lunes, 9 de julio de 2012

Elogio del fútbol. Sin pasarse.

Si el gran Julio César hubiese escrito sus fechorías belicosas sobre España en lugar de hacerlo sobre Francia, le podríamos rectificar afirmando que "Hispania est omnis divisa in partes duae" y no en tres, como él describió en la Gallia.
Y es que hemos sido siempre los españoles especímenes humanos contrapuestos, enfrentados en dos bandos. Siempre. Iberos y romanos, vándalos y godos, moros y cristianos, castellanos y aragoneses, Isabel y Fernando, carlistas e isabelinos, patriotas y afrancesados, conservadores y liberales, Cánovas y Sagasta, monárquicos y republicanos, falangistas y rojos, comunistas y franquistas, peperos y sociatas...Las dos Españas eternas.
Bajando a un terreno más prosaico, lo mismo: los de ciencias y los de letras, camperos y urbanitas, los de playa y los de monte, los taurinos y los anti, carne o pescado y los futboleros frente al resto.

Hoy, amigos, quiero dedicar unos párrafos al fútbol, nuestro deporte rey. Lo hago por el revuelo organizado entre todos nosotros acerca de la inoportunidad de tanta celebración, del tropel de gente entusiasmada en Cibeles, del júbilo desmesurado por el hecho histórico de la conquista de esta Eurocopa, justo en este tiempo de penurias e indignaciones, el menos indicado para tanto boato. 
Desde Córdoba,  nuestro querido Antonio Pintor se lamenta de la ciega pasión de la gente por algo tan baladí, con la de cosas serias y trascendentes que estamos sufriendo y más que nos esperan. Maluca y otros comentaristas del blog de Antonio se expresan de manera similar: el fútbol atonta a la gente, nos hipnotiza y nos aliena. Parecida opinión le merece a Pepe Ramírez, un ex-seminarista algo mayor que nosotros, persona cabal y muy hondamente implicada en la docencia de adolescentes. Lo rechazan de plano y lo comparan, para que salga muy mal parado, con la lectura sosegada de un buen libro, el disfrute de una buena película o el éxtasis de un concierto en el Gran Teatro. Éste es el punto de vista de mucha gente, más o menos el de una de las dos Españas.
Mis amigos de Sevilla, sin embargo, gente también muy honesta y comprometida, son futboleros, oye. Y argumentan que no hay que confundir la velocidad con el tocino. Que uno puede partirse el pecho en el trabajo, soportar los cuarenta grados en una manifestación a las seis de la tarde a las puertas de san Telmo, abanderar y socorrer a una legión de indignados, cagarse por activa, por pasiva y por perifrástica en todos los políticos del mundo sin que ello sea obstáculo para disfrutar luego y apasionarse, si fuera menester, con la lectura de lo último de Vicen Navarro, con la película "Intocable" o ¿por qué no? con un España-Italia de verdadero orgasmo. Puede ser. He ahí la otra España.

Y ahora voy y me meto en un berenjenal, en una tesitura ciertamente complicada, intentando ser ecléptico, defecto mío irreductible, el de contentar a todas las partes, a fin de conciliar a ambas, a Córdoba y a Sevilla, al fútbol con  la literatura o con la música. Y para ello no hay otra que sucumbir en una de las habituales, y quizás benditas, incongruencias y contradicciones con las que sobrevivimos: amo y detesto al fútbol, ambas cosas a un tiempo.

Como todo el mundo sabe, el fútbol no es solo lo que sale en la tele, veinte tíos en calzón corto y camisa de rayas corriendo detrás de un balón. Si pudiéramos abrir la carcasa de la televisión en pleno partido podríamos comprobar las complejas dimensiones de una cosa tan simple. Veríamos deporte, sí, pero poco; veríamos mucho, mucho negocio; veríamos algo de espectáculo; y, lo que más, pasión de multitudes. Y lo malo de todo este tinglado es que  esas partes que lo componen se comportan entre sí como matrimonio indisoluble. Si fuese posible diseccionar y separar el deporte y el espectáculo de todo lo demás, otro gallo cantaría y quizás entonces su kikiriki podría ser hasta agradable para el delicado oído de mi amigo Antonio. Pero no será posible. 

Renuncio al fútbol actual y a sus pompas, al fútbol negocio. No puedo comprender ni, mucho menos, compartir el dineral que maneja, la desorbitada desproporcionalidad de los sueldos de los futbolistas de élite, al fin y al cabo, trabajadores por cuenta ajena, los contratos de cifras mareantes, la financiación con dinero público, su exagerada visibilidad en los medios, su aplastante presencia en todas partes, su ubicuidad universal. No logro entender cómo la sociedad, en general, acepta impasible que un futbolista, sin más mérito que sus piernas talentosas, pueda ser el referente más idóneo para la juventud. Y más aún, no acepto la antideportividad de todo el entorno que rodea al fútbol, solo para sacar tajada, desde el aficionado al futbolista profesional pasando por el periodista de turno, todos descaradamente parciales. En el fútbol no hay vergüenza torera. Ni de la otra tampoco. Todo el mundo va a engañar con tal de salir ganancioso. En ningún otro deporte se valora el engañar al árbitro como mérito. En el fútbol sí. Todo vale para ganar. Esto es lo que más me asquea, que el engaño encubra  la mediocridad.
Seguramente mi edad me hace pensar aquello de que todo tiempo pasado fue mejor. Quizás siempre haya sido igual, no lo sé. Pero uno recuerda a gente como Pirri, Asensi, Marcial, Zoco, Pereda, Sanchís padre, Gárate, Adelardo...que eran modelo de deportividad dentro y fuera del campo. Hoy solo encuentro a Iniesta y a Raúl. Y hace unos años, a Butragueño.

No me siento representado en las celebraciones multitudinarias, al igual que tampoco se sienten tantos otros futboleros que hay por ahí. Rechazo el fanatismo de forma contundente aunque reconozca, aquí entre nosotros, que algunas de mis argumentaciones anti Barsa puedan rozarlo, otra de mis incongruencias. Comparto con los detractores considerar como penosa la imagen televisiva de un millón de criaturas en la calle adorando al dios fútbol y a sus veintitantos apóstoles aupados en celestial carruaje y brindando en actitud propia de beodos. No, nada de eso me gusta. Como tampoco que gente no aficionada, que no entiende ni papa de fútbol, se sume al multitudinario coro exultante solo para hacer bulto o, peor incluso, para urdir confrontaciones violentas. Entiendo que sea objeto de discusión si un país que se supone serio y maduro pueda tener al fútbol como único elemento vertebrador. Para unos, ésto es algo vergonzante. Para otros, mejor el fútbol que nada.

Con todo, creo que existirá consenso entre todos sobre la indudable función social que ejerce el fútbol, auténtico "pan y circo" moderno. En el estadio, a modo de coliseo, la masa humana desahoga sus frustraciones y relaja las tensiones domésticas y laborales echando leches sobre la inocente progenitora de algún jugador contrario o, mayormente, de la del señor de negro. En ese instante, ambos, jugador contrario y árbitro, representan para el nada respetable público a un jefe malnacido, o simplemente exigente, al banquero que no ha consentido el préstamo, al farmacéutico que esta misma mañana le ha cobrado un euro por el Haloperidol del abuelo o al mísmísimo Rajoy en paños menores. Y si el cónclave es en casa hechizados por la tele, el fútbol es lugar común donde reunirse los amigos y compartir, a partes iguales, cháchara, condumio y diversión. Mucho antes de que saliera la noticia de un reciente estudio científico sobre el efecto beneficoso del fútbol para el dolor oncológico, los sanitarios ya lo intuíamos. Y podemos añadir, sin riesgo de error, que no solo para ese tipo de dolor, sino para cualquier otro, para los ahogos, para la indigestión, para los nervios, para la calentura...No hay más que ver la tranquilidad reinante en las Urgencias durante las dos horas de un partido.

Si hago ahora un extenuante ejercicio de abstracción y logro apartar del fútbol toda la fullería que lo corroe, entonces amigo, la cosa cambia. Como pura actividad deportiva y de ocio el fútbol no tiene parangón para los que hemos sido alguna vez oficiantes. Y aquí entran de lleno las vivencias.
Antonio Pintor no puede sentir lo que yo siento viendo un partido. Imposible. Necesitaría volver cuarenta y tantos años atrás y venirse conmigo al seminario, a los Ángeles, lo hubiera pasado bien. Tendría que saborear el gusto de corretear detrás de un balón desconchado en medio de la nada, en la dehesa infinita, en el monte perdido, de la mano de Dios. No ha tenido el disfrute de meter un gol por la escuadra a Jaime, ni de abroncarse con José Pablo, siempre regañando porque no meto la pierna, para luego regresar al cenobio, sudando y empapado, ensartado por los hombros de ambos, o por los de Pepe Montes o los del Luna. No, no puede. Sí que hubiera podido conocerme en Córdoba, en san Pelagio, frente por frente, casi, del bar de su padre, en la otra orilla del río. Y si no, más cerca todavía, en el campo de fútbol de san Eulogio, a donde íbamos a jugar todos los jueves del año, menos el Jueves Santo. Quién sabe si alguna de aquellas tardes hemos coincidido en mitad del puente viejo, él para allá, yo para acá, y hasta hemos podido mirarnos con cierta admiración, como anticipando nuestra futura amistad. Antonio suele regresar a casa desde el Séneca por el puente de san Rafael, pero esta tarde va a dar un rodeo por el puente viejo porque ha quedado a hurtadillas con Manolo Cabanillas y con Alejandro Torronteras en la torre de la Calahorra, a ver si ligan algo. Él, un chaval modosito, bien arreglado,  su raya de tiralíneas en el pelo y su tupé tan bien recortado. Yo, un desatre: pantalones de deporte raídos y sudados por las ingles, botas de fútbol desabrochadas, piernas enclenques tapizadas de barro incrustrado, pátina de sudor pegado en la cara y cabeza greñuda. Y un balón bajo el brazo.

Para muchos de nosotros, la vida en el seminario se sustentaba en tres pilares básicos: estudio, liturgia y fútbol. Al menos hasta teología. El orden de prioridades era ya una cosa personal. Y había también, justo reconocerlo, místicos silenciosos y devoradores de letanías y vidas de santos que apenas salían al patio con tal de que la pelota no se les enredara sin remedio entre las piernas y la sotana. Pero eran los menos. Una buena parte de ex seminaristas llevamos el fútbol en la masa de la sangre, en el genoma, quizás ya en una zona cerebral concreta marcada en el homúnculo de Penfield, hábito tan arraigado que hasta puede ser heredado por nuestros hijos (yo no he tenido tanta suerte, mi Meli es negada para el deporte). El fútbol, os puedo asegurar, ha sido para nosotros una especie de levadura vivencial capaz de transformar el simple compañerismo en amistad de por vida. Nadie que se haya embarrado jugando en la llanura de los Ángeles, en san Eulogio o en el campo de los jardines de san Telmo podrá nunca renegar del fútbol como deporte. Por muchas vicisitudes vitales por las que hayan pasado, por más variados oficios o profesiones a los que se dediquen, por más dispares ideologías que profesen, no me imagino a gente como Valenzuela, Gregorio Mangas, Diego Haba, Valerio, Joaquinillo, Barbero, Cantarero o Luis Enrique malediciendo del fútbol.

Cuestión aparte es la referente al espectáculo en sí mismo. Voy a hacer, exclusivamente para vosotros, otro ingente esfuerzo de hipnosis para despojar al fútbol espectáculo de aquello que le sobra y lo afea: el engaño al árbitro como meritorio, la mala intención, la mala educación, el mal ganar y el mal perder. Y ésto aplicado tanto a los jugadores como al público y a los periodistas. Yo no culpo de nada a los árbitros, son siempre las víctimas. Muchos de sus errores son propiciados por la pillería de los futbolistas.
Sin esos malos ingredientes un partido de fútbol es un espectáculo de verdad. Pero me temo que perdería popularidad, no provocaría tanta pasión ni tanta convocatoria. Un regate sin rozar siquiera al contrario, solo con la cintura, un pase diagonal que vuela cincuenta metros y cae sumiso al pie, una carrera por la disputa de un balon, sin codazos, un testarazo a la misma escuadra, un "pinchar" un balón aéreo en la bota...son todas ellas unas estampas de tal belleza plástica que yo me atrevo a catalogarlas de arte. Arte en el sentido amplio y en el sentido estricto. Arte en cuanto que son creaciones del hombre que provocan emoción y agrado en quien las contempla. Arte que puede apasionarte tanto como la música, la lectura o el teatro. Claro que es necesario entender un poco. A mí me dice mi amigo Ramiro que tal faena de Morante es una obra de arte y yo no la distingo de los saltitos y chillidos con los que  Remedios Cervantes intenta zafarse de una vaquilla famélica en el programa éste de "hace falta valor". Por ejemplo.

Llegados a este punto, corto mis alegatos pretenciosamente sesudos. Al fin y al cabo, el fútbol pertenece al mundo de la emoción y de la pasión, a lo irracional, no podemos alcanzar a racionalizarlo del todo, cuántas veces hubiese deseado apostatar de él y no me ha sido posible, es como el querer, no sabemos muy bien por qué queremos a fulanito y aborrecemos a perenganito. Será esa química invisible, esa feromona que escapa a nuestros  sentidos, ese Bosón de Higgs  tan celosamente guardado, será..., quién sabe.
Creo, no obstante, haber podido conciliar algo las distintas posiciones de mis amigos y haber encontrado un cierto equilibrio en mis propias incongruencias. Si ha sido así, estupendo. Si no, estoy preparado para la tomatina.

¿Fútbol? Vale, pero limpio y sin fanatismos. Y barato.


--------------------------------------------------------------------------

Ahora, queridos míos, sí que va en serio lo del respiro estival. Pero prometer, no prometo nada. Basta con que ocurra algo interesante en los Pirineos o en San Sebastián para que os tenga  al día. Tiempo al tiempo. No, podéis respirar tranquilos. Para escribir necesito el sosiego de mi casa.

Besos a todos y hasta la vuelta.

jueves, 5 de julio de 2012

Vicio inocente

Hoy he visto en la consulta a una cría de diecisiete años, una niña. Su madre, paciente mía, me la trae porque en lo que va de año ha tenido seis o siete infecciones en la orina, "mire usted, una niña tan nueva". Le han hecho una ecografía de los riñones que ha resultado normal y ya no saben qué hacer porque "tampoco es plan de que la joven esté todo el tiempo con antibióticos, con lo que éso desgasta." Pero si los deja, enseguida vienen el dolor, la fiebre y la orina ensangrentada.

Es, del todo, una cría, no aparenta diecisiete, quince a lo sumo. Morena, muy fina de facciones, pelo negro recogido en una cola y mirada lánguida, me parece personificar la inocencia.

-Bueno, jovencita -preparo la seducción médica con una pregunta nada seductora-, vamos a ver, ¿cuántas veces das de cuerpo al día?
La chica enrojece en segundos. Enseguida sale la madre al paso:
-Niña, tu contéstale al médico todo, no te cortes, que éste es un hombre muy corriente.
-¿Qué es dar de cuerpo? -pregunta la pobre asustada.
-Anda mujer, -se pone la madre- ¿qué va a ser? Pues éso, dar de cuerpo...Ir al wáter...Ensuciar.
-¡Ah, éso!..Pues...una, creo yo.
-Y cuando terminas ¿cómo te limpias?
-Pues...con el papel higiénico.
-Ya, ya, claro. Quiero decir que si te limpias de atrás para adelante o de delante hacia  atrás-. Y tengo que hacerle el ademán para que se entere.
-¡Ah! Siempre de delante para atrás. Eso sí.
-¿Te lavas luego en el videt?
-No, nunca.
-Pues debes de hacerlo, ¿vale?
-Bueno.

En las mujeres jóvenes otra causa muy común de cistitis hemorrágica es la práctica excesiva de sexo, si es que pudiera haber algún exceso en ésto. Siempre he sido de la opinión que "contri" más, mejor. Pero, claro, no me parece el caso de esta cría, tan niña, tan inocente, tan alicortada. De todas formas, más sabe el diablo por viejo que por diablo, me lanzo:
-¿Tú no tendrás novio todavía, verdad?
-Pues sí que tiene, doctor -ahí tiene que saltar la madre-, un muchacho muy aparente que trabaja en una panadería de su padre. Son gente que están muy bien.
-Ya. Pero... En fin -ahora soy yo quien titubea-, quiero decir...,que no tendrás relaciones íntimas, ¿verdad que no?- Y, en lugar de ponerse colorada, me responde con la mayor naturalidad:
-Sí, sí las tengo-. ¡Ah coño!, pienso para mis adentros, aquí está el quid.
-¿Usted lo sabía? -me dirijo a la madre.
-Sí, la niña me lo cuenta todo; desde hace un año por lo menos.
Y ahora me pongo a hacer de cura, un papel que ya no me pega.
-Dios mío, con lo nueva que  eres, ¿qué vas a dejar para cuando tengas treinta años?
-Yo también se lo digo, doctor, pero ya sabe usted cómo son la gente nueva -hace la madre como si quisiera disculparse.
-Ya lo sé, lo digo de broma. Si toman las debidas precauciones me parece bien, que se aprovechen ahora. Dentro de poco, mucho antes de lo que ellos esperan,  sobreviene la menopausia y adiós ganas.
-Doctor -vuelve a terciar la madre- a mí lo que me preocupaba antes era que si se pelean por lo que sea, ella iba a ir marcada, señalada, ¿sabe usted? Pero ya no, porque  ha visto una que esta gente nueva son todos iguales, que otro novio que tuviera más adelante seguro que también vendría marcado. Y además que, como usted sabe, esto nuestro de las mujeres se lava y se estrena.
Y yo, como un pardillo, dispuesto a dar lecciones de sexología a una catedrática.
De todas formas, les explico a ambas que el hecho de penetraciones repetidas en jovencitas puede producir contaminación en la uretra y luego infección en la vejiga, sobre todo si antes ha habido sexo anal. "¡Ah, éso sí que no" -se le escapa a la chica- "¡con lo que tiene que doler!". Y reflexiono: ¡todas las mujeres iguales, oye!

Tengo la tentación de seguir insistiendo sobre la frecuencia con que practican, si toman las medidas adecuadas..., porque estoy seguro de que la causa de las infecciones radica ahí. Pero me freno. Se me viene al pensamiento cuando me confesaba con don Antonio, un cura de los Ángeles. Lo pasaba uno mal con tanta pregunta, tanto escudriñamiento, tanto morbo. "Cuando lo haces, ¿tú disfrutas?" -me preguntaba el tío una y otra vez. Un día me atreví a contestarle: "don Antonio, si no disfrutara para qué me la iba a menear tanto?"

 Life motive: sexo es vida.

sábado, 30 de junio de 2012

El confesionario

Es la primera vez que esta mujer viene a mi consulta. Su médico la manda por mareos frecuentes. Por tres veces la han traído en ambulancia  a las Urgencias en las últimas semanas. No le encuentran nada. Ya ha sido vista también por el cardiólogo y por el neurólogo. Nada. "La voy a mandar a usted al internista" -le ha dicho su médico- "a ver si atina con algo".
-¡Qué es un internista? -supongo que pregunta la buena mujer.
-Un médico pensante, de ésos que saben de todo. Una especie de mentalista.
-¿Como House?
-Más o menos.

Entran los tres, ella, su marido y una jovencita sudamericana que debe de ser la cuidadora de ambos. Me extraño un poco porque la chica me parece demasiado joven y a ellos, a la pareja, aunque ancianos, no se les ve tan torpes como para necesitar ayuda. Dada la multitud de veces en que he metido la pata con el asunto éste de los parentescos, no voy a suponer nada, sino que pregunto directamente:
-¿Quién esta chica?
-Es nuestra hija-. ¿Ves tú?, menos mal que he preguntado. Intento no aparentar sorpresa, como quien ya no se espanta de nada, pero no estoy seguro de que lo haya conseguido. -Sí, nuestra pequeña, la adoptamos cuando tenía solo dos añitos.
Ya hay algo en la escena que no me cuadra. La joven permanece demasiado seria. No sé. Es intuición. Olfato, si queréis. Algo no va como debiera. Para que no se me note mucho la inquietud, me dirijo a ella, a la chica:
-¿Cómo te llamas?
-Ana Patricia -me contesta secamente, nada parecido a una sonrisa, ni un gesto por agradar.
-¿Qué edad tienes? -tengo la intención de añadir "guapa", como un cumplido, pero no lo verbalizo porque sería faltar en demasía a la evidencia y porque no sé cómo se lo va a tomar.
-Dieciséis años.
-¡Vaya, una mujercita! -pero no consigo arrancarle una sola mueca.
-¿Te gusta España? -cambio de tema por probar.
-No, para nada.
-¿Y éso?
-No me gusta la gente.
-Pero bueno..., si precisamente presumimos de buena gente.
-Pues habré tenido mala suerte, a mí no me gustan.
-¡Vaya por Dios! ¿Y dónde, entonces, te gustaría vivir?
-En Norteamérica.

Los padres observan y callan. No me siento cómodo. Me parece que sus respuestas menosprecian a estos buenos ancianos. Intento aligerar la carga.
-Son solo dieciséis años, no se lo tengáis en cuenta, está en la edad de la rebeldía -intercedo por ella-. Cuando tenga veinte cambiará de opinión, ya lo veréis.
-Sí, seguramente -responde el padre-, pero ahora sufre mucho y hace sufrir lo indecible a su madre.
A fin de facilitar la entrevista  con mi paciente y que se sienta con más libertad invito a la chica a que salga de la consulta. Muy seria, se levanta, da los buenos días y sale.

La madre es una mujer mucho más anciana que su edad, difícil echarle años. Delgada, blanco lechosa, pelo ralo y mal averiguado, la tristeza le chorrea por unos ojos llorosos  en cuyo verde, ya grisáceo, aún se atisba un rastro de esperanza. El padre permanece sereno. Su afable semblante está ennegrecido y arrugado de tanto campo, de tanto sol, de tanto trabajo para sacar adelante a este niña, su pequeña,  quien ahora, en la edad de la flor, se ha vuelto tan desagradecida. Y uno piensa en esta pareja catorce años atrás, ya mayores para criar a una niña que pasaría entonces (y pasa ahora) más por nieta que por hija. Por más consejos que les dieran sus vecinos, sus otros familiares, incluso el cura del pueblo acerca de los peligros ocultos y venideros por la aventura de adoptar a una niña chica y además extranjera, ellos tenían demasiada ilusión para darles oído. Y mira tú por dónde...

Naturalmente que todos los males que aqueja esta mujer son por culpa de la depresión que arrastra. Y para averiguar esto no veo necesarios electrocardiogramas ni ecocardios ni TAC craneal. Solo hay que hablar un poco, lo justo, y escuchar mucho. Éste es uno de los instrumentos del internista, uno de los más importantes: saber escuchar. Si el otro día hablábamos del poder de nuestras palabras, hoy toca escuchar.

La charla subsiguiente ha tenido, estoy seguro, un clarísimo efecto terapéutico en esta paciente. Se desahoga conmigo. La chica no se lleva mal con ellos, ni es mala ni desagradecida como yo estaba barruntando. Solamente le pasa que está amargada, peleada con el mundo y consigo misma. No se acepta (justo reconocer que es feílla) y no acepta a los demás. Su deseo es huir, escapar de un mundo en el que se siente rechazada. "Y todo casi de pronto, doctor, de un poco tiempo a esta parte". "Más o menos el tiempo que lleva usted mala ¡no?" -le pregunto. "Claro que sí" -admite compungida-, "una madre sufre muchísimo al ver a su hija, una niña tan nueva, así de desgraciada".

"Todo ha sido desde el Instituto, yo sabía que iba a pasar algo de esto." -suspira para tomar aire. "Mire usted, de niña, nuestra hija era la alegría del barrio, era dicharachera, amistosa con todo el mundo, todos la acogían en sus casas, las meriendas con sus amiguitas se prolongaban hasta, casi, la hora de acostarse, era una cría poseída por la calle, mis vecinas se quejaban en broma de que a la niña la habíamos adoptado nosotros, pero eran ellas las que la estaban criando." -Vuelve a suspirar. "Ya sabe usted, a lo mejor por la novelería o por ser ella tan graciosa y redondita, el caso es que siempre ha sido un juguete para todos los que la conocían. Y más todavía en la escuela, siendo la única niña extranjera en aquellos entonces. Tenía cuatro o cinco amiguitas del colegio que eran inseparables, uña y carne como se suele decir, qué sé yo la de fiestas de pijama, la de idas a Isla Mágica, la de viajes a todas partes de España con sus compañeros y con sus maestros...Una niña feliz, una dicha muy grande para nosotros". Se detiene un poco para que su marido, tierno y atento a todo, la rodee por el hombro y la  apriete hacia sí un poquito más.

"¿Y qué pasó al llegar al Instituto?" -aprovecho el receso. "Lo que tenía que pasar, doctor." -arranca de nuevo, ahora con más brío. "Sus amiguitas crecen, se convierten en rubias y morenas de muy buen ver, forman pandillas con los nenes, se echan sus novietes...Y mientras, nuestra hija, al lado de ellas, sigue bajita, redonda y...ya ha visto usted, poco agraciada. Y en un santiamén, si te he visto no me acuerdo. La han aislado. De osito de peluche con quien  todas querían dormir ha pasado a patito feo del que todas  se avergüenzan. Eso es lo que ha pasado. Ni más ni menos. Y ella no encuentra otra forma de rebelarse que ésta, devolver el rechazo haciéndolo extensivo a todo el mundo, casi hasta nosotros mismos, sus padres."

Ambas, madre e hija, están de psicólogos y todo. Nos hemos acostumbrado tan rápidamente a la buena vida (la sociedad del bienestar) que cualquier contratiempo, grande o pequeño, necesita del consejo del psicólogo. La psicología jamás ha conocido, ni conocerá, más esplendor que ahora. No lo critico. Solo reflexiono con vosotros. Entiendo que en situaciones de catástrofe, la gente  afectada pueda y deba recibir atención especializada y específica. Pero hay otras situaciones particulares, más o menos  serias, más o menos banales, que podrían ser tratadas a otros niveles menos sofisticados. Antes eran los confesionarios, ahora bien podrían ser los médicos oyentes y pensantes.

El caso de esta chica y sus padres me lleva a tres consideraciones que quiero compartir con vosotros. La primera es la mala leche que tenemos los humanos, los unos con los otros, homo homini lupus. Creo que el gérmen profundo del racismo está en la supremacia del grupo como defensa para la supervivencia. Tiene, pues, un origen claramente tribal que a estas alturas del siglo debiera haber sido superado. Pero nada, nos  seguimos comportando como tribu. Poco ayuda para erradicar este comportamiento nuestra "cultura popular" de menosprecio larvado y disfrazado de hilarante a nuestros inmigrantes con expresiones jocosas tales como  sudacas, machu pichus, payos poni y otras de similar jaez. Expresiones que esta chica ha soportado de buena gana desde que tiene uso de razón. Hasta ahora, claro, cuando ha comprobado que no solo son palabras graciosas. La segunda reflexión es lo mucho que ganan los pacientes cuando un médico sabe escuchar. Y la tercera es que por más que haga treinta y ocho años que abandoné el seminario no consigo librarme del confesionario. Así debe ser.

viernes, 29 de junio de 2012

Médico en casa

Hace ya años, bastantes, en uno de nuestros viajes familiares a los Pirineos mi cuñada Ana María, la Sami, se puso mala. De pronto. Ella es así, está tan ricamente, te das la vuelta y se echa literalmente a morir. Nada de particular, la regla. Algo retorcida, sí, pero una regla, al fin y al cabo. Nos pilló desayunando en un hostal de Nuévalos donde habíamos pasado la noche para visitar al día siguiente, tempranito, el Monasterio de Piedra. Ella se pone más mala que nadie, le duele todo más que a nadie, aquello no eran aspavientos, aquello no eran alaridos, "llevadme con mi mama, que me muero". Tanto, que alarmó al dueño que nos  servía el café y las tostadas.
-Aquí, a escasos cincuenta metros, está el ambulatorio. ¿Quieren ustedes que llame al médico de guardia?
-No, no se apure usted -media enseguida mi padre-, si aquí dos de mis hijos son médicos...
-Bueno -responde el buen hombre-, ya se sabe...Yo no me fiaría mucho de los médicos de la familia.

Este aserto tan nuestro, y en ocasiones tan certero, no ha funcionado conmigo. He sido siempre el médico de mi familia. Para lo bueno y para lo malo. Cuando mi Meli tenía unos ocho o nueve años me echaba en cara que nunca la llevara al pediatra, "todas mis amigas de la escuela van al pediatra y al dentista y yo no sé ni quién es mi médico". "Tú tienes la suerte de tener al médico en casa" -le respondía yo. "Sí, de qué me vale, ni siquiera encuentras mi cartilla de las vacunaciones, me las tengo que saber de memoria". Mi Meli ha sido siempre muy suya.

Los médicos, en general, no se encuentran cómodos atendiendo a algún familiar. Dicen que se pierde objetividad, que la emoción puede nublarte aquello que para otro, desde fuera, resulta evidente. Puede ser. Pero yo discrepo. Hoy se nos llena la boca hablando de la atención integral y total al paciente. Para ello resulta muy conveniente conocer cuantas más cosas mejor del mismo. De esa manera podremos adaptar nuestras recomendaciones a los deseos,  convicciones y creencias de los pacientes. Decidme ¿quién conoce mejor a mi padre que yo mismo? Si por "los protocolos médicos" fuera, mi padre se tendría que hacer una biopsia prostática, un PSA cada seis meses y una colonoscopia cada año. Nada de eso, sus revisiones del marcapasos y a otra cosa. Por ejemplo.

He llevado el peso de las graves y letales enfermedades de mi madre y de mi hermana hasta sus muertes respectivas. Y ha sido muy duro. Sobre todo lo de mi hermana. Ni siquiera para mí, acostumbrado al merodeo contínuo de la muerte en mi hábitat natural, resulta explicable que una mujer sana y fuerte, alegre y vitalista, pueda morir en el plazo de ocho meses con solo cincuenta y tres años. Muy duro. Y todo el mundo, es natural, mira al médico. Y la duda eterna: ¿no se podría haber hecho algo más? ¿Y si se hubiera cogido antes? ¿Y si se hubiera tratado en otro hospital? ¿Y si...? Lo asumo, estoy preparado. Siempre lo he estado.

Ahora soy el médico de mis suegros, "oye Jose María" -se me pone mi suegra- "que digo yo que ya que me has aguantado viva hasta la primera comunión de la Mari, si no podrías alargarlo algo más". "¿Cuánto más" -me río con ella. "Bueno, pongamos hasta que se case tu Carmen". "Eso, suegra, es demasiado, porque la Meli no se va a casar nunca". "Pues por eso..." A mi suegro no le he podido evitar el glaucoma y apenas ve ya casi nada. Y uno se siente culpable en alguna medida, pero lo supero porque soy consciente de mis limitaciones y de las de la propia Medicina. En fin, toda la familia se fía de mí. Ahora, es cierto, comparto la carga con mi hermano Frasco, internista como yo. Somos los médicos de nuestros hermanos, cuñadas, sobrinos, de nuestra madrina  y ¿cómo no?, de mi mujer, la Peque. Pero de ésta, yo solo.

La Peque apenas ha necesitado de mis  servicios médicos. Hasta ahora, solo le he conocido una salmonelosis un mes antes de parir. Y no pude asistirla porque yo estaba de la cagalera mucho peor que ella. Mi madre le decía que era más fuerte que un "renno". Nunca he sabido lo que sea un renno, me parece que es una garrapata de esas que se agarran al pellejo de los perros y no hay Dios que las pueda arrancar. Muy fuerte, muy valiente, muy "echá palante", demasiado quizás. A lo único que le teme es al agua, el apartamento de la playa lo disfrutan mi hija y Pepe porque ella no ha tenido aún la dicha de meter un pie en la orilla. En mi casa, se sienta en el borde de la piscina y patalea en el agua como los niños chicuelos, a éso es a lo más que se atreve. No le pega, con lo atrevida que es para todo.

Y ahora, en dos meses, dos sustos. Primero un nódulo mamario que ha quedado en nada. Bueno, en algo más que nada, en un pedazo de hematoma que le ha puesto una teta que parece silicónica. Ha quedado tan redondita e hinchada que me entran ganas de que le biopsien también la otra. Y luego, en estos días, una diverticulitis aguda, que es una cosa parecida a la apendicitis pero que no hay necesidad de operar. Solo ponerle antibióticos. Aquí la tengo en casa, todo el día leyendo en su libro electrónico y, si no, regañándome por cualquier simpleza, haciéndome de mandadero, de cocinero, de friega suelos...,de todo, menos de ardiente amante, que es lo que uno quisiera. "Sema" -se me pone seria- "es que con el follisqueo se puede perforar el colon". Joer, ni que yo la tuviera tan larga.

Ella achaca estos males a la edad, "es que ya tenemos una edad, eh", sus amigas le dicen que todo es por mor de las hormonas, de la menopausia fastidiosa y por no comer semillas de lino y yo intento convencerlas de  que la culpa es la falta de sexo. Pero no me cree ninguna y, menos que nadie, ella misma. 

martes, 26 de junio de 2012

El sordo que leía en los labios

Con los  sordos pierde mucho mi actuación médica. No es que yo ponga menos empeño en ellos, al contrario, uno intenta un mayor acercamiento a sus problemas, sabedor de esta debilidad. Pero he de basar la anamnesis (el interrogatorio) en el familiar que hace de traductor de mis palabras. Y es que las palabras adecuadas pueden ejercer un claro efecto beneficioso para los pacientes. Pero, claro, tienen que oírlas de boca del médico. Ante un sordo, por tanto, de poco sirven las palabras, las sustituyo por los gestos amables, pero no es lo mismo. No da igual una caricia en la cara que un "no te acojones que esto lo sacamos palante". Bueno, pero tampoco vayáis a pensar que tengo la consulta llena de sordetas. No, hombre

Creo que los médicos no valoramos lo suficiente el poder curativo de nuestras palabras. La Peque, sin embargo, lo tiene muy claro. "Una palabra tuya" -me dice- "alegra el día de tu paciente, lo hace feliz." Y me sirve de mucho, me ayuda a prepararme mentalmente para el machaqueo de la consulta diaria. Cada día puedo llevar la felicidad a una veintena de personas, a unas pocas familias. Esto es lo que voy meditando cada mañana en el camino atascado hacia el hospital, a cuánta gente puedo hacer feliz hoy. Aunque, errare humanum est, algunos días se me olvida y acabo metiendo la pata.

Este sordo, en concreto, es un tío gracioso. Y picante, como me gustan a mí las personas. Tiene una diabetes muy difícil de controlar por mor de su gordura y porque come de todo. Quizás debido a la obesidad ha desarrollado también una enfermedad en la espalda, una ciática.
Con gran alarde y aspaviento gesticula y vocea por dónde le duele, que no puede agacharse, que se le duermen los dedos de los piés, que cojea...Y protesta porque yo todo lo achaque al sobrepeso. Por mi parte le explico a su mujer, que es la traductora, lo de siempre, que debe de ser más disciplinado en las comidas, que debe de caminar un poco todos los días, que no puede ni oler el tabaco...,en fin, la rutina de los médicos. Pero él, el sordo, ni puñetero caso. Mientras converso con su mujer se distrae mirando los cuadros de peces en la pared de enfrente, o repasándose la negrura de las uñas.

Llega un momento, sin embargo, en que pone sus otros cuatro sentidos en la conversación. Parece como si lo hubiera oído. Su señora esposa me pregunta preocupada si lo de la ciática tendrá algo que ver con la imposibilidad de matrimoniar de su marido. Le explico que no, que la disfunción eréctil está más relacionada con la propia diabetes de tantos años y de tan mal control. Que tiene muy difícil, por no decir imposible, solución. Y el tío sin perder detalle. Y nosotros pensando que no se entera. Y él, en ascuas. En una pausa de nuestra charla, salta con esa voz alta y tan destemplada que tienen los  sordos:

-Doctor, ¿qué estáis hablando, de atizar? 

Este tío lee en los labios, oye.

domingo, 24 de junio de 2012

Sexo es vida

Este abuelo, no sé bien por qué, me recuerda a mi padre. He cogido la manía de comparar con mi padre a cualquier anciano de los que veo en la consulta. A cualquiera que frise los noventa. No se le parece nada en lo físico, éste es enjuto y larguirucho, bastante cargado de espaldas, de cabeza mejor poblada y aguanta perfectamente su dentadura postiza. Pero hay algo intangible, quizás su risa, algún gesto en sus arrugas, la manera de mover sus manos sarmentosas, que pertenece a mi padre. No sé, me estaré volviendo viejo, tanto comparar a la gente.

En los últimos tres meses ha sufrido varios síncopes. (Para los legos, un síncope es una pérdida momentánea de la consciencia, una lipotimia, vaya). Y ambas hijas vienen muy preocupadas.
-No me digan que andan ustedes angustiadas por este hombre.
-Pues sí, doctor, nos tiene con el corazón en un puño.
-Vamos a ver, ¿de cuántos años estamos hablando, aquí el caballero?
-Noventa y uno -me contestan ambas a la vez-. Y miro al paciente y nos reímos los dos, como anticipando nuestra futura connivencia.
-Noventa y uno, eh, pues sepan ustedes que aparenta setenta.
-Pues eso mismo es lo que nosotras decimos, que con lo bien que se conserva no queremos que se nos muera tan pronto.
-¿Tan pronto, han dicho? ¿He oído bien?
-Bueno, no...en fin, ya sabe usted, que está muy bien para morirse así de pronto.
-¿Y quién les ha dicho a ustedes que se va a morir así de repente?
-Usted, doctor, no lo ha visto cuando le da eso que le da.
-Bueno, pues venga, manos a la obra.

Síncopes repetidos en un anciano son asunto de mal presagio. En muchas ocasiones encontramos una enfermedad cardíaca grave que puede necesitar de un marcapasos. En este hombre, sin embargo, ni la auscultación ni un electrocardiograma de hoy mismo indican ningún tipo de arritmia. Su médico del pueblo ya le ha realizado un estudio de EKG de 24 horas en el que tampoco se aprecia nada relevante. Tiene algo peor: un soplo cardíaco que se irradia al cuello y que es muy sugestivo de una estenosis aórtica severa. Estoy decidiendo si le solicito o no un ecocardiograma para confirmar la estrechez valvular, cuando las hijas me muestran sobre la mesa tal estudio que ya lo traen hecho por un cardiólogo particular.
-Amigas mías, a este hombre no le falta un miriñaque, eh.

Les explico a los tres la situación. Se trata de una enfemedad del corazón, muy frecuente en la población anciana, que es la causa de sus síncopes y que la única solución definitiva es la cirugía cardíaca para cambiarle su válvula aórtica por otra biológica, habitualmente de cerdo o de oveja. Pero que con su edad muy posiblemente no sea aceptado por los cirujanos. Por el riesgo elevado de muerte intraoperatoria. Y siempre será mejor morir de muerte natural que no en un quirófano.
-Naturalmente -salta enseguida nuestro hombre.
-Papá, por favor, deja hablar al médico.
-Que no, que de ninguna manera, yo, ¡a mis años! ¡Ni pensarlo!
-Yo soy de su opinión. Viva la gallinita con su pepita.
-¿Qué hacemos entonces, qué hay para ésto? -preguntan las hijas aún más agobiadas.
-Nada. Cuidar de su tensión, que coma sin sal o con muy poca y, sobre todo, que no haga ningún tipo de esfuerzo físico, solo caminar por lo llano y poco más.
-¿Se va a a morir, entonces?
-Claro, como todo el mundo. Pero si no somete su corazón a esfuerzos puede tirar todavía unos años, ya lo verán ustedes.
-Bueno -se quedan algo más relajadas- en realidad él, lo que se dice esfuerzos...No, no le dejamos que haga nada.

Hago el ademán de levantarme para despedirlos. Y ya de pié los cuatro, me dice el hombre:
-Doctor, a mí me gustaría referirle una cosa...
-Ande, ande, papá, éso no le interesa al doctor, déjelo ya.
-Hija, que yo tengo interés en decírselo al médico.
-Que no, papá, no sea usted tan pesado con eso.
-Vamos a ver -tercio yo en la disputa familiar-, a mí me interesa cualquier cosa que mi paciente quiera decirme. Le escucho caballero-. Y nos volvemos a sentar.
-Verá -y ahora baja mucho la voz-, es que...-mira para todos lados para asegurarse que no hay nadie más-, resulta que siempre que me he mareado estaba haciendo la misma cosa. Y digo yo que vayamos a que éso tenga la culpa.
-Papá, nos está usted avergonzando a mi hermana y a mí. Si llegamos a saber ésto no le hubiéramos traído al médico, ea.
-¿Qué cosa es ésa que hace que se maree?
-Masturbarme, mire usted-. Como no podía ser de otra manera, mis carcajadas alarman a medio pasillo de la zona de consultas, para más bochorno aún de estas dos hijas remilgadas.
-¡No me diga! -puedo balbucear algo más calmado.
-Como lo oye. Últimamente cada vez que me la meneo me desmayo-. Tendríais que ver las caras encendidas de ambas hijas-.¿Qué hago, sigo  o no? ¿Usted qué me aconseja?- Y pienso para mí: "a uno bueno le has preguntado".
-No sé qué decirle, hombre. Desde luego, la masturbación es lo que le está desencadenando los mareos, eso está claro.
-Sí, de acuerdo, pero el mareo ése es solo un momento, después me despierto como si tal cosa.
-¿Y si en uno de ésos ya no despierta usted más?
-Doctor, ¿conoce usted muerte más gustosa?

Decididamente, este hombre tiene mucho de mi padre. Y ya sé lo que es: el optimismo, el sentido positivo de la vida, la capacidad de disfrutar de todo pese al carnet de identidad, la picardía...  La próxima vez que vaya al pueblo le preguntaré cómo anda de sus bajos, que él también tiene mareos y un marcapasos puesto. Vayamos a leches.


viernes, 22 de junio de 2012

Aires públicos

Que levante la mano quien no se haya tirado alguna vez un cuesco sonoro en público. Yo podría pasar por perito en este tema, perdonadme la inmodestia.

Esta paciente de hoy es una anciana torpe y desvalida, viene en silla de ruedas empujada por su hija y se ríe de contínuo sin saber bien de qué ya que es sorda como una tapia. Me cuenta la hija que la vieja lleva una semana acatarrada. Me levanto para echarle las gomas pero no puedo desencajarla del asiento encorsetado de la silla. Entre los tres, la hija, la enfermera y yo lo logramos al fin. Ea, ya tenemos de pié a la abuela.

Le arremango el hato y me dispongo a auscultarle el pecho. ¡Qué penita! ¿Cómo unos limones, o quizás melones, en su día horondos y lozanos, han podido llegar a ésto, sendos pimientos pochos y colgones?
-Doctor, ¿quiere que le levante más la blusa? -pregunta la hija.
-No hija, no, así está bien, ¡para lo que hay que ver..!
Que nadie se alarme, cuando les hablo así es porque hay confianza.

Me coloco por detrás y con el fonendo pegado a su espalda acartonada la conmino a gritos para que respire hondo.
-Josefa, ahora, ¡hondo!- Ah, nada, ahí no entra aire, abre mucho la boca, sí, pero no inspira lo suficiente para que yo oiga el ruído en sus pulmones.
-Más hondo mujer, venga.
-Mamá, por favor -intercede la hija-, respira fuerte-. Parece que lo hace mejor, ya ausculto algo, se conoce que la anciana entiende mejor lo de fuerte que lo de hondo. Y la animo.
-Venga, así, más fuerte, siga un poco más. ¡Más fuerte! Vale, muy bien-. Algo es algo, puedo ya oir el resuello. Y sigo con ella.
-Ahora, cuando tenga que expulsar el aire apriete todo lo que pueda, ¿vale?
-Sí.
La pobre no sabía ya si debía de apretar o simplemente inspirar. En el último intento, al escuchar mi grito de "ahora, fuerte" tanto debió de empujar la barriga y encasquetar la boca que pareció mismamente que todo el aire espirado, viéndose atrapado y sin salida, no tuvo otro remedio que  salir a escape hacia el salva sea la parte obsequiándonos a los presentes con un lánguido y musical castañazo. Sorda, no lo oyó, pero debió de notar su salida porque le faltó tiempo para excusarse.
-Doctor, usted dispense.
-Dispensada. Pero no hacía falta apretar tanto, mujer.

Y nos echamos unas risas, como dicen mis amigos los "vascongados."

Sírvanos esta introducción para traer a estas páginas el recuerdo, siempre celebrado, de algunos de mis aires más sonados. Lo haremos siguiendo un orden cronológico.

En san Pelagio ya tenía mis dieciséis años cumplidos. Sí, llegamos a Córdoba en el curso 68-69. A primera hora de la mañana, uno cualquiera de aquellos días felices, después de la misa y del desayuno, tenemos clase de Filosofía. En la tarima, y con sotana generosa que encubre sus primeras adiposidades canónigas, don Miguel Castillejo Gorráiz. Sí, el mismísimo don Miguel.
Le tenemos  respeto, es un cura que nos inspira solemnidad dentro de su pose de gañán, un poco mal enjaretado y algo bravucón, de andares bamboleantes y pueblerinos, pero listo y con esa fina inteligencia que otorga la cuna melariense. Nos da algo de coba. Muchos de nosotros le hacemos de monaguillos en las misas dominicales en el Sagrario de la Catedral y luego nos invita a un Coca Cola en el Fifty. Como soy el empollón de la clase me muestra aprecio. 
Está escribiendo en la pizarra de espaldas a la clase. Nos explica los silogismos, Césare, Darío, Celarent, Barbara, Festino, Baroco...No se oye una mosca. Quizás me haya sentado mal la mantequilla rancia o la leche cortada del desayuno. No lo sé. Noto un burbujeo muy peligroso en mi bajo vientre. Lo que sea ya está en todo lo hondo, no tiene espera. Voy a procurar soltarlo soto voce, como un susurro calentito. Pero ¡ay la juventud!, aún no tengo refinada la técnica. Cuando quiero apretar el músculo silenciador es tarde. Y profanando de muy mala manera el frío silencio de la clase se deja oir, nítidamente, un valladolidddddd larguísimo imposible de reprimir. Estos maricones ahogan sus carcajadas tapándose la boca con sus manos, yo, pidiendo silencio muy quedo con el dedo índice sobre mis labios, don Miguel duda, no se atreve a volverse, como lo haga sabe a ciencia cierta que he sido yo, va  a tener que suspenderme...Y se lo piensa. Por pocos  segundos de zozobra, la tiza deja de rayar la pizarra...Y al fin, sigue  escribiendo como si nada hubiera pasado. Toda la clase suspira al unísono.


Siendo residente, las guardias del hospital son fuente inagotable de anécdotas. Voy a relataros otro de mis famosos aires en público, ahora en el entorno laboral.
Me encuentro en una postura ciertamente incómoda. Es la una de la madrugada y estoy intentando realizar una punción lumbar. Como es habitual, a esa hora todo se me hace más penoso. He sido siempre de acostarme temprano. Encima, la mujer, sentada en la camilla dándome la espalda, no se puede flexionar bien hacia  adelante por mor de su barriga algo más que pronunciadita. Otros médicos se sientan detrás en un banquete para estar más cómodos y relajados a la hora de pinchar la aguja por entre los escondrijos de las vértebras lumbares. Yo no, a mi gusta hacerlo agachado, aguantando chepa, que se note que uno es de pueblo.
Ya lo tengo, no es fácil, ni mucho menos, ensartar el trócar por tan estrecha hendidura. En ocasiones hay que intentarlo varias veces. Lo tengo, ya veo salir el líquido por el extremo de la  aguja. Ahora no puedes moverte lo más mínimo, casi ni respirar puedes, es necesario mantener la  aguja en la misma postura, si se moviliza algo se para el goteo e, incluso, puedes lastimar alguna raiz nerviosa. Lucy, una enfermera de Lucena la mar de salada, está a mi lado recogiendo en un tubo de laboratorio el líquido que sale gota a gota. Y yo agachado, sosteniendo firme la  aguja.
Soy fácil de aire, ya lo sabemos, la una de la mañana, la posturita tan a propósito, ahí viene. Pero no puedo moverme, el proceso de recogida en el tubo puede llevarse un par de minutos o más porque el goteo es muy lento y no pocas veces se interrumpe. Y éste llega grueso, lo sé, ya lo he aprendido. Y no tiene espera.
-María José -llamo con urgencia a una  auxiliar.
-¿Qué pasa doctor Rivera?
-Mira, hazme el favor de coger esa silla de ahí y arrástrala de un lado para otro-. Y se me queda embobada como diciendo qué le pasa a éste a estas horas.
-¿Cómo???
-No preguntes ahora, ya te explicaré, haz mucho ruído con la silla, mujer, hazme el favor.
Apenas empezó el primer rasconazo de la silla en el suelo aproveché para soltar un petardo seco, de ésos que parecen rajarte el esfínter. Y tan tranquilo.

Yo creo que la paciente no se enteró, asustada como estaba y encima con el estruendo de la silla, pero luego las enfermeras me echaron de la consulta llorando de risa.



Éste que voy a contar ahora es un aire ajeno, muy familiar, pero ajeno.
Mi primer destino como médico. En mis tiempos, un médico recién terminado se come el mundo. Por lo menos yo me lo como. Me encuentro poderoso, todo lo puedo, todo lo curo, nada  escapa a mi conocimiento. He sido el número uno de la promoción ¿qué puedo temer? Estoy casado, además, con una enfermera. Ambos vamos a sustituir al médico y a la enfermera titulares de  Villaharta, don Asciclo y señora, en el mes de agosto del año del Señor de mil novecientos setenta y nueve. Llevamos en el pueblo apenas diez días y ya nos quiere la gente. Durante todo el mes hemos vivido de las propinas, nosotros dos, Antonio Pintor y Concha y mi cuñada Miki. El sueldo, íntegro, sin tocarlo. ¡Ésos eran tiempos!
Ya tengo un caché en el pueblo, tengo avisos de gente pudiente, tan desconfiada de los médicos del seguro. Incluso me llegan catalanes, hijos de emigrantes, que han venido a pasar las fiestas al  pueblo de sus padres, que éso ya es mérito. Me siento importante. El día de autos la Peque y yo vamos a la casa de un catedrático de Historia que veranea en un chalet de las afueras. Su mujer tiene un terrible cólico nefrítico y están pensando seriamente irse para el Reina Sofía. Pero alguien les ha hecho llegar noticias de mis alcances y van a ver si pueden evitar viaje tan fastidioso, con la calor que hace.
En los pueblos chicos es muy importante la sobreactuación para ganarte al personal, esto es algo que se aprende enseguida. Ante un cólico nefrítico cualquier vecina sabe que hay que poner un Nolotil (por entonces no existía el Ibuprofeno). La Peque y yo, muy ceremoniosamente, decidimos que aquello es, en efecto, un cólico nefrítico y que para su tratamiento vamos a emplear una técnica aprendida en el hospital y desconocida hasta entonces en el pueblo. Se trata de pinchar una poquita ración de anestesia local en varios puntos subcutáneos por todo el trayecto por el que se irradia el dolor, desde la región lumbar hasta el pubis. Como la cosa de las inyecciones es más de las enfermeras, yo doy las instrucciones y cargo las jeringas, mientras la Peque, ora agachada, ora en cuclillas, va dando los certeros pinchazitos en el flanco izquierdo de aquella doliente mujer sentada en el borde de la cama.

Toda la familia en el cuarto (en los pueblos no hay dormitorios, sino cuartos). Desde la abuela hasta el perro. Todos expectantes. Silencio, se rueda, algo así. De pronto, en uno de sus muchos acuclillamientos, a la Peque, mi enfermera, la mujer del doctor, se le escapa  un cuesquecito finísimo, silbante y hasta gracioso diría yo, si no fuera por estar donde estamos. Son de estas cosas que uno nunca espera, no sé cómo reaccionar ni qué decir. Son segundos eternos, se te pasa por la cabeza que a lo mejor no lo han oído, que ha podido ser el crujido del somier, o algún carraspeo de alguno de los presentes. O incluso el perro, coño. Pero no, todo el mundo, a la vez, se pone a charlar de cualquier cosa, con tal de disimular y que pase pronto el mal momento. La Peque, lejos de alicortarse, viendo la escena de estupor en mi cara y el nervioso charloteo en los demás, se echa a reír, la muy puñetera. Y la enferma, aliviada casi de inmediato por manos tan delicadas, oculta su risa tapándose la cara con el embozo de las sábanas.

Y yo con un cabreo de espanto.