domingo, 8 de septiembre de 2024

El edén noruego.

 

Cuando Dios creó el Edén, ¿pensó en América?

 

No diré que no, no pondré en cuestión a Nino Bravo y su canción, pero tengo mis dudas. Nunca he visitado América. Miento, estuve durante veinte días en Brasil, estado de Bahía, con la Peque y mi hija de 6 años, pero hace tanto, que ni me acuerdo. Tal vez la isla de Itaparica pudiera compararse con el Edén bíblico. Tal vez. Y no negaré las sorprendentes bellezas paisajísticas en los grandes parques naturales de Norteamérica que podemos ver en programas de National Geographic. Vale. Pero si nos atenemos a lo que yo he visto, me parece que muchos parajes del territorio noruego fueron los modelos reales en los que Dios se fijó para plantar el jardín del Edén.


La Noruega natural y profunda que nosotros hemos disfrutado durante una semana de agosto debe ser lo más parecido al Paraíso Terrenal. Claro que se trata de un paraíso de sólo tres meses de duración, lo que dura el verano. El resto del año debe ser aquello un infierno helado, si se me permite el oxímoron. El dueño de todo ese paraíso es el agua, dominador absoluto del paisaje, tanto en los fiordos infinitos como en las grandes y espectaculares cascadas. Las aguas de los fiordos son mansas y transparentes y ni siquiera saladas, sino salobres, de tanta agua dulce como les entra por los ríos, escorrentías y saltos. Y amigables para el baño, según qué días. No hay mar picada ni rompientes espumosos, todo es calma chicha, una lámina infinita que se abre paso entre valles y montañas de un verdor insultante. Ríos de fuerza arrolladora y cascadas son elementos nivales procedentes del deshielo de nieves recientes y otras eternas de los glaciares, aunque nunca defrauda la lluvia, una paisana más, una circunstancia consuetudinaria. Allí no se necesita, como por nuestros lares, ir a buscar las cascadas, ellas te salen al encuentro. Im prezionantes, como diría nuestro ínclito torero Jesulín. Un subproducto de tanta obscenidad de agua es el manto vegetal de una exuberancia inenarrable. De vez en cuando, muy de vez en cuando, un solecito tibio y tímido se asoma a la pradera por entre los nubarrones amenazantes para hacerse notar un poco y nos alegra con sus piruetas de colores cambiantes y de claroscuros de fantasía.

En cuanto a fauna se refiere, no hemos visto gran cosa, desde luego nada salvaje, ni siquiera salmones saltarines, será que no es la época. Para ser un paraíso, tampoco hemos visto serpientes. Mujeres del paraíso, las Evas eternas, sí que hemos visto algunas, todas rubias y hermosas. Y manzanas, muchos manzanos, varios en cada jardincito. Manzanas del paraíso. Y sólo hemos avistado un Adán, uno solo, pero que hace por diez ¿quién va a ser? Mi hermano Manolo ¿quién si no?

Una semana de disfrute de la naturaleza, y no sólo de la física, sino también de la humana. Una convivencia hermanada de veinte criaturas sureñas comandadas sabiamente por un guía excepcional en lo organizativo y en lo vivencial. Míster Loúpez (según lo nombran por allí) es un hombre de oficio, pero también un hombre de corazón. Oficio al que hubo de echar mano y brazo para solucionar un serio problema de organización y darle una salida airosa. Corazón y honestidad han sido sus marcas referenciales. Ha sido el sumo sacerdote de una parroquia muy heterodoxa. Y como contrapunto, un ateo redomado, virtud ésta muy de mi gusto, pero no compartida por mucha gente de bien.

En cuanto a los demás, hemos sido, creo, unos participantes proactivos, nada conflictivos y muy disfrutones.

Es imposible no disfrutar en un ambiente natural y humano como el que hemos tenido. Ha sido la primera vez que he visto verdadero entusiasmo en la cara de mi amigo mister Painter (señor Pintor), un urbanita empedernido que sólo disfruta bicheando librerías. Con eso lo digo casi todo. Casi, pero no todo. Los hermanos García Ballesteros nos han sorprendido con una erudición enciclopédica paralela a la paciencia de sus santas esposas respectivas. Fraski Espadas y Jesús Paniagua han destapado las mejores esencias de su arte fotográfico para inmortalizar momentos mágicos. “El Carpin” ha descubierto una desconocida labor de auxiliar de cocina. Manolo, mi hermano Manolo, ha sido el hombre orquesta, el omnipresente, la mano derecha de Mr. Loupez y también el atolondrado pierdelotodo. Ana María Orellana, “La Sam” ha sido galardonada con el premio de Miss Simpatía, por sus divertidas ocurrencias y sus chistes malos. Mari Cruz ha lucido su tipito garboso y su gabardina a lo Lauren Bacall pese al temporal. Carmen y José Antonio nos han enseñado en directo cómo discutirlo todo en pareja sin tener que reñir por ello. Las parejas García - Molina y Zamora - Hurtado, primas y compañeras de cabaña, han puesto cordura y templanza allí donde hubo necesidad. Ellos, mandaderos y cocineros; ellas, andadoras incansables. Pronto Antonio Zamora se despojó de ese respeto reverencial con que aleja a quienes no lo conocen para convertirse en un chiquillo disfrutón. Y mi querida María Victoria, protagonista inesperada de la primera (y única) caída, quizás la más perjudicada en lo físico y algo quisquillosa ella, ha sabido hacer de tripas corazón y portarse como una jabata. Sin protestar por nada, algo realmente inusual. Lo de no protestar. Y mi Peque, mi musa, mi inspiración y mi antorcha que resplandece en la noche tenebrosa, allí donde esté ella, yo estoy en la gloria. Todos, menos yo, han dado la talla a la hora de escalar gateando hasta donde haya hecho falta. Hemos dormido en cabañas de ensueño en sitios de privilegio, comido en cualquier super comida precocinada y buena a un precio aceptable, disfrutado de sauna y baños en el fiordo congelado, contado chistes malos a través del walkie y “sufrido” la pertinaz lluvia de por aquí. Y un sol espléndido, ausente durante toda una semana, tuvo la deferencia de salir a despedirnos en el aeropuerto.

 

Una semana muy bien aprovechada y rematada con una comida de las nuestras ya en nuestra Málaga calurosa. Una experiencia para ser repetida.

(To be continued).

 

 

lunes, 24 de junio de 2024

La cajera novata

Esta mañana, en el Lidl, me he acordado de mi amiga Victoria. Nos regaña a su marido y a mí porque nos gusta hacernos los "graciosillos" con las jovencitas que atienden en los cajeros de los Super o en las terrazas de los bares. "Y no digáis que no, que se os nota un montón. Y no lo hacéis con todas, sólo bromeáis con las bonitas..."  A ver, mujer, si te parece...

Victoria  cree -y a lo mejor lleva razón- que, lejos de sentirse halagadas las chicas por nuestros comentarios, en realidad soportan educadamente la intromisión en su trabajo de unos viejos verdes y babosos. Eso cree.

Luego de una larga caminata por Antequera, esta mañana me acerqué al Lidl a por unos mandados de la Peque. "Vas al Lidl -me dijo-, es el único sitio donde hay la mantequilla portuguesa que me gusta". ¡Sus órdenes, mi sargento! 

Ya estoy en la cola de pagar. Yo creo que nos pasa a todos los hombres, no sé: enseguida peritamos a la chica del cajero. Yo lo hago, lo reconozco. Si es un hombre, ni caso; pero si es mujer me fijo más, es la verdad: en cómo va peinada, en sus gestos, en su forma de relacionarse con los clientes, en fin, si se le ve algo de canalillo... Yo creo que son cosas normales entre los hombres, no me tachéis ya de machista. A unos metros de la caja, me asalta la duda de si la persona que me va a atender es chico o chica. Tengo claro que me inventaré alguna cosa para interactuar con él o con ella. Lo siento Victoria. Es una chica peinada a lo garçón y con una carita de cría que no sé si llegará a los dieciocho años. Si no fuera por las pequeñas prominencias mamarias, diría que es un muchacho. Lo primero que se me ocurre pensar es salir de mis dudas preguntándole directamente si es chica o chico hormonado. Pero enseguida rectifico mentalmente, que hoy no se puede bromear así como así con estas cosas. No, no; eso, no. Bueno, pues le digo algo relacionado con su edad, algo así como: "hay que ver, pareces una cría..." Pero, tampoco. En fin, algo se me ocurrirá cuando me toque.

En esto que, acalorado como venía por la larga caminata, me da por abrir una botellita de agua de mi compra y darle un par de tragos o tres. No es raro eso en mí: en el Mercadona lo hago con las botellas del gazpacho. Al llegar a la caja, le digo a la chica, muy serio y formal: "mire señorita, a ver qué descuento me hace porque esta botella de agua viene media". En otras ocasiones, la chica correspondiente se ríe, tal vez por compromiso, y ya está. Pero ahora, ante mi sorpresa, esta chica novata llama por megafonía a su supervisor para preguntarle qué descuento me hace por mi botella medio llena. ¡Qué vergüenza!!

"No, mujer, que no, que es una broma, mujer, que yo mismo me he bebido la mitad..."

Mis cosas.

 


martes, 11 de junio de 2024

La buena samaritana

No me preguntéis por qué. Sé cómo pasó, pero me da vergüenza explicarlo. El caso fue que, de golpe y porrazo, me vi metido en una gran redonda en un cruce de carreteras. Conducía algo alterado, es verdad, desde Antequera a mi pueblo. Tal vez enfadado por mi pobre desempeño en la partida de golf de esa mañana; o quizás por una conversación telefónica digamos que poco agradable... En fin, que cuando quise reaccionar, mi coche se saltó el bordillo de la redonda y se metió en todo el medio de ella.

Antes de que me diera tiempo a pensar en nada, antes incluso de desabrocharme el cinturón para bajarme, se paró un vehículo paralelo al mío, pero en el carril izquierdo de la carretera.

-¿Necesita ayuda?

Azorado, miro por la ventanilla y veo a una mujer joven que conduce sola. Y enseguida pienso en la de veces que yo mismo he parado mi coche para ayudar a otro accidentado.

-No lo sé -le contesto inseguro-. Voy a ver cómo puedo salir de aquí. Parece que el bordillo es demasiado alto.

-Bájese -me dice con toda la seguridad que a mi me falta-, que vamos a ver cómo lo hacemos.

Mientras, los coches siguen pasando por la derecha del coche de la chica como si tal cosa.

Es una muchacha decidida, de eso no cabe duda. Yo, así a bote pronto, le echo unos treinta y tantos. Contrariamente a mi costumbre y dadas las circunstancias, no le hago ningún peritaje en lo que a erótico sexual se refiere. Creo entender que ella me considera una persona mayor que necesita ayuda. Y me dejo hacer.

-¿Cómo ha acabado usted aquí? ¿Ha sido queriendo...?

-¡Qué va...! Me he despistado dos segundos.

Ante mi inoperancia, rebusca por el suelo unas piedras y las coloca pegadas al bordillo para facilitar así el paso de las ruedas a su través.

-Súbase usted, que yo le voy a ir indicando.

"Venga, dele patrás, despacio... Espere que pasen estos coches. Yo le aviso cuando no venga nadie. Venga, tire palante y luego mueva el volante to pa la derecha... y patrás despacito. Así, así, siga, siga, muy bien... Cuando note las ruedas en las piedras... ¡acelere! ¡¡Ahora!!!"

¡Coño!!, que salió el coche tan requetebien.

-Ea, me voy, no vayamos a formar ahora algún atasco -y pilla y se marcha sin darme tiempo a nada.

-Muchísimas gracias, mujer -es lo único que pude decirle.

Tachadme de machista, es verdad que lo soy. Si yo hubiese recibido este trato y esta ayuda de parte de cualquier hombre lo hubiese considerado como algo normal, como yo lo he hecho tantas veces a otros conductores. Pero el hecho de que haya sido una mujer joven lo encuentro como algo realmente inusual, por no decir extraordinario. Y no debería ser así. Y de hecho, quizás no sea tan infrecuente o raro, pero yo así lo he vivido. Y me lo reprocho. El buen samaritano no ha de ser necesariamente un hombre.

 

lunes, 3 de junio de 2024

Hobby de mesa camilla

 La semana pasada tocó en Alhaurín De La Torre; anteayer, en Villanueva Del Trabuco; dentro de nada, en Asturias; en un mes, en Roquetas de Mar... Por parte viejo, no veas lo viajero que me he vuelto.

La Peque, que está enviciada con los bolillos. Pese a lo atareado de su afán en los proyectos de "Elislón", consigue exprimir sus tardes para que le alcance a ver un capítulo de la serie de Netflix que toque y al hobby de nueva adquisición de entretejer una serie de hilos atados a unos palitos y enrevesados entre ellos para conseguir unas preciosas figuras de encaje. Una cosa imposible de comprender y mucho menos de realizar para un varón hispánico. Allí donde se entere de algo, allí que nos plantamos. Para lo cerca, nos acompañan las bolilleras mayores del pueblo, Araceli y Pura de Sales, responsables directas del vicio. Para lo lejos vamos sólo los dos.

Para alguien profano como servidor, los encuentros bolilleros son una cosa aburridísima: en la plaza del pueblo, en el parque o en otra explanada apropiada al uso te encuentras un centenar de personas mayores, casi todo mujeres (los pocos hombres somos agregados por imperativo conyugal), sentadas en largas filas paralelas frente a su mesas correspondientes, dale que te pego al bolillamen. Son las personas inscritas. Luego, estamos los asistentes no inscritos, que vamos curioseando entre calles estrechas de mesas paralelas. "Mis mujeres" se quedan embobadas mirando los distintos dibujos y el maniobrar tan elaborado de las "profesionales". Y charlan con unas y con otras, que así es como se aprende; y con las promotoras, para recabar información y conocimiento del tema organizativo. Porque, esa es otra: la Peque pretende organizar un encuentro nacional de bolillos en Palenciana para el mes de octubre. ¡Te cagas las patas abajo!!! Y no es broma: ya tiene el compromiso de asistencia de gentes de toda Andalucía, de Murcia..., hasta de Asturias.

Yo, endemientras, me ocupo en las cosas más prosaicas: todas las inscritas desayunan lo mismo, que va incluido en el precio de la inscripción, tostadas con aceite y pavo frío y un zumo de frutas de esos que vienen en envases de cartón y con su pajita y todo. Me traiciona sin remedio mi oficio médico y me fijo en la espalda de esta anciana que debe tener varias fracturas vertebrales antiguas y que la tienen encorvada; en esta otra que no para de mover las piernas mientras cose y que debe tener un síndrome de las piernas inquietas; en aquélla de más allá con las gafas de cerca pegadas en la punta de un apéndice nasal de fresa madura, cosa que se llama "rinofima"; en lo mal que trata la naturaleza al cuerpo femenino ajado de años que, en faltándole el estradiol, no hace otra cosa que acumular grasa donde quiera que sea. Y me digo para mis adentros que mi Peque no pega aquí, en medio de tanta senectud, con lo pizpireta que ella se mantiene.

Alrededor del Sancta Sanctorum bolillero se sitúan una serie de puestos de venta de productos al uso: distintos tipos de hilos, palitos, algodones, estuches... aperos necesarios para esa labor. La Peque siempre compra algo, claro está, si no para qué va a venir. En una esquina del espacio destinado se instala una tarima algo elevada, desde donde las organizadoras dan las instrucciones oportunas de cómo se va desarrollando el evento y desde la que también actúa un conjunto músico vocal loco regional que ameniza el acto. Ya sobre las doce del mediodía, varias mujeres del pueblo inician las labores del sofrito para el arroz en una paellera de quinientas raciones. Esto ya me gusta más. Para remover el sofrito usan unas palas de madera como aquéllas que se usaban antiguamente en las eras.

-¿Esto es para todo el mundo? -les pregunto interesado.

-No. Solamente para los inscritos. Pero, vaya, que usted, si quiere, lo prueba porque va a haber arroz para todo el que se arrime.

Realizada la primera inspección del evento, mi siguiente tarea es buscar una pastelería. Siempre tengo suerte. Y me traigo para casa productos golosos de los distintos pueblos. En la última ocasión, en Alhaurín, me he comprado una torta de aceite y un tupper con media docena de roscos fritos. Me puede el vicio. Y pienso que es ésta otra de las ventajas que este tipo de eventos proporciona a un pueblo: las ventas, el consumo. Había cola en la pastelería que os digo.

Puede que para mí, estos encuentros resulten tediosos si lo comparo con las cosas que dejo de hacer por mor de esta servidumbre auto impuesta, pero he de reconocer que me ha producido una sorpresa agradable el comprobar que hay un público para todo, un público, en este caso, constituido por mujeres añosas y achacosas que, no obstante sus limitaciones, disfrutan de este circuito de ocio abandonando la mesa camilla y compartiendo sus aficiones con sus semejantes. Pares cum paribus... 


lunes, 20 de mayo de 2024

Lo que es de todos no es de nadie

Acabo de llegar de la pradera de san Isidro y, sulfurado, me siento a escribir. No debería hacerlo así, tan en caliente, pero me pueden las ganas. No debería, sin antes haber respirado hondo cincuenta veces, pero no quiero que una reflexión pausada y comprensiva endulce mi frustración. Circula por facebook una viñeta muy explicativa de la realidad que hoy quiero denunciar: ante un camión de recogida, una niña le pregunta a su madre si ésos son los hombres de la basura. "No, hija -responde la mujer-. Los de la basura somos nosotros. Ésos son los hombres de la limpieza".  

Lo que mejor se nos da a los seres humanos es producir basura. Esa es mi apresurada conclusión. Tanto es así, que hay estudiosos del tema que afirman que la producción de basura es uno de los indicadores más fehacientes del crecimiento económico de una comunidad. Mi suegro -un adelantado-, dueño del salón de bodas del pueblo, sopesaba lo importante de una boda por la cantidad de basura que tenía que limpiar al día siguiente: "ha sido una boda grande, hemos sacado doce sacos de basura".

No han pasado aun cuarenta y ocho horas desde la acampada festiva de san Isidro. Desayunado y empastillado, me alargo a la pradera con la intención de dar unos golpes de entreno a unas bolas viejas de golf. Las mejores las reservo para el campo de verdad, claro. No debería haberlo hecho, suponiendo lo que me iba a encontrar. Y lo que hallo, en efecto, es basura, cantidad ingente de desperdicios e inmundicias que unas pocas mujeres del paro se afanan en retirar en grandes contenedores.

-Mal día has escogido, José María -me dice una de ellas-. Esto es una porqueriza.

Y en lugar de jugar, me da el pronto de ayudar en las faenas de recogida. Fijaros el grado de indignación ante aquel esperpento: yo, agachando el lomo...

-No, hombre -me rectifica la mujer viendo mis malas componendas-. Tú intenta cortar las cuerdas amarradas en las ramas.

Porque ésa es otra: por más que Manuel "Pirreño" recorra puesto por puesto advirtiendo al personal del peligro para los árboles de dejar las ramas ahorcadas en cuerdas, algunas criaturas hacen caso omiso. Con mi navajilla campera he liberado todo lo que he podido, pero hay cuerdas enganchadas mucho más arriba de donde mis brazos alcanzan y las he tenido que dejar. 

Todo el campo es un poema: todo salpicado de servilletas de papel, vasos y botellas de plástico, cintas separadoras de colores, latas aplastadas... Al pie de un árbol, un batallón de hormigas intenta a duras penas arrastrar medio kilo de gambones asados pese al incordio de una nube de moscas golosas. En otro sitio, medio rosco de bizcocho casero, tan bien conservado que me da la tentación de traérmelo a mi congelador; más allá, triángulos isósceles de queso manchego ya revenido y rodajas retorcidas de salchichón aceitoso, manjares fugaces para una cuadrilla de grajos que nos circunda y nos apremia a que nos vayamos de una vez para dejarlos comer tranquilos.

Y uno siente frustración ante tal panorama. "Es inevitable -me comenta Pinto, al pie de la escena-. Pasa en todas partes. Y no has visto esto". Y me enseña unos olivos vecinos, inocentes y ajenos a la fiesta del Santo, donde algunas mujeres han ido a desaguar los excesos del pirriaque y han desgajado ramas enteras para ponerlas delante que las preserven de la vista de la gente.

No, no pasa en todas partes. Cuando vamos a comer a la casilla de Cipri nos juntamos ciento y la madre, pero luego todo queda recogido. Por ejemplo. Eso mismo podría hacerse perfectamente en la pradera. Cada puesto bebería llevar bolsas para la basura y al terminar depositarlas en alguno de los muchos contenedores habilitados para el caso. De la misma manera que la gente reserva su puesto con días de antelación acotándolo con cintas y cuerdas, debería también, una vez pasado el evento, llegarse a retirarlo todo. Si lo pensamos, no es algo tan terrible ni tan difícil. Se trata sólo de concienciación, de tratar lo que es de todos como si fuese de uno mismo.




 No, no pasa en todas partes. La de arriba es una foto captada por una amiga en una zona de botellona en Burdeos. Los jóvenes han recogido la basura en los contenedores. Y las botellas que no caben las han colocada ordenadas para facilitar el trabajo de los operarios. Da que pensar, la verdad. Es posible que en otros países los niños y los jóvenes reciban en las escuelas e institutos una formación cívica más consistente que en el nuestro, una educación que les enseñe a respetar y defender lo que es de todos, lo público, la cosa pública, la res pública. Es posible. A nosotros nos falta un rato aun. 

lunes, 15 de abril de 2024

Regreso a la Tierra Prometida

 

Me dispongo a coger el sueño en la estrechez de mi asiento pese a la incomodidad de las camballadas del autobús por carriles camperos. Luego de una jornada más que intensa en caminata y en calor y de un almuerzo opíparo en La Huerta Del Rey, una venta muy recomendable, lo que pega, lo suyo, es una siesta, aunque sea mal averiguada. Uno espera que el resto del personal haga lo propio. Iluso de mí. Iluso de Antonio Zamora, otro adicto. Allí donde se junten la Conchi Villalba, la Ani Mármol y Manolo “Patagoma” no hay siesta que valga. Pero esta vez casi lo consigo. Casi.

Entregado por completo al dominio del sopor de la digestión y con el autobús en velocidad de crucero, ya en la primera babilla, creo estar soñando con cosas tan extrañas como una virgen y un cerdo. En ese soponcio de estómago lleno y complacido, escucho a ráfagas una historia surrealista que cuenta a toda la parroquia la Ani Mármol, un demonio, y que provoca unas risotadas de escándalo en el personal incompatibles del todo con mi sueño malogrado: la de aquella buena mujer de Corcoya que le prometió a la Virgen de la Fuensanta criarle un cerdo si curaba la enfermedad grave de su marido.

-Virgencita -le había prometido-, si curas a mi marido te crío un guarro.

Durante nueve meses, la mujer crio un ejemplar de cerdo de al menos doce arrobas, mientras el marido curaba por completo de su enfermedad. Y llegada la hora de la verdad, la hora en que la mujer debiera hacer entrega del cerdo a la Virgen, se lo pensó dos veces. Y se dijo a sí misma que, total, la virgen que no come, para qué iba a querer un guarro. Y que su familia, toda esmallaíta, lo iba a aprovechar mucho mejor. De manera que no cumplió su promesa y empezó con los preparativos para la matanza del cochino.

Pero quiso la mala suerte que, al cabo de una semana, el cerdo muriera de muerte súbita. De pronto. Y de esta manera, ya no se podía comer, no fuera a ser que tuviese la triquina o la tuberculosis. La mujer entendió que tal accidente había sido el castigo de una Virgen resentida por no recibir el regalo prometido. Y un día se presentó en la ermita y, señalándola con su dedo índice y con mucha energía, recriminó a la Virgen con estas palabras:

-Virgencita, eres muy chiquita, sí, pero ¡tienes muchos cojones!, so rencorosa. ¿Para qué ibas a querer tú un guarro, tú que no comes, eh? Se lo hubiesen comido el cura y el sacristán.

Me doy por vencido. Imposible dormir ya con el griterío y los comentarios desternillantes de La Cochi y Manolo Patagoma, sobre si en verdad había sido un guarro o una guarra, que si la gente del pueblo llamaba al cerdo la guarra de la Virgen…. Imposible. Y escuchando luego el popurrí de canciones que pone el chófer a todo volumen (desde Perales a Dire Straits, Phils Collins, Triana o Nino Bravo), y al ritmo marcado por Felipe Rosúa con su bastón, voy rememorando lo acaecido en día tan propicio y completo.

Hasta ahora, todas las excursiones organizadas por Elislón han salido del pueblo por la carretera de Antequera. En esta ocasión, el autobús, despuntando el día, nos saca por la de El Tejar. Y mi memoria vetusta me devuelve a aquellas madrugadas de niño, al olor nauseabundo del gasoil, a las paradas en Benamejí y Encinas Reales para que los chóferes de Frasquito “Gloria” tomen sus carajillos y se repartan los viajes del día, a las cuatro horas eternas para llegar al seminario de Hornachuelos…

Hoy, el sol naciente de Cuevas Altas nos ilumina el penacho de pinos de Jesús del Alto y, un poco más adelante, el Castillo de Benamejí, antigua fortaleza musulmana del siglo IX construida por el emir cordobés Abdalá I y adquirida por compra por la familia de don Diego de Bernuy en 1548, a la que un antiguo alcaide “ahumado” lo bautizó con sus apellidos de Gómez Arias. Y luego de contemplar desde el moderno puente de hormigón y aceros las fértiles y fugaces huertas del Genil, enseguida la ondulante infinita del campo de Lucena, la superficie de olivar más extensa de España, protegida y vigilada en todo el pimpollo de su sierra por la Virgen de Araceli, patrona del campo andaluz. A continuación, huertas y viñedos de Monturque nutridos por el río Cabra. Sin tiempo de parpadear ante tanto verdor y frescura, nos introducimos en la zona fronteriza de Aguilar, Montilla y Moriles, tierras de excelentes caldos donde las vides aguantan como pueden la avalancha poderosa del olivar. Desde Fernán Núñez, pueblo de chistes bastos y de pastelones, hasta Posadas, el paisaje campestre mantiene el antiguo patrón de tierras calmas en forma de enormes dunas, donde los pujares de trigo, los barbechos y las modernas plantaciones de almendros y campos de placas solares, resisten el avance del ejército insurgente de olivos al acecho.

Una parada para el desayuno en el mesón Rafael, en El Arrecife, despabila aún más nuestros sentidos para seguir disfrutando de un viaje de paisaje tan variopinto. Visto y no visto las jarras de zumos. Me asombra muy gratamente, como lo hará también luego en el almuerzo, la profesionalidad de unos cuantos camareros para atender con prestancia y amabilidad a tanto comensal ansioso.

Desde Posadas hasta Palma del Río los verdes naranjales, ahora rociados de azahar como pavesas, son los amos del campo. Una auténtica gozada. Y entramos, por fin, en territorio comanche, para mí, una especie de territorio sagrado. Hornachuelos posee una superficie de 910 Km cuadrados, el término más grande de la provincia, pero para un servidor lo que importa de verdad son los seis kilómetros que lo separan del antiguo seminario y sus dominios escasos. Los cuatro años de adolescente en ese entorno cerrado y estricto, pero también amigable, han marcado mi vida.

Esperaba un río más cuidado. Mis recuerdos del gran Bembézar son de un río quieto, oscuro y taciturno, pero limpio. Quizás esté pagando el río la factura de las obras de la tirolina y del embarcadero. Con todo, impone el caudal de un agua inmóvil hasta donde se pierde el horizonte. En fila india transitamos alegres por un sendero estrecho, en ocasiones, de cabras, en otros tramos algo más espacioso, donde algunos, como servidor, tropezamos y nos rasguñamos a escasos dos metros de caer al agua. Aprieta el calor a las doce del día. Tanto, que dificulta apreciar en lo que merece tanta y tan variada vegetación: lentiscos, acebuches y algarrobos se reparten el protagonismo, más verdes que la retama, y alfombrados por una red tupida de acantos, nardos, vincas, conejillos, cebolletas, romero, matagallos (jaras) y gayombas.

En uno de los muchos recodos del camino, avistamos el antiguo seminario, mi casa de niño y adolescente. Aun habiéndolo visitado en muchas ocasiones desde que lo abandoné a mis quince años, me sigue cosquilleando las tripas su contemplación en la cercana distancia, allí, en todo lo alto del monte. Desde la misma orilla del río, ofrece el ajado edificio una imagen muy fotogénica y de una particular estética. En la actualidad, el seminario (ahora convertido en un reformatorio para exconvictos), ubicado en el corazón del Parque Natural de La Sierra de Hornachuelos, es uno de los objetivos más visitados por senderistas de estas latitudes, pero en mis años jóvenes era un lugar ignorado en el culo del mundo, un despropósito irresponsable para albergar a trescientos chavales al cargo de un puñado de curas novatos en su mayoría, una locura de padres capaces de abandonar allí a sus retoños con tal de quitarlos de la servidumbre del campo. Sí, todo eso es verdad, pero fue también para nosotros un hogar, duro y estricto, pero muy querido y entrañable, un sitio aislado donde los muchachos hicimos piña en la escasez, en el desarraigo, en la soledad compartida, en el hambre de los primeros años incluso, pero, sobre todo, en amistad y cariño. No sigo, que se me enturbian los ojos y no veo la pantalla.

Llegados que fuimos hasta La Fuente de Los Tres Caños, reto final del trayecto con el personal cansado y sediento, nos dimos un descanso. Hicimos nuestras obligadas abluciones en los tres caños de la fuente: salud, suerte, amor. Y bebimos de sus aguas cristalinas. De las muchas historias que puedo relatar en un espacio tan singular, les conté aquella que los melojos (gentilicio de Hornachuelos) llevan más a gala: que un grupo de franciscanos de este monasterio junto a oficiales del ejército y otros paisanos se embarcaron rumbo a las Américas para fundar la cuidad de Los Ángeles. “Cuenta también la leyenda que Felipe de Neve, militar español y gobernador de Las Californias, escogió a 14 familias españolas y a un grupo de monjes franciscanos como los primeros moradores de “El Pueblo de la Reina de los Ángeles”, fundado por él mismo en septiembre de 1781. Y sigue la leyenda en que dichos monjes provenían del Monasterio de Santa María de los Ángeles, de Hornachuelos, y que traían con ellos, desde el convento, un centenar de cepellones de naranjos que, plantados en aquellas tierras americanas, dieron origen a la famosa naranja california” (fragmento de mi novela La carta escondida). Verdad o fantasía, el caso es que los paisanos melojos alucinan.

El almuerzo en La Huerta del Rey, como he dicho, fue una pasada. Tan bien nos sentimos todos servidos y comidos que muy pronto olvidamos la calor, las caídas, el tirón del abductor de Diego, el amago de insolación de Isidora, la tos asmática de Arreseli y cualquier otra posible inconveniencia. Al final hasta hubo un caluroso aplauso para camareros y cocineros por nuestra parte, los últimos en abandonar el recinto. Y también para mi cuñado Antonio, forjador contumaz de estos eventos, hombre organizado hasta en lo más menuíllo de la letra, insensible al desánimo. Hermano de mi mujer, qué más os voy a decir… 

Y entramos en el pueblo a la caída de la tarde a los sones valientes del "Resistiré" . Y sin siesta.

 

  

 

 

 

 

 

martes, 9 de abril de 2024

¡Mundo malo!


"He andado muchos caminos/he abierto muchas veredas... Y en todas partes he visto/ mala gente que camina/ y va apestando la tierra... (Antonio Machado)


Homo erectus, posiblemente nuestro ancestro común, habitó la Tierra en un periodo de alrededor de 1.500.000 años. Nosotros, los sapiens, llevamos en el mundo no más de 200.000 años. Y creemos que nuestra especie va a ser infinita, que nunca nos vamos a extinguir. Posiblemente, también lo creyeron los homo erectus y otras especies de homo que lo siguieron. De manera que, sin entrar en el debate de guerras o cambios climáticos, desde un punto de vista puramente evolutivo, estamos abocados a extinguirnos como especie. Y que venga la siguiente. Naturalmente, nosotros no seremos testigos de ese fenómeno, por desgracia. Y digo por desgracia, porque va siendo hora de un cambio de talante, de un cambio de personas, de un cambio de especie. La nuestra, la de sapiens, se ha agotado. O eso creo yo.

Había un hombre en mi pueblo que, ante cualquier desavenencia o desencuentro con otros paisanos o ante cualquier desgracia personal o colectiva, sentenciaba con laconismo cordobés: ¡¡Mundo malo!!

Quizás siempre hemos sido malos los hombres, los unos para con los otros; tal vez la competitividad, la envidia, incluso la violencia, hayan sido herramientas de progreso, sin las cuales, a lo mejor, ya nos hubiésemos extinguido. No lo sé. Desde los tiempos remotos en que Caín mató a su hermano Abel por envidia, el hombre ha sido malo: homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre. No hay más que tirar de hemeroteca, como se estila decir ahora.

Mundo malo, qué gran verdad. Pero el mundo no tiene conciencia, somos nosotros los que hacemos malo al mundo. Unos más que otros, claro. Cuanto más poderoso se es, más posibilidad de hacer el bien o el mal. Y parece que nos tienta más el mal que el bien. La paradoja es que a medida que el hombre gana en inteligencia y en civismo debe ir dejando atrás la tozudez, el egoísmo, la avaricia, la arrogancia, el sectarismo y tienda a abrazar la solidaridad, el diálogo, la empatía y otros valores que favorecen la convivencia. Pues nada. Más bien al contrario. Parece ser que homo erectus se extinguió al ser engullido (léase masacrado) por otra especie de homo, de manera similar a cómo los neandertales fueron suplantados por los sapiens. Y seguramente, nosotros no necesitaremos a nadie que nos extinga: lo haremos solitos. Por nuestro propio egoísmo. Por nuestra propia estupidez. O, a lo mejor, sólo por la estupidez de unos pocos.

Porque una cosa es ser malo en el sentido doméstico y coloquial de la palabra, un sieso, un egoísta, un desaborío, un desalmao… Y otra muy distinta es ser MALO con mayúsculas.

Y esos MALOS tienen en sus manos la llave de nuestra extinción como especie. Los MALOS que promueven guerras y genocidios en una civilización como la nuestra que ya creía superadas estas catástrofes; los MALOS que esquilman los recursos naturales a mansalva sin más consideración que el negocio y el crecimiento; los MALOS que permiten, consienten, y favorecen el hambre y la pobreza en el mundo para sacar provecho propio. La evolución natural no conoce la ética, en lugar de ofrecernos una nueva criatura con un código genético solidario y pacifista, entrega el destino de nuestra especie a hombres MALOS. Ella sabrá lo que hace.  

Y mientras todo esto acontece ¿qué se supone que debemos hacer aquéllos, que somos mayoría, que nos consideramos buenos? Porque los MALOS hacen muy bien su trabajo, cumplen con su cometido. A la vista están los resultados. Pero ¿y nosotros? ¡Ah bueno! sí, hombre. Nosotros asistimos a conferencias, nos enfrascamos y participamos como nuestras en las luchas intestinas de políticos y adláteres, nos encomendamos al diablo si hace falta para que pierda el Barça y gane el Madrid, contemplamos en la tele las terribles imágenes de niños asesinados con parecida emoción a como vemos la crecida del Guadalquivir por el puente de Ibn Firnas y lloramos a moco tendido si llueve en Semana Santa. ¿Qué otra cosa podemos hacer?