra por lo bajini-. Esa mesa de enfrente me ha tenido desquiciados a todos los camareros. Desquiciados del todo. ¡La de veces que se han equivocado pendientes de la dichosa muchacha!

Los hombres, que semos así de calientes. Pa na, solo calentura. Y luego, en la sobremesa, marchada ya la feliz pareja, discutimos sobre ello. Ignoramos por completo al novio, ni nos fijamos en su atuendo, si llevaba barba, si era aparente o feíllo… Nada. Y, por el contrario, de ella captamos cualquier detalle de su agraciada fisonomía. Al menos yo. 

Eso no es machismo, decía el Pintor, sino pura masculinidad. Y Sebastián: “¡hombre! De toda la vida de Dios los hombres hemos mirado así a las mujeres ¿no?” Vale. Muchas gracias. Pero no estoy conforme. La óptica femenina de Sonia me satisface un poco más: "la cuestión es conseguir que la chica se sienta halagada, pero no incomodada. El quid." Cierto, saber mirar sin molestar. Y creo que lo hago bien. Aún así, observando a la chica, uno podría habérsela imaginado como, qué digo yo, profesora de instituto, enfermera, administrativa, tendera, dependienta o empresaria, que ha salido para comer con su novio. Una cosa normal. Pues no. Me reprocho a mí mismo haber puesto mis ojos una y otra vez en esa joven como un puro objeto de deseo. No lo apruebo. Y mi hija, tampoco.