martes, 22 de diciembre de 2015

Regalos por Navidad

Tengo dos amigos, muy buenos amigos, ella y él, a quienes les sobra la Navidad. Les viene larguísima. Sencillamente les gustaría desaparecer del mapa durante este mes, pongamos del 15 de diciembre al 15 de enero, y lo harían si las condiciones económicas y laborales se lo permitieran "No sé, a Hawái, a Japón, a China... quitarnos de en medio de tanta superficialidad y despilfarro". Y yo, de broma, les digo "¡Coño!, no hace falta alejarse tanto, irse a Marruecos mismo, a Tánger, que está a quince kilómetros, joer". Son personas en quienes se juntan el hambre y las ganas de comer, la carencia de vivencias infantiles mágicas en torno a la Navidad y la visión actual de unas fiestas orientadas casi en exclusiva para el consumismo más brutal e innecesario. Y de todo, lo que peor llevan es la necesidad perentoria y obligatoria de tener que hacer regalos por Navidad. Sobre todo, él. Tanto, que desde hace años y por imperativo interno de su propia coherencia no le compra regalos navideños ni a sus propios hijos, "A partir del 8 de enero, lo que queráis: Es todo más barato y seguramente serán cosas más útiles". Sin embargo, en este ejercicio de este año uno de ellos, ella -¿cómo no?, la Eva pecadora-, ha mordido la manzana. He sido testigo directo de unas compras "in extremis" para sus nietecitos y para sus amigos invisibles. Y hasta aquí puedo decir.
Tiene un mérito enorme sustraerse al entorno navideño de nuestras ciudades, pasear por calles y avenidas abarrotadas de gentes y rebosantes de colores y luces, de tiendas, tenderetes y puestos, de abuelos, padres y niños de leche en carritos molestosos, de reclamos fosforescentes, de grupos tamborileros y de turba mareante... como si tal cosa, como si nada de ello fuera a ser capaz de perturbar el ánimo ni la voluntad decidida de pasar olímpicamente del tema, como quien dice. Yo no podría.
Hay una cosa, sin embargo, que sí comparto con estos amigos: el rechazo a regalar por obligación. Lo llevo mal, la verdad sea dicha. De siempre he sido muy malo para esto de los regalos, tanto para hacerlos como para recibirlos. Si quitamos los dulces -cosa con la que siempre acierto y acertarán conmigo-  tengo muchos problemas para escoger un regalo. Ha sido un tormento para mí, la algarabía navideña que siempre he llevado a gala se ha visto perturbada muchos años por esta espinita de las compras navideñas. Mis cercanos me lo achacan a mi consabida racanería. No digo que no, pero eso no es todo. Tened presente que hasta la invención afortunadísima del amigo invisible había que regalar a los amigos, uno por uno, a los hermanos, a los cuñados, a los sobrinos, a los ahijados, a algunos compañeros del trabajo y, por supuesto, a la Peque, a la Meli y al Pepe. Demasiado. No sólo por el dineral, que también, sino por el tiempo y el esfuerzo mental que supone. Ahora la cosa es más llevadera, tres regalos para tres amigos invisibles, uno entre los amigos, otro entre la familia de sangre y otro entre la familia política. Siempre cae alguno más, claro está, pero ya no es lo mismo.

Ha habido, sí, tiempos heroicos en los que me he batido el cobre como un valiente en busca del regalo ideal para la Peque. Ella -¡qué facilidad la suya para encontrar de todo para todos y para el manejo de la tarjeta!- se sobraba para agenciar los suyos y los míos, cosa de mucho agradecer por mi parte. Pero, claro, el mío para ella no era cosa de que también lo comprara ella misma. Y ahí me tenéis desde muchos días antes de Nochebuena serio y avinagrado, mascullando perrerías y rebanándome los sesos, a ver con qué cosa novedosa iba a sorprender a la Peque. Porque ésa era otra, mi mujer no es, ni por asomo, melindres ni finolis, ni nunca ha pretendido presentes caros, pero sí que ha dejado entrever su gusto por la originalidad, por el detalle, por ese toque especial del que yo carezco por completo y que atesora sin límite mi amigo Jaime, por ejemplo.

En los primeros tiempos nos íbamos Jaime y yo al Corte Inglés y pasábamos allí toda una tarde. Él ya tenía agenciado un viaje a Canarias o a Berlín o a un hotel de ésos con encanto para su Paqui. Pero, claro, yo no podía hacer lo mismo, me faltaría originalidad, sería un plagio de mi amigo. En esa época nos dio por los pijamas. Y las batas. Los escogía él, naturalmente. Durante años, cada Navidad, pijama nuevo. O una batita celeste. Almacenó unos cuantos: cortos, de fantasía, largos de dos cuerpos, pijamas de blusa larga hasta los pies, otros de camisa corta, de tentación...

Luego, ya me solté yo solo. Mi técnica consistía en hacerme el despistado, poniendo cara de bobo, por los largos pasillos de la planta de regalos para mujeres, la planta baja donde se exponen pañuelos finos, perfumes, relojes, carteritas, sombreros, complementos y demás perifollaje femenino. Hasta que se me acercaba una dependienta. Me encandilan esas señoritas tan estilosas que gasta El Corte Inglés, con sus faldas tan prietas y sus camisas holgadas de canalillo generoso. "¿Puedo ayudarle, caballero?" "Naturalmente -respondo yo campechano-. Mire, es que soy un negao para esto de los regalos, y estoy buscando algo apropiado para mi mujer". Y entonces ella me convencía de cualquier cosa; un año era tal perfume; otro, tal colonia, unos zarcillos de piedras, un bolso -a la Peque le encantan los bolsos-, un reloj... En una ocasión, ya medio experto, me atreví por mi cuenta sin consultar con ninguna dependienta y me lancé a por un collar de perlas. Carísimo. Con dos cojones. Para que luego digan. Fracaso estrepitoso: mi mujer lo devolvió y lo canjeó por un cheque regalo. Pero me agradeció mucho la intención, eso sí.

Hubo luego otro tiempo en que me dio por los bodys, ya sabéis, aquellos corpiños picantes y calientanabos. La verdad, que a la Peque le sientan muy bien esas prendas, siendo, como es, mujer menuda y de formas abarcables. "¿Qué talla usa su mujer?" -me preguntaba la señorita. Y yo, ni idea de tallas, claro. "Un poquito, esto de poquito -le señalaba yo acercando paralelos mis dedos pulgar e índice- más delgada y más bajita que usted". Y así, entre ambos, decidíamos la talla. No sabría deciros el destino definitivo que la Peque haya procurado para aquellas prendas -alguna sin estrenar-  que tanto juego nos dieron en el tálamo, ¡Oh témpora!, y  ya desahuciadas para tan arduas bregas.

Pero pasan los años y uno va menguando en ideas nuevas y en ganas, y creciendo en pereza. Además, pasa un poco como con los niños de hoy: tienen de todo. Eso dificulta mucho más la operación. Mi mujer no es de joyas ni alhajas, menos mal, ¿qué le compro que no tenga? Un año, ya desesperado de rondar por todos los pasillos y tenderetes, y echándoseme encima la Nochebuena, decidí comprarle una prenda de vestir que, por aquel tiempo, se había puesto de moda entre el personal femenino de mi hospital: calcetines de colores. No os riáis. Yo estaba convencido del acierto. Eran unos calcetines rayados con bandas de distintos colores que resaltaban mucho en las piernas bonitas de las enfermeras bonitas de las Urgencias. Como la Peque. La verdad, no sé si acerté. Pero os aseguro que fue la Nochebuena que más nos reímos de todas las que recuerdo de adulto.


Y ya en la actualidad ¿cómo te las arreglas?, me preguntaréis. Bueno... hemos perdido un poco la magia. Yo la he perdido. Mi mujer sigue en lo suyo, con la misma facilidad e ingenio de siempre, con idéntico afán por sorprender y agradar, blandiendo tarjetazos en cajeros y en operadoras para que nadie se quede sin regalo y, de paso, sacar a España de la crisis. Y yo directamente le pregunto "Toñi, no me digas lo que quieres que te regale, pero por lo menos dame una pista, una señal". Y entonces ella me habla con mucho énfasis y me dice que, como yo bien sé, está pintando pañuelos de seda, su vocación artística la ha llamado por esa vertiente, faceta en la que es alumna destacada en su escuela de arte, que todos los amigos y cercanos están contentísimos con sus productos y sus acabados... Y que se ha quedado sin existencias de unas pinturas muy especiales para esa tarea. Pinturas que son caras -te lo advierto- y que hay que encargarlas con tiempo a una empresa de Barcelona. Ea, y yo ya, más o menos, me quedo con la copla. Así se las ponían a Fernando VII.

¡Ah la Navidad! Me gusta la Navidad. Aunque reniegue de regalos y del consumo superfluo, me gusta la gente en la calle, la alegría, las iluminarias, los villancicos callejeros, los belenes, las reuniones familiares... Es algo emocional, de esas cosas que no se pueden ni se quieren remediar.

Felices Fiestas para todos. Y que acertéis en los regalos.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Mi primera Navidad

Debió ser la de 1956 la primera Navidad de la que yo guarde algunos recuerdos sueltos. Con 4 añitos recién cumplidos.
 
Nunca me ha dado por estudiar por qué no recordamos nada de los primeros años de nuestra vida. Lo más fácil es achacarlo a la inmadurez de nuestro cerebro infantil. Pero le preguntaré al Pintor, que sabe mucho de esas cosas.

Almaceno en mi cabeza ramalazos de vivencias, quizás más sentimientos que verdades contrastadas.

La eterna congoja de mi madre por la muerte de mi primer hermanito Manolo, a los ocho meses de vida, me ha perseguido muchos años. Aquél era un querubín grande y orondo, más hermoso, si cabe, que mi Manolo el de ahora. Aquella tristeza, creo, la marcó para siempre. Nunca he visto a mi madre reírse a carcajadas. Yo tenía tres años, y me entristecía mucho viéndola triste a ella. Su mirada lánguida y su sonrisa tristona han sido testimonio vitalicio de aquella pérdida.

Por ese tiempo, más o menos, mi padre me llevó al Convento, una especie de centro de preescolar adelantado a su tiempo. Además de cuidar de nosotros, las monjas nos enseñaron las primeras letras, a leer y a escribir. Yo sabía leer y escribir antes de ir a la escuela. Imborrable en mi memoria la imagen del primer día cuando mi padre, vestido de limpio para la ocasión, me presentó a sor Josefa y me dejó a su cuidado. La misma cancela, la misma campanilla que mi padre tocó aquel día permanecen inalterables en el zaguán del Convento. 
 
Recuerdo también un viaje a Córdoba, a visitar a mi chacha Josefa, que vivía en una casita baja, en todo lo hondo de lo que hoy es la Avenida de Vallellano. Por donde el antiguo cementerio de la Salud. Fijaros qué nombre para un Camposanto. Creo. Mucho antes de que se trasladaran a la Comandancia de la Guardia Civil. Es tontería preguntarle a mi padre, se inventa lo que no recuerda. Me veo yo sólo con mis padres, sin mi hermana, yendo a pie a todos lados -mi chacha era una andadora maratoniana, "Niño, eso está ahí mismo"-, cansado y con muchas ganas de volver al pueblo. Para que veáis que no es coña, que mi desapego a los viajes viene desde chico. El único consuelo era a la hora del almuerzo, nunca ha catado mi exquisito paladar el sabor y la textura, únicos, que le daba mi chacha a las papas fritas de entonces. Pasado el tiempo, ya en el seminario, esta misma chacha Josefa era quien me surtía de chucherías en la talega de la ropa limpia. Cosa de más que eterno agradecimiento; pero por muy goloso que uno fuera -y sigue siendo-, si me preguntan por ella siempre la asociaré con aquellos rebosantes platos de papas fritas con huevos. ¡La necesidad que uno ha pasado!...

Recuerdo -esto con más nitidez- una noche en La Capilla durmiendo en las cuadras de las mulas con mi abuelo Manolo. Lo más parecido a un portal de Belén. Mi abuelo vivía todo el tiempo en el cortijo, era "El Pensaor", nunca he sabido si por su memoria prodigiosa y su ingenio o si por ser el encargado de echar el pienso a los animales. Da igual. Era un figura. Un hombre alto, algo cargado de chepa -como servidor-, nariz de Cívico y mirada amistosa; un hombre bondadoso e inteligente que, sin agenda ni papeles, llevaba en su cabeza la genealogía de todos los cuadrúpedos del cortijo: acémilas, borricos y hasta cochinos. Sin televisión ni isobaras ni Mariano Medina, era el predictor oficial del clima, el referente del tiempo. Interpretaba las señales del firmamento según una antigua ciencia -las cabañuelas- heredada de su padre, Manolo "Piriles". Y debía de acertar porque la gente se fiaba de sus veredictos. "Manolo -le preguntaban en las noches inciertas- ¿saldremos mañana al campo?" Y según dijera, así hacían. Mi padre me llevó un fin de semana al cortijo a ver a mi abuelo. Y sin duda, la experiencia de dormir entre la paja rodeado de mulas debió ser más intensa que la de vagar por Córdoba porque mis recuerdos son más cercanos. No tuve miedo. Los animales respetaban tanto a mi abuelo que jamás se me hubiesen acercado lo suficiente como para asustarme. Cada uno en su pesebre, diez a cada lado de un pasillo central apenas tristemente iluminado por un par de bombillas mortecinas por la pátina de polvo y telarañas de tiempo inmemorial. Tuvimos la suerte de que no se fuera la luz, cosa frecuente, y no necesitamos usar los carburos. Fue una experiencia muy placentera, y si tardé en dormirme no fue por aprehensión o incomodidad sino por la cháchara interminable de mi abuelo, que no era de jaculatorias ni de rosario sino de historias del cortijo y los amos.
 
En mi primera Navidad recordada sí que está presente mi hermana, claro. Siendo un bicho, como era, y dos años largos mayor que yo,  no conocía todavía, sin embargo, lo de los Reyes Magos, lo del engaño piadoso e inocente. Ella creía en los Reyes a pies juntillas y me transmitía esa fe con una vehemencia de catequista. Pero también con la ilusión y el misterio que sólo puede desprenderse del alma de un niño. Por entonces la Navidad de los pobres consistía en pedir el "aguilando" canturreando villancicos en las casas de los parientes la tarde- noche del 24 de diciembre, la Nochebuena, y la mañana, la más deseada de todo el año, del 6 de Enero, el día de Los Reyes Magos. Mi hermana era un demonio y yo un tontorrón asustadizo. Se iba con sus amigas, en pandilla, a pedir el aguilando con panderetas y zambombas casa por casa, sin ningún reparo. Era la jefa, la mandona, la avalaban su descaro, su frescura, su voz y su alegría natural. Así la recuerdo de niña. Yo, sin embargo, me juntaba, creo, con Juan el de Chaparrito y con "El Botón", a cual más corto de ánimo, y pedíamos solamente en las casas de nuestros chachos y padrinos portando por todo instrumental un almirez con su maja y una carraca de platillos. Ella se recogía a las nueve de la noche con un montón de pesetas y de reales, y yo estaba en  mi casa al anochecer con cuatro perras gordas. Mi día bueno de Navidad, de verdad, era el de Reyes: ese esmero en preparar bien limpitas las botas y alinearlas detrás de la puerta; esa botella, ya empezada, de aguardiente de Rute, seco, "pa la garraspera", con sus tres copitas... Ese no querer dormirte para escuchar los cascos y el rebuzno de los camellos al paso por tu calle, por tu puerta... y finalmente ese caer rendido en la cámara de mi abuela atendiendo los consejos de mi hermana, que no se me fuera a ocurrir despertarme antes que ella y bajar solo a la puerta... ese salir corriendo escaleras abajo nada más despuntar el día con mi hermana por detrás gritando "primero yo, primero yo"... Y llegar, con la respiración entrecortada... para comprobar que habían estado allí los Reyes, que era verdad, que las copitas tenían aún un culillo de aguardiente, que la botella estaba menos que media, que en las botas habían dejado cucuruchos de merengue, zambombitas de dulce, chupa chups y roscos de vino de la Antequerana, y que al lado de las botas de mi hermana había una muñeca rubia con pecas -como ella misma-, y que en mi lado había un tambor de verdad con sus palillos de verdad y con su cinturón, nada que ver con mi tambor casero de lata de atún... El éxtasis. Mucho más, muchísimo más de lo que uno esperaba. Ese año fue el tambor; los siguientes serían la pistolita de mixtos, el arco y las flechas de indios, una cartera nueva para la escuela... Lo que fuera. Siempre la misma ilusión...

No tendríamos que haber crecido. ¡Se vivía tan bien de niño!...
 

domingo, 29 de noviembre de 2015

El hospital de Cabra: paisaje y paisanaje

No me gustan los hospitales. Está feo que lo diga yo, que llevo más de treinta años viviendo en ellos. Pero tiene su explicación. En el trabajo no soy consciente del todo de que estoy pisando suelo sanitario, tierra santa como quien dice, no vivo el hospital tal como se entiende desde fuera. Estoy en la sesión clínica, en el laboratorio, en rayos o en mi consulta, en mi currelo en definitiva. Y se me pasa el tiempo en un soplo. Sin embargo, cuando tengo que ir al hospital "de visita" o "de acompañante" la cosa cambia. Una cosa es el hospital sitio de trabajo, y otra el hospital lugar de compromiso social.

Este último, el hospital-patio de vecinos, es un coñazo. Huele a química mala, a saturación, a humanidad o, incluso, a cocinilla y a fritanga. Algunos de mis amigos detestan ese tufillo que parece consustancial en cualquier ambiente hospitalario. Los entiendo. El tiempo -ésa es otra- parece detenerse, sobre todo por la noche, interminable. Hastío.
 
Por fortuna, pocas veces me he visto en esta tesitura tan cansina de "acompañar" a un familiar doliente. Mi madre -la pobre- murió en un plis -plas, ni siquiera una mala noche hospitalaria, y mi hermana vivió su enfermedad y, desde luego, sus días postreros en su casa, rodeada de todos los suyos, como Dios manda. Con mi suegro  estoy salvado, no aguanta dos días ingresado, tenemos que abandonar el hospital por cataplines. Pide el alta voluntaria. Una bendición, no todo van a ser rarezas.
 
Las estancias hospitalarias de mi padre, sin embargo, merecen una atención aparte; son tan divertidas que no se hacen enojosas. Por lo menos hasta la presente: hace amistad con los vecinos de habitación y con sus familiares respectivos, intercambia con ellos teléfonos y wassapts, recaba vida y milagros de todo quisque con la misma espontaneidad que él mismo cuenta sus historias de siempre, le gusta pavonearse de sus hijos, de sus nietos y bisnietos, se hace el interesante leyendo el periódico a sus noventa y dos años ante los ojos incrédulos y maravillados de los circundantes, piropea sin recato alguno a las enfermeras y a las doctoras jovencitas y no tiene reparo en cantarles sus "defectillos" que él, con su humor tan propio, convierte en virtudes, "Mira qué lunar tan gracioso, oyes", le dice a la verruga oscura como garbanzo negro, tan poco afortunada, que afea la barbilla de una auxiliar. Ya sabemos que es un caso. Como es tan cotilla, tiene su teoría para averiguar si tal o cual enfermera es soltera o casada. Para él, si la ve seria y circunspecta es que es soltera. Las risueñas son todas casadas. Si le cabe alguna duda les pregunta directamente: ¿señora o señorita? Ahí no falla. Las casadas le contestan ufanas que casadas; y las solteras, simplemente, no contestan. Así se pasa los días. Mientras le den de comer a sus horas, tan contento. Las noches son otra cosa, claro está. Su dichoso reloj prostático le suena cada dos horas para ponerse la botella en su pingajo -que aún tiene presencia, eh- y orinar cuatro gotas de nada, mitad dentro, mitad fuera, cagarse en la puta que parió al demonio y arrollarse las sábanas a los pies. Si, como ahora, debe permanecer en dieta absoluta por dos días, durante la noche tiene ensoñaciones con la comida y delira. Mi hermana Carmen, mi sobrina María José y mi cuñada Sam -sufridoras nocturnas- cuentan que, dormido, se sienta de pronto en la cama y hace como si se estuviera zampando un potaje de garbanzos: en la mano izquierda sostiene algo, que será el plato, y con la mano derecha coge la cuchara y se la va llevando a la boca de manera repetida. Otras veces lo han visto hacer el gesto de partir el pan a pellizcos y llevárselo a la boca. Él, de siempre, arregla cualquier mal comiendo.
 
Días atrás ha estado ingresado en el hospital de Cabra por una pancreatitis aguda. Ha podido ser una cosa seria, pero se ha quedado en nada, gracias a Dios. "Niño -nos dice-, tranquilidad. Mientras tenga estos apetitos y cague así de duro no hay problema". Ése es su espíritu. Y así ha sido. Ya está en su casa tan ricamente.
 
No sé por qué pero el hospital de Cabra me infunde sensaciones distintas al resto de los hospitales. Esto de lo que hablamos sobre el rechazo o aversión a los centros sanitarios no me ocurre en Cabra. Es un hospital moderno, amplio, muy limpio y muy bien cuidado. No huelo a cosas raras quizás por su enclave en el campo. Quizás. Bien ventilado. Y son varios factores los que, creo, lo hacen atractivo para mi gusto. El hecho de estar asentado en la falda de la sierra ya es empezar bien: luminosidad, frescura, ventilación y paisaje por todos sus costados son cosas que a mí, en particular, me abren el espíritu, me animan y me sirven para distraer ese tiempo infinito del que antes hablábamos. Asomarse a cualquiera de sus ventanales y ver a gente paseando por la vía verde, la vegetación frondosa del campo o los chalecitos espolvoreados por las laderas es muy de agradecer para los cuerpos cansados de esos sillones incómodos y pegajosos. El otro elemento que resulta muy agradable a mi forma de ser es el paisanaje, tanto el sanitario como el de los enfermos y visitantes. Será, seguramente, porque la mayor parte de esas personas han nacido y se han criado, como servidor, en la Sub-bética -la Soviética, la llama mi suegra-, que me gusta todo lo que veo a mi alrededor. Me gusta esta gente. No sé. Me resulta un hospital amigable. No hablo de la calidad humana o profesional de los trabajadores sanitarios. No, ésa la considero adecuada en cualquier hospital andaluz. Me refiero al paisanaje en general. Hablo del carácter, del léxico, del espíritu abierto y campechano, de sencillez, de cultura campestre... De otra educación, de otra manera de hablar y decir. Algo realmente distinto a lo que vivo a diario en mi hospital. Ni mejor ni peor, distinto. Y a mí me gusta más, ea. No hay pecado en ello. Me gusta, me encanta, el "hasta luego, pae", la cercanía afectuosa del personal, el trato delicado a los abuelos, la antigua solidaridad familiar en el cuidado de los ancianos enfermos que alcanza hasta los nietos, las historias de aceitunas y de molinos y de gentes que han saltado desde el cortijo a la industria o al negocio familiar, que se han redimido del campo... ¡Coño!, hasta me gusta el bigotillo facha que adorna a la vieja Filomena, la mujer pegada a la cama de su marido moribundo, vecino de cama de mi padre.
 
Paisaje y paisanaje. Elementos que interaccionan y que son clave para entender la vida, el carácter y la filosofía de nuestras gentes. Eso dice mi amigo Juan Francisco.

 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Eneida

El primer nombre del listado de mi consulta de hoy es Eneida Gómez Silvestre.
Las cuatro o cinco personas primeras de la lista son pacientes nuevos, no conocidos por mí, gente que viene por primera vez a mi consulta. El resto, hasta completar catorce, lo componen personas que acuden a revisión.
Sentado en mi mesa de trabajo frente al ordenador y estrenando bata nueva sin mi nombre cosido en el bolsillo -están ahorrando hasta en costurera-, estoy preparado para afrontar una nueva jornada. Antes de hacer pasar a Eneida reflexiono un rato. Medito. Me gusta empezar la dura mañana meditando. Al estilo del seminario. Es algo simple, pero muy conveniente. Es conveniente centrarse en lo que vamos a hacer. Estas personas que esperan verme lo hacen desde hace un mes por lo menos, han tenido tiempo de enterarse acerca de quién soy yo, han madrugado aún más que yo, vienen en ayunas desde lejos, desde Morón o Pruna, o desde aquí más cerca, Alcalá o Dos Hermanas, en coches particulares conducidos por sus hijos o nietos o en ambulancias colectivas donde departen impresiones y emociones "A mí me va a ver don fulanito o don perenganito". "Pues a mí me ha tocado el doctor Rivera". "Ah, ¡qué suerte!... No puedo permitirme un mal día. Los médicos no deberíamos tener nunca un mal día, no podemos defraudar a nuestros pacientes, criaturas frágiles por lo general, que llegan a nosotros con unos sentimientos mezclados entre el miedo y la esperanza. Aún perdura en mi dura sesera el cabreo que pillé ayer tarde en el Tomillar con un compañero. No estoy fino. Hoy podría ser un mal día. Y no lo va a ser precisamente por este rato de meditación que me lo recuerda. "Ni Eneida, tu primera paciente, ni ninguno de los demás tiene nada que ver con eso. Céntrate en lo tuyo".
 
Por su nombre tan especial y raro espero que Eneida sea una jovencita de éstas que me consultan por ganglios o por lipotimias. Poca cosa, pienso. Al salir a la puerta y llamarla por su nombre levanta tímidamente su mano una ancianita dulce y delicada, sentada ella en su carrito de ruedas empujado por su marido. Con sus chapetas en las mejillas, su cara orondita y su cabello de plata recogido con horquillas en un moño de algodón me ha recordado un montón a nuestras abuelas antiguas. Y ya, una vez entrado en harina, se me olvida todo y me vuelco con ellos. Me desangro.
 
El marido me cuenta la historia. Tiene un Alzheimer muy avanzado. En realidad la mujer viene por un problema menor ya resuelto. Ha tenido una anemia que ha mejorado rápidamente con tratamiento de hierro. Sólo tengo que certificar en su historia clínica los datos últimos de laboratorio, darle de alta y cerrar este episodio. Pero me resisto a pasar de manera tan fugaz por la vida de esta ancianita tan tierna.
- Pero bueno... -me encaro con ella riéndome-, yo me esperaba una chavalita guapa y mire usted lo que me encuentro, a la abuela de Caperucita.
Por toda respuesta, abre muchos sus ojillos brillosos a punto de brotar y me regala una sonrisa suave, larga y plácida.
-Ella... -tercia el marido-, ella no se entera de nada, la pobre, no está en este mundo...
-Sí que se entera. Mire usted cómo me ha sonreído. Con intención.
 
Y no apartaba su mirada de mí. Esperanzada. Agarré mi silla y me senté a su lado. Le cogí una mano y le conté todo lo que en ese momento se me vino a la memoria de viejo. Que su nombre, tan requetebonito, Eneida, procede de una obra literaria escrita hace muchos, pero que muchos años, por un escritor muy antiguo, más antiguo todavía que Jesucristo, que se llamaba Virgilio. Y que narraba un popurrí de guerras navales y terrestres entre tirios, troyanos y griegos, la famosa Guerra de Troya, y luego, como consecuencia, la trágica historia de un héroe llamado Ulises que tuvo que huir de su patria perseguido por sus enemigos, abandonando a su mujer y a sus hijos, pasando miles de aventuras , conociendo a gentes  y tierras extrañas... hasta que luego de pasados muchos años pudo al fin regresar a su casa con los suyos. Le revelé -viendo la atención que prestaba- que esa obra, la Eneida, fue nuestro libro de texto de Latín de sexto de bachiller y de Preu en el Séneca, y le hablé de nuestro inefable profesor don Rogelio "El Chino", tan bueno como rígido, enjuto y malhecho. Y ya puestos, me puse a hablarle del Griego, con nuestra profesora, la tímida y recatada doña Nemesia, que ése sí que era un  nombre feo donde los hubiera. Y le hablé de la Ilíada y la Odisea, que también tradujimos íntegras...
 
Y ella, Eneida, embobada conmigo. Me pareció interesada en que continuara relatándole cosas, como el niño que no se cansa de escuchar los cuentos de  su abuelo. No pió en ningún momento. Pero al terminar mi perorata levantó su brazo derecho para posar su mano sobre mi cara, apenas rozándola con sus dedos sarmentosos y delicados. Como cuando Platero rozaba las amapolas gualdas con su hocico de plastilina negra. Como queriéndome decir: "Gracias, doctor".
 
Ha sido, sin duda, una buena manera de empezar la mañana. La mejor.
 

jueves, 5 de noviembre de 2015

Elogio de la decadencia

Debe ser fastidioso que un día de fiesta, muy tempranito, te pare la Benemérita a la salida de tu ciudad. De acuerdo. Pero casi peor, que no te pare.

No hace tanto era motivo de mofa por parte de mis hermanos recordar la de veces que la Guardia Civil me ha parado para soplar, a mí precisamente, en la salida de Torreblanca hacia la carretera de Málaga cuando en un convoy de tres o cuatro coches volvíamos al pueblo luego de una madrugada de desenfreno en la Feria de Sevilla. Qué tino, tío. Me paraban a mí, el último coche, que llevaba en el estómago media garrafa de Coca Cola, y dejaban pasar tranquilamente  los coches de mi Manolo y de mi Juan, que habían acabado con las existencias de manzanilla. Y de Tío Pepe. Y mi padre, copiloto mío, afeándoles la conducta a los civiles: "Hombre, no paréis a éste, si este hijo mío no bebe ná, son los otros, los que van delante..." ¡Qué "pechá" de reír nos pegábamos cuando parábamos a desayunar en el Nueva Andalucía!
 
Eran tiempos en los que uno era joven e incluso podía dar la imagen de alocado o extravagante a los mismísimos agentes del Cuerpo, peritos los que más en la captación de borrachines y maleantes. Tiempos pasados.
 
El caso es que uno se sigue sintiendo, no diré que igual, pero casi. Es verdad que  me canso más que antes en el trabajo, soy más gruñón, tengo muchas menos ganas de salir de noche -si es que alguna vez las tuve-, me sienta mejor la comida de casa que la de restaurante... signos todos inequívocos de senectud. Y sin embargo, me miro al espejo desnudo y todavía me veo bien, no tengo arrugas, ni panza, ni carne muy descolgada, aún me brilla la mirada verde y soñadora de siempre..., y paso por alto, si os parece, comentario alguno sobre los habitantes de la entrepierna. Mejor no meneallo. Pero, amigo, ya no eres como tú que crees ser, sino cómo te ven los demás. Y, a lo que parece, la Benemérita me considera un viejo.

El pasado lunes, último día del puente de los Santos, la Peque y yo salimos muy de mañana al pueblo. Debíamos pasar primero por Gines para recoger a mi cuñada Miki... Y en esto que en una de las rotondas de la SE 30 nos topamos con un control de la Guardia Civil. Macho, las 7,30 de la mañana. No recuerdo cuándo fuera la última vez pero sí que fue de noche y que nos pararon, me preguntaron si había bebido, les contesté que veníamos de cenar en casa de unos amigos y que algo de cerveza había bebido, sí. "Ande, siga usted". Y no me hicieron soplar ni nada. Y ya aquello me mosqueó un poco. "¿Por qué no me han hecho soplar?" -le comenté a la Peque. "Te han visto sobrio y muy educado" -me respondió para conformarme. Pero es que ahora, este lunes pasado, ha sido ya demasiado. Veo el control a la salida de una curva, freno delicadamente, sigo charlando con la Peque como si nada, llego a la altura del agente, y antes de terminar la frenada éste me indica que continúe: "Siga usted caballero, buenos días".

-Qué lástima de hombre -se cachondea la Peque de mí-, ya no engañas a nadie, ¿eh? Te ha tratado de caballero y todo... En fin, que eres un viejo.
-Es verdad, me cachis... ¡Con la ilusión que me hubiera hecho soplar el pitorro ese...!

Es lo que hay. Tempus fugit. Y lo voy aceptando como natural. A fin de cuentas debo prepararme para mi pronta jubilación. Envejecer con gallardía no es mala cosa. En mis clases de Geriatría les insisto a mis alumnos que una de las recetas del envejecimiento exitoso consiste en saber aceptar de buen grado las limitaciones fisiológicas que nos marca nuestro tiempo, el tiempo de cada uno que no es el mismo para todos los de idéntica edad, no. Cada quien es cada cual. Limitaciones en el plano físico, el psicológico o el conductual. Y otra pócima tan valiosa como la anterior es saber aprovechar las ventajas residuales a tales limitaciones. El hecho fastidioso de no poder jugar al tenis como antes, por ejemplo, me ofrece más tiempo para leer, para escribir, para pasear con la Peque y la Pelu... Si ya no soy capaz de mantener dos horas seguida de estudio puedo emplearme en la cocina o en hacer las camas, con gran contento de mi compañera... Si sé que no me va a parar la Benemérita puedo saborear mejor mi tintito caro en casa de Tomás o en la de Jaime... No todo va a ser hándicap. Las canas y las arrugas nos dan otro aire, otro caché, nos permiten opinar con un poso de serenidad y sabiduría, sin tanta vehemencia como los jóvenes a quienes toleramos piadosamente sus osadías porque también nosotros lo fuimos. Ganamos arrobas de ternura para compartirla con nuestros nietos. Nos enorgullecemos de los años vividos en un siglo en el que todavía pudimos cultivar la magia, la inocencia, la utopía, la esperanza de una vida mejor, la ideología, la filantropía, si queréis. Conocimos cosas, personas y hechos que nadie nunca nos podrá arrebatar. Hemos vibrado de emoción con los Beatles, los Brincos, Simon and Garfunkel, el Dúo Dinámico, admirado a Alain Delon, Sofía Loren, Liz Taylor o Richard Burton, aprendido de Tierno Galván, de Carlos Castilla del Pino, de Garrido Luceño, de Cela y hasta de Amancio y de Pirri, que no todo era Franco. Supimos convertir el sacrificio en diversión, sacamos provecho del esfuerzo, disfrutamos de esos pequeños placeres que, por clandestinos, eran mucho más intensos: los ligues, los guateques, los besos, los magreos con nocturnidad, los pisos de estudiantes como coartadas para vivir en pareja... En fin, ¿para qué más? Hemos sido hijos de nuestros padres y nietos de nuestros abuelos.

Sí, es verdad, todo eso está muy bien. Lo cual, sin embargo, no es óbice para que uno sienta un pelín de nostalgia. Más que nada por los alicaídos habitantes de ahí abajo, los de la entrepierna. Sobre todo el larguirucho, los gordinflones ni pían ni paulan, nunca lo han hecho, siguen igual, colgones y peludos, pero el de en medio... ¡con lo que ha sido! Me da un poco de penilla. Está perezoso y cabizbajo, como harto de vivir, depresivo; a veces se esconde entre la mezquina greñura púbica y cuesta dar con él. Hace tiempo que no se yergue, tieso y altivo, a mirarme a la cara con su ojo ciego como antaño; pase que no se interese ya por mí, pero que ni siquiera se inmute viendo a la Peque en bolas salir de la ducha... Y para colmo está perdiendo aquel brillito acharolado que tan atractiva hacía su calva. En fin...

Es verdad, siento cierta nostalgia de todo ello. Más, incluso, que de la soplada del pitorro de los Civiles.

miércoles, 28 de octubre de 2015

El sol por Antequera

¡Qué sabia la Naturaleza!
 
Mi amiga Paqui suele referirse a esto cuando vuelve a su casa después de un fin de semana en Lucena con su nieta. "Es agotadora" -dice con dulzura melosa de abuela chocha.
Nuestra madre Naturaleza ha previsto que la prole sea criada por los padres, y que los padres sean gente nueva, fuerte y animosa. Y también que los abuelos seamos eso, abuelos, gente mayor sin tanta gana de jaleo, como fueron en su día nuestros abuelos, personas muy allegadas al niño, muy cariñosas, la abuela que lo mismo te cuece unas migas o unos maimones que te hace monaguillo a fuerza de llevarte cada tarde al rosario de la iglesia; o el abuelo, que te lleva al cortijo a dormir con los mulos, o que te trae ciruelas despachurradas en la capacha.
 
Pero ahora ya no es así. Nos hemos empeñado en corregir a nuestra Madre sabia. Ahora los abuelos somos gente aparentemente entera, preparados y capaces de bregar con cualquiera de estas fierecillas; y algunos, no sólo los fines de semana, sino a diario. Aunque nuestros padres han sido verdaderamente los protagonistas de la operación "visagra", los intermediarios entre lo antiguo y lo moderno, nosotros, la gente de nuestra edad, somos los primeros humanos a quienes nos ha tocado la china de ser los cuidadores de dos generaciones al mismo tiempo; la de por arriba, nuestros padres; y la de por abajo, nuestros nietos. Asumiendo -y en ocasiones es mucho asumir- que nuestros hijos no precisan de cuidados.

La boda reciente de Miguel, el de Natalita y José Antonio, con su novia, celebrada en Barcelona, ha sido el motivo para un fin  de semana deliciosamente "agotador" de la Peque y de un servidor al servicio de nuestro nieto Lucas. Sus padres han volado a la República catalana y nosotros hemos viajado en coche hasta Antequera. Como tiene que ser.

La primera vez que se queda tanto tiempo sin su "mammu" ni su "papuuu" nos temíamos un recital de rabietas, llantos y malas noches. Para nada. Es un crío buenísimo que se lo come todo, que canta y baila y ríe a carcajadas al son y aspavientos de su "abuela-espectáculo", que duerme religiosamente sus horas y que no ha tenido la dicha de emitir ni un sólo quejido, vamos, como si supiera que no somos sus padres sino sus abuelos, como con deferencia, vaya. Eso sí, todo el santo día bregando, intentando andar solo, cayéndose de bruces, gateando, persiguiendo a la Pegui, echándote los brazos, hartándose de un juego antes de empezar y exigiendo otro de inmediato, nada de aburrirse, siendo más rápido que el rayo en tirar un plato o un vaso de la mesa antes de parpadear, dejando caer de su mano, como a lo tonto, cualquier cosa que ha dejado de interesarle, manoseándolo todo y esparciendo lo más lejos posible todos los juguetes a su alcance, forcejeando con coraje y haciendo el puente con la espalda para no sentarse en el carrito reglamentario del coche, no consintiendo que sus cuatro abuelos, reunidos para la ocasión, podamos comer con tranquilidad en un restaurante... En fin, un crío de un año recién cumplido. Y por la noche, cuando cae rendido en la cuna y él solito se pone de lado y se duerme sin rechistar... ¡qué paz!, ¡qué sosiego!, qué plenitud!

Quizás no llegamos a comprender el amor que nuestros padres nos han regalado hasta que no tenemos un nieto. Con la misma edad de mi Lucas yo estuve a punto de morir por un tifus exantemático, enfermedad mortal en los años cincuenta. Y ahora mi hija Meli preocupada porque el niño tose y tiene mocos. ¡Qué no sería el sufrimiento y el pesar de mis padres en aquellos años por mi culpa! Una de las aventuras que contaba mi padre con más énfasis y vehemencia era cuando tuvo que ir en bicicleta desde Antequera a Lucena en busca de Cloranfenicol, un antibiótico nuevo y escasísimo que curaba el tifus.

De un tiempo a esta parte, pues, va a ser cierto eso de que el sol sale por Antequera. Un sol de despertar risueño y feliz, que derrocha energía para despabilar a sus padres, a la monitora de la "guarde", a sus abuelos y a todo quien se le arrime; un sol de Nenuco y de ojos vivos, un sol de simpatía, soliloquios y balbuceos, un sol alegre y comilón, un sol travieso y juguetón, un sol de ternura y cariños. Un sol que, al fin, se pone, exhausto, a las nueve de la noche para soñar, digo yo, con sus migajas de pavo frío, sus papas fritas, las teticas de su mama, otrora ubérrimas y ahora extintas, o quien sabe si ya con alguna amiguita de la guarde, o si con su pilila que tanto le gusta pellizcarse... Tan pronto, tío. Algo bueno tenía que sacar de su abuelo. 

Mi sol de Antequera. Mi Lucas.

 

domingo, 27 de septiembre de 2015

Accesibilidad

A esta mujer de 70 años la he visto en mi consulta por un problema renal de escasa importancia. Se ha resuelto en la segunda visita. Pero no puedo darle el alta a su médico de cabecera porque descubro que presenta, además, una insuficiencia cardiaca severa. Le pongo tratamiento adecuado, le solicito un estudio de coronariografías y la derivo a su cardiólogo de zona para que él haga el seguimiento oportuno.
Éste es el protocolo habitual, lo que hacemos normalmente cuando detectas un nuevo problema no conocido previamente. Si la mujer tuviese más enfermedades o fuese mucho más mayor no la derivaría a ninguna parte sino que yo mismo me haría cargo de todos sus procesos.
Vale. Hasta ahí, todo correcto.
La sorpresa es cuando me entero de que la cita para el cardiólogo es para septiembre de 2016, es decir, un año de demora.
 
Éste es uno de nuestros grandes males, las demoras en las citas.
 
¿Por qué ocurre esto?
 
Hay un decreto  que prioriza las citas para los especialistas cuando las peticiones provienen desde el médico de cabecera. Tienen que estar antes de 60 días. Muy bien. Con ello se pretende y se consigue apoyar en lo posible al médico de atención primaria. Muy bien. Incluso, 60 días me parece un plazo muy largo.
¿Qué pasa entonces? Pues que no quedan huecos disponibles para las peticiones que hacemos los otros especialistas. Nosotros no tenemos prioridad, la cita puede demorarse al infinito. No hay decreto que regularice esto. Por otra parte, las solicitudes de interconsulta no pasan previamente por los médicos especialistas para darles así una mayor o menor prioridad sino que las citan directamente las manos asépticas de un administrativo que, sin conocimientos médicos, se limita a rellenar la agenda. Por aquí vamos, pues por aquí. Da lo mismo que sea un año que dos.

Como vemos, este problema, tan corriente, atenta con dos grandes principios de la calidad: la accesibilidad y la equidad.
 
Solución: no pedir nosotros ninguna interconsulta a otros especialistas sino que las pida el médico de cabecera. Si lo hacemos así, éste, el médico de cabecera, nos puede tachar de vagos, que no queremos hacer nuestro trabajo.
O bien, personarte tú mesmo en cita previa y "pelearte" con el administrativo de turno para obtener una cita más favorable a costa de otro paciente sufridor que no ha tenido padrino.
O lo que suele hacer el personal por lo común: irse a Urgencias.

Yo animo a la gente a que proteste y reclame en el sitio adecuado. Que no abronque al administrativo de cita previa que poco puede hacer. Que no escriba en el pliego de las reclamaciones, eso no sirve pa ná. Que vaya directamente al despacho de la dirección del centro que corresponda y que allí, con mesura y educación, exponga al director el problema. Si el pasillo de las direcciones médicas de los distintos centros estuviese toda la mañana atiborrado de personal descontento la cosa sería muy distinta.

Pero no. Es más rápido y está más a la mano irse a las urgencias de los hospitales por problemas de salud que, sin ser urgentes, tampoco pueden esperar meses y meses. La gente, astuta, ¿cómo no?, ha aprendido que, aún con el inconveniente de aguantar luengas y pesadas horas en manos de médicos novatos e inexpertos, al final consigue el propósito de adelantar en mucho la cita con el especialista. Y encima este fenómeno social de crudísima realidad ejerce en la población un efecto llamada de primer orden. Venir a las urgencias del hospital sale a cuenta. Así tenemos las Urgencias: congestionadas hasta reventar.

Y no deja de resultar paradójico que los gerentes conocen esto perfectamente. Si no hubiese la indecente demora para las visitas a los especialistas caería en picado la afluencia de las gentes a las urgencias. Como la leche recién hervida. Parece que ponen mucho empeño en descongestionar las urgencias, pero no es así. Todo es simulacro. Si fuese de verdad, entonces se reforzarían las urgencias hospitalarias con personal cualificado y no con residentes de primer año, se controlaría mejor el nivel de derivaciones desde atención primaria, se exigiría a los distintos jefes de servicio una respuesta mucho más rápida y adecuada en los centros periféricos de especialidades, se procuraría dotar de troncalidad a los mismos para evitar tanta dispersión y fragmentación en la asistencia, esto es, que un anciano no tenga necesidad de visitar a cuatro especialistas sino a uno solo. Por ejemplo.

Para ello se necesita la voz clara y decidida de la población. No en los mostradores, no en las consultas ni en los pasillos, sino en los despachos de los directores. O en la prensa. Por desgracia, nuestra gente, vosotros mis queridos lectores y amigos, yo mismo, todos, se conforma con poder ir a las urgencias cuando le dé la real gana. Y de eso, de esa displicencia, se aprovechan los gestores.

En fin... yo aquí con estas lamentaciones, que parezco un Jeremías hospitalario, y allá arriba los catalinos con sus votos y sus bravuconadas. ¡Que el Señor nos coja confesados!